Hola ¿se puede? He batido mi propio record con unos seis meses de tardanza en actualizar. Ya me vale.

Bueno, estamos en la época en la que Regulus ya se ha unido a los Mortífagos de Voldemort (ya explicado). El capítulo anterior además cerró con Moody, McGonagall y Dumbledore discutiendo la posible admisión de Lily Evans y los Merodeadores como potenciales miembros de la Orden del Fénix.

¿Qué quiere decir el título entonces? No creo que haga falta mucha explicación, pero digamos que ciertas simpatías tienen que mantenerse ocultas. Algo paradójico, teniendo en cuenta que los Black jamás se han molestado en ocultar sus preferencias, es más, hacen alarde y orgullo de ellas. Pero es una época convulsa, el auge de Lord Voldemort, la Primera Guerra. Y aquí los Black desempeñaron un papel fundamental: dos Mortífagos, una casada con Mortífago, una (al menos futura) simpatizante de la Orden y un miembro activo de la Orden. Fue una interesante generación.


CLANDESTINIDAD (Secretos)

¿Te decepcioné?

¿O acaso te dejé un mal sabor de boca?

Haces como si nunca hubieras tenido amor

Y quieres que vaya yo sin él

Bueno pues esta noche ya es demasiado tarde,

Para arrastrar el pasado y sacarlo a la luz

Somos uno, pero no somos iguales…

(One – U2)

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1. De Bellatrix

Lugar desconocido

Abril de 1978

Entre las vaporosas capas negras y la grotesca máscara plateada era evidente que había una mujer. Alta, esbelta… nadie podría imaginarse que alguien como si estuviera delicadamente cincelado en mármol y envuelto en seda negra pudiera tener un rostro horrible, desfigurado. No era desde luego el caso; bajo la máscara de apariencia metálica Bellatrix guardaba una belleza que tan sólo la crueldad era capaz de pervertir.

La espléndida melena negra se agitó cuando tiró al suelo a su última víctima; para ella no más importante que los cerdos que se llevan al matadero: Un sanador de San Mungo que había hecho una fuerte campaña para dar atención a hijos de muggles sin recursos. Y de paso, su mujer y sus mocosos habrían sufrido la muerte. Estaban ahí, en una esquina, los niños lloriqueando en brazos de su madre, que suplicaba piedad por ellos.

Pero Bellatrix sólo escuchaba las risas de sus compañeros. Y la presencia enorme, majestuosa, de Aquel Que No Debe Ser Nombrado, como empezaba a ser conocido ya. Nadie debería pronunciar su nombre. Nadie. Esa noche, en su lugar, sólo se oían los llantos, el viento nocturno, las ventanas abiertas y golpeando contra las paredes… los llantos de las futuras víctimas, las carcajadas de sus verdugos…

Y la voz aterciopelada del Señor Tenebroso.

"Averiguad quién financió la campaña de ese desgraciado… quién sufragó los gastos de esa chusma enferma en San Mungo…"

Gibbon no tenía ni idea de controlar el Cruciatus; el muy imbécil se había cargado a ese sanador antes de que hablara. Pero Bellatrix sí sabía de dolor y muerte, y sabía muy bien cómo diferenciar ambos bajo un Cruciatus. Era años de experiencia y de dominio absoluto de su magia. Ante el Señor Tenebroso y ante los demás, lo demostraría… de nuevo.

Pero de pronto, la sala quedó completamente en silencio; ni las puertecillas de las ventanas ya se golpeaban, ni las risas. Nada. Como si se hubieran apagado todas las radios mágicas del mundo al mismo tiempo o el tiempo hubiera sido congelado en un momento desconcertante. Las carcajadas, los llantos se detuvieron y sólo un par de personas parecían haberse movido y reaccionado antes que nadie.

No eran mortífagos.

Eran los aurores Frank y Alice Longbottom.

No sólo parecía que el mundo se hubiera quedado mudo; ahora más que el momento congelado, era como si la noche estuviese cayendo con más rapidez de la normal. Como si alguien hubiese utilizado un giratiempos para hacer el mundo diera vueltas mucho más deprisa y el tiempo fuese especialmente relativo.

Se oyeron gemidos de sorpresa cuando en la puerta estaba en pie, erguido con absoluta arrogancia, aquel que estaba aterrorizando y sometiendo a la sociedad. Aplastando a quienes estaban contra él, atrayendo a quienes favorecía. El Señor Tenebroso era el único que no había caído bajo el peculiar hechizo o la impresión inicial, cualquiera que éstos fueren.

"Bien…" su voz sonó fría, siseante y extrañamente suave. Dio unos cuantos pasos desde el umbral y tras él entraron volando más formas oscuras, vaporosas y rápidas. Antes de que tomaran tierra, todos los presenten ya estaban con sus varitas en actitudes defensivas unos, ofensivas otros. Todo un batallón de los Mortífagos de Aquel Que No Debe Ser Nombrado. Embozados de negro y con máscaras con brillos metálicos, rodearon para proteger a su Señor.

Frank Longbottom no se movió de su lugar, con la capa marrón oscuro cubriéndole su figura alga y la varita firmemente aferrada en su puño derecho, mientras que el brazo y piernas izquierdos estaba echados hacia delante en un gesto evidentemente ofensivo. Todo lo contrario a la postura de su joven esposa. Alice, de melena castaña recogida y de rostro pálido y redondo, pero de belleza natural y serena, tenía la varita apoyada en su antebrazo izquierdo paralelo al suelo y a la altura de sus ojos, erguida y en actitud defensiva, pero su mirada no perdía de vista al grupo siniestro de sicarios del que sabían que era el mago oscuro más peligroso desde hacía generaciones.

"No vamos a perder el tiempo, será rápido y limpio." Mencionó Frank con una voz profunda. "Bajad las varitas y todo será mucho más fácil. Oponed resistencia y no sólo os mataremos a todos y cada uno, sino que me encargaré primero de ti."

Apuntó con la barbilla despreciativa y desafiadoramente al mismísimo Señor Tenebroso, que sacó su varita, elegante y elaborada, de entre los pliegues de su túnica y la dirigió a la peculiar pareja.

"Longbottom…" siseó. "No sabes la que te espera…"

Ni siquiera a sus Mortífagos les dio tiempo a reír ante la situación. Todo el grupo frente a dos Aurores; no sería la primera vez que acaban con un puñado de aurores incluso superior. Y era simple, algo que ni siquiera el Señor Tenebroso había tenido en cuenta: no era Frank Longbottom el que tenía la postura de combate ofensiva, sino su mujer. Sólo alguien tan valiente o tan insensato como los Longbottom podría desafiar directamente al Señor Tenebroso. Y sólo alguien condenado podría hacerlo más de una vez.

Eso fue lo que pensó Bellatrix, antes de que huyeran de allí, sufriendo su primera derrota y un número significativo de bajas, ya sea bajo las varitas de los Aurores, o bajo la atmósfera de Azkaban.

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La ira del Señor Oscuro les pasó factura con dolor y sangre. Los Aurores Longbottom estaban marcados como objetivo prioritario, pero tal y como eran ellos mismos, también eran escurridizos. Su expediente en el Ministerio era intachable, ni siquiera los contactos de Malfoy o de Rookwood pudieron hacer nada. Se decía que actuaban también "por libre"… bajo cuerda. Como los propios Mortífagos. Ellos, y ese grupo de aliados que se habían buscado. Tenían algunos nombres… Prewett… Bones… Traidores a la sangre. No eran muggles, hijos de muggles o mestizos, eran unos malditos traidores a la sangre, lo cual era aún más insultante.

Bellatrix compensó esa derrota con el primero de una cadena de ataques a hospitales infantiles Muggles, en su búsqueda por lograr su aprobación y su reconocimiento. Y sabía que el Señor Tenebroso recompensa con su generosidad a quienes le siguen fielmente.

"¿Acaso necesitas ingredientes para tus pociones?. ¿Qué tienes que hacer en Londres?"

Bellatrix elevó sus párpados caídos pero no dejó de mostrar absoluta indiferencia por su flamante esposo, todavía restableciéndose del corte en el hombro producido por esa Longbottom.

"Tengo que realizar unos encargos." Volvió a repetir ella sin mostrar ningún tipo de preocupación por el disgusto de él y mucho menos, de su estado. Era la tercera vez que le volvía a decir exactamente la misma frase.

Sin ni siquiera despedirse, Bellatrix se dirigió a la chimenea de la Sala de Música, se envolvió en el púrpura brillante de su capa y se colocó la fina capucha sobre sus bucles negros, mientras su mano acariciaba el bolso donde conservaba una vieja y valiosa reliquia de su Amo. Clandestina, oculta a los ojos de sus elfos, su marido y el propio mundo, Bellatrix extrajo con reverencia inédita la pequeña copa de oro y la puso entre sus manos, como si fuese tan ligera y tan delicada como una pluma de fénix.

Ahí, en esa copa, habría bebido él… habría celebrado o preparado pociones. Sentía, era capaz de eso, la magia de ese objeto, su valor intrínseco pero también su valor sentimental. Era algo de él que le había entregado a ella, su servidora más leal. Nadie más tenía un objeto similar en el mundo y sólo él habría mostrado tan confianza y tal predilección hacia ella si le encargaba su custodia.

Se llevó el borde a los labios… cerrando los pesados párpados maquillados de negro en un gesto ambiguo entre el beso al objeto y el paladeo invisible de un contenido imaginario.

Su Cámara en Gringotts aguardaba su secreto.

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2. De Sirius

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Se había levantado temprano, como venía haciendo desde hacía varios meses y para satisfacción suprema de Prongs. No quería romperle el corazón para decirle que ese extraño comportamiento, esa voluntad pasmosa no tenía nada que ver con cierta obsesión por las faldas y el lucir un tipo perfecto. O por la Copa de Quidditch. Simplemente pensaba que si iba por fin iba a realizar algo de verdadera relevancia, tenía que estar preparado. Ya venían hablando de unirse a esa Orden del Fénix que había organizado Dumbledore y era lo que más le entusiasmaba.

Eso, y la moto. Acababa de hacer realidad su sueño: llevar una moto como los muggles pero con algunas pequeñas modificaciones. La suya volaba, para delicia (por ese orden) de James, Hagrid, todo el equipo de Quidditch de Gryffindor, todos sus reservas, todos sus seguidores, el equipo de Hufflepuff, de Ravenclaw, sus respectivos seguidores, Madam Hooch y el resto de chicas que no entraban en las categorías anteriores, excepto las Slytherin y Lily Evans. Y eso que Lily salía con su mejor amigo.

"Las motos son para correr y evitar que las ruedas se aplanen." Le decía ella.

Por supuesto, todos se quedaban estupefactos cuando decía esa extraña frase y ella rodaba los ojos. ¿Qué tendría que ver las ruedas con volando a toda velocidad?

"Que las ruedas son para correr, pedazo de bodoque."

"Evans, menos mal que eres la madre de mi futuro ahijado, de otro modo pensaría que estás tan sonada como el elfo doméstico de mi querida madre."

Sirius suspiró y movió la cabeza. No lo hacía a menudo, pero a veces sí que se acordaba de su madre y de lo asombrosamente estúpido que podría ser Regulus por aguantarla, lo cual le colocaba a la altura del elfo doméstico más desagradable que había conocido. Decidió aumentar el ritmo de la carrera, dejando que su cabeza olvidara a su antigua familia y pensara en el futuro, no en el pasado. Estaba seguro de que al final lograría crear un Patronus corpóreo, y no precisamente porque se lo exigieran en los EXTASIS de Encantamientos. Toda su vida ya giraba en torno al objetivo de ser miembro válido de la Orden.

Inició la carrera ascendente por las escaleras; aunque los amaneceres en los terrenos del Castillo eran demasiado frescos, Sirius Black sólo llevaba el pantalón de entrenamiento de Quidditch y una camiseta negra muggle con un dibujo de una boca y una lengua. La varita la tenía en un bolsillo en el muslo, donde no le estorbaba pero fácilmente accesible. Se decía que Hogwarts era el lugar mágico más seguro, junto a Gringotts o el propio Ministerio de Magia, pero Sirius no lo creía así.

Se secó el sudor de la frente cuando finalizó la subida empinada hacia la Lechucería y se inclinó, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Se maldijo por haber elegido ese lugar como final de la maratón y no las cocinas, por ejemplo. O su maldita sala común, con mullidos cojines y sofás acogedores…

…Y una decena de alumnos histéricos con los EXTASIS también.

Observó la Lechucería… las paredes de granito manchadas de excrementos y el olor insoportable. Las lechuzas que a esas horas ya habían regresado de sus viajes nocturnos y se habían acomodado en los nichos que rodeaban todas las paredes. Se había acostumbrado a veces a llegar a la Lechucería y dejar las cartas de sus amigos. Introdujo la mano en el bolsillo trasero del pantalón y varias lechuzas bajaron… No había sido nunca muy fan del correo ni de escribir, pero desde que se había independizado sí que echaba en falta una carta en navidades, o una tarjeta terrorífica en Halloween. Eran las pocas ocasiones en las que su tío Alphard le escribía. Ahora mismo no tenía a nadie con quien establecer correspondencia, y aunque no fuera amigo de los convencionalismos ni de las tradiciones, Sirius empezaba a notar el vacío de la soledad.

Incluso se sorprendía a veces echando en falta los Vociferadores de su madre. Como una vez le dijo James, hace ya muchísimo tiempo… era una suerte recibirlos. Sólo los mejores los recibían. Aplicando esa lógica, tal vez Sirius no era el mejor después de todo. Por eso se afanaba en mejorar día a día. En demostrarse algo a sí mismo especialmente, haciendo gala de una voluntad que ni un Avada Kedavra podría destruir.

Dejó que la última lechuza, la de Prongs, picoteara las golosinas de su palma y se la pasó por la camiseta distraídamente para limpiarse malamente los restos. Faltaba más o menos una hora hasta el inicio de las clases, el tiempo justo para volver, ducharse, desayunar, llegar tarde a la primera clase y aun así dedicarla a hacer los deberes de la segunda clase.

Escuchó pasos en las escaleras. Ligeros, silenciosos, pero Sirius tenía demasiados meses… hablaba ya en años, en los que se paseaba por el Colegio y sus recovecos; por sus pasillos esquivando fantasmas espías de Filch; donde era capaz de escuchar las garras mullidas de su gata sobre una espesa alfombra. Donde podía salir corriendo llevando en su hocico a Wormtail en pleno Bosque Prohibido.

Se fue hacia la esquina del fondo y se apretó contra el umbral ciego. Sonrió por haberse puesto esa mañana la camiseta negra Muggle y no una de las de entrenamiento de Gryffindor; en comparación, habría sido más discreta una con fuegos artificiales de Zonko's, a decir verdad. Asomó con cuidado los ojos y sacó la varita del bolsillo del muslo; realmente hacía más ese ejercicio como entrenamiento y no porque creyera de verdad que el mismísimo Tú-Ya-Sabes-Quién se fuera a presentar a dejar correo en la Lechucería del Colegio. El ejercicio del sigilo era uno de los que quería perfeccionar. Moony siempre le echaba en cara que era incapaz de pasar desapercibido, que tenía que hacer siempre el notas.

Si lograba hacer que el alumno no le viera, entonces estaba progresando. Sería miembro de la Orden del Fénix, estaba dispuesto a todo para hacerse valer.

Todo eso quedó en el olvido. El recién llegado era Regulus. Tensó la mandíbula y volvió a entornar los ojos cuando se fijó en las ojeras pronunciadas, producto del estudio y de las noches en blanco. Pero también producto del tormento y de la agonía. Sirius lo sabía por propia experiencia, no tanto personal, sino por la de Moony. Si no fuera por simple ley de probabilidades, creería que su propio hermano también era licántropo.

Regulus no levantó el brazo izquierdo para que la lechuza se posara en él como les habían enseñado desde niños; de nuevo otra de las extrañas actitudes que observaba en el comportamiento de su hermano. Tal vez estaba herido, como le decía Prongs, no sería la primera vez que se excusaba de algún entrenamiento (y lo decía alguien muy ducho en espiar y averiguar las tácticas de los equipos contrarios, particularmente de Slytherin) O tal vez era uno que había asesinado a Regulus y se hacía pasar por él… ¡Vigilancia Constante! decía el viejo paranoico de ese Ojoloco cuando le conocieron y les había hablado del tema de la Orden. Había llegado a un punto en el que Sirius comprendía que en esa época, nadie se fiaba de nadie.

Excepto sus amigos. Eso estaba claro. El día que la amistad y la confianza se rompiera en ellos, sería el fin de sus vidas.

Regulus dejó una notita de pergamino, perfectamente anudado a la pata del ave. Le escuchó susurrarle cosas mientras le daba de comer y dejó que el ave saliera hacia una de las múltiples aberturas del curioso lugar. Le escuchó suspirar a continuación y acariciarse la manga con una expresión dolida. A continuación, Regulus Black se marchó de la Lechucería.

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Cuando llegó al suelo, Regulus inclinó la cabeza hacia un lado, ligeramente, con las escaleras de la Lechucería a su espalda. Se quedó un momento quieto, sopesando algo pero finalmente echó hacia delante. Ni siquiera era ya capaz de notar lo delicioso que era el aroma de los terrenos a esa hora temprana de la mañana, la hierba fresca, los árboles que tenían los brotes de la primavera. Era como si a Regulus la vida se le fuera escapando poco a poco al ir perdiendo esos detalles, al ir perdiendo simultáneamente parte de su esencia.

Deseó que Sirius fuera capaz de mejorar sus técnicas respecto al sigilo. Ni una capa de invisibilidad le habría ocultado, su hermano no había nacido para pasar desapercibido.

Deseó haberle contado que su padre se hallaba enfermo. Pero dudaba que eso le fuera a interesar. Sirius sólo se preocupaba de sí mismo y de sus amiguitos, de Muggles y todos sus descendientes pero no de los de su propia sangre.

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Las Tres Escobas

Hogsmeade

"Vereis chicos..." comentó Madam Rosmerta sonriendo de medio lado. "Se supone que…" vertió la cerveza de mantequilla del grifo. "…no debería estar sirviéndoos bebida."

"No te hemos pedido alcohol." Contestó James con la mirada más inocente que sabía poner en su rostro. "Esta vez." Añadió con dulzura.

"Y somos mayores de edad." Explicó Sirius moviendo las cejas repetidamente. "Lo cual significa…"

No pudo terminar lo que habría podido ser una explicación perfectamente plausible, una picardía, una excusa zalamera o una tomadura de pelo descarada. Remus se acercó a ellos con una expresión ligeramente incómoda. Tendrían que estar en el colegio. Estudiando, esta vez.

"…Significa que tendríamos que saber por nuestra cuenta que nos hemos escapado cuando deberíamos estar preparando los EXTASIS de mayo…" terminó por él Remus, más atormentado de lo habitual. "¿Por qué os haría caso..?"

"Porque te habrías quedado toda la tarde aguantando a Wormtail. Y como con las culpas, es mejor repartir los suplicios…" confirmó James con un sonoro bostezo. "Además, Lily se ha negado a venir con eso de que tiene que estudiar no sé qué exámenes… y me aburría."

"Y yo." Confirmó Sirius sonriendo de oreja a oreja.

"Y qué diablos. Soy Premio Anual. Nadie me va a echar de menos." Respondió James encogiéndose de hombros como si fuese lo más evidente del mundo.

Remus levantó una ceja ante la extraña lógica de Potter.

"Pues Lily ha hecho bien."

Sin embargo, James le puso dos jarras en las manos a modo de respuesta.

"Anda, mago mayor de edad, ve llevándote esas dos jarras." Le dijo a Remus, mientras él se quedaba tonteando en la barra con Sirius, con la intención de conseguir un plato de patatas braseadas cortesía de la casa. Remus rodó los ojos y sacudió la cabeza; caminó entre las mesas con la varita alzada para hacer flotar las jarras hacia la mesa donde Peter estaba callado y observando a su alrededor. Casi le costó dar con él, y eso que el pub no estaba lleno en absoluto. Peter podía pasar tan desapercibido en su forma humana como en su forma animaga y Remus nunca había caído en eso, hasta entonces.

"Gracias." Comentó el muchacho pequeño y regordete cuando llegó Remus con su cerveza de mantequilla y se la tendió. "¿Y ellos?" preguntó Peter señalando con la jarra a los dos jóvenes que flirteaban con Madam Rosmerta.

Remus dio un trago y miró de reojo a sus dos amigos. Se encogió de un hombro y se quitó la túnica, ocultando el nudo escarlata y dorado de su corbata. No deseaba que alguien se diera cuenta de que eran estudiantes de Hogwarts aunque era difícil de camuflar.

"¿Estás bien?. Te veo muy pálido, Wormtail"

El chico rubicundo alzó las cejas casi imperceptiblemente y miró su jarra, aún sin probar su contenido.

"Es curioso… esas preguntas son las que te hacen siempre a ti, Moony." Contestó Peter, evadiendo la respuesta. "Ahora entiendo por qué acabas un poco harto de ellas."

"Bueno, sin menospreciar lo que pueda estar pasándote, Wormtail…" respondió Remus amablemente. "…también lo estarías tú si esas preguntas te recordaran a cada instante el pequeño problema peludo."

"Sí… perdona…" Peter sonrió un poco tensamente y bebió más para aparentar normalidad que porque tuviera verdadera sed. "Estoy cansado… y los EXTASIS…"

Remus le observó un momento e hizo una mueca de si tú lo dices... Peter no era de los que se solían poner especialmente nerviosos en los exámenes. Generalmente no suspendía, pero no recordaba tampoco que hubiera sacado algún Extraordinario salvo en Adivinación o en Cuidado de Criaturas Mágicas. Los EXTASIS por tanto, no eran precisamente lo más preocupante de la vida de Peter, si sólo asistía a un par de cursos de ese nivel.

"Tómatelo con calma. En dos meses se te habrá olvidado este estrés, ya lo verás."

"Bueno, eso también me preocupa…"

Remus le volvió a mirar fijamente y se relajó.

"Vamos, Wormtail… no será tan malo como lo pintan. Y si no estás seguro, ya sabes."

"No…" contestó algo cortante Peter. "No…" repitió, algo más suavemente. "Es…" se encogió de hombros y miró a sus amigos en la barra, riéndose discretamente (para lo que solían ser ellos) junto a la hermosa regente del pub. "¿No te has sentido alguna vez dejado de lado?"

Remus siguió relajado, pero observó con una ligera sorpresa la actitud de su amigo y meditó sobre la extrañeza de la pregunta. A veces se había imaginado que sí, que se sentía desplazado pero era algo obvio teniendo en cuenta su peculiar naturaleza: a pesar de que hubieran conseguido por él la hazaña de ser animagos ilegales, la relación fraternal e inquebrantable, la complicidad, lo que compartían Sirius y James hacía que ellos estuvieran a menudo en un mundo aparte.

"Siempre." Susurró con cierta tristeza Remus, sin amargura ni celos, sino pura honestidad.

"A mi me pasa que me hacen sentir… invisible. Como si no estuviera." Murmuró Peter observando el líquido dorado de su jarra de cristal.

"Bueno…" Moony trató de quitarle aspereza a la situación. "Ante todo, no te sientas menospreciado… somos una familia, Peter. Recuerda eso. Ellos, todos, haríamos cualquier cosa por ti."

"Ya." Se dijo Wormtail más para sí mismo que para su amigo.

"Si sirve de consuelo, a mi me pasa también, pero bueno, he aprendido a vivir con ellos, ya sabes." Añadió sonriente. "Ya crecerán, ¿no crees?"

"No me sirve." Dijo en voz baja Wormtail. "Pero gracias de todos modos."

La llegada de sus dos amigos con unas raciones de patatas calentitas hizo olvidar inmediatamente a Remus que no sólo él guardaba secretos. También Wormtail pero le dio tanta importancia como a los discursos sobre el Quidditch que hacía James.

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3. De Regulus

Junio de 1978

Grimmauld Place 12, Londres, Inglaterra

"Como habíais ordenado, Mi Señora… el Amo está por fin descansando en su dormitorio." Kreacher pegó su arrugada nariz en la alfombra de la sala de estar. "Pero no ha querido tomarse la poción."

Walburga Black soltó la varita sobre la mesa de la sala de estar y se frotó los ojos mostrando una debilidad que pasó tan rápida como un relámpago.

"Debe tomársela templada. Si se descuida, no le hará ningún efecto." Dijo ella con acento suave pero tajante.

"Kreacher cuidará de que se la tome templada como vos ordenais." Contestó sumisamente Kreacher.

"Perfecto." Walburga volvió a coger su varita y se encaminó hacia la puerta. "Vamos, tengo que seguir dándote instrucciones sobre el Tapiz."

La Sala del Tapiz, como ya era su nombre habitual en la Casa de los Black, seguía estando a buen recaudo, excelentemente conservado gracias a la magia de la dueña de la Casa y sus esmerados cuidados. La temperatura de la sala seguía siendo fresca y la luz directa era perfectamente controlada para evitar que sus colores y su esplendor se fueran deteriorando. Hasta hacía muy poco, el Tapiz y su mantenimiento había sido más que un simple hobby para su dueña, era una cuestión de tal importancia que sólo ella se había hecho cargo de su cuidado. Hasta el momento en el que su esposo había requerido tanto de su atención como el propio Tapiz.

Orion no había sido un motivo de decepción y un recordatorio de las miserias que deseaba olvidar pero que no podía. Sin embargo, su preciado Tapiz sí. Particularmente, tres marcas recientes que habían echado a perder el esplendor que había tenido generaciones de pureza mágica. A veces no podía encargarse de su mantenimiento, arreglar hilos poco ajustados, limpiar cualquier rastro de suciedad, sin que le temblara el pulso y tuviera que sentarse en las butacas cercanas, víctima de un súbito e insufrible dolor de cabeza. Siempre había sido muy propensa a esas jaquecas, producidas por los disgustos, los ruidos y las contrariedades.

"Lo cuidarás a riesgo de tu propia vida, Kreacher." Ordenó ella, generando así un vínculo de vida a través de la extraña magia élfica, erguida orgullosa frente a la urdimbre.

"El Tapiz sobrevivirá como Kreacher." Aseguró el elfo, agachado frente a su Señora.

"Es sólo una herencia familiar." comentó ella, restando importancia falsamente, observando con orgullo el rico entramado de tejido y oro. "En realidad lo único que importa, lo único que merece, es la dinastía…" añadió con un brillo obsesivo en su mirada que Kreacher no alcanzó a ver en su actitud reverencial.

"¡Sí, mi Señora!. Y la dinastía de los Black es la única, la más pura, la más perfecta." Contestó él completamente convencido. "¡Y Kreacher es un elfo orgulloso de servir a la mejor y más honorable de las familias mágicas!"

Walburga no le pareció prestar atención. Hacía ya casi un año que su hermano había hecho su última jugarreta, dejando su fortuna a su desgraciado hijo repudiado y expulsado de la familia. Alphard sabía perfectamente que ese hijo ingrato y traidor no era ya parte de la familia, pero aún así se las había arreglado para dejarle su herencia. No alcanzaba a entender la humillación y el insulto. Sólo comprendía que su escoria de hijo gastaba el oro de los Black en muggles, traidores a la sangre y todo por culpa de su propio hermano y su humor negro. Desconocía por completo qué otros secretos se habría llevado a la tumba, salvo ese secreto a voces que había hecho todo eso para mortificarla y hacer de su vida un calvario.

La enfermedad de su querido esposo tenía que ser culpa de estos disgustos… ella misma no sabía cómo se tenía en pie, con lo delicada que siempre se había considerado. No podría ser de otra forma… es que tanta presión iba a acabar con sus nervios, los de él y los suyos propios. Por eso daba instrucciones precisas, rayando en la obsesión, a su fiel y viejo elfo doméstico. Instrucciones sobre cómo cuidar la casa… especialmente de cómo atender el esmero que requería su preciado Tapiz. Ella mientras tanto tendría que ocuparse de cuidar a su esposo y de proteger el hogar. Hasta entonces Orion era quien había realizado encantamientos variados para proteger la Casa de los Black, pero ella tendría que encargarse ahora de mantener a traidores a la sangre y muggles alejados de la puerta de su casa… No podía imaginarse que alguno de los hechizos protectores fuesen perdiendo efectividad o acabasen siendo superados… entrarían en la casa, querrían sus pertenencias, los tesoros y las riquezas de los Black… Y no podían ser mancillados por esas manos sucias… por la codicia de otros magos que envidiaban su posición o la anhelaban, o de muggles y traidores a la sangre que sólo buscaban acabar con ellos y hacerse con su oro y su magia… No, no podía permitir eso. En absoluto…

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Julio de 1978

Se estaba volviendo loco.

Tal vez era algo que iba en la sangre. No estaba seguro.

A veces se quedaba sentado mirando al frente, solo, con un libro abierto de cualquier asignatura… tan importante como Transformaciones, tan estúpida como Adivinación. A veces así quieto sentía murmullos en los pasillos, estudiantes que entraban y salían apresurados, fantasmas que hacían su recorrido sin que el tiempo para ellos hubiese transcurrido. Temía pensar que la irracionalidad y la paranoia se estaban apoderando de él. Ya lo sentía en casa… padre había perfeccionado esos hechizos ocultadores y defensivos hasta prácticamente tipificar el delito de allanamiento de Grimmauld Place 12, Londres, Inglaterra. Pero ahora estaba delicado y era madre quien se había preocupado de atrincherar su hogar de intrusos. Con obsesión muy cercana a la inestabilidad emocional. Le era tan familiar que Regulus pensaba que era efectivamente algo que tenía en la sangre. Sólo tenía que mirar a la querida prima Bellatrix.

Levantó una mano fría, donde la sangre apenas bombeaba, hasta el rostro.

Otras veces simplemente realizaba los deberes como si fuese un Inferius

No… olvídate de esa magia…

No podía. La había experimentado y eso no se desaparece de tu vida. Tan arraigada quedaba como la Marca en su carne. Era como si una maldición se hubiese apoderado de todo su ser, de toda su existencia condenada. Hacía como Sirius los meses anteriores a su huida: vivía y sobrevivía encerrado en su dormitorio. Aguardando órdenes. Las de sus padres. La de su nuevo Jefe.

Hacia tiempo que vivía con una sensación de asfixia. No estaba seguro de que Sirius la hubiera experimentado alguna vez, aunque probablemente sí, en el momento en el que vivía encerrado durante los castigos. Cuando tenía que comer a la hora precisa. Cuando tenía que irse a la cama no antes de tal hora, ni más tarde de tal otra. Cuando no podían comer a deshoras, ni podían salir de casa sin permiso.

O como cuando miró el Tapiz por primera vez, a los diez años. Tenía todo el peso de la responsabilidad encima, todos los siglos de aristocracia mágica recorriéndole el cuerpo, ardiéndole en las venas. No era lo que había planeado, no era lo que había firmado cuando defendía la pureza de la magia y la sensación que le producía su esplendor.

No era cómo había previsto demostrar que era el digno sucesor que todos esperaban. Sus padres, su familia, su mundo, la magia. No se tenía por un cobarde, pero sí estaba dándose cuenta de que la situación le estaba superando. Le habían educado para defender a su familia, la pureza de la magia, el orden de su mundo. Eso hacía. ¿Acaso es que se estaba equivocando?

Regulus Black comprendió hace tiempo que no le habían educado para ser un asesino de niños. Un torturador de madres. Un depredador de hijos de muggles o de traidores a la sangre. No encontraba ningún placer en el dolor ajeno, ni en atormentar víctimas. Bellatrix paladeaba el sufrimiento ajeno. Su primo político Malfoy era capaz de separar el sentimiento de la frialdad y seguir aparentando ser un ser humano. Pero a él no le resultaba tan fácil empalizar ni ser indiferente.

Debido al curso escolar, no había tenido demasiadas oportunidades de participar en las misiones. Tampoco estaba deseándolo; tenía que comenzar ya su último curso en Hogwarts y mentalizarse que su futuro pasaba por dedicar su vida al servicio del Señor Tenebroso. Encontrar una dama lo suficientemente digna a ojos de su familia para ser su consorte. Traer al mundo al siguiente Black.

Y mientras contemplaba su brazo con agonía, ocultar la terrible Marca que atravesaba su piel pálida. Tapó su imagen inmediatamente, había pasado casi un año desde que se había tenido que ir a los baños de prefectos a horas imposibles y casi un año desde que le había tenido que coger aprecio a las mangas largas.

Miró desolado su dormitorio; desde la marcha de Sirius se había esforzado plenamente en hacerlo lucir lo más Slytherin posible. Había desplegado el emblema y escudo de la Familia en la cabecera. Había pedido a Kreacher que sólo colocara sábanas y mantas verde y gris. Que no hubiera ni un solo resquicio que recordara a algo muggle ni Gryffindor. Eso estaba sólo reservado al santuario que ahora era el dormitorio de su hermano repudiado: Las fotos de esas chicas muggles con muy poca ropa encima. El escudo de los herederos de Godric. Banderolas de Quidditch carmesíes y doradas. Imágenes de extraños y ruidosos vehículos de dos ruedas inconfundiblemente muggles… Ni su madre había conseguido destruir lo poco que a Regulus le quedaba de su anterior vida. La vida antes de Sirius.

La ambigüedad, la duplicidad, el arma de doble filo. Ése era quien había aprendido a ser. El alarde de rebeldía pasaba desapercibido, al contrario que su temperamental y temerario hermano. Regulus disfrutaba tanto los colores de su dormitorio como los que había en ese cuarto del proscrito. Era una válvula de escape y su madre ni siquiera lo sospechaba. No iba a ese dormitorio teñido de carmesí para insultar y despreciar, ni tampoco para declararse admirador incondicional de la Casa de Godric: iba ahí para volver a ser quien era. Volver a sentir que hubo una época feliz en su vida, entre cuatro paredes. Que una vez había tenido sueños y aspiraciones y ninguno de esos tenían colores o grados de pureza sanguínea.

Colocó en el panel de su dormitorio los recortes móviles de El Profeta Diario… Las llamas ardiendo de un pueblo próximo a de Birmingham. La Marca Tenebrosa flotando sobre Leicester. Unos aurores amontonados como sacos de trigo sin ningún signo de arma o hechizo mortal aparente… De nuevo todo el mundo, incluida la querida prima Bella, pensaría que eso es un refuerzo a su orgullo, apego a la misión encomendada, admiración por aquellos actos… nadie pensaría que se trataba del refuerzo a la sumisión y humillación, querencia a la esclavitud voluntaria… Unos simples clippings le recordaban a él eso mismo; al resto de su familia sólo le decía lo honrado que se sentía.

Ahora sólo le quedaba un tatuaje, imágenes de serpientes y color verde y plata. Un futuro incierto y ni siquiera la posibilidad de sentir lástima de sí mismo.

Contempló el pequeño consuelo del Quidditch, su propia imagen entre sus compañeros de equipo, él mismo colocado en su lugar como Buscador. De vez en cuando iba al Hyde Park y se quedaba parado, mirando alrededor como si fuese sólo el ghoul de un desvencijado desván al que no habían logrado exorcizar. Como si viviera otra vida, como si fuese el fantasma de la Dama Gris de Ravenclaw y su aire profundamente triste. Como si estuviese soñando.

Se quedaba observando cómo jugaban los niños a juegos muggles que él siempre había visto desde la ventana oculta por los hechizos de su padre en Grimmauld Place. Con los años había llegado a comprender las reglas de ese extraño y particular juego, había comprendido por fin las ganas que tenía Sirius de hacer piña con los niños, de mancharse de barro muggle y de comer bocatas bien cargados de queso, mostaza y jamón y llenando todo de migas que picotearían los pájaros.

Había comprendido la lógica de Sirius, cuando decía que las reglas de los juegos que presenciaba estaban para romperlas. Cuanto más reglado era un juego, más divertido era, más te podías divertir dándole la vuelta a lo establecido. A lo esperado. Pero Regulus no sabía, otra vez en esa duplicidad suya, si eso era él. Si rompía las normas, sería como Sirius. Si las obedecía, sería como el Black que esperaban. Y él deseaba ambas cosas pero por méritos propios y no porque otro anteriormente se lo hubiera dicho o ya lo hubiera hecho.

Se quedaba en Hyde Park en aquel punto donde su padre les ocultaba de niños para que pudieran jugar también ellos. Entonces nunca se preguntó que podrían haber dejado de jugar al Quidditch algún día y haberse unido a dar patadas a esa extraña Quaffle muggle.

Había tantas cosas que estaba empezando a comprender, que sólo incrementaban su desconsuelo. Ahora estaba enredado entre las ramas del Árbol de los Nobles Black, tan mortíferas como las del propio Sauce Boxeador. Estaba marcado por un destino que ardía en su brazo.

Embaló sin dificultad todos los valiosos libros que tenía sobre dragones y héroes, sobre gigantes y magos. Ordenó… no.. pidió a Kreacher que los donara a San Mungo, para aquellos niños que sufrían enfermedades mágicas. Sólo quedaba en su dormitorio aquellos símbolos de la persona que tenía que fingir ser. No ese niño obediente pero curioso e introvertido que iba siempre detrás de su inconfundible hermano.

Colocó La Nobleza de la Naturaleza: Una Genealogía Mágica en un estante. Con los ojos oscuros sin brillo ni emoción. Otros libros sobre hechizos y maleficios, maldiciones y duelos. Maldiciones Imperdonables y Magia Oscura. Los libros prohibidos sobre Artes Oscuras, perfectamente ocultos por los encantamientos aprendidos de su padre, un verdadero talento en esa especialidad. Antología de las Artes Oscuras Tachadas de Peligrosas.

Movió la varita casi como un acto reflejo que sólo desprendía carencia de emociones. La magia tenebrosa tenía una cita con él, y se dispuso a leerla.

No… olvídate de esa magia…

Pero ya era demasiado tarde para él.

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"Y yo conseguiré que la magia perdure, que nuestra nobleza no sea mancillada por aquellos que la codician… Mi alma no morirá mientras quede magia en mi, y mi magia es eterna como es mi convicción… Sin magia no hay vida, quien no tenga magia no merece la vida… Esos sangre sucia y muggles anhelan robárnosla, quitarnos lo que nos pertenece y nos hace mejores, superiores. Es legítimo que nos defendamos… Y yo siempre estaré allí, no importa cuántos sean… siempre seré su pesadilla…"

Más allá del palpitar que resonaba en sus oídos tanto que pensaba que los demás podrían escucharlo, alzó la cabeza, muy ligeramente, sin apenas mover un pliegue de su túnica negra. A su alrededor sus compañeros compartían la actitud sumisa y reverencial pero a diferencia de ellos, él era el único que prestaba atención.

Tragó saliva, intentando comprender el discurso, su mensaje. Asimilar la orden para poder ejecutarla. Pero había algo más allá de esas palabras que le producían desasosiego y curiosidad y pavor otra vez. Y no acertaba a saber qué era.

Agachó la cabeza de nuevo y cerró los ojos, tratando de evitar pensar más allá de la orden principal: acabar con todos esos enemigos de su mundo. Obedecer a su Amo. Pero seguía con la sensación angustiosa de que dentro de ese mundo oculto, de esa vida clandestina que tenían que llevar para conseguir su fin, su Amo también tenía secretos y por alguna razón, estaba produciéndole tanto espanto como el pensar que el que decían era el mejor Legeremens de la historia pudiera averiguar su vacilación y sus dudas.

Cerró los ojos. Si mostraba algún resquicio, él y su familia acabarían muertos. Tragó saliva, aterrado por la idea y se aferró a eso, a su familia y su seguridad para definitivamente, entregarse a la magia oscura: Matar, para no morir.

Ser un Mortífago.

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Diciembre de 1978

Grimmauld Place, 12. Londres

Ni siquiera su prima sabía que él también tenía secretos. Su querida prima Bella se consideraba la seguidora más leal, su agente más devota. Incluso ese engreído de Malfoy también se consideraba igual hacia el Señor Tenebroso. Pero ninguno de ellos había logrado lo que él. A los diecisiete años y ya tenía su primera misión encomendada sólo a él personalmente por el Señor Tenebroso.

Conseguirle un elfo doméstico de su entera confianza.

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4. De Sirius

En otro lugar del país, otro Black guardaba un secreto, pero éste de una naturaleza mucho más benigna. Hacía apenas seis meses que habían terminado sus estudios en Hogwarts. Habían decidido dedicar su vida a algo que consideraban importante y no se trataba de ser el mejor en sus profesiones. Se trataba de hacer mejor su mundo.

Ya hacía tiempo que uno no iba a un pub y charlaba con magos desconocidos y aceptaba de buen grado una ronda de los borrachines locales. Las calles de los lugares frecuentados por magos quedaban desiertas cuando oscurecía. Las personas compartían códigos secretos y el Ministerio estaba abrumado ante la enorme cantidad de sucesos inexplicables, de atentados contra ellos mismos y contra el mundo Muggle. Todos eran culpables hasta que se demostrara lo contrario. O así lo veía uno de los aurores más temibles que hubiese podido llegar a conocer, Alastor Moody.

Ni James, ni Lily ni Sirius habían dicho nada de su plan. Ni tan siquiera a los amigos íntimos de los dos muchachos. Temían que no les aceptaran en la Orden si se presentaban ya casados, así que se unieron primero a la Orden y James y Lily decidieron casarse después.

"¿Seguro que no quieres una despedida de soltero? Se me da muy bien improvisar una fiesta con chicas guapas…" le dijo no del todo de guasa un Sirius cruzado de brazos pegado a la pared de la habitación del hotel muggle que compartía con James, contigua a la habitación de Lily y donde pasaría su última noche como hombre soltero. La expresión del joven alto y moreno cambió inmediatamente cuando observó la mirada de su amigo. James Potter no solía mirar a la gente con tristeza ni con temor. Pero había algo detrás de los cristales de las gafas, de esos ojos marrones que desconcertó a Sirius. Descruzó los brazos y se apartó de la pared.

"Eh… ¿es que acaso te lo estás pensando dos veces?. ¿Acaso te estás arrepintiendo? No serás el primero que se acojona antes de su boda."

James le miró, arrugando la frente y abrió la boca.

"¿Que si qué?..." rodó los ojos. "No, hombre, no… para nada. En absoluto."

Tal vez tenía que ver con el hecho de que la madre de James había muerto y su padre se hallaba muy delicado. Desde el fallecimiento reciente de su esposa, la chispa y el humor se habían apagado peligrosamente. Y Sirius temía que eso fuera a afectar a su amigo, su ánimo. No dudaba de que James estaba completamente loco por Lily, prácticamente desde que la vio por primera vez. No achacaba a su repentino interés por casarse con ella a un extraño miedo a quedarse solo si sus padres morían. James nunca estaría solo, mientras Sirius y sus amigos vivieran. Eran una familia.

Sirius se acercó a su pequeño baúl y de una bolsa sacó una botella de color dorado sin etiquetar que James no acertó a reconocer inmediatamente.

"¿Hidromiel?"

"No. Whisky. Lo compré directamente en una destilería muggle." Sirius silbó desafinadamente y se metió en el baño. James le escuchó pronunciar un Glacius y apareció con los vasos que había en el lavabo con unos pequeños bloques de hielo. Le tendió uno a James, sentado en el pie de su cama y a continuación se sentó él en la silla del escritorio, de cara a su respaldo. Vertió el líquido en el vaso de James y le sonrió de medio lado. "Uisge beatha. Agua de vida." Se echó a sí mismo y levantó el vaso hacia él. "Por la vida que queremos vivir. Por ti, y por Lily."

James sonrió a su mejor amigo y le dio un trago al whisky. Sirius le contempló unos segundos, orgulloso y con experiencia, echó la cabeza hacia atrás y se bebió el contenido de un trago.

"¿Ahora, me contarás qué te pasa?"

James hizo un gesto para que le pusiera más y pareció que el alcohol era un buen remedio para soltar la lengua y calmar los nervios.

"Esta época…" se interrumpió y movió la mano para volver a empezar. "Quiero a Lily, de verdad la amo. Cuando ella aceptó, pensé que sería el hombre más feliz del mundo y no me malinterpretes: lo soy, y aunque lo atribuyas a los efectos del whisky, no tengas ninguna duda, no podría ser más feliz. Pero de pronto me ha entrado miedo de pensar que ella me ha aceptado porque no piensa que vayamos a vivir mucho tiempo… en esta época. Cuando le pedí que se casara conmigo no lo hice porque pensara como otras parejas que conocemos… que es por miedo a la guerra, por miedo a lo que pueda suceder, que nos separen."

Sirius apoyó los brazos en el respaldo de su asiento y escuchó atentamente a su amigo.

"Yo me quiero casar con ella porque la quiero y quiero estar con ella para siempre. Pero…" se encogió de un hombro intentando restarle importancia a sus propias palabras. "…no sé, tal vez ella piensa que no vamos a vivir mucho, pero si vivimos mucho, entonces se cansará de mi o se arrepentirá."

Sirius movió la cabeza, despacio.

"Eso no será así, Prongs. Lily te quiere, sin fecha de caducidad. Ella te ha aceptado porque quiere pasar el resto de su vida contigo… y qué diablos. Hasta yo me casaría contigo si fuese mujer."

"Cht. Mariconadas, las justas."

Sirius echó una carcajada de las que sonaban como a Padfoot. James de pronto se sintió mucho más aliviado, pensando que no debía pensar en esas cosas tanto. Padfoot tenía razón: Lily era más inteligente que él y aunque él le hubiera propuesto una tontería, ella lo habría sabido y se lo habría dicho. Lily no hubiera aceptado de otro modo su propuesta si no estuviese segura de lo que sentía.

"Sirius…"

"Cuando me llamas por mi nombre es que es algo serio."

"Gracias por ser nuestro padrino. Ella se merecería una boda en pleno Londres, con miles de damas de honor y con toda la gente de la quiere. No una boda clandestina a espaldas de su familia, de la mía, de la Orden y de nuestros amigos." James miró el pelo liso brillante y negro de Sirius. "Y con un padrino sin esas greñas." Señaló con la boca hacia el cabello de Sirius, que le llegaba casi a los hombros.

"Sabes que haría cualquier cosa por vosotros." Respondió Sirius poniéndose en pie y colocando su mano en el hombro de James. "El día que terminemos con Tú-Ya-Sabes-Quién, volveremos a celebrar vuestra boda como los dos os merecéis. No habrá ninguna necesidad de escondernos ni de sentir vergüenza ni temor por lo que queremos ser o cómo queremos vivir. Ella no tendrá que sentir ninguna persecución por ser hija de muggles y tú no tendrás ningún dedo acusándote de ser un traidor a la sangre."

James miró a través de sus gafas a Sirius con una expresión aliviada pero algo melancólica.

"También habla por ti; tú eres un traidor a la sangre."

"De los peores." Añadió levantando la barbilla orgullosamente. "Traidor… esa palabra me va a perseguir hasta que me muera, te lo digo yo."

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Al día siguiente, frente al oficial, una pareja joven contrajo matrimonio discretamente. Sin invitados ni arroz ni arreglos florales. Ni mesa presidencial ni abuela llorando emocionada. No hubo discurso del padre de la novia ni hubo lanzamiento del ramo.

Sólo un chico alto y moreno, con los ojos brillantes tras las gafas y aferrada a su brazo, vestida con una túnica blanca y un tocado de flores sin velo en sus cabellos rojizos, su novia, la mujer con los ojos verdes más hermosos que nadie hubiera visto nunca.

A su lado, erguido y solemne como nunca había estado nunca un Black en su vida, un joven de la misma edad de los contrayentes que sostenía en sus manos como lo más valioso del mundo un juego de alianzas de oro que él había pagado en calidad de padrino de boda. Los ojos grises, claros y brillantes, no se encontraban ocultos tras una cortina de cabellos; el cabello negro estaba perfectamente cortado y sólo unos mechones rebeldes caían por su frente.

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5. De Regulus

Grimmauld Place, 12. Londres

No entrar sin el permiso expreso de Regulus Arcturus Black

Las manos delgadas se frotaron nerviosamente. Sólo en la soledad de su dormitorio, Regulus se permitía el lujo del miedo, de la angustia, de la incertidumbre. Había venido a pasar sus últimas vacaciones de Navidad… como estudiante de Hogwarts. Se había colocado perfectamente la túnica de terciopelo negro con los ribetes en hilo de plata y la abotonadura con el blasón familiar abrochado severamente hasta el cuello. En unos minutos tendría que bajar a recibir a la familia.

Se llamaba recibir. Es lo que hacen las familias de prestigio.

No le interesaban las murmuraciones de por qué la querida prima Cissy no había dado un hijo al matrimonio Malfoy. Ni Bellatrix, pero ella siempre había antepuesto "sus intereses" antes que el hecho de ser madre. Narcissa callaba y Regulus tenía la impresión de que, si no era madre, no era por una elección personal. Pero la tía Druella había salido al paso diciendo que los disgustos que habían recibido sus dos queridas hijas habían producido que les costara tener hijos. Sólo necesitaban tranquilidad.

Ya habían pasado años desde lo de Andromeda y Sirius. Había cosas que Regulus podría no saber, pero no se consideraba ningún ingenuo tampoco. Ni tan siquiera cuando le guiñaban el ojo y le señalaban con la cabeza la presencia de jóvenes brujas de reconocidas familias mágicas. Lo que le faltaba.

Sólo conocía un elfo de su entera confianza. El Señor Tenebroso le había otorgado una misión a él, personalmente, y no podía fallarle. No tendría por qué sentir miedo de eso, si era Kreacher el elfo asignado a servir directamente a su líder. Era un honor para Regulus, y sería un honor para su elfo doméstico.

Sintiendo las yemas frías, cerró los ojos oscuros tan similares a los de su madre y tomó aire. Lo decidiría más tarde; tenía que bajar a recibir.

Cerró la puerta con cuidado y se aseguró de que permanecía bien cerrada. El aire que provocó el cierre de la puerta hizo que cayera un pergamino de las siniestras notas que había estado escribiendo Regulus en su escritorio.

"… pero ¿acaso se puede separar el alma? Muchos magos y brujas han intentado a lo largo de los siglos hallar el modo de encontrar la eternal juventud, la inmortalidad o ambas cosas. Ha inspirado desde oscuras leyendas hasta inocentes juegos infantiles. El hecho de poseer la inmortalidad no concede el don de la juventud eterna… sino la eterna ancianidad. Es peligroso jugar con dichos elementos. Es ahí donde se halla la esencia de las maldiciones unidas a un lugar o la esencia de la magia que convierte a muchos magos y brujas en fantasmas. En unos casos es un hecho voluntario, en otros es una reacción espontánea.

Pero conservando a perpetuidad el alma, no una simple sombra como un fantasma, una fotografía o un retrato, se conservará a perpetuidad la vida… Pocos conocen el medio prohibido, oscuro, tenebroso. El precio es ojo por ojo, magia por magia… vida por vida…"

A los pocos segundos, se activó el hechizo protector que cambiaría el texto por una simple fórmula de Poción Pimentónica.

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Disculpas por haber utilizado un fragmento de una canción, vulnerando los TOS de la página.

Quiero enviar todo mi agradecimiento a Gami, Jos Black, Dryadeh, Aliena, princesaartemisa, Nell Charentes, criss92, Shadae, Pressure, Nicole Daidouji, Yedra Phoenix, Tezza Kou Grandchester, Mi-chan Kitamura, Tabata Weasley, juanma_sgb, sayuri, AKarenP, El Collar de Perlas, Miss V. Todos habéis hecho que NO haya abandonado la historia (y he querido hacerlo desde el capítulo 9 cuando menos).

Reviewer anónimos: no puedo contestaros a través de la página, así que sólo me queda aquí. Por supuesto, podéis dejar vuestro email si queréis que os responda como a los demás así: nombre (arroba) blablamail (punto) com, para que Ffnet no lo borre automáticamente.

- Miss V – Gracias por lo que dices del fic. Sobre todo, tu análisis de cada personaje y cómo te ha encajado la visión con la tuya propia. Me alegra que aprecies el conjunto. Gracias por el apoyo y porque hayas salido a decírmelo (créeme, salvo las personas de ahí arriba, NADIE lo hace)

- Sayuri – el fic concluirá con un capítulo titulado La Caída del Señor Tenebroso. No finalizará con la muerte del último Black de esta generación (Narcissa), ni con la de Sirius o Bellatrix. Las razones son principalmente que las muertes de Sirius y Bellatrix ya fueron contadas perfectamente en el canon, y la de Narcissa sería una simple invención (nuestra idea original del fic era "rellenar huecos" de la historia canon, pero no ampliarla más allá) Hombre… un fic denso… supongo que sí, pero denso en un ensayo de Kant. ¡Esto no deja de ser un fic!

- juanma_sgb – me encanta XD que consideres este fic como una biblia de los Black. Si te gustan tanto, es muy halagador que la historia no te defraude.

- Mi-chan Kitamura – gracias también por salir del anonimato para enviar ánimos. En serio, sólo esto empuja a continuar la historia. Me emociona que te gustaran los personajes, de verdad.

- Aliena – creo que te respondí ya por email :)

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Comentarios larguísimos que os podéis saltar si queréis, sé que hay gente a quienes les estorban, pero quiero recalcar todo lo que quería introducir en este capítulo para quien le interese:

x Sobre la 1ª Guerra: Empiezo a añadir datos sueltos de lo que ocurrió en esta época. No es mi intención desviar el fic (que trata de los cinco Blacks fundamentalmente) para contar sobre cómo James y Lily salieron juntos, cómo Snape se enteró de la profecía… En fin, hay muchos fics al respecto y sin duda superiores. Quiero dar sólo los datos necesarios en el contexto. Por ejemplo: la actitud de Peter, no deseo machacarlo, pero comprendo que podría haberse sentido un poco fuera de lugar con respecto a James y Sirius. En el caso de Remus no habría sido tan acusado, ya que Remus era prácticamente quien se apartaba voluntariamente de la gente.

x El tema de "los que desafiaron tres veces a Lord Voldemort". Me gustaba al principio imaginar qué serían los desafíos, pero luego pensé que sería más curioso añadirlo con los Longbottom y tampoco era necesario contar tres desafíos de Longbottoms + tres desafíos de Potters. Ahí me habría desviado definitivamente del fic. Los Longbottom sé que son personajes inferiores en relevancia a los Potter, pero de nuevo me remito a que existen multitud de fics sobre James y Lily y quería ante todo añadir más y más razones por las que Sirius (y el resto de Merodeadores) se habrían metido a la Orden (no sólo porque Dumbledore o McGonagall les convencieran). El tema de los tres desafíos y por qué Frank y Alice eran tan extraordinarios y famosos, y sobre todo, aurores experimentados, me hace pensar que fueron de una generación previa a la de los Merodeadores (aunque imagino que no mucho). Recordad que un auror requiere un tiempo de preparación por tanto, habría sido muy justo para ellos acabar Hogwarts en 1978 (como los Merodeadores), un año de entrenamiento de Auror mientras Alice está embarazada 1979-80 (!?) y finalmente incapacitación a finales de 1981.

Por lo tanto, en esta historia he fijado su "generación" en la de Narcissa Black, así pues Frank y Alice habrían terminado Hogwarts en junio de 1973 ( ahí los Merodeadores habrían terminado su segundo año).

x Cronología: siempre avisamos que la cronología de este fic era peculiar… que cada capítulo tendría un orden cronológico "normal" pero que a lo largo del fic podríamos dar saltos temporales. Leed el fic entonces ya como un conjunto. En unos días os publicaré el esquema con los datos relevantes de cada capítulo (en el Perfil de Black Toujours Pur). En 1978 (fecha de este capítulo), conté cosas de capítulos pasados: Capítulo 13 (Escisión), particularmente, cuando se proponen ser de la Orden, James y Lily acuerdan que Remus nunca será un mendigo mientras ellos vivan y que Sirius acaba descubriendo la Marca en el brazo de Regulus. (Aquí, en el capítulo 16 he contado parte de cómo Sirius se estaba dando cuenta).

x La Copa de Hufflepuff: al principio pensé que Voldemort le daba primero la Copa a Bellatrix, antes que el Diario a Lucius, pero luego cambié de parecer. Era una forma de mostrar que Voldemort no sentía ninguna preferencia por Bellatrix, aunque ella pensara lo contrario (Lucius también pensaba que era de su círculo, no iba desencaminado, pero no tenía las fantasías de Bellatrix)

x La enfermedad de Orion: no se sabe de qué murió Orion Black (el padre de Sirius y Regulus), sólo que fue en 1979 según el Árbol. De alguna manera me cuesta creer que tuvo una muerte violenta, pero quién sabe. No fue Mortífago, así que descarto que se viera implicado en una batalla tipo Bellatrix. Pudo haber tenido un accidente y nada más, pero prefiero la opción de una enfermedad. De alguna manera, me recuerda a la realeza de algunas casas reales europeas, cuyos miembros acabaron medio locos o con enfermedades genéticas como la hemofilia por culpa precisamente de su endogamia. Ya que algunos Black parece que tienen tendencia a la inestabilidad emocional, preferí hurgar en la insinuación de que tanta pureza mágica (todos los sangre pura están emparentados) tiene consecuencias para la salud XD Pobre Orion, como con los Black varones, tengo debilidad por él.

x La "actitud" de Walburga: la mujer que conocemos fue a través del retrato, que siempre se ha confirmado que es casi una "caricatura" de aquella persona viva que representa. Siguiendo el tema de cierta inestabilidad mental, me gusta pensar que Bellatrix (al principio del HP6 con respecto al zorro que mató antes de ir con Narcissa a ver a Snape) y Walburga comparten carácter, pero también cierta paranoia. Cierto es que es discutible: la inestabilidad de Sirius o de Bellatrix pudo deberse a Azkaban (y no es poco) y la de Walburga a años de aislamiento en soledad hasta su muerte. Pero insinúo al menos cierta "predisposición" para tal deterioro futuro. De alguna manera imagino que Walburga fue la "arpía" que favoreció tanta magia oscura en GP12 (¿por qué si no la casa, a pesar del abandono, tenía tal cantidad de parásitos mágicos, maleficios y maldiciones en objetos, etc?)

x Los años finales de Regulus: espero que se note que Sirius tenía sus propios ideales, y Regulus también. Pero sin llegar a poner a Regulus como si fuera un auror ¬¬* sólo quiero mostrar que era un chico con dudas y temores. No era ningún superhéroe, pero sí era inteligente, aunque su aspecto y su discreción parecieran mostrar lo contrario. Me gusta pensar que era idealista (¡se sacrificó por un elfo!) y que se hizo Mortífago porque era lo que se esperaba de él.

Y si no lo hubiera hecho, Regulus y su familia habrían muerto. Un Black no podría decir a Voldemort "oh, no gracias, prefiero no ser Mortífago". En ese sentido, veo más coacción a ser que la "idiotez" que decía Sirius. Veo más la actitud de Draco y por qué fue Mortífago: era lo que se esperaba de él y Draco nunca pudo haber dicho "no, gracias, paso de ser Mortífago"

La cronología de Regulus está escrupulosamente respetada según lo explicado por Kreacher en el DH, capítulo 10. La carta de Lily a Sirius también es muy reveladora.