Me apetecía subirlo, eso es todo. Este capítulo refleja la muerte más chocante… un chico de apenas 18 años. Envuelto todo en la traición. En este caso, unos Black sufren una traición: Sirius y Andromeda (irónico, ellos fueron los traidores anteriormente). Otros Black son quienes traicionan: Regulus y Narcissa.

Y Bellatrix, como la que jamás traicionaría sus principios. Ni siquiera por la familia, a diferencia de los anteriores.


MUERTE JOVEN (TRAICIÓN)

1. De Regulus (I)

Mayo de 1979

Grimmauld Place 12. Londres.

Habían pasado unos pocos meses desde que uno de los Mortífagos más jóvenes había aceptado preparar una misión secreta. Ni siquiera su querida prima había tenido tal privilegio tan joven. Regulus Arcturus Black sí.

Regulus paseaba por su hogar, inquieto, insatisfecho y no por los EXTASIS que tenía ya a la vuelta de la esquina. Las paredes de su hogar nunca habían sido tan gruesas como esos días. Se llevó la mano hacia el cabello y suspiró. Le habían permitido irse de Hogwarts por los funerales de su padre y las vacaciones de Semana Santa, apenas había pasado un mes desde que su padre había fallecido, siguiendo una extraña tradición.

Los Black están llenos de tradiciones, en particular, las de morir jóvenes, incluso en términos muggles. Orion fue el último ejemplo y su madre, Walburga, se negaba a salir de casa, sólo para ir al baño, a su Tapiz y poco más. El caos era aún más grande, por cuanto en los últimos días, Regulus había ofrecido al elfo doméstico que, pese a su edad avanzada, era quien cuidaba de la casa y de su madre.

Hacía tiempo que había enviado a su elfo a encontrarse con el Señor Tenebroso. Era un honor que tanto él como su sirviente querían cumplir con orgullo. Pero esa vocecilla interior, esa que tan bien conocía Regulus Black, le estaba diciendo que algo marchaba mal. Regulus era probablemente el único Mortífago, con permiso de Severus Snape y de ese joven medio loco llamado Bartemius Crouch, que sí escuchaban las palabras de Aquel Que No Debe Ser Nombrado. Y cuando más las analizaba, más preocupado estaba.

Regulus sabía que no había podido negarse. Sabía que debía ya su vida a esta… profesión. Y su elfo doméstico estaba tan sometido al Señor Oscuro como él mismo. Y precisamente por eso estaba inquieto: el Señor Oscuro utilizaba a las criaturas como los licántropos o los gigantes… pero despreciaba a todo lo no-humano y a los humanos, a prácticamente el 90 por ciento de ellos. Eso lo había aprendido durante ese año fatal en el que se había unido a servirle.

Se sentó en la cama y cerró los ojos. No perdía nada y todo estaba ya sentenciado. Temía por Kreacher, temía que algo horrible le hubiera sucedido.

"¡KREACHER, REGRESA!. ¡VUELVE A CASA INMEDIATAMENTE!" ordenó el joven con un tono de voz muy similar al que había oído siempre al anterior Amo… su propio padre.

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El elfo doméstico se presentó a los pies de su cama con un extraño crack, estaba temblando, víctima de extraños espasmos. Tenía los ojos hinchados y los labios amoratados. Apenas podía hablar, salvo por un murmullo rasposo que se escuchaba a través de una garganta dolorida.

La mano delgada de Regulus tocó al elfo, que hacía enormes esfuerzos por arrodillarse e inclinarse a recibir sumisamente la siguiente orden de su Amo. Éste sólo notó fiebre debajo de su palma y, cerrando los ojos, Regulus lo transportó directamente a la cocina. Se Apareció frente a la pequeña alacena y tomó unas toallas viejas.

"Amo… Kreacher se encuentra bien… y seguirá cumpliendo su deber…" el elfo tosió, moviéndose para continuar su labor como si estuviese perfectamente.

"Kreacher…" dijo el joven irguiéndose tras dejar las toallas a su lado. "Tápate con eso y reposa. Te ordeno que no salgas de casa, permanece escondido. Volveré y me explicarás qué ha sucedido."

A continuación, el joven Desapareció con un crack.

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Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería

Sala Común de Slytherin

"¡Eh, Black!"

Regulus se dio la vuelta, sosteniendo en su hombro la mochila y mirando con frialdad a su compañero de sexto, Barty Crouch. Ya estaban aproximándose a las últimas semanas de clase y Regulus las había empleado para averiguar por qué el Señor Tenebroso había decidido probar venenos con un viejo y debilitado elfo doméstico.

"¿Qué quieres?" respondió Regulus simplemente.

El impertinente muchacho se echó hacia atrás en el respaldo del sofá y estiró los brazos a lo largo, tamborileando con los dedos sobre la parte alta del sofá.

"Algunos a lo mejor nos vamos a dar una vuelta esta noche… cerca de la Casa de los Gritos."

"Ah." Regulus asintió ausentemente. "¿Y cómo pensáis llegar allí, si puede saberse?"

Barty se rió sin humor y torció la boca.

"Black… pareces nuevo."

Regulus le dirigió una mirada despreciativa y arrugó ligeramente un lado de su nariz, de la forma que hacía expertamente su prima Narcissa cuando estaba simplemente con gente a quienes consideraba inferior a ella. Es decir: siempre.

"Me han dicho que será más fácil… ya sabes. Practicar ciertos hechizos con ciertas personas allí. Se amortiguan los sonidos en esa casa embrujada."

Regulus alzó una ceja sin variar la mueca de asco que seguía pintada en su cara. Se cruzó de brazos y resopló con desdén.

"La Casa de los Gritos. Embrujada. Ya. Seguro." Contestó sarcásticamente. "Esa Casa no está embrujada."

Barty siguió sonriendo de medio lado, haciendo caso omiso a la expresión despreciativa de su compañero de clase… y de vocación.

"¿Y tú qué sabes?"

"Sé bastante de Casas embrujadas." Regulus prefirió omitir detalles acerca de ciertos comportamientos de su propio hogar, ciertos hechos que iban sucediendo a medida que su madre y su elfo estaban perdiendo su propia cordura. "Y esa casa no es más que un montón de madera podrida. Eso no tiene magia oscura."

"Hasta ahora no la tiene." Respondió cruelmente Barty, acariciando la varita en su palma. "Una pena que no te vengas."

"Tengo una misión personal que realizar, Crouch. No te metas en mis asuntos, o no querrás disgustarle a quien me la encomendado."

Crouch abandonó la mueca autosuficiente y observó con una arruga en la frente el rostro de su compañero.

"Te estás tirando un farol."

"Mira, Crouch. Yo no te tengo que dar explicaciones a ti." Respondió Regulus, inclinándose sobre él, hablando en voz baja y con los ojos fríos como el hielo. "Eres de los pocos que tienen algo parecido al cerebro. Utilízalo… y no te metas en mi camino."

Crouch le observó un momento fijamente y al final se encogió de hombros.

"No te pongas tremendo, Black. Tú te lo pierdes. Te haría falta reírte un rato. Pareces un Inferius."

Regulus se volvió a erguir y se marchó sin pronunciar palabra.

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Esa misma noche, Regulus soñó con los gritos de las víctimas… la Casa de los Gritos que se retorcía y aullaba para convertirse en su propio hogar. Escuchaba los gritos y lamentos, pero eran los de su madre… y perduraban entre sus paredes, entre sus rincones. La Casa de los Gritos se había transformado en su propio hogar, en Grimmauld Place, dándole un aspecto tétrico y desolador.

En su hogar, Regulus había sido feliz, había conocido la magia, el amor familiar, la fidelidad, el deber, la disciplina, el orgullo… Años y años de historia entre sus muros, en sus libros, en sus páginas.

Abrió los ojos y se incorporó desasosegado. Todavía era de noche y tan sólo escuchaba la respiración regular y algún que otro ronquido de sus compañeros. El corazón le había dado un vuelco con una certeza que se había dibujado clarísima en la mente. El Señor Tenebroso…

ese guardapelo…

¿se puede separara el alma?...

el precio es ojo por ojo, magia por magia, vida por vida…

Y sus palabras frías, terribles. Él mismo lo había dicho, pero nadie prestaba atención. Regulus sí… El Señor Tenebroso había prometido durar eternamente, dominar para siempre. Perdurar toda la vida. Y sólo él sería capaz de realizar algo semejante.

Ahora lo entendía. Su cuerpo delgado empezó a temblar y el pulso se le aceleró. Tragó saliva y no se atrevió a moverse de la cama. Tenía miedo, miedo de pensar que estaba en lo cierto y miedo de pensar las consecuencias de su descubrimiento. Las manos no dejaron de temblarle y Regulus se las llevó a la boca, intentando amortiguar su descontrolado movimiento.

Estaba aterrorizado, pero no tenía ninguna alternativa. Si él lo descubriera, le mataría a él, a Kreacher, a su madre, a sus primas. Incluido a su hermano traidor, éste probablemente antes que ninguno, si como decían, era miembro de un grupo que se había opuesto abiertamente al Señor Oscuro.

Pensaba separar cuerpo y alma… pensaba emplear uno de los hechizos más oscuros, poderosos y prohibidos que existían, si no lo había hecho ya. Se levantó finalmente y se marchó hacia los lavabos, cerrando la puerta suavemente y arrodillado frente a uno de los retretes, Regulus vomitó.

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Aula de Transformaciones

Regulus aguardó a que todos sus compañeros recogieran sus cosas y fueran saliendo del aula. Miró a través del flequillo, quieto, los movimientos elegantes de la profesora McGonagall y cómo ella devolvía tranquilamente a su forma original candelabros, teteras y calderos.

"Profesora…" dijo él en voz baja, aproximándose a ella. "¿Éste es el mejor libro para cambiar la naturaleza de los metales?"

"Alquimia…" dijo ella ligeramente sorprendida y levantó los ojos hacia él, a través de los cristales de sus gafas. "Si eres capaz de eso, tienes garantizado el EXTASIS. No existen muchos alquimistas en las historia de la magia."

"Lo sé." Contestó él. "No creo que pueda ser capaz de convertir la mugre en oro. Sólo deseaba saber si puedo… imitarlo. Copiarlo."

McGonagall arqueó una ceja con curiosidad.

"Dudo mucho que un Black necesite copiar su oro de Gringotts…" se encogió de hombros. "Ahí hay un capítulo interesante al respecto. Son hechizos legales, así que no pienses que te estoy indicando cómo vender baratijas que imitan el oro goblin." Recogió un par de libros de su escritorio y bajó el estrado hacia el pasillo que llevaba a la salida. Antes de marcharse, se giró. "Igualmente, si logras realizar alguno de esos, puedes tener una nota muy buena en los EXTASIS."

"Lo recordaré, profesora." Contestó él cortésmente pero con distancia. "Gracias."

En cuanto escuchó el ruido de la puerta que la profesora cerraba tras de sí, Regulus pasó las páginas para leer con detenimiento el capítulo que le interesaba. No pensaba en los Extraordinarios, no pensaba en los EXTASIS. Tan sólo tenía un propósito en mente.

Extrajo con cuidado un trozo de pergamino de su bolsillo. Tocó con la varita y el centro del pergamino pareció moverse como si tuviese agua en su superficie. Poco a poco, las ondas verdosas y amarillas fueron tomando forma y Regulus se encontró observando por enésima vez el elegante aunque desfasado diseño de una joya de oro y pequeñas esmeraldas que formaban una clara y elaborada letra S, siguiendo el diseño que su elfo doméstico le había descrito.

No podía estar seguro, ni siquiera sabía qué diablos era ese objeto y Regulus no osaba ni siquiera preguntar ni averiguarlo. No había encontrado ninguna referencia en libros de antiguas reliquias, de tesoros famosos. Probablemente era una simple joya con la inicial de su nombre o su apellido y nada más. Pero Regulus sí sabía que esa joya y la especial protección que le había dado era el objeto que ahora contenía el alma de Aquel Que No Debe Ser Nombrado.

Guardó con cuidado el pergamino y empezó a leer las transformaciones en metales preciosos.

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2. A Sirius

Agosto de 1979

Sede de la Orden del Fénix

Había heredado las manos de su padre: dedos largos y delgados, manos que no habían conocido el esfuerzo de ganarse el sustento más que por el intercambio de palabras interesadas y alguna que otra bolsa de oro. Podía dirigir una orquesta con la varita a modo de batuta y podía lanzar cinco maleficios por segundo si se lo proponía y no errarlos.

Había heredado los ojos de su padre: grises y luminosos por el día, oscuros y ambiguos por la noche. Eran grises sin matices, salvo la extraña sensación de estar mirando unos ojos metálicos a través de unas pestañas negras y largas. Esos ojos que se habían acostumbrado a mirar dolor, sufrimiento y guerra.

Los ojos grises se cerraron y la mano tembló. La sala calló salvo algún sollozo ahogado por las manos sobre las bocas. Entraron cinco personas en la sede de la Orden. Dos eran altos y fornidos, de brillantes cabellos rojizos y varitas en los puños; Fabian ayudó a Fenwick a recostarse en el sofá y Moody pasó como una exhalación, sin mirar a nadie, sin dar explicaciones. Gideon estaba pálido y con la túnica ensangrentada. Y en sus brazos, traía el cuerpo ligero de una bruja. Su túnica era gris oscura, el brazo caía a un lado y la cabeza estaba oculta por la capucha. Sólo un largo mechón estaba suelto y caía en paralelo al brazo.

Sirius se pasó la mano tan similar a la de su padre por los cabellos negros y que se había cortado para la boda de sus mejores amigos y se incorporó. Gideon intercambió una mirada con él, abatido, y colocó con cuidado el cuerpo de la mujer sobre la mesa del fondo, tirando objetos, mapas, libros.

Lily se incorporó automáticamente y fue hacia la mesa, seguida por James, por Remus, por Emmeline, por Peter…

"Dorcas…"

La mano fina, aristocrática, rozó el rostro pálido con la delicadeza de una pluma. Los labios de Sirius se apretaron en una mueca que trataba de aguantar no la rabia, eso no sabía ocultarlo, sino el dolor y el desconsuelo. Un Black no demuestra sus debilidades en público e inconscientemente eso estaba haciendo. Tragar el dolor y la humillación que acababan de inflingirles. Reparó en los labios que hacía dos días habían sonreído a la cámara, que le había felicitado por llevar un peinado que le sentaba de maravilla. Esos labios entonces curvos y sensuales ahora estaban azulados, con una inflamación que desfiguraba el rostro hermoso de su antigua compañera. Meadowes tenía el ojo hinchado y el otro, cerrado, tenía restos de sangre alrededor.

Escuchó sollozar a Lily y los susurros apaciguadores de James; ni siquiera él se los creía.

Pero Sirius vio y no escuchó prácticamente nada más. Vio el cabello rubio y vibrante quemado en sus puntas. Vio la capa gris oscura con manchas prácticamente negras, reconociendo la sangre y deseando que fuese de la de sus verdugos, no la de la víctima. Fue Gideon quien, en silencio, abrió con cuidado la capa de Dorcas y mostró el corpiño azul marino rasgado por la fuerza de un torbellino. O la de varios Cruciatus. Gideon a continuación separó las telas rasgadas de un hombro y mostró los golpes y los cortes, la sangre seca.

Y marcas de dientes. Algunos eran humanos.

Sirius ahogó un grito de ira pero su cuerpo temblaba de horror; rebosaba indignación, rabia y unas ganas inmensas de cobrarse su venganza. Dorcas había sido su amiga y su compañera y lo que le había pasado…

"Fue un licántropo…" susurró Marlene al ver esas marcas. "¿Verdad?"

"No…" Remus habló en voz baja, acercando con su varita una de las mantas del armario y sin quitar ojo de encima al cuerpo torturado de su antigua compañera. "No ha sido un licántropo."

"Son varias marcas similares…" comentó Gideon con su voz profunda. "La ropa estaba hecha jirones, la reparamos lo suficiente antes de traerla aquí."

Lily, aferrada a su marido, movió la cabeza y los ojos verdes se abrieron de par en par, aún brillantes por las lágrimas.

"Es peor aún… fue humano…" miró a continuación, sin parpadear, el cuerpo de su amiga. "¿Fue vio-…?" fue incapaz de terminar cuando se le apagó la voz en la garganta, incapaz de articular debido al nudo y al dolor.

"No. Cuando llegamos, fue Tú-Ya-Sabes-Quién el que la estaba asesinando. Moody se cargo a tres de ellos, Fabian a cuatro y Benjy y yo sacamos de allí a Dorcas. Él ya se estaba riendo, otros le acompañaron y fue como supimos que algunos habían disfrutado con los golpes y los mordiscos… físicos. Sufrió como una muggle, la sucia traidora a la sangre…" Gideon Prewett calló y agitó la cabeza. "Prefiero no repetirlo." Añadió en voz baja.

"¿Quiénes fueron?" dijo en un tono frío Sirius, aterradoramente calmado.

"Eh, vamos Sirius." Dijo Fabian aproximándose. "Van tapados, ya los sabes. Los muy cabrones."

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Lily se detuvo en la puerta del umbral del dormitorio que Sirius compartía con Remus, Peter y Caradoc. Levantó la mano y dio unos toques en la puerta abierta, solicitando permiso para entrar aunque estuvieran a unos pocos pasos de distancia.

Sirius estaba sentado en la cama, de espaldas a ella. Antes de que Lily pudiera hablar, le escuchó cerrar el cajón de la mesilla y murmurar en voz baja.

"Pasa Lily."

Ella elevó las cejas ligeramente sorprendida porque él no se había dado la vuelta.

"Reconozco tus pasos. No das zapatazos como el resto de los cafres con los que comparto dormitorio en la Sede." Dijo él de mal humor.

Lily se sentó en la cama de Peter, al otro lado de la mesilla y agachó la cabeza para mirar a Sirius de frente.

"No has querido venir a cenar con nosotros. Te he traído un poco de asado." Dijo ella, dejando encima de la mesilla un paquete cuidadosamente envuelto. "Hemos brindado por Dorcas y hemos recordado viejos tiempos. Hemos celebrado que la hemos conocido." Sirius sin embargo no mostraba la sonrisa de Lily. "Te hemos echado de menos, sobre todo James, cuando se puso a cantar el himno del equipo de Quidditch de Gryffindor. Dice que Peter desafina y Remus no tiene voz."

Sirius sonrió a regañadientes, pero sí podía imaginarse un final de cena brindando por los amigos presentes y perdidos. A Dorcas le habría gustado celebrar, incluso su propia muerte.

"No puedo quitarme de la cabeza que Dorcas ha sido la primera de los nuestros en caer. Y que me he criado con gente que ha podido matarla."

"Tú-Ya-Sabes-Quién la mató. Lo han dicho los Prewett." Contestó ella. "Y todos sabemos que conocemos a algunos de sus seguidores."

Sirius miró a Lily con la mandíbula tensa.

"Tal vez antiguos compañeros de clase, pero al menos no llevas su sangre…" añadió con repugnancia, incluida la repugnancia a sí mismo. "Tanta sangre pura me asquea, me hace vomitar. Saber que comparto sangre con Bellatrix… con Regulus… o que estoy emparentado con la mitad de ellos… o con Tú-Ya-Sabes-Quién…" añadió en voz muy baja, casi un murmullo, incapaz de pronunciar el nombre en voz alta. "Es mejor ser hijo de muggles. Ojalá mis queridos padres me hubieran encontrado abandonado en la puerta de casa o hubieran dado el cambiazo en San Mungo. Eso explicaría por qué soy tan diferente a ellos."

Lily no se atrevió a decírselo, no en ese estado. A veces había hablado con James y sabía que Sirius era mucho más Black de lo que él mismo se imaginaba. Y a la vez, era definitivamente la oveja blanca, como a él le gustaba autodenominarse.

"Venga, ahora tú." Dijo él de pronto, echando los brazos hacia atrás y apoyando el peso en ellos. Lily pestañeó confusa ante el cambio en el curso de sus pensamientos.

"¿Ahora yo… qué?" preguntó despistada.

"Que me cuentes sobre ti." Le dijo él con una medio sonrisa.

"Bueno… yo no procedo de una familia como la tuya."

"Suerte que tienes." Comentó Sirius sin poder evitarlo. Lily rodó los ojos, casi confirmando que esperaba algún comentario al respecto.

"No sé, pero ya lo sabrás… te lo habrá comentado James alguna vez. Creo que podría decirse que mi hermana es como tus padres."

"O sea, ¿maniática, obsesiva, orgullosa, cruel, sádica…?"

La risa de Lily sonó con musicalidad.

"No… no…" dejó de reír pero no de sonreír. "Odia la magia, se enfureció cuando yo recibí la carta de Hogwarts y ella no. Ella es Muggle, definitivamente. Cuando vino Dumbledore a explicarles a mis padres…" se encogió de hombros, aunque ligeramente apesadumbrada. "Creo que sentía celos de mi. De regalo de boda me envió un juego de perchas."

"Vaya…" dijo Sirius simplemente. "No es muy agradable, sobre todo si estabais muy unidas antes de todo eso. ¿Lo estábais?"

Lily bajó los ojos y Sirius pareció notar los recuerdos de su amiga como si los pudiera tocar con las manos delante suya.

"Que si estábamos, ¿qué?" preguntó Lily, como si no se acordara de la conversación.

"Unidas. Que si tu hermana y tú estabais muy unidas."

"Mucho." Contestó ella con nostalgia. Alzó los ojos verdes a continuación para mirar a Sirius. "¿Y tu hermano y tú?"

"Mucho." contestó él en voz baja y el rostro serio, sin dejar de mirarla… con los recuerdos de un niño que le colaba la comida durante los castigos, de alguna manera, parecido a lo que Lily acababa de hacer con él en esos momentos.

Quedaron un rato callados hasta que Lily comprobó que el paquete con la cena de Sirius seguía estando templado.

"Se te va a enfriar. Come algo." Dijo, poniéndose de pie y poniendo una mano en el hombro de Sirius. "Sé qué se siente cuando alguien a quien aprecias de verdad, te traiciona. Cuando te decepciona y… se convierte en uno de ellos."

"Te prometimos que no mencionaríamos más el nombre de Snivellus ni te recordaríamos lo humillante que es, Lily." Dijo él con un tono ligeramente amargado. "No me hagas tú a mi lo mismo…"

"Bueno. Sólo quería que supieras que no estamos solos. Dorcas no está, pero no se llevarán a nadie más." Le apretó el hombro cariñosamente y salió del dormitorio.

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Sirius sonrió a Lily hasta que ésta desapareció por el pasillo y entonces su sonrisa se evaporó. Esos ojos nunca brillaron tan similares a los de su padre… tan distantes, tan fríos. Estiró la mano hacia la mesilla pero no recogió el paquetito de cena que Lily le había traído amablemente. En vez de eso, abrió el cajón y extrajo de él con cuidado reverencial una varita. No era la suya.

Era la de Dorcas.

Introdujo la varita en el lado derecho de su cintura, al otro lado de la suya propia; recogió su capa de la silla y unos guantes que sólo utilizaba cuando conducía en moto. Se fue abrochando la camisa cuando en pleno pasillo se topó con Fabian.

"Eh, Sirius…" dijo él en voz baja, ligeramente sorprendido. "¿Has visto a Gideon? Nos marchamos a casa de mi hermana… prometimos estar allí para ver a los enanos. Y con suerte, nos pondrán una segunda cena…"

Sirius se tapó bien con la capa y adoptó su expresión más neutra.

"No, sólo he visto a Lily, lo siento. Lamento haberme perdido la cena… me habría gustado ir. En fin… tened cuidado, ya sabes, los ataques están siendo terribles en esta zona." Sirius hizo la mención ingenuamente; ajustándose los mitones de manera casual, esperando pillar a Prewett desprevenido. Esperando que Fabian dijera lo que quería oir: cuál era exactamente la zona donde habían visto moverse a esos mortífagos.

"Están siendo activos en Cambridge, afortunadamente queda lejos de la casa de mi hermana. Moody decía que se encargaría de llevar allí a los aurores y lo cierto es que todo se ha hecho más peligroso, si los aurores están autorizados a emplear cualquier tipo de medio para detener a esos Mortífagos."

Sirius asintió despacio y mostró una sonrisa extraña.

"Ya… Cambridge. Saluda a tu hermana y a su marido. Somos casi primos… o algo así, ¿lo sabías?" Sirius echó a andar, pero se dio la vuelta, apuntando con el dedo que el mitón cubría parcialmente. "Pero tomároslo esta vez como un cumplido… no le desearía a nadie que aprecio estar emparentado con mi familia."

"Sospecho que nunca te casarás entonces, Black." Dijo de buen humor Fabian. "Me habría gustado estar en esa boda."

"Sospechas bien." Respondió Sirius, "en esa boda estaríamos tres: la desafortunada novia, yo y tú apuntándome con la varita para obligarme." Le guiñó el ojo y se marchó de allí con un destino claro en su mente, muy diferente del matrimonio. "

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Giró el manillar y se dejó llevar por el sonido de la moto. Le entusiasmaba. Había aprendido hacía tiempo a moverse con ella como los muggles, a agacharse por un ejercicio de aerodinámica, a girar en las curvas hasta quedar en posición paralela al suelo. Y sin magia… Era una sensación maravillosa.

Esa noche tenía trabajo que hacer y por desgracia, le iba a llevar mucho tiempo si llegaba a la manera convencional. Elevó la moto y salió velozmente hacia el cielo nocturno, sin importarle si le veían o no. Sólo tenía una cosa en mente. La venganza.

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Vio la Marca Tenebrosa y apuntó con la varita. Concentrado, se conocía mil y un trucos, cientos de encantamientos y de bromas. Morsmordre era un hechizo como un autógrafo, una manera de marcar territorio y de anunciar a propios y extraños que Aquel-Que-Toca-Los-Cojones estaba buscándoles las cosquillas.

Desvirtuó la Marca como si fuese tan sólo una proyección verde brillante, un anuncio de publicidad Muggle… nada que recordara la calavera y la serpiente. Cambió su cuerpo con la magia familiar y exploró el lugar. Su olfato humano detectaba con facilidad el aroma de la madera quemada y la sangre reciente, pero eso era absolutamente abrumador para su hocico canino… y su cuerpo se convirtió en Padfoot.

Encontró con facilidad el lugar donde había caído Dorcas. Había más rastros, más sangre y no podría saber si era de otras víctimas o de sus verdugos. Antes deseó que fuese de sus verdugos, que Dorcas hubiera muerto llevándose a todos ellos por delante, pero ahora el instinto animal era mucho más primario, más acusado. Él tendría el placer de terminar con todos ellos y no volverían a hacerle daño a nadie. Ni a amigas queridas, ni a sus familias. Ni a la Orden, a Muggles o a Magos. Brujas o Squibs. Nadie.

Alzó las orejas negras y lanudas cuando escuchó los silbidos a los que se estaba acostumbrando. El movimiento rápido, invisible en la oscuridad, las ráfagas negras que traían a los sicarios del mago que sólo había traído miseria y destrucción.

Eran cuatro, plantados delante de la casa humeante. Habían venido a ver qué había pasado con su preciosa Marca. Dejó que la magia recorriera su cuerpo y se levantó, caminando hacia los cuatro encapuchados con la varita en alto. Erguido y orgulloso, la mandíbula tensa y los pómulos altos, tersos. El cabello negro algo más largo tras el corte que se había hecho en honor a la boda de sus amigos James y Lily… corto todavía en esa foto que se había hecho hacía pocos días y donde todavía estaba Dorcas. Guapa, valiente, fuerte, leal y con un genio comparable al de Moody. Esa Dorcas.

"Qué tenemos aquí…" comentó uno de los Mortífagos, casi con la sonrisa visible tras la grotesca máscara plateada. "…otro que se las viene a dar de héroe… otro que viene solo…"

Levantaron las manos e inclinaron las varitas retorcidas y oscuras por tanta magia negra que había fluido por ellas.

"¿No te ha enseñado tu madre que es de mala educación mirar fijamente."

"No." Respondió Sirius con una sonrisa orgullosa, altiva. La sonrisa que, a su pesar, le identificaba como uno de los miembros de la familia mágica más soberbia del país. "Mi madre me enseñó a gritos que no me debía juntar con la chusma." Movió la varita en la mano con agilidad y de ella salieron chispas azuladas. "Que había que acabar con la escoria que está mancillando nuestra sociedad… Sí… creo que ésas fueron sus palabras. Sin menos gritos."

Paró y esquivó los ataques de los cuatro magos oscuros con agilidad. Entre risas y burlas, las mismas que había empleado hacía años con aquellos como Snivellus y sus amiguitos. No era un juego, pero para un joven de 18 años, la vida empezaba a ser cómo él la quería, como Sirius la quería: la que él mismo buscaba, por la que luchaba, libre porque era ante todo lo que siempre había amado. Ni Tú-Ya-Sabes-Quién o sus seguidores, ni su familia. Nadie le podía arrebatar lo que tenía al alcance de la mano.

Las ráfagas rojas y verdes pasaron rozándole la túnica y Sirius contraatacó.

"No tienes nada que hacer contra cuatro, idiota."

Sirius movió la cabeza para apartar el mechón rebelde de la frente y sus ojos grises observaron entornados como la mirada habitual de su prima más detestada. Los dientes blancos, perfectos, se mostraron en una sonrisa aún más despreciativa pero llena de seguridad en sí mismo.

Un Immobilus preciso detuvo a dos Mortífagos pero faltaban otro dos que se rieron apuntando con esas varitas retorcidas, negras.

"Seguimos teniendo ventaja" mencionó uno de éstos, mientras Sirius apuntaba con su varita a los otros dos inmovilizados para que pudieran ni siquiera pestañear.

La mano libre de Sirius fue hacia la cintura.

"Ya veremos." Contestó el joven Black simplemente, extrayendo una segunda varita, la de su antigua amiga y compañera.

Nadie vio esa noche la estampa única de un muchacho poco más que un adolescente moviéndose con rapidez y agilidad, dejando fuera de combate a cuatro magos experimentados. La imagen de un joven, casi un hombre, que portaba dos varitas en sus manos en un duelo inusual, un duelo en el que mandó a Azkaban a dos de esos Mortífagos, e hirió gravemente a otro.

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3. De Narcissa

Noviembre de 1979

Malfoy Manor, Wiltshire Inglaterra

La Mansión de los Malfoy era bien distinta del hogar donde Narcissa se había criado, y no tenía tampoco la austera grandiosidad urbana de Grimmauld Place. El hogar donde era dueña y señora era de amplios ventanales, dejando libertad a la luz y el esplendor. Los jardines que la rodeaban eran espléndidos… de caminos de gravilla circulares, que rodeaban el césped y sus rosales.

Era cierto que guardaba una parte oscura, mazmorras en sus sótanos y objetos y libros prohibidos hacía tiempo por el Ministerio. Su esposo no negaba que tenía cierta querencia por esas antiguas reliquias familiares y Narcissa no tenía tampoco ningún tipo de objeción al respecto.

Hasta el momento en el que supo lo que había estado deseando todos los días desde que contrajo matrimonio con el heredero único de los Malfoy: Lucius y ella iban a ser padres.

Subió las escaleras y entró en la habitación que estaba preparando lenta y concienzudamente. La cuna de madera bajo un móvil de escobas. Las paredes con papel de pequeñas snitchs y bajo sus pies, una moqueta esponjosa de lana gris, casi blanca. Juguetes, peluches, un armario… Iba a ser la habitación de su futuro hijo.

"Querida…"

Lucius entró despacio en el lugar que se había convertido en el favorito de su esposa. Por fin sus plegarias habían sido escuchadas: para la primavera su hogar habría sido bendecido con un nuevo miembro en la familia y si las sanadoras de San Mungo estaban en lo cierto, ya sabían que su primogénito sería un varón.

Lucius le dio un beso en la frente a Narcissa y nunca antes la había encontrado más radiante, más hermosa. Ella le sonrió y se llevó la mano al vientre, como había empezado a ser casi un gesto clásico en ella.

"Soy tan feliz, Lucius. Tan feliz…" suspiró ella. "En cuanto todo esto se acabe… cuando el Señor Tenebroso logre someter a Muggles y Sangre Sucia… el mundo en el que vivirá nuestro hijo será mucho mejor."

"Terminaremos la guerra antes que él sea capaz de caminar, ya lo verás." Dijo Lucius tomando a su mujer de la mano y sacándola del dormitorio de su futuro hijo. "Y para entonces, ni siquiera él tendrá necesidad de luchar. Lo habré conseguido yo por él."

Narcissa estaba sonriente, caminando por el amplio corredor, cuando parpadeó al escuchar las palabras de su esposo.

"Querido… ¿crees que… si esto se alargara… nuestro hijo también tendría que luchar?"

"Mi vida, Cissy, eso no va a ocurrir." Lucius puso la mano en la espalda para instar a Narcissa a seguir caminando. "Nuestro hijo vivirá en plena época de paz."

Sin embargo, ella volvió a pararse, ahora presa de una inquietud que no lograría calmar hasta que escuchara a su esposo decirle lo que quería oir.

"Pero, sólo imagínatelo…" repitió ella, "en el supuesto de que esto se alargara… ¿nuestro hijo, Draco, tendría que luchar también?"

Lucius movió la cabeza sonriendo.

"Vamos, Cissy, ¿va a durar esta guerra dieciséis años?"

"No.." dijo ella, vacilante.

"No, pues claro que no. Estamos en el bando ganador, querida. El Ministerio lo tenemos dominado, y salvo un grupúsculo de traidores a la sangre y sangre sucia, no hay absolutamente nada que impida al Señor Tenebroso acabar con todos ellos."

Ella sonrió, más tranquila. Pero en su mente todavía flotaba la idea de la derrota… o del temor a que su hijo tuviera que ser parte de una guerra. Podía soportar que su esposo luchara por ella y por su bebé, es por lo que amaba y admiraba a Lucius. Pero la sola idea de imaginarse a su hijo exponiéndose al peligro, llamado a filas, le aterraba.

"Nunca dejaré que nada le ocurra a mi pequeño, Lucius." Dijo ella con la convicción de quien realiza un Juramento Inquebrantable. Su bebé era lo que había deseado durante tanto tiempo que no soportaría la idea de que acabaran con su vida…

…pensó incluso en su primo Regulus. Como Black, como heredero, tenía que demostrar sus simpatías abiertamente. Su propia hermana, orgullosa y devota al Señor Tenebroso. La intuición no le engañaba pues Narcissa sabía que su hijo también estaba destinado a ser un Mortífago, como su padre antes que él y otros conocidos miembros de su entorno.

Aceptaba su ideología, aceptaba su dedicación… pero Narcissa volvió a poner la mano en el vientre, para asegurar a su futuro hijo, y a sí misma, que haría cualquier cosa, incluso traicionar, decepcionar y desobedecer a aquel a quien debían fidelidad, con tal de que su hijo estuviera a salvo.

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4. A Andromeda

El hogar de su hermana traidora era bien distinto. Pequeño, acogedor, cálido. Ambos hogares daban la bienvenida a la luz y al orden, pero Andromeda había aprendido también que el caos ya era parte de la esencia de su esposo y no lo cambiaría por nada.

Siguió moviendo tranquilamente la sopa que estaba cocinando, haciéndolo girar siguiendo el ritmo circular que ella le daba a la varita. Calculaba que en cinco minutos ya podría sacarla del fuego, justo a tiempo para que Ted y Dora regresaran de su paseo.

"¡Mamá!"

"¡Aquí cariño!" llamó ella sin levantar el tono de voz. "¡En la cocina!"

Sus ojos oscuros se pusieron en blanco cuando al entrar vio a su hija, de apenas seis años, con el cabello rosa chillón.

"Dora… ¿qué te he dicho de los colores? Una dama no sale a la calle con el pelo como si fuese una peluca recién comprada de Zonko's…"

"¿De verdad?." Preguntó la niña entusiasmada. Andromeda sonrió satisfecha y siguió removiendo la sopa para la cena.

"¿De verdad hay pelucas de colores en Zonkos's?.... ¡Papá, mañana vamos a ver pelucas a Zonko's!"

Andromeda no tuvo tiempo de volver a llamar la atención a su hija porque en esos momentos Ted había entrado en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja y estaba totalmente encantado con la propuesta que le acababa de hacer su ojito derecho.

"Ted…" dijo ella, moviendo la varita severamente hacia él. "…¿qué hemos hablado?... No debes ser tan permisivo con Dora."

"¡¡¡Me llamo Tonks!!!"

Ted varió la sonrisa; Andromeda había aprendido que Ted tenía mil sonrisas, todas podían ser distintas. Esta vez, sabía que era la de la culpabilidad de haber hecho algo malo, de haber traicionado con cierta picardía la confianza de su mujer para consentir a su niñita.

"Oh, venga Dromeda… A Dora le hacía tanta ilusión… si mañana vamos a Zonko's, te prometo que ya no más cabellos de colores."

"¡¡Que me llamo Tonks!!"

Nymphadora se sentó en una de las sillas de la mesa y apoyó la mejilla en la palma de la mano, habituada a que sus padres no le hicieran mucho caso. No entendía por qué sus padres se negaban a llamarla Tonks, con lo sonoro y bonito que era.

"Está bien. Pero nada de comprarle cosas de broma." Andromeda dio un toque con su varita y el fuego que hacía hervir la sopa se apagó. "Esos artilugios en vuestras manos son un peligro. Así que no quiero ningún accidente, nada. ¿De acuerdo?"

Ted le dio un beso en la sien a su mujer. Sabía que tenía razón, generalmente era un poco desobediente y sabía que era por la educación de la niña. Tenía que admitirle además que Dora y él no eran precisamente precisos y agudos. Más bien un poco patosos.

Dejó que Andromeda pusiera los platos sobre la mesa y le colocara la servilleta a Nymphadora. Él olfateó la sopa y sonrió contento, sintiendo incluso su estómago traidor haciendo unos ruidos delatadores.

"Lo siento…" murmuró él, guiñándole un ojo a la niña, que estaba echándose unas risitas. "Tengo un hambre horrible."

Andromeda sirvió la sopa a la familia y él cortó el pan. Tomó unas cuantas cucharadas cuando se detuvo.

"Por cierto… en la heladería de Florean oímos algo…"

Andromeda alzó una ceja.

"¿Qué hacíais en la heladería de Florean Fortescue?" preguntó ella, suspicaz.

Nymphadora se puso tensa y alzó las cejas, sonriendo culpablemente y mirando intencionadamente a su padre, con la expresión que adquiría cuando se revelaba un secreto, cuando éste era descubierto.

"Oh… bueno… yo… tenía ganas de comer helado."

Andromeda inclinó la cabeza, sin cambiar la expresión.

"Claro. Pero a la niña no le diste helado, ¿verdad?"

"Hum… un poco sí…"confesó él, carraspeando.

"¡Era de piña y fresa y cambiaba de colores!" chilló Tonks, entusiasmada, para a continuación llevarse la mano a la boca. "Se me ha escapado…" murmuró.

Su padre le dirigió una mirada falsamente de reproche. Pero volvió a guiñarle un ojo.

"No tenéis remedio. ¡Mira que te tengo dicho que no te lleves a la niña y le des helado con el tiempo que hace y además, tan cerca de la hora de cenar!"

"Ya no quiero más." Dijo Tonks, apartando el plato que tenía la mitad de la sopa sin tocar.

"¿Ves?" preguntó Andromeda, culpando al helado del hecho de que la niña no quisiera más cena. "No tenéis remedio."

"Bueno… ¿vas a oír lo que iba a contarte?" preguntó él, deseoso de cambiar de conversación. "Comentaban de los Malfoy…"

Andromeda no hizo ningún aspaviento, pero miró a su marido con curiosidad.

"¿Y qué decían de ellos?. ¿Que habían asistido orgullosos a la última masacre de Muggles?. ¿O acaso por fin el Ministerio ha tenido las narices de hacer una redada y confiscar todo lo que tienen de magia oscura en su preciosa Mansión?"

"No, ni lo uno ni lo otro." Respondió tranquilamente Ted. "Resulta que parece ser, tu hermana está embarazada."

"Mamá, ¿tienes una hermana?" preguntó interesada Tonks. "¿Tendré un primito con quien jugar?"

Andromeda asintió despacio a Ted y volvió su atención a la niña.

"No cariño. Tú eres la hija de una traidora. Tú no perteneces a esa familia y definitivamente, nada que puedan engendrar mis hermanas jamás te considerarán a ti pariente. No lo olvides, Nymphadora."

Los ojos de Tonks miraron solemnes a tu madre.

"Y enorgullécete de no tenerlos a ellos de parientes." Concluyó su madre.

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5. De Regulus (II)

Regulus dio un toque a la puerta del dormitorio de su madre y abrió a continuación.

"Regulus, hijo…" dijo ella, con la mano sobre los ojos, tumbada en la cama y a media luz. "¿Sales esta noche?" preguntó, segura de que su hijo se marchaba de vez en cuando a cumplir las misiones encomendadas.

"Sí, madre. Salgo esta noche." Susurró él, arrodillándose a su lado. "Quería decirte… que estoy orgulloso de lo que hago y de lo que he sido. Lo estaré siempre, hasta el final."

"Claro, hijo." Su madre apartó la mano y le miró con los ojos oscuros tan parecidos a los suyos. "Eres todo lo que me queda, Regulus. Estoy tan orgullosa de ti. Haces que mi vida siga teniendo un propósito."

Regulus parpadeó, como único gesto y única reacción a esas palabras.

"Lo sé, madre. Sólo venía a ver cómo estabas y…" cerró los ojos y se puso de pie para darle un beso en la frente a su madre. "No importa. Adiós madre."

Salió hacia la puerta y antes de cerrarla tras él escuchó la voz extrañamente frágil.

"Vuelve pronto…"

Regulus se quedó quieto, con la frente apoyada en la madera y cerró los ojos. Se sentía completamente traidor a sus propios principios, a la confianza de su madre. Pero era peor saber que estaba permitiendo a alguien que perpetuaría la tortura y el dolor a través del hechizo más oscuro que conocía, y conocía muchos. No entendía cómo…

…La creación de Horcruxes no era en sí misma una Maldición Imperdonable.

Tragó saliva. No podía permitir que su madre supiera, que su familia… Nadie podía saber lo que se proponía. Los perseguirían, torturarían y matarían. Lo que estaba dispuesto a hacer no tenía precedente en el mundo.

Subió despacio las escaleras y entró en su dormitorio. Fue al escritorio y extrajo un pergamino que cortó con la varita en un pedazo lo bastante pequeño como para que cupiera en un simple medallón que él mismo había falsificado. Alcanzó una de las plumas que descansaban en sus soportes y contempló durante unos momentos el trocito en blanco.

Tal vez él no sería uno de esos héroes históricos e imaginarios que poblaban sus sueños en la niñez. Pero quizá sí saldría alguien que podría enfrentarse al Señor Tenebroso en su lugar. Cerró los ojos, intentando que la mano no temblara para escribir. Nada podía delatar el terror, el miedo de dirigir una nota tan desafiante, tan abierta. La sorpresa final, tan sibilina como su naturaleza Slytherin, tan descarada como su naturaleza Black.

Y curiosamente, tan valiente como si fuese él mismo todo un Gryffindor.

Al Señor Oscuro,

Sé que habré muerto mucho antes de que leas esto

pero quiero que sepas que fui yo quien descubrió tu secreto.

He robado el Horcrux real y pienso destruirlo tan pronto como pueda.

Afronto la muerte con la esperanza de que cuando te enfrentes

a tu adversario, seas mortal una vez más.

R.A.B.

No estaba del todo seguro de que Aquel Que No Debe Ser Nombrado fuese a reconocerle si firmaba R.A.B., pero era su última gran jugarreta. Que advinara que era él. Sólo un Mortífago empleaba ese nombre, "Señor Oscuro", "Señor Tenebroso"… Que se retorciera de rabia y frustración de no haber sido capaz de recordar a aquel insignificante muchacho que sí había descubierto su plan, su secreto.

Bajaría en unos segundos a la alacena de Kreacher. Le pediría como última voluntad de un mago a su elfo que no revelara nada a su madre. Que cambiara el collar maldito por el que él había confeccionado y que lo destruyera. Que acabara con él, por cualquier medio. Regulus se bebería ese veneno para que el Señor Tenebroso nunca sospechara que alguien había traicionado su deber y había superado su trampa. Entonces, si no iba a morir a sus manos, moriría por el veneno igualmente. Asumió su destino en paz, calladamente.

Regulus tenía otra certeza: nadie iba a recordar su hazaña, su mérito. Nadie le recordaría en los libros de Historia, ni sería una leyenda que los niños querrían escuchar de sus padres. No tendría un capítulo en las aburridas lecciones del profesor Binns. Nadie, en definitiva, reconocería nunca a R.A.B.

Pero algún día ese adversario podría por fin acabar con él. Tal vez había nacido ya, tal vez estaba en alguna parte. Sólo Merlín lo sabía.

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Esa misma noche, una radiante Lily Potter anunció a sus amigos que no sólo los Longbottom estaban de enhorabuena. Esa noche, entre la guerra y el dolor, las persecuciones y la muerte, se abrió camino una esperanza. Sirius veía que todo podía tener sentido. Que la lucha y el sacrificio sí tenían ya un significado tangible, real y antes incluso de que él o ella naciera, le había jurado que haría cualquier cosa, lo que hiciese falta, para que no le faltara nunca de nada.

"Por eso te elegimos a ti su padrino, Padfoot. No puedo imaginarme una vida sin Lily y sin nuestro hijo, pero… bueno, ya sabes. Hemos apuntado directamente con nuestras varitas a ese cabrón y nos la tiene jurada…"

Sirius le echó más whisky de fuego a James, a solas en la cocina.

"Venga, no digas tonterías. Hablas porque estás ya medio borracho." Sirius dejó la botella tras servirse y alzó su vaso para saludar y dar otro buen trago. "No pienso cometer los mismos errores con él como los cometieron conmigo… como los cometí yo con Regulus." dio otro trago. "¿Se lo has contado a Wormtail y a Moony?"

James sonrió y sus ojos brillaron tras las gafas.

"Todavía no. Quiero celebrarlo por triplicado…" dijo él, dejando claro que no iba a dejar de celebrar esa felicidad nunca.

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6. A Bellatrix

Mansión de los Lestrange

La Mortífaga más temible y la que se consideraba a sí misma la más fiel y devota a su Amo, no tuvo ningún tipo de contemplación. Acalló rumores de que la traición fluía por su sangre derramándola. A sus propios compañeros y a las víctimas.

Se mostró indiferente a la noticia de que su única hermana esperaba un hijo. Cuidar hijos, preocuparse por la vida, era algo que se escapaba de la sensibilidad de Bellatrix Lestrange. Sólo sabía una cosa: que su primo había acabado por desertar. Otro maldito cobarde como su miserable hermano.

Su cuñado Rabastan osó torcer la boca y la herida que le produjo la varita de Bellatrix no fue nunca curada del todo. Derramó más sangre sucia, más devoción a su lucha. Cualquier cosa nunca sería suficiente para demostrarle al Señor Tenebroso que esa línea no era de su familia.

"Ni una palabra, Rodolphus." Dijo ella, arrojando la varita y descalzándose. Se echó en el sofá con la gracia que su esposo había admirado desde que la conocía, y por aquel entonces, sus manos no estaban aún manchadas de sangre ni tampoco conocía a quien ahora dirigía sus destinos.

Él sonrió. Rodolphus no se tenía a sí mismo como hombre de muchas palabras, por tanto era irónica la frase que le estaba dirigiendo su mujer.

"Alguien le ha dado caza, eso seguro. Lo que es incuestionable es que tu primo está muerto."

"Ese gusano cobarde y arrastrado no es mi primo." Escupió ella. "Es una pena que no haya sido yo misma la que le cortara en pedazos."

Rodolphus se echó unos hielos en su vaso y le sirvió a continuación un poco de whisky de fuego norirlandés, de los mejores.

"Es una auténtica deshonra. Una traición sin paliativos. Tu tía debe de estar a punto de suicidarse."

Bellatrix alzó los párpados perfilados, pesados y torció el labio antes de darle un sorbo al vaso que le ofrecía su marido.

"Mi tía acabará volviéndose loca encerrada. Lo sé." Bellatrix sonrió y miró los reflejos del fuego en su vaso. "Me pasaría a mi."

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Este capítulo enlazaría con el final del Capítulo 8, A Very Little Black Christmas. Es ahí donde contaba cómo Sirius reaccionó con la muerte de Regulus.

Una de las cosas que nunca he llegado a entender (salvo por criterio de "oh, sorpresa") fue que ni Remus ni Sirius (ni nadie) mencionaran a Harry que su madre y Snape habían sido íntimos amigos. Fue un poco una sorpresa "tramposa": no mencionar en absoluto la relación entre ellos no es una sorpresa que desvela un misterio, sino una ocultación pura y dura, sin nada que hiciera sospechar (salvo cuando Lily le defendió en 5º de la broma de James).

Quise insinuar que Lily se negó a que le mencionaran que Snape había sido amigo suyo… ella cortó toda relación con Snape y eso le atormentaría a él para siempre. Es la única forma que imagino que por eso ninguno fue capaz de decirle a Harry, cada vez que él preguntaba cómo eran sus padres "sí, Lily tenía tus ojos y todo el mundo la adoraba, incluido Snape, que a ti sin embargo te odia."

No creo que tuviera mucho sentido escribir cómo fue la muerte de Regulus, ya hizo algo así Kreacher y no veía mucho aporte a la historia. Me gustaba más ese interim que explicó Kreacher "…un tiempo después, una noche vino el Amo Regulus a buscar a Kreacher a su alacena, no parecía el mismo…" Me gusta pensar que es en ese tiempo en el que regresó Kreacher fue cuando Regulus terminó por atacar cabos: copió el guardapelo, escribió la nota y decidió morir. Este plan es el que me parecía al menos mucho más interesante de escribir.

Alguien me ha comentado que dé más relevancia a Narcissa… sí, estoy de acuerdo con que es el personaje más desdibujado. Sin embargo, tendría que rellenar su historia por pura invención ya que no hay NADA en los libros que hable de ella en esta época, excepto "que apoyaba a su marido". Me temo que nunca podré darle el mismo grado de importancia que cobran otros Black por su aportación a la historia, y Narcissa (y Andromeda) me temo que son esos personajes.

He omitido expresamente la traición de Peter porque creo que es conveniente contarlo en el siguiente capítulo. La traición de Peter fue a Sirius, sin duda, pero creo que ante todo Peter traicionó a los Potter, que al fin y al cabo, eran los que estaban tratando de proteger (especialmente, a Harry).

Gracias, Zory, Nell Charentes, pulgablack, Annirve, Pressure, criss92, Miss V, Shey1416, juanma-sgb, chanita23. Decepcionante el número de comentarios con respecto a las malditas alertas de favoritos. Pero de qué me sorprendo (las he desactivado). Así que supongo que la falta de interés es porque la historia ya está en decadencia. No importa: El próximo capítulo es el último. (Y no falta mucho porque está casi terminado pero estoy robando wifi :(

EDITO: Me sorprende que todavía haya personas que piensen que Heredrha está en el fic: desde el capítulo 10 Heredrha no ha dado señales de vida. Lo he repetido hasta la saciedad. Por otro lado, que no haya reviews me da igual. No me da igual que esta historia esté en un número de TRES CIFRAS de favoritos y me conforme con que eso ya es un comentario positivo. Por eso he desactivado las alertas: no tengo ningún interés en saber que Manolita Black alerta la historia.