La rutina seguía su curso en mi vida, sin mostrar cambios ningunos. Ya estaba acostumbrado a levantarme todas las mañanas a las cinco y, después de tomarme el primer café caliente acompañado más tarde de una ducha, salir hacía el hospital Psiquiátrico Anne's Dream donde allí me esperarían mis pacientes a las ocho de la mañana. Al llegar a mi puesto de trabajo empecé a chequear y rellenar los primeros informes de la dieta de mis dos "niños" que mantenía en cuidados intensivos. Como todas las mañana, el primero al que visitaba a su habitación, para comprobar que había rellenado los papeles que todos los días le obligaba a poner con todo lo que comía, era Alfred F. Jones o, mejor llamado, Al. Aquel rubio estadounidense (nacido en este país) era un revoltoso chico que padecía de bulimia debido a traumas del pasado relacionado con su trabajo de modelo y su aficción a la comida basura. Ese chico y yo siempre habíamos entrechocado por nuestra personalidad tan... rivalizantes entre nosotros.

Justo después de su sesión, tras haber vuelto a discrepar con el muchacho y haberle hecho llorar por hacerle recordar su trauma pasado, me dispuse a visitar a mi segundo paciente. Arthur Kirkland, el inglés que poseía una anorexia que daba hasta miedo. Su familia, unos aristocráticos famosos de Gran Bretaña, metieron al niño hace cinco años y nunca se habían preocupado por él y todos sus traumas; no solo poseía anorexia, sino que también veía alucinaciones y decía ver cosas que nadie más podía captar. El pobre tenía tanta imaginación...

Mis largas sesiones terminaron a las diez, como siempre. A esa hora, como todas las mañanas, era la hora de mi café caliente en el patio. Me gustaban aquellos ratos, pero... desde que me choqué con el chico llamado "Gilbert" nunca me olvidaría de él. Ya había pasado una semana y media y aun no había logrado visualizar aquellos cabellos albinos con esa sonrisa tan hermosa como el invierno que ahora cubría de blanco los jardines. No es que tuviese mucha esperanza de volverle a ver, pero me haría muy feliz poder hablar con él de nuevo. Quizá era una tontería, pero me sentí tan bien ese día cuando su suave mano tocó mi mejilla y esas palabras dulces salieron de sus labios... tan bien como la primera vez que mi primer amor se confesó bajo la nieve de invierno.

- ¡Doctor Iván, esta vertiendo el café!

Una voz femenina me sacó de mi fantasía y de mi despiste, haciendo que saltase del susto al ver como ese café salia del dispensador y mi vaso estaba ya al tope, viendo como se echaba a perder todo ese líquido marron. Me aparté con brusquedad un paso, quitando el vaso de plástico blanco de la palanca donde accionaba para salir aquella bebida. Di un suspiro más tranquilo al ver como ya dejó de salir, vertiendo al suelo casi la mitad del contenido del vaso.

La voz femenina seguía riendo trás de mi. Ella se puso a mi lado derecho y me agarró el vaso de mi mano diestra, entregándome un pañuelo floreado que sacó de su bolsillo de la bata para que limpiase mi mano que estaba empapada de aquel café templado, el cual ahora molestaba.

- Toma, anda, limpiate, Iván. - Dijo la mujer en un tono que casi parecía que me hablaba como una madre, dejando el vaso de café encima de una mesa que se encontraba al lado de la máquina expendedora. Metió una moneda que sacó de su bolsillo y ella se preparó otro café, con más cuidado.- Ultimamente estás muy en los mundos de "Yupi". ¿Qué se le ronda por la cabeza, señor comunista?

- Dios, cada vez pienso que el café me tiene manía.. -Murmuré antes de hablar a la mujer, suspirando. Voltée mi rostro hacía ella, sonriendo de manera nerviosa.- Oh, Elizabeta, deja de decir eso en público. Los pacientes que no me conocen no dejan de llamarme así por tu culpa y no me gusta. No soy comunista. -Le respondí a la doctora algo molesto, limpiandome la mano empapada de aquel café. Odiaba notar mi piel pringosa, pero era lo único que podía hacerle ahora. Miré el estropicio que había formado el suelo con mi tontería del café y me sentí algo mal, volviendo a suspirar de manera pesada mientras le entregaba el pañuelo a la mujer que me entregó mi café de vuelta.- No sé, la verdad es que ultimamente ando muy metido con un tema y no puedo dejar de pensar en eso. -Confesé, omitiendo el detalle más importante de aquella razón que no dejaba de visualizar en mi mente: él.- Es como si algo que no conociese estuviese en mi cabeza y yo mismo quisiese llegar a conocerlo mejor y.. - Negué con mi cabeza, pensando que para ella le sería un lío al ver como su rostro ponía una expresión interrogante de no estar pillando lo que decía.- Déjalo, no lo entenderás.

- No, realmente no entiendo a los rusos. Sois todos muy raros. -Ella se encogió de hombros y dio media vuelta, azotando su melena larga suelta con un movimiento elegante.- Ya nos vemos esta tarde en la reunión de los Jueves. Y deja de estar tanto en los mundos comunistas, anda. - Con esa risita, la mujer se despidió de mi para ir con dos cafés en su mano a Dios sabe donde.

Salí del restaurante donde ya se reunían los pacientes a tomar algo de desayuno. No me gustaba ese lugar lleno de personas en general, pues no solo los internos estaban ahí sino doctores, personas de mantenimiento y los familiares o amigos de los ingresados. Era un punto del hospital donde te podías encontrar de todo un poco y, por eso, prefería relajarme por las mañanas esa hora que tenía libre para descansar.

Justo cuando iba caminando por el pasillo, dando un ligero sorbo al fuerte café caliente para que no se virtiese más, una conversación me detuvo. No era de cotillear mucho, pero al escuchar el ligero acento en la voz del hombre que estaba hablando... no pude evitar detenerme en frente a la puerta de la consulta aquella. Reconocía aquella voz y sabía que no estaba tramando nada bueno, pero la de su compañero no era capaz de analizarla.

Sin mirar por el largo pasillo si alguien vendría, me apoyé al lado de la puerta e intenté poner el oído para escuchar el porqué de esos gritos tan alterados.

- ¡Me da igual que seas mi doctor, tío loco! ¡No eres quien para tocar al perfecto de mi! -Exclamaba esa voz joven que no reconocía, escuchando también de fondo unos golpes a la mesa con la palma de la mano.- Si fueses guapo y tuvieses elegancia..

- ¿Estas diciendo que alguien como yo no tiene elegancia? - Dijo el ofendido de mi conocido.- Bueno, niño, no me saques de mis casillas y déjame chequearte de una vez, ¿si? No armemos un espectáculo.

- Me desnudaré si tu no vuelves a tocarme la polla, ¿si? Si estas tan desesperado, búscate a otro, francés del capullo. - La voz del paciente parecía muy irritada y de lo más indignada. Se notaba que no conocía tan bien como yo conocía a ese francés y me dio hasta pena y todo.

Quise entrar, pero muchas cosas me lo impedían. Lo primero de todo era que no podía debido a que no era mi consulta y no había pedido cita para entrar en ella, por lo que ya me ponía a mi en un aprieto. Lo segundo.. lo segundo ya invadía más mi corazón. Simplemente no podía escuchar la voz de aquel doctor, pues abría los recuerdos de mi corazón y hacía que mi mente se detuviese de todo acto consicente. Sabía que todo era pasado, pero.. el dolor no se había extinguido y siempre seguiría ahí como una espina clavada. Tenía que dejar esos recuerdos a un lado y sonreír cada vez que me cruzaba con él, fingiendo que nada había pasado, pero... no era así.

Abrí mis ojos con lo siguiente que escuché, pues me había perdido bastante de la conversación al volver a estar metido en mis pensamientos y sentimientos.

- Deja de resistirte. Tarde o temprano caerás a mis pies, mi querido alemán. - Esa risa tan asquerosa y pervertida la conocía y la odiaba con toda mi alma. Esa faceta suya fue la que me hizo dar un paso atrás tanto ahora como en un pasado.

Antes de que abriese la puerta escuché al chico quejarse al mayor de que no le inyectase algo. En ese momento mi mano se detuvo en el pomo de la puerta y me paré a pensar. "¿Por qué hago esto? ¿De qué me servirá volver a verle hacer estas cosas? ¿A caso podré ayudar a su paciente?". Me eché hacía atrás y quise dar media vuelta, hacer como si nada de esto hubiese pasado y terminarme mi café que seguía llevando en mi mano, pero... mi corazón me dicto lo contrario. Ya era mucho tiempo soportando y guardando los secretos del pervertido francés que se aprovechaba de sus pacientes.

Agarré el pomo de la puerta y, antes de abrir, toqué dos veces con los nudillos de mi mano zurda. Carraspée mi voz y esperé la respuesta del doctor.

- Oh.. -Pareció alarmado y sorprendido por la llamada. Se escuchó un silencio de unos segundos y unos pasos avanzar hacía la puerta.- ¿Quién es?

- Francis, soy Iván. - Me presenté, entreabriendo la puerta para asomarme un poco y ver como aquel rubio impedía la vista de la consulta y se apoyaba a la puerta con esa sonrisa bacilona que solía ponerme al chocar esos ojos azules con los míos. No, no, odiaba esa superioridad que siempre mostraba ante mí.- He venido a informarte de que hoy deberás de rellenar los informes del avance del paciente Arthur, el cual tratáis tu y el doctor Antonio, y entregarmelos. Los necesito para poder saber si le tengo que recetar las.. - Intentaba no ponerme nervioso y aceleré mi manera de hablar, dejando al francés descolocado.

- Vale, vale, se perfectamente mi trabajo, Iván. No hace falta que me lo vayas recordando como haces siempre. - Chasqueó su lengua algo molesto.- Si eso es lo que necesitas.. -Dio media vuelta y fue a cerrar la puerta, haciendome quedar como un tonto delante de esta.

Me quedé enmudecido, sin saber que decir para detenerle, pero... lo que más me dejó sorprendido era la persona a la que estaba tratando. Cabellera albina, cuerpo delgado, ropa pintoresca -que pronto sería cambiada a ese horrible pijama blanco-... ¡Era Gilbert, el chico del otro día! No me podía creer que fuese el despiadado de Francis quien tuviese que tratarle.

Mis actos volvieron a salir solos y puse mi pie derecho entre la puerta. El francés me estufó una mirada de mala gana y yo seguía mirando su paciente.. y el chico que me traía unos días muy distraído.

- ¿Es nuevo? -Me atreví a preguntar, observando como este parecía descansar desmayecido en la silla. ¿Será por la inyección que se le había proporcionado?

- Sí, sí lo es. Lo han traído ayer sus familiares. - Dijo esos datos excasos de manera irónica, mientras abría la puerta a tope y se volvía a quedar apoyado en la puerta con sus brazos cruzados.- Pero eso a ti no te importa una mierda, Iván. Ya lo conocerás cuando vaya mañana a tu consulta a pedirte dieta, como todos los nuevos.

- Solo preguntaba. Tampoco hace falta que seas así de borde. -Dije de manera muy enfadada y ya harto de que me tratase a mi como el malo que tenía la culpa de todo.- Al fin y al cabo fuiste tú quien empezaste todo esto.

Justamente esto mismo era lo que quería evitar: un enfrentamiento cara a cara con él. Evitaba cruzarmelo en muchas ocasiones, pero cuando teníamos que hablar de manera amistosa eramos capaces... aunque en solitario éramos como dos fieras peleando por ver quien era el dominante en la batalla. Yo solo defendía lo que mi corazón me dictaba y lo que mi mente pensaba. Él solo lo hacía por despecho. Y siempre.. acababa fatal de los nervios por esto, pero debía de mantenerme fuerte, seco y cínico con el francés, como hasta ahora había sido.

- ¿Fui yo de verdad quien lo empezó o fueron tus sentimientos caprichosos? -Preguntó de esa manera tan asquerosa, creyéndose que tenía razón.

- El egoísta fuiste tu por... - Estaba a punto de soltarle todo lo que me había guardado esas noches en las que maldecía su presencia, en las que lloraba sin cesar y me emborrachaba tras tomar tres botellas del fuerte vodka... pero una ligera voz me interrumpió.

- ¿Se puede saber por qué hablan tanto? - Aquel muchacho había despertado de una manera aturdida, como si su cuerpo le pesase y solo era consiente de lo que escuchaba.

- ¿Como coño se ha despertado tan rápido? - Se preguntó a si mismo el francés, mientras miraba al chico moverse y volver a tumbarse de brazos cruzados sobre el escritorio del doctor.- Todo por tu culpa.

- Oye, no me eches la culpa. La culpa es tuya. Y vamos que si es tuya, pues lo que haces no sigue el protocolo. - Volví a estufarle, mientras terminé de beberme mi café de un tirón por si acaso tenía que entrar a la habitación y tirar el vaso.. o simplemente porque aun tenía el sabor de la bebida en mi paladar.

- Allez Dieu (Vaya por dios). - Miró al muchacho llamado Gil y después me volvió a mirar a mi.- Mira, déjame seguir con mi consulta en paz. Tengo que saber aun muchas cosas de MI paciente, ¿me entiendes? No eres quien para molestar en mi trabajo. - Me dijo, echándome de manera tan cortante que parecía cortar diamantes.

- Esta bien, pero como me entere de algo raro como me dijo Arthur la pasada vez.. - Mis ojos violetas clavaron en su risa socarrona mientras chasqueaba la lengua con rabia al ver esa expresión de superioridad, crujiéndome los dedos.

- ¿A caso creerás a un niño pirado de la cabeza que no deja de ver hadas y duendes a su alrededor? En serio, Iván, me das mucha pena. - Reía como si se estuviese riéndo de un payaso, alargándo el brazo diestro para agarrar el pomo de la puerta e ir cerrando esta.

- Mis pacientes son lo más importante para mi y siempre les creería.

- Yo que tu miraría más por ti mismo que por los demás, Iván. - Fue lo último que me dijo cuando cerró la puerta de esa manera tan seca y fuerte, dejándome atónito mientras miraba la madera que me separaba de aquella sala.

Ahora mismo no sabía en que pensar ni como reaccionar, pero mis pies se movieron solos hacía aquel parque donde solía tomarme mi café y donde me encontré el chico que ahora sufría la avaricia de Francis. No me esperaba que el paciente que ahora sufriese esos acosos fuese el mismo chico sonriente que alegró esa mañana y esos momentos en los que me paraba a pensar en él. No podía quitarme esa voz del muchacho quejándose. Tampoco podía dejar de escuchar a Francis en mí: "Miraría por ti mismo". ¿A qué se quiso referir? ¿Por qué actuaba de esa manera? ¿Tanto odió el momento que pasemos cuando tuve que dejar la relación? Si él me entendiese... y dejase de ser como es.

Pasé los tres cuartos de hora, que me quedaban de descanso, angustiado más por las pesambres que pasaría el muchacho que por la reacción de Francis, pues lo segundo ya me lo venía venir. No dejaba de pensar como estaría o que le estaría haciendo.

Cuando pasó mi rato libre, me levanté de mi banco y guardé mis papeles que había traído para intentar leer las nuevas normas que en la reunión de hoy hablaríamos. No pude leer, pues estaba centrado en lo que antes pasó y, por eso mismo, a la tarde, estuve como menos integrado en la junta. Aún así, intenté pasar un día monótono, dejando de pensar en lo que pasó y centrándome esa mañana en consultas rutinarias por pacientes que venían a preguntarme sobre sus dietas.. pero, esa tarde, en esa reunión tuve que verme las caras con el francés. Nos mirábamos de manera rivalizante, sin levantar sospechas al director general que hablaba con ese tono suave y serio. Nadie de la sala sabía lo que había pasado entre él, el nuevo paciente y y yo... pero sabía que pronto empezarían a saberlo, pues como me enterase de que él era capaz de tocar a ese joven alemán -lo supe porque el propio Francis lo gritó-... yo dejaría de enmudecerme ante mis compañeros y diría todas las cosas que había hecho Francis, rompiéndo nuestro juramento.

"Como se atreva a dañar a alguien más, él que dirá el jaque mate seré yo".