Siento haber actualizado tan tarde, pero no me venía la originialidad y debido a los exámenes y principios de verano se me fastidio todo. ¡Pero ahora estoy mejor y actualizaré más seguido! ¡Espero que disfruteis!
Todo seguía siendo igual que siempre, pasando las horas, minutos y segundos centrado en mi trabajo, pero ahora había cambiado algo en mi. Estaba deseando volver a ver a aquel pequeño joven cara a cara, poder cruzarmelo y decirle un "hola". Con un saludo de su parte sería feliz, pues no pedía nada más. La verdad es que me encontraba más animado de andar por los pasillos pensando que él estaría en cada esquina, pero cada vez que cruzaba hacía otro lugar o buscaba con mi mirada el rastro de belleza invernal... no aparecía. ¿Dónde se habría metido? Ya había pasado unos tres días desde que pude volver a verle, pero... aquel baché de mi pasado con un corazón podrido se puso por en medio, intentando hacerle daño al único rastro de humanidad que encontré en mucho tiempo. Odiaba demasiado que algo tan bello pudiese ser apagado y que, seguramente, lo estuviese siendo ahora.
Las noches me las pasaba en mi despacho solitario mientras rellenaba esos largos y pesados informes a paso más lento, pues mi mente divagaba a cada minuto que pasaba pensando. "¿Qué le estará pasando ahora? ¿Por qué le ha tocado con Francis? ¿Por qué no me saludó? ¿A caso no me vio?" y preguntas por el estilo pasaban por mi cabeza en todo momento, haciendo que tanto mi moral como mis ánimos fuesen como una balanza con peso encima. No podía concentrarme bien, no podía evitar darme esperanzas de que podría verle y que podría saludarle al menos, pero... borré esas ilusiones a la semana, sabiendo que seguramente estaría en cuidados intensivos.
No me convenía meterme más en él y, tal y como dijo mi hermana mayor cuando le conté lo que me pasaba, tenía que olvidarle.
Ni tan siquiera le conoces, hermano. ¿Cómo puedes sentirte así? Solo es una tontería de adolescentes.
Las tajantes palabras de mi hermana mayor -y la de mayor delantera- la que me hicieron estar esa noche de domingo en mi departamento ahogando mis penas en vodka y el canal de documentales sobre guerras bélicas nazis y estrategias para evitar esas catástrofes; me encantaban los documentales de sucesos bélicos. Era muy poco típico de mi pasarme la noche bebiendo cuando sabía que al día siguiente tenía que estar temprano en el trabajo, pero necesitaba quitarme todo lo que tenía en mi mente para no hundirme más. Iba contra mi dieta establecida y contra mi moral, pero... necesitaba aquel choque de alcohol que me hizo caer rendido en el pequeño sofá de mi piso. No pensé en nada más que en aquel documental y en la bebida, intentando distraer mi mente. No quería seguir dándole vueltas a algo tan inútil como un sentimiento pasajero, de niños pequeños, y a toda esa rabia que acumulaba a aquel rubio. No quería, no podía... pero, al día siguiente, tras haberme levantado a mala gana con el despertador y haber tomado una ducha de agua fría para espabilar mi cuerpo, ocurrió algo que me volvió a recuperar mis emociones.
El principio del día fue como siempre: rutina de visitas a Alfred y Arthur, momento de charla con aquellos dos muchachos por separado, desayuno con Yong (el doctor norcoreano de mi "sección") en el jardín principal, volver a las consultas, atender a una nueva paciente,... todo estaba en su sitio y seguía siendo aquel médico sonriente y diplomático, pero con ese toque de "soso" y aburrido que todo el mundo me sacaba. ¿Qué podía hacer yo si el azúcar que rellenaba mi amarga vida desapareció? Tampoco es que me tomase a mal que me dijesen eso, pues yo estaba en este hospital para trabajar y comportarme tal y como me habían enseñado en las prácticas. No como otros...
Transcurrió así el día para dar por hecho una jornada más. Muchos doctores ya se marchaban a sus casas o simplemente a los alojamientos que tenía este centro psicológico al lado del pabellón general donde dormían algunos internos. Yo me decidí quedar unas horas más para terminar con unas recetas y partes médicos que mandaría después a las familias de mis pacientes. Eran largos de redactar y mañana no tendría tiempo si teníamos una de esas reuniones en mi departamiento, tal y como me informó Yong a la mañana. Era consiente de que me tendría que quedar hasta la madrugada, por lo que, tras haber estado dos horas delante del ordenador sin descanso, mirando las dietas, calculando, etc., tuve las fuerzas para despegarme de ese asiento que sería la incubadora perfecta para un huevo de un pollo. Estiré mis brazos y piernas, notando como mi espalda crujía, y después observé la hora en la pantalla de mi ordenador de trabajo. Ya eran las diez y media según la computadora, por lo que pensé en ir a cenar algo a la cafetería ahora que estaría vacía -solo tendríamos permiso los doctores y el personal en entrar cuando quisiesemos- para poder así estar más a gusto.
Salí de mi despacho y me dirigí a la vacía "cantina" con las luces encendidas (siempre se quedaban encendidas) y tomé un café caliente de la máquina, asegurándome esta vez que lo hacía como era debido; desde el incidente la semana pasada, ahora tenía más cuidado con estas máquinas y el café. Acto seguido, agarré una pieza de manzana verde y un plátano para acompañar al café tan amargo que siempre me hacía, notando así el sabor dulzón mezclarse con el fuerte brebaje. Tras tener todo, pensé en tomarmelo en esa soledad, pero.. que triste, ¿No? Así que me lo pensé mejor y, levantándome de un asiento vacío que me senté, sali del lugar mientras pensaba donde poder tomarme mi pequeña "cena". ¿Otra vez en mi despacho? No me gustaba la idea, pero no tenía más remedio y tenía que seguir con mi trabajo. No me lo pensé más veces y volví sobre mis pasos, hasta que... aquel rayo de esperanza que creía perdido apareció delante de mis morros. Sí, estaba refiriéndome a aquel chico por el que había perdido la esperanza de cruzarme con él y del que había borrado de mi mente. El albino cruzó la esquina mientras miraba de lado a lado que nadie estuviese espiándole, andando con pies de plomo, pues ahora no era su hora de salir de su habitación. Justo crucemos las miradas y él dio un respingo alarmado, quedándose como si fuese una estatua. Casi se me caía el café de a sorpresa al verle y, después, tenía ganas de estrujarlo en mis manos por la alegría de ver como me miraba y se daba cuenta de que existia. Mi corazón empezó a latir con fuerza y no supe en ese momento como reaccionar. Él fue -como la primera vez- el que comenzó a hablar.
- Bueno, esto.. yo.. quería ir al baño y eso. - Tartamudeaba con cierto nerviosismo, como si hablase al un doctor normal. Quiso avanzar más, pero parecía tener miedo y se quedó inmóvil mientras esperaba a alguna reacción mia, sudando la gota gorda.
¿Cómo podía reaccionar yo ahora? Nunca me había sentido tan nervioso e ilusionado en este tiempo que llevaba soltero y dejando el amor de lado. Estos sentimientos de "adolescente" -como dijo mi hermana- latían en mi pecho y me dibujaban una curva de felicidad idiota que miraba con cierta sorpresa el albino.
Dejé de pensar de manera racional y me dejé llevar por lo primero que salió de mi.
- H.. Hola otra vez. -Tartamudeé.- Nos volvemos a encontrar, ¿eh?. - Solté al fin con una sonrisa de lado, agarrando con fuerza el café como si fuese un peluche; al final segurísimo que se me caería o lo estrujaría. "Que patético, joder..", pensaba con esa mueca que se torcía por momentos de los nervios.
- ¿H.. Hola? - El saludo de Gilbert no parecía muy convencido. Era más bien como sorprendido, como si no supiese que estuviese pasando. No lo entendía muy bien, pero seguía estático a unos metros de mí, esperando más reacciones mías.
- ¿N-No me reconoces? - Le pregunté con mi tono seguía tartamudo, pero esta vez se apagaba por momentos por la reacción del chico.
Notaba como mi corazón estaba a punto de salir de mi pecho de manera violenta, tambaleando un poco hasta mi coordinación y todo. Miraba de arriba a abajo y estudiaba esos movimientos nerviosos del pequeño albino, él cual solamente me negó con la cabeza con miedo y duda. ¿No me conocía? Era imposible, si yo me choqué con él y hablemos...
Me quedé completamente en blanco, sin saber que tenía que hacer o como reaccionar. Pensé que él sabría quien sería y me sonreiría de esa manera cálida, haciéndome feliz, pero... no, no reconocía mi cara como alguien de sus conocidos y permanecía mirándome cual cordero degollado pidiendo clemencia por haberse fugado de su familia.
Cogí aire todo el aire que pude por mi nariz y lo expulsé. ¿Y si me estaba gastando una broma? El albino parecía de los típicos que solían hacer eso, por eso solamente finjí una risa para hacerle ver que me había hecho gracia su reacción, acercándome unos pasos.
- Muy gracioso, Gilbert, pero si nos conocemos. Es más, a mi fuiste al primero en conocer. ¿No te acuerdas? El "doc" patoso. - Levanté el vaso de café que agarraba con mi mano diestra mientras seguía mostrando esa sonrisa de lo más ilusionada, sin perder la fe de que dejaría de gastarme esa broma de mal gusto y acabaría riendo conmigo.
Pero no pasó lo que había pensado y el joven dio otro paso atrás de lo más aterrado. Él negó con su cabeza, poniendo sus manos abiertas cubriendo su cabeza para protegerse de mi. ¿Protegerse de mi? Yo no le haría nada, por eso me asustó su reacción y no seguí caminando.
Me estaba quedando demasiado confuso por todo esto. ¿De verdad era una broma lo que estaba gastando o... lo decía en serio? Sus ojos cerrados, su cuerpo temblando y aquel rostro asustado parecían no mentir, pero.. ¿Entonces con quien me habría cruzado? ¿Qué había pasado para que no me recordase?
No quería darlo todo por perdido, pero me dieron ganas de tirar mi cena y salir corriendo con esas lágrimas que estaba a punto de soltar por mis ojos. Aquella reacción que pensaba hacer me pareció de lo más infantil e inmadura para mi edad, por eso me mantuve firmemente delante de él y seguí insistiendo.
- ¿De verdad no sabes quien soy? - Esta vez mi tono era más seco y serio de manera que parecía cortar el ambiente con tijeretazos. La pregunta hizo al chico abrir los ojos y observar mi mirada húmeda.
- No... - Negó con su cabeza de un lado a otro de manera débil, bajando sus manos y agachando su cabeza.- L-lo siento. A veces no me acuerdo de lo que hago y...
Unos pasos rápidos y ligeros con un sonido de tacón sonaban al final del pasillo por detrás del joven albino. Tanto él como yo fijemos nuestra mirada hacía la enfermera que apareció a lo lejos. No era ni más ni menos que la jefa de enfermería y la secretaria del jefe de los psicologos: Elizabeta. Sí, aquella gran amiga mia ahora aparecía con un rostro muy preocupado y tirándose a correr hacía el albino. Gilbert solo se encogió, protegiendose con sus brazos sobre su cabeza y acurrucándose como si ella le fuese ha hacer algo.
- ¡Gilbert, aquí estas! - Protestó la húngara, poniendo sus brazos a jarra mientras se inclinaba hacía delante.- ¿Qué te tengo dicho de salir a hurtadillas? Sabes...
La conversación entre ellos dos siguió su curso, pero.. para mi todo se sentía tan distante, tan frío. No tenía nada que ver aquí y mucho menos delante de aquel albino que ahora se encogía cual comadreja asustada por su depredador. No entendía nada, pero ahora no era capaz de pensar una sola razón por la que no me recordaba. Un amargo sentimiento de tristeza bloqueaba mi pensamiento racional y lo trasformaba en esas desilusiones que se pensaba que había dejado guardadas en un cajón de mi vida. Dentro de mi había un huracán de malos pensamientos, mezclados con tétricas melodías del pasado. Volvía a caer en ese pozo de tristeza del que me costaba salir... y del que fácil entraba.
Mis ojos estaban empapados por esas lágrimas y escondía la mitad de mi rostro en la rosada bufanda que siempre llevaba, enrrojecido por la rabia e impotencia de no saber como actuar ni que decir ahora. No quería ser detectado, pero estaba delante de ellos dos y Eli nunca pasaba de mi.
- Por cierto, Iván, ¿qué haces aquí? ¿Aún con informes? Como se nota que vives solo en casa, ¿eh? - Comentó sin ninguna malicia mi amiga mientras se acercaba a mi y sonreía. Me dio un suave golpe para que reaccionase, pero al ver que seguía intentando no quebrar mi compostura de manera estática, ella se inclino hacía el lado derecho mientras tornó su rostro más serio.- Eh, Iván, ¿estas bien?
- E-Eli... -La nombré bajo mi bufanda en ese tono que se me quebraba. No quería hablar mucho porque la fuerza de sostener esas lágrimas de desilusión podrían salir. Levanté mis manos y le ofrecí mi cena que agarró.- Ten esto. No quiero cenar. Me voy a mi despacho. - Palabras secas y frases cortas era lo único que podía decir para que no se me notase que estaba a punto de berrear cual adolescente al que le habían partido el corazón.
- Pero, Iván, si no cenas... - La castaña intentó protestar, pero yo ya les había dado la media vuelta y me dispuse a salir de ese pasillo para encerrarme en mi despacho. Ya no oía nada más que la voz de la mujer dirigiéndose hacía el albino, él cual había permanecido inmóvil y triste mientras le miraba.
Cuando logré llegar, tropezandome dos veces por el camino, cerré la puerta tras de mi y apoyé mi espalda en aquella madera que me separaba de ese pasillo desierto y tétrico. En ese silencioso lugar pode soltar todas esas lágrimas que salieron con rapidez. Un llanto en soledad bajo la oscuridad -no encendí las luces ni nada- que necesitaba desatar por todo lo que pasó. Me senté en el suelo delante, apoyando mi espalda delante de aquella puerta, con las piernas estiradas.
Lloraba y lloraba sin buscar una razón por la que detenerme. Mi cabeza ahora era un lío, mi corazón latía con fuerza por todo lo que pasaba y hasta mi ira me hizo que golpease el suelo con mi puño. "¿¡Por qué coño no sabe quien soy?! ¿A caso fue Francis? ¿Por qué me hace esto?... ", preguntas de ese estilo me cuestionaba en ese cuarto de hora en la que me pasé desahogándome. Todo unos largos quince minutos en los que no me moví del sitio, sin dejar de mostrar esa rabia y esa tristeza. Necesitaba sacarlo todo de dentro o me sentiría de mala manera conmigo mismo y explotaría.
Una larga noche pasé con pensamientos del estilo deprimentes y desesperanzadores para mi. No era típico que estuviese sin trabajar, delante de la pantalla mientras observaba una foto de mis hermanas conmigo; ellas eran la única muestra de afecto y cariño que tenía siempre. Tuve que llamar a mi hermana mayor para decirle todo lo que había pasado y, a pesar de que era tarde (sobre las once) ella atendió con mucho gusto. Una hora entera estuvo diciéndome de que nada tenía sentido, de que me olvidase de algo tan pasajero como un amor a primera vista. Tenía razón, toda la razón, pero... me seguía sintiendo triste y no lograba completar ese vacío en mi que dejó Francis hace mucho tiempo.
Más de dos horas me estuvo animando y, al final, me puse serio. Centré todo en lo que decía y logró hacerme sonreír. "Tienes que olvidarlo todo, hermanito. Quizá ese chico ni tan siquiera te quiere, así que dejalo estar. Puedes buscar mejores y lo sabes." , era una de las cosas que me dijo entre otras. Puse toda mi confianza en sus palabras y, tras despedirnos con una cita para comer este fin de semana (en unos cuatro días), colgué el teléfono. Observé mi despacho con las luces encendidas y me estiré. Eran las una ya y no había avanzado a penas de mi trabajo. Me tenía que poner con esos papeles importantes en los que consistía mi empleo, pero no tenía nada de ganas de meterme delante de un ordenador porque tenía la cabeza aun cargada por todo lo que pasó. Claro, tenía que olvidarme, pero... ¿Cómo sería el día próximo si me lo volvía a chocar y no podía ni decirle un "hola"? ¿Cómo podría vivir yo con estas esperanzas caídas? Me sería muy difícil, pero... tenía que intentarlo por ellas y porque, al fin y al cabo, tenía miedo a la muerte y dejarlo todo atrás.
Tras dar una vuelta por mi despacho con la mirada, me centré en mi trabajo para que pasase ya la noche y pudiese ir a mi casa y dormir por la mañana. Quería mi cama, quería descansar... quería olvidarme de él y de todo.
