Depredación
Estaban ya todos en la mesa, la expresión en el rostro de Kiba no había cambiado significativamente respecto a cuando le informaron que tendrían invitados a la cena, pero se había mantenido callado para no caer nuevamente en la venganza de su hermana.
Genma había llegado a las ocho en punto, justo empezaban a repiquetear las campanas mecánicas del reloj de pie que estaba en la sala, cuando el timbre secundó las notas paralizando unos segundos al muchacho, ya no había vuelta atrás y empezar una guerrilla no era una opción, su madre se lo había advertido, aunque tampoco acogía la idea con desbordante felicidad.
Hana corrió para abrir acomodándose una última vez el yukata violeta que unos cinco minutos antes había decidido cubrir con un haori color crudo dejando visible un mínimo del tono vivo de las flores, sentía que era demasiado escandaloso para ella -pese a que tres días antes estaba convencida de que no había atuendo más perfecto-. Genma estaba al otro lado de la puerta, de hecho, aún no bajaba la mano tras haber hecho sonar el timbre; el ninja dedicó una de sus sonrisas que resplandecían gracias a la presencia del senbon. Por su parte la veterinaria, usualmente seria, correspondió con calidez aceptando que la besara en los labios de manera fugaz, discretamente, aprovechando que Raidō había pasado primero ofreciéndoles un instante de seguridad tras su espalda.
Kiba carraspeó, el que no lo viera no implicaba que no supiera lo que hacían.
Según el plan, permanecerían en la estancia unos minutos, los dos invitados habían llevado una caja de bombones y una botella de vino de arroz -Hana le había asegurado que era la favorita de su madre-, que fue con lo que empezaron para amenizar la visita, aunque la conversación se redujo a preguntas cordiales y de rutina.
Tanto Raidō como Tsume llevaban el uniforme, en el primer caso se debía principalmente a que no tenía otra prenda más formal, y en el segundo, porque se resistía a mostrarse condescendiente con la decisión que había tomado su hija, y el uniforme era para enfatizar su posición defensiva, Tsume Inuzuka no se retiraba sin pelear.
Cierto era que los chalecos verdes desentonaban un poco la ocasión, puesto que Genma había decidido usar un hakama gris con un haori negro, había prescindido de utilizar la pañoleta del cabello y este caía libremente hacia el frente con un brillo que no podía sugerir otra cosa que no fuera un tratamiento acondicionador. Kiba sonrió de medio lado al imaginarlo en el salón de belleza junto a su maestra.
Hasta el propio Kiba, aunque obligado, se había puesto el haori del clan.
Hana sirvió de anfitriona, no permitió siquiera que su madre interfiriera manteniéndola a la mesa con la esperanza de que surgiera alguna conversación que liberara la tensión que se empezaba a acumular. Genma era una persona desinhibida y sociable, pero por alguna razón que no comprendía del todo, al estar frente a su madre quedaba enteramente pasmado, no pudiendo hacer otra cosa que sonreír y darle la razón si ella emitía algún comentario.
A la hora del postre, Raidō ya sentía que moriría asfixiado, jalaba insistentemente el cuello del chaleco, era novato en ese tipo de eventos, pero era la única persona que podía acompañar a Genma, quien había perdido a sus padres siendo muy joven, un hijo único nacido de otro hijo único, no tenía más parientes así que sus compañeros de equipo se convirtieron en la única familia, especialmente él, con quién había sobrevivido a tanto, así que acompañarle para pasar aquello era inevitable.
Nadie les había instruido en cómo hacerlo, fueron armados únicamente con consejos de vecinos y compañeros mayores, pero era verdaderamente difícil no imaginar que el labial de Tsume Inuzuka, rojo brillante, y sus uñas largas con esmalte del mismo color, no era la sangre de otros menos afortunados prospectos.
Respiró profundo, Genma estaba en condiciones similares, si querían llegar al punto medular de la reunión, era en ese momento. Raidō se aclaró la garganta pese a que nadie estaba hablando, pero consiguió que las miradas dejaran de concentrarse en las copas de helado vacías, para dirigirse a él y su amigo que estaban lado a lado.
—Bueno, quiero dar las gracias por… recibirnos… Genma y yo no somos familia de sangre, pero las circunstancias nos han hecho compañeros, y puedo considerarlo mi hermano menor, quiero...
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Tsume lo atrajo hacia ella con fuerza jalándolo por la camisa desabotonada debido al calor de la estación. Habían conseguido exitosamente huir del bullicio que causaba la absurda competencia de las sandías, y tal vez pasaría poco tiempo antes de que su padre notara su ausencia acompañada. Pero no le importaba realmente, no cuando podía sentir sus manos ásperas buscando con cierta desesperación la forma para sacarle la blusa de la falda, ella se sentía arder, que cada poro de su cuerpo se erizaba al contacto cada vez más prolongado, más posesivo, más desesperado.
Abrió la boca para tratar de respirar mejor, la fragancia que emanaba el dueño de sus pensamientos desde que descubrió lo mucho que le gustaban los chicos, se volvía un afrodisiaco contra el que no le interesaba mucho luchar. Y él no tenía tampoco reparo alguno para ignorar la serie de cuestiones que había de tener presentes por ser ella la hija del jefe del clan y que era considerablemente menor que él, una verdadera locura, pero tampoco le importaba.
Una de sus manos se retiró al cumplir la misión de sacar la blusa y a toda prisa se dirigió al cabello para quitarle las peinetas, ya la había visto antes con el cabello completamente suelto y le encantaba la forma rebelde y salvaje en que este hacía lo que quería, volvió a besarla con más ahínco, haciendo una sencilla maniobra consiguió levantarla para que se abrazara a él con las piernas subiéndole la falda hasta la cintura.
—Tsume, ¿verdad? —dijo con dificultad al rehusarse a dejar desatendida esa boca pintada de rojo que tanto le había gustado.
—Sí…
—Yo soy Hayashi.
Y sellaron su presentación con un beso carente de ternura y paciencia, pero basto en pasión y esa desesperación que nació al momento en que descubrieron sus sentimientos eran correspondidos.
¡Tanto tiempo desperdiciado!
Pero ya lo recuperarían.
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Hana sonrió tímidamente mientras Genma se encaminaba a su lado. Raidō seguía hablando, acababa de contar una breve historia sobre la infancia de ambos, Tsume sonrió de medio lado preguntándose cuánto le había costado al hombre encontrar alguna que no fuera vergonzosa o que incluyera muertos. Genma y Raidō eran veteranos de guerra, al propio Genma lo habían arrancado de la academia para ingresarlo como efectivo, tal como hicieron con muchos otros niños.
Lentamente regresó la vista a los ninjas, la mano de Genma descansaba sobre el hombro de Hana.
Raidō terminó de hablar. Genma se aclaró la garganta.
—Y yo agradezco a Raidō, por aceptar ser mi hermano y enseñarme cuando aún era un niño, por estar aquí conmigo en este día tan importante en nuestras vidas, y digo nuestras porque esta noche, Hana y yo queremos informarles que vamos a casarnos.
Se hizo el silencio, penetrante y poderoso, breve a ojos ajenos, pero para cada uno de ellos largo y hasta tenso.
—Felicidades, hija mía.
Quiso sonreír, poner algo de felicidad, pero el movimiento de sus labios causó en sus oídos la idéntica sensación causada por el estridente ruido de un cuchillo arañando la pizarra verde de un salón de clases.
Sabía que ese día llegaría, si no con Genma, con otro, y si quería llorar no era en absoluto por felicidad.
Comentarios y aclaraciones:
Paso 2, y seguimos avanzando.
¡Gracias por leer!
