Adaptación
Tsume, con los brazos cruzados y detrás de Genma, supervisaba con ojo crítico los papeles que el ninja mostraba ante la recepcionista de la Oficina de Asuntos Militares. Un juez de paz generalmente no oficiaba uniones ninjas, debía hacerlo un capitán de escuadrón o alguna autoridad de mayor rango, y el proceso era generalmente más penoso que para un civil.
—¿Es su primera unión? —preguntó la regordeta mujer mirando a Genma por encima de sus anteojos de media luna.
—Sí.
—¿Hijos de otras relaciones?
—No.
La señora se mostró suspicaz, finalmente conocía al tan afamado Genma Shiranui que había recorrido oficinas completas y resultaba que se presentaba manso y dócil con un pasado limpio y sin ningún indicio de que apareciese alguna despechada amante, aunque tal vez la jauría que esperaba en la puerta tuviera algo que ver con la inusual tranquilidad de la oficina.
—De verdad —insistió Genma sonrojándose.
—¿Es su primera unión? —volvió a preguntar, pero esta vez a la joven mujer de facciones duras y semblante serio.
—Sí.
—¿Hijos de otras relaciones?
—No.
La señora miró a uno y a otro, ya le habían entregado por escrito todo lo que pudiera interesar, pero el interrogatorio era parte ineludible, tanto por el protocolo como de su personalidad al ser un miembro retirado del Cuerpo de Tortura e Interrogación de ANBU, ganándose un dinero extra a su casi inexistente pensión con medio turno de trabajos de oficina. Pero la mujer no podía divertirse menos que con dar lata un rato al hombre cuyas leyendas de alcoba trascendían las fronteras de edad y rango entre mujeres.
—¿Los dos vienen por su voluntad?
—Sí.
—Sí.
—¿Comprenden que las disoluciones maritales luego de haber procreado hijos, en un clan con tradición antigua, los hijos se quedan con la familia del contrayente que es pariente directo del clan?
—Sí.
—Sí.
—¿Aceptan que el apellido que quedará asentado para registrar la nueva familia será el del clan con más trascendencia?
—Sí.
—Sí.
—Sus cartillas.
Los dos sacaron la cartilla, la de Hana era azul, lo que indicaba ninja de reserva, y la de Genma verde, porque era un activo militar.
—Las de sus testigos.
Tsume extendió su cartilla también verde, y Raidō mostró la suya que era negra, en relación a su cargo como guardaespaldas y mayor relación en ámbitos administrativos.
La mujer tomó las cuatro, les trazó por encima unas líneas con tinta negra usando un pincel que había sacado para tales propósitos y confirmó que los sellos en ellas eran correctos y legales. Luego extendió sus manos para tomar la de los contrayentes y las condujo sobre la mesa hasta tocar otro símbolo que había dibujado en una hoja de papel.
—Bien. Comprobando que sus cartillas se encuentran libres de cualquier impedimento, y los contrayentes y testigos no suplantan en identidad a nadie, con dos testigos, uno por cada uno, otorgo los permisos necesarios para realizar un enlace matrimonial. A partir de este momento y hasta la fecha de la boda programada para dentro de dos meses exactos, asigno a un ninja cuyo nombre no han de conocer, para que confirme lo jurado respecto a uniones anteriores e hijos ilegítimos que pudieran ejercer derecho alguno sobre el patrimonio mancomunado. Pueden irse.
Tsume fue la primera en salir seguida de su hija pues notó que Raidō quería hablar con Genma.
—¿Es en serio lo de los hijos? —preguntó en un susurro Raidō vigilando que la vieja no lo oyera.
—¡Claro que sí!
—Entonces explica lo de Natsume-kun…—murmuró entre dientes tomándolo fuerte del brazo y retrasándolo del encuentro con las dos mujeres.
—Ah… eso…
.
Tsume se decidió a cambiar el vendaje que envolvía el brazo de Hayashi luego de verlo tener complicaciones para hacerlo por su cuenta.
—Déjame hacerlo —insistió, arrodillándose frente a él.
—No deberías levantarte de la cama. ¿No se supone que estás convaleciente?
—Parí una hija tuya, no me rompió el brazo mi suegro para tener vacaciones obligadas.
Hayashi rio quejándose enseguida por el dolor.
—El brazo y unas costillas.
—Las costillas fueron por gusto, realmente.
Volvió a reírse, amaba esa cruda sinceridad que rayaba en lo grosero y la besó aprovechando que estaba cerca, pasó su lengua despacio por sus labios abrazándola con cuidado, tanto por sus propias heridas como las que creía de ella.
—No me hice de cristal —se quejó la joven sin despegar completamente sus labios y sin abrir los ojos para no romper el encanto.
—¿No dudaste que fuera tuya? —le preguntó ella separándose para terminar la atención médica que había empezado.
—¿Por qué preguntas eso?
Tsume se encogió de hombros.
—No te tomó mucho convencerme de acostarme contigo. ¿Qué te hace pensar que no puse la misma nula resistencia con otros?
Hayashi soltó un quejido.
—No lo hiciste, fin de la discusión.
Los dos se levantaron de golpe cuando escucharon un débil lloriqueo. Tsume quiso adelantarse, pero él fue más rápido, con un solo brazo sacó de la cuna a un bebé vestido con ropas color rosa que le quedaban aún demasiado grandes. La bebé alcanzaba justo en su mano extendida con las piernas apenas sobresaliendo por el brazo, los brazos recogidos, pegados contra su cuerpo, abrió los ojos con dificultad, cerrándolos enseguida pese a que la luz era tenue, empezó a sacar la lengua por entre sus delgados labios y gimoteó.
Hayashi la atrajo a su cuerpo con mucho cuidado, como si temiera hacerle daño alguno y la acunó sin dejar de mirarla, hacía solo un día que había venido al mundo y sentía que la había esperado toda la vida. Su guardia en las fronteras había durado todo el embarazo de Tsume, nadie le había dicho nada, a diferencia de ella, no le iban a dar la baja por paternidad, pero apenas puso un pie en la aldea, un furioso Kenshi Inuzuka había ido a darle el encuentro con dos patadas y una llave. Ni siquiera intentó defenderse…
La verdad, había tenido algo como un presentimiento desde que le escuchó maldecirle antes de golpearlo.
Kenshi Inuzuka era un hombre bonachón, que trataba a todos los miembros del clan como si fuesen sus propios hijos, y si había alguien que desatara la furia en él, era el que se había acostado con su hija. Pero no pensó que estuviera embarazada… o más concretamente a punto de dar a luz cuando lo llevaron a rastras a los territorios del clan.
A él cuando le dijeron que iba a ser padre, lo hicieron entregándole a su hija en brazos.
La besó más suavemente en la frente. La pequeña se adormiló de nuevo.
—¿Y tú crees que has sido la única mujer en mi vida?
—Espero que no, sería muy triste.
—¿Y tienes la certeza de que porque has tenido una hija mía voy a quedarte por siempre contigo?
—No, tampoco.
— ¿Entonces tú no…?
—Puedes irte si quieres, y puedes ver a Hana-chan cuando quieras —respondió con simpleza encogiéndose de hombros y regresando a la cama. Hayashi abrió los ojos con sorpresa y acomodó a la bebé en su brazo acercándose a la mujer que buscaba una posición cómoda.
—¿Así como así? —preguntó suspicaz. Tsume asintió y estiró los brazos pidiéndole a la niña, él, sin embargo, se echó para atrás tensando el brazo con el que estaba acomodando a su bebé.
—No voy a rogarte —sentenció ella determinadamente.
—Pero yo sí —respondió el otro con el ceño fruncido y el bebé bien sujeto, como si sospechara que fuera a quitárselo.
—Ah… que interesante…
—¡Es en serio!
—¿Te quedarías con una mujer de una sola noche?
Hayashi demostró la habilidad de su entrenamiento encaramándose solo con el brazo herido, pues estaba empeñado en no soltar a su hija, quedó sobre Tsume sin tocarla siquiera, le habló al oído haciéndola sonreír.
—Toda la vida…
.
—No sé cómo no lo habías pensado —se quejó Raidō cargando tres bolsas de compras.
—Realmente no es problema alguno, ya había hablado con Hana-chan de eso.
—Natsume-kun es el que me preocupa.
Genma movió la cabeza de un lado a otro en forma negativa, mirando de soslayo al inmenso perro gris que caminaba a su lado con aire curioso. Aparentemente no salía mucho de los terrenos del clan y todo en aquel paseo de compras le había parecido completamente novedoso.
—Sabe que no soy su padre. Pero tampoco me siento capaz de dejarlo a él y a su madre completamente solos. Tuvimos una buena relación y está sola ahora. Además, Hana lo sabe, ya las presenté.
Ambos dieron vuelta en una esquina y dos cuadras después, de entre la fila de pequeñas casas habitacionales, se detuvieron frente a una de color naranja brillante.
—Realmente no espero poder seguir llevando mi vida de soltero.
—Tsume te mataría si lo hicieras.
—No se trata de ella. Yo… yo en realidad quiero estar con Hana.
Comentarios y aclaraciones:
Ah, el amor...
¡Gracias por leer!
