Hola! Es una pena que no recibiera comentarios del capítulo anterior porque no me ayuda a saber como va la historia, pero en fin. Estoy dispuesta a publicar en este fandom y seguiré adelante, aunque tal vez las actualizaciones se alarguen un poco más porque siento que voy a ciegas :/ (y eso de revisar ortografía, coherencia y escribir arriba de cinco mil palabras por capítulo toma tiempo) Y aviso que a partir del próximo capítulo, empezaré a unir las vidas de los protagonistas, eso sí, poco a poco...
Si alguien está leyendo, pues no lo aburro más. Disfruten la lectura :D
Capítulo III
Está a una semana de que lleguen los reclutadores del Capitolio, y la discusión en su casa no ha sido lo que se dice completamente fácil. La señora Mellark ha insistido en que sea su hijo más joven quien deba prestar el servicio para el Capitolio, después de todo, Ayron es más útil para el negocio.
O eso es lo que ella ha dicho.
Peeta no se siente ofendido por que su madre no se toque el corazón y ya haya escogido a un hijo sobre el otro, pero no por eso duele menos. Y honestamente sería absurdo esperar otra actitud de su madre a estas alturas. Es un bien conocido secreto a voces que la esposa del panadero de la ciudad golpea a sus hijos. En más de una ocasión, Peeta tuvo que presentarse en la escuela con algunos golpes en la cara. Sin embargo los maltratos físicos terminaron cuando rebasaron la altura de su madre y entonces ella canalizó su ira al mero abuso verbal.
Nada preferible, pero definitivamente mejor.
Entonces mientras Peeta lucha por salir del impacto de saber que será él, quien cumpla la orden del Capitolio, Ayron salta indignado. – ¿Por qué tengo que ser yo quien debe quedarse y no Peeta? –Los ojos del menor de los Mellark se expanden sorprendidos – ¡Yo estoy fastidiado de vivir en el doce!
«Así que sólo es eso» Piensa Peeta, sintiéndose estúpidamente ingenuo por haber pensado bien de su hermano mayor por un segundo.
El señor Mellark mira a su mujer. Es claro para todos que si él pudiera evitar enviar a alguno de sus hijos, lo haría. Esa supuesta debilidad que su esposa ve en él la irrita más que el arrebato caprichoso de su hijo. –No puedes ir tú, Ayron. Te necesitamos en la panadería. –Declara con mucha firmeza.
-¡Pero, mamá! –Exclama el joven. Es delgado y más alto que Peeta, y alardea de no haber temido nunca a nada. Mientras alega, se pone en pie movido por la frustración y el enojo -¡Es una oportunidad única para conocer algo fuera de este aburrido pueblo!
-¡Tú no irás! –Grita iracunda la señora Mellark imitando a su hijo al ponerse sobre sus pies.
Mientras Ayron y su madre discuten acaloradamente. Al igual que su padre, Peeta se sume en sus pensamientos con facilidad. Ya está acostumbrado a que sus opiniones no serán valoradas aunque las grite a todo pulmón. También está seguro que Ayron no ganará esta discusión, por lo que comienza a organizar una lista mental de las cosas que ha de hacer antes de abandonar el distrito donde ha vivido toda su vida.
Sabe de antemano que le será difícil dejar a su padre. Y aunque cualquiera podría pensar que le guarda resentimiento por no haber puesto un alto a los abusos de su madre, él no lo culpa. Lachlan Mellark puede ser considerado un hombre blando, pero Peeta sabe que lo ama a él y a sus hermanos. Ha sido testigo de los desvelos que el día de la cosecha le trae año tras año. Ha visto la constancia de su trabajo, sin quejarse nunca, ni fatigarse por sacar adelante a su familia. Además se opuso rotundamente, cuatro años atrás, a que sus hijos tomaran teselas cuando el negocio iba mal.
El joven Mellark voltea a ver a su padre. A diferencia de su madre, sí sabe apreciar el cabello cano del hombre robusto que está sentado frente a él, perdido en un mundo al que Peeta ha podido acceder en algunas ocasiones. Las hebras plateadas solo pueden ser vistas entre el espeso cabello rubio si miras con atención. Las más notables arrugas del amable rostro, son las que están marcadas alrededor de su boca y de sus ojos. Es claro que en su juventud fue un hombre bien parecido. Si hay algo que Peeta Mellark ha aprendido de su padre, además de saber hacer el pan, es el buscar el lado positivo de las cosas. Y ya tan sólo es por eso que le está eternamente agradecido. Considera que lo primero que hará antes de partir es hacerle saber a su padre cuán buen hombre, y que gran ejemplo ha sido para él en su vida.
Otro punto de su lista, será despedirse de sus amigos que no irán al Capitolio (Delly entre ellos). Algunos tienen hermanos mayores y gracias a eso librarán el servicio, aunque la gran mayoría de sus conocidos será trasladada, a donde quiera que los lleven, junto con él.
Piensa que ahora sería buen momento para declarar sus sentimientos a la joven que quiere, pero dado que es la única de su familia con edad para presentar el servicio militar, lo más seguro es que será embarcada con él, rumbo al campo de entrenamiento. Entonces aún le sobra una posibilidad más para poder acercarse a ella.
Tal vez esto de ir no sea tan malo después de todo. Ahora que Peeta se lo está replanteando mejor, quiere ser él quien vaya al Capitolio.
-Está bien.
Peeta gira la cabeza con prontitud – ¿Qué? –Deja escapar el poco aliento que repentinamente es lo único que tiene. Es como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago, lo sabe bien por aquella lejana ocasión en que Croiss les dio una lección por interrumpirlo cuando cortejaba a su ahora esposa.
-Que irá Ayron. –Declara su madre con dureza. –Después de todo, es más probable que él sí sea capaz de volver a casa. –Sus palabras no dejan lugar a dudas. Ella, como muchas otras personas pesimistas en el Doce cree que todo esto desencadenará en una inevitable guerra. Y también dice entre líneas, que considera a Peeta tan inepto, como cree a su esposo, para ser lo suficientemente habilidoso que le permita sobrevivir en el campo de batalla.
Peeta quiere debatir. Pero la sonrisa de suficiencia de su hermano le parece insoportable y no le deja pensar claro. Además su madre tiene algo de razón ¿no? Peeta no podría disparar a nada ni aunque lo obligaran a ello. Piensa abatido en que la suerte no parece estar de su lado y que su destino no está al lado de la joven de ojos grises. Aceptando su derrota sabe que no irá. No cuando su madre ya ha tomado una decisión y él no es capaz de contradecirla. Y además su madre no aceptaría como válido el argumento de "quiero ir porque Katniss va a estar ahí"
Se retira a su habitación arrastrando los pies pesadamente.
Transcurren algunos días y hay situaciones que se perciben tensas en el distrito doce. Peeta puede ver disconformidad en las personas de la Veta. Más específicamente los mineros. No es que siempre hayan sido personas felices, pero ahora parecen de un humor más tenso, como si fueran un volcán a punto de hacer erupción. El mero pensamiento le evoca el recuerdo del Vasallaje de hace un año, donde se recordó la victoria del único vencedor vivo de su distrito. En esos Juegos de hace veintiséis años, el doble de tributos usuales fueron enviados a la Arena.
De algún modo le alivia saber que no hay volcanes cerca de ahí.
Entonces además de la densidad de los habitantes de la Veta, se ha comenzado a ver la llegada de algunos agentes de la paz. No son muchos, pero parece que poco a poco, irán reforzando la seguridad en el distrito. Piensa en como Katniss Everdeen se verá obligada a abandonar a su familia, y entonces ¿Qué será de su madre y su hermana menor? Esto lo hace meditar en la última vez que vio a la joven. Han pasado unos pocos días y ni rastro de ella. No se ha aparecido por la panadería para intercambiar carne por pan, como cada sábado.
De pronto, el pánico se apodera de él. ¿La habrán cogido los nuevos agentes a causa de su caza furtiva? ¡Si es así podrían hasta ejecutarla! Como acaba de tomar un baño, termina de vestirse torpemente, pensando en algún modo de saber sobre la chica de la Veta. Cree que puede ir a donde Delly, para que lo acompañe a corroborar que Katniss se encuentra bien. Junto a su amiga podrán idear algún pretexto absurdo. Tal vez sobre la boda. Podrían hacerle algún encargo de conejos o plantas… Cualquier cosa que le permita verla.
Al principio, no se da cuenta que la plaza está más llena de lo normal, incluso para ser domingo. Murmura unas pobres disculpas al intentar cruzar hasta donde se halla la tienda de zapatos de los padres de Delly. Varios pares de ojos grises le miran de mala manera. Es cuando cae en la cuenta de que la mayoría de la gente que se está reuniendo son personas de la Veta. Muchos van en sus trajes de mineros. Intenta que su curiosidad no lo distraiga de su plan original: Buscar a Delly, ir a la Veta, y hallar a Katniss.
Pero alcanza a escuchar que alguien dice "ejecución".
El alma se le cae a los pies.
Olvidando por completo lo que estaba por hacer, se encamina hacia donde todas las personas se dirigen. Se esfuerza por abrirse paso hasta al frente de la multitud. No se disculpa cuando empuja a varias personas. Está desesperado por saber que está ocurriendo. Si no se apresura, el resto del distrito llegará y entonces le será imposible llegar más al frente. Le es casi imposible respirar y hacerse espacio al mismo tiempo.
Cuanto más cerca está de la fachada del Edificio de Justicia, escucha con más claridad que está ocurriendo. Algunas mujeres lloran silenciosas y hay algunos gritos desesperados. Ve los rostros atemorizados de algunos niños. Pero el resto de las personas mantienen los labios apretados. Siente que las fuerzas están por abandonarle cuando alcanza a divisar a un grupo de agentes de la paz apuntando a un grupo de personas acomodadas en formación.
No serán más de treinta personas incluyendo niños y mujeres.
-¿Qué está ocurriendo? –Pregunta a un hombre que está parado junto a él con los puños apretados.
-Van a fusilar a las familias de los que conspiraban en las minas –le dice rápidamente en un susurro.
-¡¿Qué?! –Dice en una exhalación, sus ojos amplios. Deja de ver al hombre para prestar de nuevo atención a las personas sobre la tarima. No puede dejar de notar que hay unos rostros que le resultan particularmente familiares, aunque son caras de la Veta. Aliviado se da cuenta que Katniss Everdeen no está entre esos rostros, sin embargo la escena no es agradable.
A la izquierda puede ver que hay algunos hombres forcejeando para interrumpir la ejecución, pero todo esfuerzo resulta inútil. Antes de que Peeta pueda alejarse de ahí, ve caer los cuerpos inertes antes de tocar el suelo. El aullido de un hombre le provoca un escalofrío. Peeta se ve forzado a tragar fuerte para no vomitar. Decidiendo que lo mejor es irse de ahí, da la vuelta sin perder más tiempo. Repentinamente se siente muy mal.
-Familia de Ezekiel Plum: ejecutada. Familia de Dean Lerwick: ejecutada. Familia de Fionn Carlisle: ejecutada. Familia de Elijah Upadhyad: ejecutada. Familia de Bristol Tuck: ejecutada. Familia de Kunta Rhys: ejecutada. Familia de Gale Hawthorne: ejecutada.
Peeta se detiene abruptamente. Se cuestiona si escuchó correctamente el último nombre. No está completamente seguro, por lo que vuelve sobre sus pasos tratando de acercarse a la tarima, esperando poder interceptar unos familiares ojos grises. Aún escucha al agente decir que esto ha sido un recordatorio para los rebeldes. Después de terminado el mensaje, la multitud se empieza a disipar, demasiada temerosa para hacer algo, sabiendo que sus acciones pueden traer serias repercusiones.
Peeta observa que algunos agentes de la paz están golpeando a un hombre. Otros llevan a rastras a otros dos hasta el interior del Edificio de Justicia. Algunos más están echando los cuerpos sin vida en una camioneta con el sello del Capitolio. Finalmente un agente de la paz lo termina por echar de la escena donde unos trabajadores del distrito empiezan a limpiar la escena. – ¿Qué le harán a los rebeldes? –Le pregunta al agente que lo apunta con su arma. Es una mujer, pero aun así no se molesta en contestar. Le vuelve a repetir que se retire.
Peeta termina por ceder y se va en busca de su amiga. Sabe que Delly es sentimental y probablemente esté disgustada por lo que acaba de ocurrir. Lo que no espera es encontrarla hecha un mar de lágrimas. – ¡Oh, Peeta! ¡Ha… sido horrible! –Dice entre gemidos ahogados.
El joven la recibe con un abrazo de consuelo. – ¿Supongo que viste…?
Delly asiente con la cabeza. – ¡Mataron a Terence! ¡El ayudante que Ross contrató hace dos semanas!
Peeta lo recuerda. Era un chico de la Veta. Callado, pero muy trabajador y honrado – ¿Por qué?
-No estoy segura… Ross… él… ha ido a investigar… –Siguen sus sollozos hasta que vuelve su prometido. Ross Butler es un hombre bajo, rubio y sonrosado. Delly siempre habla tan bien de él, que Peeta confía en Ross plenamente sin necesidad de conocerlo mucho.
Saluda a Peeta con un firme apretón de manos, mientras Delly se separa de su amigo para arrojarse a los brazos de Ross. –Hablé con un empleado del alcalde. Dice que la orden de arresto llegó pocos minutos antes de que llegaran los agentes con las familias, cerca del amanecer. –Separa un poco a la joven que se resguarda en su pecho. – ¿Por qué no vas por un poco de agua, querida?
La joven asiente hipando. Su padre y su hermano están atendiendo el negocio, por lo que no hay nadie más en casa. Se dirige al joven Mellark – ¿Quieres algo, Peeta?
-Agua está bien. –Mientras la chica se aleja hacia la cocina, Peeta espera a que Ross continúe.
-Hay un nuevo agente en Jefe. Nadie sabe que pasó con el viejo Cray, dicen que ayer por la tarde tuvo su habitual cita con el alcalde. Él ha sido informado esta mañana, antes de todo el ajetreo quiero decir. Pregunté por qué deshacerse de las familias. No me supieron dar razón. Únicamente saben que ha habido rumores sobre algunos planes de levantamiento en las minas. Quiero suponer que alguien debió delatarlos y por eso las drásticas acciones de los agentes.
-¿Qué harán con los rebeldes? –Vuelve a preguntar lo que la agente no le respondió.
Ross se encoge de hombros cansado. –Detuvieron a algunos, pero no les tocaron ni un pelo, únicamente a los que opusieron mayor resistencia. Yo pienso que ver morir a sus familias es el método de castigo que decidieron emplear. Como una advertencia –dice repitiendo lo que dijera el agente que habló en la plaza. –Así acaban con dos pájaros de un tiro.
-Se deshacen de los familiares que podrían querer buscar venganza y mandan un mensaje a quienes quieran intentar lo mismo –agrega Peeta en comprensión.
-Además si las cabezas tras la conspiración quedan desechos, resultan ser un problema menos –asiente Ross –después de todo ya no tendrán razones para luchar. –Tras un prolongado silencio, agrega –Terence era un buen chico. Le aterrorizaban las minas. Acababa de cumplir los diecinueve cuando vino a pedirme trabajo. Resultó tener un don nato para la ebanistería. Me estaba ayudando a tallar un tocador para Delly como regalo de bodas…
-Lo siento. –Dice Peeta. Ross asiente cuando Delly finalmente regresa llevando una jarrita con agua fresca y unos vasos limpios.
Asegurándose que Delly se encuentre mejor atendida en manos de su prometido, Peeta se retira. El día no ha salido como había planeado, y su mañana se ha ido volando. Considerando que sería muy mal momento para aparecerse en la casa de las Everdeen (aunque lograra idear una buena excusa), termina visitando a su hermano Croiss. Después de una charla sobre lo ocurrido en la plaza, Peeta le platica sobre la decisión de su madre para enviarlo a realizar el servicio, y cómo Ayron convenció a su madre para ocupar su lugar, y su reciente miedo de que algo pueda ocurrirle a su hermano.
-No te culpes, Peeta. –Dice Croiss en su modo bonachón –Ayron siempre fue un busca pleitos. Si mamá no hubiera accedido a dejarlo ir, él hubiera hallado el modo de todas formas, y tú hubieras terminado batallando igual con el mal humor de mamá. –Después le da la noticia de que él y Darel están esperando un bebé.
La noticia es como un poco de azúcar después de un trago amargo. Así es como lo ve estando ya en su cama. Entonces intentando dormir, las pesadillas hacen su aparición, solo que esta ocasión no son sobre los Juegos del Hambre. Son sobre personas asesinadas, niños siendo ejecutados sin compasión, todo por que sus familiares querían luchar por un mundo mejor. Peeta no sabe lo que es pasar hambre, pero ha experimentado vivir a expensas del pan endurecido que nadie compra. Y es tan fácil de comparar sus carencias contra todos los manjares que aparecen en las fiestas transmitidas del Capitolio, echándoles en cara la diferencia de clases.
Tras una mala noche, Peeta se esfuerza por reponerse en la mañana. Se ha de ver terrible, ya que incluso su padre le prepara un poco del café tan celosamente guardado para ocasiones de suma importancia. Esa tarde llegan los reclutadores del Capitolio. A pesar de que no son buenas noticias, no deja de haber algo de alboroto en la ciudad. Sorpresivamente, han enviado al famoso vencedor Finnick Odair. Este joven fue vencedor en los Juegos a la edad de catorce años. Su increíble belleza le valió el patrocinio de mucha gente. Peeta supone que debe ser muy atractivo si la mayoría de las chicas de la escuela intentan acercarse hasta él, con el pretexto de hacer preguntas sobre el servicio militar.
Ayron regresa cerca del medio día con una radiante sonrisa en el rostro. Sin poder contenerse, le relata el motivo de su buen humor –Estuve platicando con Finn. –Espera a que Peeta le pregunte quién es Finn, pero el joven está ocupado decorando unas galletas encargadas por la cocinera del alcalde. Ayron solo bufa de indignación, pero continúa de todos modos –Ya sabes, Finnick Odair, EL vencedor. ¿Me estás prestando atención?
Peeta gruñe y Ayron lo toma como un si. –Él irá con nosotros al centro de entrenamiento. ¿Te imaginas la cantidad de chicas que ha de conocer? No es que yo necesite su ayuda para conseguir mujeres, el encanto Mellark, del cual soy el principal portador, es más que suficiente para lograrlo, pero ha de tener buenos contactos ¿no? –rueda los ojos ante la poca reacción de su hermano menor. No queriendo perder su estado alegre se va canturreando sobre tontos que nunca saldrán de su distrito.
Peeta vuelve a quedar sólo. Pinta con sumo cuidado los detalles de las delicadas flores que está dibujando. Puesto que es el único de su familia que puede pintar así, le es permitido tomar su tiempo en cada galleta. Peeta quisiera poder dibujar en papel, pero eso sería considerado un desperdicio, que podría permitirse si usara sus ahorros. Sin embargo desde temprana edad ha aprendido lo que cuesta ganarse el dinero.
Es tarde cuando finaliza con el encargo. Su madre quería que entregara el pedido ese mismo día para quedar bien con el alcalde, pero olvidaba el detalle que el glaseado necesita secar. Así que al día siguiente, que es martes, el joven es enviado a la casa de los Underseen.
-Hola… uhm. –Es la hija del alcalde la que ha respondido a su llamado en la puerta trasera de una de las casas más ricas del distrito.
-Hola, Peeta. –Replica el saludo Madge. –Bessie dijo que traerían un paquete de la panadería.
-Si. –Levanta un poco las tres cajas que porta en sus manos. –Son bastantes galletas.
-Papá está obligado a dar una fiesta en honor a la gente del Capitolio. –Explica suavemente, como si temiese que el joven fuera a reclamarle por celebrar reuniones en su casa.
Peeta asiente cortésmente. Madge finalmente se hace a un lado para dejarlo pasar. Deja las cajas sobre la barra de la reluciente cocina. – ¿Es eso un horno eléctrico? –Pregunta con absoluta curiosidad observando el aparato plateado colocado en la lisa superficie.
-Si. Pero Bessie no es capaz de cocinar algo en eso. Dice que es complicado…
-Aun así es mejor que los hornos que usamos en la panadería. –Se dirige a la salida una vez pagadas las galletas. Intenta pensar en alguna excusa para preguntar sobre Katniss, después de todo, Madge es lo más cercano a una amiga que la cazadora tiene. O que al menos Peeta le conoce.
-¿Delly te ha dado ya una fecha para su tueste? –Pregunta la joven antes de que él pueda pensar en algo. Por primera vez repara en el semblante apagado de Madge, en las bolsas bajo sus ojos. Se pregunta cual será la causa. Entonces el miedo de anteayer vuelve a apoderarse de él.
-Aún no… –Murmura por lo bajo –con lo que ocurrió recientemente… –no necesita especificar –supongo que retrasaran las solicitudes. –Se detiene abruptamente cuando se da cuenta de que la chica tiene demasiada angustia en los ojos. – ¿Te encuentras bien? –Pregunta con el mayor tacto posible.
Madge sacude la cabeza –no he sabido nada de Katniss… –A Peeta se le para el corazón lleno de angustia –los Hawthorne… ellos son… eran… –se corrige –la familia de Gale, el amigo de Katniss y… no puedo ir a la Veta. No con toda esa gente de Capitolio aquí. ¡Y estoy tan preocupada de lo que ella…! –Deja inconclusa la frase.
-¿Ella qué, Madge? –Exige saber, pero apenas con un hilo de voz.
La joven mira a ambos lados de la calle, como vigilando que nadie esté cerca. Conforme, pero aun bajando la voz tanto que Peeta debe acercarse para poder oírla –Detuvieron a Gale hoy en la madrugada. Lo descubrieron intentando colarse al Edificio de Justicia. Papá ha estado trabajando hasta tarde y por eso pudo evitar que lo mataran ahí mismo, pero sólo logró que aplazaran la ejecución hasta mañana. La única excusa que encontró fue la cena de esta noche. El agente en Jefe estuvo a punto de acusar a papá de traidor, pero afortunadamente Finnick Odair estaba ahí, no se porque razón, pero mostró mucho entusiasmo. ¡Me preocupa tanto lo que Katniss querrá hacer! –exclama nerviosa torciendo sus manos.
Peeta no lo expresa, pero siente la misma preocupación dentro de él. Tácitamente acuerda en ir a buscar a la joven cazadora del distrito. Como antes debe conseguir que Ayron lo cubra por una hora en la panadería, apresura sus pasos hasta la zona de comercio de la ciudad. Va tan ensimismado en sus pensamientos, que únicamente el impacto lo hace prestar atención. El aire se le escapa al notar que la persona con quien ha chocado, es la misma a la que iba decidido a encontrar.
-Katniss… –Logra decir, pero la joven ya lo ha sorteado y ha seguido su camino. Peeta logra reaccionar justo antes de poder perderla de vista. – ¡Espera! –No presta atención al hecho de que algunos curiosos voltean a verlo. – ¡Espera!
Pero la cazadora no se detiene. Sigue adelante, determinación en su rostro. Peeta la alcanza gracias a que ella se ha detenido cerca del Edificio de Justicia. Se frena en seco al ver la obvia razón del porque la joven se encuentra ahí. Como un animal en exhibición, se encuentra Gale Hawthorne. Una gruesa tabla de unas tres pulgadas le tiene sujeto por el cuello y las muñecas. El resto de su cuerpo queda semi-arrastrado sobre la tierra. Peeta deduce que mínimo debe llevar varias horas en esa posición.
Decidiendo entre acercarse o no, observa que Katniss se inclina sobre el joven, tomándole del rostro. Peeta se siente como si fuera un globo de látex lleno de aire, que se desinfla rápidamente. No pierde detalle de como la chica acerca sus labios a un oído del prisionero. No sabe si el joven responde a lo que sea que la joven le esté diciendo. Ahora se percata que un agente de la paz, uno que tiene cabello pelirrojo alborotado, que le da un aire casi infantil, se acerca con pasos lentos hasta donde los jóvenes se encuentran.
Peeta comienza a acercárseles también, guiado por el instinto de querer proteger a Katniss, cuando observa que la chica se endereza, intercambia una mirada con el agente, y dando media vuelta toma su camino de vuelta a la Veta. El joven panadero está intrigado. El alivio de ver la a joven viva y sin heridas, ahora es opacado por las preguntas. Pensando en la excusa que la hija del alcalde le ha proporcionado sin querer, va tras la chica de la Veta.
A unos pocos metros de distancia, la ve entrar a un callejón aislado. Toma el mismo rumbo, esperando poder hablar con ella. Se desconcierta al caer en la cuenta de que el callejón está vacío. No hay nadie. No tiene tiempo ni de preguntarse a dónde rayos se fue la chica, cuando se siente empujado contra el muro de una vieja construcción. – ¿Por qué me estás siguiendo? –Sisea una furiosa joven de su edad. No debería sorprenderle que sea Katniss Everdeen quien lo tiene arremetido en ese callejón.
Le resulta impresionante la fuerza que puede tener alguien tan menuda como la chica. Peeta debe tragar antes de poder contestar, todos sus posibles intentos de conversación, olvidados –Madge… ella, está preocupada por ti. Me… me ha pedido que me asegure que estás bien. –No tiene idea de cómo ha podido articular tantas palabras frente a ella.
Ve que la chica se debate internamente. Reconoce en sus ojos grises, que nunca antes ha tenido tan cerca, un atisbo de incredulidad, enojo y algo que no termina de encajar con las emociones del delicado rostro bronceado por el sol. Ahora repara en la cercanía del uno con el otro. La delicada nariz de la joven casi roza con la suya propia. Esto lo hace tragar de nuevo. La chica debe haber decidido que no le presenta ningún peligro, porque suelta su agarre. – ¿Te refieres a Madge Underseen?
Peeta asiente. –Me contó lo de… tu amigo, su familia, yo… lo siento.
-No lo conoces –gruñe ella agresiva. El efecto que tiene sobre él sale a relucir una vez más, porque el joven se ha quedado sin palabras. La joven parece medir su ruda reacción porque ha suavizado la voz cuando vuelve a hablar –dile que estaré bien. –Pide tras unos segundos. –Dile que… –parece pensar un poco –que ha sido buena amiga.
-¿A qué te refieres? –pregunta el joven, pero no obtiene respuesta.
Katniss ya ha echado a andar hacia la salida del callejón. Justo antes de desaparecer y de dejar tan desconcertado a Peeta como al inicio, agrega sobre su hombro –gracias, chico del pan.
Peeta se queda estático pero logra reaccionar y salir del callejón queriéndola detener – ¡Katniss…! –Sin embargo ella ya se ha ido. Se queda ahí un par de minutos. Intenta descifrar el significado de sus últimas palabras. ¿Le agradeció por darle el mensaje de Madge? ¿O le agradeció por preocuparse por ella? ¿O le agradeció… por qué? Lo de chico del pan, es bastante obvio que es por la panadería, así que no tiene importancia mayor, solo resalta el hecho de que no sabe su nombre.
Debatiendo entre sentirse acelerado o abatido, finalmente regresa a la panadería. Su cabeza pesada de tantas preguntas sin responder. Le ha parecido que la joven le pedía que la despidiera de Madge. –Imposible. –Se murmura a sí mismo. –Nadie puede abandonar el distrito, eso sería suicidio. –Sin embargo cree que será buena idea estar al pendiente (aún más) de Katniss Everdeen en los próximos días.
Al día siguiente, cerca de la puesta de sol, la población es llamada a reunirse en la plaza, donde un rebelde será colgado en la horca que ha sido colocada recientemente. Mientras la gente se aglutina alrededor del cadalso que se levanta en medio de la plaza, Peeta se mantiene lo más alejado posible. Busca a Katniss por todos lados, planeando en salvarla de cualquier locura que se le ocurra hacer… aunque no tenga ni idea de qué modo podrá ayudarla.
Finalmente el actual agente en jefe da un breve discurso sobre el poderío del Capitolio y sobre como serán castigados todos los rebeldes que quieran traspasar la paz de Panem, siendo considerados enemigos del pueblo. –Traigan al rebelde –ordena en esa dura voz una vez concluidas sus palabras.
Peeta alcanza a ver que un agente lleva a Gale hasta donde una delgada soga cuelga de un madero del grosor de un sólido muro. –Gale Hawthorne ha sido hallado culpable de conspirar contra el Capitolio y atentar contra la paz pública. –La sardónica risa en los labios del agente Thread es enfermiza. –Su castigo será la horca. –El brillo en sus ojos es escalofriante. Pasan la soga por la cabeza del joven. Después, la mano del agente se posa en una palanca que al accionarla quitará las tablas que sujetan el cuerpo del joven al que le quedan unos pocos segundos de vida.
Peeta no alcanza a cerrar los ojos, cuando, en un tiro limpio, la cuerda es atravesada por una afilada flecha. La gente grita asustada, pensando en que están siendo atacados y entonces el caos se desata. Alguien, no sabe quién, ha iniciado un incendio. Peeta corre hacia las afueras de la plaza antes de que el paso sea obstruido por los agentes de la paz, que no pueden moverse con rapidez a causa de la agitación de las personas. Logra salir del tumulto ileso. No se detiene para ver como un agente entra en pánico y suelta una lluvia de disparos. Peeta se concentra en buscar a la dueña de esa flecha que desató la barahúnda en el distrito doce. Repara en un sombra que se desaparece de arriba de un comercio. Cree que es la joven a la que busca.
A punto de seguir aquella figura, una maldición y el impacto de varios botes de basura lo ponen alerta. Aun puede escuchar el barullo en la plaza, pero no tiene tiempo de preocuparse sobre eso. Se dirige presto al lugar de donde le pareció escuchar a alguien jurar varias veces. Sobre la basura desparramada, está Katniss Everdeen mascullando palabras altisonantes. Peeta se acerca para ayudarle a ponerse en pie, pero ella rechaza su ayuda. –Puedo hacerlo sola –dice obstinadamente.
Un disparo cercano provoca que Peeta reaccione. Levanta a Katniss para obligarla a irse de ahí lo antes posible – ¡Vete! Los distraeré –murmura por lo bajo dándole suaves empujones en la espalda. La joven no necesita escucharlo dos veces.
-¡Agentes de la paz! ¡Identifíquese! –Una lámpara lo apunta en el instante en que voltea.
-Peeta Mellark. –Responde rápidamente, los ojos entrecerrados, enceguecidos por la luz.
-¿Qué hace aquí, Mellark? –quiere saber la voz grave de una mujer que le apunta con su arma.
-Escuché a los botes de basura colapsar. Mi madre detesta que los gatos le tiren la basura, entonces vine a echarlos. –La mentira sale de su boca con tanta facilidad como siempre. La agente lo escudriña con la mirada. Peeta puede decir que está analizando si dice la verdad o no. «Está bien. Esto le dará algo de tiempo a Katniss» Piensa y aunque no deja ver sus nervios, muerde su lengua para no delatarse.
–No veo ningún gato por aquí –dice sospechosa, sin dejar de apuntarle.
-Sí, bueno. Parece ser que salió huyendo. Esos animalejos son más rápidos que mi madre –una sencilla broma y espera paciente por el resultado.
La agente lo mira con suspicacia una última vez antes de asentir –será mejor que vayas a tu casa. Se ha levantado una alerta obligatoria y está prohibido permanecer en las calles.
Peeta asiente apresurándose a obedecer, pero la agente ya ha seguido su camino. Él continúa, pero no se percata que alguien ha observado la escena desde lejos.
No puede estar seguro sobre lo que hará Katniss, pero lo que sea que haga, él lamenta no haber podido hacer más por ella. Posiblemente no vuelva a verla nunca, ya que no será seguro que permanezca en el distrito.
Y ahora él deberá vivir reprochándose a sí mismo su falta de coraje para tomar el futuro en sus propias manos.
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