¡Hello Everybody! Es un gusto poder darles las gracias por sus comentarios a través de un nuevo capítulo. Por causa de ellos he puesto la neurona a trabajar y he aquí el resultado (Publico antes de volver al trabajo)

Entenderemos un poquito más del porque he clasificado esta historia como M -pero no esperen lemmon en su totalidad; digamos que no se me da muy bien-.Espero que disfruten la lectura porque se nos vienen tiempos difíciles para nuestro pairing, ya que la guerra comienza a hacer auge y pues ya saben que genera separaciones y pérdidas. Aun no estoy segura de que con el próximo capítulo completemos los tres años, pero dudo que sean más de dos para llegar al tiempo Presente.

Sin más me despido y recuerden que sus reviews me hacen sacrificar mis horas de sueño para escribir :D

Capítulo VIII


Las lecciones de natación finalmente comienzan a dar sus frutos.

Finnick Odair ha sido comprensivo al permitirles usar la alberca de entrenamiento. Katniss comentó que probablemente se sentía culpable por haber intentado ahogar a Peeta en la primera lección. Peeta prefería pensar que no todas las personas eran malas.

Un día, tras un mes de prácticas nocturnas, Katniss se dirige a las duchas, satisfecha de los avances de Peeta. Mientras que él, mira embobado la ruta por la que se ha ido.

-Cierra la boca –escucha que Finnick le dice en son de burla. –Así que estás enamorado del tempano de hielo ¿uh?

Peeta se siente molesto por las palabras de su 'mentor' –lo dices porque es inmune a tus encantos. –Es consciente de que es su superior pero han llegado a una cómoda familiaridad que es fácil tutearse.

El vencedor se ríe con tantas ganas que Peeta siente podría escucharse en todo el campamento. –Quizá tengas razón. Realmente te importa ella, ¿no es así? –dice después de una pausa. Sus famosos ojos verde mar lo escudriñan como si quisiera conocer todos sus secretos.

Peeta se encoge de hombros –es mi amiga, claro que me importa.

Finnick lo mira con sospecha, pero sonríe de todas maneras –si tú lo dices ¿quién soy yo, con todos mis encantos, para contradecirte?

El joven pandero gira los ojos y coge su toalla para seguir el mismo camino que Katniss ha tomado.

-¿De qué tanto se ríe, Odair? –pregunta la joven. Ella ya está cambiada y seca su cabello. Peeta nunca antes la ha visto tan bonita. – ¿Peeta?

-Nada interesante. Supongo que simplemente le gusta escucharse reír –le da por toda explicación. –Me doy una ducha rápida y te acompaño a tu dormitorio.

Katniss asiente saliendo de los baños.

Diez minutos después Finnick ha insistido en unirseles. Cuando dejan a la joven, cambian sus pasos hacia donde Peeta descansa.

-Los he escuchado hablar la otra noche –Dice repentinamente el joven de cabello broncíneo.

Peeta se detiene para verlo con el ceño fruncido –no sé a qué te refieres.

-Vamos. ¿Pertenecen al distrito doce, no? Se de primera mano que las cosas por ahí son difíciles.

Peeta se hace el desentendido, pero por dentro está preocupado. Hace tres noches a Katniss se le salió un comentario de inconformidad contra el Capitolio. Peeta creyó haberlo ocultado muy bien pero ahora ya no está seguro de ello.

-Escucha, Peeta. Me agradas –continúa el vencedor en voz baja –y si tu entrenador te ha enviado conmigo, es porque considera que eres de fiar y que te diferencias del resto.

-No me conoces bien –dice el joven con cierta desconfianza porque ¿Qué puede querer Finnick Odair de él?

-Tienes razón, pero sé de lo que es capaz un hombre enamorado –le dice y Peeta se pregunta internamente si lo dirá por experiencia propia. –Y creo que esto podría interesarte.

-Háblame claro –le dice Peeta cansado de las evasivas – ¿Qué es lo que quieres?

El vencedor más joven de los Juegos de Hambre sonríe sospechosamente antes de darle una respuesta completa.

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Transcurre otro mes antes de decidir que Peeta no requiere de más clases privadas.

-¿Y cómo es? –pregunta Rue un sábado en que se junta con Katniss y Madge para lo que la rubia ha bautizado como noche de chicas.

-¿Cómo es qué? –pregunta Katniss mientras practica algunos nudos que Finnick le ha enseñado mientras obligaban a Peeta a dar vueltas interminables a la piscina.

-Se refiere a Peeta –dice Madge mientras hace pequeñas trenzas en el cabello negro de Rue. No lo ha expresado pero nunca se imaginó que compartiría este tipo de momentos con Katniss Everdeen

-¿Qué hay con Peeta? –pregunta Katniss alzando los ojos por primera vez.

Sus amigas intercambian miraditas y Rue dice –como es de ya sabes…

-No. No sé. –Asegura absolutamente perdida.

-Como es físicamente –explica Madge reprimiendo una sonrisa.

Katniss las mira confusa – ¿pues cómo va a ser? Ustedes lo conocen bien; es blanco, rubio y tiene ojos azules.

Las jóvenes vuelven a intercambiar miradas antes de reír al unísono. –Lo que pasa es que a Rue le gusta él. –Se adelanta a decir Madge recuperando el aliento.

-¡Pues tú también opinas que es guapo! –exclama Rue pero tiene las mejillas muy coloradas.

-Solo he dicho que es lo que creen la mayoría de las chicas de mi turno –dice Madge encogiéndose de hombros pero sin poder ocultar su enorme sonrisa. –Y basta con recordar como lo veían también las chicas de la escuela. –Agrega rememorando su vida en el distrito doce.

Katniss frunce el ceño. Porque la implicación de que Peeta guste a muchas mujeres no le agrada en lo más mínimo; porque ellas no lo conocen, no comprenderían nunca lo amable, o lo gracioso, o generoso que es él.

-Además ahora está más embarnecido que cuando íbamos al colegio. Los años le están sentando bien –escucha que Madge le cuenta a Rue mientras le guiña un ojo.

-Tal vez Katniss nos pueda orientar sobre qué tan fuerte es –complementa la joven del distrito once con voz pícara.

-¡Rue! –exclama Madge divertida, pero al mismo tiempo dudosa, no sabiendo como tomará Katniss sus bromas.

Pero la joven cazadora no les escucha más. Está tratando de definir porque se siente tan protectora con Peeta Mellark. Desde esto, sus pensamientos pronto viajan hacia la fuerte forma física del chico del pan... Bueno, no más un chico, porque ahora comprende que es más un hombre.

Fácilmente divaga en la anchura de sus hombros, en lo estrecho de su cintura, en sus poderosas brazadas en el agua. Piensa en ese rizo particular que suele enroscarse en su oreja, en los ojos tan brillantes cuando ríe y en lo blanco de sus dientes. Además siempre huele a limpio y su mandíbula cuadrada bien afeitada. Piensa en la calidez de sus manos y en que la confianza que le inspira es lo mejor de todo él…

'Katniss… Katniss…'

¡Como ignorar la forma en que pronuncia su nombre!

'Katniss…' – ¡Katniss!

La joven reacciona mientras sus amigas se ríen a carcajadas. – ¿Qué? –Mayores risas y la joven está frunciendo de nueva cuenta el ceño –no me parece gracioso –dice malhumorada cruzándose de brazos.

-Estoy segura de que le gusta –asegura Rue a Madge cuando Katniss se levanta bruscamente para ir a los lavabos.

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Un día de una semana después, Katniss repara en las pesadas ojeras debajo de los ojos de Peeta. Ethan la interceptó hace como tres días, únicamente para compartir la preocupación que le acarrea su amigo.

'Cuando cree que todos duermen sale a hurtadillas y regresa un par de horas antes de que salga el sol. Estoy seguro que algo se trae entre manos'.

Y por supuesto ha estado especulando sobre qué puede hacer Peeta en la madrugada. Al menos ella es obligada a cubrir turnos nocturnos, pero él… ¿Será acaso otro de los locos entrenamientos de Finnick? No lo cree porque el joven se lo hubiera confiado. Pero entonces, ¿será que está viéndose con alguien?

Cualquiera que sea la razón, no hay mejor momento que este para averiguarlo. – ¿No has dormido bien? –Le pregunta mientras están sentados en el piso; justo en la parte trasera del hospital.

-La verdad es que no. –Responde Peeta, quien ha estado tratando de ocultar su cansancio porque sabe que la joven lo enviará a dormir en lugar de permitirle estar con ella durante su primer descanso de la noche. Pero es imposible ocultarlo por más tiempo cuando da una cabezada.

-Deberías estar durmiendo en lugar de estar aquí conmigo.

-Supuse que dirías eso –dice esta vez sin ocultar su bostezo. –No te fijes, en cuanto concluya tu descanso prometo ir directo a la cama.

-¿Cómo van tus entrenamientos con Finnick? –pregunta como si nada.

Esta pregunta parece despertar a Peeta del letargo –bien. Normales. –Entonces la mira con curiosidad – ¿por qué la pregunta?

-Por nada. Hace mucho que no me platicas que les obliga a hacer.

-Es porque nada ha cambiado. Sigue empeñado en enseñarnos a manejar esos pesados tridentes que tanto parecen gustarle.

-¿Y entonces que te ha mantenido despierto por las noches? –La pregunta parece descolocar un poco a Peeta, pero dura un segundo ya que levanta los hombros queriendo restarle importancia. Esto enoja a Katniss porque de seguro sale con alguien, tal vez incluso con la pesada de Glimmer y es más de lo que ella puede soportar. –Bien. Si no quieres decirme no te pienso obligar –se levanta sin esfuerzo alguno lista para regresar a su guardia.

-Espera, Katniss –le dice pero ella no está para entender razones. Siente que la alcanza a sujetar del brazo antes de que dé la vuelta en la esquina – ¿a qué viene todo esto?

Pero la joven no quiere decir sus sospechas en voz alta, si él no comparte su secreto con ella, ¿Por qué ella debe hacerlo con él? – ¿Si no confías en mí, porque he de confiar yo en ti?

-Pero que…

-Déjame, Peeta –le replica soltándose bruscamente del joven para poder volver a sus labores.

-¡Katniss…!

Esa misma noche y cada vez que cierta enfermera del distrito uno pasa a su lado, recibe dos dagas grises en su dirección.

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Se ha dicho que un tren con ganadería del distrito diez desapareció cuando llevaba un cargamento al Capitolio; y claro que si no ha llegado allí, mucho menos a la base del centro de entrenamiento de los agentes de la paz.

La falta de carne tiene de muy mal talante a Ethan Hawk.

-Tampoco es que hayas comido carne durante toda tu vida –le dice Madge tranquila mientras repasa algunos apuntes.

El muchacho se encoge de hombros –creo que lo menos que pueden hacer por alguien que va a sacrificar su vida por ellos, es proveerme de comida sustanciosa.

-No digas eso.

-Como quieras, princesita –así es como le ha dado por llamar a la hija del alcalde –por cierto, dile a tu amiga que deje de darle alas a mi amigo.

Madge gira los ojos –no le está dando alas.

-¿Entonces? No me digas que no es eso porque un día el panadero llega radiante de felicidad, casi tengo que tomarlo del pie para que no se vaya flotando, y al siguiente va que echa chispas y murmura que no la comprende, que si es fácil ponerla furiosa…

-¿Y tú que le dices?

-Que son sus cambios hormonales.

Madge se echa a reír de tal forma que varios transeúntes la miran con curiosidad. – ¡Lo siento! –se disculpa mientras tose para no ahogarse. – ¡Eres tan ocurrente! Mira que decirle eso… Katniss no le da alas y tampoco es su periodo. Es solo que ella no sabe cómo comportarse en estas circunstancias.

-No te sigo.

-Katniss siempre ha sido diferente a la mayoría de las chicas de nuestra edad. Mientras que todas pensaban en su futura vida matrimonial; ella tenía que pensar en lo que comería su familia ese día. Simplemente no tenía el tiempo de reparar en romances y esas cosas.

-Y entonces…

-Entonces no sabe que está enamorada. –Suelta Madge con una enorme sonrisa. – ¡Pero ni se te ocurra decirlo porque ella podría atravesarte fácilmente con una fecha! –le advierte con severidad.

Ethan asiente en comprensión pero agrega – ¿en dónde podré conseguir algo de carne?

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-¿Por qué estás tan molesta? –Le pregunta Peeta una tarde en que la obliga a detenerse y prestarle atención.

-No estoy molesta –dice pero su expresión demuestra lo contrario. Ha transcurrido una semana desde su pequeña discusión. Y casi quince meses desde que llegaron aquí. Es comprensible que se encuentre de muy mal humor. Es casi asfixiante no saber de su familia y tratar de aprobar la atención de traumas y amputación de miembros al mismo tiempo.

-Por favor, Katniss. Soy más listo que eso –le dice el joven girando los ojos. –Es por tu familia ¿verdad? –La joven asiente pensando que no es del todo una mentira – ¿y no puedes contactarte con ellos? Que Madge te haga el favor de…

-No –niega. Ha llegado el momento de compartirle el 'pequeño' asunto sobre su familia. Lo toma de la mano para llevarlo a un lugar en que no puedan ser oídos. Caminan hasta llegar a un sólido muro de cemento que protege los deslizadores. Mientras Peeta se recarga en la pared, ella comienza a platicarle todo –y entonces no tengo manera de contactarme con ellos –explica abatida –ni siquiera sé si siguen vivos.

-¿Has dicho que huyeron al… –baja la voz –…al trece? –Asiente por toda respuesta. Peeta parece planteárselo por unos momentos hasta que vuelve a hablar –tal vez pueda ayudarte –le informa antes de besarla en la frente y echar a andar en búsqueda de quien puede auxiliarle.

Katniss no sabe qué se ha perdido, pero su mano viaja inconscientemente a su frente, justo donde Peeta le ha besado.

¿Qué ha pasado?

Su contacto se muestra renuente al principio, pero este chico del doce le simpatiza, al igual que su fría enamorada. – ¿Sabes que si se llega a saber estaremos en grandes problemas? –le dice por enésima ocasión mientras obtiene de una tabla oculta, una vieja radio.

-Es un favor que te pagaré con creces –le dice Peeta intentando no delatar su nerviosismo.

-Recuerda que de por sí ya estoy arriesgando mucho al hablar contigo sobre ya sabes qué… –Peeta asiente mientras observa como es encendido el transmisor de radio ilegal.

Escucha palabras clave y honestamente no entiende nada, ya que no tienen sentido esas frases dichas en código. Cuando son enunciados una serie de números, Peeta supone que son los nombres de las Everdeen y de los Hawthorne dichas en cifrado.

Esperan tensos minutos por una respuesta del otro lado de la línea. Apuntan en un papel una secuencia de frases y números igualmente sin sentido. Cuando se corta la comunicación Peeta dice – ¿y bien?

-Fueron acogidos hace algo más de un año.

Peeta devuelve la sonrisa. –Gracias, amigo. Te debo una.

-Una muy grande –escucha que le dicen antes de que salga por la puerta rumbo al hospital.

Katniss se va a poner muy feliz.

Claro que cuando la joven recibe la noticia, su reacción es mayor a la que Peeta pudo haber aspirado.

-Oh, santo cielo… –atina Katniss a decir llevándose los dedos a la boca. Quiere hacer más preguntas pero su voz se quiebra y su cuerpo da pequeñas sacudidas. La emoción la sobrecoge y libera lágrimas de alivio. ¿Qué más importa que haga el ridículo frente a Peeta? ¡Ha recibido la noticia más maravillosa! ¡La más…! No tiene palabras para expresar su contento por lo que se expresa abrazándolo por la cintura en su lugar – ¿Cómo es que…? –alza un poco la cabeza para que pueda escucharla.

-Conocer gente tiene sus ventajas –le dice con una gran sonrisa, rodeándola por los hombros. Ver a la mujer que ama llorando de contento es suficiente paga y poder sujetarla, mucho más de lo ansiado

Katniss se siente tan feliz, tan protegida que sabe que no será la primera en soltarse. –Gracias –le dice escondiéndose en su amplio pecho. La sensación de calidez la sobrecoge y aspira con fuerza el dulce aroma de este hombre, que se las ha arreglado para conseguirle información sobre las personas que ama. –No tenías porqué…

-Lo he hecho por ti –responde suavemente.

La joven vuelve a alzar la vista para verlo con gratitud, con aprecio, con cariño. Recuerda que siempre ha sido su rayo de esperanza, su diente de león en primavera. Se miran por largos segundos a los ojos. Lentamente Peeta se inclina y Katniss cierra los ojos sintiendo como los labios ajenos se posan en los propios con suavidad.

Es apenas un ligero toque, como el roce del pétalo de una flor, pero es suficiente para que su corazón palpite desbocado. Sonriente y al mismo tiempo llorosa se aparta, no porque no le haya gustado, sino porque teme que Peeta de pronto pueda sentir el extraño revoloteo que se ha adueñado de su estómago.

En cambio el joven agente está muy orgulloso de sí mismo. Ha sido muy osado al hacer ese movimiento, pero ella no lo ha rechazado y ya es mucho decir viniendo de Katniss Everdeen. Este es el momento por el que ha estado esperando –Katniss, yo… –comienza a decir.

Es entonces que el edificio administrativo explota.

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Sangre, gritos, caos.

Todo viene junto en un paquete que no es bien recibido; pero que no tiene de otra más que aceptarlo. Cuando llega el primer herido; un desagradable hombre con rasgos felinos y sangrando del estómago, no puedo soportarlo y vomita a los pies de quien lo ha llevado.

Hay sangre, mucha sangre. Y Katniss no puede dejar de dar arcadas, sus oídos zumban y quisiera que Peeta estuviera ahí para sostenerla, para apartarla de esos horrores; no obstante debe recordarse que ella misma le ha pedido que por favor vaya a asegurarse de que Rue se encuentra bien.

-¡De pie, Everdeen! –Alguien la sacude por los hombros tratando de hacerla reaccionar, pero no puede.

No puede.

Hasta que una mano impacta contra su mejilla y el ardor la hace volver a la realidad. Con premura y coraje comienza a detener hemorragias y a guiar heridos al quirófano, donde especialistas se encargarán de los casos más graves.

-Es una suerte que no atacaran el hospital –alguien comenta.

El desagradable sabor de su boca está por provocarle nuevas nauseas, por lo que va al lavabo para enjuagarse. Mejora un poco, pero su reflejo en el espejo le dice que está pálida y sudorosa. Estas situaciones son de su madre, incluso de Prim, no de ella.

Tal vez si no piensa en que son personas…

Con determinación vuelve al trabajo y este comienza a reducirse rápidamente. Se ha dado una alerta y nadie puede abandonar sus edificios hasta que se haga un recuento de los daños y haya la seguridad de que no hay más bombas en el centro de entrenamiento. Hay hombres sentados en el piso abarrotando el pequeño hospital, pero ninguno de ellos es Peeta Mellark.

Ansiosa intenta concentrarse en algo, por lo que ordena gasas y vendas en el almacén. Termina y busca más actividades pero la jefa de enfermeras la nota ansiosa y la manda a recostarse. Ya ha anochecido para cuando se sienta largo tiempo en la soledad de una habitación mirando al vacío. La posibilidad de la guerra nunca ha sido tan real para ella como en esos momentos.

-Aquí estás –es Madge quien dice suavemente. En sus manos lleva un cono de papel lleno de agua y una píldora. –Es para que puedas dormir un poco –dice y obliga a su amiga a tomarla.

-¿Puedo entrar? –pregunta Peeta abriendo la puerta.

Madge dice que los dejará solos –la pastilla hará efecto en diez minutos –advierte y se va.

El agente se sienta en la cama junto a la joven. –Rue se encuentra bien, un poco asustada pero ahora debe encontrarse durmiendo.

Katniss asiente pero no deja de notar que el joven lleva puesto el uniforme blanco de los agentes y que juguetea con el casco que lleva cargando. – ¿Por qué vas vestido así?

Peeta encuentra demasiado interesante su yelmo, y esto comienza a molestar a Katniss pero entonces él le dice –nos envían al distrito tres. Solo tengo unos minutos pero quise despedirme antes.

Katniss asiente torpemente, luchando contra la pastilla para dormir. Y Peeta quiere expresarle muchas cosas pero entonces al girar la cabeza para ver a la joven; ella estira su torso y lo besa.

No es como el primer roce que compartieron hace horas; este es un momento más íntimo, lleno de miedo pero también desesperado y añorado por ambos. Los cálidos labios de Peeta se mueven anhelantes, sus pulsaciones se sincronizan. Katniss le deja profundizar el beso separando sus labios, permitiéndole un acceso completo a su boca.

Peeta responde con ardor, envolviendo a la joven con sus brazos, acercando ligeramente su espalda arqueada contra él, cercándola como si fuera el tesoro más preciado del mundo; porque para él lo es. Y porque en esos momentos, ajenos a todo y lejos del mundo, sabe que se pertenecen el uno al otro.

Con lentitud van bajando la intensidad de tan apasionado beso, la pastilla haciendo efecto. La joven se aferra a una de las cálidas manos de Peeta porque no lo piensa dejar ir. Lo quiere a su lado, donde puede mantenerlo a salvo. No entiende porque lo ha besado, ni porque quiere repetirlo, pero mientras batalla contra la inconsciencia lo hace prometer que volverá a ella.

Y entonces se sumerge en un profundo sueño.

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Una lluvia de disparos les da la bienvenida apenas han bajado del deslizador. Desde ese instante Peeta sabe que el distrito tres será un terreno duro de enfrentar.

Si los agentes de la paz avanzan para recuperar terreno, son tomados por sorpresa haciéndoles retroceder de nueva cuenta. Los rebeldes del tres están bien organizados, a diferencia de los del distrito seis que fueron tan fáciles de someter. Además conocen de tecnología y al parecer hicieron bien su trabajo al dotarse de armas tan avanzadas como las que el Capitolio ha entregado a sus agentes.

Dos tiendas de campaña han sido incendiadas y han tenido que reubicar a los desalojados, por lo que sus de por sí ya pequeños espacios se contraen aún más. Sin embargo no importa que esté recostado pegado a la pared, porque cuando no le toca guardia, libremente dedica unos minutos para evocar la imagen de Katniss pegada a su cuerpo.

El cálido roce de su pecho contra él, la estrecha cintura que puede envolver fácilmente con un brazo. Recuerda que él abrió los ojos durante el beso para poder grabar en su memoria las mejillas acaloradas de la joven, los delicados parpados enmarcados por finas cejas, la nariz respingada.

Volverá porque se lo ha prometido; y si ella quiere volverlo a ver ¿qué es una guerra para impedirlo?

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Basta que cierre los ojos para volver a sentir los labios de Peeta en ella, lanzando a través de sus nervios una suave pero nítida sensación de placer que la genera tanto felicidad como vergüenza. Por supuesto que deja estos momentos para cuando es de noche y nadie puede verla.

Se forma una brigada de enfermeras para enviarlas a la zona roja del distrito tres, donde se informa que ha habido bajas en las filas del Capitolio. Katniss se apresura para ofrecerse de voluntaria; pero le es negada la salida. Discute con su jefa, pero esta le contesta que su nombre no ha aparecido y que buscarle el permiso únicamente retrasará la salida del grupo.

-Además no será zona donde puedas detenerte a vomitar –le echa en cara aquel día que los rebeldes inmiscuyeron una bomba al centro.

Rabiosa va en busca de Madge, pero su amiga solo puede decirle que lo siente.

-¿Pero vas a ir tú, no?

La rubia asiente. –Salimos en quince minutos.

-Quiero ir en tu lugar –dice decidida, porque aunque el tres está lejos de donde en teoría debiera estar el distrito trece, un joven de ojos azules la atrae al distrito de la electrónica.

-Si nos descubren tendremos muchos problemas.

-No lo harán, todo será un caos allá y no lo notarán. –Intenta convencerla desesperada.

Pero Madge está consciente de que Katniss no piensa con claridad, así que ella debe pensar por ambas –es arriesgado.

-¡Entiende que debo ir a buscarlo! –Exclama antes de cubrir su boca con ambas manos, los ojos abiertos al darse cuenta de que ha expuesto en voz alta su verdadero motivo para querer unirse a la brigada.

Pero Madge no la mira con extrañeza; más bien como si supiera el porqué de su desesperación desde hace tiempo –es una locura lo que me propones hacer, Katniss. Pero me aseguraré de que Peeta regrese a salvo.

Esa noche Rue la consuela mientras metida en sus brazos le canta una suave balada.

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Madge se las ve difícil para dar con Peeta Mellark. La carga de trabajo es inmensa porque deben esterilizar en su totalidad un pequeño edificio que el Capitolio ha logrado conseguir para montarlo de hospital provisional. Con todas las manos expertas muy ocupadas en atender heridos, a ella le toca limpiar letrinas, lavar salas de quirófano y desinfectar áreas cerradas. Por un segundo ha pensado que hubiera sido mejor enviar a Katniss, porque se las hubiera arreglado para librarse de sus labores, en cambio ella nunca ha sido lo que se considera ingeniosa.

Pero su oportunidad llega de un modo trágico cuando un grupo de agentes heridos es canalizado al área donde está acomodando antibióticos por orden alfabético. El bonche de pelo rubio y rizado que sobresale en una camilla le paraliza el corazón. Juró a su amiga que lo haría volver a ella, pero ahora ya no está segura de poder cumplir su promesa.

Con mucho más valor del que siente, se acerca a donde ha sido dejado el cuerpo del joven agente –herida de bala en el hombro izquierdo –le explican quienes lo han llevado antes de volver a alzar sus armas y correr a la salida.

Los disparos se escuchan tan cerca que Madge teme que de un momento a otro el enfrentamiento entre al hospital, pero por ahora un quejido vuelve a llamar su atención.

-Peeta, escúchame. Debes calmarte ¿de acuerdo? Debes… debes de estar tranquilo mientras consigo ayuda.

El joven la mira con los ojos desenfocados; está sudando y no deja de sangrar aunque ella ha presionado una gasa contra su hombro. Desesperada pide ayuda pero quienes pueden socorrerle están atendiendo casos de mayor gravedad.

Otro quejido de dolor y el recordatorio de su promesa a su única amiga le dan la decisión de sacar la situación adelante. Sin embargo su cuerpo piensa de otro modo y sus manos tiemblan tanto que apenas es capaz de sostener un par de tijeras para romper la tela del uniforme. Intenta moverse rápido para llevar a cabo el procedimiento que le han enseñado con modernas máquinas; pero esto es la vida real y el olor a sangre también lo es.

Inyecta un líquido en el brazo, cerca de la herida lo que ayudará a evitar infecciones. Y como sabe dónde están los medicamentos, consigue tabletas para el dolor –tranquilo, Peeta. Me aseguraré de que regreses con Katniss. –Es asombroso como al escuchar el nombre de su amiga, el rostro de este se relaja visiblemente.

-Hay lugar en el quirófano B –dice una enfermera apareciendo por el otro pasillo.

-¡Aquí! –Exclama Madge empujando la camilla donde el cuerpo de su amigo comienza a dar leves sacudidas.

Peeta es trasladado de inmediato donde un médico se encarga de extraer la bala de su hombro.

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Katniss tiene un muy mal presentimiento, pero es difícil de notarlo cuando ha estado presagiando malas cosas durante casi año y medio. Sin embargo la llamada que recibe desde el distrito tres confirma su inquietud ese día, y aunque Madge ha asegurado que Peeta se encuentra estable está inquieta. No podrá descansar hasta que pueda verlo con sus propios ojos.

Por eso cuando llega un aerodeslizador proveniente del distrito tres unos días después, ella está preparada para recibir a los agentes que deberán permanecer en terapia por algunas semanas. Será un trabajo extra, además de todas las actividades que debe realizar usualmente; pero eso no le importa ahora, todo lo que quiere es ver una vez más esos ojos azules como el zafiro.

Intenta no gritar cuando le asignan a alguien que no conoce y mejor se apresura a ubicarlo para poder volver y encontrar a Peeta.

Pero recibe algunos más y en ningún momento puede verlo. Mientras va al almacén por los medicamentos del paciente número 13 y regresa para administrárselos, escucha risas sin importancia provenientes de una habitación cualquiera. Con el mal humor causado por no haber visto a Peeta aún, echa un vistazo a la recamara, pero solo porque no puede creer que cuando hay tanto por hacer, una enfermera este tonteando con un paciente.

Que por cierto es Peeta Mellark.

Las risas de pronto le importan y le ponen de peor humor.

Irrumpe a la habitación y las dos personas que están ahí, parecen sorprendidos de verla.

-¿Katniss? –pregunta Peeta con emoción, sentado en la cama con el torso descubierto.

Pero la joven no repara en la brillantez de sus ojos al reconocerla, sino que ve única e intencionalmente a la pelirroja mientras cruza la habitación hasta besar posesivamente a Peeta en la boca.

Hasta que escucha el azote de la puerta al cerrar, es que finalmente se separa. Los ojos de Peeta y la sonrisa tan grandes la hacen fruncir el ceño – ¿qué? –pregunta ajena a la expresión frente a ella. No es hasta que Peeta aprieta suavemente su cintura que repara en la forma en que lo tiene bien sujeto de los hombros, su cara se torna roja.

-Hazlo de nuevo –pide él con voz extrañamente ahogada.

-¿Hacer qué? –pregunta porque no entiende, o no quiere entender, o tal vez porque simplemente no sabe porque ha hecho lo que ha hecho.

-Esto –responde él y sin darle tiempo a reaccionar la besa con pasión, deseando expresar a través de este momento todo lo que siente por ella.

Katniss cede de inmediato abriendo sus labios, permitiendo acceso a la lengua ajena. Sus manos pronto se deslizan por el amplio pecho del joven, acariciando la venda que le envuelve el hombro, hasta que le rodea el cuello y le acerca más a ella, profundizando más el beso.

Entonces empieza a sentir un hambre que desconoce. Un deseo insaciable de seguir besando a su hombre del pan, porque es de ella; ahora sabe que siempre ha sido suyo. Por esa misma razón no se aparta cuando los dedos de él se deslizan hasta su cadera, y calor irradia del punto donde sus yemas tocan su piel expuesta.

Con la audacia que concede la pasión, Peeta muerde suavemente el labio inferior de Katniss y la siente arquearse de placer entre sus brazos, sus senos rozando contra su pecho. Cuando ella echa la cabeza hacia atrás, los labios del joven recorren su cuello con ardor, provocando que se escape un gemido de su boca.

Katniss se estremece sorprendida por las sensaciones que Peeta le está haciendo sentir, y comienza a sentir un ardor intenso en la parte baja de su estómago, así como una ajena humedad que siente repentinamente entre sus piernas. En algún momento sus dedos se enroscan en los dorados rizos y responde las atenciones recibidas besando la mandíbula del joven.

Cuando Peeta susurra su nombre, ella abre los ojos para clavarlos en los hermosos azules de él que destellan con deseo. Hace demasiado calor y aunque avergonzada desvía pronto la mirada, pero esta termina recorriendo los hombros blancos, los músculos descubiertos, y en cómo está metida entre sus brazos y tan pegados el uno al otro que no cabría un alfiler entre sus cuerpos.

Su boca se llena de agua que no puede decir algo coherente, pero Peeta se encarga de llenar el silencio –eres tan hermosa.

-No es verdad –contesta finalmente sintiéndose acalorada, intenta separarse de este buenazo que le embota los sentidos con facilidad.

Pero el joven agente no está dispuesto a dejarla ir fácilmente –lo eres –insiste envolviéndola de tal modo que pueda oler la concavidad de su cuello. –Y hueles tan bien.

No puede evitar cerrar los ojos sintiendo nuevamente ese placer que nunca antes ha experimentado. Entonces recuerda que estuvo a punto de perderlo, que bien pudo haber muerto y que ella no estuvo ahí para evitarlo. Entonces un miedo muy familiar se apodera de ella y siente tan viva la posibilidad de haberlo perdido para siempre que se aferra a él como si su vida dependiera de ello. –Tuve miedo de perderte –se arranca las palabras porque necesita hacerle saber que le importa. Que siempre le ha importado.

Porque recuerda cada ocasión que lo descubrió mirándola, porque ella también lo hacía con él. Realiza que siempre ha estado pendiente de este joven cuando vivían en el doce, cuando sus vidas no eran amenazadas con una guerra inútil y peligrosa. Notando que podía con facilidad levantar costales de harina, y como sus músculos se contraían en esa competencia de lucha.

El deseo que vio en los ojos del joven hace unos momentos lo siente ella también, pero únicamente se atreve a expresar –te he extrañado –sin soltarlo.

-Y yo a ti –dice temeroso de que pueda hablar de más y termine alejándose de él.

-Debes descansar –recuerda ella rompiendo finalmente el abrazo. Él protesta pero no permite reproches y lo obliga a tumbarse. –Vendré a verte dentro de una hora –le asegura inclinándose a besarlo una vez más, porque lo siente correcto y ¿porque no?, porque se siente bien hacerlo.

-¿Lo prometes? –pregunta como un niño pequeño.

Katniss sonríe suavemente –lo prometo.

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En el próximo capítulo aparecerá un personaje con actitud abrasiva ¿adivinan quién es?