¡Gracias por su maravillosa respuesta al capítulo anterior! Tantos comentarios tan hermosos me dejaron sin palabras. En agradecimiento quería publicar desde el miércoles, pero tengo problemas con mi lap y no pude tenerlo listo ese día. Espero que por esa razón no me haya quedado demasiado flojo el capítulo.

En fin, disfruten y que pasen un excelentísimo fin de semana.

Capítulo XIV


-Consíguenos más tiempo, Boggs.

-No puedo, Gale. –Le dice el trasnochado Teniente. –He intentado razonar con la presidente sobre la orden, pero ha dicho que no es momento de ablandarnos. Incluso me ha pedido que ponga un ojo sobre la señorita Everdeen. La obstinación en el asunto la ha hecho levantar sospechas.

-¡Pero eso es ridículo!

-Lo sé, pero ahora mismo hay demasiado en juego. ¿Qué pensarán los soldados cuando vean que ha liberado a un agente de la paz? ¿A uno que además es oficial en jefe?

-Pero si explicamos que era un espía…

-¿Sin nadie que lo avale?

Es verdad, no pueden. De hecho Gale lo entiende: aceptar la palabra de una enfermera que ha llega del centro para agentes del Capitolio, y de un agente enemigo, que seguramente ha disparado su arma contra soldados rebeldes, dejaría en una postura difícil a la líder de la rebelión. –Pero nosotros les creemos –dice tratando de convencerse a sí mismo.

-Sí, pero eso no es suficiente –dice el Teniente. El caso de la joven ha tocado una vena sentimental que no creyó que aun existiera en él. No cuando su esposa y su hija fallecieron en la epidemia que liquidó a buena parte de la población del trece.

-¿Qué podemos hacer entonces? ¿Insistir en localizarlos? –Suena como una opción viable, pero no parece convencer a Boggs.

-Me preocupa que tanta insistencia llame la atención y terminemos poniendo en peligro la vida de nuestros espías.

Gale se ríe por la ironía de lo que ha dicho su superior, pero entonces una idea cruza la mente del sargento mayor –tal vez nosotros no podamos, pero conozco a alguien que sí.

Beetee.

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Se ha aferrado a permanecer toda la noche al lado de Peeta, pero el guardia de la celda no lo permitirá.

-Son las reglas aquí, señorita. –Replica el soldado esforzándose por ser amable con la amiga del Sargento Hawthorne; el valiente héroe que derrotó al distrito dos.

-Pues no pienso moverme –dice cruzándose de brazos y plantándose bien firme al lado de Peeta.

-Le repito que si no sale por las buenas, tendré que obligarla, y rehusarse a obedecer una orden directa amerita castigo.

La amenaza del correctivo alerta a Peeta, quien suplica –ve a descansar, Katniss.

El soldado ve con cierta sorpresa como la enfermera se vuelve a inclinar y con suavidad le dice al prisionero que no lo hará. ¿Es que además de obstinada es bipolar? No se pierde del intercambio de miradas, o de como la mujer parece ser otra cuando se dirige al agente. – ¿Son cónyuges?

La cuestión paraliza a Katniss completamente.

-No lo somos, señor –dice Peeta tratando de no reír por la cara de su amada. Pero de pronto todo atisbo de risa se acaba cuando recuerda que ya nunca tendrá la oportunidad de serlo. – ¿Por qué pregunta?

El guardia se encoge de hombros –si estuvieran casados podría permitir la visita conyugal. Ya saben, para que… que… ustedes… –Balbucea cuando Katniss se ruboriza salvajemente.

Y lo mira con el entrecejo fruncido. –Si nos casamos, ¿podré pasar aquí la noche?

Ambos hombres la miran con la boca abierta de la impresión.

Peeta se repone lo suficiente para interponerse –Katniss, no tienes que…

-Cállate, Peeta. Estoy esperando una respuesta –obliga antes de que pueda pensar la locura de lo que está proponiendo.

-Si podría, en teoría. Pero casarse es un privilegio que no tienen los prisioneros.

-¿Entonces por qué me sale con esto? –pregunta enojada. –Si no tiene soluciones, por favor absténgase de opinar.

El guardia se vuelve a poner firme, ofendido de que le hable así alguien con rango inferior al suyo –salga ahora mismo, o tendré que encerrarla por insubordinación.

-Vete, Katniss. –Pide Peeta.

-Pero… –no quiere hacerlo.

¿Es esta la despedida?

-Vete.

es demasiado doloroso…

-¡No me iré!

saber que no volverán a estar juntos…

-Katniss…

y que perderá a quién más has amado en el mundo.

-¡He dicho que no me iré, Peeta Mellark! –Señala al soldado –antes tendrá que sacarme muerta.

-¿No se irá, o sí? –le pregunta el guardia al cautivo.

-No lo hará –y orgullo brilla en sus ojos.

El duro soldado ve por primera vez una persona en su prisionero. No para qué causa sirve o de qué lado está; si es amigo o enemigo. Hoy sus ojos leen la historia de cualquier otro hombre: uno con un pasado y un presente; alguien que sueña con tener un futuro, pero que la guerra se lo ha prohibido.

Ve a alguien que tiene a quien amar, y quien reciproque ese sentimiento. –Bien –accede pero con un tono que aclara que es él quien lo permite. –Pero le aconsejo que no ponga resistencia cuando vengan por él ya que no serán consecuentes como yo. –Dice comenzando a salir por la puerta, dispuesto a fingir que únicamente vigila a un hombre, no más.

Asegurándose que el soldado no les ha engatusado, finalmente con pasos cautelosos se vuelve a sentar junto a su Peeta, se agarra de su brazo y recarga la cabeza en su hombro.

Aún les quedan algunas horas.

-¿Qué haremos?

Peeta responde –Yo solo quiero pasar cada posible minuto del resto de mi vida contigo.

No es lo ha querido de respuesta, pero por ahora es la mejor que puede recibir.

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El sonido de la puerta al abrir, logra despertarla.

Madge, que yacía recostada en el sucio piso, se endereza lo suficiente para sentarse. Las demás mujeres duermen, o fingen hacerlo.

Quien quiera que haya entrado, no enciende la luz, pero la joven sabe que se está moviendo entre ellas con cuidado de no hacer demasiado ruido.

No sabe por qué, pero la presencia de esta persona le ha dado miedo.

Entonces siente como levanta abruptamente a una mujer que se encuentra a unos cuantos pasos a su izquierda. La somete fácilmente porque la ha tomado por sorpresa, aunque Madge puede escuchar el forcejeo que se suscita violentamente.

No tarda en deducir cuales son las intenciones de este hombre; pero nadie hace nada por evitarlo.

Mejor otra que ellas.

Pero Madge siente la ira invadir su frágil cuerpo, y se llena de valor. –Suéltala –ordena con toda la autoridad que puede reunir. Porque esto no debería permitirse; humillar a una mujer únicamente porque pueden hacerlo.

Los movimientos del agresor se frenan, pero únicamente unos instantes ya que vuelve a su tarea de llevarse a una prisionera para abusar de ella.

-He dicho que la sueltes –dice Madge poniéndose de pie para darle alcance al agresor y evitar que se lleve a la mujer.

Ahora si sabe que las demás están despiertas, pero que no intervendrán; por lo que hace lo único que se le ocurre: se abalanza contra el abusador. Forcejea contra el tipo, y Madge le entierra los dedos en la cara, llevándose un poco de piel entre sus uñas. El agresor se la quita de encima con rudeza, pero antes de que Madge pueda volver al ataque, escucha el sonido del casquillo activándose. Esto la frena porque, ¿qué más puede hacer?

-No te metas –sisea peligroso.

A pesar de la oscuridad, Madge distingue la silueta de la desvanecida mujer en los hombros del guardia. Esto la enfurece aún más. – ¡Hazlo, cobarde! –Chilla fuera de sí. – ¡Hazlo y mañana tendrás que explicar porque le metiste una bala a una prisionera durante la…!

El soldado le golpea en la boca con su arma – ¡Cállate, pe***!

La fuerza le gira la cara y la hace caer. No tiene tiempo de reponerse y detenerlo, pero con ella se queda la amenaza de que será la siguiente.

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-A esto añadimos la frecuencia del Capitolio… ¡y listo! –exclama triunfante el genio del distrito tres. –No está mal para haberlo arreglado durante la madrugada, ¿eh?

-Pareces demasiado eufórico para la hora que es. ¿Qué has tomado, Beetee?

-Dos tazas de café negro sin azúcar –le contesta el vencedor a Gale, mientras gira y aprieta eufóricamente botones similares. –Ahora recuérdame, ¿a quién buscamos?

-Plutarch Heavensbeen –repite por tercera vez.

-No tocaría eso si fuera usted, señor Boggs –dice Beetee sin apartar la vista de la pantalla. Lo que tiene sobre su escritorio es una caja de considerable tamaño llena de lucecitas y perillas, una aguja se balancea de un lado a otro y a esta se conecta una antena parabólica de forma circular.

El Teniente le hace caso y se aparta cautelosamente de lo que parece una inofensiva planta de color rosa pálido. – ¿Qué se supone que es?

-Una planta carnívora, pero no esas que comen mosquitos. Esta fue usada durante el segundo Vasallaje, y su especie está programada para arrancarle el brazo si no guarda una distancia prudencial.

-¿Y porque tienes eso aquí, Beetee? –Pregunta Gale asqueado, detestando todo lo que proviene del Capitolio.

-La presidente Coin quiere un informe detallado de cada cosa que el Capitolio pueda usar ahora que estamos tan cerca de invadirlo.

El sargento no cuestiona los motivos. Ha aprendido a no subestimar a los contrarios y en el caso de esta guerra; su enemigo es muy peligroso. – ¿Has conseguido algo?

-Aún no, pero esto lleva algo de tiempo.

El Teniente Boggs revisa su reloj de pulsera. –Pues espero que no demasiado porque tenemos solo unas pocas horas antes del mediodía.

No bien termina de decirlo, cuando el aparato de Beetee comienza a echar humo.

Esto es una mala señal.

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Abre los ojos somnolienta. Siente de inmediato dolor en el cuerpo por la postura en que se ha quedado dormida.

¡Se ha quedado dormida!

-¡Peeta! –exclama irguiéndose asustada, para encontrarse con que los ojos azules aun le regresan la mirada. Deja escapar su respiración llena de alivio. Con sus brazos rodea a Peeta por la cintura y esconde su rostro en el pecho para poder llorar nuevamente.

No le dice que no llore, porque él hace lo mismo.

Se sabe el causante de su dolor.

-¿Cantarías para mí? –se atreve a expresar en un suave susurro su petición.

La joven no contesta, pero comienza a entonar una canción desde donde está. Porque se está mejor ahí que en la realidad del mundo exterior.

· En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,

· hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;

· recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo

· y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.

· Este sol te protege y te da calor,

· las margaritas te cuidan y te dan amor,

· tus sueños son dulces y se harán realidad

· y mi amor por ti aquí perdurará.*

-¿Ya te he dicho que te amo? –Peeta rompe el suave silencio que ha dejado el final de la canción, imposibilitado para limpiar la lágrima que escurre por su mejilla.

-Hoy no –murmura abrazándose aún más a él.

-Te amo. –Dice aspirando el aroma de su cabello, la esencia de su piel. Si bien morirá hoy, sabe que lo hará tranquilo. Ha cumplido su misión, y no se refiere a haber mantenido a Katniss Everdeen con vida; sino a haber ganado su corazón.

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-Once y media. –Rue aparece por el hospital para acompañar a su amiga a la habitación que comparten; donde esperaran a que llegue Katniss siendo conscientes de que no podrán consolarla.

No hablan nada en el camino, ni cuando llegan al lugar que ahora es su hogar.

Es como si los dedos fríos de la muerte les alcanzaran a ellas también, y no lo pueden evitar.

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La hora ha llegado.

Se escucha el resonar de las firmes pisadas que transitan en el corredor.

-No –dice Katniss con terror. Se levanta y obliga a Peeta a permanecer sentado.

Escucha el intercambio con el guardia de la celda, quien parece estar haciendo tiempo; brindándoles la oportunidad de despedirse.

-Katniss, recuerda que te amo y que siempre lo haré –dice Peeta apresuradamente poniéndose de pie, contra las protestas de ella.

-Peeta, no hagas esto por favor. No te despidas, no pod… –La joven puede verlo a los ojos un segundo, antes de que cinco hombres irrumpan a la celda violentamente.

-Prisionero, Peeta Mellark, se le acusa de… –el soldado detiene su lectura cuando se percata de que a quien le lee la hoja de sentencia es una mujer. – ¿Quién es usted?

Siente sus piernas temblar, pero no será el momento en que se acobarde. –Enfermera Katniss Everdeen.

-Bueno, enfermera, aquí no serán requeridos sus servicios porque este prisionero está sentenciado a morir –dice rápidamente el soldado. –Así que retírese porque tenemos una orden que cumplir.

-No lo permitiré –suelta con resolución.

Los ejecutores no tardan en alzar los fusiles en su dirección.

-Esperen por favor–comienza el acusado, tratando de razonar con ellos.

-Quédate atrás, Peeta –sin escucharle, Katniss le ordena colocándole una mano en el pecho sin apartar la vista del jefe.

-¿Es consciente de que está interviniendo en una orden oficial, señorita Everdeen? –Este pregunta con sequedad.

Ya se lo han dicho antes, ¿y qué? –No pienso permitir que lo maten –asegura sin importarle cuantas reglas esté transgrediendo en este momento.

-Apártese de inmediato –impasible da el mandato una vez más.

-No lo haré –replica obstinadamente ¿Qué no lo entienden? ¿Qué no ven que no piensa dejarlo morir? – ¡Peeta es uno de sus espías! ¡No pueden matarlo y ya!

-Lo único que sé, es que debe ser fusilado. Retírenla –manda a sus hombres que se apuran a obedecer sin dudar.

Peeta no sabe cómo responder mientras la escena se desarrolla ante sus ojos. Sabe con certeza que no quiere morir ahora que literalmente tiene todo lo que siempre ha querido, el amor de Katniss, pero lo que menos desea es que le toquen un solo cabello de su cabeza. Conforme los ve acercarse amenazadoramente hasta la joven, es que reacciona sintiéndose violento. – ¡No la toquen! –grita y se avienta inútilmente contra ellos, cuando forcejean para sacarla a rastras de ahí.

-¡Peeta! –no intenta frenar el grito de su boca cuando uno de los soldados doblega a su agente con fuerza bruta. Lucha con todas sus fuerzas, pero es imposible verse arrastrada a través de la habitación y echada al corredor.

Con desquiciado desenfreno se lanza contra la puerta, pero ya está firmemente cerrada. Comienza a golpearla con fuerza. – ¡No! ¡Peeta! –Vuelve a gritar pero su voz se va resumiendo a un doloroso quebranto – ¡Peeta! –Cae lentamente hasta alcanzar el suelo, mientras continua con sus cada vez menos desgarradores gritos, y más débiles golpes, esperando escuchar el tiro de gracia que acabará con su mundo.

Dolorosamente se lleva tres dedos a la boca y coloca en ellos un beso antes de regresarlos temblorosos a la puerta –… Peeta… no…

De un instante a otro, es empujada hacia un lado.

No ha escuchado venir a los tres hombres que la han apartado de en medio.

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¿Por qué hacen tan agónicamente larga la espera?

Tan fácil que es apuntar y jalar del gatillo; la única división entre la vida y la muerte.

Cierra los ojos mientras el soldado habla y habla, leyendo su sentencia y un listado sobre todas las mentiras que el Capitolio ha mantenido durante años; mientras exalta al mismo tiempo la rebelión y la espera de un futuro mejor.

Simples justificaciones para acallar sus sucias consciencias.

Al percibir el silencio, sabe que su hora ha llegado.

Abre los ojos para que pueda perseguirles en sus sueños como Cato le ha perseguido a él.

Se juró que no lloraría, pero se lo permitirá porque es la última vez que podrá hacerlo ¿y quién se atreverá a juzgarlo?

Enfrentará la muerte cara a cara, pero todo su ser interno permanecerá del otro lado de la puerta; donde, a juzgar por los débiles golpeteos, ha de yacer una Katniss desolada.

Murmura con todo su corazón un último –te amo –antes de morir.

Pero nadie sospecha que el destino es caprichoso, y que quien gobierna todo, ha decidido que esto no debe terminar así.

-¡Deténgase! –grita un hombre con autoridad azotando la puerta al entrar abruptamente a la celda.

Pero a quien Peeta reconoce es al que viene detrás de quien ha puesto un alto a su fusilamiento: es el espía con quien tuvo contacto en el distrito tres.

-¡Oh! –exclama el hombre de lentes en reconocimiento, pero antes de poder decir algo le ganan la palabra.

-¡Deténgase! –vuelve a alzar la voz el fornido hombre que desprende una evidente aura de autoridad.

-Están interrumpiendo una orden oficial de fusilamiento, Teniente Boggs.

El aludido asiente, pero le extiende un papel al encargado de la ejecución. –Lamento haber entrado así, Charles, pero si disparan a este hombre, se llenarán las manos de sangre inocente, y además de alguien que está por nuestra propia causa.

El soldado no le sigue y la confusión en su rostro se nota – ¿Qué quiere decir?

-Me ha llegado la información veraz, de que el agente Peeta Mellark es un espía nuestro –se gira con una leve sonrisa en los labios hacia el aliviado agente –y ha sido gracias a él que pudimos prever el ataque a nuestro búnker.

Peeta no puede resistir más todo el cúmulo de emociones y todo se vuelve negro.

-¡Peeta! –grita Katniss una vez más, apartando a Gale; quien se ha quedado atrás para auxiliarla. Tiene lágrimas en los ojos rojos que no se ha molestado de quitar mientras comprendía que Gale, de entre toda la gente, era quien le traía una oportunidad de mantener a Peeta vivo. Empuja a un par de hombres para caer al lado de Peeta, sin importarle las miradas que se han distraído con su interrupción.

El encargado del fusilamiento inspecciona el documento –no es oficial.

-¿Cómo? –varias cabezas le devuelven la atención.

-Que el papel no es oficial –dice simplemente devolviendo la hoja –efectivamente declara que un tal Plutarch Heavensbeen avala al prisionero como espía, pero eso pudo escribirlo cualquiera. Necesita la firma de este hombre y un sello de autenticidad.

El Teniente Boggs mira duramente al soldado, pero después de todo tiene razón.

-Puedo firmarlo yo –Beetee se hace notar. –Desde que he entrado he recordado al muchacho –sonríe nervioso ante la confusión de los rostros. –En casa formé parte de la rebelión y en una ocasión este muchacho –señala a Peeta cuya cabeza descansa ahora en el regazo de Katniss –me entregó información importante para nuestra causa. Por supuesto que lucía más joven, y menos robusto –enfatiza – ¿pero a quien no le envejece una guerra?

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Con todos los permisos otorgados, Katniss consigue una camilla y a dos voluntarios para trasladar a Peeta hasta el hospital.

La enfermera sabe que se encuentra en un estado deplorable, pero eso no le borrará la dulce sonrisa que mantienen sus mejillas.

-Estarás bien, Peeta, lo prometo –como es su costumbre le aparta los dorados rizos de la frente. Está debilitado por los pocos alimentos de los últimos días, que junto al estrés, han podido vencerlo en un profundo sueño. Lo baña incluso, no sintiendo esa incomodidad de atender cuerpos desnudos. Al contrario, descubre una vez más que es perfecto y hermoso ante sus ojos.

Acaricia su mejilla con amor. Aún no puede creer que lo tenga allí mismo, descansando en una limpia cama de hospital, con una respiración pausada que le transmite tranquilidad. Hace unas pocas horas al límite de la muerte; ahora a salvo bajo sus cuidados. Si no ha caído rendida, es porque quiere ser ella quien cuide de Peeta, no manos extrañas al fuerte cuerpo del agente.

Pero sabe que no ha sido por ella que Peeta está fuera de peligro. Sintiendo la mirada sobre sí, se gira un poco hacia la puerta y con una inclinación de cabeza, agradece la ayuda recibida. Una gris que empareja la suya le devuelve el gesto con fría cortesía.

¿Volverán a ser los mejores amigos algún día?

El leve ronquido de Peeta parece decirle que mientras Gale mantenga sentimientos por ella, eso será imposible.

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-¿Por qué lo has hecho, Gale? –indaga Primrose mientras están sentados en el ala del hospital, donde su madre, Rue, Gale y ella hablan sobre lo acontecido.

El sargento Hawthorne se encoge de hombros sin responder, y masoquistamente no apartando la vista de la habitación que mantiene la puerta abierta, donde Katniss atiende a Peeta diligentemente; ya que no ha permitido que nadie más se haga cargo.

¿Qué siente?

Obviamente que al monstruo verde de los celos. Sus ideas egoístas; que si Peeta hubiese muerto, él sería el ocupante a un costado de Katniss.

Pero no debería odiar a la persona que parece hacer feliz a su amiga.

El viejo Gale no lo haría; pero este lleno de resentimientos y con sed de venganza se permite hacerlo.

Pero no es odio simplemente, también hay algo de envidia y ya puestos; una mescolanza de indignación y dolor.

¿Por qué algunos parecen obtener todo; pero otros, como él, nada?

Su fuego encendido por la rabia y el odio le hacen prometerse que derrocará al Capitolio, y entonces luchará para ganar a Katniss Everdeen de vuelta.

Prim, que conoce bastante bien a los hermanos Hawthorne, sabe de antemano la respuesta de lo que ha preguntado al hermano de Rory: que ha sabido que no podrá competir por el amor de su hermana si Peeta muere. Siente tristeza por su amigo, pero espera que de algún modo, le sea recompensada la heroica acción del día de hoy. –Gracias por ayudarnos.

Gale no desvía la mirada pero asiente antes de levantarse, e irse muy lejos de ahí.

Dispuesto a alcanzar sus objetivos; uno por uno.

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Adolorido, vacío y roto, se levanta de la cama con sumo cuidado, apartando las sábanas de finísima seda y con la delicadeza de no despertar a su amante temporal.

Con nada que cubra su desnudez, llega al grifo del baño y lo abre para que corra agua limpia y caliente para enjugar su cara. Alza la cabeza para verse reflejado en el enorme espejo y ver las bolsas bajo sus ojos, así como lo pálido de su atractivo rostro, que después de lo que es obligado a hacer cada noche, le resulta despreciable una vez más.

Sí, es extremadamente guapo, pero, ¿quién imaginaría que ha sido más una condenación que una bienaventuranza?

Si no fuera por su dulce Annie, él mismo se habría rajado la garganta hace mucho tiempo.

Odia lo que hace. Odia su vida. Odia al Presidente Snow.

Con terror recuerda que unos pocos días atrás se rehusó a obedecer, y ese fue el motivo para que le obligaran a presenciar cómo le arrancaban un dedo a quien fuera su mentora. Antes que ver eso, hubiera preferido ser un Avox.

Sin embargo, esto no puede seguir así ya que Mags no durará mucho tiempo viva a este ritmo que han tomado contra él.

En ese instante decide que debe encontrar el modo de fugarse del Capitolio.

Al cuerno su trabajo como espía. Lo que en realidad necesita es tomar a Mags, a Annie y largarse de allí para siempre.

Y está seguro que lo logrará a cambio de jugosos secretos.

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Un día completo permanece en la habitación del hospital, hasta que un médico autorizado del distrito le brinda el alta. Además sus papeles se han arreglado en ese lapso, y es reconocido como un refugiado más del distrito doce.

En cuanto pone un pie fuera de su cama, le es otorgado un número de habitación y un horario de actividades, así como su puesto de soldado en la milicia.

Él hubiera preferido quedar en las cocinas, tan cansado como está de la acción, pero no puede quejarse: está vivo y finalmente con Katniss.

Sonríe plenamente cuando precisamente es ella quien se ha auto asignado para mostrarle su nueva vivienda.

-¿Mejor? –le pregunta la joven con una sonrisa que compite con la suya en tamaño.

La mira a los ojos –mejor.

Con el pretexto de que aún se siente débil, se apoya en su enfermera para caminar. Es curioso como Katniss le señala lo que ella cree, es importante para su nueva vida en el trece; cosas como la mejor comida del día, o sobre los horarios para tomar baños por turnos. Incluso alguna queja de lo profundo y oculto que permanece el lugar.

Peeta está más que contento de escucharla hablar, por lo que hace las preguntas indicadas en el momento adecuado.

Recorren algunos niveles, pero finalmente llegan al lugar donde Peeta dormirá.

-Es algo pequeño, pero por lo visto no tendrás que compartir con nadie aun –comenta la joven con aprobación al entrar primero a la pequeña recamara. Escucha que la puerta se cierra a sus espaldas –es…

No comienza la oración cuando Peeta ya la ha girado hacia él y se ha abalanzado contra sus labios, desesperado.

Katniss suelta una pequeña queja en medio del beso, pero se recupera a la velocidad de la luz y lo envuelve por el cuello con sus brazos, respondiendo con voracidad.

Peeta no puede obtener suficiente de ella. Es como si hubiera pasado días sin agua, minutos eternos sin aire.

Sin medir su fuerza, arrincona el cuerpo de ella contra la pared.

-Peet… –gime ante la fricción de sus cuerpos, antes de ser callada con un beso más.

No la dejará hablar.

Quiere besarla hasta la inconsciencia.

Quiere saborear su piel.

Quiere impregnarse de ella.

Ha pasado por un infierno y lo único en lo que quiere pensar es en Katniss.

Y quiere que ella solo piense en él.

Que solo lo desee a él.

Por eso se permite prometer contra su sien –haré que grites mi nombre, Katniss Everdeen.

Son sus arrojadas palabras y no las atrevidas caricias las que despiertan su libido y la hacen comprender que así como él la desea; ella lo desea así también.

Incapaz de decir algo, lo jala hacia ella para besarlo nuevamente, entonces sus sentidos se nublan cuando su lengua es asaltada agresivamente por la de él. Tiene una de sus manos enredándose en su cabello, la otra clavándose en su cadera.

Peeta la desea con todas sus fuerzas; y eso casi la hace desfallecer.

Mientras que a él, su calor, su olor; todo de Katniss lo vuelve loco.

Sin esperar demasiado se atreve a tocar cada parte de ella, a dejar su rastro por su cuello, por su pecho. Se deshace a medias de cada prenda que se interpone en su camino, las pesadas respiraciones de Katniss, son su permiso; sus gemidos, su aprobación.

Su ardiente respuesta, su pasión.

Sus húmedos besos, su mundo.

Y su corazón, es su hogar.

Katniss suplica con un hilo de voz que se apresure, sabiendo que no puede esperar más.

¡Lo desea y mucho!, solo que no se había dado cuenta con las preocupaciones de los días anteriores.

Conforme Peeta obedece al introducirse a ella con poder, Katniss finalmente grita el nombre de él con placer.

Este acto carnal, es un instinto duro y primitivo. Es rápido y únicamente pensado para obtener placer; para recibirlo. Para satisfacerse a sí mismos.

Con habilidad levanta a la joven contra su cintura, sin despegar sus acalorados cuerpos, para depositarla suavemente sobre la cama; y debajo de él.

Jadeante, la besa con amor mientras va disminuyendo de a poco su desbocada pasión.

La observa cerrar los ojos con ensueño, una sonrisa de plenitud en su rostro.

Pero él no piensa dejarla descansar.

Quiere más, mucho más.

Así que con más lentitud y tomándose su tiempo, comienza a deshacerse de la ropa, ahora arrugada, de Katniss y a plantar suaves besos en cada pulgada de su ser.

-Tienes que descansar –censura tratando de sonar severa, pero sonríe sobre las marcas de cosquillas en su piel.

-Uhm… –Aún se toma el tiempo de acariciarle los muslos, el vientre que va quedando desnudo. Le presta la debida atención a cada mejilla, al cuello, a los hombros. Adora fervientemente cada parpado, cada labio, cada pecho.

Susurrando el nombre de su chica con cada roce.

El cuerpo de la enfermera reacciona con nítidas vibraciones, y su boca voluntariamente se abre con cada vez mayor facilidad para decir –Te amo, Peeta.

Y él jura que siempre será fiel corresponsal de su amor.

No solamente sus cuerpos se fusionan esa tarde en la pequeña habitación del trece; también lo hacen sus palpitantes corazones y sus anhelantes almas.

Porque mientras se tengan el uno al otro; sobrevivirán.

Y mientras respiren, se amarán.

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Tres mujeres permanecen recostadas en sus respectivas camas, cada cual preguntándose en donde estará cierta morena de ojos grises.

-Cuéntanos como es que te enamoraste de Papá –Pide Primrose a su madre tras decidir que no puede seguir pensando sobre que estará haciendo su hermana mayor con el paciente que ha sido dado de alta desde la tarde.

Amelie se lleva la mano a la mejilla, donde se marca una sonrisa, recordando cómo fue que se enamoró del atractivo varón que vivía en la Veta. –August era muy apuesto y no había chica en el distrito que no lo hubiese notado. Además como salía a cazar a los bosques, tenía un aura de peligro que resultaba difícil de resistir. –La señora Everdeen sonríe al notar por el rabillo del ojo que la joven Rue se gira escuchándola con suma atención. –Solía visitar la botica de mis padres para intercambiar las plantas medicinales con los que preparábamos los medicamentos. En ese tiempo yo era unos pocos años más joven que August y me avergonzaba que papá fuera tan descortés en los trueques; así que solía ocultarme durante sus visitas.

-¿Y entonces como supo su esposo de su existencia, señora Everdeen? –pregunta Rue sin entender.

-Bueno…

Su hija se apresura a contestar –se cayó frente a él cuando una chica malvada le metió el pie.

Asiente confirmando lo que acaba de decir su niña –yo no le agradaba mucho a Claire, se llamaba ella, y de algún modo se enteró que a mí me gustaba August, por lo que quiso humillarme frente a él.

-Pero el tiro le salió por la culata –dice Rue contenta.

-Así es. Él me ayudó levantarme, pero me había torcido el tobillo y terminó llevándome a casa. Mi padre no estaba muy contento, pero yo no pude dormir esa noche rememorando cada detalle de lo acontecido.

-Cuéntale lo de su voz, mamá –pide Prim como la niña pequeña que fue hace unos cuantos años.

Rue la mira expectante.

-August solía cantar por doquier. Contaba con la más maravillosa voz de tenor que mis oídos han escuchado nunca, e incluso las aves se detenían a escucharlo.

-Katniss heredo ese don –agrega Prim con prontitud.

Rue asiente –es verdad. Recuerdo que la he escuchado cantar en algún momento.

La señora Everdeen toma aire antes de proseguir –Entonces enamorada de August lo estuve desde siempre, pero a partir de ese día, comenzó a saludarme y yo empecé a atenderlo en la botica. El día que confesó su amor por mí, mis padres me prohibieron volver a verlo.

-Y huiste.

-Y hui, pero hasta que una noche August me esperó cuando salía de la casa de una amiga algo tarde. Me dijo que me amaba y que no podía vivir sin mí. –Sonríe ante el recuerdo –por su puesto le creí, tenía bolsas bajo los ojos y parecía verdaderamente desesperado; debo añadir que yo no me encontraba en mejor estado.

-¿Y no sufrió al dejar a sus padres, señora Everdeen?

-Si lo hice, pero amaba demasiado a August, Rue, como para no casarme con él. –Escucha suspirar a ambas jovencitas.

-¿Crees que Katniss y Peeta se amen, como tú y papá?

Amelie piensa en todo lo que sabe o ha visto en las actitudes de su hija mayor; su desesperación por el muchacho, el brillo en sus ojos. Llegó diferente a como cuando tuvo que dejarlas forzadamente: menos enojada, más calmada. –No lo dudo ni por un segundo.

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La sonrisa de su cara se debe a que escucha que Katniss suspira, mientras con su dedo dibuja pequeños círculos en su pecho desnudo. – ¿Qué estás dibujando? –le pregunta curioso. Por más que intenta adivinar, es difícil no desviarse por las sensaciones que parecen despertar en él, al trazar esas inocentes florituras.

-Dientes de león –alimenta la curiosidad del hombre con simpleza.

-¿Qué tienen de especial? –pregunta sin comprender.

-Me dieron esperanza –dice colocando un pequeño beso sobre su corazón.

Peeta no comprende del todo, pero por esta ocasión lo deja pasar. Se siente muy bien, se siente feliz. –Desearía congelar este momento y vivir aquí por siempre.

Por respuesta Katniss le pasa el brazo por encima para abrazarlo. En su rostro hay ensueño, hay amor; lo que mejora aún más su apariencia en un cien por ciento. –Yo preferiría que justo ahora estuviéramos en casa. Entonces sí que sería perfecto.

-Es usted muy exigente, señorita Everdeen. –Comenta apegándola más a él. –Te digo algo, duérmete y sueña con casa; y antes de que te des cuenta estaremos de vuelta.

-No podré dormir. –Decide tras intentarlo varias veces. –Además ya debería irme.

-Quédate, descanso mejor estando contigo. –Permanecen recostados, uno junto al otro por un poco más de tiempo.

-Yo también… estando contigo, quiero decir. Pero sabes que no puedo. Prim ya se ha de estar preguntando en donde estoy.

-De acuerdo. Te dejaré ir, pero antes respóndeme algo.

-Pregunta.

-Cuando estábamos encerrados… ¿era en serio eso de casarte conmigo?

Katniss siente que hasta las mismísimas raíces de su cabello se tornan rojas de vergüenza. ¿En verdad pasó por su cabeza hacerlo? Sabe que ama al hombre, cuyo brazo utiliza como almohada; ¿pero casarse? Quiere decir algo, lo que sea para salir por la tangente, pero se le traba la lengua.

El cuerpo de Peeta comienza a sacudirse con risa. –Vale, lo he cachado –dice con humor. –Pero no dudes ni por un segundo que un día te haré mi esposa. Además no creo que a tu madre le guste la idea de que… nos sigamos viendo, si no hay un compromiso serio de por medio.

Katniss comprende bien el trasfondo en lo que ha dicho. Que si alguien se entera de lo que acaban de hacer, (¡tres veces seguidas!), su madre pondrá el grito en el cielo y prohibirá que Peeta se le acerque a menos de tres pies de distancia.

Peeta es el primero en levantarse y comenzar a vestirse –vamos. Te acompañaré.

-Mejor quédate a descansar. –Se miran a los ojos y llegan a la conclusión de que ya hay un ganador. –Bien. –Tal vez no puede darle una boda, pero si quiere acompañarla, ¿por qué negarse?

Salen andando despacio sin saber muy bien cómo actuar; lo que han hecho hace poco aun fresco en sus memorias. Casi sienten como si todos a los que se encuentran en su camino lo saben.

Muy sonrojada y tensa, Katniss piensa en algo que decir, pero se relaja de inmediato cuando Peeta entrelaza sus dedos con los de ella.

Cada quien mirando por su lado, pero sonríen imperceptiblemente mientras andan tomados de la mano.

Al llegar frente a su habitación, Peeta le da un beso de buenas noches, que podría jurar que la eleva del suelo. –Vengo por ti para ir a desayunar.

Asiente porque si abre la boca, saldrá un agudo chillido.

Espera hasta que la ancha espalda de Peeta desaparece de su vista, '¡Es tan sexy al caminar!', para entrar a su pequeño hogar, donde se encontrará con tres pares de ojos que la mirarán curiosos.

Afortunadamente nadie se atreve a preguntar en donde ha estado.

A excepción de Rue, quien le guiña un ojo, y de Prim que da risitas sofocadas.

-Inmaduras –les murmura por lo bajo preparándose para acostarse.

Ambas chicas estallan en carcajadas – ¡Katniss tiene novio!

La señora Everdeen las manda callar –hora de dormir.

Y Katniss cierra los ojos para dormir, y tal como dijo Peeta, sueña con estar en su casa, al lado del hombre al que ama.

Hoy habrá un poco de calma, antes de que regrese la tormenta.

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¿Que creen que pasará con Madge? ¿Logrará Finnick escapar? ¿Que problemas tendrán que enfrentar nuestros protas en el próximo capítulo? ¿El paralelismo en la historia es premeditada? ¬¬? ¿Les dejo spoilers? No, mejor los dejo en suspenso. ¿Me escriben reviews? Si, para que no tarde dos semanas en actualizar...

*La canción es de Suzanne Collins.