Les invito a leer mi nueva historia: Érase una vez

Capítulo XVII


-Gracias, prometo que no tardaremos mucho.

Peeta alza la vista para encontrarse con que su amiga de la infancia ha venido a visitarlo, y no llega sola: la familia Butler ha sobrevivido al bombardeo del distrito doce.

-¡Peeta! –exclama Delly con un chillido que hace llorar al bebé en sus brazos. Su esposo se acerca para cargar a su pequeña Mandy, y de este modo la rubia puede soltarse a llorar junto a la cama del paciente.

-Es bueno verte, Peeta –saluda Ross, detrás de él un pequeño chiquillo se aferra al pantalón de su papá.

-Lo mismo digo –dice Peeta conmovido hasta las lágrimas al ver estos rostros, al menos la mitad de ellos, familiares. Con las heridas frescas en todos, hablar sobre los muertos en el fuego no es una opción. – ¿Quién es este hombrecito?

-Él es William –se apresura a contestar la madre de los niños –tiene dos años. Acércate a saludar a tío Peeta, Will.

El pequeño rubio asiente tímidamente, sin soltar la mano que su mami le ha tendido.

Peeta recuerda que el hijo de Croiss ahora tendría tres años. Enjugándose las lágrimas, intenta mostrarse alegre para no espantar al pequeño que es una copia de su padre. –Mucho gusto, Will.

Si los Butler han ido a visitarlo solos, quiere decir que tampoco el hermano de Dell ha sobrevivido. Esto debiera ser una lección para considerarse afortunado y dejar de lado los días en los que odia seguir con vida mientras su familia no.

-Peeta, es hora de que tomes tu… –Todos en la habitación voltean para ver a quien ha entrado repentinamente. Katniss deja salir el poco aire para completar la frase –… medicina.

-¡Katniss! –Exclama Delly poniéndose de pie para atrapar en un agarrotado abrazo a la chica – ¡oh, por todos los cielos! ¡Que gusto me da verte!

-Ho… hola –dice con estrangulada voz.

-Dale aire, amor –sugiere Ross a su mujer.

-Sí. Lo lamento, es solo que ha pasado tanto tiempo –comenta con un dramático suspiro.

Katniss asiente en comprensión, aunque un poco aturdida por la emoción con que ha sido recibida. La amiga de Peeta está mucho más delgada que la última vez que la vio; pero todos lo están con las penurias de la guerra. –Es bueno verlos –dice y nada más.

Peeta sonríe orgulloso de su enfermera, como si fuera una gran conversadora, y Delly no deja de verlos con sospecha. Observa el modo en que la cazadora del doce se desenvuelve alrededor de su amigo; y el como le hace tomar las tabletas con sumo cuidado, así como también parece intercambiar palabras en apenas audibles susurros. Puede jurar que ha visto un intencionado roce de manos aunque algo limitado.

Espera a que la enfermera se retire, inventando torpes excusas, para decir finalmente con una enorme sonrisa –sabía que lo lograrías, Peeta.

Su amigo devuelve la sonrisa triunfante –me tomó algo de tiempo, pero cada segundo de espera ha valido la pena.

-Es ella, Ross –explica a su esposo. –Ella es la chica de la que Peet siempre ha estado enamorado. Le he contado todo sobre ustedes dos a Ross –le explica después a su amigo; su pareja asintiendo vehemente. –Lo que me recuerda –dice poniendo sus manos en sus caderas, risa en su cara – ¡tienes mucho que revelar, Peeta Mellark!

.

Todo el mundo le parece demasiado sospechoso.

Cada soldado tiene cara de ser el responsable de lo que le ha ocurrido a la hija del alcalde; pero simplemente no puede arriesgarse a tomar al tipo equivocado.

Madge sanará y entonces podrá decirle quien la ha agredido, pero mientras eso ocurre, ha pedido a su amigo Beetee que entre a las cámaras de vigilancia y le informe si llega a ver alguna anomalía. Lo haría el mismo, pero el entrenamiento para ir al Capitolio está en su máximo apogeo y no puede permitirse ninguna distracción.

Al menos hasta que un par de perfectas piernas se plantan frente a él, mientras arregla un fusil que se traba del gatillo.

-Busco a Beetee y me han dicho que tú puedes guiarme con él.

El sargento alza la vista, apreciativo. Que ame a Katniss, no significa que nunca antes, o después, mirara a otras chicas. Frente a él está una mujer muy guapa, enfundada en unos pantalones cortos y una camiseta a cuadros.

-¿Y bien? –pregunta la mujer impaciente; un rostro retador y una postura defensiva.

Sonriendo ladinamente, Gale se pone de pie, para recargarse en la culata del arma. –No suelo ayudar a extraños.

La chica gira los ojos, acostumbrada a este tipo de flirteo. –Mira, cara bonita, conozco mil maneras diferentes con las que podría asesinarte; así que si no quieres problemas, simplemente llévame a donde está Beetee y puede que perdone tu estupidez.

Está claro que no está interesada en el sargento, pero Gale no se siente herido ni nada por el estilo; después de todo sólo hay una mujer perfecta para él. –Hablas con un superior, así que te sugiero que cierres esa boquita tuya y te identifiques antes de que te mande a encerrar por insubordinación.

-Johanna Mason, Mr. Superior –escupe la famosa vencedora del distrito siete.

Gale no deja de sonreír, pero con menor entusiasmo –sígueme, te llevo.

Recorren el búnker hasta las profundidades. En el trayecto, Johanna le responde cortante algunas preguntas sobre la victoria del distrito siete. –Pero yo no estaría tan eufórico, hemos tenido considerables bajas.

-Es el precio que pagamos para ganar la guerra.

El silencio de la joven le dice que está de acuerdo con él.

Cuando llegan al cuartel de pruebas, Beetee se levanta veloz – ¡Johanna! –exclama con sorpresa para saludar a esta vieja amiga, a la que reconoce de inmediato. – ¿Cómo has llegado aquí?

La abrasadora mujer se encoge de hombros –con el triunfo en el siete, han ido a reclutar voluntarios para invadir el Capitolio, así que ya ves.

-No podías quedarte atrás –asiente el brillante genio, cuyas gafas siempre resbalan por su nariz.

-¿Y Wiress? –pregunta Johanna echando un vistazo alrededor.

Pero Beetee no responde, simplemente sacude la cabeza con pesar.

A Gale le impresiona que la mujer no diga nada, y que únicamente endurezca la mandíbula; gesto que él logra reconocer: promete vengarse de cada agente del Capitolio. Tal vez puedan entenderse después de todo.

-He conseguido la información de quienes estuvieron de guardia en la prisión –le informa su nervioso compañero extrayendo un buen montón de hojas –esto reduce considerablemente nuestra búsqueda.

Mientras Johanna los ignora, Gale revisa las listas –siguen siendo demasiados, pero supongo que es hora de investigar. –Suena su comunicador y se apresura a leer el mensaje. –Debo irme, Beetee. Me requieren en la sala de juntas.

-Increíble la clase de tontos que los rebeldes han utilizado para ganar la guerra –comenta la vencedora una vez que el sargento Hawthorne se ha ido.

-Gale es un buen chico –contradice Beetee volviendo a sentarse frente a su escritorio. –Es solo que como todos, ha sufrido las consecuencias de este conflicto.

-Ninguno ha sufrido más que nosotros, Volts –señala Johanna sentándose sobre el mueble de estudio.

-Lo sé, Jo, lo sé.

.

'Sus manos están llenas de sangre, al igual que su ropa y las del agente que ha asesinado. Sabe que es Cato Banks, pero algo está mal, por lo que gira el cuerpo con manos temblorosas.

Es Katniss a quien ha matado.

Aterrorizado por lo que ha hecho, se aleja del cuerpo ensangrentado de la mujer que juró amar por siempre. Pero sus talones chocan con algo blando y pesado que por poco lo hacen caer. Aparta la vista de su víctima, solamente para encontrarse con un campo rodeado de cuerpos incinerados; los de su familia entre ellos.

Ha sido él, quien ha destruido el distrito doce.'

Una vez más, esta horrible pesadilla lo ha despertado en medio de la noche. Sudando, se sienta en su cama, demasiado asustado como para levantarse de inmediato e ir al lavabo para aclarar su mente.

Sus horribles pesadillas siguen volviendo, cada vez con mayor frecuencia. Sobretodo estas, donde su mayor temor se ve cumplido, y es él quien ha quitado la vida a la única persona que le queda en este mundo.

-Katniss –el nombre dicho como una débil suplica, no es suficiente para desvanecer el espanto nocturno que ha invadido su habitación del hospital una noche más.

Necesita verla con sus propios ojos; saber que está bien y asegurarse que nunca se apartará de su lado.

Los dedos de su pie se encogen cuando tocan el suelo tan frío como una tumba. Se desbalancea al principio, pero logra alcanzar la silla de ruedas que alguien, seguramente Katniss, ha dejado a un costado de su colchoneta.

Los breves movimientos le cobran mucho esfuerzo y dolor, pero logra sentarse en la silla para salir de ahí. Desconecta la sonda de su muñeca y que sabe utilizar fácilmente, debido a todas las veces que ha permanecido en un hospital durante estos años, y empujando el asiento con sus manos, se abre camino hasta la sala de enfermeras donde Katniss ha de permanecer haciendo guardia nocturna.

Efectivamente la chica está ahí, dormitando sobre la mesita del cuarto. Un delgadísimo hilo de saliva mojando la libreta bajo su rostro.

Entre enternecido y divertido, se acerca más a ella con sigilo; pero el ruido de la silla logra alertarla –Peeta… –Se remueve en su lugar.

Es fantástica la forma en que, perdida en un punto medio entre su subconsciente y la realidad, logra ahuyentar todos sus pesares. –Katniss –la llama esta vez tratando de no reír. Pero cuando ella vuelve a nombrarlo con un ronroneo, el hombre se paraliza tragando fuerte.

Parece que nunca perderá el efecto que tiene en él.

Decidiendo que no quiere despertarla, aunque en teoría no debería estar durmiendo, Peeta da la vuelta, no sin dificultad, y regresa a su habitación, donde nuevas pesadillas lo esperan. En las que es un juguete del Capitolio; y de la guerra.

Pero pronto todo acabará.

Muy pronto.

.

-¡Katniss! ¿Katniss, eres tú? Lamento mucho lo de Peeta, en verdad.

Se gira cuando escucha esa voz a sus espaldas. Debe ir por Peeta, pero no puede dejar de detenerse cuando es – ¿Finnick? –Odair quien le está hablando.

El apuesto vencedor de broncíneos cabellos y ojos verde mar, la envuelve en un abrazo lleno de sentimiento –lamento mucho tu pérdida –en su cara una mueca de tristeza. –Sé que lo amabas, pero él ya está en un lugar mejor.

-Pero qué… ¿Cómo…? ¿Qué haces aquí, Odair? ¿De qué estás hablando? –ruborizada le da unas torpes palmaditas en el hombro, mientras hace las preguntas que llegan como lluvia a su cabeza. Varias mujeres cuchicheando vayan a saber que sarta de tonterías.

-¿Cómo que de qué…? ¡De Peeta! Supe que estaba en el dos cuando –baja la voz –los rebeldes…

-Aparta tus manos de mi chica, Odair.

El vencedor se queda con la boca abierta, con la frase incompleta, cuando ante sus ojos se presenta el agente que estuvo bajo su cargo hace mucho tiempo ya. –Pee… ¡Peeta! ¡Esto es un milagro! –Exclama abalanzándose sobre el hombre que creyó muerto hace largo tiempo. – ¡Un milagro! ¡Mira, Katniss, es Peeta!

Katniss gira los ojos presenciando la escena; es que es ridículo como Finnick se aferra a Peeta, igual que ella lo hace siempre que puede; pero porque Peeta es solamente suyo, y de nadie más. –Peeta tiene que ir a rehabilitación, Finnick. Así que déjalo ir.

El vencedor asiente separándose de su amigo –ya nos pondremos al tanto de lo que ha ocurrido, compañero. ¡Estoy ansioso por presentárselos a Annie!

Mientras dejan atrás al joven del distrito cuatro, Peeta es empujado por Katniss. Normalmente lo molesta que hasta en eso quieran ayudarlo, pero como es ella, le permite hacerlo.

-Todo un caso ese Finnick –opina Peeta haciendo conversación.

-¿Annie es la chica que…?

-Creo que sí. Ha de tener una buena historia que contarnos. Por cierto –agrega recordando algo –Dell me ha dicho que tienes el don de dormir a Mandy.

La joven suelta aire por la nariz –mentira. Es Prim quien logra hacerla dormir, conmigo llora y se retuerce como si la sujetara con pinchos en las manos. –Hace una pensativa pausa, recordando algún detalle. –Al que si parezco gustarle es a Will –le dice simplemente. Los niños nunca han sido su fuerte; pero los de Delly son tan simpáticos que le provocan curiosidad suficiente como para prestarles un poco de atención.

-No lo dudo. Siempre has tenido este tipo de efecto en los chicos de su edad. Aún lo tienes en mí.

-Como si no te gustara –le recuerda por lo bajo.

-Me encanta –concede Peeta.

-La prótesis que te pondrán la ha diseñado Beetee –comenta la enfermera conforme se acercan a la sala donde le ayudarán. –Me dijo Prim que es de lo mejor que hay en el trece. Dentro de poco andarás por ti mismo –dice antes de darle un beso y dejarlo en manos de especialistas. –Vendré por ti dentro de dos horas –asegura.

No necesita decirlo para que Peeta sepa que allí estará.

.

-Hola, Gale –da la bienvenida al sargento, quien suele pasarse por el hospital cada mañana antes de sus entrenamientos.

-¿Cómo está Madge, Prim?

A la hermana de Katniss le enternece la preocupación que Gale tiene por la hija del difunto alcalde de su viejo distrito. Incluso lo ha visto platicar en voz baja con Madge, y aunque esta no es capaz de responder, el sargento se ha de sentir bien por intentarlo. –Mucho mejor. Aun no come muy bien, pero son notables sus esfuerzos para salir a la luz.

-¿Cuándo le quitarán los alambres? –está impaciente por encontrar al malnacido que abusa de las mujeres de prisión.

-Dentro de dos semanas, pero no la harás hablar ¿verdad, Gale? –suplica Prim entristecida. –Será muy doloroso para ella recordar…

-No tengo opción, Prim. Mis búsquedas no están dando los resultados que quisiera y temo que el agresor quede suelto. La nueva Panem no necesita que tipos como él anden libres.

-Pero sé que si sigues buscando, darás con el culpable.

Mas Gale no opina así –lo dudo. Una vez ganemos la guerra, se harán muchos cambios y reubicaciones, y con tanto movimiento y papeleo, nuestra búsqueda podría irse al olvido. Además, sacar lo que le ha sucedido le ayudará a seguir adelante.

-Lo mismo opina mamá –suspira la chica. – ¿Por qué todo es tan difícil?

El sargento tiene una respuesta para eso –es una guerra, Prim. No se supone que sea fácil.

.

Transcurren varios días en los que Peeta tarda en acostumbrarse a su nueva prótesis; por lo que son requeridas muchas horas de terapia e infinidad de besos de Katniss para ayudarlo a salir adelante y se adapte a su nuevo miembro.

Finnick visita a su viejo aprendiz y suele llevar consigo a su Annie, que ha resultado ser una chica muy dulce, aunque algo traumada desde que saliera vencedora en unos Juegos del Hambre. Renuentemente, Katniss ha llegado a tomarle aprecio. –Su único defecto es Odair. –Dice con seriedad más el brillo en sus ojos la delata. Ella también está contenta con la felicidad de la pareja.

Peeta no puede dejar de preguntarse si algún día Katniss aceptará ser su esposa.

-Si es como yo, según dices tú, nunca lo hará, chico –le gruñe Haymitch apático; su desintoxicación no ha mejorado en nada sus rudos modales.

-Tal vez si le repito lo que acabas de decir, que es como tú y que tú no te casarías, entonces puede que ella misma me arrastre al civil –replica el joven mientras prepara sus pocas posesiones para finalmente volver a su compartimiento, donde le espera una cama vacía y mayor soledad que nunca.

-¿Listo para irnos, Peeta? –pregunta la enfermera regresando con las pastillas que el joven debe seguir tomando.

Peeta asiente, dándole unas palmadas en la espalda al amargado vencedor –llévala tranquila, Haymitch.

-Como siempre –vuelve a gruñir. Cuando la pareja está por salir, agrega –podrías vivir cien vidas y no merecer a este chico, preciosa.

-Ignóralo –dice Peeta jalando a Katniss con él.

En su paso varias enfermeras, aliviadas de que el difícil paciente se vaya, les dan el adiós, y otros más, no dejan de percibir la notable cojera del soldado; pero ambos jóvenes caminan ajenos a lo que ocurre alrededor de ellos.

Llegando a la que es su habitación, para ninguno pasa desapercibido lo vacío y triste que es el cuarto; y Katniss no deja de sentir una punzada de culpabilidad que no logra entender. –Estarás bien, Peeta –dice más para convencerse a sí misma.

-Uhm –responde sentándose en la desvencijada cama.

Se quedan en silencio; uno pensando en la soledad, otra, en las palabras del viejo barrigón de Haymitch.

-Él tiene razón… –murmura con una nota de tristeza. Peeta le presta atención –… no te merezco.

-Katniss…

-No, Peeta. No seas demasiado bueno conmigo. –Se arrodilla frente a su valiente hombre. Quiere decirle mucho más; todo lo que la hace sentir con sus besos, con sus dedos, con su cuerpo. Quiere expresarle cuanto lo necesita para vivir, que es tan vital como respirar. Quiere decirle que todo estará bien y que nunca solo estará. Que todo lo que siente por él es real y que lo ama más que a su propia vida. Que con gusto daría lo que fuera porque Peeta recuperara su pierna, su familia. –Siempre he sabido que no merezco a alguien tan bueno como tú; soy una egoísta. –Acuna la mejilla de él en su palma. –Pero no me importa serlo mientras pueda tenerte a mi lado.

-No soy el mismo de antes, Katniss –dice Peeta tristemente, pensando en los fantasmas por los que es agobiado por las noches. Esos infames sueños tortuosos que perturban su descanso.

Katniss observa su rostro compungido; pero ella no ve a un hombre diferente; uno al que no ame. Allí siguen esos ojos azules que la hacen volar; esas tupidas pestañas que son tan largas y doradas; esa nariz que sabe rozarla con suavidad; esos labios que son su debilidad –no lo eres, Peeta. Eres mejor –dice antes de reclamar su boca. –Y me haces mejor –lo vuelve a besar.

Peeta responde sus besos dolorosamente; hundiéndose en su sabor, en su calor. Pero de pronto todo es demasiado y no es capaz de cargarlo solo. Está llorando, y Katniss lo abraza, dejando que oculte el rostro en su pecho. –No sé si pueda seguir…

Entre lágrimas ella logra decir –Si puedes. Tienes que hacerlo, por mí. Sobreviviremos, Peeta. Juro que lo haremos y saldremos adelante.

-Hay algo que no te he dicho –dice Peeta absorbiéndose la nariz, separándose un poco de ella. Decidiendo que si no lo hace ahora, lo hará nunca. –En… en el dos… tuve que… –Antes de que lo exprese en alta voz, Katniss ya se figura que ha ocurrido, pues en sus muchas noches juntos, Peeta se agita entre sueños y hay remordimiento en sus palabras. –Maté a alguien, Katniss. Tuve que… si no lo hacía… –coge aire –Yo solo pensaba en cumplir mi promesa y volver a verte. ¡Jamás he sido así! Soy un monstruo, Katniss, un muto egoísta y cruel. Y si no quieres volver a saber de mí lo entiendo.

Lo que ha dicho, solo hace que la joven se aferre con mayor fuerza a él. –También lo he hecho, Peeta –confiesa recordando la flecha que voló al agente de la paz en el doce. –También he asesinado…

-No –susurra con dolor, pero por ella, porque ha tenido que cargar con esto sola.

-…Y al igual que a ti, me visita en sueños. –Respira en una corta pausa. –Así que no me salgas ahora con que no quiero saber de ti, porque sabemos bien que no lograrás apartarme de ti.

Se miran a los ojos largo rato, únicamente sus respiraciones se escuchan.

Peeta rompe el silencio – ¿algún día podremos ser felices?

Katniss medita un poco su respuesta, pero contesta lo que ya ha sabido anteriormente –creí que ya lo éramos.

El panadero vuelve a sonreír porque sabe que por ahora, lo son.

.

-¿Qué tal te va con tu nueva pierna, Peeta? –pregunta Finnick un día en el comedor. Junto a él una bonita mujer se sienta perdida en su propio mundo.

-Bastante bien –omite lo innecesario; como que duele de los mil infiernos. –Pero no es igual que tener una normal.

-Claro que no, chico –dice Haymitch llegando tras ellos. Siendo vencedores, todos ellos se conocen. En tardes como estas, se reúnen a comer, exceptuando a Beetee que está más sobrecargado de trabajo que nunca; pero incluso Johanna se presenta para estos encuentros. Ella reconoció a Peeta de inmediato; recordando que él le entregó un paquete de información que ayudó a liberar a un importante grupo de leñadores. –Pero eso no parece importarle a tu noviecita. Como fuimos vecinos de pasillo, pude escuchar todo lo que hacían cada miércoles por la noche.

Finnick se ríe pasando un brazo por los hombros de su prometida. Mientras que Delly, a quien le resulta increíblemente fácil hacer amigos, deja que su esposo alimente a los niños mientras que ella participa de la conversación – ¿cuándo piensas proponerte, Peeta?

Todos en la mesa comienzan a hacerle todo tipo de preguntas incomodas, que Peeta evade con facilidad. Ellos no comprenderían por qué Katniss no piensa casarse nunca. No que él no lo desee, pero simplemente acepta los términos con los que podrá estar al lado de la mujer de su vida. Sin embargo no podrá ignorar por siempre el hecho de que podría nunca tener hijos. Pero por ahora ignorarlos siempre funciona, así que sienta al pequeño Will en su regazo para entretenerlo, mientras que Finnick comenta que su boda se hará el próximo fin de semana.

-Espero que todos vengan. Incluso tú, Everdeen –dice dirigiéndose a la enfermera que ha permanecido unos pocos momentos detrás de Peeta. –Te tomas un descanso y acompañas a mi Annie y a mí en el día más importante de nuestras vidas.

-Me esforzaré –dice con ligereza sentándose junto a Peeta. No deja de notar como este evade verla a los ojos. Desliza su mano por la banca y roza el muslo de Peeta, esperando una reacción de su parte.

Él sonríe pero sigue sin mirarla.

Su primer impulso es enfurecerse e irse a sentar con los Hawthorne, su familia y Rue; pero eso es lo que haría la Katniss de antes; la que no ha visto el horror de la guerra; la que no ha visto de cerca la muerte, acechando a la persona que a la que está más ligada en el mundo.

Y admite que Johanna Mason tiene que ver con que permanezca sentada en su sitio; porque desde que llegó al trece no deja de coquetear descaradamente con Peeta.

Y aquello la llena de esos sentimientos llamados celos.

La comida transcurre con la entretenida charla de Finnick, y con Haymitch carcajeándose cuando escucha la historia de una tortuga bailando con un sombrero. Johanna dice que no le encuentra lo divertido y Katniss odia admitirse a sí misma que está de acuerdo con ella.

-¡Tortuga! –grita triunfante Will y Peeta acaricia su cabello rubio cenizo; una sonrisa benevolente en su cara.

Esta sencilla escena hace que se le retuerzan las tripas a Katniss, cargadas de culpa.

-Serás un gran padre, blondo. ¿No lo crees, descerebrada? –Pregunta Johanna con un ligero toque de sorna.

Detesta que se dirija a ella de esto modo. Por alguna razón la bautizó con ese estúpido apodo al momento de conocerla y no deja de decirle así. Por otro lado; vuelve a tener razón; algún día Peeta será un gran padre.

La imagen de un pequeño rubio hermoso y regordete invade su mente. Tal vez con los adorables rizos de Peeta y los ojos grises de ella…

Sacude la cabeza para aclarar sus ideas.

-No lo dudo –gruñe malhumorada por su debilidad; la cual bien podría llevar el nombre de cierto hombre de ojos azules. Clava su tenedor con fuerza en el primer pedazo de ternera que ha comido en meses.

Pero con su respuesta, Peeta sí que voltea a verla, con la sonrisa más brillante de todas.

De una extraña manera, la joven siente que acaba de perder otra batalla.

Lo curioso es que logra hacerla sonreír.

-Déjense de estupideces y díganme si alguien sabe algo de Chaff, o Seeder –Haymitch Abernathy interrumpe el momento.

-Sólo de Chaff, y creo que llevará a un grupo al Capitolio –responde Johanna de inmediato.

Pero como Katniss no conoce a las personas de las que los vencedores hablan, únicamente se concentra en terminar su comida, mientras su mano se une a la de Peeta por medio de sus dedos meñique.

.

-No puedes irte así, Rue –le dice Katniss mientras su amiga empaca algunas pocas cosas. –Espera a que se logre la invasión en el Capitolio, y entonces te acompañaremos a casa.

-Lo siento, Katniss. En verdad aprecio tu oferta, pero necesito asegurarme de que mi familia sigue viva.

-Entonces déjanos acompañarte –interviene Peeta, parado con cuidado en su pierna artificial.

-Su permiso para abandonar el búnker tardará semanas; y con lo del Capitolio las oficinas son un caos. No soy capaz de esperar más. –La valiente chica había movido sus trámites por sí sola, sin haber avisado a sus amigos de lo que hacía.

-¿Pero dejarás tu puesto aquí? –pregunta Prim llorosa.

-Lo siento. No quiero irme, pero necesito saber que les ha pasado. Además ya está libre el distrito, así que no me pasará nada.

-¿Cómo llegarás, Rue? –la enfermera pellizca a Peeta. –Auch. Lo lamento, pero es mejor darle tranquilidad si está resuelta a ir.

-Es muy joven para viajar sola –insiste; renuente a dejar ir a su querida amiga.

-Estoy a meses de ser mayor –le recuerda Rue –Saldrá un aerodeslizador para allá, irán por más voluntarios o algo así y aprovecharán para llevarme. Estaré bien, Katniss. Y cuando todo termine, podremos volver a vernos. Gracias por mantenerme a salvo y… y por su amistad… –comienza a llorar; las despedidas siempre son dolorosas.

Prim es la primera en abrazarla –cuídate mucho, Rue. Te extrañaré.

Se despide de Peeta, de la señora Everdeen y por último de Katniss.

La joven mayor la envuelve en un afectivo abrazo –promete que te cuidarás.

-Lo prometo. Y por favor tú cuida de Madge. Dile… dile que la quiero mucho y que… lamento no poder ir a despedirme de ella.

Les es permitido acompañarla hasta el momento en que subirá a la nave que la llevará al distrito once. – ¡Los quiero! –Grita agitando la mano. A pesar de las lágrimas; Rue sonríe, contenta de poder volver a casa.

Aunque aún no sabe que le esperan terribles noticias.

.

Peeta y Katniss se apresuran a llegar a la habitación donde le quitarán a su amiga los alambres que han sujetado su mandíbula por varias semanas.

-¿Lista, Madge?

La joven mujer no se mueve; sigue mirando hacia el frente, como si no hubiera nada más interesante que la bata de Prim frente a ella. Su mirada igual de triste y apagada.

-¿Qué esperas, Prim? –quiere saber Katniss dado que su hermana no se apresura a la tarea. Ha visitado ocasionalmente a su amiga; aunque con la labor en el hospital, la recuperación de Peeta y la ida de Rue, de la cual no han sabido nada desde que partió, apenas ha podido dedicarle el tiempo que quisiera.

-Quiero hacerlo con cuidado, no quiero lastimarla –contesta con sencillez.

-Toma tu tiempo, Prim –dice Peeta amablemente, sujetando a su chica por la cintura. Lo que pareciera un gesto inocente, es más posesivo al estar el sargento Hawthorne compartiendo el mismo aire.

-Seguro –replica Gale sarcásticamente, impaciente como Katniss. –Cómo eres el único que no tiene otras ocupaciones.

Peeta se repite que ha tratado anteriormente con personas peores y que no debe afectarle la ira de Hawthorne –nadie te detiene, puedes irte cuando quieras. –Pero si puede contestarle lo hará.

Aunque Gale está más allá de las palabras –me quedo porque como has dicho, nadie me detiene.

-Si van a estar discutiendo, será mejor que salgan de inmediato –replica la usualmente pasiva Prim. Pero cuando ninguno se mueve, y la tensión se vuelve palpable, suspira cansada. –Salgan los dos, ahora.

Katniss observa que el primero en salir sumisamente es Peeta; quien le planta un beso en el temple antes de abandonar hacia la sala. Gale los mira con intención de cerrar la puerta y quedarse adentro, pero pronto sigue al rubio por el mismo rumbo.

-Sería tan romántico si no se comportaran tan infantiles –comenta la aprendiz maniobrando las pinzas.

-Debería ir a comprobar que no se están asesinando –dice Katniss preocupada.

-Estarán bien. Esos dos tienen mucho que charlar.

En la sala de espera, Gale se deja caer en el otro extremo del sofá, donde Peeta ya está sentado. Un incómodo silencio provoca que una anciana se levante y mejor se vaya a otro sitio.

-Siempre le gustaste –suelta Gale y para Peeta el mundo se ha vuelto loco de remate. Si algo esperaba escuchar de Hawthorne, no era esto. –Cuando íbamos a la ciudad, siempre se aseguraba de llevar ardillas.

Peeta ríe un poquito –eso no dice nada.

Pero Gale sacude la cabeza –entonces no la conoces lo suficiente –dice sin maldad, pero es un golpe bajo para Peeta –porque viniendo eso de Katniss es demasiado. –Vuelve a quedarse en silencio.

-La hago feliz.

Gale se apresura a contestar –si no lo hicieras; ya estarías muerto. –Peeta asiente sabiendo que habla muy en serio; pero al mismo tiempo mordiéndose el labio, porque si Gale supiera lo que hace en sus tiempos libres con Katniss, lo hubiera matado de igual forma. –Además…

-Dice Prim que puedes pasar, Gale –interrumpe la enfermera acercándose a ellos.

El sargento asiente, inclinando la cabeza cortésmente hacia Peeta; y pasando de frente a su amiga.

-¿Qué ha pasado? –pregunta confundida por haberlos encontrado tan tranquilos.

-Creo que nos estábamos entendiendo –contesta Peeta. – ¿Cómo está Madge?

Katniss suspira –su estructura parece estar bien y ya hay movimiento en la mandíbula, pero cuando ha intentado decirme algo, se ha puesto a llorar.

-Deberíamos ir…

Pero la enfermera sacude la cabeza –Prim no nos dejaría entrar. Dejemos que Gale intente hablar con ella. Ya sé que no es el mejor conversador –dice cuando Peeta suelta un bufido –pero tal vez se sienta mejor hablando con él.

Error.

Casi de inmediato regresa el sargento. –Ha pedido que vengas, Katniss. También tú, Mellark.

Madge está muy pálida, sentada en la silla de ruedas que es como su segunda cama, pasando largas horas reposando en ella. Su amiga quiere dejarla descansar, pero cuando se lo sugieren, con más entereza de la que siente, dice que no.

Con suavidad en la voz, y temblor, comienza a relatarles lo que ocurrió en las celdas. Sobre como trató de evitar que se llevaran a una mujer, y sobre la amenaza de que ella sería la siguiente.

'Un rechinido pone en alerta a todas las prisioneras. La puerta se abre lentamente, revelando la figura de un soldado más del trece.

-Hora de baño –ordena con autoridad; y muchos suspiros se dejan escuchar aliviados. Hasta la más agotada mujer se pone de pie para tomar una ducha, que es más un privilegio del que han sido privadas.

Se colocan en una ordenada fila y salen una tras otra, conforme son llamadas. Cuando llega el turno de Madge Undersee, el soldado frena la lista y escolta a la primera mitad a los lavabos. Es tan maravilloso visitar un retrete, que incluso una mujer se suelta a llorar, mientras usa un compartimiento.

Madge siente tanto alivio como sus compañeras ante la perspectiva de un baño, que no se da cuenta que un hombre de semblante oscuro ya la ha identificado en la fila de prisioneras.

-Sigues tú –le ordena el soldado que las ha escoltado, y la joven se apresura a entrar a una de las diez duchas. Es la última en entrar.

Una vez despojada de su ropa, se concentra en el ruido del agua al caer sobre el piso y sobre su cuerpo; que no escucha como se hace el cambio de guardia. Conforme van saliendo, las mujeres son escoltadas de regreso; pero Madge no puede salir, porque el suministro de agua se ha cortado.

Se apresura a vestirse, comprendiendo que no ha corrido con suerte y que nadie abrirá la tubería de nuevo; pero al jalar su puerta, está frente a frente con su agresor.'

-Entonces él… él –su voz seca, los recuerdos, la horrible sensación de tenerlo sobre ella, le traban la lengua. –Pero… me he… no lo dejé seguir… y entonces él… juro que grité, pero… él… se enfureció y…

'La arroja contra la pared brutalmente, pero como el piso está resbaloso, Madge no alcanza a sujetarse y cae.

-Te haré pagar –sisea inclinándose sobre ella, tapándole la boca para que no vuelva a gritar; con la otra mano, se deshace de su cinturón; baja su pantalón ahí de cuclillas; su miembro duro. –Abre la boca…'

-Descríbelo –ordena Gale con los dientes apretados, cuando la joven se detiene en su relato.

-Gale –advierten las hermanas Everdeen al mismo tiempo.

-Describe al hijo de p*** –vuelve a ordenar ignorando a sus amigas. Pero Madge abre y cierra la boca varias veces, incapacitada a seguir. – ¡Dime quién es él con un demonio!

Incluso Peeta tiembla de ira, y con sus extremidades tensas, apenas y logra sostener a Katniss, que parece a punto de vomitar. Prim envuelve a Madge con sus delgados brazos, llorando junto a ella.

-No lo dejé… yo… le… le mordí y… –un brillo de orgullo en todos los rostros. –… entonces me golpeo y me… sentí como tronaba algo… mi… aquí, y…

-Por favor, Madge, dinos como es él –suplica Prim con un hilo de voz.

En cuanto recibe las señas, Gale se pone de pie, y Peeta suelta a Katniss para acompañarlo, pero esta se aferra a él –no vayas… por favor…

-Quédate con ellas –interviene Gale cuando Peeta intenta protestar. –Si el maldito llega a enterarse que Madge se ha recuperado; buscará callarla, y justo ahora eres el único en quien confío para cuidarlas.

Peeta acepta –arregla el asunto pronto.

Asiente. –Lo haré, y te prometo que pagará por lo que te ha hecho, Madge –le dice antes de desaparecer.

Buscaría al desgraciado y lo mataría con sus propias manos; sino fuera porque eso no ayudaría a nadie. Primero hablará con Boggs, porque lo más seguro es que sean más de dos soldados cubriéndose sus fechorías; y entonces decidirán qué hacer.

Pero se asegurará de buscarle la pena de muerte.

Una muy lenta y dolorosa.

.

La presidenta Coin pone una fecha. Dentro de cuatro semanas, invadirán el Capitolio. La voz se expande por todas las cabezas rebeldes de los distritos de Panem. La armada se prepara para el ataque final, donde se decidirá definitivamente a quien favorecerá la suerte.

Y la rebelión espera que esté de su lado.

.

Hello! No tengo mucho tiempo, pero espero que hayan disfrutado la lectura. Besos y espero sus reviews!