Anexo II - Septiembre 1998. Comienzo de cuarto año en Hogwarts.

Es en este momento que me gustaría volver a tiempo presente. Aquí estoy yo, Harry James Potter, detective extraordinario y futuro escritor de best-sellers, esperando a mis amigos antes de que el Expreso de Hogwarts parta hacia mi querida escuela. Mientras me revuelvo dentro de mi compartimiento tratando de encontrar el lugar y la posición adecuados para pasar cinco horas viajando, veo a través de la ventana a mis padres hablando con Molly y Arthur Weasley.

Al ver a mi mamá hablando tan animadamente recuerdo el diario una vez más. Es cierto que sería un excelente regalo el presentarle la maravilla que representa el trabajo del señor Riddle, y quizás ella sería capaz de estudiarlo lo suficiente como para averiguar los secretos que busco, pero tendré que pecar de inmaduro señores. Creo que esto es algo que debo hacerlo yo solo.

Y por esa misma razón (y otras más) no le he mencionado nada a mis amigos de mi pequeña búsqueda. Creo que interferirían en mi trabajo (lo digo modestamente), además de que más de una vez han puesto en duda mis maravillosas dotes detectivescas. Pero no me dejen hablar mal de mis amigos, que de eso se encargarán ellos mismos.

La puerta del compartimiento en el que me hallaba se abrió cuidadosamente, y el sonido de los pasos suaves sobre el tapete que recubría el suelo del vagón reveló enseguida la identidad de mi nuevo acompañante, que para permitirme una corrección, no tenía nada de nuevo.

- Hola Harry - no era nadie más ni nadie menos que mi mejor amigo, Neville Longbottom.

- ¡Hola, Neville! Tu abuela te largó más temprano este verano - comenté, volviendo mi rostro hacia él. El pobre chico, alma tímida si las hay, me dedicó una pequeña sonrisa antes de inclinar su cuerpo para saludar a la temible señora Longbottom por la ventana. Me recliné en mi asiento para darle más espacio, escuchando vagamente fragmentos de su conversación.

-... y pídele a los elfos que te corten el pelo si es necesario, por favor Neville, que la última vez volviste pareciendo un vagabundo; ¡y tus padres no hacen nada...!

Quizás no sea necesario remarcar en lo pedante que podía llegar a ser la mujer cuando entraba en su modo de abuela. Neville se limitó a decirle que sí a todo lo que ella decía, mucho más acostumbrado que yo a sus reproches, y finalmente se despidió con un avergonzante beso en la mejilla.

- Lo siento, - dijo cuando volvió a sentarse en el asiento enfrente mío-. Pero ya sabes como es.

- Y como eres tú - respondí-. Mi papá sacó los retratos de la abuela de la casa el verano pasado porque ya no aguantaba más los gritos que pegábamos cuando nos poníamos a discutir.

Neville agachó la cabeza ante mi comentario, pero no le dí mucha importancia. Siempre había sido alguien que se dejaba arrastrar por la corriente, y por más vergüenza que le diera a veces, era algo que yo no creía que pudiera cambiar. Simplemente no existía tal cosa como un Neville corajudo (lo que me hace preguntarme qué bebió el Sombrero Seleccionador para ponerlo en Gryffindor, pero lo mismo se podría decir de mí).

- ¿Sabes si Hermione ya subió al tren? - preguntó luego de unos minutos.

- No creo que pueda cambiar su costumbre de llegar aquí una hora antes sin sufrir una aneurisma - le respondí con una sonrisa-. Además me ha dicho que la han nombrado Prefecta, así que supongo que estará recorriendo el tren abusando de su autoridad.

- No crees que ella haría algo así... ¿verdad?

- Sería como si los elfos domésticos pidieran un sueldo, Neville.

Mi compañero y yo nos entretuvimos mirando a los padres despidiéndose de sus hijos mientras esperábamos a que el tren marchase. No pasó mucho antes de que los silbatos comenzaran a sonar, y el humo blanco de la locomotora se volviera tan denso y abundante que apenas dejaba ver el andén. Mis padres se habían ido un tanto después de que Neville saludara a su abuela, pero no me preocupaba el no haber tenido una despedida digna de lágrimas con mi padre corriendo el tren hasta el final del andén mientras este comienza a andar. Habíamos desayunado juntos y nos despedimos una vez que mi papá me ayudó a subir mi baúl al tren; ya tenía catorce años, y me hubiera sentido un poco tonto pegándome a mis padres como lo suelen hacer otros niños.

No que yo fuera un niño, por supuesto. Creo que el término "preadolescente" me queda mejor.

Fue entonces, entre la humareda blanca y el sonido distante de la locomotora que arrancaba, que el tren partió hacia las lejanas tierras de Escocia. Vi por el rabillo de mi ojo que Neville sacaba un libro de su mochila, y sentí el extraño impulso de tomar el diario del señor Riddle y ostentar de él. Las tapas, recubiertas en cuero negro al igual que mi peculiar libro, parecían nuevas y relucientes, y su olor no se parecía en nada al olor mustio y viciado que desprendía el diario.

Por un fugaz momento, pensé en contarle todo a Neville; pero sabía que me tendría que aguantar todo el relato observando el intento de mi honesto amigo de fingir interés por lo que dijera. Y es que, si bien no es que el chico es reacio a mis monólogos, sabía bien que él tenía un cierto gusto por viajar en silencio, con la compañía de un buen libro. Su afable carácter le impedía decirlo directamente, por miedo a sonar como un a un maleducado, pero él jamás había sido bueno ocultando sus emociones.

Aún así, me limité a encarar la conversación básica que repetíamos todos los años.

- ¿Y? ¿Qué tienes esta vez para leer?

- Es un libro sobre los ciclos reproductores de las plantas acuáticas del caribe, y sus propiedades mágicas, -me respondió con una sonrisa, ya esperando nuestra pequeña rutina-. ¿Piensas escribir algo hoy?

Y de hecho, aunque no lo había planeado, realmente si pensaba escribir. En el diario de Tom Riddle, eso es. Por alguna razón, tenía la sensación de que hoy me respondería de nuevo. Después de todo, día como hoy eran particulares en su propia manera; y, ¿qué mejor manera de empezar el año tratando de resolver un misterio?

- Si, si -respondí, consciente de la pausa en la que contemplé mis pensamientos-. Compré un cuaderno nuevo. Debo llenarlo lo antes posible.

Neville volvió a sonreírme, y se enfrascó en su libro. Sabiendo que de ahora en más, y al menos hasta que Hermione se dignara a dar una vuelta por el compartimiento, los dos nos envolveríamos en el silencio, suspiré y saqué el diario.

Colocándolo suavemente sobre mi falda, lo contemplé por un minuto. Admito que sentía un poco de miedo por escribir; las dudas invadían mi mente. ¿Y qué si, por alguna extraña razón, el encontrar parte de su pasado había provocado que la magia del diario se bloqueara o se perdiera? El señor Riddle podría haber incluido alguna especie de seguro para evitar que el diario revelara sus secretos. ¿Y si, en lo que yo consideraba un día especial, el diario volvía a fallarme? Era un tema de temer la desesperanza.

Es un poco tonto, pero quiero que comprendan que el misterio que representaba aquél objeto era muy importante para mí. Ah, así jamás llegaré a ningún lado, pensé. Entre las vagas dudas y el ajeno sentido de confianza que sentía en ese momento, tomé mi lapicera muggle y abrí el diario.

Hoy empiezo mi cuarto año en Hogwarts, Tom. No me arruines mi primer día, háblame.

Tras un momento en el que contuve mi respiración, noté con alivio que las elegantes curvas características de la escritura del diario volvían a aparecer lentamente.

No sabía que era tan importante para ti.

Un poco más animado, subí los pies al asiento que tenía al lado y me apoyé contra la ventana del compartimiento, poniéndome cómodo para comenzar la conversación.

No lo eres, escribí. Pero representas algo importante para mí.

Un enigma, ¿no es así, Harry?, respondió. ¿Me ves como un cadáver a examinar, un código a descifrar? Eres tan curioso, y en ciertas cosas, te pareces tanto a mí.

No me vengas con el viejo cuento de que la curiosidad mató al gato.

Oh, no, Harry. Me conoces mejor que eso. He dicho que soy curioso, y soy un gato de siete vidas; mi curiosidad no me ha matado porque la muerte no sabe dónde encontrarme. Jamás lo sabe con la gente lo suficientemente curiosa.

Dejé por un momento la lapicera flotar por encima de la hoja. Algunos diálogos de Tom eran decididamente extraños, y aquella anormalidad en la forma en la que se expresaba había estado presente desde el día en que había comprado el diario. Había reflexionado mucho sobre las razones que llevarían al señor Riddle a perpetrar semejante acto mágico, y entre todas las posibilidades había una que con insistencia flotaba en mi mente a toda hora.

Dime, Tom, escribí con cuidado. Tú no eres un simple personaje creado por Tom Riddle. Hablas como si fueras humano, como si supieras lo que es tener un cuerpo. He escuchado de encantamientos capaces de lograrlo, pero aún así me parece muy raro que tu creador hubiera hecho esto... dime, tú eres las memorias del señor Riddle, ¿no es así?

Las palabras tardaron en aparecer, pero en cuanto lo hicieron parecían escritas con ligereza, con una sutil satisfacción.

Ah, el gato salta de nuevo de la cornisa, y cae sobre terreno fértil. Debería sentir miedo de que me conozcas tan bien con tan pocas palabras.

Veo que tenía razón. Sabes donde está tu creador, tu yo del presente, entonces. No piensas decírmelo.

Vamos, Harry, insultaría tu astucia si lo hiciera.

Sonreí al leer sus palabras. Insultar mi astucia, qué caballero.

Creo que la razón por la que existes, Tom, es porque el señor Riddle no quiere ser olvidado. Tal vez tengas razón, somos parecidos. Yo tampoco quiero ser olvidado, y por eso escribo. Es como si él con sus memorias y yo con mis palabras nos convirtiéramos en un pedacito de eternidad.

Va más allá de ser parte de una eternidad, Harry. Es una dominación total del poder que derrota todos los poderes, de la mano negra que corrompe todas las cosas habidas y por haber, es una conquista sobre la muerte. Tú y yo queremos eso, en cierta forma.

Pero la inmortalidad no existe. Puedes alargar tu vida, pero tarde o temprano mueres. Es algo que todo ser debe aceptar.

No me mientas, Harry, ¿realmente a tu edad has aceptado la muerte? Tu curiosidad te lo impide; siempre vas a querer saber más, lograr más, y toda una vida te va a parecer insuficiente. Creo que lo que debes aceptar es tu miedo... tu miedo a morir y perderte todas las cosas que puedes hacer en vida.

Pero eso es natural; vivimos y tenemos que morir, esa es nuestra naturaleza.

Esa es la naturaleza del iluso, Harry. Tu y yo somos seres con magia; ¿acaso no has visto las maravillas de lo que es capaz tu poder? ¿Por qué, teniendo a tu disposición aquello que hace lo imposible posible, deberías atenerte a las reglas impuestas por aquellos que no gozan de esto?

¿Por qué dejas que el cielo sea el límite, Harry?

No supe qué responderle.


Aunque ciertamente provocadoras, las palabras de Tom dejaron en mi mente un eco persistente que necesitaba acallar. Mis ojos, aparentemente mirando las páginas del libro, se enfocaban en algo más allá de las páginas. Como si la magia del curioso artefacto estuviera pendiente de mis pensamientos, ni una palabra me distrajo en aquella silenciosa contemplación. Había en mí un deseo por frenar los pensamientos frenéticos que danzaban sin armonía en mi cabeza, más al mismo tiempo buscaba encontrarle un sentido satisfactorio a las palabras de aquél personaje.

En varios sentidos buscaban desbordarse las corrientes de mis ideas, pero la palabra «personaje» me obligó a concentrarme en un dato curioso, y al mismo tiempo, perturbador.

Tom era una memoria.

Creo que sería tarea de un genial escritor poder expresarles en este momento todas las razones por las que aquella oración resulta simplemente hereje a las ideas de la magia convencional; estaría en necesidad de capacidades que al momento carezco de poder transmitirles con absoluta certeza el sentimiento de temor al pensar en ello. Y es que, mis queridos confidentes, existen tantas razones por las que eso roza el tabú, lo imposible.

Aquello que me resultaba tan curioso e inocente como el proyecto de un adolescente excepcional ahora daba un giro hacia el terreno de lo absolutamente bizarro. Una memoria. Un conjunto de ellas, para ser exactos, el conjunto que hacía toda la vida hasta el momento de la creación del diario. A diferencia de los pensaderos, los cuales eran dispositivos en los cuales se guardaban las memorias sin establecer entre ellas ninguna conexión coherente, o de los retratos, en los cuales las memorias daban forma a la personalidad del retratado, aquél diario estaba consciente. Reconocía nuevas personas y las integraba al conjunto de experiencias ya existentes, como si viviera.

No me tilden de pretencioso si estimo que muchos de ustedes no conocen, ya sea por falta de interés o por darlo por sentado, la verdadera naturaleza de los encantamientos detrás de un retrato. Mi obsesión por deshilvanar este misterio es en parte por curiosidad y por las aplicaciones prácticas, pero también resulta eco de un interés anterior por los retratos mágicos, cosa que no he tenido la ocasión de mencionar previamente. Fue en mi primer año en Hogwarts en la que dos elementos me llevaron a estudiar durante los siguientes dos años todo cuanto pudiera en relación con estas singulares pinturas; la elaborada animación de los cuadros que veía por primera vez en el castillo (en casa no los había tan vivos, ni tan expresivos), y la lectura del clásico de Wilde, El Retrato de Dorian Gray.

Curiosamente, aquél libro también tocaba el deseo de la inmortalidad del que Tom había hablado tan fervientemente, pero aquello es algo de lo que me ocuparé más tarde.

Luego de la confesión de Tom, mis especulaciones acerca de los tipos de magia involucrados en la creación del diario se encaminaron en el sendero de los retratos animados de Hogwarts. Como mencioné anteriormente, en estos las memorias sirven de base para establecer la personalidad del homenajeado; pero existen ciertas limitaciones que el público general ignora respecto a este proceso. Primero y principal, que el cuadro no es capaz de almacenar información nueva. Puede estar hecho para reconocer auras mágicas específicas, como las pertenecientes a los directores de Hogwarts en el caso de los retratos que pueblan la oficina del director, o las de los descendientes del retratado en el caso de las pinturas familiares. Mucha de la información que no está encantado para almacenar se pierde al poco tiempo. Segundo, son fácilmente influenciables si no se los protege de la manera adecuada, por lo tanto no suelen moverse con frecuencia. La magia que anima a los retratos es muy delicada, y el contacto con otros encantamientos puede llegar a hacer que desaparezca o sea absorbida. Tercero y último, no son capaces de simpatizar con aquellos con los que interactúen. Si bien es posible que puedan reconocer emociones simples como la furia o la felicidad, aquellas que se desarrollan a un nivel más profundo pasan desapercibidas por los personajes retratados.

Como son capaces de intuir, Tom desafía cada una de estas restricciones. Es algo que jamás he visto antes, ni siquiera mencionado en algún libro, y en cierta manera aquello me asombra y me asusta. Quizás el entonces joven Riddle compartió la misma obsesión que yo por este tipo de encantamientos, y decidió experimentar un poco en búsqueda del recuerdo perfecto. Del retrato más humano que pueda existir. Un paso hacia la inmortalidad por la que el diario parece sentir tanta pasión.

Esto produce en mí la más absoluta fascinación. Por las ideas, por la persona. Estoy más determinado que nunca a encontrar al Riddle de carne y hueso, al hombre detrás de esta maravilla mágica.

Dejé escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. En aquél momento el compartimiento parecía desdibujarse ante mis ojos distraídos, y Neville era una sombra lejana ubicada al comienzo del túnel en cuyas oscuras profundidades me encontraba, en camino al País de las Maravillas. Mi conejo era Tom, y el pastel que pedía que lo comiera era mi pluma, suspendida sobre el diario. Pensé en escribir algo, cualquier cosa, como para asegurarme de que todo aquello todavía seguía allí y yo todavía estaba en busca de aquél misterio. Pero nada me venía a la mente.

Me pasé una mano por mis cabellos ya alborotados, y desde el rabillo de mis ojos noté que Neville sonreía. Miré primero su libro y luego su rostro rollizo, y noté con algo de asombro el señalador apostado hacia la mitad del texto. Lo había cerrado por el momento, y descansaba cómodamente sobre sus rodillas.

- Creo que la señora del carrito está por pasar - me dijo, mientras miraba con interés mi diario-. Qué raro, no has escrito nada.

Instintivamente cerré la tapa del libro sin despegar los ojos de mi amigo, quien se ruborizó al pensar que su curiosidad me había ofendido.

- Lo siento, pensé que...

- No, está bien - lo interrumpí. Realmente no sabía porqué había actuado así, muchas veces había compartido mis escritos con Neville, incluso aquellos sin terminar-. ¿Quieres que salga yo a comprar?

Eso lo hizo olvidarse de su vergüenza al instante, y negó con la cabeza mientras buscaba el dinero que su abuela le había dejado para el viaje. Recordé de pronto las monedas que mis propios padres me habían dado para gastar en comida, y dejé el diario sobre el asiento mientras me reclinaba a hurgar en mi mochila, en búsqueda de mi monedero. Luego de encontrar la pequeña bolsa de cuero que mi padrino me había regalado para mi cumpleaños unos años atrás, guardé el diario celosamente al fondo de mi bolso.

- Aquí está - anunció Neville mientras se levantaba torpemente. Le seguí a un paso más lento, saliendo detrás de él del compartimiento para encontrarnos con la regordeta vendedora, Esther.

- ¿Qué desean comprar, queridos? - preguntó a modo de saludo, sonriéndonos con aquella boca de dientes disparejos.

Neville comenzó a señalar lo que parecía el carrito entero, y decidí dejarlo a su suerte mientras pensaba en lo que iba a comprar. Aunque no era un entusiasta de lo dulce, a momentos tenía mis arranques, y prefería estar preparado para cuando me viniera el antojo.

- Por Merlín, Longbottom, ¿es que no te dan de comer en tu casa? - una voz se anunció sin preámbulo. Sin necesidad de darme vuelta, supe inmediatamente por aquella manera de arrastrar las palabras tan peculiar y molesta que detrás mío estaba Draco Malfoy, un Slytherin que iba al mismo año que yo.

- Siempre le han gustado los dulces - comenté, mientras veía las orejas de mi compañero ponerse rojas. Él hizo como si no hubiera escuchado mientras le pagaba a Esther.

- Se nota - dijo con un aire de desprecio el rubio, mirando el cuerpo de Neville de arriba a bajo. Su snobismo constante, aunque chocante al principio, a esta altura ya me parecía algo ridículo y cómico, digno de un niño más que de un joven de catorce años. Pero así era Draco Malfoy, y si Neville pecaba de tímido y yo de pretencioso a veces, este pecaba de niño de mamá sin miedo.

Pero soy un caballero, señores y señoritas. Como a mi no me mandan a cantar los defectos de mis allegados, las serenatas me las canto a mi mismo en la ducha. Ya habíamos tenido un tiempo en el que nuestras diferencias eran muchas y fuertes, pero Draco y yo habíamos pasado esa etapa en segundo año. Ciertamente no era mi persona favorita ni yo la suya, pero habíamos aprendido a actuar como adultos.

- ¿Piensas comprar algo, Malfoy? Hazlo antes que yo. Todavía no me decido - le dije, aparentemente pasando de alto su comentario.

El rubio asintió secamente con la cabeza, e hizo su pedido. Alcé una ceja ante la cantidad de dulces que el Slytherin había comprado. Él pareció notar mi gesto, pues rápidamente dijo:

- A Pansy Parkinson y a Millicent Bulstrode se les ocurrió dar una especie de «fiesta de reunión» en los compartimientos que elegimos, así que me mandaron a comprar la comida.

Sonreí burlonamente, y pedí mis dulces antes de contestarle.

- Procura no comer muchos, a ver si pierdes la figura, Draco - lo miré apreciativamente de arriba a bajo, y noté con no poca diversión como el rubio se ruborizaba. Interesante. Me dirigió una mirada escandalizada y resopló algo que no llegué a escuchar, antes de marcharse rápidamente. Con una sonrisa y un saludo, me despedí de la señora del carrito, quien siguió con su camino.


De no haber conocido a Hermione Granger como tenía el gusto de hacerlo, hubiera pensado que su repentina aparición en nuestro compartimiento se debía única y exclusivamente a la gran cantidad de dulces que ocupaban el asiento junto a Neville. Pero como si inconscientemente quisiese darme la razón, y demostrarles a ustedes que mi palabra es verdad, la prefecta de Ravenclaw miró con desdén la pila de brillantes envoltorios al entrar suavemente a nuestro compartimiento.

- Vas a conseguir que se te pudra la boca si sigues así, Neville - dijo frunciendo el ceño y sentándose junto a mí. Aunque el pobre chico apenas entendía la profesión de los padres de nuestra amiga, yo comprendía perfectamente que parte de la repulsión que Hermione sentía por los dulces nacía de su testimonio directo de los pacientes que visitaban a sus padres, odontólogos.

- Pensé que era una falta de respeto regañarle a Neville antes de saludar - comenté mientras apoyaba mi espalda contra la ventana. Noté como sus labios se fruncían al ver mis zapatillas sobre el asiento, y dejé escapar una pequeña risita-. Cada día te pareces más a McGonagall.

- Lo tomaré como un cumplido - dijo, reclinándose sobre el respaldo de terciopelo negro que recubría los cómodos asientos-. Estoy muerta... ayer me quedé repasando el libro de Pociones y apenas pude dormir.

- Pero si ya lo sabes de memoria...- comentó Neville.

- Eso no es cierto - Hermione frunció el ceño-. No me acordaba de las propiedades de algunas pociones. No quiero empezar el año sacándome un uno porque no leí el libro adecuadamente.

Ah, Hermione. Era exasperante, y extrañamente querible, aquél obsesivo consumo de información. Mi amiga sentía un amor profundo por la palabra escrita, y una pasión por aprender todo lo que el mundo pudiera ofrecerle. Al mismo tiempo, sus altas calificaciones eran menester para su paz mental, pues la única forma que tenía de corroborar que su estudio no era en vano era sacarse buenas notas en el colegio.

- Relájate, Hermione - le dije, mientras abría un paquete de grageas Bertie Bott-. ¿Quieres?

La inteligente hechicera rechazó los caramelos:

- Gracias, pero ya he comido en el compartimiento de los prefectos - aquello pareció hacerle recordar algo particularmente agradable, pues su rostro se iluminó y una gran sonrisa se asomó entre sus labios-. Eso me recuerda que no me han felicitado todavía.

- Es tu culpa. Tú fuiste la que entró hecha una fiera.

- ¡Hey!

- Felicitaciones, Hermione - Neville cortó el gran discurso que la hechicera estaba a punto de dar para defenderse. Sonreí, estando ya acostumbrado a la dinámica de nuestro pequeño grupito, y copié a Neville, felicitándola.

- Gracias, Neville - dijo, mirándome mal. Cualquiera fuese el efecto que ella quisiese provocar en mí (y les puedo asegurar que con mucha maña intentaba asustarme con sus rabias femeninas), mucho mal no me hizo.

Dejé que Neville condujera la charla por caminos más amenos, y pronto estuvimos hablando acerca de nuestras vacaciones. Los padres de Hermione, quienes para ustedes me remitiré a explicar que son una especie de sanadores de dientes muggles, gustaban de vacacionar en la Europa exótica, y no era raro que la hechicera nos enviara cartas en el verano que por sí mismas hubieran comprendido la mitad de cualquier libro de historia que hablara de Europa del este.

Neville, por otra parte, raramente se movía más allá de la vieja mansión del señor Longbottom, actualmente perteneciente a su abuela. No que a él le molestara, por supuesto. Desde que la salud de su madre comenzó a declinar luego de nuestro primer año en Hogwarts, ni él ni su familia volvieron a ser los mismos. El padre, por lo que tengo entendido, se dedicó a trabajar día y noche, incapaz de contener la tristeza de una mujer que sufría el peor de todos los tipos de enfermedades. Su abuela se hizo cargo de él, y Neville voluntariamente se fue a vivir con ella.

Es por esta voluntaria reclusión que habla poco y nada en sus cartas de sus vacaciones; prefiere hablarnos de plantas y especimenes (a veces de su abuela), dejando la impresión de que existe un fuerte sentimiento de vergüenza por lo que le ha pasado a su familia. O quizás no lo quiere aceptar, pero quién soy yo para decirlo. Neville, a pesar de ser una de las personas más dóciles y amables que puedas encontrar, protege sus secretos con celo. Mucho de lo que sé de él me lo ha comentado mi madre en plan de conventillo (normalmente cuando me hace limpiar la casa).

- Ya estamos llegando - anunció Hermione mientras el sol comenzaba a ponerse a lo lejos-. Será mejor que vuelva con el resto de los prefectos.

La castaña nos dirigió una cálida sonrisa y pidió que no nos metiésemos en problemas.

- Somos unos chicos tranquilos - le dije mientras me ajustaba mi corbata. Con un asentimiento de su cabeza se fue, dejándonos que nos cambiáramos para el banquete de bienvenida.

Otro año en Hogwarts empezaba, y no crean que les miento si les digo que tengo un extraño presentimiento. Si, siento que algo está por pasar.