Mmm…sí. Sigo sin ser dueña de Harry Potter. Y no creo que eso cambie
Les desea lo mejorr..
tinurieaa*
Capítulo 2 : El sueño que los unió.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, intentó recuperar el aliento. Cuando pensó que lo estaba logrando y que se sentía algo recuperado, una segunda llamarada de fuego lo obligó a moverse rápidamente hacia un costado. Maldito dragón. Sus brazos ya tenían pequeñas quemaduras y sus ropas estaban en gran parte chamuscadas. Levantó con gran esfuerzo su espada y arremetió nuevamente. Pero no penetró las escamas, por más que lo intentó. Maldito, maldito. Godric estaba perdiendo la poca paciencia que tenía. Se apresuró a retroceder para ponerse al salvo del gigantesco monstruo que ahora se dirigía peligrosamente hacia él: si bien la espada no le había hecho un daño significativo, el animal había sentido el golpe y, al parecer, no estaba muy feliz al respecto. Godric tragó saliva y se preparó para lo peor. Tendría que intentar con un escudo mágico, pero no estaba del todo seguro de si iba a funcionar con un dragón. Qué lástima, no quedaba otra opción. No se iba permitir tener miedo. Iba a mirar al dragón a los ojos y lo enfrentaría como corresponde.
Sin embargo, cuando el dragón se encontraba a apenas unos metros de Godric y ya comenzaba a inclinarse para lanzar la ráfaga de fuego, un hechizo dio de pleno en su cara y le lastimó los ojos. Godric siguió la dirección del rayo verde que había cegado al dragón y se encontró con Salazar, quien sostenía la varita en alto y estaba a apenas unos pocos metros a su izquierda. Sus ojos se encontraron y Godric sonrió en agradecimiento.
-¡Tonto! – escuchó gritar a Salazar - ¡Está bien que quieras ser valiente, pero eso no quiera decir que tengas que ser tan estúpidamente temerario!
La sonrisa de Godric s ensanchó aun más. Debía ser la millonésima vez que escuchaba a su amigo decirle algo así y probablemente no sería la última. Su complejo de héroe, así lo llamaba Salazar.
El dragón se tambaleó peligrosamente, ya que no podía ver, y quedó de espaldas a ambos magos. Godric sintió que una descarga de frío recorría su cuerpo en cuanto se percató de que ahora el animal estaba frente a frente con ella. Volvió a mirar a Salazar y vio que éste también había palidecido. Ella no tenía su varita. Ellos la tenían, se la habían quitado para que no pudiera escaparse. Si ella supiera hacer magia sin su varita ya lo habría hecho y se habría liberado por si sola. Y para colmo, tenía la pierna rota. No podía simplemente desplazarse hacia el costado como muy inteligentemente había hecho Godric hace unos instantes. Muy repentinamente, el dragón se inclinó defensivamente y se dispuso a lanzar otra llamarada, directamente hacia donde ella estaba acorralada. Esa fue la primera vez que Godric sintió miedo, y junto con ello, la impotencia que le generaba la situación. Durante la micro fracción de segundo en la que todo esto sucedía, se había quedado inmóvil, sin saber que hacer, sosteniendo su espada débilmente. Su mente volvió a la realidad cuando escuchó a Salazar gritar a su lado:
-¡Rowenaaa! ¡Cuidado!
Pero era demasiado tarde. El dragón había lanzado una grandísima llamarada de fuego y la mujer – Rowena – estaba justo enfrente de él, con la pierna herida y sin su varita. Godric sintió como todo su mundo se desplomaba. No podía ser que esto estuviera pasando.
Y fue entonces cuando despertó. Lo ultimó que pudo recordar de su sueño fue la cara asustada pero firme de aquella mujer. Se llevó una mano a la cabeza para tratar de impedir que le siguiera doliendo, y se incorporó. Vio a Salazar junto al fuego, sentado y mirándolo pensativamente. Rápidamente recordó donde estaban. Habían acampado en el bosque de Logue y había hecho el fuego que ahora Salazar estaba cuidando que no se apague. Debió haberse quedado dormido.
-Déjame adivinar – se volvió hacia Salazar, quien estaba observando como él se reponía de la pesadilla – El sueño del dragón otra vez. ¿Te volví a salvar? – agregó con una sonrisa perfecta. Sus ojos azules parecían violetas al reflejarse con la luz de las llamas.
-Si – dijo forzadamente Godric. – Nuevamente, te lo agradezco.
-No te preocupes – rió Salazar tranquilamente – ya estoy acostumbrado a cuidar tu impulsiva espalda. Además, seguramente en lo que resta de la dichosa lucha con ese dragón seguramente tu tendrás la oportunidad de salvarme en algún momento.
Godric no respondió. La primera vez que había tenido ese sueño fue antes de conocer a Salazar, en la prisión de un pueblo irlandés. Cuando lo vio, supo que era el hombre de su sueño. Cuando Salazar también pareció sorprendido de verlo a él, en ese mismísimo instante fue cuando todo comenzó. Luego de hablar con él y llegar a conocerlo, tuvieron el revelador descubrimiento de que ambos tenía constantemente el mismo sueño. Lo tomaron como una señal, una señal de que estaban destinados a conocerse y de que sus destinos estaban entrelazados. Desde ese entonces, fueron inseparables. Pero aun así, nunca entendieron el significado de ese sueño. Nunca supieron mas de lo poco que se veía: ambos peleaban con un dragón, Godric intentaba atravesarlo con la espada, no lograba hacerlo y justo cuando el dragón parecía a punto de matarlo, Salazar lo salvaba dejándolo ciego. Pero el sueño siempre terminaba con el dragón tambaleándose. Ninguno de los dos jamás había soñado con esa mujer.
Rowena. Godric estaba más que seguro de que en algún momento de su vida había conocido a una Rowena. Había pasado mitad de su vida errando por los caminos, aprendiendo magia de distintos hombres y mujeres, y había conocido a centenares de personas. Sin embargo, el nombre le hacía eco en su cabeza. Probablemente durante su infancia, la época de la que menos tenía recuerdos. De hecho, no recordaba casi nada que hubiera sucedido antes de que conociera a Salazar. Decidió no darle tanta importancia, después intentaría recordar. Ahora lo principal era cantárselo a su amigo.
-Salazar – dijo débilmente, todavía le dolía la cabeza. – ¿Nunca soñaste algo distinto a lo que siempre vemos?
-Claro que si, Godric – dijo burlonamente Salazar - ¿o acaso crees que solo sueño contigo?
-No, tonto – Godric lanzó una carcajada. De repente sintió que el dolor de cabeza se iba – Me refiero a si tuviste alguna vez el mismo sueño pero viendo distintas cosas.
Salazar se incorporó y fijó sus ojos azules en Godric. Su cabello negro le caía suavemente y tapaba la gran mayoría de su rostro, pero Godric sabía que lo estaba mirando fijamente.
-No entiendo - se dignó a decir.
-Tuve el sueño que siempre tenemos – comenzó Godric – pero no fue igual. Vi más que lo que siempre vemos. No estábamos solos con el dragón.
-¿Cómo? ¿No estábamos solos? ¡Pero siempre lo estamos! Nunca había visto a nadie más en mis sueños.
-Por eso te digo, me resulta extraño – Godric frunció el ceño. Si, había algo que no estaba bien en todo esto.
-Dime todo el sueño. ¿Qué más viste que yo no vi? – reclamó Salazar. Había un toque de reproche en su voz. Godric miró a su amigo. Era típico de Salazar enojarse en una situación así. Era indudable de que apreciaba mucho a Godric, pero odiaba ser menos que el resto y no debía gustarle no haber podido ver lo mismo que Godric si pudo.
-Es el mismo sueño hasta que el dragón queda ciego y nos da la espalda – explicó Godric – Ahí es hasta donde habíamos llegado. Sin embargo, el maldito animal, ahora ciego, empieza a lanzar llamas a cualquier lado y en un determinado momento se queda exactamente en frente de…ella.
-¿Y quién es ella? – inquirió Salazar. Su mirada ya no tenía reproche, pero si preocupación.
-No sé – respondió Godric – no la conozco. Nunca la había visto en mi vida. Es alta y muy delgada, con cabellos rubios que le llegan a la cintura. No la vi muy bien porque estaba lejos de nosotros. Al parecer no podía moverse muy bien porque tenía una pierna rota. No…-se interrumpió Godric.
-¿No, qué? – Salazar miró con curiosidad a Godric.
-No, yo…yo sabía en ese momento que ella tenía una pierna rota. Así como también sabía que no tenía su varita – Levantó la cara y miró extrañado a Salazar – Nosotros se la habíamos quitado.
-Godric, ¿Cómo rayos puedes saber eso? – replicó – ¡Si dijiste que nunca la habías visto!
-No, no, en el sueño yo ya la conocía y yo sabía que ella no tenía su varita porque nosotros se la habíamos quitado.
-Ah…-comprendió Salazar - ¿Por qué habríamos de hacer eso?
-Al parecer…al parecer era una especie de prisionera nuestra…-Godric dejó de hablar al darse cuenta de lo ridículas que sonaban sus palabras.
-¿Qué? – Exclamó Salazar – Eso no tiene sentido. Nosotros jamás haríamos eso con una dama.
-Ya lo sé, Salazar. Solo te digo lo que sucedió.
-¿Y entonces?
-Y entonces, antes de que el dragón lanzara la llamarada tú te adelantaste y le gritaste a la mujer que tenga cuidado. – Salazar abrió sus ojos lo más que pudo – La llamaste Rowena.
-¿Rowena?
-Si, Rowena. ¿Conoces alguna Rowena?
-No, ¿y tú?
Godric suspiró.
-Creo que si. Pero no logro acordarme de donde.
- En fin – dijo suavemente Salazar – si no sabemos quien es, no podemos hacer gran cosa, ¿no?
-Si tienes razón. Creo que intentaré dormir un poco más.
-Si, hazlo. Quizás tienes suerte y puedes soñar un poco más de todo este asunto – el reproche había vuelto a la voz de su amigo. Godric refunfuñó.
-No seas tonto. Estoy seguro de que tú también soñarás con ella la próxima vez que tengas este sueño.
- Si, lo sé. Creo que yo también dormiré un poco. Debemos descansar bastante si queremos llegar mañana al pueblo de Logue.
-Está bien. Descansa, amigo.
Salazar correspondió el saludo inclinando levemente la cabeza y ambos se acostaron en el frío suelo del bosque, intentando dormir. El fuego ya casi se estaba extinguiendo cuando Salazar habló en un tono casi inaudible.
-¿Godric?
-¿Mmm? ¿Qué sucede?
-¿Cómo era ella?
Godric se incorporó lentamente.
-¿Cómo era quién?
-Rowena.
-Ya te dije que era rubia y alta.
-Si, ya sé, pero…a lo que me refiero es… ¿era atractiva?
Sin saberlo, Godric lanzó un gruñido, muy parecido al que daría un león si alguien se acercara a él. No entendió muy bien por qué lo hizo, pero al parecer eso era exactamente lo que Salazar estaba esperando que hiciera. Éste lanzó una carcajada y volvió a acostarse.
-Está bien, está bien, no te enojes. Por lo que veo, sigues queriendo ser el dueño de todas las malditas rubias de todo este condenado planeta. – decía Salazar mientras se reacomodaba en el suelo y seguía riéndose. Godric, molesto, intentó replicar pero Salazar se le adelantó. – No seas tonto, amigo. Te prometo que si algún día nos encontramos con ella, no te seré ninguna molestia.
Godric se quedó helado mientras escuchaba como su amigo se acostaba y seguía carcajeándose de la expresión que mostraba su cara. Maldición, pensaba mientras se tapaba con su abrigo, Salazar lo conocía demasiado bien.
