AnexoIII-(?)

Gran parte de los manuscritos se perdieron en el incendio de la Noche de los Lamentos. Páginas 14-134 completamente perdidas. Extractos de páginas 60, 78-81, 85 y 90-100 parcialmente legibles. A continuación se incluyen los escritos recuperados en orden numérico. (N.T.)

[Página 60 del original]

"... [las conversaciones] con Tom siempre me dejaban extrañamente agotado, tanto física como mentalmente. En lo que habíamos hablado, Tom, o más bien aquél fantasma del señor Riddle, me había demostrado ser una personalidad fuerte, siempre predispuesta al choque y a defender sus convicciones de una manera tan deliciosamente intelectual y sutil, que no cesaba de provocar los más honestos sentimientos de admiración en mí. Mucho es de lo que hablamos en el poco tiempo en el que llevábamos juntos, y es por respeto a ustedes que no transcribo cada una de nuestras conversaciones; no quiero aburrirlos con detalles innecesarios. Sin embargo, me veo también obligado a compartir mis impresiones acerca del lado más indeseado, si se me permite, de este peculiar personaje. Es que entre líneas y escritos mi mente curiosa meditaba con tenacidad acerca de las palabras que aquellas memorias me dirigían, y con más insistencia se me presentaban cada vez los signos de aquello que, en vida del adolescente Tom M. Riddle habrá representado sus diversos defectos.

Si bien en parte me veo obligado a depender de la información que esté dispuesto a darme, noté poco a poco la predisposición del diario para deslizar mentiras entre dudosas verdades. Es aquella actitud la que me hace nuevamente dudar acerca de la veracidad de todas las suposiciones en las que apoyo mi teoría del origen del señor Riddle; y aunque reconozco que en el fondo, dudar del valor de verdad de aquellos dichos sin suficientes datos disponibles para confirmarlos o negarlos no me llevaría a ningún lado por el momento, encuentro excusas de mi comportamiento en mi imaginación paranoica.

Es también digno de notar la confianza con la que el diario lleva a cabo sus monólogos más extremistas; algo que ustedes leyeron por si mismos minutos atrás, y si bien aquello da la pauta de un excelente orador, también es signo de una personalidad arrogante y algo controladora. Sumado a su evidente intelectualismo, intuyo que Tom, al menos en sus años de estudiante, habría resultado un excelente prefecto.

Quizás por esa línea debería continuar mis [investigaciones]..."

[Páginas 78-81 del original]

"(...) en parte ha sido gracias a la suerte. Si bien no soy un adepto a creer en ella, ni en ninguna otra fuerza misteriosa que no pueda invocar a través de mi varita, fue gracias a encontrarme en el momento justo en el lugar indicado que obtuve preciosa información para mi cruzada. Es cierto que, durante el incidente con Smith, no pensara más que en las consecuencias a corto plazo; pero ya distanciado de aquello, y poniendo las cosas en perspectiva, me veo privilegiado con una visión más completa del suceso.

Basta decir de todo esto que Smith dejó correr su boca más allá de dónde le convenía en presencia mía, y pronto me encargué de enseñarle que nunca es la idea más provechosa el burlarse de un auror enfrente de su hijo. Por supuesto que las autoridades pertinentes (McGonagall) no encontraron todo el asunto muy razonable, y es entonces que me encontré en detención con Filch al día siguiente, en la sala de trofeos.

Debo decir en mi defensa, si es que acaso consideran que soy una persona violenta, es que no suelo reaccionar así ante los comentarios fuera de lugar de un don nadie. Por más que lleve el escudo de Gryffindor en mis túnicas -junto con toda la reputación de una casa sobre mis hombros- soy un mago más bien tranquilo. Lo mío es la palabra, no la acción. Pero siempre existe un contexto, y en este caso me veía perturbado por una ligera depresión al ver frustrados mis intentos de buscar información del misterioso Riddle en la biblioteca de la escuela. Si bien ya me esperaba no encontrar ningún libro de su autoría, no contaba con que los registros de alumnos fuesen privados. Las primeras semanas luego de haber empezado el año las había pasado tratando de encontrar alguna pista que me permitiera evadir la prohibición, pero sin éxito. Ya para el mes de Noviembre no había nada que supiera de él que no lo hubiera hecho cuando puse un pie en el castillo a principios de Septiembre.

Es en esa nota que me remitiré a describir la inmensa sorpresa que sentí al encontrarme cara a cara con un trofeo a nombre de Tom M. Riddle mientras cumplía con mi detención. Casi mecánicamente me dediqué a cumplir con mi trabajo hasta que, distraídamente leí el nombre del homenajeado mientras pulía uno de los premios por servicios especiales a la escuela. Mis ojos se deben de haber agrandado de una manera poco digna, y estoy convencido que debo de haber dejado mi boca abierta un tiempo más largo de lo habitual, pero en ese momento estaba cegado por la felicidad. Y es que, señores y señoritas, hasta ese momento no había tenido prueba fehaciente de la concurrencia del señor Riddle al colegio (o incluso de su existencia) más que la palabra del diario (y qué mentiroso que puede llegar a ser Tom), así que debo decir que al menos yo no encuentro mi reacción exagerada. Este fue un gran paso, sin duda.

Con una energía que yo no creía posible poseer luego de un día de Transfiguración y doble Pociones, busqué por todo el salón alguna repetición del nombre que buscaba. La suerte una vez más me sonrió, y en el registro de Prefectos y Premios Anuales encontré su nombre nuevamente, galardonado con ambos honores. Lo que es más importante, sin embargo, es que ya tenía una fecha exacta de su paso por Hogwarts, y en consecuencia, de su nacimiento. Me serviría para descartar o darle más credibilidad a mis previas averiguaciones de su familia.

Puedo decir entonces, que habiendo sido Prefecto a partir de su quinto año en mil novecientos cuarenta y tres, Tom Riddle nació en el veintiocho. Tom Riddle Sr. y sus padres fueron asesinados el año siguiente a su primera condecoración, en el cuarenta y cuatro. El mismo año en el que Tom gana su premio por servicios especiales a la escuela.

Es, sin duda, un suceso de lo más peculiar el que Tom haya recibido tal distinción el mismo año en el que su supuesto padre fue asesinado. El ataque se produjo durante en el verano, momento en el que he de suponer, en caso de que Tom haya vivido con su "familia paterna", que estaba presente en la casa donde vivían las víctimas. De haber sido así, me pregunto qué habrá sucedido exactamente como para evitar que él usara su magia para impedir los asesinatos. Alguien tan inteligente como él debe haber sabido que estaría en todo su derecho al defenderse con su magia ante alguien con las intenciones de Gaunt. Aunque si Tom hubiera ya conocido para esa época a la familia de su supuesta madre (todo esto asumiendo que mi teoría de su madre siendo una Gaunt es verdadera) quizás podría explicar su comportamiento como una parálisis momentánea en una situación de extrema perturbación psicológica. No es fácil, después de todo, enfrentarse a una parte de la familia con tanta violencia.

Haber presenciado la muerte de su familia paterna quizás explique con creces la obsesión de Tom por la inmortalidad. Podría suponer que una situación así lo llevase a crear un objeto como el diario en busca de cualquier tipo de vida eterna.

Pero la parte más lógica de mi cerebro me advierte en contra de toda esta especulación. Son solo corazonadas, y debo tener cuidado de no convertirlas en hechos reales en mi mente. Existen grandes interrogantes todavía, y debo tratar de confirmarlos antes de especular todavía más sobre lo poco que sé. Por eso es que, en un arrebato de genialidad, pensé en preguntarle a los docentes más antiguos de esta escuela por Tom. Después de todo, habiendo sido un alumno tan destacado, su nombre no debe de haber desaparecido de los recuerdos escolares como su persona parece haberlo hecho de los registros oficiales.

Con no poca picardía, intenté sacarle algo de información a Filch, pero él dice (...)."

[Página 85 del original]

"... y por más que cualquier ex-alumno de Hogwarts diga que la iluminación en tales lugares sea insuficiente, mi vista es aguda, y las perlas de sudor que se formaron en la frente de Slughorn no eran un fragmento de mi activa imaginación. Una tarde de doble Pociones en la que el más mínimo de los pensamientos conseguía distraerme, y allí estaba yo en aquél momento, atento a la más mínima reacción por parte del hombre. Sabía, por parte de mi madre y luego de una extensa carta en la que me nombraba a todos los profesores que, según lo que ella sabía, habían trabajado en Hogwarts desde hacía más de cincuenta años, que él había tenido a Tom Riddle como alumno. Con las condecoraciones de Tom, estaba seguro que el hombre lo habría hecho unirse al Slug Club, sobre todo siendo Jefe de Slytherin, casa a la que perteneció el misterioso hechicero. Es por eso que su reacción me pareció muy particular, no solo por los obvios signos de un mal mentiroso, sino también por la magnitud de un cierto sentimiento palpable en el aire viciado de las mazmorras.

Miedo. Slughorn se frotaba las manos sudadas de manera nerviosa, casi espasmódica. Sus ojos me miraban con cierta desesperación, casi rogando que no le hiciera contestar mi pregunta. Sus hombros lucían tensos, listos para entrar en acción en cualquier momento.

El nombre de Tom Riddle, en aquél lugar, parecía una maldición, y de pronto sentí como si mi curiosidad se hubiese topado con un monstruo oscuro, muy peligroso.

- ¿Entonces, no sabe nada de Tom Riddle, señor? - le repetí la pregunta.

- ¡No!... quiero decir, no conozco a nadie de ese nombre, Potter - dijo, sus ojos yendo de un lado a otro. Parecía temer a una presencia invisible, y cuando pensé que iba a echarme del aula, se acercó a mí y me tomó de los hombros, diciendo en voz baja:

- Déjalo así, Potter. Tom Riddle no existe.

Me dejé llevar por su figura corpulenta hasta la salida del aula..."

[Páginas 90-100 del original]

"... y sin embargo, no podía asegurarme de cómo había llegado a esto. Malfoy y yo jamás habíamos sido los mejores amigos, pero habíamos dejado nuestra enemistad atrás hacía ya mucho tiempo. Quizás podría decirse que con la ola de redadas que el Ministerio de Magia había impulsado en los últimos meses en los hogares tradicionalmente asociados a la práctica de magia oscura Malfoy habíase sentido cada vez más y más presionado. Si así fuere, realmente no lo culparía de actuar como un idiota frente al hijo de uno de los aurores más conocidos del Ministerio.

McGonagall, sin embargo, quería tener una charla conmigo, preocupada ante mis criminales incidencias en el último año.

- Estoy francamente sorprendida, señor Potter - me dijo una vez que me sentó enfrente de su escritorio en la oficina que ocupaba-. A diferencia de su padre, jamás hemos tenido ningún tipo de problemas con usted. Siempre ha sido un excelente estudiante con un comportamiento intachable, pero ya es la cuarta vez en el año que lo debo llamar a mi oficina por un ataque contra un estudiante. Y es que no son simples peleas - McGonagall debe haber visto mi intento de explicación en camino y como profesora con experiencia que es, lo detuvo a tiempo-. Está usando un tipo de magia muy ligada al combate, señor Potter. Es como si realmente quisiera lastimar a sus compañeros, y por cuestiones relativamente pequeñas.

Sus ojos, normalmente severos e inteligentes, parecían reflejar una profunda preocupación que realmente me conmovió. Pero honestamente, no sentía que hubiera hecho ningún mal, pues en cada una de las cuatro ocasiones había sido provocado. Y en el momento menos oportuno, si tuviera que añadir.

- ¿Sucede algo, Harry?-me preguntó, sus manos entrelazadas-. Desde el comienzo del año que noto que te has distanciado de tus amigos, y apenas hablas con tus compañeros.

- Hermione está ocupada con sus OWLs y sus deberes como prefecta - me apresuré a responder-. No quiero molestarla mucho. Y Neville se la pasa con Finnigan y Thomas, a quienes honestamente, profesora, no puedo aguantar.

- Estoy segura que no les importará pasar al menos una tarde contigo, Potter. Para alguien de tu edad, no es saludable pasar tanto tiempo sin socializar.

Me permití una pequeña sonrisa, aunque traté de que no pareciera de que me estaba burlando de ella. Después de todo, ella no sabía de Tom. Estoy segura que la comunicación por escrito también cuenta como socializar.

- Así eran las cosas cuando era niño, profesora. No se preocupe, ya estoy acostumbrado.

McGonagall frunció los labios en su más conocido gesto, aquél que claramente decía "esto no me gusta, y te vas a enterar de ello". Supuse que nuevamente me iban a asignar detención, aunque estaba consciente de que en cualquier momento se iban a cansar de mis transgresiones y me amenazarían con la expulsión. Por suerte, todavía me quedaban un par de gotas hasta llegar a aquella que rebalsaría el vaso.

- Te encargarás de ayudar a Hagrid con sus tareas los siguientes tres fines de semana, y por el momento tienes suspendidas tus salidas a Hogsmeade. Espero no tener que verle de nuevo en esta situación, señor Potter. Usted no es así. Le notificaré a su madre de su detención, como es debido.

Fruncí el ceño ante la suspensión de mis excursiones al pueblo mágico que se encontraba cerca del castillo. Si bien no era algo que esperaba con ansias, proveía de un interesante corte a mi rutina en el colegio. Suponía, sin embargo, que luego de tres detenciones algo de esta naturaleza era razonable. Me levanté para irme entonces, cuando recordé que había algo que debía preguntarle a McGonagall.

- Disculpe profesora, pero es que debo preguntarle algo - ella levantó una ceja, interesada-. ¿Conoce a algún Tom Marvolo Riddle?

Su rostro perdió todo rasgo de expresión al oír mi pregunta, el color de su piel volviéndose de un blanco singular. Su cuerpo rígido, en guardia, se relajó apenas cuando abrió su boca para contestarme.

- ¿Alguna razón en particular por la que me preguntas, Potter? - sus ojos me miraban con una intensidad que jamás había creído posible en una persona. Existía en ellos una emoción poderosa, un peligro latente causado por el mismo miedo que me había resultado tan peculiar en Slughorn.

- Curiosidad mundana, profesora -le dije, en parte verdad-. Encontré su nombre en la sala de trofeos, y me dio curiosidad saber quién fue el último galardonado con el premio a los servicios especiales del colegio, y porqué se lo entregaron.

Aunque visiblemente más relajada, aquella calma que parecía haber adoptado no me engañaba. Su suspicacia era traicionada por sus ojos mientras me respondía, siempre igual de intensos.

- Yo estaba en segundo año cuando Riddle ganó el premio. Habían abierto la Cámara de los Secretos, y una niña había muerto. Supuestamente él encontró al culpable y por eso es que le otorgaron ese trofeo. Más que eso no puedo contestarle, señor Potter.

Asentí con una pequeña sonrisa.

- Si no le molesta, ¿podría decirme que es esta Cámara de los Secretos?

- Según la leyenda, Salazar Slytherin construyó un lugar dentro de Hogwarts antes de ser expulsado por el resto de los fundadores, donde duerme un monstruo que solo uno de sus descendientes puede comandar. Como te imaginarás, su misión era librar a la escuela de aquellos que él no consideraba merecieran estudiar en ella.

Mis cejas tomaron vida propia y subieron peligrosamente. Aquella información hacía sonar muchas campanas dentro de mi mente.

- Sangres impuras, ¿verdad?

El rostro de McGonagall se volvió sombrío, y había algo peligroso en su tono.

- Un término que le aconsejo no volver a usar, señor Potter.

- Relájese, profesora. Son sólo palabras.

Sentí que era el momento adecuado para una retirada, e incliné mi cabeza en modo de saludo antes de darme vuelta. Al llegar al umbral de su oficina, ella volvió a hablar.

- Las palabras parecen más inofensivas de lo que realmente son, señor Potter. Recuerde eso.


Aquella conversación sirvió para darle un punto final a ciertos interrogantes, que ustedes saben, habían surgido de mis teorías. McGonagall, por más suspicaz que pareciera ante mis preguntas, logró darme más información que lo que ella pensaba; entre líneas existía un claro mensaje. Tom Riddle, al menos en su opinión, había sido el verdadero responsable por la apertura de la Cámara de los Secretos.

Me apoyo en mi experiencia con Slughorn para decir que efectivamente Tom Riddle es un asesino; una posibilidad francamente tenebrosa, y al mismo tiempo, revista de un interés morboso del que no puedo evitar contagiarme. Si su nombre es capaz de hacer que un viejo perro como Slughorn esconda su cola entre las patas, el verdadero hombre, de carne y hueso, debe haber sido una figura de oscura importancia. Podría seguir escribiendo una oda para describirles lo que siento, pero en este momento mi cerebro emite alarido tras alarido; existe en mí un deseo mayor de elaborar un poco sobre la parte teórica de todo este asunto.

Es fácil ver a simple vista que, de haber sido el asesino de aquella víctima sin nombre en el cuarenta y cuatro, Tom posee la capacidad para abrir la Cámara, y por lo tanto, la habilidad para hablar el párcel. Aquello parece confirmar limpiamente mis teorías acerca de una tercera Gaunt, madre de Tom, y concubina de Riddle Sr.

Volviendo a aquél verano de mitad de los años cuarenta, y asumiendo que Tom vivía con su familia paterna, el asesinato de su padre se vuelve confuso. A los dieciséis años, ya prefecto y con un premio anual en camino, parecía ser un mago de una habilidad muchísimo mayor que cualquiera de sus ancestros maternos, por lo cual su aparente inacción en el crimen resulta, si no sospechosa, enteramente curiosa.

Qué he de pensar de Tom ahora, pues aquella apertura de la Cámara de los Secretos se me ha presentado como un acto premeditado y enteramente intencional, pero aún queda la posibilidad de un descubrimiento de su legado por accidente, resultando en un desastre que se habrá desesperado por cubrir. La primera opción me sugiere un profundo odio hacia los sangre impura, lo cual me parece francamente absurdo cuando él mismo tenía sangre muggle en él. Alocadamente me atreveré a sugerir el patricidio, pero esta noción me parece tan absurda como la implicación de que Tom odiaba a su propia sangre.

La segunda opción, aunque aparentemente irreal si tenemos en cuenta las reacciones de McGonagall y Slughorn, me parece un tanto exagerada. Pero me queda un recurso por agotar antes de seguir adelante con mis averiguaciones, y es Tom mismo. Si bien estoy consciente de su personalidad ambigüa y letalmente engañosa, lo conozco lo suficiente como para saber que prefiere esconder la verdad entre frases inocentes antes que mentir descaradamente.


Permitiéndome un momento entre mis detenciones y mi creciente pila de trabajos a hacer para mis clases, me senté el martes acunado entre las cortinas de mi cama, con el diario de Tom sobre mi regazo. Aunque compartíamos algún que otro comentario entre clases, desde mi conversación con McGonagall que no me había sentado realmente a hablar con él.

Si me permiten un momento de sinceridad, mis queridos lectores, no sé que pensar de todo este asunto.

Por una parte, la historia de Tom es sumamente interesante; es una novela hecha realidad, mi propia oportunidad de ponerme los zapatos de Poirot o Sherlock. De desentrañar un misterio oscuro mediante la contemplación y la aguda observación de cada detalle. Y Tom es aquél caso sin resolver para mí, un desafío personal. Mi mente me lleva a perseguir esta aventura, a buscar la excitación intelectual de una mente tan dispersa como la mía.

Por otra parte, Tom es un asesino. Accidente o no, existe algo irrevocablemente oscuro, tenebroso acerca de él, algo que parece querer ahogarme. Es al mismo tiempo mi Watson y mi Moriarty, ayudante y enemigo. Conspiración y conspirador. Y mi corazón, aquél que ha logrado que me sorteen en Gryffindor, aquél que ha crecido con las nobles enseñanzas de mi padre a flor de piel, me dice que debo separarme de esto. De olvidar que alguna vez encontré un curioso diario en una pequeña librería en Diagon Alley, de entregar a este macabro personaje antes de que pueda continuar con sus fechorías. Letemoa Tom.

Palabras sobre papel será en este momento, pero su yo de carne y hueso ha logrado que la gente tema hablar de su nombre, y este es un fantasma terrible que lo hace gigante, temible. Y es en esta grandeza que le temo y que le admiro, que provoca en mí los sentimientos más curiosos en existencia. Y tan solo es un diario, alguien atrapado entre hojas de papel que tan solo puede comunicarse conmigo y con el mundo a través de mi pluma.

En este momento, me decido finalmente. Soy alguien que busca reflejar la realidad con la palabra; el bien y el mal siempre me han parecido cosas de guerreros en santas cruzadas, o héroes de cuentos de hadas. Soy un observador; y hoy debo observar, hurgar entre los secretos más ocultos de este interesante espécimen, a pesar de mis miedos o su reputación.

Escribo finalmente sobre la hoja en blanco.

Hola, Tom. Mi pluma, para mi agrado, parece no temblar en su trazo.

Tanto tiempo, Harry, las palabras se forman rápidamente. Ansiosas, expectantes. Estoy seguro que sabe que hoy no pienso hablarle del mundo, de Hogwarts o de aquello de todos los días.

Me perdonarás la franqueza, pero pienso ser directo, comencé. abriste la Cámara de los Secretos en 1944, ¿verdad?

Como esperaba, se tomó su tiempo en contestar.

Es una pregunta peligrosa, Harry. ¿Realmente quieres saberlo?

Algo pesado se reveló repentinamente en el aire, una fuerza opresora que nublaba mis sentidos y parecía querer sofocar mis pensamientos. Dejé escapar un débil gemido, y con una mano sosteniendo mi varita me concentré en la sensación de la magia corriendo a través de mi cuerpo. Tan rápido como había aparecido, la fuerza se desvaneció, dejándome con la sensación de estar afiebrado, débil.

Hazlo, escribí, apenas sintiendo mis dedos, muéstrame quién eres, Tom Riddle.

A lo lejos escuché el eco de una carcajada, y fue entonces que el más curioso de los sentimientos se apoderó de mí. Casí como si estuviera viajando a través de un traslador, sentí como si mi cuerpo se encogiera y compactara, mis ojos cegados por una luz brillante. A mi alrededor, la confusión y el caos duraron unos pocos instantes antes de encontrarme sentado sobre piedra húmeda.

El sonido de un goteo insistente llegó a mis oídos tan rápido como pude reaccionar, y abrí mis ojos (¿cuándo los había cerrado?) para encontrarme en un baño. Aunque no reconocía exactamente el lugar, estaba seguro de que me encontraba en alguna parte de Hogwarts, evidenciado por los escudos de las casas que adornaban las piedras que conformaban las paredes. Si la muchacha que lloraba en uno de los cubículos era alguna indicación, la razón por la que no reconocía aquél baño en particular era porque era para niñas.

Confuso, y confieso, momentáneamente aturdido por toda la experiencia, me acerqué a aquella joven bruja, quien no parecía tener más que algunos años menos que yo.

- ¿Estás bien? - pregunté, casi un susurro, y noté con cierta incredulidad que mi voz parecía no lograr el eco que conseguían los sollozos de la muchacha en aquél lugar. Tardé un momento más en notar que mi visión había cambiado drásticamente, y que la realidad parecía haberse degradado hasta tomar la apariencia de una vieja película muggle, todos los colores transformados en grises y sepias.

Reconociendo lo que sucedía gracias a experiencias pasadas, finalmente me dí cuenta que estaba viviendo una memoria.

- ¿Quién está ahí? - escuché decir a la niña, y de pronto me di cuenta del ligero siseo que parecían emitir las paredes. Este se volvió cada vez más insistente, como una voz ansiosa por lograr algo. Un sonido de piedra deslizándose pesadamente, y la niña había salido del cubículo con ojos curiosos, una mano sobre la puerta de su santuario improvisado. Sin moverme, e hipnotizado por el espectáculo, seguí con la vista la mirada de la muchacha.

Altos pilares de piedra, que daban forma a los lavabos que dominaban el baño, se habían deslizado hasta dar lugar a una rústica entrada a un túnel, paredes húmedas y mohosas. Un fuerte olor a aire viciado y podrido inundó el lugar, y no pude evitar cubrir mi nariz. La muchacha, sin embargo, no pareció percatarse de ello. Sus ojos, fijos en la entrada a aquél misterioso túnel, se agrandaron al ver el movimiento de una figura oscura y su cuerpo apenas consiguió moverse antes de caer al suelo con un golpe seco.

En ese momento, la curiosidad me hizo querer ver el origen de aquél ataque silencioso; más una mano cubrió mis ojos y el baño desapareció ante mis restantes sentidos. No más olor a podredumbre y humedad, no más ligeras corrientes de aire frío sacándole escalofríos a mi piel.

- Ya puedes mirar - dijo una voz profunda, y la mano desapareció también. Me encontraba ahora en un estudio ricamente amueblado. Un hogar ardía suavemente, la luz de las brasas iluminando tenuemente toda la estancia. Noté distraídamente que todo volvía a verse en color, aunque parecía distorsionado, como si la luz no reflejara correctamente los objetos.

Sentí que la mano aparecía nuevamente, y me empujaba contra un amplio sillón. Mi cuerpo, débil y ligero por razones que no podría explicar, se dejó guiar por aquella presencia y cayó sin gracia sobre el asiento. Como adormecido me acomodé en mi lugar, buscando a través de las sombras a mi misterioso acompañante.

No tardé en encontrarle, pues la luz menguante le reveló sentado en un sillón frente a mí; espalda erecta contra el respaldo, pose elegante y refinada que contrastaba ampliamente con el desastre que era yo en ese momento.

- Tom - susurré suavemente, y él sonrió. Como todo lo que había sido hasta ese momento, aquél fue un gesto más sardónico que algo realmente genuino; una mueca que hablaba de alguien que se obliga a ser cortés por el simple hecho de que le conviene. Sus ojos (que apenas conseguía ver a través de aquella pesada sombra) tenían un tinte rojizo, y en la tenue luz que danzaba parecían adoptar la textura de un vino añejado, ligeramente ácido, con el color de la sangre al secarse.

- Treinta de abril de mil novecientos cuarenta y cuatro - dijo, apenas levantando la voz-. Ese fue el día que maté a Myrtle.

- ¿Myrtle? ¿Myrtle la llorona? - dije, apenas dándome cuenta de que había hablado. El rostro lloroso con el pelo negro brillante pegándose a la piel pasó por mi mente, y como una revelación caí en la cuenta de que aquél fantasma, uno de los más indeseables en todo Hogwarts, había sido la misteriosa víctima de Tom.

Este dejó escapar una risa entre dientes.

- Efectivamente. También fue una peste en vida, sabes - dijo con malicia-. Aunque no era a quien originalmente pretendía asesinar, su muerte produjo exactamente lo que deseaba.

Entrecerré mis ojos, y levanté ligeramente mi barbilla. Pensé en decir algo, pero decidí que sería mejor ver a donde quería llegar con todo esto.

- Habían olvidado el legado de Slytherin. Ellos, los mismos sangrepuras. Me encargué de hacerles recordar cuál era su responsabilidad, la gran tarea que había pasado de generación en generación en las grandes familias.

Alcé una ceja.

- ¿Incluso cuando tu propio padre era un muggle?

Creo que tendría que haber sabido que aquello no era precisamente lo que debía de haber dicho, más un cierto valor que había heredado de mi familia y aquél sentimiento de invencibilidad que me había invadido desde que había tomado la decisión de confrontar a Tom me llevaron a actuar de manera más imprudente que lo normal. Tom no respondió de la manera más favorable, y en un santiamén tenía su mano cerrándose alrededor de mi cuello y sus ojos rubíes (ahora brillando con furia) mirando directamente a los míos. Mi cuerpo, débil y pesado, apenas parecía responder a mis súplicas, y poco podía luchar para sacármelo de encima. El miedo había vuelto nuevamente, y me sofocaba, quemando en mis entrañas cualquier rastro de valor que me quedaba.

- Es a favor tuyo que diré esto, Harry -susurró, veneno deslizándose en cada sílaba-. Mi pasado es algo que me pertenece, y no voy a permitir que un mocoso como tú hurgue por donde se le venga en gana -la misma fuerza opresiva que me había asaltado antes de entrar a la memoria de Tom volvió a sofocarme, y de un golpe noté que era la propia magia de Riddle, que parecía querer aplastarme-. ¿Me entiendes?

Asentí débilmente, y sentí mi cuerpo desplomarse sobre el sillón. Su figura volvió a sentarse enfrente de mí; aunque a diferencia de antes ya no había un vago aire de diversión y malicia alrededor de ella. Ahora Tom parecía una pantera a punto de devorar a su presa, y pude comprender en ese instante porqué Slughorn temía decir su nombre.

- ¿Qué quieres de mí, entonces? ¿Por qué me has mostrado esa memoria? - logré decir entre jadeos, mientras frotaba mi cuello con una mano. El fantasma de sus manos me oprimía, y quería deshacerme de aquella sensación.

- Eres mi único nexo con el mundo, Harry - dijo, su voz volviendo a su tono placentero de antes-. He pasado cincuenta años encerrado allí, y ya me estaba aburriendo... lo único que podía hacer era revivir mis memorias una y otra vez.

- Además, - continuó, en sus labios una sonrisa espeluznante- como ya te he dicho, tenemos muchas cosas en común. Estoy seguro que me has dejado traerte aquí porque quieres saber qué pasó en el verano luego del incidente de la Cámara de los Secretos.

Asentí con la cabeza, dejándome llevar por su conversación. Ya tenía una idea bastante clara acerca de lo que realmente había pasado, pero estaba seguro que Tom no me dejaría marcharme de allí sin mostrármelo él mismo. Existía una cierta locura en sus ojos, algo que me recordaba al típico villano de mis novelas; aquél que gustaba de regodearse de sus crímenes frente a los héroes, orgulloso de sus fechorías.

- Debo decirlo, Harry, tienes un instinto muy agudo. Tom Riddle Sr., aquél asqueroso muggle, si resultó ser mi padre. Al igual que Morfin Gaunt mi tío, y Marvolo, mi abuelo -aunque a primera vista su rostro me había parecido agradable, apuesto incluso, ahora una mueca de rabia había retorcido sus facciones en algo horrible, siniestro-. Merope Gaunt, la hermana de Morfin, engañó a Tom Riddle con Amortentia para que este se escapara con ella... y entonces fui concebido. Como no era más que una estúpida squib, el engaño no duró mucho, y en cuanto mi querido padre se libró de los efectos de la poción, la abandonó a su suerte. Entonces ella se dejó morir, dándome a luz en un orfanato en medio de Londres y dejándome este nombre insípido como un último regalo.

Sus facciones perdieron aquél gesto de profundo desprecio, quedando en blanco por un breve instante antes de adoptar un tinte maníaco. Una sonrisa se estrechó a lo largo de sus labios, siniestra y tortuosa, acompañando a sus ojos que brillaban con una luz casi sobrenatural. Tildó su cabeza hacia un lado ligeramente, perdido en su relato. Había una grata satisfacción en sus gestos, como un hombre que recuerda los mejores momentos de mi vida. No pude evitar el escalofrío que recorrió mi espalda al verlo así, sobre todo porque ya sabía que era lo que iba a decir.

- Descubrí todo esto el verano previo a mi último año en Hogwarts. Ya había localizado a mi familia durante mi cuarto año, pero me supe incapaz de llevar a cabo mis planes hasta cumplir la mayoría de edad y abrir finalmente la Cámara de los Secretos. Teniendo ya la reputación de el Salvador de Hogwarts - dijo con una sonrisa sardónica-, sumado a mi futuro Premio Anual, sabía que nadie sospecharía de mí.

Entrelazó sus manos perezosamente, y clavó sus ojos rojizos en los míos.

- Sabes, Harry, los hombres tienen una particular tendencia a hacer de la gente aquello que quieren creer de ellos. Aunque admitiré que jamás logré engañar a Dumbledore con mis ah, encantos, el resto se conformaba con mi belleza exterior o mis poderes. Incluso en una maniobra tan apresurada y admitiré, desprolija, como lo fue inculpar a un idiota por la apertura de la Cámara a pesar de que no existía prácticamente ninguna evidencia en su contra, las autoridades prefirieron creer en lo que les decía simplemente porque era yo quien lo decía. Y es a mi favor que pensé en usar la idiotez humana en el verano en el conocí a mi familia.

- Me dirigí directamente al pueblo natal de los Riddle una vez que regresé de Hogwarts, y fui en busca de los Gaunt. Esperaba encontrarme con Marvolo, pero gracias a Morfin y una oportuna sesión de tortura me enteré que estaba en Azkaban. Todo marchaba aún mejor de lo que esperaba, y pronto me encargué de subyugar la débil voluntad de Morfin para convencerle que él era el culpable de los crímenes que estaba por cometer.

Miré con recelo cómo los gestos de Tom se volvían cada vez más animados. Se detuvo un momento para contemplar algo brevemente, sonriendo ampliamente ante lo que seguía a su relato. Su rostro adoptó una expresión casi beatífica, que podría haberme engañado de no haber sentido su magia deslizándose en el aire, oscura y opresiva como jamás la había sentido antes de este día.

- Ah, Harry...- dijo, sus ojos rojizos volviéndose hacia mí, una sonrisa contagiosa en sus labios- cuando los maté, incluso si fue con una maldición relativamente inofensiva como lo es el Avada Kedavra, sentí un placer que sería imposible describir...

Se detuvo abruptamente, y no me molesté en esconder el respingo que dí ante la repentina acción. Sus ojos, todavía clavados en los míos, parecían mirar más allá, como si estuviera pensando en algo. Intenté observar lo más atentamente posible su rostro para tratar de discernir sus pensamientos, más de pronto encontré mi vista bloqueada por algo. Alcé mis ojos, y me sobresalté al encontrar sus facciones demasiado cercanas, mirándome con un extraño brillo en aquellos siniestros rubíes.

- No, jamás podría describirlo - sus manos encontraron mis hombros, y me tomaron con fuerza-. Mejor te lo mostraré.

Y, como ya sucediera anteriormente, me encontré en otra memoria de tinte sepia y colores desgastados. A diferencia de la vez anterior, mi cuerpo parecía no responderme, y me vi incapaz de hacer nada mientras caminaba con paso febril a lo largo de un suntuoso pasillo. El estilo del lugar me parecía familiar, más mis memorias parecían algo extraño y borroso en aquél momento. Sentí mi cuerpo detenerse enfrente de una gran entrada de doble puerta de aspecto inglés, y observé, a través de mis ojos nublados, una mano de dedos largos y finos deslizándose por encima del picaporte. Fue entonces que aquella bruma que confundía mi mente pareció disiparse, y caí en la cuenta que Tom me estaba mostrando la memoria desde sus mismos ojos.

Como si aquello fuera la llave para desbloquear alguna compuerta secreta, un torrente de emociones y sensaciones extraños me invadió repentinamente; confundido al principio, me tomó unos minutos acostumbrarme a los sentimientos ajenos.

Ira y vergüenza, desprecio y ansiedad, alegría, un enfermo disfrute de la situación, una sensación de triunfo... todo al mismo tiempo sentía, y con una intensidad que lograba nublar el resto de mis sentidos. Con esfuerzo logré volver a concentrarme en lo que veía, y me encontré con el rostro sorprendido de tres personas, todas ellas mirándome a mí.

- ¿Quién eres tú? - dijo una mujer ya entrada en años, miabuela. Lucía ropas costosas y joyas aún más caras, su rostro permanentemente fijo en una expresión de desprecio, como si oliera un olor poco placentero.

No pude contener la sonrisa, casi mareado al sentir la magia que pulsaba en mis venas, vertiéndose como un torrente a través de la punta de mis dedos. Me pedíaque hiciera algo, y por Merlín, algo iba a hacer.

- ¿Acaso no me reconoces, abuela? - dije, y mi expresión se convirtió en una mueca tenebrosa, maligna-. Me parece que he salido bastante parecido a papá.

Mis ojos se deslizaron rápidamente al rostro de un hombre sentado en uno de los lujosos sillones que adornaban el salón, y sentí dentro de mí un odio tan intenso, tan profundo, que hubiera corrompido hasta el más inocente de los unicornios. Mi magia se salió de control por un momento, y la gran araña que colgaba del techo abovedado del salón explotó en mil pedazos, asustando a los otros tres ocupantes del lugar. Al ver sus expresiones de terror sentí la satisfacción apoderarse de mí como una serpiente que se enrosca alrededor de su presa, malevolente, invadiendo todo mi ser.

- ¡Tú! - gritó finalmente Tom Riddle Sr.-, ¡tú eres el hijo de aquella abominación de la naturaleza! ¡Un monstruo!

Con una calma que no sentía en ese momento al escuchar las palabras de aquella escoria insignificante, le dirigí una fría sonrisa y me acerqué a él, pisando sin cuidado los restos de la araña de cristal.

- Si, yo, queridopadre. He venido a reclamar lo que es mío - dije, usando la magia que fluía descontrolada a mi alrededor para mantenerle tendido sobre el suelo, debajo de mis botas.

- ¡Ni aunque quieras asustarnos con tus trucos de salón te daremos un centavo de nuestra fortuna, asqueroso mestizo!

Apenas me di cuenta cuando las palabras dejaron mi boca; una luz verde brilló en el salón y el viejo Riddle descansaba boca arriba con una expresión de puro terror en su rostro rígido, muerto. Había ahora un sabor diferente en el aire; la magia calma y dócil, como si la maldición asesina fuese el último paso para terminar de controlar aquél poder que dormía dentro mío, aquél retorcido deseo de destruir todo aquello que me rodeaba. Mirando mis manos, y la varita que sostenía entre mis dedos, dejé escapar una carcajada que resonó en el silencio de la sala. Debía seguir, debía hacerlo de vuelta. El sabor de un alma humana que se desgarra a la fuerza de su cuerpo era adictivo, y solo el pensamiento de hacerlo de nuevo me producía un perverso placer.

Dejé mi cabeza ladear ligeramente hacia un lado, mis ojos entrecerrados por el éxtasis que acababa de sentir; apenas sentía mi cuerpo. Dirigí mi varita hacia la anciana que lloraba profusamente junto al cadáver de su marido, y ella volvió su rostro hacia mí, suplicante y confundido. Sintiendo el ardor de aquél deseo de muerte, dejé que aquella flama me consumiera completamente y volví a conjurar la maldición asesina, escuchando extasiado los alaridos de la vieja antes de caer al suelo sin vida.

Me sentía lleno de energía, ligero; me acerqué al cadáver de la mujer y lo levanté del cuello, mirando su expresión de horror con profunda alegría. Aquél era mi trabajo, mi poder. Como un adicto, la necesidad hormigueaba en mi piel pidiéndome más y más, y de haber tenido más tiempo hubiera hecho lo indecible con aquellas escorias, a fin de prolongar aquél éxtasis.

Tiré a un lado el cuerpo y me acerqué silenciosamente a mi padre, quien yacía en posición fetal, encogido entre una biblioteca y un secreter.

- Mírate ahora, viejo -le dije con una sonrisa-, te estás por hacer encima. No eres más que un asqueroso muggle, un insecto, un animal. Y te voy a matar a ti y a toda tu puta especie, ¿y sabés por qué? Porque me dan asco. Porque en este mundo no se necesitan más que magos y brujas, los únicos seres humanos sobre la faz de este asqueroso planeta.

Sentí repugnancia ante el débil gemido que emitió, y lo pateé en el rostro.

- Eres una maldita escoria, una puta barata, viejo - le escupí-. Y hoy te voy a matar, te voy a matar y me voy a cagar de risa cuando lo haga; me va a importar un carajo, porque no eres nada en este mundo. Ni tú ni el resto de tu especie.

Alcé mi varita hacia él, y con mi magia le obligué a mantener sus ojos abiertos. Quería que lo último que viera fuesen los cuerpos de sus padres y a su hijo condenándole a una eternidad de sufrimiento. Sonreí una vez más, y entre carcajadas, grité:

- ¡Avada Kedavra!

Debo reponerme un momento antes de seguir con mi relato, queridos lectores. Es por un puro deseo de ser fiel a la verdad y nada más que a la verdad que les transmito esta terrible historia; quiero que comprendan lo terrible de vivir las experiencias de alguien más en carne propia, especialmente si ese alguien más resulta ser Tom. Recordar aquella memoria no me supone una tarea fácil, y es hasta hoy, una semana más tarde, que siento nauseas de solo pensar en ello.

En aquél momento, una vez vista la luz verde que engullía el rostro angustiado de Tom Riddle Sr., fui devuelto nuevamente al estudio en el que Tom me esperaba, con una sonrisa maníaca en el rostro. Sintiéndome aún más débil que antes, mis rodillas golpearon el suelo pesadamente, y me dejé caer sin cuidado enfrente de la mesita ratona que separaba el espacio entre los dos sillones que habíamos estado ocupando hasta ese momento.

Me sentía enfermo, como si algo oscuro hubiese invadido mi ser, y sentía la necesidad de expulsarlo. Creo haber vomitado a los pies de Tom, quien me miraba extrañado.

- Interesante - dijo, tildando su cabeza hacia un lado-. Dime, Harry, ¿alguna vez has practicado las artes oscuras?

Busqué los restos de cualquier fuerza que pudiera lograr, y me apoyé sobre mis codos antes de descansar mi espalda contra los pies del sillón más cercano. Miré a Tom por un largo momento, mi mente adormecida y confundida.

- No - finalmente le respondí.

- Eso explica tu malestar físico - explicó-. Tu mente acaba de procesar un tipo de magia con la que no es compatible, por el momento, y naturalmente reaccionó de manera violenta.

Asentí pesadamente, sintiéndome demasiado débil como para que me importase.

- No hemos terminado - me dijo, notando mi cansancio, y puso un dedo en mi frente. Sentí una corriente eléctrica al contacto, y de pronto mis músculos volvieron a cobrar vida, mi mente corriendo tan ligera como de costumbre.

- Siéntate - me ordenó, y sin pensarlo, le obedecí. Quizás, de no haber sido aturdido por aquella experiencia, hubiese notado en el momento el extraño brillo en los ojos de Tom, pero me encontraba muy agradecido por el minuto de silencio como para observarlo atentamente. Terrible error de mi parte.

- No hablarás de lo que has visto hoy a nadie, y todo aquello que sabes de mí permanecerá en secreto, ¿entendido? - Tom movió su mano y sentí el aire que me rodeaba moverse como una brisa sin viento. Baje mis ojos hacia mi mano, donde sentía un leve cosquilleo, y alcancé a ver una fina banda negra desaparecer a la altura de mi muñeca-. Por las dudas, por supuesto. Una simple maldición de silencio perpetuo.

No pude evitar la mueca formándose en mi rostro, lo que le hizo sonreír. Aunque eran simples, aquellos conjuros tenían reputación de ser un arte muy, muy oscuro. Nada que significara buenas noticias para mí.

- Excelente - comenzó, y se levantó lentamente de su asiento, sus ojos clavándose en los míos con intensidad-. No soy un hombre caritativo, Harry. Todo lo que te he dicho hasta ahora, lo que te he mostrado, tiene un precio - se detuvo frente a mí, y sentí con aprehensión como si algo pesado cayera en el fondo de mi estómago-. Y pienso cobrármelo ahora.

Se arrodilló frente a mí, sus manos sobre los apoyabrazos formando una jaula humana. Tuve la necesidad infantil de encogerme en mí mismo, acobardado ante su mirada fija, pero me contuve y clavé mis ojos en los suyos sin miedo. Dejó escapar una carcajada (una mucho más controlada que aquellas que había largado al matar a su familia).

- Podemos hacerlo de la manera fácil, o de la manera difícil, Harry. Tú eliges. Pienso tener todos tus recuerdos en compensación por la información que te he dado; depende de tu cooperación cómo lo he de hacer. Y déjame asegurarte, te conviene cooperar.

Aquello me dejó sin palabras, y pensé por un minuto tirarme encima de él y salir corriendo, pero incluso en mi mente sonaba estúpido. Definitivamente no pensaba darle mis memorias a Tom, aunque ello me dejaba con pocas opciones para escaparme de él. Él pareció darse cuenta de mi lucha interna, y puso sus manos largas y finas sobre mi frente sudada, sonriéndome con falsa dulzura.

- ¿Acaso sabes lo que es la Legilimancia, Harry?

Negué con la cabeza.

- Es una magia oscura y olvidada, algo en lo que soy extremadamente proficiente... y me permite acceder a los pensamientos más íntimos de una persona, observar aquello que temen que el mundo vea - sus ojos, de pupilas gatunas a la luz del hogar, se dilataron y expandieron, haciéndome sentir algo mareado-. Puedo hacerte olvidar quien eres, como puedo simplemente sentir aquellos pensamientos en los que nunca reparas, apenas existentes en la corteza de tu consciencia...

Sus ojos, tan hipnóticos, parecían querer engullirme, y asentí distraídamente; su magia acariciaba suavemente la piel expuesta de mis brazos, acunándome como a un niño perdido. Me dejé llevar por aquella danza de palabras y abrí mi mente, ya tan exhausta de luchar, a aquella presencia extraña.


Cuando desperté, estaba de vuelta recostado sobre mi cama en Gryffindor, el diario inocentemente descansando junto a mi.

[N/T: el escrito termina aquí en el manuscrito original. Las siguientes cinco páginas, quemadas parcialmente, están completamente en blanco por razones desconocidas.]