Anexo IV– Diciembre de 1998.

[El siguiente escrito fue encontrado entre documentos legales pertenecientes a Harry J. Potter, los manuscritos están fechados, y parecen haber sido arrancados del cuaderno original.]


No he hablado con Tom en semanas.

Admitiré en gran parte que era consciente de con quién estaba tratando. Aunque esporádicos, sus monólogos dejaban ver mucho más de lo que estoy seguro que él querría que viese. Tom es joven; una memoria congelada en el tiempo. Es su falta de experiencia la que le hace subestimarme en gran parte, pensando que jamás seré capaz de captar aquello que él no se preocupa en ocultar. Pero lo noto, y observo. Es mi pasión, mi vida, mi arte; soy un enamorado de las letras y de la vida, y hago de un oficio el mirar.

Es lo único en lo que en este momento sostengo como arma ante su silenciosa avanzada. Tom es algo que aprendí a recelar en poco tiempo; una figura, que aunque auguraba sospechosa, resultó ser de un calibre que no estoy seguro de poder manejar. Le temo, lo admito, le temo enormemente. Es sólo una palabra en un papel, y sin embargo su presencia se me antoja asfixiante, mortal.

Por eso no he puesto un dedo sobre el diario en tanto tiempo. Me aterra pensar que quizás la simple atención que le doy en estas humildes páginas sea suficiente para darle más poder sobre mí. Que, de alguna forma, lo encuentre esperándome en aquél estudio cada noche; dispuesto a absorberme y atraparme dentro de aquel diario eternamente. Y es que ya no sé de qué es capaz el infame objeto, ni me encuentro seguro de su propia naturaleza. Solo sé que por el momento mi instinto me urge a desentenderme de todo esto, a refugiarme en el seguro edén de mi aparente rutina. Quiero volver a los días de antes.


Como si fuese un fantasma de cuya maldición no me puedo librar, Tom y su legado parecen perseguirme. Pero qué destino parece haberme deparado, ¡oh, Merlín! ¡Pobre de mí! De los horrores que debo hacerles testigos, mis lectores…

Será justo y oportunamente necesario que empiece aclarando que no fue ni dos horas atrás que McGonagall me informó que el director deseaba verme. Desde hace unos días que me venía sumergiendo en la infame, pero dulcemente segura, rutina de seguir a Neville por donde fuese que el tímido niño caminase. Quizás cualquier otra persona se hubiese sentido invadida, y no poco molesta por mis acciones, pero no es poco lo que Neville conoce de mí. ¿Intimidad, le llaman? Tal vez. Es hecho y hecho cierto que me he vuelto, ah, culo y calzón de mi estimado Longbottom, pero que no sea dicho que lo he hecho por miedo. Necesito, yo y cualquier otra persona que fuese a verse en una situación parecida, algo de paz mental.

Pero no, parece que el destino ha hecho de mí su juguete favorito. Quizás me crean paranoico, pero, ¿a qué le llaman a esto? ¿Coincidencia, desafortunada casualidad? ¿Jugarreta de algún poder superior que parece odiarme? Ah, ah, ah. No me estoy volviendo loco, pero esta situación parece irse de mis manos. Y es que mi respetado director, el grandioso Albus Dumbledore, me mandó a llamar con el simple propósito de hablar de Tom. Tom Riddle.

Me permitiré adelantarme un poco a los hechos por esta horrorizada incredulidad que siento en este momento, y les confesaré, que si mis miedos no son infundados (y raramente no lo son, pues no soy dado al drama innecesario) estoy metido hasta al fondo en la peor mierda de este siglo. Literal y figurativamente, ya no importa como lo puedan tomar.

Admitiré que mientras caminaba junto a McGonagall rumbo a la gárgola de piedra que custodia la entrada a la oficina del director (y si, he estado allí varias veces), no guardaba sospecha alguna que esto pudiese relacionarse de alguna forma con el diario. Después de todo, y aunque a ustedes no les hable de otra cosa, en mi vida hay sucesos más allá de Tom (especialmente desde que le encerré en mi baúl, bajo llave y debajo de unas viejas medias que unos parientes de mi madre me mandaron para Navidad). En mi adorable inocencia pensé que quizás aquél desdeñoso Hufflepuff que parece maldecir el suelo sobre el que camino finalmente había dado rienda suelta a su maña de mentiroso, esparciendo rumores por aquí y por allá acerca de una cierta jugarreta que definitivamente no le jugué al profesor Slughorn. No sería la primera vez que me he visto víctima de estos terribles agravios.

Pero mis queridos lectores, no soy nada si no una persona extremadamente perceptiva, y fue el rostro grave del director Dumbledore lo que me llevó a desechar inmediatamente mis infantiles sospechas. Si bien es un hombre afable, benevolente, modelo (incluso) de abuelo "ideal" con un estilo muy Papá Noel, aquella mirada de acero que en ese momento me dirigió no parecía estar totalmente fuera de lugar. Había un brillo gastado en aquella expresión, algo que me decía que había sido usada muchas veces en tiempos ya olvidados; como el semblante de un coronel retirado que se ve obligado a combatir de nuevo. Era la mirada de alguien que ve su vida en peligro; la inteligencia afilada de un perro acostumbrado a luchar. Y podría seguir describiéndola, maravillándome de su intensidad; pues en aquél momento pude ver al Albus Dumbledore que había recibido la Orden de Merlín en los tiempos de Voldemort y Grindelwald. La leyenda que pude leer en los libros de historia, brillando en todo su esplendor.

Aquél perturbador pensamiento, conmigo como su soldado subordinado y él, importante general, fue el que (ya sea por un golpe de inspiración, o mi loca imaginación) me llevó a pensar en Tom. No estoy seguro si en ese momento hubo algo en mi expresión, o si el hombre tenía un talento remarcable para ver a través de mis ojos, pero sus ojos traicionaron una cierta sorpresa al encontrarse con los míos, la cual desapareció tan rápido como había aparecido.

- Siéntese, señor Potter, si es tan amable – me indicó, señalando una de las cómodas sillas con una de sus manos nudosas y arrugadas-. ¿Le apetecería un caramelo de limón? ¿Un té, quizás?

Fue aquél abrupto cambio de actitud el que me hizo sobresaltarme; con sorpresa noté que me había dejado caer en el trance de aquella mirada de acero. Dejé que mi mente se acostumbrara a la postura amable y cálida del hombre antes de acercarme al escritorio.

- No, gracias, director – respondí con una sonrisa nerviosa-. Tan solo me gustaría saber por qué estoy aquí.

Si bien los defectos del director eran bastantes, lo que nadie podía reprocharle es que fuese un viejo sádico. Inmediatamente sonrió ante mi gesto nervioso, y puso las manos sobre la mesa, jugueteando con sus dedos torpemente. El contraste que ofrecía su rostro avejentado y sabio con las túnicas chillonas y la postura infantil era sorprendente. Aunque no fuera más que por eso, por aquél carácter peculiar y extravagante, sentía un gran respeto por aquél hombre.

- Harry –comenzó, y con interés noté que había usado mi nombre-, sé que eres un joven que aprecia no andarse con rodeos, por lo que iré al grano.

Esperó a que asintiera la cabeza para seguir.

- La profesora McGonagall y el profesor Slughorn me han comunicado acerca de un cierto interés que has demostrado tener en los últimos tiempos respecto a un tal Tom Riddle, ¿estoy en lo cierto?

- Completamente, señor - le respondí con toda la normalidad que el nudo en mi garganta me dejaba demostrar.

Levantó su mirada por encima de sus anteojos de forma de media luna; brillantes y penetrantes, me recordaban en cierta forma a los ojos de Tom.

- Ah, ya veo, ya veo...- su voz se apagó por un instante, en contemplación-. Quisiera que perdonaras mi intromisión, pero realmente me gustaría inquirir por el origen de este interés por el señor Riddle.

Creo que no faltaría a la verdad si dijera que en ese momento mi corazón y mi mente parecieron sincronizarse en un ritmo frenético, y rezaré por lo que dure mi recuerdo de esta reunión (que sospecho, será un largo tiempo) que aquello no se haya dejado ver en mi expresión. Busqué la mentira más creíble, la excusa más verídica; por un largo momento, nada venía a mi mente.

La inspiración, sin embargo, funciona de maneras misteriosas; en aquél oportuno instante mis ojos se posaron accidentalmente en un tal "Director P. N. Black". El tenebroso Black (quien no tengo duda debe ser un pariente de mi padrino Sirius Black) me miraba atentamente y con un gesto poco amable. Sin quitar los ojos del adusto personaje, respondí con calma:

- Escuché a unos retratos hablar de él, y luego vi su nombre en la Sala de Trofeos. Vi que ganó el Premio por Servicios Especiales, y quise saber quién era, nada más.

La mirada de Dumbledore siguió fija en mí unos momentos, largos y terribles, hasta que finalmente su invisible peso desapareció de mis hombros al levantarse el director de su silla. Por un momento sentí el impulso de confesarle todo; la verdad acerca de Tom, el diario, las horrorosas memorias... el miedo, el terror en los ojos de Slughorn vinieron a mi mente fugazmente, y sentí que se reflejaban en mí. Existía, en aquél instante, un entendimiento que nace a partir de las experiencias compartidas; pues ambos habíamos conocido la magnitud del lado más tenebroso de Tom Riddle.

Dumbledore se hizo gigante por un instante; una figura protectora a la cual podía confesar mis pecados y pedir la absolución. Dudé, quizás por un instinto infantil que me llevaba a refugiarme en las figuras de autoridad, quizás porque había en mí un deseo de volver el tiempo hacia atrás, de borrar lo pasado. Quería deshacerme de estas experiencias aterradoras, más incluso en mi miedo existía una tenacidad que me han dicho, me caracteriza. Algo empujaba en contra de aquellos pensamientos cobardes, algo que me urgía a ocultar aquellas calaveras proverbiales en mi armario, y a esconder el polvo bajo la alfombra.

Y sin haber pasado ni un instante, supe que no podía hacerlo. Carecía de fuerza para abrir la boca, y mis ganas se escurrían de entre mis manos como agua de río. Inútilmente me debatí en contra de esta repentino silencio, pero pronto el momento pasó y ya había perdido mi chance.

- La curiosidad es algo valioso, sin duda... - dijo Dumbledore, de espaldas a mí-. Sólo hay que ser cautos con ella.

Vaya si he aprendido mi lección, señor director.

- ¿Por qué me dice todo esto, señor? ¿Qué sucede con Tom Riddle?

- Muchas cosas que me hubieran gustado que no pasasen - respondió pesadamente el anciano mago-. Entre ellas, una guerra. Muerte. Tom tomó el camino equivocado, y muchos pagaron por ello.

Fijó nuevamente sus ojos azules en mí, y noté que sus manos, entrelazadas, parecían apretadas con fuerza, los nudillos blancos.

- Tom Marvolo Riddle es el nombre verdadero de Lord Voldemort - mi corazón, en aquél momento, pareció detenerse por un momento; mi mente estaba en blanco, sin saber exactamente qué pensar o qué hacer. El director debe haber interpretado esto como ignorancia de mi parte (oh, ¡si tan solo estuviera en lo cierto!), pues rápidamente agregó:- Fue un mago terrible, muy inteligente y poderoso, pero hacedor de verdaderos horrores. Intentó derrocar al Ministro de Magia hace menos de cincuenta años, junto a los Caballeros de Walpurgis... fue una revuelta terrible. Si no me equivoco, tu abuelo, Charlus, era el Jefe del Departamento de Relaciones Exteriores en esa época.

Aquél dato insignificante me hizo salir parcialmente de mi estupor. Sentía, de repente, como si todo le estuviera sucediendo a otra persona; yo se transformaba en él, y la primera persona se sentía extraña en aquellos labios ajenos. Dejé que aquél sentimiento me envolviera suavemente; me dejé llevar.

- Sí, mi padre me ha hablado de él. He leído algo acerca del Innombrable, pero no conozco los detalles. ¿Tenía algo que ver con la Revolución de Grindelwald en mil novecientos cuarenta y cinco, acaso? Sé que estaba relacionado con la facción pro sangre pura.

- Así es - me respondió-. Voldemort pretendía tomar el poder para segregar a los magos nacidos de muggles, lo cual iba en concordancia con las agendas de más de un sangre pura. Pero por suerte pudimos detenerlo justo a tiempo, y escapó al extranjero.

Con un poco temor, y atrapado por aquella mística que nace de las anécdotas históricas, le pregunté lo que nadie se atrevía a decir en los libros de historia.

- ¿Y dónde se encuentra ahora?

Dumbledore frunció los labios, casi ocultos detrás de su frondosa barba blanca.

- Me temo que nadie lo sabe. Estoy casi seguro que todavía camina entre nosotros, quizás no aquí, en Inglaterra, pero sí en cualquier otra parte de Europa. Y, con suerte, quizás haya abandonado sus viejas ideas, aunque confesaré que ya en sus días como estudiante Tom era un joven bastante obstinado.

- ¿Usted enseñaba aquí cuando él era un estudiante, señor director?

- Efectivamente, Harry - dijo Dumbledore con tristeza-, y lamento todos los días haberle fallado de esta forma. Que haya seguido el camino que siguió... quizás si las cosas hubiesen sido distintas, él hubiera ocupado mi lugar.

Asentí, extrañamente movido por sus palabras. Había algo de nostálgico en aquél hombre que muchos alaban por grande. Esta no era la primera vez que hablaba con él, y sin embargo recién en ese instante comprendí la magnitud de su humanidad, que aquél era un ser tan cargado con pecados y errores como aquél que lo mira desde abajo. Se me hizo terrible la historia, tan compleja y rica en su longeva vida, de aquél personaje que trascendía más allá de aquellas cuatro paredes.

Y se me hacía casi incomprensible que alguna vez Tom haya sido un pupilo para este afable personaje; que el brillante estudiante haya sido el objeto de las esperanzas de un hombre que confía en el futuro, y que el camino que tomasen ambos haya divergido de manera tan brusca.

- Creo que me entenderás si te pido que no persigas el nombre de Tom Riddle - pronunció el director, una orden tanto como un pedido amable-. Existe una fascinación morbosa en todos los hombres, y en más de una ocasión los ha llevado al infortunio. No quiero que lo mismo te suceda a ti, que eres mi estudiante. Sé juicioso, Harry, y no te dejes engañar por una anécdota del pasado.

Me despidió sin decir más.


Ya por mi cuenta, sentado en uno de los tantísimos jardines de invierno que se encontraban en el interior del castillo, dejé que el shock inicial por la charla con Dumbledore pasara. Aunque perturbador, el hecho de que Tom y Voldemort resultaran ser la misma persona le daba un cierre con moño al asunto; era como si una luz hubiese iluminado aquello que faltaba por ver, todo cobrando sentido.

Admito que poseer algo de Voldemort no me dejaba el mejor gusto en la boca, y tenía la sensación de que algo sucio manchaba mi piel; sentía la necesidad de lavarme, metafóricamente, y abandonar el diario a su suerte. Tenía muchos miedos, y gran parte de ellos muy intensos. Mi mente no dejaba de rondar en lo que había sucedido semanas atrás, cada detalle vívido en mi imaginación. Los terribles ojos de Tom, su cruel expresión, la magia opresora que parecía retorcerme a su capricho... los escalofríos son constantes. Y son aquellos recuerdos los que hacen resonar una tenebrosa pregunta, la silenciosa preocupación de que, de ser así su yo más joven, hasta qué magnitud llegaría la maldad de su yo actual.

Es misterioso el vínculo que nos une al diario y a mí, y no es por inocente que jamás haya tocado en estas páginas la posibilidad de alguna magia compulsiva que me atara a su destino. Desde aprender de su verdadera naturaleza, he dado por obvio que de alguna manera se las habrá ingeniado Tom Riddle para proteger las páginas de aquella magnífica creación, y el empleo de hechizos que permitiesen sugestionar a quien portase el diario solamente me parece la solución más evidente. Es en parte a ello que me he visto incapaz de pensar en deshacerme de él por medio de algún método violento; y, aunque corro riesgo de subestimar mi paranoia latente, también sospecho que en mi encubrimiento de su existencia también hayan jugado un papel importante.

Quizás haya sido esta conexión, o tal vez mis propios deseos de poder hablar con alguien, quien sea, de aquél secreto que me veía obligado a guardar, la que me llevó nuevamente a Tom, escondido en mi baúl. Era extraño estar consciente de que aquello que se encontraba entre un par de calcetines muggles y unos mazos de cartas pertenecía a uno de los últimos grandes magos oscuros que había visto la historia de la magia; entre tanta normalidad y rutina, el tenebroso artefacto parecía perfectamente inocuo a los ojos de los desprevenidos.

Fue aquella aparente naturaleza inofensiva la que avivó en mí un deseo ardiente de deshacerme de él. Tenía esta idea firmemente plantada en mi mente acerca de una cierta omnipresencia de aquél gran señor de las artes oscuras, tal como sucede con todos aquellos personajes que hacen historia, y por ello me veía infantilmente asustado por la idea de tirar por cualquier lugar el diario (o, en el peor de los casos, destruirlo). A su vez, sentía el deber de evitar que alguien más cayera presa de sus encantos, y por eso tenía como última opción devolverlo.

Así es, devolverlo. Aunque una opción inaudita para muchos, he de confesar que mi amor por la lectura y la escritura me ha dado un gusto por las soluciones creativas. Tenía demasiado miedo de destruirlo u ocultarlo; ya fuese por sufrir la ira de un hombre del talante de Voldemort o por temer que alguien más inocente que yo resultara lastimado por las confabulaciones de Tom. Lo único que me quedaba era retornar el libro a su creador.

Por supuesto que jamás seré lo suficientemente estúpido como para sugerir hacerlo personalmente; pues por más de que sería una experiencia académicamente interesante conocer a Voldemort, mi sentido común dicta mantenerse lo más lejos posible del hombre. Tal vez Tom sepa de alguna forma para contactarlo indirectamente, y poder entregarle el maldito diario.

Así fue que saqué el libro de mi baúl, y me senté como tantas veces había hecho en mi cama, escondiéndome entre las cortinas escarlatas. Sentía no poca aprehensión al abrir el libro, recordando el viaje de la última vez, pero decidí hacerle honor a las cualidades de mi Casa y enfrentarlo de una vez.

Tom, escribí. Mi pluma, apretada fuertemente contra el papel, se había deslizado lentamente y con esfuerzo al trazar la palabra, tratando de esconder el ligero temblor de mi mano.

Harry, mi nombre apareció ligeramente, y tenía esta extraña impresión de que Tom estaba... ¿feliz? de verme. Tenía la impresión de que jamás iba a volver a verte escribir en estas páginas.

Es una mentira, escribí casi automáticamente, sabías perfectamente que iba a volver. Los encantamientos que usaste para proteger al diario me impiden simplemente abandonarte.

Me conoces tan bien, que hasta diría que somos la misma persona. Mi estómago dio un vuelco al leer sus palabras, repulsivas como eran. Pero no seamos desagradecidos, Harry, también me ayudaste a reforzar los encantamientos con tu magia.

¿Qué?

Cada vez que escribes en el diario, me permites tomar algo de tu energía, lo que fortalece la magia del diario. ¿Recuerdas lo que hice la vez pasada? A pesar de que no podía verme, asentí de manera subconsciente, sintiendo la vergüenza del miedo que aquél recuerdo me proporcionaba. No lo podría haber hecho cuando nos conocimos. Me cansaba el simple hecho de contestarte. Ahora, en cambio...

La manera en que cada punto apareció sobre la hoja, lentamente, me produjo escalofríos. Me negué por un momento a creer que aquello estaba pasando de nuevo; inmovilizado por la magia de Tom y mis propios miedos, sentí la horrenda sensación de ser aplastado y luego expandirme nuevamente. Antes de que pudiera pestañear, estaba de nuevo frente a Tom, en aquella habitación pobremente iluminada por la hoguera.

En un extraño golpe de inspiración, noté a la tenue luz del fuego que la alfombra sobre la que estaba parado era la misma sobre la cual habían descansado los cuerpos de los Riddle en la memoria de Tom. Aquella oscura habitación era un modelo exacto de aquella en la cual Voldemort había asesinado a su familia paterna, pensé entonces, y el temor y la sospecha se adueñaron de mí.

Tom, quien estaba mirando intensamente mi rostro, debe de haber adivinado lo que pensaba, pues sonrió, y dijo:

- Este es la habitación en la que asesiné a los Riddle, como ya te habrás podido dar cuenta. Me trae buenos recuerdos- lo miré como si estuviera completamente loco (y no creo que estuviera muy equivocado)-, pensé que apreciarías la familiaridad.

- A decir verdad, apreciaría estar en mi habitación en la torre de Gryffindor, muchas gracias.

Tom rió ligeramente, y me miró, divertido, mientras su magia se volvía contra mí y me empujaba hasta sentarme en el mismo sillón que la vez anterior.

- Podrías pedirme que me siente, sabes...- dije, molesto. Por más miedo que pueda sentir un hombre, siempre existe un punto en el que el coraje lo sobrepasa; y este coraje consigo trae la furia y el sentimiento de injusticia. Y aquello era lo que me pasaba en aquél momento: quería estar en mi cama, fuera de aquél tenebroso lugar, y ¡Tom no me dejaba irme!

Infantil como pueda sonar ahora, pronto recordé con quién estaba hablando cuando el susodicho, ya sentado en su imponente sillón y luciendo como un rey en su trono, dijo:

- Ah, tenía la impresión que no ibas a querer sentarte junto a mi familia.

Temiendo lo que aquello pudiera implicar, miré hacia un lado del lujoso asiento, mis ojos luchando por ver a través de las espesas tinieblas. Como siguiendo una rutina coordinada, la luz del hogar se intensificó, y las sombras retrocedieron, dejando ver los cuerpos de los tres Riddle sentados junto a mí. La piel pálida y ligeramente azulada brillaba tenuemente a la luz del fuego, la cual arrancaba los más peculiares reflejos en los ojos vidriosos, que parecían resplandecer por sí mismos. Aquellas tenebrosas esferas sin vida se dirigían hacia mí; sus rostros congelados en aquellas muecas de espanto de cara al mío parecían acusarme de algún crimen silencioso. Recordando sus gritos, sus miradas suplicantes, solamente dirigidas a , mi piel se erizó y llevé una mano a mi boca para evitar las arqueadas que se apoderaron de mí. Por un momento terrible, yofui quien los había matado, y eran ellos, mis víctimas, quienes habían vuelto de la tumba para atormentarme.

El olor a muerte asaltó mis sentidos en aquél instantes, y las arqueadas se intensificaron. Todo en aquél lugar parecía pertenecer al más allá, y yo era tan solo un polizonte de la tierra de los vivos que no debía estar allí. Sentí una mano que tocaba mi mejilla, y desperté de aquél trance.

Cuando logramos por algún medio adormecer nuestros sentidos para caer presas de nuestra propia mente, el despertar se nos hace una experiencia intensa; estamos conscientes de cada detalle de nuestro cuerpo, cada gota de sangre que fluye por nuestras venas, y es en esa superconsciencia que conseguimos sentirnos, por un breve momento, como una unidad. Es algo parecido lo que me sucedió a mí cuando Tom tocó mi rostro, y mi magia respondió al despertar actuando descontrolada. De la misma forma que en aquella habitación la magia de Riddle me parecía opresiva y omnisciente, ahora mi propia magia se hacía presente. Me sentía ligero y algo delirante, como si estuviera sufriendo una sobredosis de mis propias fuerzas.

Tom dió un paso hacia atrás, su rostro una mueca de sorpresa y miedo.

Aquella mirada logró despertar algo en mí que no creía poseer: un deseo perverso por verlo indefenso, a mi merced. En aquél instante él había perdido el control de la situación, y en mi estado delirante, pensé en aprovecharlo. Sentí como mi rostro se deformaba en una mueca siniestra, y con mi magia danzando caótica alrededor de mí, me tiré encima de Tom. Mis acciones lo tomaron por sorpresa y se dejó caer pesadamente sobre la alfombra, mi cuerpo más joven y pequeño encima del suyo.

Mis manos encontraron su cuello con sorprendente facilidad, y comenzaron a cerrarse con una fuerza sobrenatural, mientras Tom Riddle se debatía y trataba de liberarse. Ya no importaba que aquél fuera Voldemort, o que su magia tenebrosa pudiese encerrarme en aquél lugar; no importaba que yo no fuera un asesino, ni que aquello pudiera condenar mi alma. Era la sensación intoxicante que me proveía mi magia al burbujear en mis venas, mi cabeza vacía de todo pensamiento, y mi deseo perverso por controlar a aquél poderoso ser lo que me daba energía. Comencé a reírme sin saber bien por qué, y solté a Tom, quien hace rato había dejado de moverse. Toqué distraídamente su mejilla, su pelo, y apoyé mi cabeza en su pecho para escuchar su corazón.

El silencio cayó sobre mí como un balde de agua fría, y tan repentino como me había invadido, mi estado de completa locura me abandonó. La sensación de muerte volvió, tan terrible como antes, magnificada por mi asesinato. Miré, asustado y con miedo, el rostro petrificado de Tom, y encontré sus ojos abiertos, mirando los míos. El rojo iris brillaba intenso, y había en ellos un poder tan terrible, tan destructor, que no pude evitar tirarme hacia atrás instintivamente. Una mano se levantó, rápida como el relámpago, y tomó con fuerza mi brazo para evitar mi escape. Aprovechando el precario balance que me sostenía encima del cuerpo de Tom, me tiró hacia adelante, y caí sobre su pecho pesadamente. Si hubiera sido cualquier otra persona, estoy seguro que aquello le hubiera quitado el aire; pero aquél cadáver animado parecía una estatua de hierro, inmóvil y severa, con ojos que relucían como piedras preciosas.

Mi magia, liberada y ahora en control, fluía suavemente a mi alrededor; me encontré como un gato erizando su pelaje al sentirse amenazado. Había un sabor a catástrofe en el ambiente; en todo mi ser corría la electrizante adrenalina, en mis venas gritando el peligro que corría.

Arriesgué mirar el rostro de Tom, y como un niño levanté mi rostro de entre la tela de las túnicas que cubrían su pecho. Su mirada no había cambiado en lo más mínimo, pero al notar que lo observaba curvó ligeramente los labios en una expresión siniestra. Vi por el rabillo de mis ojos que levantaba una mano, y escondí nuevamente mi rostro entre sus ropas, temeroso.

Sentí entonces unos dedos que acariciaban suavemente mi cabello, jugueteando con los mechones rebeldes que descansaban sobre el tope de mi cabeza. Desconcertado por la acción, traté de levantar mi mirada, pero la mano se volvió vengativa y aplastó mi rostro contra el pecho de Tom bruscamente.

Sentí como mi magia, que había reaccionado al impacto, volvía a desatarse furiosa, pero inmediatamente el sentimiento opresivo de la oscura fuerza de Tom se cernió sobre ella y sobre mí, aplastándonos como lo había hecho su mano.

- ¿Te ha gustado, Harry? - susurró la voz de Tom a mi oído, peligrosa y aguda-. ¿Te ha gustado sentir como se escapaba mi último aliento, como me encontraba completamente a tu merced?

Por más terribles que fuesen sus palabras, no pude negar entonces y no podría negar ahora que parte de mí había disfrutado perversamente haberlo matado.

- Sí... es como el día en el que matamos a los Riddle, ¿no es así? ¿Recuerdas lo que se sintió usar la maldición asesina, ver sus rostros desesperados pidiendo, no, rogando por piedad?

Dejé escapar un sonido ahogado. Por más ilógicas que suenen sus palabras ahora, en aquél instante me encontraba exhausto por la explosión de magia que había sufrido y confuso por toda la experiencia. Mi cerebro luchaba por encontrarle un sentido a toda aquella locura, y tomaría cualquier palabra que sonara convincente.

- No somos tan distintos, Harry. Ambos, en el fondo, queremos lo mismo. Tener control.Que el mundo gire por nosotros, que la gente responda como nosotros queramos. La única diferencia es que tú lo haces en tu mente, escribiendo aquellas inútiles ficciones, mientras que yo...

- Tú lo haces mediante intentos de coup d'etat, ¿no es así, Voldemort? - mi voz sonó mullida, y me sorprendió que pudiera entenderme; pero supe que lo había hecho en cuanto el peso de su mano en mi cabeza desapareció, y pude levantar mi cabeza para mirarlo.

Vi por segunda vez la expresión de sorpresa en su rostro, aunque aquella vez era placentera, lo cual fue suficiente para ponerme en alerta.

- Así que finalmente lo descubriste... esto hará las cosas más fáciles.

- Dumbledore me lo dijo - le espeté, tratando de ignorar sus últimas palabras. Su rostro permaneció impasible por un instante antes de deformarse en una mueca de furia. Antes de que mi corazón pudiese recuperarse del vuelco que había dado, me sentí en el aire. Mi espalda impactó contra la mesita ratona que separaba el espacio entre ambos sillones, y aún confundido y atolondrado por lo que acababa de pasar, sentí las manos de Tom cerrándose alrededor de mi cuello.

- ¡¿Le dijiste, no es así?- me acusó, sus ojos rojos brillando con furia y su voz aguda, completamente encolerizada-. ¡Mocoso asqueroso, se lo dijiste!

Mis manos lucharon por quitar las suyas de encima mío, y mi boca repetía frenéticamente un «no» desesperado. Sentía el aire escapar de mis pulmones y mi vista oscurecerse, y en un momento de completa irracionalidad me pregunté si Tom había sentido lo mismo cuando le ahorqué.

Cuando ya pensaba que iba a morir a sus manos, la fuerza que oprimía mi cuello desapareció y tomé las bocanadas de aire que necesitaba, desesperado. Sin soltarme, acercó su rostro al mío, mirándome directamente a los ojos. Incluso en aquél estado, concentrado en retomar el aliento que había perdido, tuve la clara sospecha de que intentaría usar nuevamente la Legilimancia. Y así fue, mis queridos lectores. Si bien la última vez había caído en la inconsciencia durante el proceso, ya fuere por el agotamiento que me producía estar dentro del diario o la misma invasión mental, aquella vez simplemente ví pasar frente a mis ojos mi visita al despacho del director.

Tan rápido como su furia había actuado, desapareció, y sentí su cuerpo alejarse del mío. Llevé una de mis manos al cuello, sintiendo el horrendo hormigueo fantasma de los dedos de Tom. Por un instante, mientras trataba de calmar el dolor de mi carne abusada, me pregunté si aquello me dejaría marcas una vez que volviera al dormitorio de Gryffindor. Me apresuré por levantarme del suelo, sintiéndome ligero y algo mareado, pero pronto volví a caer. Decidí apoyar mi espalda en la mesita ratona, frente a mí el sillón en el Tom se había vuelto a sentar.

- Eres joven todavía, y admito que lo has manejado prudentemente...- dijo, mirándome con seriedad. Aquella era una mirada que parecía extraña en su rostro; falta de toda malicia y violencia, como si todo lo que dijera fuese la simple verdad-. Pero déjame advertirte que jamás deberías volver siquiera a pensar en traicionarme. Porque si llegara a enterarme, y créeme, lo haré, no serás solo tú quien sufra mi ira, Harry. Tu familia, tus amigos, cualquier persona a la que consideres tuya sufrirán también.

Y en un pestañeo, sus brazos estaban atrapándome contra el incómodo respaldo que ofrecía la mesa ratona; Tom se hizo gigante, con sus ojos rojos y su mirada seria, desprovista de cualquier sentimiento.

- Dumbledore no va a poder salvarte, Harry.

Quizás fuese su tono, que no dejaba lugar a discusión, quizás fuese su presencia amenazante o su expresión, rígida como el acero. Pero en aquél momento comprendí que no importaba si intentaba escapar de Voldemort o de Tom al devolver el diario; en algún momento había cometido el error de dejarme atrapar por las garras afiladas de aquél ser obstinado, y Tom no pensaba soltarme. Él era un general, y yo su soldado, y en aquél instante aquella verdad se me imponía gracias a su mirada, de manera terrible. Todo lo que el mundo había visto de Voldemort se resumía en aquellos ojos rojos, en aquella determinación de acero. A pesar de lucir tan joven, Tom parecía haber visto tanta guerra como su otro yo que yacía, exiliado, en alguna parte de Europa.

Y en aquél momento solo me pude preguntar cómo habíamos llegado a esto, qué había hecho que él se volviese mi general y confidente. Había sido solo un personaje, un objeto; una memoria, un fantasma de su otro yo. Yo había sido un curioso, un niño jugando a erudito; y como Pandora, había dado rienda suelta al desastre sin más. En ambos había nacido una fijación; tanto en mí por su carácter prohibido como en él por los paralelos que podía dibujar entre nosotros. Tenía la sospecha de que parte de aquella fijación se debía a que él se veía en mí tanto como yo podía verme en él, o que aquello fuese un intento desesperado por ganarle a Dumbledore un peón más en aquella guerra que no había terminado cincuenta años atrás.

- ¿Qué es lo que quieres de mí, Tom? - sin darme cuenta, y como escapando a mi monólogo mental, susurré en un suspiro la pregunta que jamás me había atrevido a hacer-. ¿Por qué me atormentas de esta forma?

Tom tomó su tiempo en contestarme. La mirada seria había escapado su rostro, y ahora en él solo podía ver una fría certeza; me dio la impresión de que él ya había anticipado mi pregunta, y en un momento de paranoia me pregunté si nuevamente había estado hurgando mi mente.

- A pesar de toda la culpa que quieras echarle a los encantamientos que usé para proteger el diario, Harry, realmente no fuiste obligado a escribir en él -su voz sonaba calma, algo distante-. Fue tu elección, palabra por palabra, el seguir hablando conmigo.

En un movimiento fluido como el agua, se levantó y se acercó a los olvidados cuerpos de los Riddle, que parecían ahora poco más que marionetas de cartón.

- ¿Jamás te has preguntado qué hubieras hecho de estar en mi lugar? ¿Encerrado en un diario por más de cincuenta años, inquieto y solo, sin saber qué ha sido de tu yo que vaga por el mundo real, hasta que un niño aparece y comienza a comunicarse contigo? ¿No te hubieras sentido atormentado por ver día a día, como vive su vida, como avanza y aprende, mientras tú sigues pudriéndote en el mismo lugar?

Con un gesto de su mano, las marionetas de los Riddle se hicieron polvo, y él se mantuvo inmóvil frente al sillón, de espalda a mí.

- Y con cada palabra, con cada idea, él te hace más fuerte, más libre. Se vuelve tu única conexión al mundo, y lo único que te impide tomar control de esa conexión es aquél tú que vaga en la realidad.

Tom dio media vuelta y me miró fijamente.

- De haber querido, podría haberte poseído y drenado tu magia hasta matarte, y con eso hubiera sido completamente libre, Harry. Pero yo soy solo una parte de mí, y le debo mi lealtad a Voldemort. No puede haber dos de nosotros. Y por eso la única libertad que me puedo permitir es esta conexión.

Sus ojos rojos se cerraron por un momento, y al volver a abrirse, la mirada cruel y peligrosa había vuelto. Sentí el temor de una presa al enfrentarse a un depredador, y quizás fue gracias a aquella noción que sentí el coraje volver a mí.

- Si tienes razón en que es mi elección hablar contigo - dije, y sus ojos brillaron por un instante-, entonces quidproquo, Tom. Hagamos un trato.

Riddle echó la cabeza hacia atrás y soltó unas estremecedoras carcajadas, sus pies dando lentos pasos hacia mí. Cuando logró controlarse, se puso en cuclillas para poder mirarme a los ojos.

- Estás jugando un juego peligroso, Harry, y mientras estés aquí tu vida sigue estando en mis manos. ¿Qué te hace pensar que, teniendo la ventaja, me interesaría un trato contigo?

Fue mi turno de sonreír, aunque admito que gracias a que todo mi cuerpo se sentía como si fuera plomo mi sonrisa parecía más una mueca.

- En el hipotético caso de que me poseyeras y ganaras un cuerpo, ¿no crees que Dumbledore se daría cuenta? ¿Podrías escapar del castillo sin que te puedan ver, sin saber los cambios que ha sufrido en cincuenta años? Sin mencionar que Voldemort seguramente se enteraría, pues me imagino que Dumbledore no dejará escapar la ocasión para hacer todo un escándalo de esto.

Mis razonamientos lo tomaron por sorpresa, y con placer noté que fruncía los labios en evidente molestia. Aunque yo estuviera especulando salvajemente, estaba perfectamente consciente del efecto que las situaciones hipotéticas tienen en la mente de individuos tan dados a estar en control de todas las alternativas de una problemática, tal como Tom. O mi propia madre, si se me permite.

- ¿Y qué es lo que me propones, Harry? Debo admitir que una movida tan Slytherin como esa es algo que no esperaba de ti.

Arqueé una ceja, aunque en el fondo sentía que tenía razón. Aunque jamás he sido una persona particularmente inocente, las confabulaciones y las manipulaciones, por más inofensivas que resultasen, han sido cosas de las que he preferido leer más que llevarlas a cabo. Hasta ese instante había jugado juegos infantiles, y me pregunté qué más había cambiado en mí.

- Hablaré contigo todos los días, aquí mismo si quieres. A cambio me dirás dónde y cómo encontrar a Voldemort, y dejarás de usar la Legilimancia conmigo.

- Quieres devolverle el diario - Tom dijo, una declaración más que una pregunta.

- Este diario no es mío - mi voz sonó calma y segura, un susurro cortante en aquella asfixiante habitación-. Y no es algo que pueda controlar. Quiero recuperar algo de normalidad en mi vida, y la única forma de hacerlo sin hacer enojar a un poderoso asesino es devolvérselo.

Tom sonrió ferozmente a mis palabras; su rostro apuesto parecía salvaje, desprovisto de la mas mínima humanidad. Aunque era una vista que haría que más de un hombre valiente cayera sobre sus rodillas, me sentía extrañamente vigorizado. Era como si cada palabra que decía en aquél lugar saturado de magia me daba fuerzas; aquella debilidad física que me asaltaba luego de permanecer un tiempo prolongado en la habitación de Tom comenzaba a desaparecer, y mi mente se esclarecía, libre de cualquier sugestión. Quizás mi cuerpo respondía al poco control que iba ganando de la situación; quizás aquella era una batalla de palabras, y era mi discurso el que me daba fuerzas.

Pero algo era seguro en aquél momento, y es que aquella habitación ya no me resultaba tan tenebrosa como antes, ni las sombras tan oscuras, ni Tom tan terrible. Era como si la muerte que daba vueltas alrededor nuestro me hubiera brindado una perspectiva única de lo que me rodeaba; y ya nada parecía tan aterrador, pues en el fondo, todos eramos víctimas del Terror final...

La sonrisa de Tom no había desaparecido, pero sus palabras casi se perdieron en mi estupor. Me sentía un poco más cerca de los cadáveres-marioneta de los Riddle, ya hechos polvo, y me pregunté si Tom lo sentía también.

- No puedes controlarla - leí sus labios al moverse. Estoy seguro que esperaba una reacción distinta, pues al echarme a reír, arqueó elegantemente una de sus cejas, y sus ojos rojos brillaron intensamente con ira mal reprimida.

- ¡No, Tom! - le dije entre risas-. ¡No puedes controlar todo!

Sentí sus manos cerrarse alrededor de mis hombros, pero no detuve mis palabras al sufrir la violenta sacudida que me estaba dando.

- ¡No vas a poder controlar mi vida, porque yo soy real y tú no! ¡Ahora lo entiendo! - grité, mis risas deslizándose entre cada oración-. ¡Estas en el limbo, Tom! Por eso puedo sentir a la Muerte aquí, ¡por eso me siento como un muerto! ¡No puedes controlar a la Muerte!

Las sacudidas se detuvieron tan violentamente como habían empezado. El rostro de Tom estaba lívido, pálido como el hueso de un esqueleto bajo la Luna. Un fino resplandor iluminaba su expresión, y noté entonces las pequeñas gotas de sudor que cubrían su piel. Sus manos cayeron de mis hombros, y por un momento pensé que iba a levantarse, más sentí que me tomaban de los brazos con fuerza. Y no era aquella fuerza violenta, destructiva, de instantes atrás; no era la fuerza de un personaje siniestro que intentaba tomar control. Era una fuerza desesperada. Tom se aferraba a mí como lo hace un niño con su madre, un niño inseguro, loco, temible.

- No -dijo, su voz estrangulada. Jamás lo había visto tan vulnerable como en aquél momento, su mirada perdida en la distancia-. No estoy muerto. No estoy cerca de la muerte. He visto lo que sabes... Dumbledore lo dijo. Voldemort sigue vivo. Yo estoy vivo - sus ojos encontraron los míos, y no pude ver más. Sus brazos se encerraron alrededor mío, mi cuerpo más pequeño hundiéndose en el abrazo-. No puedo estar muerto si poseo algo que está vivo.

Me debatí entre sus brazos, pero los suyos me impedían hacer mucho. Aquél abrazo era sofocante en su intensidad; la necesidad y el horrendo deseo me daban náuseas, tan extraño como se me hacía. Hasta entonces sólo había sentido el cálido amor de mi madre, y en ocasiones el orgullo y afecto de mi padre cuando me estrechaban entre sus brazos; era una muestra de afecto y un gesto de aprobación. Pero en aquél abrazo no había nada de afecto, mucho menos amor; tan solo el deseo perverso de Tom de sentirse vivo, real, poderoso. Era intenso en su perversidad; egoísta en el amor que él se profesaba a sí mismo. Estaba impregnado de todo aquello que no debía ser jamás compartido en un abrazo, la misma naturaleza de Tom en toda su terrible verdad.

- Eres infantil, Tom - le dije, y como acentuando la ironía mi voz sonó pequeña e indefensa, ahogada como era por las túnicas que cubrían el pecho de Riddle-. No puedes jugar para esperar ser siempre el vencedor.

Y, por más inofensivas que hayan sonado mis palabras, la verdad que llevaban con ellas era terrible en sí misma. Sentí el aliento de Tom rozar mi cabello, y todo desapareció. La textura suave de su túnica, su agarre asfixiante, la habitación saturada de magia. Me encontraba en el mismo vacío, sin cuerpo y sin sentidos, flotando a la deriva en un mar de nada.

- No puedo decirte dónde se encuentra Voldemort, porque ni yo mismo lo sé - la voz de Tom retumbó en aquél vacío, fría y segura como lo había sido la primera vez que lo había escuchado hablar-. Antes de crear este diario tenía pensado visitar los Balcanes a futuro, por lo que supongo que se debe haber exiliado allí. Busca su influencia en los gobiernos rusos, alemanes o balcánicos; son los que más adeptos eran a adoptar mis ideas. No creo que haya mantenido mucho contacto con las familias de sangrepuras que lo traicionaron la última vez, pero estoy seguro que los Lestrange y los Black se mantuvieron fieles a él. Te sugiero que comiences contactando alguna de estas dos familias.

Al detenerse, el eco de su voz se fue alejando lentamente hasta dejarme solo en aquella nada. Casi inconscientemente, cerré los ojos que no sentía que tenía, y al abrirlos me encontré de vuelta en mi habitación en la torre de Gryffindor, mi cuerpo y mis sentidos conmigo.

Lo único que podía pensar en aquél momento era en lo mucho que necesitaba dormir."


Fin de la introducción.

Nota del autor: el sitio está parseando para el orto los docs, así que puede ser que vean las palabras en itálicas amontonadas.