Extractos del diario de Harry Potter. Verano de 1999
I
Debo admitir que la vista, tan conocida como me es, de un King's Cross completamente abarrotado de gente todavía logra sorprenderme, sino emocionarme un poco. Luego de lo sucedido este año, bizarro de cualquier manera en que se le mire, necesitaba algo de paz mental y normalidad en mi vida, y la visión de mis padres esperándome en la plataforma con enormes sonrisas en sus rostros aportaba la dosis justa para curarme de todo aquello que me agobiaba.
- Es bueno saber que nuestro bebé nos extrañó, pero Harry querido, si sigues así vas a asfixiarnos - dijo mi madre ante mi abrazo. Sonreí salvajemente, lo cual se sintió extraño en mi rostro; tenía la horrenda sensación de que jamás en mi vida había sonreído.
- ¿Todo listo, entonces, campeón? - me dijo mi padre, muy entusiasmado-. Sirius me dijo que iba a pasar por casa para recibirte a eso de las cinco, así que mejor vamos yendo.
Con un chasquido de sus dedos, mi padre llamó a uno de los elfos que nos servían, y le ordenó llevar mi equipaje a mi habitación. Tomé la mano de mi madre, esperando a que nos Apareciera a ambos, pero se limitó a sonreírme mientras mi padre me decía:
- No sé si habrá mencionado algo en sus cartas, pero Sophie se va a Alemania en agosto, ahora que ya terminó su maestría en Pociones.
Asentí, ya al tanto del viaje de mi hermana. La mayoría de sus cartas habían hablado en detalle de sus planes para el futuro y de su meta de superar a su padre como desarrolladora de pociones, para lo cual había logrado emplearse en una importante empresa alemana dedicada a la producción de brebajes medicinales.
- Va a pasar estos dos meses en casa antes de irse -continuó mi padre-, y prometimos ir a buscarla a Diagon Alley en cuanto llegara.
- Comeremos afuera por hoy, para celebrar tus notas en los finales -agregó, emocionada, mi madre-. ¡Un Extraordinario tanto en Transfiguraciones como en Encantamientos! Estoy tan orgullosa de tí, Harry.
- Ese es mi hijo - dijo mi padre, fingiendo que unas lágrimas escapaban de sus ojos-. Ahora que ha hecho feliz a la madre debería comenzar a jugar Quidditch para hacer feliz al padre también.
- Papá - le dije-, se que todavía no había nacido, pero lo que Sirius me ha contado de esa vez que te fracturaron los brazos es más que suficiente para mantenerme alejado del Quidditch por el resto de mi vida.
- ¡Pero tienes tanto talento! ¡Sales igual a tu padre!
Mi madre sacudió la cabeza, exasperada. Ambos ya estábamos acostumbrados a que mi padre tratara de convencerme de volver a jugar Quidditch, a pesar de que me parecía una pérdida de tiempo. Sé que él tenía esa fantasía de verme siguiendo sus pasos, y completando la carrera que se vio obligado a abandonar, pero como buena fantasía parental que era, no iba a poder llegar a ser.
- ¿Vamos, Harry? Tómame de la mano. Nos vamos en tres, dos, uno...
Aunque normalmente soy una persona un tanto torpe al moverme, y es costumbre que cualquier transporte mágico me vuelva un bollo desparramado por el suelo, la sensación de ser aplastado y encogido para ser llevado a través de un tubo muy pequeño logró marearme de manera tan fuerte, que tanto mi madre como mi padre tuvieron que sostenerme para que no cayera de cara al suelo. Admito que aparecí en Diagon Alley temblando como una hoja, el recuerdo de mis charlas con Tom y el maldito diario succionándome frescas en mi mente. Traté de calmarme para que mis padres no lo notaran, pero ambos estaban muy conscientes de lo mucho que me había afectado aquél viaje.
- ¡Harry! Bebé, ¿te pasa algo? - me preguntó mi madre, poniendo su mano en mi frente. Aquél toque, y las manos fuertes de mi padre sosteniendo mis hombres me calmaron enormemente, recordándome que estaba en el mundo real, donde Tom no era más que un fantasma perdido en el tiempo.
- Sí, si...- les contesté, haciendo un esfuerzo por mantenerme parado-. Ya está pasando... debo de haber reaccionado peor que de costumbre.
- Iremos a casa si es que te sientes mal, cariño - se apresuró a decir mi madre.
- No, estoy bien, gracias. Vamos a buscar a Sophie, debe de estar esperándonos.
Les sonreí débilmente, lo cual tuvo el efecto de hacerles preocupar en vez de aliviarlos como era mi intención. Por más de que me sintiera débil en aquél momento, sabía que aquello era pasajero. El deseo de ver a mi hermana, quien hace dos años que no veía, me daba fuerzas, y tampoco quería arruinar una salida tan rara como era aquella en estos días.
Mi madre debe haber sentido lo mismo que yo, pues pronto estábamos caminando a paso apresurado entre la muchedumbre que poblaba los rincones más alejados de Diagon Alley. Los puntos de aparición para aquellos que viajaban con trasladores autorizados habían sido ubicados casi al principio del callejón a comienzos del siglo doce, y desde entonces que permanecían en el mismo edificio de mármol, propiedad del ministerio.
- Hace poco estuve hablando con Williams, de Transportes Mágicos - dijo mi padre frunciendo el ceño-. Al parecer tienen pensado mover los puntos al edificio abandonado detrás de Gringotts.
Mi madre, mirando su reloj muggle, preguntó:
- ¿No es esa la casona de los Avery?
- Si, ¿recuerdas que la incautamos hace cinco años? Merlín, esa operación fue horrenda. Tenían un Nundu gigante en el sótano... casi perdemos a tres tratando de inmovilizarlo.
- Recuerdo que estuviste dos semanas y media sin venir a casa.
No pude evitar el respingo que me provocó la voz cortante y amargada de mi madre, y me atreví a echar una mirada a ambos. Mi padre tenía el ceño fruncido y los labios apretados, mientras que mi progenitora miraba con decisión los grandes ventanales que adornaban los frentes de los departamentos a nuestro alrededor.
Traté de apresurar un poco mis pasos, ganando toda la distancia que pudiera con respecto a mis padres. Aunque por suerte jamás me había tocado protagonizar un escándalo públicos, tenía suficiente experiencia en estar sujeto a escuchar las discusiones susurradas de ambos como para detectar el comienzo de una. Para bien o para mal, mis acciones no pasaron desapercibidas, y mis padres no dijeron nada más, optando por caminar detrás de mí.
- ¿En qué terminal dijo Sophie que iba a estar? - pregunté una vez que llegamos al gigantesco edificio que actuaba de puerto. El zumbido metálico de los trasladores flotaba en el aire como el vuelo de una mosca al pasar, ahogando las voces de los magos que entraban y salían de las puertas de granito del recinto.
La arquitectura grecoromana del lugar se imponía entre las casas medievales que se perdían en el horizonte; como una nota disonante, el blanco mármol de las columnas parecía relucir en comparación al grisáceo tono de las paredes oscurecidas por el humo centenario. Debo decir que, junto a los colores chillones de las túnicas de más de un mago que caminaba por allí, la imagen resultaba no poco bizarra. Un popurrí de culturas y épocas que parecían no adaptarse a su tiempo, instantes en la historia que la propia naturaleza estática de los magos habían preservado intactos.
La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos, desdibujando la pintoresca sensación que aquella situación me provocaba.
- Es por aquí, cariño.
Me dejé guiar por la mano de mi padre, apoyada en uno de mis hombros, mientras observaba distraídamente el movimiento de la gente en aquella sala. Los grandes ventanales dejaban entrar una luz brillante al lobby, y la blancura de las paredes y el suelo le daba un aspecto angelical al lugar. Los oficiales del ministerio iban y venían, ataviados en túnicas de color celeste, conversando animadamente entre sí o profiriendo un monólogo con su varita como único interlocutor. De vez en cuando una voz distorsionada se escucharía responder, una luz amarilla al final de la varita titilando al son de las palabras. Fechas, horas y destinos se escapaban furtivamente de las conversaciones para morir en mis oídos; todo resultaba una cacofonía de movimiento y color.
Caminamos hasta un enorme pasillo, siguiendo el flujo de muchos de los visitantes. Grandes ventanales a ambos lados dejaban ver un pequeño teatro circular a nuestros pies, sobre el cual el pasillo estaba suspendido. En las escalinatas que dominaban el lugar, pequeños círculos negros de obsidiana brillaban con las luces fluorescentes de los trasladores al activarse, y decenas de cuerpos aparecían y desaparecían en un movimiento fluido a través del lugar.
- ¿No podemos bajar? - pregunté, maravillado ante la enormidad de aquél ballet improvisado de idas y venidas.
- No, Harry - me respondió mi padre-. Debemos esperar aquí.
La decepción me duró muy poco, pues inmediatamente sentimos el chillido emocionado de mi madre detrás nuestro y la voz suave de mi hermana atrapada entre sus brazos. No tardé en darme vuelta, una sonrisa feroz en mi rostro.
- Me alegro tanto de verte, hija - decía emocionada mi madre, sin soltarla-. ¡Te extrañé muchísimo!
- Si, si, yo también mamá... ¿me podrías devolver mis brazos? Ah, ahí está. Gracias.
Los ojos verdes de mi madre brillaban de la emoción, como era característico de ella. Era una mujer naturalmente cariñosa y efusiva, especialmente con nosotros. Sophie, a pesar de heredar su inteligencia, no compartía en lo absoluto su carácter.
- ¡Harry! - exclamó al verme, dándome un breve abrazo-. Merlín, cada día estás más grande... eras un piojo la última vez que te ví.
- Te ves más vieja, Sophie - dije con una sonrisa-, y hablas como una.
Ella sonrió, golpeándome ligeramente en el brazo con su codo.
- Ya casi pareces una persona cuando hablas.
Me reí de su comentario mientras se volvía a saludar a mi padre. Aunque por naturaleza no le gustaba enfrentarse directamente con aquellos que no le agradaban, mi hermana solía actuar con la rigidez de una tabla y la expresión fría y reservada al dirigirse a aquél tipo de personas; tal era el caso de mi padre, con quien jamás había tenido una buena relación.
- James - saludó, tendiéndole la mano. Mi padre le devolvió la cortesía con la misma distancia, acentuando el tenso ambiente que ambos habían compartido desde que tengo memoria.
- Pensábamos salir a comer afuera para celebrar tu regreso y el rendimiento de tu hermano en los exámenes finales, hija - dijo mi madre, rompiendo como de costumbre el hielo que parecía caer sobre la familia cuando ambos interactuaban.
- Suena bien, ¿adónde vamos?
- ¿Les parece bien Le Maison Rouge?
II
Mis charlas con Tom se han vuelto diarias, a pedido de este. Es fácil esconder el hecho de que me comunico diariamente con una parte de uno de los magos oscuros más poderosos de la historia, dada mi pasión por la escritura y el semblante inofensivo de un viejo diario usado. Se que a mi madre le ha parecido extraño el ver el libro completamente en blanco luego de un año de supuesto uso, pero le he dicho que he sufrido de una extraordinaria falta de inspiración este año. Es una excusa débil a mis oídos, pero una parte de mí sufre de una profunda apatía. En el fondo, deseo fervientemente que alguien vea los signos de mi oscura odisea. Que alguien conecte los puntos -mi madre, mi padre, Sophie, Dumbledore- y me rescate de este infierno. Que pueda fingir mi inocencia en este asunto, y esconderme detrás de algún adulto responsable como cuando era niño, ignorante de lo que ocurre a mi alrededor. Siento como si alguien más sabio que yo se riera de mí ante mi desgracia, al verme tan atrapado en esta experiencia que yo había ingenuamente tachado de aventura.
Y mis libros ya no me proveen el escape que antes daban; en cada palabra escrita, en cada diálogo de mis héroes veo escritos mis fracasos y mis preocupaciones, el reflejo de un soñador que se ha golpeado duro contra la pared de la realidad. Y aún así se que de esto saldré triunfante de alguna manera u otra, y por triunfante quiero decir con vida. No es simple esperanza o ingenuo deseo, sino una fría confianza en que poseo el potencial necesario para luchar el destino al cual Tom parece llevarme.
Has crecido, me dice a veces como burlándose de mi edad. Pero sus burlas se pierden en la veracidad de sus palabras, ya que es cierto que ya no soy el mismo que antes. Como una cría que recién abre sus ojos a la luz, he visto de lo bueno y ahora he podido ver de lo malo; y tanto uno como otro me han enseñado a defender la tierra que piso. El lugar que ocupo. Y quizás es en eso que puedo encontrar la culpa de mi repentino desinterés por la ficción, por el cuento. Representan los sueños que no debemos alcanzar, aquellos que nos hacen perdernos de los más finos detalles de las experiencias de la realidad; me recuerdan al niño que se metió en problemas por querer ser como sus personajes de ficción. Pero ese tiempo ha pasado, y es casi sutil el cambio de mi interés en lo irreal a lo real. Me encuentro a mi mismo leyendo las crónicas históricas de los magos que participaron en las guerras de los Goblins, perdiéndome en los números y los hechos y la magia de lo tangible en los libros de historia.
Los nombres que conocía al pasar tienen un nuevo significado. Merlín, Morgana, Paracelso, Flamel, el Conde de St. Germain, Cagliostro. Rasputín, Voldemort, Grindelwald. Dumbledore. Hombres y mujeres reales, haciendo maravillas que ni mis antiguos héroes podían soñar hacer. Todos inalcanzables, gigantes, majestuosos. Invencibles.
Y es en esa parcial divinidad que ganan en el boca a boca que me convenzo de que no son más que humanos de carne y hueso. Porque lo he visto en Dumbledore, lo he visto en Tom, y lo he visto en mí mismo. No nacen de la arrogancia mis palabras, no se confundan. Es que en mi mente se que debo sobrevivir a Voldemort, y para eso debo ser tan grande como él. No necesariamente en poderes, sino en espíritu. No puedo temerle a Tom. No puedo dejar que su macabra presencia me controle.
Debo sobrevivir.
III
- Estás distante, Harry - me dijo Sophie esta mañana. Aunque deliberadamente pueda parecer una persona fría y particularmente irritable, su naturaleza femenina no le falla en su empatía. Perceptiva de una manera que mi madre ni mi padre podían ser, tenía la esperanza de que de todos lo que me rodeaban, fuera ella la que desentrañara aquél secreto que me atrapaba.
- No le digas nada a mamá - le dije, acercándome a ella y susurrando de manera conspiratoria-, pero creo que me estoy volviendo un adolescente.
La sonrisa le llegó fácil a su rostro, pero el brillo en sus ojos, aquellos insondables y profundos ojos negros que parecían saber todo, no desapareció. Sabía que no podría engañarla, y tampoco me interesaba intentarlo.
- Tu también has cambiado - le dije, mirándola seriamente-. A todos nos llega la hora.
Sophie asintió pensativamente, llevándose una mano al pelo para ajustar la cola de caballo que mantenía en orden su salvaje cabello rojo. En ciertos aspectos, ambos seguíamos siendo los mismos niños que años atrás corríamos por los bosques que rodeaban la antigua mansión de los Potter; salvando las diferencias de edad, existía algo en nosotros que nos daba el carácter de recién nacidos. Como torpes bebés que daban su primer paso en la tierra, nosotros abríamos nuestros ojos a la realidad, y en nuestro ingenuo contemplar relucían nuestras facciones brillantes como aquellos juguetes que salen de su empaque por primera vez. Había algo en nosotros, algo salvaje y que todavía no había sido quebrado; un sentimiento sin usar, sin experiencia. En aquél momento de serena contemplación, uno al lado del otro, no pude evitar sentir que todo estaba por cambiar. Que, aunque sutilmente, aquellos momentos que vivía ahora se perderían rápidamente entre las arenas del tiempo, y que nos quebraríamos para volver a repararnos, como una extraña clase de juguete, viviendo cada día porque no sabíamos hacer otra cosa.
- ¿Qué piensa tu padre de este trabajo que te han ofrecido? - le pregunté. Aunque nunca me había interesado particularmente aquél hombre que parecía tan extraño a mi familia (él, el intruso) ansiaba entender la dinámica que hacía que Sophie se sintiera tan profundamente leal a él, al punto de compartir el odio de su progenitor por el mío. Quizás el improvisado lector que encuentre mis escritos no entienda mis palabras, pero a modo de aclaración les contaré que la fama que precede a Severus Snape no es para nada halagadora.
- Está orgulloso, por supuesto - respondió Sophie, esbozando una sonrisa torcida-. No que puedas decirlo a primera vista. Supongo que al lado de James es un cubito de hielo sin derretir.
Y ahí estaba esa extraña sensación, aquella que me daba la pauta de que algo había cambiado en ella. Aunque de él habíamos hablado poco y nada en nuestra infancia, sus ojos siempre habían brillado de una manera particular a la mención de su nombre. Era algo más que el orgullo de ser la hija de un famoso Maestro en Pociones, algo más que la satisfacción de seguir sus huellas para continuar el legado familiar que él había empezado. Era su amor a su padre, aquella protección que de pequeña Sophie le había otorgado incondicionalmente, y que ahora parecía tan escasa, tan ausente. Aquellos dos años habían endurecido sus facciones, y no pude evitar preguntarme si ella había tenido la desgracia de conocer al hombre detrás del ídolo paterno.
- No es una mala persona - me dijo mientras me miraba con aquellos intensos ojos negros suyos, como si pudiera saber lo que pensaba-. Al contrario. Pero la vida no fue amable con él. Todavía sigue sin serlo. Por toda su genialidad en lo que hace, por todo su amor por la familia y por mí, sigue siendo un hombre. Alguien con defectos. Y... - ví como bajaba su mirada a sus manos, y noté distraídamente los callos que adornaban los delicados dedos, manchados y desfigurados por el trabajo duro.
- Pasaron cosas que ni tú ni mamá tienen que saber. Pero aunque admito que me sorprendió descubrir lo poco que lo conocía, entendí que la que tenía el problema era yo. El conoce sus limitaciones y sus virtudes; yo no las conocía. Ya no lo veo como antes... - Sophie suspiró y sonrió suavemente-. Ni lo quiero como antes. Pero lo entiendo, y lo amo, ya desde otro lugar.
- Tienes razón, Harry. He cambiado - su rostro se volvió serio-. Mucho de lo que he hecho en mi vida ha sido para imitarlo... y, y aunque no me arrepienta de nada, quiero empezar a vivir por mi cuenta. Por eso elegí irme del país. Tenía otras ofertas... pero creo que no son parte de mi destino. Alemania es algo que me va a permitir separarme de él.
Asentí, algo incómodo ante la sorprendente honestidad del momento. Aunque siempre habíamos sido cercanos, generalmente no hablábamos de nuestros sentimientos. Hasta ahora, había habido un silencioso entendimiento mutuo entre nosotros dos; ambos eramos muy orgullosos como para hablar de nuestros problemas con otras personas.
Pero entiendo que el tiempo corría y ya nosotros no éramos niños. Nuestras emociones adoptaban otros matices, y nuestros pensamientos se ramificaban infinitamente, formando una red complicada y compleja que solo nosotros podíamos resolver. Y aquello era una noción que me asustaba y me brindaba placer; placer en mi creciente individualidad, pues mis emociones eran mías, y no un simple reflejo de mis alrededores. Y miedo, mucho miedo; naciente de los esqueletos que guardaba bajo la alfombra, y que temía serían imposibles para el resto de descubrir.
- Creo que mamá te está llamando - dijo Sophie, levantándose de la silla de mimbre en la que se había sentado-. Creo que voy a aprovechar para dar una vuelta por el bosque.
IV
- Estás particularmente inquieto hoy - Tom dijo mirándome a los ojos. El fuego del hogar frente al que los Riddle habían muerto era una vista ya poco perturbadora para mí, más de alguna manera morbosa jamás había fallado en hipnotizarme.
- Distraído, también - notó el joven Voldemort nuevamente, esta vez con un dejo de molestia en su voz-. Pasó algo.
Era inquietante lo perceptivo que Tom era a veces. Sospechaba que la atención que le profesaba a las emociones de los demás era mayor de lo que alguien que le conociera bien le podía atribuir normalmente; más era su perverso deseo de ignorarlas lo que le daba la apariencia de ser un ser estoico e inmutable. Quizás de todo aquello lo que más me perturbaba no era su aparente talento para leer a las personas, si no lo rápido que había aprendido a leerme a mí.
- No ha pasado una semana desde que volví de Hogwarts - le contesté sin quitar los ojos del fuego-. Y sin embargo, el trabajo llama a mis padres de nuevo.
- Ah, si, tu necesidad infantil de atención parental vuelve a aparecer en escena - se burló Tom-. Pensé que habían traído a tu hermana para remediar cualquier intento de rebelión adolescente.
Mi boca se movió involuntariamente para formar un gesto de pura sorna, y dejé que mi cabeza descansara en el respaldo del sillón.
- No creo que les funcione, para ser honesto - miré distraídamente el techo, bañado en sombras como estaba, tratando de discernir si aquellas manchas que arruinaban el inmaculado blanco del revoque eran producto de la humedad o una pobre imitación de la sangre seca-. Justamente Sophie se va a Alemania para consumar su rebelión adolescente.
Tom siseó suavemente bajo su aliento, pero en el silencio de aquella habitación hecha de recuerdos y muerte pude escucharlo claramente. Intelectualmente, desde que me había confirmado que había abierto la Cámara de los Secretos en su juventud supe que entre sus talentos brillaba la capacidad para hablar con las serpientes; pero tal conocimiento no pudo evitar el sobresalto que sentí al escucharlo pronunciar la lengua prohibida.
- Mamá se va a América a supervisar la apertura de una sucursal de la compañía, y a mi padre le asignaron ir a Bélgica en búsqueda de un mago oscuro que vienen tratando de encontrar desde hace tiempo - seguí, ignorando a propósito el inteligible comentario. No era la primera vez que Tom favorecía hacer sus comentarios en aquella lengua, y decidí que obstinarse en protestar por aquella falta de educación era una pérdida de tiempo. A él solo le divertiría mi ira.
- Me encanta lo ingenuo que eres, Harry - dijo, su voz cargada de sarcasmo-. Quizás podríamos apostar a ver si tu padre termina asesinando a la sangre impura de madre que tienes al enterarse que ella se está cogiendo a algún americano. Aunque claro, con lo inútil que parece ser, James probablemente ya lo sepa y haya escogido irse a Bélgica para pretender que no pasa nada.
Se había vuelto un hábito para Tom el intentar agraviarme de cualquier forma posible. Disfrutaba especialmente verme responder a los insultos que le dirigía a mi madre (de los cuales, sangre impura parecía ser su favorito), y notaba como sonreía al notar que mis nudillos se volvían blancos de la fuerza con la que cerraba mis puños, levemente temblando por la furia contenida. Tenía la extraña sensación que aquellas negativas sensaciones resonaban como un eco en la magia que nacía en mis venas y se extendía en la habitación, al punto de poder mezclarse con la oscura y viciada aura del diario. En mi limitado conocimiento de las Artes Oscuras, reconocía que la mayoría de los hechizos que pertenecían a esa área se alimentaban de la energía que sentimientos negativos como la ira proveían; y en boca de mi padre escuché decir que aquellos adeptos a las artes menos nobles eran particularmente sensibles a las fluctuaciones en la magia de los magos. Que era un mantra ampliamente repetido en el entrenamiento auror que un mago oscuro haría de todo para corromper a un adepto a la magia blanca, ya que pocas cosas le hacían sentir como el de una tormenta de emociones provocada por un hombre enojado y confundido, acostumbrado a la serenidad y a la felicidad.
Tom parecía captar lo mucho que intentaba controlar mi furia, y en su adicción a la magia que lo envolvía como una madre a su hijo preferido, intentaba hacerme perder el control. Quería verme hecho un salvaje, abandonado a mis instintos; quebrado en el momento de mayor debilidad, pero no le daría la satisfacción. Aunque usualmente inocuas, nuestras conversaciones eran un juego sutil que buscaba llevarnos a ambos a nuestros límites. Sabía que Tom lo hacía para saciar aquella necesidad de un entretenimiento perverso, y que yo lo seguía porque sabía que no podía hacer más que eso.
- Normalmente puedo sacarte un par de palabras - dijo Tom, aparentando lucir decepcionado-. Pero aprendes rápido, Harry. Todo ese resentimiento, te estás acostumbrando a él, ¿no es verdad? Como lo hizo tu hermana.
Quizás de todas las cosas que me disgustaban de Tom, la que ganaba el primer lugar es como siempre parecía saber llegar al fondo de la cuestión. Tenía esta increíble capacidad de tener la razón sin importar cuántos detalles le ocultara. Y esta vez había vuelto a pegar en el clavo, sin miedo y sin cuidado; existía un profundo resentimiento en mí, y era algo que sentía que me estaba cambiando.
No eran solo las ausencias de mis padres que parecían haberse incrementado exponencialmente en los últimos tiempos. Había algo más que me estaba afectando, algo que estaba criando un monstruo letal dentro de mí, que como una serpiente oscura y venenosa, se preparaba lentamente para atacar en el momento más inoportuno. Sentía que me estaban dejando solo; no solo mis padres con su trabajo, Sophie con su viaje a Alemania o mis amigos con sus problemas. Todo el mundo parecía correr en una pista diferente a la mía, y la única compañía que parecía permanecer a mi lado era Tom. Odioso, malévolo, perverso Tom. Mis visitas diarias a aquella habitación donde la muerte flotaba en el aire me unían con cadenas de acero a él; y Tom parecía disfrutar que con el tiempo las cadenas se estrechaban, acercándonos. En mis momentos de más oscura locura temía que ambos nos volveríamos uno, y que seríamos como dos conciencias habitando la misma habitación por el resto de la eternidad.
Y con la paz que la luz del día me traía luego de mis charlas con Tom, el sentimiento de que aquello era mi adolescencia brillando en su máximo esplendor me traía algo de serenidad a mi mente. Era el conocimiento de que yo era un niño-hombre como cualquier otro, y que estaba atravesando la misma angustia que incontables otros humanos habían atravesado lo que me daba confianza como para no quebrar de la desolación. Porque sabía que en algún momento todo aquello acabaría; y en aquél fin encarnaba mis esperanzas de retomar mi tranquila y aburrida vida.
- Si, Tom. Es lo que normalmente se dice madurar.
V
- Hablé con Sirius ayer - dijo mi padre mientras cenábamos en el patio, luciérnagas encantadas revoloteando a nuestro alrededor para brindarnos luz-. Dijo que no me perdonaría jamás si te dejaba solo en casa todo el verano - sonrió cansadamente.
- ¿Te amenazó para que te quedes? - le pregunté sarcásticamente, sirviéndome un poco de ensalada.
- Quiere hacer milagros el pobre bicho - murmuró Sophie entre bocados.
- No, - mi padre frunció el ceño, consciente de lo mucho que me dolía que no pasaran el verano conmigo-. Me dijo que te preguntara si quisieras pasar el verano con él en su casa.
- ¿Y Sophie?
- Voy con mamá a América - contestó ella, mirando distraídamente el asiento desocupado de Lily-. Al parecer andan necesitando de alguien que sepa hacer pociones para un trabajo de verano - agregó al notar mi mirada.
- Dile que voy, entonces - le dije a mi padre con una sonrisa. Aunque lo había visto el día que volví de Hogwarts, hacía mucho que no pasaba tiempo con mi padrino. Mi verano parecía prometer mucho más de lo que había esperado al principio.
VI
Llegado el caso que alguna dama me pidiese que le describa a mi padrino, supongo que las palabras que primero me llegarían a la mente serían perro viejo, saltimbanqui y arrasante. Quizás parezca -y admito, incluso dado mi don con las palabras es un conjunto un tanto bizarro para describir a alguien- una selección bastante particular, pero les aseguro que es fruto de una larga consideración a través de los años. Es que, en toda honestidad, siempre me ha sido difícil encasillar a mi padrino dentro de una u otra clasificación, quizás por el simple hecho de que el hombre es un personaje de riqueza y naturaleza muy profundas.
A veces me atrevería a pensar que sufre de la dualidad del hombre loco; por la cual, sufre su momento de estabilidad para pasar a algo completamente diferente el momento siguiente. Como una sonrisa juvenil luego de reprocharme alguna maldad, o una mirada sombría y perdida tras una carcajada jovial. Y en eso quizás es que le puedo llamar perro viejo. Porque detrás de un comportamiento infantil hay algo que instintivamente me lleva a decir que el hombre ha conocido solo lo que la calle y la vida te pueden enseñar; una experiencia mayor a la de sus años, producto del conflicto y el triunfo. Y por todas esas miradas cargadas de un no-se-qué sabio, hay una ridícula necesidad de siempre parecer lo que no se es; ya sea por entretenerme, o por no hacer enfadar a mi padre (que siempre es algo fácil de hacer cuando se habla de la vida, o la política). En eso es un saltimbanqui - el que dice las cosas que no son, el que entretiene sin más.
Pero quizás lo más importante que pueda decir acerca de mi padrino es que es su voluntad, de hierro e indomable, lo que le hace tener algo que hombres como mi padre o Dumbledore no pueden jamás llegar a soñar en tener, y es aquello que lo hace como una tempestad en el mar, arrasante e imparable. No hay rey o emperador que pueda pararle cuando se propone hacer algo; y es este su mayor virtud y su mayor defecto.
Por todo esto, y todo aquello que va sin decir, me encuentro impaciente por volver a verlo. Es en dos horas que mi padre nos aparecerá a ambos en Yorkshire, donde Sirius vive. Sé que ha estado ocupado con su trabajo en el ministerio, donde es Inefable, y no creo que ni el verano cambie eso, pero es con la misma seguridad con la que escribo un juicio de su carácter que puedo decir que hará lo imposible por pasar la mayor cantidad de tiempo conmigo.
Incluso si muchas son las cosas que en mi vida han cambiado, creo que puedo decir con seguridad que Sirius parece ser una de las pocas constantes. No hay nada especial en el "¡Harry!" que vocifera jovialmente al verme, ni en el abrazo obligatorio en el que me envuelve cada vez que nos saludamos, pero por lo poco que me ha afectado en el pasado debo decir que ha sido una sorpresa lo bien que me ha hecho esta vez. Me resulta particularmente agradable el día de hoy poder sentir que alguien dedica su tiempo exclusivamente a mí, a perdón de mis padres y sin contar al malévolo Tom.
- ¿Cómo estás, cachorro? - me dijo Sirius al entrar a su casa, luego de despedirnos de mi padre-. Has crecido.
- Un año de la comida de Hogwarts puede hacerte eso - le dije con una media sonrisa-. Algo que te hace falta, al parecer. Estas más delgado.
- Cosas del trabajo - dijo; y noté algo nervioso en su rostro. Me crucé de brazos y me moví hasta estar delante de él. Aunque como él había dicho yo había crecido, todavía debía ladear mi cabeza hacia arriba para verle a los ojos.
- ¿Qué sucede, Sirius? - le pregunté, consciente de la feroz reputación del Ministerio de Misterios. Siempre había sido una especie de secreto a voces que el uso de las Artes Oscuras era prácticamente constante en las investigaciones de los Inefables, y teniendo a un auror como padre sabía más que bien las consecuencias del uso de ciertas maldiciones.
Hombre perceptivo que es, supo de inmediato a lo que me refería.
- Estrés. Tuve una semana difícil en el Departamento... y no por lo que piensas, Harry. A veces eres tan paranoico como tu padre, lo juro.
- No es como si tu no me dieras ninguna razón para preocuparme. Estás tenso, parece que no has dormido bien en mucho tiempo, y te pones defensivo cuando te pregunto - le dije, mirándolo con seriedad-. Tres signos de que no todo anda como debería.
Sirius suspiró, y puso una mano en mi hombro, llevándome hacia la cocina.
- Quizás ese sea el problema, Harry. Que las cosas quizá anden como es debido, y yo soy el que no puede aceptarlo - me dirigió una sonrisa mientras sacaba una cerveza de manteca de la alacena-. No te preocupes. Incluso si te pudiera explicar todo lo que sucede, dudo que podrías hacer algo. Solo conseguiría preocuparte. Toma.
Acepté la bebida, sintiendo que sus palabras parecían reflejar tanto su situación como la mía.
- Creo que podría decirte lo mismo de mí. Aunque estoy seguro que en mi caso, las cosas no andan como deben. O al menos, no como deberían ir para mí- le dije, mis ojos fijos en la forma sinuosa de la botella.
- Harry, sabes que si tienes algún problema con James...- el semblante de Sirius se ensombreció, y en sus ojos vi el comienzo de algo que me resultaba aterrador y familiar a la vez... algo que iba más allá de sus palabras. Por un instante el rostro de Tom me vino a la mente, y de alguna manera, entendí de repente lo mucho que su trabajo le había afectado en los últimos años.
- Sería incapaz de reprocharle algo, Sirius, más allá de una obsesión por el Quidditch que ambos comparten, y de su adicción al trabajo - dije cuidadosamente, y el fuego en sus ojos retrocedió-. ¿Te ha pasado algo con él?
Aunque no me gustaba ser tan directo por temor a parecer una persona sin tacto, en los últimos tiempos había sentido que mi padre y mi padrino se habían distanciado; y las razones por aquella invisible pelea entre dos amigos tan cercanos me escapaban como el agua a los dedos.
- No, nada en particular - respondió Sirius, sorprendido ante mi pregunta-. Es que mi trabajo y el suyo son tan distintos que ya apenas nos vemos, y...
Se detuvo abruptamente, y me miró, indeciso.
- Quiero creer que lo único que necesita es unas vacaciones- susurró, quitando sus ojos de los míos-. No hace más que discutir a veces, e incluso por las cosas más inofensivas. Ya sabes, política, noticias. Siento que lo único de lo que puedo hablar con él es de Lily, Sophie o tú, o Quidditch.
En su voz el resentimiento acechaba las palabras como una sombra furtiva; había algo de resignado en su tono, algo que me decía que estaba profundamente decepcionado de su amigo. Decepción, y frustración al no poder hacer nada para cruzar aquella creciente distancia, ambas se mezclaban en su voz y en sus ojos. Me sentí hipnotizado ante la triste historia, pero podía entenderlo. Los cuarenta no le venían sentando muy bien a mi padre.
- Sirius, la razón por la que parece discutirte tanto mi padre, - le dije, y sus ojos encontraron los míos con una velocidad que no hubiera creído posible-. Es por tu familia, ¿verdad? Sé que se ha vuelto un tanto extremista con sus opiniones acerca de los magos oscuros...
- Parece ser que es más que mi familia - me interrumpió, su voz amarga y sombría-. Le gusta insinuar que ahora soy yo el corrompido. La escoria. Piensa que porque trabajo con las Artes Oscuras voy a ser el mismo tipo de basura que esos asesinos de niños que caza en Knockturn Alley... Creo que si no fuera por Lily, él no te hubiera dejado venir.
- No puede ser tan así...- susurré, incapaz de pensar que mi padre podría decir cosas tan detestables. Llámenlo un arranque de infantil adoración parental, pero al corazón se le hace imposible comprender la fría lógica de aquél ídolo de las épocas más tiernas volviéndose un amargo y juicioso hombre, endurecido por años de ver y lidiar con las atrocidades que lo más bajo de la raza humana puede hacer.
- Ah, se cuida de ser sutil cuando quiere... - sus ojos grises relucían, encendidos y resentidos, mientras sus palabras brotaban cada vez más rápido de sus labios-. Pero no engaña a ninguno de los dos. Parece haberse tomado muy a pecho toda esa propaganda estúpida que les inculcan en el departamento, todo para que sean los perfectos paladines. Que las Artes Oscuras son malignas... como si nadie hubiera matado con un Wingardium Leviosa.
- Entonces si que las practicas, ¿no es así? - le dije, con una sonrisa-. Ey, no me mires así, que yo no tengo nada en contra de ellas.
Sirius se relajó visiblemente.
- Perdón, Harry, es que...
- Tienes miedo que haga lo mismo que mi padre, ¿no? - terminé por él. Mi expresión reflejaba la incredulidad que sentía en aquél momento, y aquello fue suficiente como para que en sus ojos grises comenzara a brillar un poco de culpa-. Escucha, Sirius, eres mi padrino. No me importa lo que creas o lo que hagas, eres mi familia. De la misma forma que no voy a juzgar a mi padre por creer que la magia blanca es el pináculo de nuestra civilización, tampoco pienso hacerlo contigo si te gusta practicar las Artes Oscuras.
No me gustaría que crean que les miento cuando les digo que era la primera vez que veía una sonrisa como aquella en el rostro de mi padrino. Era apenas un esbozo de sus labios; un movimiento reflejo que duró apenas un instante. Pero la instantánea que dibujo en mi mente mostraba el semblante de un hombre que necesitaba de alguien en quien apoyarse. Y entendí que ambos, a nuestra manera, nos conectábamos de una manera que no lo podía hacer con mi padre. Mi valiente, auror padre.
Sabía que el círculo de amigos de Sirius era considerablemente menor al de sus conocidos, y que aquél trabajo que parecía consumirle le hacía lidiar con las mismas fuerzas oscuras con las que Tom me atacaba. Le envidié, por un fugaz momento, aquella fuerza que parecía hacerlo un gigante bonachón a mis ojos; aquella que permitía que sus fantasmas no le oscurecieran la mirada de la misma forma que los míos lo hacían con la propia.
Y nuevamente la duda me asaltó, poderosa; ¿podría contarle todo a Sirius? ¿Podría esperar a que él pudiera darse cuenta de todo? Y tan arrebatadora como había llegado dejé que se fuera, pues me di cuenta que Tom era algo que debía manejar yo solo; que los fantasmas personales le pertenecen a una persona y a nadie más. Y aquello era algo que Sirius sabía, y que yo debía comprender. Aprender.
- Gracias, cachorro - me dijo, y se levantó, dejando nuestra charla detrás-. Hace poco instalé una televisión en el living, en honor a tu madre. ¿Quieres estrenarla?
- Mientras que tengas pochoclo - me reí ante su rostro confundido, y lo tomé del brazo para guiarlo hacia la heladera.
Ligero.
Creo que no me he sentido así desde Noviembre, poco antes de que mis aventuras -si es que se le pueden llamar así- con el diario se fueran de las manos. Quizás es la actitud jovial y despreocupada de mi padrino, o el cambio de escenario; quizás es el sabor apenas detectable de la magia oscura en el ambiente que calma los nervios de Tom. Ciertamente sé que lo último ha conseguido que en nuestras conversaciones diarias se muestre más alegre e inofensivo que cuando el diario se encuentra en mi casa -saturada con magia blanca, antigua y pura-, hasta el punto en el que se ha reído de lo relativamente inocente. Me incita a pensar que me encuentro en la calma antes de tormenta, pero me ataca el sentido de apatía al punto de pensar que realmente ya no me importa. Que Tom juegue a ser algo, que me amenace y torture todo lo que quiera. Ambos sabemos que no puede hacer más que hablar, y en eso encuentro un sentido de perversa satisfacción. Cuando salga del diario podría ir a la habitación junto a la mía y encontrar a mi padrino, y si quisiera podría destruir el diario porque mi padrino es invencible y sabría como hacerlo, y Tom no sería más que un recuerdo molesto. Son esas fantasías destructoras, vengativas, en las que tomo refugio y me fortalezco. Porque me hacen sentir libre y poderoso de una forma en la que no puedo serlo cuando me encuentro debajo de la mirada intensa de los ojos rubíes de Tom.
A veces, momentos luego de salir del diario, dejo que mi mente vague; es en aquellos instantes de delirios conscientes que me pregunto si aquello que parece alimentar tanto al diario - los vagos trazos de la magia oscura que usa mi padrino - no me afectarán a mi también, haciéndome sentir tan gigante e invencible. Y es cuando dudo de las palabras de mi padre - palabras que hace tiempo dejé de repetir como un mantra en mi cabeza; que si las Artes son malignas, que si son capaces de destruir a cualquiera que las practique, deformándolos y retorciéndolos hasta que no son más que una grotesca parodia de un ser humano. Mi padrino, mago oscuro por herencia más que elección, era una de las personas más íntegras que conocía; y había verdad en sus palabras, en que había una diferencia profunda entre aquello que es una herramienta de por sí (la magia) y el motivo por el cual se lo usa. Mis libros me habían familiarizado de manera temprana con el genio letal de los asesinos que antagonizaban las novelas policíacas; e incontables eran las historias en las que el asesinato era cometido con un objeto aparentemente inofensivo. Lo que los héroes - detectives de ocasión o por elección- no fallaban en entender una y otra vez, era que el método era secundario al motivo; y no había censura en el objeto de por sí, si no las viles circunstancias que habían llevado a los criminales a actuar.
¿Y por qué, normalmente me preguntaba, si aquello no era una noción difícil de entender, hombres como mi padre desperdiciaban su tiempo culpando a la herramienta en lugar de al que le da uso? Generaban diferencias innecesarias que llevaban a la discriminación y al conflicto; y el resultado final me da a entender que hay tanto criminales por ley como criminales sociales. Todo se revuelve alrededor de la intolerancia, y que si aquello es diferente de esto, y esto es mío, entonces aquello está mal.
- La intolerancia es necesaria - me había respondido Tom cuando le dí forma a aquellos pensamientos que venían plagando mi mente desde aquella primera charla en casa de mi padrino-. La intolerancia lleva a la discordia. La discordia al caos. El caos trae revolución, y con ella el cambio. El cambio lleva al orden, y el ciclo se repite.
- Es lo que gente como tú aprovecha, ¿verdad? - le dije. No sentía la necesidad de acusarlo; ya era algo asumido lo que yo pensaba de él como persona-. Son las figuras en el caos. Necesitabas de la intolerancia por los hijos de muggles para cumplir tus metas personales.
Tom asintió, concediéndome aquello.
- Vas aprendiendo. Grindelwald también. Incluso Dumbledore. Los métodos varían, pero personas como nosotros aprovechamos las diferencias; encontramos las fallas en la sociedad, las grietas que llevan a que el sistema se desplome. Y actuamos, - como si quisiera discutirme algún ideal moral, agregó con una sonrisa:- siempre a partir de la voluntad de la gente. No se puede hacer algo en contra de la voluntad popular. Si un cambio sucede, es porque todos lo desean.
Fue simplemente gracioso aquél momento; irónico en el sentido que allí estaba Lord Voldemort tratando de convencerme que él era una figura del pueblo, y no un líder oportunista con aires de grandeza que había atentado como un terrorista en contra del ministerio.
No podía dejar pasar la oportunidad.
- Estoy de acuerdo. Creo que se evidenció ampliamente cuando tu pequeña revuelta en el cincuenta se fue al traste. Desde entonces nadie sabe nada de Voldemort, y muchos lo dan por muerto. ¡Viva la revolución!
Lo rápido que logró expulsarme del diario hace cuenta de la verdad en mis palabras.
