VII
La piedra final a mis divagaciones descansa hoy sobre mi cama. Antes de irse a trabajar, Sirius me llevó a la pequeña biblioteca que los Black habían armado en aquella casa de ocasión en la que vivía desde irse de Grimmauld Place.
- Harry, sé que esto quizás no te agrade - comenzó, su rostro serio y previsto de una urgencia que jamás le había visto-, pero debes confiar en mí. Sabes que mi trabajo me lleva a escuchar más de un rumor, cosas que no puedo repetir afuera del Departamento.
Asentí, mientras mi instinto hacía que mi estómago diera vueltas con aquello que temía escuchar.
- Algo está pasando - dijo, luciendo como si estuviera cometiendo un gran pecado-. Algo grande, y está por golpear al Reino Unido. Pronto la situación se pondrá muy peligrosa, y temo que algo pueda pasarte... que quedes atrapado en el fuego cruzado, por decirlo de alguna forma.
Aquél premonitorio sentimiento se intensificó en mí. Algo grande... no podía ser Voldemort, ¿verdad?
- No puedo decirte nada - Sirius leyó mi expresión, y debe haber adivinado lo que pensaba-. No preguntes nada. Nadie puede saber de esto, y mientras más vaga sea mi advertencia más a salvo vas a estar.
- Pero...
- No, Harry, escúchame. Eres una de las personas más preciadas en mi vida... eres casi un hijo para mí. Y por eso siento que debo protegerte, incluso cuando el juego no ha empezado. Y creo que la mejor manera de mantenerte a salvo es enseñarte algo de defensa... avanzada.
Sabía a donde la conversación estaba llevando, e incluso podría decir que lo vi desde un principio. No sabía qué pensar realmente, y la expresión y el tono urgente de mi padrino no hacían nada para calmar el caos en mi mente.
- La mejor defensa es un ataque eficiente, ¿no es así? - le dije, echándole una mirada conocedora. Sirius se relajó visiblemente, y por segunda vez en aquellas semanas sentí algo de tristeza al ver lo mucho que le temía a mi rechazo-. Quieres que aprenda las artes oscuras.
- Nada terriblemente avanzado - se apresuró a decir-. Solo quiero que sepas algo más potente que lo que te pueden enseñar en la escuela. Sé - y su tono de voz dejaba en claro que era por experiencia propia- que en una batalla no vale nada. El honor, la moral, eso no importa. Y es vital conocer hasta que punto pueden llegar para ganar como para poder defenderse.
- No pido que sepas hacer más que lo básico - me imploró -, y que el resto lo conozcas de pasada. Solo quiero que estés preparado; yo...
- Está bien, Sirius - le atajé, sabiendo que se enredaría con sus propias palabras tratando de convencer al hijo de James Potter de usar las Artes Oscuras -. Entiendo. No puedo decir que me guste tu solución - le miré fijamente, recordando el sentimiento opresivo de la cruel magia de Tom, oscura por naturaleza -, pero puedo respetarla.
Vi que sus ojos se iluminaban, y un pensamiento traicionero susurró en mi mente la posibilidad de que aquél era un mago oscuro desesperado por continuar su legado.
- Realmente no me gusta, y por ahora no pienso practicarlas - le dije firmemente -. Pero aprenderé lo que quieras que sepa.
Mi negativa a practicar los más sencillos encantamientos que pertenecieran a aquella rama de la magia no pareció decepcionarle en lo absoluto, y pronto tuve a un animado Black recorriendo de arriba a abajo la pequeña biblioteca en busca de aquello que debía leer.
- Estos te servirán para entender la teoría básica, son introducciones - dijo, poniendo cuatro libros sobre mis manos, ignorando mi expresión desconcertada. Fácilmente, entre los cuatro harían más de dos mil páginas-. Estos tres, te los dejaré aquí, son guías de hechizos. Son un poco más avanzados que los que usan de ejemplo en aquellos, pero sé que le agarrarás la mano enseguida.
- Ah, - dijo, al mirar mi rostro-. Generalmente ocupan una cuarta parte en agradecimientos y la mitad en referencias a otros libros. No te preocupes, los terminarás en una semana como mucho.
Dejé que me llenara los brazos de libros antes de recordarle que llegaría tarde a su trabajo. No fue poco el esfuerzo que debí hacer para poder llevarlos todos a mi habitación, pues fiel hombre a las letras que soy, mi condición física deja mucho que desear. En cuanto pude respirar normalmente, me dejé caer sobre la cama y contemplé compartir las noticias con Tom. Sabía que aquello le haría durar el buen humor por una semana entera.
- Son títulos clásicos - me dijo al recitarle la lista de lectura que mi padrino me había dejado-, los que cada familia de tradición sangrepura les enseña a sus herederos antes de ir a Hogwarts-. Miró mi rostro con sorna, - no que ellos lo terminen aprendiendo, por supuesto. No hay mucho que un primerizo malcriado esté dispuesto a aprender si involucra leer un libro.
- Si estás tratando de insultarme, me gustaría informarte que estás fallando de manera desastrosa - le dije, sentándome frente a él-. Me preocupa que estés perdiendo tu toque.
- Ah, Harry - susurró, su voz imitando la de alguien gravemente ofendido-. ¿Cómo voy a burlarme de ti, cuando pronto serás un compañero en armas?
Mis ojos verdes deben haber brillado de manera peligrosa, pues su rostro pareció descomponerse y recomponerse en un instante, adoptando una expresión complacida.
- ¿Qué quieres decir?
Tom se lamió los labios, como si estuviera por disfrutar un pequeño manjar. Se movió hacia adelante, sus codos apoyándose sobre sus rodillas, su rostro perneándose de sombras. Sus ojos se clavaron en los míos, y una vaga sonrisa se esbozó en sus labios.
- Quiero decir lo que es obvio, pequeño Potter. Es evidente que Voldemort -yo- está por volver al país. ¿Qué otra gran amenaza puede cernirse en este condenado lugar, convenientemente al alcance del oído del heredero de la ancestral y más noble Casa Black?
Mi rostro debe haber reflejado la confusión que sentía, pues su sonrisa se acrecentó. Parecía completamente eufórico, y el aire parecía danzar a mi alrededor, respondiendo a los juegos que Tom me obligaba a jugar.
- Tu padrino debe de haberse olvidado de mencionar que su familia fue una de las más leales a mí. Bellatrix y Orion Black, quien si no me equivoco es el padre de tu querido Sirius, fueron mis leales sirvientes incluso antes de que me graduara de Hogwarts. Toda la familia ya estaba comiendo de mi mano para el verano en el que asesiné a los Riddle.
Dejé que la información diera vuelta en mi mente antes de decir una tontería. Sabía lo que Tom implicaba; tan perverso y malévolo como el resto de sus mentiras, pero que sonaban a potenciales verdades. En mi paranoia las dos posibilidades batallaban ferozmente; ¿y si tiene razón? ¿Y si está equivocado? Y sé que no es el convencerme lo que busca, lo que realmente disfruta. La duda, la sospecha del ser querido es lo que él ve como traición, como su asqueroso alimento para su mente aburrida.
- Me parece sencillamente repugnante lo mucho que te gusta especular, Tom - le dije, forzándome a tragar aquél nudo que se me había hecho en la garganta -. Existen mil razones por las que sé que estás equivocado, pero no pienso gastar mi tiempo en enumerarlas. Es suficiente que sepas que uno, Sirius no es un Caballero de Walpurgis; dos, no piensa entrenarme ni nada igual de ridículo para que yo sea uno y por último, si bien pienso que Voldemort ya debe querer volver al país, no existe prueba concluyente que sea él quien esté detrás de este supuesto apocalipsis. Por lo que sé, podría ser un grupo de tus seguidores tratando de reorganizarse cuando consideran que nadie los espera.
La sonrisa de Tom no enflaqueció ni por un instante; al contrario, su expresión parecía más salvaje incluso, completamente abandonada la civil máscara que solía usar.
- Temo que pecas con lo mismo, Harry. ¿Acaso tienes prueba concluyente que Sirius no es un Caballero de Walpurgis? ¿O que sus intenciones son tan nobles como piensas?
- Tom, es imposible demostrar una negación.
- Tu error está en suponer que tus afirmaciones son verdaderas sin demostrarlas, Harry. Yo solo le doy otra perspectiva al asunto.
- Tu solo quieres torturarme con imposibilidades.
Tom mantuvo su sonrisa imperturbable, y volvió a reclinarse en su asiento, majestuoso e imponente como un rey frente a uno de sus súbditos. No parecía que le importase que yo descubriese sus pequeños juegos, o que aparentase que no me afectaban; era como si él pudiera ver a través de aquella pared de acero que erigía cuando hablábamos, como si supiese hasta que punto me afectaban sus palabras.
- Es bueno que aprendas las Artes Oscuras, Harry - dijo, cambiando el tema sin más-. Ahora tu presencia se me hará un poco menos insoportable.
- Qué sorpresa; al malvado, terrible Tom le lastima la presencia del puro héroe Harry - dije sarcásticamente-. No pienso aprender los hechizos de todas formas. Voy a leer lo que Sirius me dejó, y eso es todo.
- Quizás cuando seas un poco más grande entenderás - Tom dijo impaciente, como un padre que alecciona a un hijo-, que raramente el hombre puede resistir la tentación del conocimiento. Creo que la sangre impura de tu madre te habrá contado del mito muggle de la expulsión del Paraíso de Adán y Eva...
- Sirius no me está tentando con ningún conocimiento prohibido, y no es por prejuicio que no quiero aprender algo de las Artes. Pero el simple hecho de que pareces ser la encarnación en vida de ellas, con tu aura y tu carácter, es lo que me saca las ganas de hacerlo.
- Me halaga ser una influencia tan marcada en tu vida, Harry. Realmente demuestra la importancia que me das.
- Merlín, te odio tanto...
Tom sonrió, aparentemente complacido por mis palabras. Ni mi aparente calma, ni mi resignación, ni una furia repentina; nada le era adverso. Lo único que me recibía en aquella habitación de pesadillas era una mirada indulgente, una tortura mental y una sonrisa paternal. Y me volvía loco en una forma que ni las palabras hirientes que alguna que otra vez me habrá dirigido lo hacían; me sacaban de mi elemento, haciéndome creer que aquél era su dominio y que él tenía el control.
- Por el contrario, Harry, debo admitir que has conseguido ganarte mis afectos - dijo, sus ojos brillantes riéndose de mí-. Ninguno de mis antiguos asociados ha demostrado ser tan efectivamente divertido como tú, aunque claro está, la situación en la que ambos nos encontramos es algo peculiar.
- Lo tomaré como un cumplido, entonces - le respondí, siguiéndole el juego-. Aunque por favor, no me esperes para tu cumpleaños. No creo que pueda, o me interese, llegar.
- Ah, si pudieras darte una idea, mi joven amigo - suspiró trágicamente-. Creo que llegará un momento en tu vida en el que morirás por conseguirme un buen regalo de cumpleaños. Con tu padrino ya asegurándose de que sigas sus pasos...
- Si piensas seguir hablando incoherencias, dejame volver a mi cama, entonces. Dormido me voy a quedar igual.
- Ve y ponte a leer, que no me gustaría distraerte de tu entrenamiento, Harry. Nos vemos.
Incluso aunque el diario ya no me drenara tanto como antes lo hiciera, razoné que mi cansancio era el suficiente como para poder dormirme al apoyar mi cabeza sobre la almohada. Pero como un arranque de viento vengativo, mis pensamientos giraban violentamente dentro de mi mente; fugaces y traicioneros, haciéndome revivir una a una las malévolas palabras de Tom. Y aunque sabía que aquél era gustoso de los juegos y las manipulaciones, el hecho de que poseía un peculiar talento para intuir las verdaderas emociones de la gente era suficiente como para que las dudas volaran libres en mi cabeza. Él lo sabía; yo lo sabía. Y aún así ambos caíamos dentro del juego.
Que Sirius escondía sus verdaderos motivos; que mi padrino tan solo era un hombre preocupado por su ahijado. Que era un Caballero, que no lo era. De por sí la idea de que estuviese asociado a Voldemort no me resultaba particularmente preocupante; que lo escondiera de mí sería tan solo natural. Incluso, si así fuera, me sentiría aliviado de saber que no soy el único en la familia en trato directo (o potencial) con el Señor de las Tinieblas. Que sus alianzas lo llevarían en su momento a enfrentarse con mi padre en batalla, aquello era algo que (aunque no de mi mayor agrado) en última instancia les concernía a ellos como adultos, y a sus elecciones. Pero lo verdaderamente perturbador era pensar en él como uno puede pensar de un hombre como Lucius Malfoy: lo suficientemente frío como para usar a un ahijado en una movida política. Y allí es donde comienzan mis agravios, pues estoy muy consciente del tipo de repercusiones que ofertas como las de Sirius podrían tener no solo a nivel público, sino dentro de mi familia (véase especialmente a mi querido padre, auror).
De por sí, la idea de querer formarme en un guerrero cuando ha sido claro desde el día que pude tomar consciencia de mí mismo que lo mío eran las letras y la gente es algo que me mueve profundamente, y no de una buena manera. Es como si quisieran forzarme a ser algo que no soy; y el hecho de que aquella figura de autoridad parece ser alguien que me conoce tan íntimamente me revuelve el estómago.
Me siento, honestamente, como si dibujara calabozos en el aire; y tanto como me revuelve el estómago la idea de un Sirius Black tan aparentemente impersonal y completamente extraño, siento lo mismo al pensar en que me dejo llevar tan fuertemente por los desvaríos de una memoria encerrada en un diario por más de cincuenta años.
Me gustaría probar por mi mismo que las palabras de Tom son tan ciertas como las de un borracho arrepentido, pero debo esperar a que Sirius despierte. Y no sé si será mi edad, pero me encuentro impaciente, y potencialmente plagado por un arrebato de insomnio. Debería hablar con Tom nuevamente; incluso si es sólo porque sus aires de grandeza son el mejor somnífero para mi mente agitada.
- Me encantaría pensar que has vuelto en tan poco tiempo porque extrañas mi presencia - dijo, al verme de vuelta-. Pero sé que no puedes dejar de pensar en Sirius. Sabes que en el fondo tengo razón.
Esa vez decidí permanecer parado, sintiendo que al menos así ganaría algo de terreno ante la dialéctica arrolladora de mi interlocutor.
- Te invito a seguir dándote el gusto de pensar que tienes razón; tan solo te pido que no compartas - le dije, mirándolo como si lo que dijera fuese absolutamente ridículo. Y quizás así lo era, en cierta forma-. No puedo dormir. Y no es porque piense que mi padrino es un malvado mago oscuro que quiere convertirme en su aprendiz... o algo. No puedo dejar de pensar.
- ¿Y en qué piensas?
- Sirius.
Aquella sonrisa tan detestable en los labios de Tom se asomó fugazmente, y algo en su postura cambió. Sentía que, al volver, había traído conmigo algo precioso para él, y que estaba complacido conmigo. Supe inmediatamente que, en cierta forma, había concedido que había caído en su juego mental; y como el apostante que recoge sus ganancias, Tom parecía beber de mi aparente derrota con avaricia y excelente gusto. Me sentí levemente enfermo, más no hice comentario al respecto. Sabía que aquello lo haría empeorar.
- Ah, Harry. Si no piensas que es un Caballero; ¿qué es lo que te deja sin dormir?
Miré con atención su rostro, y me sorprendí al encontrar la más engañosa inocencia escrita en sus facciones. Parecía estar honestamente interesado en lo que le pudiera decir, y no supe si sentirme aliviado por aquél respiro, o perturbado por su nivel de interés.
Pensé un momento en cómo le iba a responder; ya tenía asumido que no pensaba decirle que la idea de Sirius como uno de los seguidores de Voldemort, aunque detestable de por sí, no era lo que más me preocupaba. Aquello le daría ideas peligrosas, y por más restringidas que sean sus acciones dentro del diario, estaba al tanto de que en algún momento aquél relativamente inofensivo Tom se reuniría con el muy real y activo Lord Voldemort. Merlín sabe que le tendrá para decir en términos de inteligencia de lo que yo le habré dicho accidentalmente.
Decidí ser lo más honesto que la situación me permitiese.
- No sé que pensar, realmente. Por más que Sirius sea o no un Caballero de Walpurgis, o que Voldemort planee volver a Inglaterra, no sé donde pararme en relación a todo esto. Por una parte se que no me interesa practicar las Artes Oscuras, por otra se que en algún momento me podrían servir de algo. No se porqué de repente me siento como si estuviera demasiado metido en estos asuntos, cuando lo más peligroso que había hecho en mi vida hasta el momento era cargar una pila de libros de un metro y medio desde la biblioteca de la mansión hasta mi habitación - pasé una mano instintivamente por mi cabello, tratando de evitar la mirada de Tom. Le estaba revelando más de lo que me sentía cómodo revelando, pero no podía parar. Las palabras brotaban de mí, tumultosas y angustiadas, y sentía que mis pensamientos iban cayendo uno a uno en una línea ordenada, perfecta-. Debo hablar todos los días contigo, y al mismo tiempo debo cuidarme de que no me quiebres como a una muñeca de porcelana; debo, de repente, cuidarme de este mal que lo pone tan paranoico a Sirius, y debo mantener todo en secreto porque Merlín nos ayude si alguien se llega a enterar de algo... y aún así, me siento culpable porque no puedo mirar a mis padres a la cara sin pensar que a su casa dejo entrar un lindo artefacto cargado de magia oscura, perteneciente al mismo Lord Voldemort que ellos odian. Me siento culpable por resentir tanto; y resiento que parezcan ocuparse de mí o de mi hermana solo cuando es estrictamente necesario. Resiento que se peleen por idioteces, o que por alguna excusa tonta, uno o los dos falten a comer.
Me di vuelta, incapaz de soportar el rostro de Tom asomándose por la periferia de mis ojos.
- Y odio lo mucho que termino dependiendo en ti, y como por tu culpa me estoy distanciando de mis amigos... Sirius es solo la punta del puto iceberg. Me siento mal, agobiado, y lo peor de todo, frustrado porque parece que mis problemas no quieren resolverse.
- No suena como algo muy serio, entonces... - dijo Tom despreocupadamente, y en aquél momento le odié como nunca antes. Quizás el peor de los crímenes que jamás pudiera hacer sería el de ningunear mis problemas cuando a mí se me hacían enormes-. Quizás deberías dejar de pensar que puedes resolver todo a la vez. Mira cada problema por separado. Con suerte y práctica, las soluciones se terminarán entrelazando solas.
Me di vuelta en un santiamén, incapaz de creer que un consejo tan útil había salido de su boca.
- Creo que deberías concentrarte en el presente. Aprende las artes oscuras; eso es lo que puedes hacer por ahora. El resto ya te ocupará en su momento, y cuando debas hacerlo, al menos tendrás un dilema menos que enfrentar - sus ojos parecían zapatos sin brillo; aburridos, insípidos-. Es lo lógico.
Asentí lentamente.
- Me parece casi irreal que me estés aconsejando. Si no te conociera...
- Lo hago simplemente para que no sigas molestándome con lo mismo en el futuro - me interrumpió, impaciente-. Tus preocupaciones adolescentes son de poca importancia.
Sonreí, acostumbrado a aquella bizarra armonía en la que convivíamos. Yo le hablaría, el me despreciaría, y ambos aprenderíamos. O al menos, sé que yo sí lo haría. Aquella actitud desdeñosa no suponía más que un alivio para mí, pues era algo que podía predecir fácilmente; su ira era fácil de controlar. Por otra parte, en los momentos en los que me sonreiría paternalmente, como si yo fuera alguna especie de mascota, mi cerebro no buscaría más que algún lugar donde esconderme, los comienzos de un frenético terror comenzando a asaltar mis sentidos.
- ¿Algo más por lo que debas llorar? ¿Aquella chica en la que piensas por las noches no te habla? ¿Tu lechuza murió?
- De hecho, - le dije, consciente de su sarcasmo y dispuesto a seguirle el juego- hay una chica. Es terriblemente molesta, y no deja de amenazar con matarme de alguna horrible forma todas las semanas. Pero tendrías que ver todas las lágrimas que suelta cuando se queja de lo aburrido que es estar encerrada en un diario por cincuenta años...
- Ya, ya - dijo Tom, su tono de voz enrarecido-. Si no te conociera, Harry, me atrevería a decir que has aprendido una cosa o dos de mí.
Mis ojos buscaron la tenue silueta de su rostro, apenas iluminado por la moribunda luz de la chimenea. Vagamente noté que, en algún desesperado intento por atenerse a algún realismo estricto, el fuego ardiendo en el hogar era completamente normal, y moría al acabarse la madera que lo sustentaba. Me pregunté por un momento si Tom se había encargado de avivarlo en aquellos cincuenta años de encierro.
Su cuerpo, casi completamente devorado por las sombras de la habitación, parecía extrañamente inmóvil. En la oscuridad reinante alrededor de su rostro, brillaban apenas los pálidos dientes de su boca, y de un golpe comprendí que estaba sonriendo. Y aquella sonrisa me resultaba extraña en su semblante; tan particularmente despreocupada, como si no fuese un gesto repetido mecánicamente. Como si realmente tuviera un motivo para sonreír estúpidamente.
Y quizás por un momento mi cabeza me traicionó, pues recuerdo que por un instante una terrible noción se me hizo tan clara, tan poderosa, que debí (conscientemente) erradicar aquellos pensamientos como para no dejar que Tom los percibiese.
Quizás él decía la verdad, y realmente me considerase un amigo.
Me resultaba extremadamente perturbador el concepto de amistad aplicado a alguien como Tom, especialmente cuando yo estaba involucrado, pero quizás en alguna manera retorcida aquél ser sin corazón podía sentir y podía actuar de acorde a aquellos sentimientos. Aquella sonrisa, o incluso las pequeñas cosas (las palabras, el gesto cortés de sentarse tras de mí, preguntarme por mi bienestar) me podían llevar a pensar que entre tanta repetición mecánica de costumbres civilizadas, Tom le había tomado un gusto genuino, aunque sea por la distracción que alguien tan moderno como yo le puede brindar a un fantasma del pasado.
- Pero me conoces más de lo que me gustaría - le dije -. Al punto en el que me atrevería a llamarte un amigo.
- Más exacta sería la palabra "aliado temporal" - Tom respondió fríamente-. Al menos sé que me has entretenido lo suficiente como para permitirte seguir con vida una vez que le entregues el diario a Voldemort.
- Es bueno saberlo.
VIII
Decidido a poner en práctica el consejo de Tom, he estado leyendo diligentemente el grueso de los libros que Sirius me ha dejado. A crédito de los autores, me atreveré a decir que en ciertas ocasiones, me he tentado seriamente de probar alguno de los hechizos descriptos; tan solo aquella antigua aberración mía por las Artes Oscuras me ha detenido a tiempo. Y es que no siento que vaya a resistírmele por mucho tiempo; es tan solo la indecisión antes de lo percibido importante. Me veo como aquél niño que se enfrenta al mar por primera vez, y no sabé cómo, o si debe, entrar en él. Algo me dice que estoy esperando alguna señal; una última advertencia que me permitirá decidirme de forma definitiva. Pero no se si debería esperar por ella o si es mi tarea el ir a buscarle. Mi paciencia se ha tornado indispensable.
Sirius ha pasado las últimas dos noches completamente encerrado en la biblioteca, y no quiere decirme qué es lo que le mantiene tan ocupado. Cuando me mira por la mañana, su rostro adopta por un momento un gesto tan trastornado, que siento como si estuviera en mi último mes de vida, sufriendo de alguna enfermedad desconocida. Quizás así lo sea, pues entre la extraña conducta de Sirius y las pocas noticias que tengo de mis padres, empiezo a pensar que me han dejado aquí en Londres para pasar mis últimas semanas. Es un pensamiento absurdamente cómico, y me entretiene redactar mentalmente las invitaciones a mi funeral mientras me dedico a acechar al elfo loco de la casa.
Tengo entendido, a razón de dedicarle algunas palabras al pobre animal, que Kreacher (tal es el nombre de la arruinada criatura) perteneció anteriormente a Regulus, el hermano menor de Sirius. Como en toda familia que respetaba las antiguas tradiciones, los Black habían reservado la crianza personal para el primogénito, quien había sido atendido y educado exclusivamente por su padre. Regulus, por otra parte, habíale sido asignado un elfo en sus años más independientes, como para completar la educación que había compartido con su hermano en sus años más tiernos. Tal había sido la dedicación que aquél le había profesado en apariencias al elfo que Kreacher en su ausencia había perdido la cordura, hablando bajo su aliento cosas que todos escuchábamos perfectamente y robando todo cuanto su antiguo amo había tocado.
Sirius había decidido dejar al elfo en la casa (por unos meses, el hogar predilecto del inquieto hermano) por algún extraño sentido de lealtad; más a palabra de su padre aquella propiedad era exclusivamente suya.
Y, aunque poseía una actitud tan podrida como su aliento, en mis horas perezosas pronto me encontré siguiendo sus pasos por la casa. Yendo y viniendo, el lento andar del viejo elfo me entretenía deliciosamente. Pronto se había acostumbrado a mi presencia, y quizás por algún deseo secreto de compañía, había dejado de aparecerse de lugar a lugar, optando caminar entre las habitaciones para que pudiera seguirle el paso.
Entre tantos disparates que puedo escucharle decir, me sorprendo más a menudo de lo que cualquiera pensaría de las pequeñas verdades que cuenta en plan de monólogo. Mucha de la historia de la familia de Sirius me había sido desconocida hasta que Kreacher comenzó a murmurar acerca de Orion Black, luego de una de las visitas semanales de Sirius a la casa de su padre. Mi padrino amaba hablar de sí mismo, pero los únicos temas que tocaba eran sus tiempos como Merodeador, o de las grandes anécdotas que vivió luego de graduarse de Hogwarts. Nunca me sentí con el tacto suficiente como para preguntarle, y no pensaba hablar de ello con nadie más que él.
Fue quizás otra gran sorpresa enterarme hoy, a un estilo muy conventillo, que Orion Black estaba en su lecho de muerte, y que aquellas visitas semanales no eran más que Sirius asegurándose de que su padre seguía vivo. Me hace pensar que sus nuevos hábitos no son más que un intento desesperado por encontrar la cura a la terrible enfermedad que se lleva a su progenitor, aunque ese es mi lado dramático hablando. He decidido hablarle al respecto, pues no me parece saludable que se guarde semejante carga emocional para sí mismo.
Lo encaré por la mañana, cuando sé que su cerebro es incapaz de ocultarme información so pena de quedarse sin mis famosos waffles. Era una mañana típica; yo desgarbado enfrente del horno cocinando el desayuno saturado en grasa, él ojeando una Playwizard, la cocina invadida de luz y los pajaritos cantando, y un esqueleto gigante entre nosotros dos.
- Eh, Sirius, quiero hablar contigo - le dije, decidiendo romper el hielo-. Sobre tu padre.
No sé si fue lo directo de mis palabras o por el tema en sí lo que hizo que mi padrino se atragantara con su jugo. Me dí vuelta para ver si no estaba ahogándose, y vi en su rostro aquella misma mirada aterrorizada que me venía dirigiendo desde hacía días.
- Kreacher me dijo todo - seguí como sin darme cuenta, y vi su rostro palidecer muy rápido, para luego comenzar a adoptar un peligroso color rojo -. Me dijo que tu padre estaba enfermo, y que por eso estabas yendo tan seguido a Grimmauld Place.
- ¿Te dijo...- preguntó, su rostro volviendo al color original-, te dijo que mi padre estaba enfermo y que por eso estaba yendo a su casa?
- Si. Sirius, si lo que necesitas es buscar algo en la biblioteca - le miré acusadoramente, y pareció entender a lo que me refería-, sabes que puedes contar conmigo. No sé cuanto te pueda ayudar, pero...
- No, Harry, está bien - carraspeó un momento, aclarándose la voz-. No estoy buscando... eh, algún hechizo para contrarrestar una maldición ni nada. Le ha llegado la hora, nada más.
- Hablas de él como si fuera un perro - le dije. Él se rió (su risa era amarga, y apenás duró más que unos minutos).
- Él y yo jamás hemos tenido la mejor de las relaciones... - su rostro se endureció-. De hecho, me alegra que estire la pata. Un hijo de puta menos en el mundo.
Le miré horrorizado. Jamás había pensado en mi padrino como una persona vengativa; sí como alguien dispuesto a mantener aquellas rivalidades infantiles que jamás llegarían a nada. Pero ante mí había un hombre, alguien que había visto alguna parte de sí quebrarse en algún momento; alguien que había luchado contra algún mal mayor sin cuidarse de caer en la tentación de repetir las injusticias que se le cometieron en el camino. Sus pasiones me resultaban oscuras y extrañamente maduras, y aquello me asustaba y me fascinaba a la vez. Mi risueño padrino se había transformado en algo completamente distinto, y no estaba seguro si podía culpar enteramente a las artes oscuras por eso, como lo haría mi padre. Algo añejo había en su mirada, algo que me daba a entender que aquellos sentimientos eran la consumación de años de mentiras.
Y es que mi padrino jamás, ni siquiera ahora, me ha parecido malévolo en sus intenciones. Su bondad es algo que nunca le ha hecho de sombra a la de personas como mi madre; pero su carácter es como aquella mano finamente esculpida cubierta de callos, ganados por años de inclemencias. El idealismo juvenil se escondía detrás de la dura y áspera realidad de una vida sazonada por el conflicto.
- No hables así de él...- susurré, casi para mí mismo-. Aunque lo odies.
- ¡Já! Venite conmigo hoy - exclamó-. Voy a Grimmauld Place. Cuando nos vayamos, ya te vas a alegrar de que se esté muriendo también.
Y desafiante, le dije que sí. Es gracioso el carácter adolescente cuando se obstina en probar que todos están equivocados por el simple hecho de hacerlo. No creía que el infame Orion Black y yo congeniásemos como si fuéramos mejores amigos, pero a lo sumo sabía que me invadiría la apatía al pensar en su muerte. Nada tan extremo como una vengativa alegría.
- El amo Sirius es un irrespetuoso y un descerebrado - murmuró Kreacher al mediodía, mientras intentaba limpiar unos estantes en la sala de estar-. Piensa llevar con él al sangresucia para ver al amo Orion. No, no, está loco. El amo Orion va a destripar al sangresucia cuando lo vea. Me pregunto si el amo Sirius le dejará a Kreacher guardar las tripas del sangresucia...
Y tras el perturbador monólogo del elfo, Sirius apareció por la chimenea para llevarme a Grimmauld Place vía red Flu. Aunque me han dicho que suelo ser particularmente torpe al moverme, no hay desastre como soy yo al usar un transporte mágico. Y no es que en mi vida no me haya trasladado más allá de mi casa al colegio; es algo dado por hecho que con la antigua fama de mi padre como estrella de Quidditch, y con su carrera como Auror, me han tenido dando tumbos por todo el maldito planeta desde que nací. Es en esta nota más que humillante que me ví por primera vez en el hogar ancestral de los Black, en el corazón de Londres.
Lo primero que debería mencionar acerca de aquella mansión, es que por todo su renombre y tradición estaba notablemente arruinada. Un grueso manto de polvo cubría cada uno de los opulentos muebles en la habitación; en el aire se percibía un fuerte olor a humedad y a lustre de madera. Aunque mi única fuente de luz eran las pálidas llamas azules de la chimenea, podía notar apenas los comienzos del decaimiento del oscuro papel que cubría la pared; en algunas partes lucía arrancado y mordisqueado. Nuestras sombras siniestras, proyectadas en la pared, completaban el triste espectáculo de aquél ilustre lugar venido a menos.
- Espera a ver el resto de la casa - dijo Sirius al ver mi expresión. No supe si aquello significaba que debía esperar algo mejor o peor, pero aún así decidí ignorar aquellas nociones preconcebidas. Después de todo, hasta el momento no había sufrido más que una recalcitrante decepción.
Al caminar, la madera crujió bajo nuestros pies, y debí llevarme una mano a la nariz para protegerme del polvo que se levantaba a nuestro alrededor. Era realmente confuso el porqué de semejante nube de tierra que se había levantado aparentemente de la nada, pero no fue hasta que la mente ágil de mi padrino dispersó el molesto nubarrón con un hechizo que entendí el origen de semejante ataque.
Un pequeño elfo, en apariencia un adolescente, se había posado sobre uno de los sillones que descansaban de espaldas a la puerta; y con sus grandes ojos nos miraba, dócil y estúpido, a que reconociéramos su llegada. Su ropaje lustroso ofrecía un ejemplar contraste con el estado de la habitación, y no pude evitar pensar por un momento que aquél elfo venía a informarnos que nos habíamos equivocado de casa.
- Wooky - dijo Sirius, tapándose la nariz-. Dile a mi padre que llegamos.
El elfo asintió, y con un murmullo que sonó muy parecido a un "¡sí, amo Sirius!" desapareció. Recuerdo haber notado que jamás nos había mirado a los ojos en todo el tiempo que había estado en la habitación.
- Grimmauld Place tiene siete habitaciones conectadas a la red Flu- Sirius se había dado vuelta para hablarme-. Mi padre jamás me ha dejado entrar por alguna que no sea la que está en mi piso.
- ¿Quieres decir que tenías un piso para ti solo? - le miré, anonadado. Mis padres jamás consentirían a eso, sabiendo que si le dieran rienda suelta a mis caprichos terminarían con un ala entera de la antigua mansión Potter cubierta de arriba a abajo con libros y novelas.
- Todos en mi familia tenían uno - me respondió, con una pequeña sonrisa-. De esa forma nos veíamos la cara lo menos posible.
Le miré con expresión grave, pero sentí que no estaba en mi lugar hacer ningún comentario al respecto.
- Una última advertencia - me dijo, al sentir el inimitable sonido de la aparición de un elfo doméstico-. Más bien, un consejo. No te tomes a pecho nada de lo que diga el viejo. Le gusta hablar por hablar, y como la serpiente que es, intentará manipularte por alguna razón u otra. No confíes en nada de lo que te diga. ¿Entendido?
Asentí, sin necesidad de explicarle que había poco en la gente que no me gustara diseccionar hasta conseguir el más nimio detalle, sea una conversación, un gesto, una mirada.
Sirius se dio vuelta y le dio su permiso al elfo para guiarnos hasta la habitación en la que su padre nos recibiría. Aquella visita tan formal entre familiares era algo que honestamente había esperado; estaba en la naturaleza de las familias de gran tradición el seguir un estricto protocolo incluso para las ocurrencias de todos los días. Era lo que mantenía al linaje, y lo que le daba estabilidad a la fluctuante naturaleza de una gran familia.
No dejé que mis pensamientos me distrajeran en aquél momento... observando cada pequeño detalle, imagínense cuál fue mi shock al descender las escaleras para encontrarme con un majestuoso pasillo, inmaculado y opulento como pocos lugares que he visto en mi vida. Si hubiera alguna forma de describir aquél lustroso parqué, las sillas estilo Luis XVII provistas de un suntuoso terciopelo púrpura, o los exquisitos vasos de plata luciéndose tentadores sobre los muebles, tendría que tomarme un momento para ganar mi aliento antes de pronunciarme en un discurso. Puesto de manera simple, aquello era radicalmente opuesto a lo visto anteriormente, y no sabía qué pensar de todo ello.
- Mi padre siempre ha insistido que no gastará su esfuerzo en mí, y que ordenarle a un elfo que mantenga limpio mi piso es algo que no piensa hacer por un, ah y cito "mocoso desagradecido" como yo.
- Tú y tu padre necesitan ir a un sanador urgentemente - le dije, consciente de su mirada molesta. Allí estaba yo, un intruso en su pasado, metiendo el dedo en la llaga -. Lo siento -agregué.
Hizo un gesto como diciéndome que no importaba, y me pidió que le siguiera, con cuidado de no despegarme de su lado. Según él, las paredes estaban encantadas para distraer fácilmente a aquellos que tuvieran sangre muggle, de manera que se perdieran en aquél intricado diseño de pasillos. Debían ser algo realmente espectacular como para que yo no pudiera sentirlas; aunque también era una posibilidad el hecho de que no estuvieran actualmente en funcionamiento por necesitar de algún mantenimiento, y decidí hacerle el comentario a Sirius con la esperanza de remediar el silencio incómodo en el que nos habíamos sumido luego de mi ofensivo remarque.
- ¿Cómo es esto de que no puedes sentir los encantamientos? - exclamó, dándose vuelta de repente, y mirándome con los ojos bien abiertos-. ¿A qué te refieres?
- Bueno - le dije, algo perplejo ante su aparente sobresalto-, es que sólo puedo percibir el mismo tipo de protecciones que hay en la mansión en la que vivíamos antes. Esas, y algo que me parece que es algún tipo de magia oscura, pero no me da la impresión que sea algo más que defensivo. Como alguna especie de protección familiar.
- Hay ocho tipo de barreras puestas aquí - Sirius habló lentamente, su expresión sorprendida, y algo atemorizada. Su reacción me confundía enormemente, pues no sabía exactamente qué parte de mi discurso le había afectado tanto-. Cinco son de defensa; tres de agresión, una siendo legal, para detener a cualquier ladrón que quiera robar algo dentro de la casa; las otras dos son antiguas maldiciones, una de ellas siendo la que ya te mencioné. La otra impide a un miembro de la familia intentar asesinar a otro dentro de los límites de la mansión. ¿Y dices que puedes sentirlas?
- Eh... si - le repetí de mal manera-. ¿Me puedes explicar a qué va tanto asombro?
- Harry - comenzó, llevándose una mano al pelo, exasperado-. ¿Es que no lo sabes? Lo que puedes hacer no es algo ordinario. Merlín, Harry, eres un sensador.
- ¿Quieres decir que no todos pueden sentir la magia a su alrededor? - le pregunté, incapaz de hacerme la idea de un mundo desprovisto de aquellas singulares sensaciones que me provocaba la magia al fluir libremente en el ambiente.
- Es algo que se puede aprender a hacer con el tiempo, pero implica estar en perfecto balance con la propia magia, y aquello es algo bastante difícil de conseguir de por sí.
Me pregunté, por su tono, si aquello no fue algo que Sirius intentó realizar alguna vez; y si aquellas palabras eran producto de la experiencia, más que una definición sacada de una enciclopedia.
- Por Merlín... esto es fantástico, Harry. Deberías volverte Inefable. Una habilidad como la tuya es algo casi imprescindible en mi trabajo.
- ¿Y les han enseñado a hacerlo?
Sirius hizo una mueca, como si no supiera si debiera contestarme o simplemente cambiar de tema. Finalmente, decidió responderme.
- Si... lo han intentado. Ninguno pudo hacerlo, ni siquiera el director del departamento.
Asentí, sin saber qué sentir ante todo ello. Una parte de mí se regodeaba en la infantil satisfacción de poseer algo que de manera innata me separase del resto; pero por otra parte me confundía que algo que era ya casi un instinto mío estuviese ausente de la vida del resto de las personas. Por un momento me pregunté si aquellos sentían lo mismo que yo al poner un pie en una ciudad completamente muggle; un vacío profundo que parecía hacer eco en el paisaje, inconsolable ante la falta de aquella gratificante sensación que producía el cambio en el espectro mágico.
- Ah, ya se nos ha hecho tarde - dijo Sirius de repente, emocionado-. El viejo debe estar que vuela.
Lo seguí, tratando de mantenerme al nivel de las grandes zancadas que daba. Cuando por fin nos detuvimos tuve que permitirme un momento para recuperar mi aliento.
- Vamos - susurró Sirius, irguiéndose ante mí de una manera que jamás le había visto hacer-. Por aquí.
Señaló una de las puertas que se encontraban ante nosotros en el flameante hall. Todas parecían tener el mismo nivel de excelencia en cuanto a realización, producto de una mano experta. Producían un efecto imponente con sus veteados oscuros junto a las paredes grises y solemnes; elevándose orgullosas incluso cuando no parecían tener un tamaño desconsiderado. Me pregunté si debíamos tocar primero, o si se nos era permitido poner un dedo sobre ellas.
No había llegado a terminar aquél pensamiento cuando la puerta que Sirius había señalado comenzó a abrirse suavemente. Había esperado algún crujir de los antiguos goznes, más a mis oídos llegó solamente el leve murmullo de la alfombra al deslizarse la madera sobre ella.
- Llegas tarde, traes visitas sin anunciar, y estás impresentable - una voz áspera y grave sonó desde dentro de la habitación-. Eres la ruina de esta casa, Sirius Orion.
- Que te vuelva a tí y a tus botellas, Orion - Sirius le replicó, su voz más profunda y resonante de lo normal. Le miré de reojo, y no pude evitar el asombro al ver el resentimiento escrito en su rostro tan claro como la luz del día. Su postura era agresiva, como la de un león a punto de atacar, y en el lugar de mi padrino pude ver fácilmente a un gato mostrando ferozmente los dientes, arqueando el lomo con sus pelos erizados.
- Tan impertinente - repitió la voz-. Debería haberte echado a los hipógrifos como hice con esa asquerosa perrita que tanto le agradaba a tu hermano. Al menos así, con el otro tan inútil, Bellatrix se hubiera quedado con las riendas de esta familia.
Al entrar en la habitación, ricamente decorada en oscuros tonos de rojo y carmesí, no pude evitar la sorpresa ante la apariencia delicada del hombre a quien Sirius miraba con tanto odio. Y es que Orion Black, por toda su fama y sábanas de seda, no parecía tener tan imponente figura. De contextura más bien menuda y de pecho flaco y absorbido, el padre de mi padrino presentaba una figurita bizarra en relación al contexto en el que lo veía. La cama, gigante, recubierta de sábanas, mantas y almohadones que libremente creaban florituras descuidadas a su alrededor, no hacía más que volverle más pequeño a mis ojos; como un enano atrapado en el mundo de un gigante.
- ¿Y quién es este? Ah, ese pelo te delata, niño. El primogénito de los Potter - el resto de la habitación parecía danzar con su voz, las formas revoloteando ante mis ojos al pulso imponente de la magia de Orion Black. Esta se expandía por todo el lugar, casi fuera de control, como si supiera de la suerte de su dueño. La sentí sobre mí, juzgando cada detalle de mi propia aura mágica, y casi instintivamente me escudé contra ella de la misma forma que hacía con Tom.
- Un mestizo - dijo lentamente el dueño de la casa, y sentí la mano de Sirius tomar fuertemente mi brazo, como si fuera a advertirme de decir lo que no debía hacer-. Una pena que de tanto linaje se llegue a esto. Pensar que un descendiente de los Peverell es hijo de una sangresucia...
- Ya es suficiente, Orion - la voz de Sirius sonó casi como un susurro-. Harry está aquí para acompañarme, no para aguantar tus estupideces.
Una risa emanó de los labios avejentados, áspera y cruel. El movimiento hizo que todo el pequeño cuerpo se sacudiera violentamente, y por un momento pensé que le estaba dando un ataque. Su magia, sin embargo, parecía serena y omnipresente; sentí que comenzaba a rodearme en todo su oscuro esplendor. El aire a mi alrededor se volvió espeso, y me costaba respirar. Reconocí la evidente marca de alguien que había practicado las artes oscuras toda su vida, aunque a diferencia de lo que sentía alrededor de Tom, había en esta presencia el toque añejo de años de experiencia.
Se retorcía y trataba de envolverse a mí alrededor; desesperado, dejé que mis emociones tomaran control de mi magia, y esta reaccionó como un gato asustado, expandiéndose feroz por toda la habitación. Aquella sensación oscura que me había envuelto desapareció en un instante, y la habitación pareció volverse opaca y ordinaria.
La risa de Orion volvió a sonar nuevamente, aunque esta vez se me hizo menos amenazante.
- Tienes a un Sensor de ahijado, hijo mío - dijo, sonando encantado-. No me puedes engañar, niño, sé porqué lo has traído aquí.
- Eso no es...- Sirius intentó quejarse, más su padre le interrumpió, impaciente.
- Tienes mi permiso. Hazlo. Ahora, lárgate de aquí.
Sirius parecía frustrado, más me hizo una seña para que lo siguiera. Con una última mirada al lugar que ocupaba Orion en la cama, noté que parecía haberse sumido en un sueño profundo, su magia calma y envuelta a su alrededor. Perplejo ante el breve encuentro, no dije nada hasta que estuvimos de vuelta en la casa de mi padrino.
- Orion fue un Inefable en su tiempo - dijo Sirius, al notar mi expresión-. Él fue uno de los pocos que lograron aprender a Sensar en toda la historia del departamento.
- Sirius, ¿a qué se refería...?
- Ahora no, Harry - me interrumpió mi padrino, cruzando la habitación en dos grandes zancadas-. Te lo pido por favor, no me preguntes ahora. Ya te explicaré todo en su debido momento.
Me dirigió una última mirada, y salió de la habitación.
Esa semana, una gran cantidad de lechuzas se vieron revolotear en las premisas de la casa. Evidencia de una agitada correspondencia, me pregunté si las noticias de mi encuentro con Orion Black habían llegado al círculo de compañeros de trabajo de Sirius; y en el caso de ser así, si era mi aparente habilidad como Sensor algo ya conocido para ellos. Me hubiera encantado poder preguntarle a mi padrino qué era lo que estaba pasando, pero este apenas salía de su habitación para ir al baño. Sospecho que poseía una chimenea conectada a la red Flu, pues a veces ni se escuchaba su ajetreado paseo por la habitación.
Quizás lo que más me enfurecía de aquella situación era que obviamente algo estaba pasando, y Sirius prefería ignorarme antes que decirme que prefería no decírmelo. No me quedan palabras para explicar lo iracundo que me encontraba; pues al venir al hogar de mi padrino había esperado pasar un verano diferente al que hubiese pasado en mi propia casa. Pero, evidentemente, por toda su buena voluntad, Sirius no podía dignarse a dejar de lado por un maldito momento todo aquél secreteo inútil para pasar un tiempo conmigo.
Siendo el Lunes el día en el que conocí a Orion, fue un Jueves el día que decidí juntar todas mis cosas y volverme a casa. Ni siquiera el portazo que dí a la puerta de enfrente pareció despertar la más mínima sospecha en mi padrino de mis intenciones, y aquello más que calmarme, me volvió a enfurecer. Con un poco de cambio en sickles, ya estaba de vuelta en mi hogar cortesía del Autobús Noctámbulo, algo mareado y deseando hacer poco más que tirarme en mi cama a descansar.
Pero debería haber sospechado que en lo que mis rabietas fallaban, algo un poco más sutil como un simple encantamiento para detectar el movimiento de los invitados en la casa iba a terminar delatándome, pues Sirius estaba esperándome en la puerta de mi casa con el ceño fruncido.
- ¿Y a ti qué bicho te ha picado? - me dijo. No pude evitar pensar que se hubiera enterado si hubiese salido alguna vez de su maldita habitación, y casi le grito allí mismo que me dejara entrar a mi casa en paz, que en aquél momento no me interesaba verle.
- Ahora no, Sirius - le dije, tirándole de vuelta las palabras que me había dicho al volver de Grimmauld Place-. Te lo pido por favor, no me preguntes ahora. Ya te explicaré todo en su debido momento.
Me crucé de brazos, y le miré con cara de pocos amigos. Él levantó una ceja, y movió su cuerpo para bloquear completamente la entrada a mi casa.
- ¿Es porque me he pasado cuatro días encerrado? - su voz sonó casi indignada-. Harry, lo lamento, pero es que...
- ¿No me puedes decir nada? - le grité, casi escupiendo mis palabras-. Está bien, Sirius, sigue ocultando todo lo que quieras, ¡no me importa! Pero lo que sí me importa es que no me hables ni una palabra en cuatro días. Si no quieres que te pregunte nada dímelo, no me evites como un cobarde.
- Harry, es que...
- En serio, Sirius - seguí, casi sin darle tregua mientras mis emociones me dominaban-. Ya bastante tengo que aguantar esas cosas de mi padre como para encima, tener que aguantártelas a ti. Sigue el resto del verano enfrascado en lo que sea que estés haciendo, yo me quedaré en mi casa.
Aquello consiguió dejarlo completamente estupefacto, y aproveché el momento de distracción como para empujarlo a un lado y llegar a la puerta de mi casa. Parece haberse recuperado rápido, pues sentí su mano cerrarse firmemente alrededor de mi brazo.
- N-no, tienes razón, Harry - se disculpó, su voz sonando algo ahogada-. Lo lamento. He estado actuando como un idiota.
Me dí vuelta para mirarlo, y vi escrito en su expresión lo cierto de sus palabras. Aquello logró calmar mi ira, e hice un gesto para indicarle que ya no importaba.
- Mira, sé lo que es crecer con un padre ausente - ante mi mirada, se apresuró a corregir-; bueno, mi padre hizo mucho más que ignorarme, pero el hecho está de que es una de las peores cosas que alguien de tu propia sangre te puede hacer. Y no quiero repetir esos errores.
Se detuvo por un instante, y miró a ambos lados. A punto estaba de preguntarle qué le pasaba, cuando acercó su rostro para susurrarme:
- Vamos dentro de la casa. Aquí no hay privacidad.
Asentí, y abrí la puerta. Quería saber si él había sentido a alguien espiándonos, o si pensaba que había algún dispositivo que grababa todo lo que decíamos, pero su expresión urgente me llevó a mantenerme en silencio. Ya dentro de la espaciosa sala de estar, Sirius sacó su varita y realizó lo que reconocí como varios hechizos para evitar que alguien oyese lo que decíamos, o que lo pudiese recordar. Al parecer planeaba decirme aquello que lo había mantenido tan ocupado esa semana.
- Harry, lo que estoy a punto de decirte es algo que nadie debe saber. Ni siquiera aquella amiga tuya por la que te escapas todas las noches - me dijo seriamente, y no pude evitar reírme.
- ¿De qué hablas? - logré decir entre risas.
Sirius alzó una ceja, dándome su mejor impresión de un padre que ya conoce las mil y una de sus hijos.
- Vamos, no voy a castigarte por querer pasar algo de tiempo nocturno con tu novia - me dijo, y comencé a sospechar el porqué de sus acusaciones, lo cual casi me hace doblarme en carcajadas-. Por favor, ¿entonces qué haces por la noche que jamás te encuentro en tu habitación?
- Me dedico a mi oculta profesión de detective consultante - respondí, fingiendo absoluta inocencia.
- Preferiría pensar que te revuelcas sin protección con alguna chica - el semblante de Sirius volvió a ganar la seriedad que había perdido, y casi en un susurro, volvió a repetirme:- no puedes repetir absolutamente a nadie lo que yo te diga hoy, ¿entendido?
Asentí, impaciente.
- Harry, el Innombrable está por volver a Inglaterra - me dijo, y noté como sus ojos se movían frenéticamente para embeberse de cada detalle de la habitación. Parecía tener miedo que aquellas simples palabras pudiesen convocar al mismo Señor de las Tinieblas, y sabiendo de Tom como lo hacía, no me hubiese extrañado que el mismo se presentase en carne propia en mi sala de estar-. Quizás hayas leído algo de él en el colegio. Todos creen que desapareció para no volver, o que murió en el extranjero; incluso que el mismo Dumbledore lo mató, pero no es verdad. Él está vivo, y ha pasado todo este tiempo ganando aliados en el extranjero.
No podía siquiera fingir mi sorpresa, pues por una parte ya me imaginaba que aquella amenaza sin nombre de la que Sirius me había advertido era Voldemort, y por otra parte, no era lo suficientemente ingenuo como para pensar que en los cincuenta años que habían pasado desde su derrota en Inglaterra, se había dedicado a vivir como un ermitaño hasta el día en el que sus pies tocaran de nuevo las tierras inglesas.
- Y ahora que está por volver, temo que te encuentres en el medio del conflicto - continuó, sin notar mi aparente falta de reacción a sus revelaciones-. Tú eres un Potter, pero eres mi ahijado; y los Black siempre se han aliado al mago oscuro de turno que quisiese tomar control del ministerio. Orion mismo fue uno de los Caballeros de Walpurgis que siguieron al Innombrable en aquella época. Y no pienso engañarte, Harry, van a querer que yo siga en sus pasos. Mi tía, Bellatrix... no te imaginas el tipo de mujer que es. O lo desesperados que están. Van a hacer de todo para que le jure mi lealtad, y saben que eres lo más preciado que tengo.
- Y ahora saben lo que puedo hacer - murmuré, entendiendo lo que Sirius insinuaba.
- Exactamente - se llevó una mano por su cabello largo y rebelde, y noté por primera vez lo mucho que la vida parecía haberlo desgastado-. Temo por ti y por tu familia. Sé... sé que James peleará para Dumbledore sin dudarlo dos veces, y Lily lo va a seguir. Pero ellos son adultos, y saben lo que hacen. Tú, tú eres un niño, un adolescente, y no deberías formar parte de esto. Eres muy chico. No deberías cargar con lo que yo elija, o con lo que tus padres elijan...
En aquél momento entendí lo sutil en sus palabras, aquello que temía revelarme. Nuevamente, no era algo que me sorprendía realmente, y tampoco podía culparle por hacer lo que sentía que era correcto. La situación era muy delicada como para poder juzgarle como hubiera hecho mi padre. Sabía que había cosas que no podía simplificar en absolutos.
- Piensas seguir al Innombrable, ¿verdad?
Mis palabras parecieron cobrar fuerzas por sí mismas; mi padrino dio dos pasos hacia atrás, mirándome con los ojos desorbitados, bien abiertos. En su mirada batallaban el deseo de desmentir mis palabras, el miedo a perderme, y el deseo de ser completamente honesto conmigo.
- ¿Es algo que lo haces por obligación, o porque así lo deseas?
Mi pregunta le hizo reaccionar, y se sentó pesadamente en el sillón que tenía al lado, aquél que favorecía mi padre cuando estaba en casa.
- Ambas... - se llevó las manos a la cara, y pude ver su mirada angustiada a través de los dedos-. Sé que desde que decidí volverme un Inefable he elegido un camino distinto al de tu padre. Todo se ha desenvuelto de una manera en la que no puedo evitar seguir los pasos de Orion, y sé que el viejo se debe estar regodeando de que las cosas le hayan salido tan bien. Con el fanatismo de Bellatrix... - al notar mi expresión, aclaró:- ella también formó parte de los Caballeros. Y fue una de los pocos que no lo traicionaron. Así que imagínate como debe estar con su regreso.
Asentí, imaginándome a la temible hechicera que había logrado salir impune de los juicios que siguieron al fiasco del Innombrable. Había leído viejas crónicas del suceso, y en las fotos se la mostraba joven y segura de sí misma, como una guerrera a punto de luchar su mejor batalla.
- Ella es a la que más temo. Todos saben que Orion va a morir pronto, y que quedaré como el jefe de la familia... y no puedo escaparle a mi apellido - Sirius levantó su cabeza, y en sus ojos pude ver la resignación-. Bellatrix no me va a dejar.
- Pero tampoco quiero que pienses que todo esto es en contra de mi voluntad - siguió-. Hay cosas que sé que este gobierno no va a cambiar a menos que se haga a la fuerza. La prohibición de la práctica de las Artes Oscuras, por ejemplo - me miró, silenciosamente retándome a decir algo en contra. Mantuve mi silencio, en parte por curiosidad y en parte porque sabía que aquella ley había sido una farsa desde un principio. Promovida en los sesenta luego de los juicios a los Caballeros de Walpurgis que habían quedado en el país por familias como la mía, que guardaban un sitio por herencia en el Wizengamot y que eran tradicionalmente alineadas a la práctica de las Artes Blancas; aquella ley fue una ingeniosa movida política para asegurar el poder de la facción que había logrado sobrevivir a la revuelta.
- O la corrupción en el Wizengamot - Sirius continuó, su voz volviéndose cada vez más agitada-, la desaparición de fondos públicos que nadie investiga, la falta de segregación con los muggles... podría seguir. El ministerio nos ha estado llevando a la ruina desde hace más de cuarenta años, y todos parecen encantados con ello.
Noté como su voz comenzaba a tomar el tono de un argumento largamente ensayado, y me pregunté cuántas veces había pensado en decirme todo aquello. Ciertamente no eran pocas, y aunque las palabras salían fluídas de su boca, sus gestos nerviosos con las manos ciertamente daban una impresión verídica de lo poco preparado que estaba para tener esta conversación.
- Honestamente Sirius, no sé si eres tú el que habla, o un folleto de cuarta que algún Malfoy te habrá dado - le dije, arqueando una ceja-. Es evidente que el gobierno está lejos de ser eficiente, pero de ahí a que el Innombrable sea la única opción para cambiarlo...
- ¡Por supuesto que no! - gritó, aunque quizás más para sí mismo que para mí-. ¿Pero no lo ves, Harry? Él es el único que lo va a lograr. Tú - se detuvo por un momento, luchando para encontrar la palabra adecuada-, tú no entiendes el poder que tiene.
- Te sorprenderías, Sirius - le dije, incapaz de contener una pequeña sonrisa-. ¿Y qué hay de su política de segregación de los nacidos de muggles? ¿Acaso eso ahora te parece bien?
- Harry, eso es, fue y siempre será una de las mejores campañas de difamación en la historia del mundo mágico. ¿Alguna vez leíste el manifiesto de los Caballeros de Walpurgis? - mi expresión pareció bastarle como respuesta -. La historia la escriben los que ganan, Harry. Nunca te olvides de eso.
Admito que pocas cosas me dan vergüenza como ser descubierto al pecar de ignorante, y producto de la humillación moví mi rostro a un lado, ocultando mi penosa expresión. Un momento de incómodo silencio pasó entre los dos, hasta que Sirius volvió a hablar. Su voz era apenas más que un murmullo arrepentido, pero no me fue difícil entenderle con claridad en la vacía habitación.
- Siento que algo me llama, más allá de mis ideas políticas o de lo que busque como un practicante de las artes oscuras... como si mi lugar estuviera allí, sirviendo a un ideal mayor. Incluso si no termino siendo más que un soldado.
Volví mi rostro para mirarle, y noté como retorcía sus manos, perdido en sus pensamientos. Era como si aquella conversación hubiera sido tan solo un preludio a esto; como si la visita a Orión nos marcase el camino que me llevaría a esto. En aquél momento no éramos más que un hombre cansado y un niño ingenuo en una habitación abandonada, pero sentía dentro de mí que esto marcaba algo. Nunca nadie me había hablado como Sirius lo hacía ahora; directo desde lo más profundo de su ser. Sirius me veía igual a él; charlando de adulto a adulto, de una manera que mi padre jamás había hecho.
- Es algo que tengo que hacer, Harry – continuó, sin quitar sus ojos de sus manos-. Esto… quizás te parezca que estoy yendo en contra de todo lo que siempre que querido, pero la realidad es más complicada que eso.
Sus ojos grises se fijaron en los míos, y entendí lo que iba a decirme incluso antes de que soltara las palabras.
- Tengo miedo de lo que puedan llegar a hacer… a hacerte. Estoy cansado de vivir sujeto a un gobierno que mira para otro lado cuando hay problemas. Tengo la esperanza de que todo mejore. Que no tengamos que vivir pensando qué desastre económico nos va a impedir llevar el pan a la mesa mañana. Me atrae la idea de poder practicar un día las artes oscuras sin que nadie me discrimine, y me gusta sentir que, expectativas y política de por medio, hay un grupo de gente que me acepta completamente sin tener que recordarme que mi padre hizo esto o aquello o que soy malo por herencia.
Creo que aquella fue la primera vez que realmente pude entender a mi padrino. No como un familiar, o el amigo de mi padre. Sino como un hombre, con todas sus virtudes y fallas, que quiere un cambio. Y me pregunto, quizás, si no es algo que están buscando todos los magos y brujas de esta generación. Si aquella desilusión o el desarraigo es lo que realmente importe de todo este debacle, y que tan solo Voldemort es el instrumento de los deseos de toda esta gente.
Ja, Voldemort. Un mero instrumento.
Y es que la idea tiene mérito, realmente. Pensar en todos aquellos que como Sirius, veían al Señor de las Tinieblas como un medio para lograr la revolución, y no como una entidad en sí, un cambio en persona. De repente noté que se apoderaba de mí esta idea grandiosa y terrible, y entendía que por más poderoso que fuera, Voldemort era un individuo. Que, como incontables reyes antes que él, subiría al poder para luego ser derrocado. Porque jamás podría derrotar al sentimiento de la mayoría. Que para el inconsciente colectivo sería un objeto, el medio para lograr un fin, y que por todos sus aires de grandeza y el miedo que inspirara, él no era un todo a respetar. Era un simple individuo.
Entonces fue que comprendí algo más: que lo que más me asustaba de ver a Sirius como un Caballero de Walpurgis no era su afiliación en sí, sino que resultase un simple objeto para que alguien tan terrible y gigante como Voldemort lo usara hasta romperlo. Pero aquella pequeña revelación me calmaba enormemente, pues entendía que para Sirius, Voldemort no era más que una herramienta. Y toda aquella despersonalizada deshumanización que tanto temía que mi padrino sufriese me parecía nimia cuando ante sus ojos, el haría lo mismo con aquella importante figura. Le daba un poder que va más allá de lo político o lo mágico.
- Sirius – le dije, poniendo una mano en su hombro-. Está bien. Me alegra que tengas algo por lo que luchar.
Apenas pude ver la sonrisa aliviada en el rostro de mi padrino antes de verme rodeado por sus brazos.
- Gracias, Harry – murmuró, su rostro hundido en mi cabello-. No sabes lo mucho que significa para mí.
