II – del año mil novecientos noventa y nueve. Crónica escolar del quinto año de Harry J. Potter.
Para ponernos un poco en perspectiva, es necesario que les hable primero del clima político que se vivía en aquella época. Aunque las primeras planas del momento fueron dedicadas a crímenes sensacionalistas que, en retrospectiva, resultarían irrelevantes a largo plazo, no era precisamente un secreto que en el Ministerio los ánimos andaban caldeados. Aunque por aquella época, y aún a pesar de lo que yo consideraba como mis obligaciones para el futuro, no seguía aquellas noticias más que con interés suficiente para tener un panorama general, estaba al tanto de que tanta revuelta había nacido a partir del arresto de Arthur Weasley.
En su momento conocido por ser un hombre muy atado a su familia, y con una incurable obsesión por la tecnología muggle, Weasley había sido encontrado manejando un auto (concepción muggle que les permite transportarse por tierra de un lugar a otro a velocidad semejante a la de una alfombra mágica) ilegalmente modificado. En aquél momento, la ley no prohibía la posesión de tecnología muggle compleja, pero sí la alteración mágica. Lo que podría ser percibido como un delito perfectamente irrelevante en realidad fue mucho más que eso, pues no habían pasado más de dos años desde que el mismo Weasley había presionado para que pasara la ley que reglamentaba el tipo de transgresiones que él mismo venía cometiendo desde su juventud. Aunque escandaloso de por sí (tal fue el motivo por el cual los periódicos de la época tuvieron un día de fiesta con todo el asunto) el verdadero motivo por el cual el Ministerio estaba hecho un campo de batalla era la intervención de Albus Dumbledore en la causa de Weasley.
El entonces Ministro de Magia, Cornelius Fudge, había resultado hasta ese momento ser una fuerza política extremadamente débil. Puesto en el poder gracias al apoyo del entonces director de Hogwarts en un intento de contrarrestar la candidatura de Eames McMillan, apoyado por la facción pro-sangre pura, el mandato de Fudge no había sido más que un popurrí de desastres apenas controlados hasta ese momento. Fudge hacía un uso obsceno de sus colaboradores a la hora de realizar decisiones, y no era raro que dependiese del consejo de Albus Dumbledore en cuanto se veía acorralado por las dificultades (lo cual, tristemente, era la mayor parte del tiempo). Podría decirse que por toda su falta de carácter, Fudge poseía una sana dosis de paranoia. Fue aquella misma paranoia la que lo llevaría a romper aquella dependencia con Dumbledore en el verano de mil novecientos noventa y nueve.
El gran problema con el que se enfrentó Dumbledore, a mi parecer, y la razón que lo llevó a actuar por izquierda fue que Arthur Weasley hasta ese momento había sido uno de los principales representantes de su doctrina. Como un mago reconocido por provenir de una larga tradición de magos de sangre pura, probaba que era posible mantener un contacto saludable con la cultura muggle; que la integración con ellos, sin poner en peligro el secreto de nuestra existencia, era posible. Y hasta se podría decir que ventajoso. Pero dado aquél escándalo, era inevitable que, de ser encontrado Weasley culpable, los pro-sangre pura ganarían una ventaja crucial en el Wizengamot. Y no solo esto significaba una futura complicación a la hora de pasar las leyes que Dumbledore aprobaba, sino también que todo aquél dilema con sus experimentos ilegales lo dejaba en un lugar muy vulnerable a Dumbledore, dada su estrecha asociación con los Weasley.
Por supuesto que Fudge, aunque idiota, tenía bien claros los instintos políticos que lo habían hecho presentarse a la candidatura, y decidió saltar del bote antes de que se hundiera. Por supuesto que el gran enfrentamiento entre ambos no vino sino hasta después de la intervención del director de Hogwarts en el caso. El distanciamiento abrupto del ministro llevó a Dumbledore a actuar con medidas que uno podría llamar «desesperadas», y en menos de unas horas las influencias del viejo mago habían sacado a Weasley del aprieto.
Tal acción fue vista por el ministro como un acto de rebelión, y en su delirio idiótico, pensó que Dumbledore estaba intentando robar su puesto. Su autoridad siendo cuestionada no hizo más que ponerlo en pie de guerra, y pronto el ministerio se vio dividido entre aquellos que apoyaban al status quo y aquellos que confiaban en el anciano director.
En vista que Hogwarts representaba el gran bastión de poder de Dumbledore, Fudge vio apropiado aprovechar la ausencia de un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras para infiltrar a uno de sus principales aliados en el colegio. Fue entonces que decretó la primera intervención de Hogwarts en toda la historia del colegio, citando "la enorme cantidad de quejas que hemos recibido acerca de la calidad de educación de nuestros jóvenes". Sirviendo no sólo como la profesora que llenaría el puesto vacante en el staff, Dolores Umbridge fue nombrada Alta Inquisidora de Hogwarts, un puesto que llegaría a ocupar tan solo un año.
Para terminar con esta especie de comentario, me gustaría ofrecerles transcripciones de ciertas cartas que he conseguido recuperar; que, aunque puedan parecer vagas e irrelevantes en principio, verán que les proveerán de importantes datos a los que el resto de los protagonistas harán referencia más tarde.
Debo disculparme por resultar tan poco amanerada como para no hablar contigo en persona, pero me temo que me veo obligada a permanecer en Grimmauld Place con mi hermano. Por suerte desde que estoy con él su salud ha estado mejorando progresivamente, pero no quiero arriesgarme a estar lejos en caso de que sufra una recaída.
La razón por la que te contacto de manera tan informal es que me he comprometido a ayudar a un buen amigo de la familia, y éste está en busca de un trabajo en Inglaterra. Sé, gracias a Sirius, que han estado buscando un reemplazo temporal para uno de sus Inefables, por lo que en interés de ser una vieja conocida es que me gustaría que consideres aceptarlo en tu equipo. Te aseguro que está debidamente capacitado, y hasta me arriesgaría a decir que su conocimiento podría sorprenderte.
Espero tu respuesta con ansias.
B. Lestrange
Bella,
Dolohov ya ha llegado. Rodolphus dice que la mansión está lista. Avísame cuando recibas la respuesta del ministerio.
R.
Rabastan,
Me quedaré en la mansión; Orion entenderá. Ha estado tan bien estos últimos días que creo que lo que sea que le haya enfermado por fin se ha ido. De todas formas sé que Sirius va a verlo regularmente. Este cretino del Departamento de Misterios me está evadiendo. Si no recibo nada por la mañana, iré a verlo personalmente.
Bella.
I
Aunque para mi quinto año la perspectiva del comienzo de clases no era tan emocionante como en los primeros años, me sentía indudablemente nervioso. Quizás fuese algún fantasma de una extinguida habilidad vidente en la familia –cualquiera de las dos-, pero me invadía una extraña ansiedad aquél día. Era como si alguien me estuviera susurrando que ese era el momento de darme media vuelta, tirarme en mi cama, y pretender que tenía viruela de dragón o algo parecido, y olvidarme de Hogwarts por el momento. Tenía la sensación de que algo estaba por irse al demonio. Y creo que, con todos los rumores que andan circulando acerca del feudo entre el Ministro y Dumbledore, no me extrañaría que así fuese.
- Fudge seguramente se va a desesperar – me había dicho mi madre aquella mañana. Desayunamos juntos en el balcón de su habitación, disfrutando de nuestra última mañana juntos antes que partiera para Hogwarts-. Y va a hacer algo realmente estúpido. Ya lo está haciendo, de hecho. ¿A quién se le ocurre sacar a los mejores aurores del país para un entrenamiento –los dedos formando comillas imaginarias alrededor de la palabra me dejaron en claro lo que realmente pensaba de todo el asunto- especial en el medio oriente, cuando hay rumores de Caballeros de Walpurgis volviendo al país?
- ¿Crees que tenga que ver con Dumbledore? – le pregunté, sorbiendo un poco de té-. Mandó a papá afuera, después de todo.
- Por supuesto que todo esto es por Dumbledore – me respondió, visiblemente molesta-. Está tratando de distraer a todos lo que lo apoyan en el ministerio con tareas ridículas. Y en esta estúpida vendetta se van nuestros impuestos, que debería estar usando para asegurarse que el país no se vaya al demonio.
Solté una risa amarga, consciente de la burocracia y sus juegos.
- No sé qué te molesta; después de todo, lo que no despilfarre en estupideces lo va a lavar en obras públicas fantasmas para llevárselo al bolsillo.
- Es que, - mi madre dijo en un suspiro resignado- con lo que es el Ministerio ahora, tienes que pretender que al menos tienen ganas de hacer las cosas bien, o si no te deprimes.
La ayudé a levantar los platos y las tazas para llevarlos a la cocina; mientras caminábamos, los retratos de mis antepasados nos seguían con la mirada. El gesto adusto de algunos me recordó a los cuadros en la casa de Sirius, y aquello trajo una memoria particular a mi mente.
- Ma – dije al llegar a la cocina-, ¿qué harías para cambiar el país?
Mi madre se dio vuelta y me contempló por unos minutos, sus ojos verdes mirándome sin expresión. Sé que una persona como mi padre se quedaría perpleja ante una pregunta tan directa, pero ella estaba acostumbrada a mis preguntas.
- No es tanto el país lo que cambiaría – dijo, moviendo su varita distraídamente para limpiar las tazas que habíamos usado-, sino a los políticos. Al sistema también, supongo. Es ineficiente.
- ¿Y cómo lo harías?
- Es difícil, cariño – me dijo con una sonrisa-. Lo mejor que puedo hacer en mi situación es poner el voto cuando es requerido y esperar a que mi candidato sea uno realmente honesto –frunció el ceño, por unos momentos-. Podría lanzarme a la candidatura, por supuesto, pero incluso si por alguna razón ganara, no sé que podría hacer por mi país. No soy una buena líder, en ese sentido.
- Digamos que existe una forma de arreglar el gobierno – pensé en las palabras que Sirius me había dicho-. Una manera de comenzar todo desde cero, y de esa forma asegurar que los errores de un gobierno no se hereden.
- Harry, no me digas que estuviste leyendo el manifiesto anarquista.
Negué con una sonrisa; ciertamente mis inquietudes políticas me estaban haciendo parecer un reaccionario.
- Es algo de lo que estuve hablando con Sirius – al nombre de mi padrino, la vi poner una cara extraña, más el cambio de expresión duró unos segundos-. ¿Participarías en una revolución?
- Depende – dijo lentamente, sus ojos bien abiertos. Parecía estar sopesando alguna alternativa compleja mientras me hablaba-. Depende de quién se quiera poner al mando luego, y qué es lo que busca.
- Pero la gente no suele pensar en eso – continuó-. El grueso de la gente. Si la situación es desesperada, se agarran de cualquier promesa de cambio; no se paran a pensar realmente por lo que están luchando. Es lo que pasó con los bolcheviques, o la revolución francesa. ¿Y sabes qué es lo que realmente los mueve? No es el idealismo político, hijo. Es el hambre.
Dejé que sus palabras me dieran vuelta en la cabeza un momento.
- ¿Será por eso que el Innombrable falló en su época? – murmuré, preguntando lo primero que se me vino a la mente-. Ma, ¿crees que él falló porque la gente no estaba desesperada?
Se apoyó contra uno de los muebles de la cocina, sus pequeñas manos descansando encima de la mesada de mármol. Me miraba atenta, y sentí que ella sabía algo de lo que yo no estaba enterado.
- El Innombrable falló a causa de muchísimas cosas, hijo. No te olvides que sus propios Caballeros lo traicionaron.
- Y crees que, si llegara a volver ahora, ¿podría derrocar al gobierno?
La mirada de mi madre se desvió hacia algún punto de la decoración de la sala comedor.
- Necesitaría algo que no tenía la última vez – dijo-, al menos eso es lo que creo. No que nada de esto sean más que conjeturas, pero con lo de los Caballeros volviendo al país… una no sabe que pensar, más que lo peor.
Pensé en ir a buscar mis cosas en aquél momento; quedaba poco tiempo antes de que tuviéramos que estar en la plataforma nueve y tres cuartos. Pero algo en su mirada me detuvo, y esperé a que se decidiera a decirme lo que tenía en mente.
- Harry, dime la verdad – dijo, mirándome fijamente-. ¿Está Sirius en peligro?
Por un momento sentí como si mi desayuno se transformase en piedra, y sentí que se me formaba un nudo en la garganta. Mi reacción, obvia ante los ojos de mi madre, pareció serle suficiente, aunque estaba seguro (o al menos esperaba) que era por razones diferentes a las mías. Creo que le confirmé algo que no creo sea verdad. Después de todo, no creía que ella supiera que Sirius estaba pensando en formar parte de los Caballeros. Tal vez pensara que su familia lo estaba obligando a hacer algo, aunque no estoy seguro qué parte de nuestra charla motivó la pregunta.
- Oh, se está haciendo tarde – me dijo con una pequeña sonrisa-. Vamos, mi pequeño Prefecto, que seguramente te van a pedir que patrulles el tren antes que salga.
La pregunta de mi madre me persiguió todo el viaje. Podría especular salvajemente por días acerca de lo que ella pudiese o no saber, pero aún así me incomodaba el saber que para ella las cosas en la casa de mi padrino no habían estado perfectamente bien. Porque lo que más necesitaba Sirius en este momento es que todo el mundo pensara que todo seguía igual; y mi madre con toda su astucia no era lo que yo llamaba "tranquilizante". La duda permanecía acerca de sí habían sido mis palabras lo que habían creado la sospecha (que, en tal caso, sentía una mitad de culpa y reproche porque sabía que podría haber cerrado la bocota y no haber mencionado a Voldemort), o si algo más había pasado entre ellos dos.
Sinceramente no se si me enfermaba más el saber que no sabía qué demonios le pasaba por la mente a mi madre o que estaba perdiendo tanto tiempo con especulaciones.
En algún momento creo que decidí ponerle el alto al tiempo mental poco productivo, y me concentré en lo que habíamos hablado durante el desayuno. La situación de Sirius me parecía extraña y romántica a la vez, pero no podía decir que no le veía el sentido. Y es que, salvando las distancias, era peculiar como el hambre que movía a las masas era también el deseo de Sirius por un futuro mejor. O quizás él también había mencionado el hambre, pero no le había prestado atención en su momento por no entender su importancia.
Creo que lo veo, ahora. Es más que simple deseo por satisfacer las carencias económicas; quizás se trate de un sentimiento de impotencia brindado por un conjunto de depredadores-políticos que se alimentan del pueblo. Y ahí tienes a las víctimas, que se van cansando de sentir que no pueden hacer nada (al menos por sí solas, como mi madre y su voto) y tratan de librarse de esa falta de control mediante una revolución (es un instinto; somos maniáticos del control). Pero cuando todos se intoxican con aquél deseo, empiezan las traiciones (el Terror francés, la traición de los Caballeros)… para qué uno sueña con revoluciones, me pregunto, si nosotros mismos nos terminamos confabulando para sabotearlas.
Quizás es ese placer que uno siente al ver que ha logrado algo importante. Sirius dice que siente «una llamada», pero creo que lo que busca es poder sentirse parte de algo. Y alimenta ese deseo con su propia versión del Hambre, que es la prohibición de la práctica de las artes oscuras.
Me pregunto qué es lo que distingue a mi madre de Sirius. Creo que ella también siente esa «llamada», pero prefiere buscar una solución más pacífica. O más complaciente. Si Sirius es un reaccionario, mi madre es una conformista; pero si el cambio llega y ambos participan a su manera… creo que el que termina ganando al final del día sigue siendo quien sea que termine a cargo. Voy a declararme un apático político de aquí en adelante.
II
Soy una persona que se consume mucho cuando se concentra en hacer algo. Particularmente cuando estoy escribiendo. Creo que a mis amigos están conscientes de ello, y es una de mis tantas peculiaridades que me perdonan diariamente. Neville trató varias veces de hablarme durante el viaje en el Hogwarts Express a mi sorpresa, pues normalmente él suele encerrarse en lo suyo mientras me deja a mí hacer lo mío. No adepto a cambiar tan bruscamente los hábitos de antaño, apenas le presté atención a lo que me dijo. Creo que incluso se molestó en repetirme varias veces la conversación, pero no hubo caso.
Y en esos momentos de introspectiva en el que uno analiza todo en relación al contexto, me veo a obligado a decir que definitivamente aquella locura mía es más una virtud que un defecto.
Uno de los hijos más jóvenes de Arthur Weasley, Ronald Billius, se apareció hecha una fiera en la puerta de mi compartimiento en el viaje. Apenas consciente de lo que pasaba a mi alrededor, no noté ni su repentina llegada ni las palabras iniciales que, seguro estoy, habrá practicado con vehemencia durante semanas. Tal terrible le pareció mi indiferencia, que se vio rápido al tomar la varita para maldecirme. Pero como de vez en cuando la fortuna me es benevolente, el grito de Neville rompió mi concentración y me dejó el terreno en limpio para hacerle una demostración práctica al joven Weasley de que por más hombre de las artes que sea, sigo siendo el hijo de un auror y le hago honor a la profesión de mi padre. Aunque, bien está admitirlo a riesgo de pecar de vanidoso, confieso que Weasley me atacó con una varita usada, por lo que considero que desde el vamos estaba en desventaja.
Quizás esta agresión les pueda parecer totalmente aleatoria e injustificada, pero la verdad es que hasta cierto punto me lo había esperado. Las cosas entre el Ministerio y la cúpula directiva de Hogwarts se han venido poniendo cada vez más tensas, y en el aire se huele el escándalo político de la década. Dado el prestigio de mi padre como una de las figuras claves en su departamento, y la fama de la relación estrecha que tiene con mi director, era inevitable que terminara como la muñequita de trapo que ambas partes se disputarían. Durante el escándalo Weasley, el ministro Fudge pidió que James Potter fuera a aprehender personalmente a Arthur, consciente de lo que ello significaba a nivel político. Sabiendo que aquél tipo de situaciones no son para nada glamorosas, me imaginaba que este año me tendría que enfrentar a la rabia de los Weasley (quienes, por más que respete a los gemelos Fred y George, y hasta cierto punto a Percival, jamás han sido conocidos por ser particularmente racionales). Lo único que esperaba realmente era que no me metieran en una de esas guerras que inventaban los gemelos Weasley cuando se llevaban mal con alguien. No porque no tenía las herramientas necesarias para pelearla (mi padre y sus amigos, incluído mi padrino, se hicieron fama de verdaderos demonios en Hogwarts, y no por nada), si no porque me parecía una pérdida de tiempo. Especialmente ahora cuando debía cargar con el peso que suponía Tom.
Y qué peso suponía, sobre todo ahora que ha pasado más de un año alimentándose de mí. Puedo ver las vibraciones de su magia encerrada en aquél diario, fluyendo alrededor del objeto, incluso oculto como está debajo del colchón de mi cama. Aquellos oscuros retazos de su esencia me buscan incesantemente, rozando mi piel y jugueteando con mi propia magia. Temo que el poder que emana del diario llame la atención de Dumbledore, dado que he notado que los elfos domésticos ya no se acercan a mi cama. Pero estoy contando con que Fudge y su nueva Inquisidora hagan un lindo desastre para mantenerlo ocupado.
(Estoy llegando tarde a la detención que me asignaron luego de mi pelea con Weasley, será mejor que deje de escribir).
III
En contraste con las pésimas predicciones de Hermione ("Olvídalo, Harry, van a preferir ocupar todo el papel que puedan con especulaciones de Dumbledore y Fudge") al final he podido hacer que publiquen la historia en la que he estado trabajando desde el verano. Le dediqué más tiempo del que me imaginé que iba a dedicarle en un principio, pero es que el perfeccionista en mí no me dejaba mandar la historia hasta que cada detalle estuviera pulido al máximo. Estoy consciente de que no es ninguna maravilla de la literatura (no confíen en mi subjetividad, les pido) pero el resultado final es aceptable.
A decir verdad, me sorprendió que El Profeta considerase publicar un cuento tan asquerosamente político como es este, teniendo en cuenta el momento por el que pasamos a nivel nacional. Tampoco es que diga mucho de mis méritos como escritor, pues el sentido común indica que probablemente buscaban añadir leña al fuego. El mío es un claro caso de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado, aunque lo mismo podría decirse de aquél día en el que encontré a Tom, y en cierta forma hablan más de la pobre suerte que tengo, que de alguna providencia que disfrute.
Por las dudas firmé con un pseudónimo (uno bastante ingenioso, y que quizás solo me resulte gracioso a mí) – H. A. Riddle. Pueden reírse ahora, yo me mantendré en línea (¿así iba el chiste muggle?). Pero por más guiño que resultase en relación a cierto mago oscuro, sé que debía hacerlo en gran parte por mi padre. No quería que mi cuento (que según Sirius, es deliciosamente subversivo) lo metiera en problemas.
Tenía miedo de que los lectores se lo tomaran a mal, pero desde el principio de la semana he estado recibiendo cartas muy positivas al respecto. Me hablan de política y revolución, y hasta de un cambio espiritual en sus correos, y me siento presionado a contestarles con palabras mucho más pequeñas, a riesgo de causar un malentendido. No quise crear ningún manifiesto político, y por más que la historia refleje mis incertidumbres en la situación actual, no es más que un ejercicio de reflexión. Quizás en otras épocas se hubiera visto como una narración surrealista de una realidad futura, pero el hecho de que las cartas se llenaran de palabras contra el gobierno me indica que la gente está, irremediablemente, hambrienta por un cambio.
A todo esto debería aclarar que estoy increíblemente feliz por obtener tanta respuesta en mi primera publicación, pero no puedo evitar poner esto en contexto con lo que he hablado con Sirius en el verano. Me inquieta saber esto de la gente, pues sé que los Caballeros de Walpurgis están en el país, y es cuestión de tiempo antes que se aprovechen de todo esto. Sé que ya es demasiado tarde como para deshacer ciertas cosas, pero aún así me perturba enormemente pensar que existe la posibilidad de que yo pueda haber contribuido a empujar a este país un poco más hacia el derrumbe.
Tom piensa que estoy dibujando castillos en el aire, y que esto no va a tener repercusiones a largo plazo, pero sé que él suele tener una pobre opinión del arte en general, por lo que no le doy mucho crédito a lo que tenga para decir al respecto. Aún así me la he pasado revisando las publicaciones que hacen todos los días, solo para saber si existe una tendencia en la que sin saberlo he inscripto a mi cuento. Y la hay, para sorpresa mía, lo cual solo ayuda a alimentar mi ansiedad.
Mi madre, por su parte, piensa que esto puede llevar a un cambio positivo, pero si hay algo en lo que puede llegar a pecar mi madre (y por pecar quiero decir que resulta contraproductivo en ciertos contextos) es de tener un buen corazón. Creo que no quiere pensar en la idea de los Caballeros volviendo al poder simplemente porque le parece que la gente es muy buena como para darle ese tipo de privilegios a un grupo con tan mala fama.
No podría decirles cuándo fue que comenzó a preocuparme la política, pero me da más dolores de cabeza que satisfacciones. Me preocupa que me esté volviendo un viejo gruñón y amenazante como Tom. (Lo bueno es que no sé tantas artes oscuras como él).
IV
Mi madre me envió una carta el once de septiembre, aparentemente luego de que Sirius la contactase antes de irse del país por cuestiones de trabajo (es increíble la cantidad de detalles que le puedes sacar a un elfo doméstico medio loco – me gustaría contarles acerca de mis suposiciones sobre la naturaleza del proyecto que dirige mi padrino, muy interesantes de por sí, pero temo que esté violando alguna oscura norma de su departamento). He estado intentando contactarme con Sirius desde entonces, pero no responde mis cartas ni las llamadas a través del espejo. Estoy algo preocupado.
V
(N.T. la interpretación de este fragmento es ambigüa, ya que su caligrafía normalmente prolija se muestra apurada y apenas legible).
Tom tenía razón, Tom tenía razón.
Orion ha muerto.
(En relación a este fragmento, se ha logrado encontrar una pequeña nota en la sección Sociales del diario El Profeta, datada el 16 de Septiembre).
La Noble y Ancestral Casa de los Black se lamenta por la pérdida de su Jefe de Familia, el honorable Orion C. Black.
Sus hijos, Sirius O. Black y Regulus A. Black mantendrán un funeral a puertas cerradas el día 25 del corriente mes para despedir sus restos mortales. Se invita a todos sus allegados y conocidos a la ceremonia, que se realizará a las 16 hs en el Jardín Black. La lectura de su testamento se llevará a cabo terminado el funeral.
VI
(Se presume que lo siguiente es una trascripción que realizó el mismo Harry de una charla previa a la publicación del anuncio en el Profeta. Por razones de legibilidad, se han agregado las iniciales de los interlocutores previos a cada línea.)
H: te he estado intentando contactar toda la semana. ¿Dónde has estado?
S: Por aquí y allá.
H: Sirius…
S: ¿Es seguro hablar?
H: Sí. Puse todos los hechizos que me recomendaste, y agregué algunos más por las dudas.
S: Bien. Recibí todas las cartas que me mandaste, pero no quería responderlas. Yo… Harry, sé que te habrás dado cuenta que me fui a Alemania por más que trabajo. De hecho, fue Bellatrix la que movió todo para que me mandaran.
H: ¿Tuviste contacto con…?
S: No, al menos directamente. Tenía que recoger a un viejo amigo suyo. Bellatrix quiere que lo metan en el departamento, y necesita de mi apoyo.
H: Pero no quisiste contestarme por las dudas de que estuvieran interceptando tu correo, ¿verdad?
S: Sí, sabes que con toda mi historia van a tener sus dudas. Lo más gracioso es que tienen dudas de un lado y del otro, ¿entiendes?
H: Sí, sí… acerca de eso. Mi madre debe saber a estas alturas. Me preocupa que haga algo y que luego te metan en problemas.
S: No te preocupes, eso lo tengo…
H: Me preocupa que la hayas contactado tan directamente. ¿Qué le dijiste?
S: Eso no te lo puedo decir. Al menos no ahora. Necesito un poco más de tiempo.
H: ¿Tiene que ver con tu padre?
S: Mmh, no es tan sencillo. Pero ahora que ya no está… Mira, antes de que me olvide. Necesito que me acompañes al funeral.
H: ¿Para?
S: Tengo la esperanza de que Bellatrix lo invite. Aprovecharemos la ocasión para ver si le puedes devolver lo que tienes.
H: No lo sé Sirius, sabes que tu familia no me va a hacer las cosas muy fáciles…
S: Vamos, Harry, serán un par de horas nada más. Estaré contigo todo el tiempo. Además seguramente va a venir Draco Malfoy, y aunque no creo que sea tu mejor amigo, me has dicho que no se llevan mal…
H: Está bien… no me gusta la idea, pero iré. ¿Vendrás a buscarme al colegio?
S: Preferiría que nadie supiera que vengas. No creo que tu madre me lo permita. O tu padre, pero eso va sin decir.
H: Mierda, Sirius, ¿qué le has dicho?
S: Nada por lo que tengas que preocuparte. Escápate a Hogsmeade a eso de las cinco y te veré detrás de Hog's Head.
H: Bien. Cada día hablas más como uno de esos informantes secretos que tienen los detectives en las novelas. ¡Cambio y fuera, agente cero cero dos!
S: Cambio y fuera.
VII
- Me gustaría que admitieras abiertamente que tenía razón – me dijo Tom poco después de que me llegaran las noticias.
- Oh, gran sabio Tom Marvolo Riddle, admito mi juicio errado y proclamo vuestra superioridad intelectual en todo aquello que concierne al parricidio – entoné solemnemente con un gesto sarcástico mientras él me sonreía con suficiencia. El maldito pedazo de magia era capaz de hacerme pasar por aquellas chiquilinadas, y sin embargo lo hacía como un rey. A veces le envidiaba tanto.
- Gracias, Harry – su tono era capaz de convertir el oro en plomo, y yo en aquél momento me sentí como el más ignorante de los pajes que deambulaban por su reino imaginario. Tal era el esplendor de su megalomanía.
- Creo que debería estar más sorprendido – le confesé, una vez sentados uno frente al otro como era nuestra rutina-. Incluso algo perturbado, o indignado. Pero es como si Orión fuese un personaje más en una novela, como si su muerte era algo que estaba preparado para aceptar desde el principio.
- Es que ya sabías como iba a terminar la historia – cruzó sus manos y me miró de forma penetrante-. De todas maneras, no entiendo por qué podrías reaccionar de otra forma. ¿Era Orión algo para ti?
Quizás la pregunta podría haber tenido otros matices dadas otras circunstancias, pero me sorprendió la curiosidad honesta en su tono. Quizás algo me había saltado en nuestras interacciones, pero parecía que en algún punto él había comenzado a aprender de mí tanto como yo de él, aunque claramente nuestras lecciones eran radicalmente distintas.
- No, pero supongo que debería importarme un poco más. Era el padre de Sirius, después de todo. El padre de mi padrino.
- Pero Sirius lo odiaba.
Quizás ahí estaba la cuestión. ¿Era moralmente aceptable el permitirme tanta frialdad ante la muerte –asesinato, si uno lo quiere decir como es- de un hombre lejanamente relacionado conmigo, incluso si había lastimado tanto a alguien que me importaba? ¿Debería realmente adoptar esa moralidad pasiva y tan impersonal? Podría razonar las mil y una dentro de mi mente, pero eso no cambiaba lo que sentía. No había en mí horror ante la muerte forzada de un hombre casi inválido, no existía la amarga satisfacción ante la destrucción de un tirano de manera tan justa (¿justa?), no existía en mí el más mínimo sentimiento de compasión. En mi cabeza lo único que bailaba era aquella oración y su fría lógica. Orión está muerto. Reducido a un simple dato en mi memoria, y lo único que me importaba era lo poco que me estaba importando.
- Harry, deja de ahogarte en esas melancólicas introspectivas que haces todo el tiempo y préstame atención – Tom dijo-. Acostúmbrate a esto. Muchas personas van a pensar lo mismo de ti cuando te mueras. La muerte se lleva a los débiles, esa es la cruda realidad. Y no vale la pena perder el tiempo compadeciéndolos.
- Y tú, Tom, ¿cómo vives con eso? – Le dije, mordaz. Su filosofía salvaje me estaba hartando.
- Es simple: no lo hago – su sonrisa se volvió feroz, y de repente vi en él al Voldemort de las leyendas más que a una memoria encerrada en un diario por cincuenta y tantos años-. Soy inmortal, Harry. Espero que no te hayas olvidado de eso.
- Qué asco que me das. Piensas que le puedes ganar a la muerte cuando lo que haces es tan innatural y…- no alcancé a terminar mi oración cuando sentí que el aliento se me escapaba. Una fuerza invisible me golpeó contra una de las gastadas paredes y del rabillo de mi ojo noté que todos los elementos de la habitación se sacudían salvajemente, como si la ira de Tom estuviera moviendo los cimientos de la Tierra. En aquél mundo creado por su mente, era muy probable que si lo hiciera.
- ¡Aquí vamos de nuevo! – grité. Quizás les parezca estúpido reaccionar así ante semejante persona, pero deben ser conscientes de lo que significa ser adolescentes. Y en aquél momento, entre mi molestia y mi angustia moral (por más estúpida que pareciera – y esto lo digo con no poca reluctancia, ya que temía que me estuviera volviendo como él), me volví un nudo de gritos y enojo alimentado por mis hormonas-. ¡Vamos Tom, sigue golpeándome! ¡Es lo único que sabes hacer, puta madre!
Me levanté, y estaba consciente de la cara de pocos amigos que debía tener en aquél momento. Tom me miraba con una rara expresión; sentía que debía estar increíblemente enojado conmigo pero igualmente sorprendido ante mi explosión.
- Oh, mira, una persona piensa que eres una escoria – seguí, sin importarme lo que él pudiera hacerme-. Pobre de ti, Tom, no todo el mundo comparte tus opiniones. Tengo una palabra para ti, ¡aguántatelo!
Mis ojos se desviaron por un instante a mis manos, y noté que de mis manos salía un ligero vapor verde. El olor a mi propia magia hizo que mi adrenalina se disparara, y me preparé para enfrentármele.
- ¿Ya terminaste? – dijo, su voz ahogada, casi a punto de quebrar. Sabía que había mil y un maleficios en la punta de su lengua, mil y una estrategias invencibles para hacerme cenizas. Pero no sentía miedo; solo me sentía estúpidamente enojado, y con ganas de pelear.
- No te olvides que los dos somos magos, Riddle – respondí, y en mis manos sentí el frío toque de la madera de mi varita-. ¡Diffindo!
En cuanto el hechizo dejó mi boca, la habitación se desdibujó en un caos de colores y escombros. No recuerdo con exactitud nuestros movimientos, uno por uno, pero puedo recordar la satisfacción de aquellos maleficios que daban en el blanco, y el dolor de cada paso dado en falso. El olor a humo, el agrio sabor que los hechizos de Tom dejaban en el aire, su presencia tan pesada en aquél espacio… se confunde todo en mi mente, pero de alguna manera logra resaltar. No es necesario decir que me hizo polvo, pero sí que yo hice lo mío con él. Al final nos encontramos tumbados en el suelo, respirando agitadamente mientras nuestras heridas se evaporaban rápidamente. Por su parte sabía que era la magia del diario, pero en cuanto a mí…
- Es el vínculo – dijo en cuanto notó el asombro en mis ojos al ver mi piel libre de cualquier rastro de la pelea-. Es tu magia la que me alimenta a mí tanto como a ti, por lo que es natural que nos cure a ambos.
En aquél momento, por extraño que pareciese, nos encontramos los dos en una extraña calma. Era como aquél momento que disfrutas luego de una dura rutina de ejercicio; me sentía ligero y desconectado de mi cuerpo, lo que en aquella situación lograba vagamente preocuparme.
- Ve al funeral – Tom comentó de repente-. Sirius seguramente te va a pedir que vayas. Debes ir.
- ¿Discúlpame? – sentí como algo de la vieja ira regresaba. ¿Quién era él para decirme lo que tenía que hacer?
- Bellatrix Black irá, y con ella probablemente vaya parte de la cliqué de Voldemort, si no va él mismo. Lleva el diario contigo.
La expresión en su rostro fue lo único que me detuvo antes de que lo mandara al diablo (me sentía bastante infantil en aquél momento). En sus ojos no había la arrogancia usual, ni el desprecio con el que me miraba normalmente. Había una especie de… aceptación, como si quisiera darme una sugerencia amistosa pero no supiera cómo.
Asentí, consciente también que no sólo algo había cambiado en él, sino en mí también.
VIII
En dos horas es el funeral.
Me he pasado toda la mañana ansioso, a pesar de que esta no es la primera vez que me escapo del colegio. Es difícil explicar como me siento exactamente, pues ni yo mismo lo sé con certeza. Como en ese momento eterno que se da en las situaciones límite, en el que todo se detiene y tienes la increíble certeza del desastre futuro, me veo a mi mismo casi en tercera persona. No sé si veré a Voldemort allí, pero entraré en contacto con un grupo peligroso. Una parte de mí teme el encuentro, otra lo espera con ansias.
He cubierto todas mis bases, pero no puedo evitar la sensación de que algo falta. De que algo falla. Le he dicho a Neville que acompañaré a Sirius al funeral de su padre, y él me ha prometido que me cubrirá si alguien pregunta por mí. Agradezco poder contar con alguien como él, pues es el tipo de persona a quién le cuentas todos tus secretos sabiendo que él no dirá nada, y que no te juzgará (quizás no sea tan absoluta su confianza, pero es lo mejor que se puede obtener sin poner dinero de por medio).
Llevo a Tom en el bolsillo interno de la túnica. Puedo ver las ondas de su magia emanando de manera torrencial a través de la tela, y me pregunto si alguien más podrá sentirlo. Genial, algo más por lo que estar nervioso. Será mejor que vaya.
