IX

Mi padre, a pesar de todo lo que me ha dicho mi madre de sus años en Hogwarts, fue un muchacho excepcional. Y esto, créanme, no lo digo porque sea mi padre; simplemente es la única conclusión lógica a la que se podría llegar luego de conocer de todo lo que hizo como adolescente.

Si bien nunca se destacó por sus notas de la manera en la que mi madre lo hizo (fue Premio Anual) mi padre no es nada más ni nada menos que un genio a su manera; excéntrico y volátil, pero con ese instinto creador que le abrió el camino a cualquier cosa que quisiera lograr. Sea el Quidditch, o una carrera dentro del Ministerio. Y quizás, de entre todo lo que hizo (gran parte secreto de familia, pues si bien es un hombre de buen corazón, tiende a ser extremadamente curioso y aquello lo hizo pisar territorios ilegales más de una vez), lo que más me gustaría alabar en este momento es el Mapa del Merodeador.

Seré justo también, y admitiré que en su elaboración participaron más que la varita y la mente de mi padre, y que fueron mi padrino y otros dos de sus amigos los otros tres conspiradores en el desarrollo de uno de los objetos más útiles que he visto en mi vida. Para ser conciso, el mapa es una reproducción fiel de los planos de Hogwarts y sus alrededores; pero su función más interesante es que muestra también quiénes merodean en sus terrenos.

Mi padre me lo dejó ni bien entré a Hogwarts, esperando que continuara su legado bromista, pero me temo que para mi generación ya estaban los gemelos Weasley para ocupar el puesto. Me ha resultado útil, sin embargo, aunque evidentemente estos últimos años su uso difiere enormemente de lo que mi padre esperaría. O desearía, a decir verdad.

Caso en cuestión es el de mi pequeña aventura fuera de los terrenos de Hogwarts (aventura, esa palabra es terriblemente alegre para la ocasión). Con el mapa pude evadir la fuerte seguridad que Umbridge (hermosa y alegre mujer que es, la tan querida Inquisidora) ha puesto en el castillo luego de que en su paranoia esquizofrénica se le metiera en la cabeza que algún alumno estaba planeando transfigurar las paredes del colegio en queso. (Dejaré aquí el comentario de la situación, pues ya la idiotez del asunto habla por sí misma.)

Ya en Hogsmeade, me encontré con media hora de anticipación detrás de Hog's Head, una de las tabernas con peor reputación en el pueblo. Siempre me pareció curioso el pequeño bar, producto de una mórbida fascinación con aquellos lugares de mala muerte que incluso en apariencia no intentan convencerte de nada más pretencioso de lo que son. Me resultan agradables en su honestidad. Con sus ventanas sucias, madera podrida cubriendo el frente y revistiendo el bar por dentro, te invitan a sentarte en una de aquellas crujientes y antiguas sillas para hablar de negocios ilegales y conspirar la muerte de algún campesino inconsecuente. De hecho, un par de veces me aventuré a entrar, con mi varita siempre en mano y eligiendo el lugar más conveniente para un rápido escape. No es tan raro que un alumno de Hogwarts concurra (aunque sí es inusual), pero sabía que mis ojos y mi pelo me delatarían como un Potter, y simplemente no quería tomarme el trabajo de tener que defender mi honor si algún borracho de maldecir fácil intentaba "enseñarle al hijo del auror Potter una lección". Por suerte si algo prefieren los habituales de la taberna es ocuparse de sus propios asuntos, por lo que no tuve ningún problema.

Ambas visitas fueron suficientes para satisfacer mi curiosidad, pues por toda su reputación, la clientela parecía consistir en gran parte por gente con mucho tiempo en las manos y poco ingenio y dinero en comparación. Ciertamente no había magos oscuros preparando rituales en secreto ni demonios buscando alguna presa humana que torturar. Sin embargo lo más notable de Hog's Head, a mi parecer, no es su clientela, sino su dueño. Aberforth Dumbledore.

Estoy seguro que alguna vez habré escuchado que el hermano del director de mi colegio y mago de enorme genio tenía un pub en alguna parte de Hogsmeade, pues todo el mundo parecía saberlo. Pero el impacto de ver al doppelgänger detrás de una barra mugrienta, restregando vasos con un trapo que parecía haber visto más historia que los libros de Binns, fue enorme para mí. Ciertamente todo lo que la familia Dumbledore tenía para ofrecer se lo había llevado Albus, pues Aberforth no podía presumir ni de su personalidad. Terriblemente hosco, ciertamente maleducado y agresivo, al igual que su bar en él existía esa simple honestidad de que lo que ves es lo que obtienes.

Aberforth me parece un hombre muy interesante.

Relegado a ser la sombra de su hermano de por vida, a vivir con el conocimiento de que haga lo que haga jamás podrá despegar su nombre del de Albus, aquél tipo de contacto es que el que ofrece la verdadera intimidad de un hombre como lo es mi director. En una pintura, las zonas de gran luz se ven acompañadas de una gran sombra. Los pintores le llaman claroscuro. Y en el claroscuro de la pintura que formaban los Dumbledore, Aberforth era el que guardaba la gran sombra de Albus. El que debía saber sus más íntimos secretos, todos sus pecados.

Y eso es algo que me da pausa. Todos somos la gran luz o la gran sombra de alguien más. En ese momento en particular Sirius se me hacía la gran sombra de su padre, Orión. El siguiente en la línea. Cuando todos se hubieran olvidado del viejo, Sirius sería la gran luz, y alguien más su sombra. Su heredero.

Me pregunto si de la misma forma yo seré la sombra de mi padre. Si soy yo el que se ve obligado a callar todos los pecados de aquél santo de tanta devoción, o si el lugar lo ocupa mi madre, en su papel de cónyuge.

Ah, soy joven para preocuparme. El fantasma de la influencia de mi padre se me ha hecho conocido más de una vez, pero quiero creer que lo he encarado exitosamente, que he demostrado que soy mi propia persona (si todo falla, todavía me quedan mis aliases). De todas maneras, creo que lo que vengo haciendo desde que encontré el diario de Tom definitivamente me pone fuera de la sombra de mi padre. No que mi contacto con un mago oscuro sea nada de lo que pueda estar orgulloso, pero sería estúpido negar que mis conversaciones con Tom me han cambiado. Si para bien o para mal todavía está por verse, pero mi relación con Sirius me hace pensar que no hay nada malo con ser un poco diferente de lo que mis padres esperarían de mí. Incluso me hace pensar que lo necesito, pues hay ciertas cosas de mi familia de las que me quiero desentender.

Creo que debe ser eso lo que me dio las ganas de querer encarar el funeral de Orión. Aquella rebeldía oportuna que me mantuvo en mi lugar detrás de Hog's Head durante media hora.

(Nota en uno de los márgenes: reconozco que he divagado bastante en mi relato, ¿será que mi poder de concentración ya no es lo que era antes?)

Sirius llegó sobre la hora. A lo lejos su figura me provocó ansiedad, pues aquella mancha negra en el paisaje solitario del callejón me resultaba siniestra en su caminar pausado. Ciertamente la muerte de su padre había cambiado algo en él, y era algo más que la vestimenta opulenta que se veía obligado a usar como jefe de su familia. El contraste entre su tez pálida y su salvaje cabello negro me parecía más acentuado que antes, y sus ojos azules más agudos, como si dentro de ellos se encontrara alguna terrible verdad que el mundo no debiera conocer jamás. Aquél hombre, de hombros relajados y mirada certera, conocía la muerte – y en sus gestos, la manera en la que sus dedos se movían y su rostro gesticulaba, podía leer la triste realidad. Mi padrino era un asesino.

- No te ha visto nadie, ¿verdad? - Asentí.

- Los que lo hicieron, ya están muertos jefe.

Extrañamente, no me molestaba. Toda una vida de alentar por el buen detective que atrapa al criminal, y en aquél momento me daba cuenta que no podía jugar al buen policía en la vida real. No había justicia en el mundo, no había una justicia objetiva. Una ley que se cumpliría sin excepciones, que caería sobre el mundo como un relámpago vengativo. La gente creaba su propia justicia, y Sirius había creado la suya propia. Había matado a un hombre, y se sentía justificado. La risotada jovial en el día del funeral de su padre me hablaba de un hombre sin culpas. Y si él no se culpaba, ¿quién era yo para hacerlo?

- Excelente trabajo, agente. Será mejor que vayamos.

Sirius siempre me tomaba de los hombros cuando nos aparecía a ambos. Era una costumbre nacida de la torpeza que sufría cuando usaba cualquier tipo de transporte mágico, y de la que mi padrino siempre se aprovechaba para hacer algún chiste. Aquella vez estaba agradecido no solo porque había evitado que yo quedara como un idiota, sino porque por una milésima de segundo cayó en mí lo que estaba haciendo y me entraron las ganas de correr. La fuerte presencia de mi padrino me calmó al instante.

- Estás seguro que nadie hablará, ¿verdad? Porque no tengo ganas de tener que aguantarme un vociferador de mi madre – le pregunté, mirando a mi alrededor. Sabía que al funeral no iría nadie que no preferiría caer muerto antes que hablar con mis padres, pero necesitaba que alguien más lo confirmara.

- Probablemente se van a entretener lo suficiente lamiéndome el culo como para jugar al soplón con tus padres –me respondió Sirius con una pequeña sonrisa-. Lo bueno de los sangre pura es que son más sicopáticos que traviesos.

- Debe ser porque tienen poca imaginación.

- Y no cogen lo suficiente.

- ¡Sirius!

Mi padrino dejó escapar una risa que sonó casi como un ladrido, y comenzamos a caminar por el intricado diseño del Jardín Black.

Construido alrededor de un laberinto en el que los Black solían festejar Samhain, el Jardín ocupaba varios kilómetros de los más diversos paisajes. Desde jardines orientales y pequeños estanques con peces koi a extravagantes paisajes egipcios con redes de arbustos gigantes moldeados en forma de pirámide y esfinges de piedra que entretienen a los transeúntes con adivinanzas. El lugar en general había sido, y seguía siendo, el patio de entretenimiento de la familia, con cada nueva generación agregando y modificando los paisajes a su gusto. Sé que Sirius tenía su propio lugar en él, unas catacumbas que había construido de pequeño con uno de sus tíos, en las que escondía las cosas que robaba de los jardines de sus primas.

El servicio se iba a realizar en el jardín que Orión había creado y mantenido en vida, y en el que se le iba a enterrar. Juzgando por lo poco que lo conocí, se me hacía extraño el ambiente de serenidad que reinaba en el paisaje; aquella quietud, aquél gentil movimiento de las ramas de los sauces llorones que parecían querer desplomarse sobre el camino de piedra caliza. Mi encuentro con él había sido tan corto, tan intenso, que no podía evitar caracterizarlo como alguien sumamente dinámico. Esperaba un ambiente más tenso, algo bañado en el estilo industrial de un tradicionalista de más de cien años. Pero en aquél lugar había un camino que brillaba con calidez a la luz del ocaso, había árboles que lloraban por aquél que los plantó, y flores salvajes doblándose con la leve brisa que soplaba. No había estatuas, ni fuentes; él único vestigio realmente humano en el lugar era solo un solitario banco de piedra alejado del sendero, a cincuenta metros de la entrada. El lugar era trágicamente hermoso al bañarse en la luz dorada del ocaso, y la simpleza del arreglo no hacía más que acentuar tal belleza.

Sirius parecía no compartir mi maravilla, y me guió en silencio hasta el final del camino. Quizás en otra situación, con otra persona, podría pensar de esto como una muestra de dolo. Pero en su cabeza había otras inquietudes, y la creciente tensión en sus hombros me decía que su mente estaba muy alejada del funeral de Orión.

- ¿Trajiste el libro? – me dijo, casi susurrando, cuando a lo lejos asomó el arreglo que florecía alrededor del ataúd. Podía ver que habían dispuesto sillas a su alrededor, y que ya había gente sentada en ellas. Me pregunté si estábamos llegando tarde.

Le respondí a Sirius que sí, que lo había llevado. Su ansiedad se hizo evidente en su rostro.

- Relájate. No creo que haga nada.

- Eso espero.

Al llegar al final del sendero, mis ojos se clavaron automáticamente en el ataúd en el que descansaban los restos del padre de Sirius. La madera era oscura y lustrosa, y el ocaso le arrancaba un brillo melancólico. A su alrededor, entrelazados alrededor del altar de mármol sobre el que descansaba el cojín había un grupo de arbustos de rosas negras en flor, arregladas de una forma en la que las pequeñas cabezas oscuras miraban la cara del muerto, perdido en su abrazo.

Las sillas se habían dispuesto de manera circular alrededor del altar, formando tres amplios anillos partidos en la entrada del claro. En el momento me pareció casi un anfiteatro, y no es con poco cinismo que digo que es una comparación más que adecuada, considerando que todo aquello no fue más que un show. Nacido de la cortesía y la tradición, sí, pero aún así era la fiesta de los vivos que celebran el no compartir la suerte del pobre anciano.

Noté que todas las cabezas se habían girado para mirarnos, y sentí el vaivén de la magia oscura en el aire tensarse por un minuto. Pensé en decir algo, lo que fuese, para sacarme de encima aquella presión, pero Sirius se me adelantó, y levantó la mano izquierda para hacer un gesto. Estoy seguro que aquello habrá sido parte de algún código tradicional de las familias de sangre pura, pues inmediatamente el aire se despejó y las caras hostiles se relajaron. Ya no era un intruso.

Busqué la mirada de mi padrino, e incliné mi cabeza levemente como para indicarle que deseaba ir a sentarme. Sabía que a continuación, una multitud de magos se le vendría encima con sus buenos deseos y esperanzas de alianzas económicas, y no quería estar al lado para sufrirlo. Sirius asintió, y me alejé rápidamente, enfilando hacia el centro del círculo. Había tres sillas sobresaliendo del anillo céntrico, justo enfrente del cojín abierto. Una para mi padrino, otra para Bellatrix y la última para mí. No estaba muy seguro de porqué me habían asignado un lugar tan importante, normalmente reservado para la familia cercana, pero suponía que Sirius no quería dejarme fuera de su vista. Aún así, hubiera tenido más sentido que Regulus se sentase allí.

Al sentarme sentí uno de las esquinas del diario de Tom hundirse contra mis costillas, y me pregunté si Voldemort vendría. Una rápida mirada alrededor me aseguró que su aura no se encontraba en el lugar, aunque estaba seguro que me hubiera dado cuenta al instante sí así hubiera sido. Un año con una parte de él es más que suficiente para acostumbrarse al peculiar gusto de su magia.

Sentí que alguien se sentaba a mi lado.

- Es extraño verte por aquí, Potter – Draco Malfoy me dijo, sus ojos grises mirándome con una cierta intensidad.

- Orión era mi primo segundo, si no me equivoco. Vengo a despedir a la familia.

- No crees que caiga por esa, ¿verdad?

Le dirigí una sonrisa, y moví mi cabeza para ver el rostro de Orión, calmo y severo entre una floritura de seda blanca.

- No, pero quería saber si le hacías honor a tu reputación – Draco entrecerró los ojos, y no pude evitar una pequeña carcajada-. Sirius quería que viniese. Estoy seguro que no quería aguantarse a su familia sin compañía amena.

El rubio no se inmutó, y echó una mirada adonde Sirius estaba, saludando a la vieja abuela Greengrass.

- Black se las puede arreglar él solo. Ya lo vino haciendo desde hace mucho tiempo. Lo que no me termina de cerrar, Potter, es porqué metería a su ahijado en el medio del nido de dragones – Draco se reclinó en su asiento, si sacarme los ojos de encima-. Tu padre es un auror. Pertenece al Partido Popular, y durante todo el tiempo que ejerció su poder se dedicó a quitarnos asientos en el Wizengamot y a destruir nuestras influencias. No sé que habrá pensado tu padrino al traerte aquí, pero está jugando un juego muy peligroso.

Asentí, ya consciente de la situación.

- Y para ponerle la frutilla a la torta, le niega el asiento a su hermano para sentar a su ahijado.

Sabía lo que Draco estaba insinuando, pero si Sirius hubiese pensado en hacer semejante cosa, estoy seguro que me lo hubiera dicho. Decidí que le seguiría el juego un poco más, solamente para ver donde me llevaba. Dentro de las costumbres sociales de la elite sangrepura, se festejaba muchísimo aquél conventillo político barato que unía a dos magos aburridos en los eventos sociales. No me agradaba mucho, pero estaba aburrido.

- Lo que es de familia se queda entre familia, Draco. Estoy seguro que eso lo sabes bien.

El rubio frunció los labios, y se levantó elegantemente de la silla que ocuparía Sirius.

- Son tiempos difíciles, Potter. Yo no creo que sea un buen momento para jugar con las especulaciones.

- Sabias palabras – la voz de una mujer nos interrumpió. Draco, parado frente a mí, levantó los ojos tan rápido que estoy seguro se hizo daño. Su postura se irguió en un gesto mínimo, apenas perceptible, y su rostro perdió expresión. El cambio me pareció cómico, pero me limité a dirigirle una mirada divertida antes de poner mis ojos en la recién llegada.

- Bellatrix Black de Lestrange, ¿verdad? – dije. Me levanté para recibirla, y ella extendió una mano enguantada que besé. El gesto pareció agradarle, pues su rostro severo se relajó un poco. O al menos así me pareció a mí, pues sus facciones estaban escondidas detrás de un velo negro y un fino vapor violáceo que emanaba de ella. Su magia la cubría de una manera parecida a la de Orión, rodeándola suavemente. Sin embargo a diferencia de su hermano muerto, la esencia de Bellatrix escondía violencia y locura. Me recordaba a la forma en la que un gato salvaje se prepara para saltar sobre su presa; tenso e inmóvil, inofensivo hasta que ataca.

El breve contacto de mi mano con la suya me trajo recuerdos de Tom, y en el aire pude oler la misma esencia salvaje que me rodeaba cuando hablaba con él. Me di cuenta que era su magia, hablándome de las cosas que Bellatrix había hecho. Voldemort le había enseñado todo lo que ella sabía de las artes oscuras.

- Potter – me dijo, y tomó el asiento central en aquella tríada de sillas, aquél que le correspondía a Sirius. En algún momento de nuestro intercambio, Draco había aprovechado para desaparecer. Extrañé su presencia, aunque fuese solo porque era lo único familiar en el lugar, sin contar a mi padrino.

Me senté junto a Bellatrix, quien miraba con atención el rostro de su hermano, y esperé a que ella hablara. Me fascinaba su perfil; sus facciones parecían extrañamente jóvenes para su edad, y al mismo tiempo era como si cada centímetro de piel estuviera cubierto de millares de arrugas. Había algo eterno en ella, algo ancestral. Sus ojos, redondos y negros, de párpados caídos le daban un aspecto peligroso, y la mirada en ellos te invitaba a alejarte. Sentía que en ella había una locura esperando a desatarse, algo salvaje encadenado con eslabones que se estaban debilitando.

- ¿Puedes ver algo a su alrededor, Potter? – me preguntó de repente, y supe a lo que se refería. Sentí algo de alarma a que ella supiera de mis habilidades, pero era de esperarse.

- Sólo un fantasma – le dije-. Una impresión de su magia en su cuerpo. Está lleno de esas por aquí.

Bellatrix volvió su rostro para mirarme, e intenté no ponerme nervioso.

- En este jardín hemos enterrado a más de un Black, y a muchos más de sus enemigos. Tomamos de sus esencias para encadenarlos aquí, y los obligamos a servirnos – me dirigió una fría, pequeña sonrisa-. ¿Alguna vez has visto un Inferi? Es algo parecido, pero tomamos su alma, no su cuerpo.

Me sentí enfermo. De repente, me invadió la sensación de que todo allí estaba podrido hasta el núcleo. Desde el jardín y sus hermosos paisajes, hasta la gente que pululaba alrededor del muerto. El lugar se me hizo grotesco, invadido por miles de gritos de almas en pena, y me sentí culpable de haberlo encontrado hermoso.

- Eso es horrendo – le dije, sin preocuparme en ocultar mi disgusto.

- Es la tradición – Bellatrix comentó, sin inmutarse-. De pequeña me daba miedo venir aquí, pero en cuanto comprendí el valor de mi lugar y la importancia de mi familia, superé aquél miedo. Los Potter también tienen muertos en sus armarios, me imagino.

Su mirada me heló el alma, y mi pulso se aceleró. Tuve que tragar saliva para liberarme del nudo que se me había hecho en la garganta.

- Y también me imagino que te los pones a cuestas para llevar el nombre de tu familia. Lo que hacemos, Harry, no es tan diferente.

Cerré los ojos por un instante, e intenté calmarme. Imágenes de un Tom enfurecido, de su magia atacándome, del rostro preocupado de Sirius me invadieron la mente. No debía precipitarme, y no debía actuar antes de tiempo. Bellatrix no debía saber del diario, al menos no todavía, pero yo necesitaba saber de Voldemort y no encontraba la forma de preguntarle.

- Quizás tengas razón, - le dije-. Lo que nos mueve es igual, pero los métodos son distintos. Lo que me importa, al menos a mí, son los resultados. Y todos sabemos cuál es nuestra situación y cuál es la de la familia Black.

Bellatrix comenzó a reir. Por el rabillo de mi ojo noté que a nuestro alrededor, muchas cabezas se habían girado para vernos, y parte del murmullo insistente de los socialités había muerto.

- Oh, me gusta como hablas, Potter – Bellatrix me dijo en un susurro una vez que se calmó. En su rostro había una sonrisa demente-. Pero no conoces la situación tanto como crees.

Respondiendo a algún impulso, tomé una de sus manos y la miré a los ojos. Traté de recordar cómo se sentía la magia de Tom, y proyecté ese recuerdo en mis manos. Bellatrix dejó escapar un gritito, y se levantó bruscamente de la silla.

- ¿Cómo…? Tú, pero… - dijo sin aliento, sus ojos redondos bien abiertos detrás del velo. Su rostro se endureció y se abalanzó sobre mí, tomándome del rostro con ambas manos. Distraídamente noté que eran muy finas y pequeñas.

Sabía qué era lo que intentaba hacer. Tom lo había hecho demasiadas veces ya como para no reconocer un ataque de Legilimancia. Pero Bellatrix no conocía el arte como él lo hacía, y sus intentos eran torpes, desesperados. No sé nada de Oclumancia, pero su presencia en mi mente era tan obvia que me fue fácil sacarla.

Ella se dejó caer frente a mí, entre las tres sillas y el ataúd de Orión. Dejé que mi mejilla descansara contra la fría roca. Me sentía mareado y afiebrado, como si me estuviera por agarrar una gripe. Sentí las vibraciones de unas rápidas y pesadas pisadas acercarse, y no me sorprendió ver las botas de Sirius frente a mi visión. Me levantó y me acomodó entre sus brazos, y en mi visión desenfocada pude deslumbrar su rostro preocupado. Creo que le estaba gritando algo a Bellatrix. Acomodé mi cabeza contra su pecho y me dejé caer en la oscuridad del sueño, que tan tentadora me parecía en el momento.


Es difícil tratar de acordarme qué paso luego, pero creo que soñé con algo. Había una mansión oscura y un hombre de tez pálida y cabello negro que me hablaba. Parecía enfadado. Me recuerda un poco a Tom, que vive enfadado, y creo que fue por eso que me desperté riendo. Sirius estaba a mi lado. Me había llevado a Grimmauld Place, que ahora era suya.

Se disculpó una y otra vez, pero le aseguré que no importaba. De todas maneras Bellatrix había entendido mi mensaje, y con suerte se lo comunicaría a Voldemort.

Tom se puso de buen humor cuando le conté acerca del funeral. No deja de sorprenderme a veces.


X

10.10. [N.T. Esta es una de las pocas entradas fechadas en el diario.]

Umbridge es una idiota. No solo es una incompetente de primera, sino que es una puta sádica. Ha castigado a Ron Weasley por decirle en su cara lo imbécil que es, y por más que el chico también me parezca un aparato, estaba más que justificado. La muy perra le obliga a escribir con una pluma que usa su sangre como tinta, dejando marcada en la piel la frase que les hace copiar una y otra vez.

(A pesar de todo, parece que a Weasley le encanta la atención que le da ese rol de héroe trágico, y sobre todo los favores que le hace su novia para compensar su "sufrimiento").

Sé que los gemelos Weasley están planeando algo… algo muy grande. Y que se van a cobrar cada uno de los edictos de la enferma esa que nos han jodido la vida a todos. El colegio entero lo presiente. Y los profesores están más que dispuestos a hacerse los desentendidos.

Esto va a terminar mal para ella.


XI

[Pegado sobre el papel hay un recorte del diario El Profeta, fechado el 2 de noviembre]

"… es importante destacar también las quejas que provienen del interior del departamento. James Potter, jefe de la división DRAGÓN, encargada del rastreo y captura de practicantes de las artes oscuras, remarca el número creciente de los cortes de presupuesto que ha sufrido el departamento en los últimos años. 'Si bien el éxito de nuestras operaciones depende en gran parte de la calidad de nuestro personal,' declaró en una entrevista exclusiva a El Profeta, 'también necesitamos que nuestro equipamiento esté al mismo nivel que nuestros agentes. Y la verdad es que nos han reducido tanto el presupuesto que apenas podemos cubrir los viáticos de nuestras operaciones. Es una vergüenza'. Uno se preguntaría en tal caso, ¿adónde va a parar ese dinero? 'Yo me hice la misma pregunta,' nos dijo Potter, 'e intenté averiguar adónde estaba yendo todo ese dinero. Al vacío, me dijeron. Nadie sabe realmente qué pasó con el dinero de los recortes.'

Otras voces del ministerio, quienes se negaron a dar sus nombres, desmienten la situación e insinúan que 'las declaraciones de una facción del ministerio, muy allegada a Dumbledore, no son más que propaganda política que intenta desacreditar al ministro Fudge. Aquí tenemos a un grupo sediento de poder que está dibujando castillos en el aire para ganar tiempo. El dinero de los recortes tiene un destino conocido, y está todo en los asientos contables del ministerio'. El Profeta pidió acceso a los asientos contables, pero recibió una respuesta no conclusiva debido…"

[Debajo del recorte, se lee:]

mentiras. Mi padre vió los asientos contables. No hay más que un montón de órdenes de pagos a empresas fantasmas, y sociedades anónimas cuyos responsables son nada más ni nada menos que algunos famosos amigos de Fudge

Kilterback

Heyllön

Johnson

Patridge

mi madre tiene las copias. estoy seguro que intentarán abrirle un sumario por esto. lástima que los Longbottom y los Diggory pusieron un montón de dinero en la campaña de Fudge, y no se lo van a hacer olvidar. fudge es lo suficientemente estúpido como para aliarse con Malfoy y olvidarse que nosotros guardamos más secretos sucios de él que su esposa.


XII

Frankfurt, Lunes 15 de Noviembre de 1999

Harry,

Me alegra saber que todo está bien por allí. Durante un momento pensé muy irracionalmente que Fudge lo separaría a James de su cargo, pero sé que se pondría a medio Ministerio en contra si lo hace. La ventaja de ser un hombre tan popular, supongo. Eso no significa que no le vaya a hacer las cosas difíciles en el futuro, sobre todo si Dumbledore hace la jugada que creo que está por hacer.

Estoy preocupada, Harry. No solo por ti, sino también por mamá y por mi padre. Todo este escándalo con el ministerio está cubriendo algo más importante, y nadie lo ve. Los medios se han perdido en el ping-pong político. En el exterior todos creen que Dumbledore está intentando separar a Fudge de su cargo porque se ha aliado con la facción sangre pura del Partido Tradicionalista. Pero por más fallas que tenga, Dumbledore es muy inteligente como para hacer una jugada tan obvia. Estoy casi segura que todo esto empezó con los rumores de Quién-Tú-Sabes haciendo finalmente una movida. Dumbledore debe haber querido poner en aviso al ministro, y Fudge, siendo el idiota influenciable que es, debe haberle dejado a Malfoy que le llenase la cabeza con teorías conspirativas. Cuestión es, se le mete en la cabeza que Dumbledore, a pesar de que ya le han ofrecido el puesto en bandeja de plata innumerables veces, quiere ponerlo de patitas en la calle. Y se pone en plan de batalla.

¿Pero sabes que es lo realmente perturbador? Que de repente no se trata de la amenaza de un mago como Voldemort, oficialmente exiliado y con pedido de captura, volviendo al país o no. Todo es acerca del poder y quién lo tiene. Y así estoy segura que han logrado la distracción necesaria para cruzar las fronteras y meterse en las islas. Fue una jugada maestra, realmente.

Estoy casi segura que Dumbledore está volviendo a armar la Orden del Fénix. ¿Recuerdas esa bitácora que encontramos de niños, esa que nos leyó mamá en Halloween? Era de uno de tus abuelos, que pertenecía a la Orden. Sé que James seguirá en sus pasos. Y que mamá irá con él. También he visto las cartas que Dumbledore le escribe a mi padre, que las manda con ese pajarraco estruendoso que tiene. Sé que terminará uniéndose, también. Es tan idiotamente idealista por dentro, Harry, no te lo imaginas. Temo que algo les pase, pero al mismo tiempo siento que me decepcionarían, de alguna forma, si no participaran en todo esto. Mamá y mi padre son luchadores. También veo lo mismo en James. Sé que como hija, y tú como hijo también, es difícil de digerir… incluso no sé si yo misma terminaré siguiendo sus pasos.

Pero lo que me asusta de todo esto, Harry, es que no sé si ellos tienen bien en claro con quién se van a enfrentar. Aquí todo es diferente… nosotros pensamos en Quién-Tú-Sabes como una leyenda, como el coco que se lleva a los niños que se portan mal. Ha pasado lo suficiente como para que la gente olvide, como para que las nuevas generaciones lo conviertan en algo distinto. En Inglaterra él es una caricatura. Aquí… es como un secreto a voces, Harry. Todos saben quién es, y lo que ha vivido aquí. El Innombrable es una realidad para los alemanes, de una manera intangible. En los papeles él jamás ha pisado territorio alemán, pero la gente sabe quién está dirigiendo el show detrás de bambalinas. Saben que después que los rusos derrocaran a su monarquía, los siguientes tres presidentes fueron marionetas del Innombrable, y que lo mismo les pasó a ellos luego de la Noche de las Plumas en el '88.

Todos se cuidan con lo que dicen, por supuesto, en especial enfrente de una chica inglesa… pero su apatía, su falta de interés me intriga y me alarma, Harry. No viven mal. No se sienten reprimidos. Quizás nada cambió, o los cambios fueron lo suficientemente lentos que nadie se dio cuenta, pero si el Innombrable realmente controla Alemania como lo hace con Rusia y los Balcanes, entonces no sé qué pueden hacer los ingleses contra él. No sé incluso si vale la pena hacerle frente. Mierda, me siento como una traidora hablando así. Pero no quiero que mamá haga ninguna locura. Tiene muy buen corazón como para entender los detalles más finos de la política. Y tengo la esperanza de que puedas disuadirla de tomar alguna decisión precipitada, como yo estoy tratando de hacer con mi padre.

Perdona las tres hojas de comentario político, piojo. Las cosas ya no son lo que solían ser. Respóndeme con las cosas más mundanas que puedas contarme. Necesito una distracción.

Cariños,

Sophie.

[Escrito en la caligrafía de Harry, detrás de la tercera hoja:]

Es gracioso como yo también necesito que alguien me hable de los problemas mundanos en su vida.

El otro día, en la torre de Astronomía

ví a dos chicas besándose, y de pronto caí en la cuenta

que jamás he besado a nadie. ¿Crees que eso es anormal?

Neville me ha dicho que perdió a

su sapo otra vez. La verdad es que

lo he estado usando para probar unos hechizos

que leí en un libro sacado de la sala de los menesteres

(es un lugar que aparece cuando

necesitas algo, es genial. Un amigo

me lo mostró hace unos meses)

Neville nunca se dio cuenta que

aquél era el quinto sapo que tuvo.

Cuando se los mataba le compraba uno nuevo.

Ni Hermione se ha dado cuenta.

Hay una chica en mi curso que es muy bonita. Creo que le pediré un beso a ella. Ronald Weasley se pasa todo el día besuqueándose con su novia, y la verdad es que verlos me da asco. Pero Hermione me dice que se siente bien. Tal vez sea que el verlos me recuerda a aquella vez que encontré a Weasley masturbándose en el baño con una foto de su novia. La cara se le puso tan roja que parecía un tomate. La escena fue muy graciosa, y extremadamente patética. Creo que por eso me odia. Sabe que yo sé que su novia no le ha dejado lugar en su cama todavía.


XIII

Será mejor que empiece por el origen de toda esta maldita cuestión: el fin de semana pasado decidí aceptar mi destino como adolescente normal, y me propuse conseguir algo de experiencia a nivel romántico. Hay una chica de Ravenclaw que va a mi curso, Cho Chang, a quién conocí gracias a Hermione, que siempre me pareció muy bonita. Sabía que hasta el año pasado había salido con Cedric Diggory, pero al parecer habían cortado en el verano. Algo que ver con una Slytherin de sexto año que le había echado el ojo al entonces Premio Anual en la fiesta de graduación. Pero ahora estaba soltera, y si había que darle crédito a las lenguas sueltas, bastante enganchada conmigo. No que me hubiese dado cuenta si no fuese porque Dean Thomas y Seamus Finnigan comparten mis gustos.

- Dale, Potter, que Chang te ha estado ojeando desde que empezó el año – me dijo Dean un día, mientras terminábamos nuestros ensayos de Pociones en la Sala Común-. Marietta Edgecombe me ha dicho que se la pasa hablando de ti.

- Suertudo resultó nuestro Harry – exclamó Seamus, riéndose-. Chang está buenísima.

- Debe ser tu pinta de intelectual. Eso les encanta.

- Vamos, Dean, - le dije, entre risas-. Es mi encanto natural.

Así que con la bendición de mis compañeros, me preparé para encararla el fin de semana, que nos tocaba una fecha en Hogsmeade. Nunca fui muy dado al romance, y la verdad que tampoco me interesaba pasar toda una tarde cortejando a una chica cuando no me gustaba tanto, por lo que decidí hacerlo de manera simple. Esperé a verla en Las Tres Escobas, y allí le pedí un momento a solas. Eso parece haberle gustado, por lo que me siguió con una sonrisa de oreja a oreja, y nos pasamos la siguiente hora besándonos como si se acabara el mundo, detrás del popular pub.

Creo que en algún momento me dijo algo acerca de Cedric, pero no le presté mucha atención. Me parece más bonita cuando está callada. Por suerte tampoco parece que le interesara conversar mucho, porque luego de que nos cansáramos de intercambiar saliva, cada uno se fue por su lado. Dean y Seamus, muertos de la envidia, se la pasaron hablando de eso todo el resto del día, hasta bien entrada la noche. En algún punto hasta Neville me felicitó, y Hermione me habló frustrada porque ella había creído que yo era gay.

Cuando parte de mi orgullo masculino se había cansado de ser halagado, decidí hablar con Tom para ver qué decía él de toda esta situación. Era algo extraño que quisiera hablarle de esto a él, pero me sentía extrañamente victorioso. Era como si el beso de una chica hermosa fuese una campaña importante en la vida de todo hombre que era menester cumplir, y ahora que había superado esa prueba, me veía obligado a compartirlo con todas las personas que me rodeaban. No que realmente esperase algo más que desdén y un frío desinterés por su parte, pero al menos serviría para extender mi diversión por unos días más.

- Estás más alegre que de costumbre – me dijo al verme. No había alcanzado a abrir la boca para saludarle siquiera.

- Hoy, - dije, agregando pausas dramáticas para gusto de mi vanidad-, le di un beso a la chica más bonita de mi curso.

La expresión de Tom era la más bizarra mezcla entre incredulidad, exasperación, desdén y otro millón de sentimientos más que no estoy seguro que él supiera que estaba sintiendo. De por sí toda la situación era sacada de alguna dimensión alternativa. Él era un mago oscuro que estaba tratando de dominar el mundo, o algo igualmente maquiavélico, y yo era un adolescente hormonal que le confiaba sus conquistas románticas. Absolutamente todo en aquél momento era una oda al surrealismo.

- ¿Por qué?

Su pregunta me dejó perplejo. Esperaba algo más… ¿violento? ¿Psicológicamente abusivo?

- Eh… ¿por qué le di un beso, o por qué te lo estoy contando?

- Ambas – me respondió, su expresión fija.

Me encogí de hombros.

- ¿Alguna vez le has dado un beso a alguien?

Tom entrecerró los ojos, y frunció los labios. Después de un momento, negó lentamente con la cabeza.

- Vamos, ¿en serio?

Su mirada fue más que suficiente para contestarme.

- Pero alguien debe haberte llamado la atención, seguramente. ¿Alguna chica? ¿Algún… -dije con tono de voz inseguro-, chico? ¿Nadie? ¿Y nadie se te insinuó? Porque no eres para nada feo, y estoy seguro que alguna que otra chica te habrá ojeado…

- Tuve ciertas ofertas en su momento – dijo lentamente, con los ojos clavados en los míos-. Algunas personas pidieron mi mano, incluso. Pero no me interesaba nadie. Eran molestias, más que nada.

Alguna parte de mí, alguna parte muy pequeña, se debe haber ofendido ante eso. Me puse a la defensiva inmediatamente.

- Eres un narcisista incurable, y me alegro que nadie haya tenido la desgracia de besarte. Estoy seguro que serías malísimo de todas formas.

Tom se levantó bruscamente de su asiento. En su expresión había una determinación que me asustaba, pues algo allí me decía que mis burlas lo habían provocado. Y aquello era muy humano para el Tom que yo conocía.

Sus labios se abrieron ligeramente, y pensé que me diría algo, pero se limitó a observar con atención mi rostro. Parecía buscar algo en él. Me pregunté por qué no leería mi mente, si tan ansioso estaba en conocer lo que estaba pensando.

- Eres tan estúpido a veces, Harry, que me hace pensar que debes ser más inteligente de lo que yo pienso…

Dio un paso hacia delante, y miré de reojo su varita. No sabía realmente qué era lo que quería, y me estaba empezando a poner nervioso aquella extraña tensión en el aire.

- Te pones tan raro a veces, Tom…- susurré-. A veces me gustaría que simplemente me dijeras qué demonios quieres.

Me dirigió una pequeña sonrisa antes de cruzar los dos pasos que nos separaban, y me tensé al sentir sus manos en mi cara – y

Demonios, qué hijo de re mil puta. No puedo creer lo que ese mal nacido hizo.

Tom me besó. Estampó sus labios contra los míos, y juro que intenté separarme pero él no me dejaba y el muy imbécil me mordió los labios y antes de que me diera cuenta nos había tirado contra el sillón en el que se habían sentado los cadáveres de sus padres, y él lo estaba disfrutando, y nos tiré hacia el suelo para poder sacármelo de encima

MERLÍN. Quiero escribir todo esto para poder sacármelo de mi mente de una vez por todas, pero se me hace difícil. Me invade la vergüenza y la ira, porque Tom venía jugando conmigo, pero lo hacía con elegancia. Esto es un golpe bajo. Esto es una total falta de códigos, y se lo hice saber. En cuanto logré separarme de él, me le tiré encima y comencé a golpearlo. El hijo de puta está tan enfermo que lo disfrutaba. Se reía mientras peleábamos, y me gritaba que besarme se sentía muy bien.

Maldito desviado. Lo hace porque sabe lo mucho que me repugna, y no hablo de la homosexualidad. Tom no tiene sexo. Pero él, como persona, me produce rechazo, y sabe que esto es la máxima ofensa. Y me sacó de mis cabales. Lo logró, y se nota que lo disfrutó. Desde entonces que ha estado intentando que vuelva a hablar con él, enviándome pequeñas descargas cada vez que me acerco al diario, pero no pienso acercarme hasta que se me vaya la bronca. No pienso gastar mi energía para darle algo con lo que entretenerse.


because i'm an awkward fuck, acá hay un dibujo de tom y harry peleandose

aelur(punto)deviantart(punto)com/ art /te-pones-tan-raro-a-veces-293349515