XIV

He participado en el periódico escolar de forma esporádica desde mi segundo año. Por más de lo mucho que me gusta escribir, nunca me ha atraído particularmente el periodismo, y mucho menos cuando se trata de noticias y comentarios frívolos acerca de la vida escolar. Digamos que podría hablar de muchos temas, pero dudo que me dieran el espacio para publicarlo, incluso ahora que Hermione es la directora.

Pero la semana pasada fue la excepción; a falta de un columnista que decidió bajarse del periódico al verse muy complicado para sus EXTASIS, Hermione me pidió que escribiera algo para rellenar el espacio. No sé si los exámenes se le habrán ido a la cabeza, pero estaba bastante seguro que hasta la fecha ambos teníamos muy en claro que yo era talentoso para escribir muchas cosas, menos relleno. Era simplemente insultante considerar mi trabajo como tal, y por eso decidí elaborar un pequeño artículo con el tema más controversial que se me pudiera ocurrir: Umbridge y sus políticas. Daba la casualidad que la gentil señora se le había metido en la cabeza que nuestro material de lectura era "obsceno, inmoral y peligroso", y con un estilo muy nacionalsocialista se dedicó a compilar una lista de títulos prohibidos. Va sin decir, por supuesto, que básicamente aquello incluía cualquier libro que no hubiese sido escrito para niños del jardín de infantes (o lo que es lo mismo, gente con el mismo nivel intelectual que Umbridge).

Como ávido lector y escritor en potencia que soy, no podía dejar pasar la oportunidad, por supuesto, de hacerle sentir un poco de mi ira a la mal parida. Así que me explayé en tres páginas de comparaciones entre ella y todos los magos oscuros que se me vinieran a la mente que habían asolado a Inglaterra hasta el momento (Voldemort incluído, por supuesto), básicamente explicando por qué Umbridge hubiese ocupado un mejor puesto en el medio de una hoguera que en un colegio de la reputación de Hogwarts. Y que lo suyo era una violación a los derechos del mago, y que estaba desquiciada, y que estaba yendo en contra de todos los fundamentos de la ley y otros subtítulos igualmente elegantes.

Como era de esperarse, a Umbridge el artículo le pareció de todo menos bonito, y al día y medio ya había disuelto el periódico. Pero Hogwarts tiene esa molesta tendencia a distribuir las noticias controversiales con la rapidez de una Saeta de Fuego en vuelo, y ya todo el mundo había leído mi comentario y tenía al menos tres copias guardadas entre sus libros para cuando la Inquisidora publicó la prohibición de tenencia de ejemplares del periódico escolar.

(Hermione ya no me habla, por supuesto).

Así que desde entonces me veo acechado por una rana gigante con vestido rosa a toda hora; y si no es ella misma quien me persigue, es alguno de los Slytherin que se han dedicado a lamerle las botas hasta más no poder (a petición de sus padres, quiero imaginar). Sé que está buscando alguna excusa para ponerme en detención de la misma forma que ha hecho con Ron, Seamus y prácticamente todo Gryffindor (de hecho, ahora que lo pienso, Neville y yo somos los únicos que no hemos tenido detención con ella). Pero Umbridge tiene dos pequeños problemas, y es que a) soy mucho más inteligente y astuto que ella, y b)luego de mi artículo, hay más gente que me quiere a mí de lo que la quiere a ella. Incluso si tuviera algo que ocultar (y en realidad, sí lo tengo, pero es algo que va más allá de una bruja mediocre con sed de poder) hay un setenta por ciento del cuerpo estudiantil que está dispuesto a cubrirme, solamente por lo que eso significa.

De todas maneras estoy consciente que está tan desquiciada que es capaz de inventar pruebas en mi contra para satisfacer sus retorcidas fantasías, por lo que intento cuidar de más mis pasos. Ya más de una persona me ha dicho que la vieja se debe estar cocinando algo para embromarme. El que más me sorprendió fue Draco Malfoy, a quien parece que le ha crecido un hueso social en el cuerpo (me ha hablado más de un par de veces este año, así que quiero creer que por fin estamos por ganar millones con esas inversiones que hizo mi padre en la bolsa hace dos años).

- Potter, por aquí – me llamó el jueves, mientras me dirigía a los jardines a pasar el rato. A decir verdad ya me esperaba que intentara intimidarme de la forma que lo venían haciendo los lacayos de Umbridge, pero más tarde me dí cuenta que por una vez, él no forma parte del séquito anti-todo que suelen integrar los Slytherin cuando hay alguna figura que va en contra de Dumbledore.

Nos metimos en un aula vacía, y luego de usar los hechizos de privacidad usuales, me miró con seriedad y me dijo:- Estás actuando como un imbécil, Potter.

- Gracias, Malfoy, lo hago solo para impresionarte –le contesté.

- Es en serio. ¿Qué se te metió en la cabeza que de repente empezaste a actuar como un Gryffindor cualquiera? Ah, no me pongas esa cara, sabemos que eres más persona que el resto de tus compañeros.

- Claro, porque Slytherin no está lleno de aparatos. Malfoy…

- Mira, no importa. Pero primero lo que hiciste con Bellatrix, sea lo que fuese, y ahora andas desafiando abiertamente a esta loca en la cara. ¿Qué te ha picado? Antes no eras así.

- ¿Ah, sí? ¿Y cómo era, Malfoy?

Me miró con exasperación.

- No sé… más tranquilo. Dejabas pasar las cosas – se llevó una mano al pelo, y comenzó a intentar achatar los largos mechones en un gesto inconsciente.

- ¿Y a ti que te importa? – lo miré con sospecha. Hasta donde yo sabía, él y yo estábamos muy lejos de una relación amistosa.

- No te hagas el inocente, Potter. Tú sabes por qué – se dio vuelta, y comenzó a dar vueltas por la habitación-. Mira, tomate todo esto como un consejo amistoso. Baja la cabeza y trata de no hacer nada más. No escribas, no mires mal a nadie, no nada. Umbridge se encaprichará con alguien más, y podrás pasarte el resto del año a tu manera.

En mi interior sentí el imperioso deseo de contradecirlo. No podría explicar por qué. Pero había algo en lo que me decía que me dejaba un sabor amargo en la boca, y me hacía pensar en cosas más grandes. Campañas. Revoluciones.

- ¿Y si no quiero aguantarme su mierda? – le dije, levantándome. Puse una mano sobre uno de los pupitres, y baje la mirada para ver mis uñas blancas estrujadas contra la madera-. ¿No se te ha ocurrido que esa idiota no es nadie, que no tenemos que bajar la cabeza? Vamos, Draco, tú sabes bien quién tiene el poder en el Ministerio. Umbridge representa a Fudge, y Fudge no tiene ninguna influencia real en lo que se hace o se dice. Todos saben que de una forma u otra, no va a durar hasta fin de año. No tengo por qué aguantarme la mierda de un inútil.

- Precisamente por eso te conviene cerrar la boca y esperar hasta fin de año – me dijo, casi gritando en su exasperación-. ¡Estás perdiendo el tiempo!

- ¡A veces es mejor perder el tiempo que dejar que te pisoteen! Es una cuestión de orgullo, Malfoy, ¡por favor!

Me sorprendió al levantar la mirada tan rápidamente que apenas pude captar el movimiento. Sus labios y ceño fruncidos, tenía una expresión extraña en el rostro, dado el contexto.

- Mira, Potter, no siempre vas a poder defender tu orgullo. A veces te conviene simplemente ceder – ya le iba a discutir cuando continuó hablando, dejándome con las palabras colgando-. Ya sé que Umbridge no es nadie, pero imagínate que en el futuro te las vas a ver con gente más pesada. Y te vas a tener que callar, solamente porque de eso depende tu vida, tu sustento.

Aquello le daba un giro nuevo a la conversación. Dejé que mi mirada cayera al suelo y mi postura se relajó automáticamente.

- Ah, allí vamos – levanté los ojos y los clavé en los suyos-. No te voy a preguntar nada, por que sé que no me vas a decir nada. Pero aprecio la advertencia. Estoy empezando a pensar que debería mandarte algo para el día del amigo.

Malfoy se rió y me dejó en el aula, sin decir nada más. Estos últimos tiempos se ha portado bien conmigo, y no sé si debería sospechar de eso. Quizás debería relajarme un poco, ya que tener un aliado como él me resultaría invaluable a largo plazo, sobre todo por los negocios que mi padre seguramente me va a terminar dejando para manejar (muchos de los cuales no están muy apartados de la esfera de influencia de los Malfoy).


XV

No estaba de buen humor. Él no estaba de buen humor. Era justamente lo que necesitaba en ese momento.

- Violaste nuestro acuerdo – me dijo en cuanto caí enfrente suyo. El diario me había absorbido con más violencia que de costumbre, en parte porque tanto tiempo sin hablar con Tom lo había dejado con poco sustento a nivel energético. También iba sin decir que seguramente había pasado unas dos semanas muy aburridas.

- Guárdatelo, maldito acosador sexual – le respondí, tirándome sobre el sofá en el que normalmente me sentaba-. Y agradece que por fin haya venido, porque estuve muy tentado de dejar que Umbridge te descubriera por accidente.

- No amenazas a nadie, Harry – su tono de voz me pareció más agudo de lo normal, aunque tal vez eso fuera por lo rápido que hablaba-. Ambos sabemos que no eres lo suficientemente estúpido para hacerlo.

- Sí, pero eso no quita que seguramente en algún universo alterno, tomé la decisión de meter el maldito diario bien dentro del cu…

- No seas tan incivilizado, por favor –me interrumpió, poniendo los ojos en blanco-. Juzgando por tu reacción, Umbridge acaba de inventar alguna excusa para revisar tus cosas – sus ojos me miraron de arriba hacia abajo, y me dí cuenta que aquello había tomado un nuevo significado para mí, algo que no estaba allí antes-. Y decidiste venir solamente porque pensabas que iba a estar tan enojado por tu violación del acuerdo que terminaríamos peleando, con lo que podrías ventilar un poco tu ira. Tengo que decir, Potter, la adolescencia te sienta bien. Ciertamente me entretienes más.

Dejé escapar un pequeño quejido de mi garganta. Me molestaba que Tom me leyera como un libro, y ciertamente me avergonzaba un poco que hubiera descubierto mis motivos. Pero lo que mas me afectaba es que no iba a poder hacer lo que había planeado, y tenía tantas ganas de golpear a alguien en aquél momento…

- Pero si quieres, podemos buscar otra forma de calmarte – en un instante, se me heló el cuerpo y mis sentidos se pusieron en alerta. No me gustaba para nada el tono persuasivo, bien amanerado que tenía en aquél momento-. Podría enseñarte algo de artes oscuras.

Aquello no me gustaba para nada. Sabía que Tom preferiría mil veces aprovecharse de mi ira para molestarme aún más, y que se ofreciese para enseñarme las artes oscuras era muy, muy sospechoso. No sabía qué quería lograr con todo eso, y realmente entendía que lo mejor que podía hacer era decirle no a todo lo que él me propusiera, pero por otra parte las artes oscuras se me hacían muy atractivas en ese instante.

- ¡Deja eso ya! – le grité, parándome. Casi no lo noto, pero el muy zorro me había rodeado con pequeñas hebras de su magia, tratando de persuadirme. El ambiente parecía más oscuro de lo normal, y me dí cuenta que era para ocultar el color de su esencia.

- Debe ser algo realmente útil el Sensar los campos de energía – dijo, entrecerrando los ojos-. Quise aprender esa habilidad cuando tenía tu edad, pero es una de esas raras cosas que no pude lograr. Dime, Harry, ¿a ti para qué te sirve?

- No empecemos, Tom – le dije, apretando los puños.

- Es una pregunta inocente – la manera en la que se encogía de hombros, tan delicadamente, me daban ganas de matarlo. Quería gritarle que ambos sabíamos que nada de lo que él dijera era inocente, pero tuve que masticarme la frustración.

- Me sirve para evitar que gente como tú me hechice sin que lo sepa.

- Ah, entonces es algo puramente defensivo para ti, ¿verdad? – dijo, con ese mismo tono complaciente que le hacía parecer un estúpido maniquí-. ¿Nunca has pensado usarlo de manera ofensiva? Si lo puedes ver, oler, sentir y escuchar, es tangible de cierta forma. ¿Alguna vez has tocado la magia de alguien?

Conté hasta tres, e intenté calmarme sin éxito. No quería hablar de mis habilidades con Tom. En parte porque era algo muy privado para mí, y en parte porque sabía que todo lo que él supiera iría a parar a los oídos de Voldemort, y aquello no era para nada lo que se dice reconfortante.

- Dos veces, cuando era niño y no sabía lo que estaba haciendo – le dije entre dientes-. Mi madre sintió como si algo la pinchara en el cuello, la primera vez. La segunda vez fue con un niño que estaba haciendo algo de magia accidental en el parque, y que terminó en el hospital vomitando sangre.

Toda su actitud complaciente pareció evaporarse en el aire, y en su lugar dejo una amplia sonrisa, macabra e innaturalmente alegre.

- Bueno, eso es decididamente útil – sus ojos brillaban, el color marrón perdiéndose en un tono escarlata-. Y algo que los libros nunca han dicho de tu habilidad.

Me encogí de hombros.

- Haz una prueba conmigo, Harry. Quiero saber hasta dónde puedes llegar con ese don tuyo.

No me dio tiempo a asimilar lo que me estaba pidiendo cuando me vi rodeado de una espesa brisa negra. Me invadía su gusto rancio y el olor a muerte que perneaba el aire. Junté toda mi ira anterior para poder disfrutar de lo que estaba por hacer, y aunque el olor me provocaba arcadas, me mantuve erguido y extendí mis brazos. Busque la sensación etérea que constantemente trataba de evitar, y me aferré a ella. Cerré mis puños alrededor de una buena parte de la esencia de Tom, y me sorprendí al sentirla tan parecida a la mía. Su textura, las pequeñas vibraciones que emitía encerrada en mis manos me hablaban de mis propios recuerdos. Era la magia de la que él se alimentaba.

No me di cuenta que había cerrado mis ojos hasta que sentí un jadeo cerca de mí. Al abrirlos, vi el rostro de Tom levemente ruborizado apoyado parcialmente en el respaldo del sillón. Su pecho se expandía y se contraía al tomar grandes bocanadas de aire; el movimiento de su torso no lograba esconder el temblor de su cuerpo.

- Eso…- dijo, su voz ronca y agitada totalmente desprovista del control al que estaba acostumbrado. Giró el rostro bruscamente para verme, y noté que una fina capa de sudor cubría su piel.

- Si tan solo… tuviera un cuerpo – murmuró para sí mismo. Su reacción me confundía enormemente. A decir verdad había esperado drenarlo, incluso dejarlo inconsciente… pero quizás no había tenido en cuenta que gran parte de su magia había sido mía en algún punto, y que aquello pudiese cambiar la respuesta esperada. No me dio tiempo a exponer mis ideas antes de verme nuevamente parado en el aula en la que me había encerrado para hablar con Tom, el diario descansando sobre el suelo a mis pies. Cuando lo recogí, las páginas se movieron como si el librito estuviera suspirando, y a riesgo de perder la poca cordura que me quedaba, decidí dejar el asunto allí.

Lo que me toca escribir a continuación es claro ejemplo de un día bizarro que se vuelve desastroso. A todo esto, Tom había conseguido calmarme, aunque fuese más por sus arranques de excentricidad más que por la pelea que había estado esperando, y hasta cierto punto había conseguido poner el pequeño dilema de Umbridge revolviendo mis pertenencias en lo profundo de mi mente. Pero ahora que debía volver a mi dormitorio para enfrentarme con la vieja estúpida, toda la ira y la indignación volvían a mis venas como una inyección invisible de adrenalina, y había poco que pudiera hacer para no salir corriendo y estrangularla a primera vista.

Por eso busqué distraerme recitando mentalmente los cuentos y novelas de Sherlock Holmes que pudiera recordar (todos, a decir verdad) y traté de no buscar mi varita entre mis bolsillos. Al llegar a la torre de Gryffindor, me esperaba un número importante de estudiantes congregados en la sala común. Todos se giraron para verme al entrar, y tuve la horrenda sensación durante un minuto que me había convertido en algún monito verde expuesto en un zoológico muggle.

- ¿Y? – pregunté, mirando a mi alrededor, antes de fijar mi vista en la escalera que llevaba a los dormitorios de los hombres.

- Entró aquí con toda la Brigada Inquisitorial – me dijo Seamus en voz baja – pero a la media hora los mandó a volar, y luego vinieron algunos profesores.

- Estuvo gritando algo acerca de una carta, pero si encontró algo no lo sabemos – agregó Lavender Brown.

- ¡Hija de puta! – exclamé y crucé en tres zancadas la sala. Mis cuadernos y mis cartas normalmente estaban guardados en una caja escondida dentro de un colgante que ataba al poste de la cama, pero a veces por vago dejaba las cartas sin contestar entre mis libros. Me preocupaba que encontrara las cartas de Sophie, que si bien no contenían nada ilegal, tenían el material suficiente como para que ella inventara alguna excusa para meterme en problemas.

Corrí por las escaleras hasta llegar a la puerta del dormitorio que compartía con el resto de los chicos de mi año, y no me sorprendió encontrarla abierta. Allí me esperaban McGonagall y Dumbledore. Me sorprendió ver al director hasta que recordé que seguramente había estado hablando con mis padres de la Orden, por lo que debería estar pensando que era posible que en mi correspondencia se lo mencionara a él y a sus intentos de refundar una organización paramilitar.

McGonagall lucía terriblemente molesta cuando pase por su lado, y me pregunté si sería posible que me encubriera en caso de que terminara matando a la Inquisidora. Con Dumbledore podría llegar a un acuerdo, de todas formas. Sé que la torre de Gryffindor entera me inventaría una coartada.

- ¿Encontró algo que le gustase, profesora? – le dije a Umbridge mientras cruzaba rápidamente la habitación. Cuando la vieja se dio vuelta, yo ya estaba a su lado, y la diferencia entre nuestras alturas debe haberme hecho más imponente, pues se echó con un saltito hacia atrás.

- A ver si mejoramos el tono, señor Potter – me dijo, en aquella voz tan falsamente dulce-. Me temo que tendré que confiscar parte de su correspondencia – levantó un pequeño trozo de pergamino doblado frente a mi nariz, y tuve que hacer un esfuerzo hercúleo para no tomar sus pequeñas uñas rosas y arrancárselas de cuajo.

- ¿Bajo qué cargos? – dije, entre dientes.

- Conspiración contra el Ministerio. Asociación ilícita. ¡Terrorismo! – exclamó, lanzando una pequeña risita al final de su grito.

- Esas son acusaciones un tanto fuertes para un estudiante, madame Umbridge – dijo Dumbledore-. Si no le importa que le pregunte, ¿qué le lleva a pensar eso del señor Potter? Hasta donde yo tengo conocimiento, es un excelente muchacho.

- Esto, - explicó la rana humana, levantando el pergamino con una mano. En la otra tenía fuertemente sujeta su varita, que usó para hacer copias del papelito que me entregó a mí y a Dumbledore. Con su voz irritante comenzó a leer pedazos de lo que reconocí como el borrador de una misiva que había querido enviarle al mismo hombre que ahora miraba con gesto adusto el papel entre sus manos en el centro de la habitación. Recuerdo que me había levantado una mañana, meses atrás, con una idea para una historia ambientada en la época de los ataques de los Caballeros de Walpurgis, y se me había ocurrido preguntarle a Dumbledore algunos detalles con el objetivo de hacerlo lo más realista posible. Obviamente, entre las idas y venidas en la casa de Sirius la historia quedó en la etapa de planeamiento, y el pergamino se había traspapelado de alguna forma entre mis libros.

- Quizás no tenga la imaginación suficiente – dije lentamente, arqueando una ceja-, pero realmente no veo qué es sospechoso de esto. Es el borrador de una carta que pensaba escribirle al director para preguntarle acerca de sus experiencias en el fiasco de los Caballeros, para una historia que pensaba escribir – no pude evitar que la indignación y la amargura me invadieran, y agregué, con ira mal disimulada-: Ah, ¡qué idiota soy! ¡Es verdad! Escribir está prohibido. ¿Cuál era el número del edicto, Inquisidora?

- Elige el número que quieras, querido, - me dijo con una sonrisa filosa-. No importa. ¿No pensaste que me engañarías con esa historia estúpida, verdad? – agitó el pergamino frente a mi rostro-. Está escrito en código, ya lo veo, pero está allí.

- Me temo que la edad me juega en contra, madame Umbridge – dijo Dumbledore, acercándose-, así que le pediré que me explique qué es lo que usted ve.

- ¡Una conspiración en contra del gobierno, por supuesto! Bien claro, aquí – sus dedos regordetes y de uñas rosas golpearon ligeramente el papel-. El señor Potter le pide detalles de una revolución, detalles muy concisos. Fechas, participantes, planes… por supuesto, está todo codificado para que parezca que le hace preguntas acerca del pasado, pero es un poco sospechoso que le venga a preguntar esas cosas a usted justamente ahora.

Nos miró a mí y a Dumbledore con una de sus pequeñas, falsas sonrisas, y se dio media vuelta.

- Puede decirle adiós a su pequeña revuelta, profesor. Le recomiendo que tenga su despacho limpio para mañana.

Al salir aquella monstruosidad vestida de rosa, entró la profesora McGonagall.

- Por Merlín, está loca – dije, mirando con incredulidad la puerta-. ¿Y dejan que alguien así maneje asuntos del estado?

- Desgraciadamente, es un poco tarde para preocuparse por las razones, señor Potter – dijo la jefa de la casa Gryffindor-. Lo que nos importa ahora es evitar que Hogwarts sufra por sus desvaríos. ¿Tienes alguna idea, Albus?

- Es difícil saber cómo se lo va a tomar Cornelius – le respondió Dumbledore-, pero por ahora nos conviene tratar de prepararnos lo mejor posible para lo peor, -el anciano director se dio vuelta para mirarme con una pequeña sonrisa-. Lamento que mis diferencias con el ministro hayan terminado involucrándote, Harry.

Asentí con la cabeza, sin saber realmente qué decirle. Dumbledore cruzó los brazos detrás de su espalda, y comenzó a caminar hacia la salida. Antes de llegar, se dio vuelta y me guiñó un ojo.

- Excelente artículo, por cierto.

Murmuré un pequeño "gracias" y me dejé caer en mi cama.


XVI

- Hola – saludé a Tom, y sin mirarlo comencé a dar vueltas alrededor de la habitación-. El mundo se ha vuelto loco. Totalmente loco. ¿No sabrás de algún hechizo para hacer que una vieja rana rosa se prenda fuego espontáneamente? O mejor, que se le prenda fuego la lengua cada vez que está por decir una estupidez – me dejé caer pesadamente sobre la alfombra raída, y levanté mis puños hacia el cielo en un gesto de frustración-. Y algo para la estupidez del público general. Le creen cada palabra, Tom, cada perfecta idiotez.

Abrí y cerré mis puños, tratando de liberar algo de la tensión que parecía querer encender mi cuerpo en llamas. Las venas me ardían. Quería gritar.

- Harry – sentí su voz cerca de mí, y noté que se había sentado en mi lugar, para variar-. Estás divagando.

Su tono molesto me frustró aún más.

- ¡Es esa imbécil de Umbridge! – exclamé-. Luego de haber inventado esa mierda de que la carta estaba en código, y que yo formaba parte de un grupo liderado por Dumbledore que intentaba tomar el Ministerio, ¡por favor! ¡Cómo si realmente fuera necesario…!

Tomé algo de aire e intenté calmarme.

- Después de eso, Fudge desvarió algo para que pareciese que Dumbledore estaba usando el colegio para armarse un ejército. El Éjercito de Dumbledore – dije, dibujando unas comillas con mis manos en el aire-. El Profeta se volvió loco en la semana con especulaciones, diciendo que Dumbledore se había convertido en un nuevo Grindelwald, y que intentaba convertir Inglaterra en una dictadura… No, es increíble la cantidad de mentiras y de locuras que escribieron.

- Y por supuesto, Lucius Malfoy aprovechó todo este desastre para poner un voto de no confianza contra Dumbledore en la Junta, y compró al resto para que pasaran la resolución que lo destituye temporalmente – apoyé mi cabeza contra el apoyabrazos del sofá-. Así que ahora no solo tenemos a una incompetente a cargo, sino que seguramente van a empezar con una caza de brujas por todo el mundo mágico para ver a quién más pueden echar.

- ¿Y te preocupa que involucren a tu padre? – Tom me preguntó, pero sabía que tenía poco interés en el asunto. Ambos estábamos conscientes que cualquier movida contra Dumbledore era producto de algún plan de Voldemort, quien ya estaba en el país. Mis sentimientos respecto al tema seguramente le parecían inconsecuentes, parte de la rabieta adolescente de un estudiante sin nada mejor que hacer, pero me seguía la conversación por el simple hecho de que era el único contacto que tenía con el mundo afuera del diario. Cada detalle le era precioso, pero no por las razones que uno normalmente esperaría de alguien a quien le hablas de cosas tan personales.

- No realmente – le dije-. A mi padre no lo van a poder tocar, tiene muchos amigos allí dentro. Necesitaría algo más grande. Pero el ministerio no me importa tanto. Lo que me preocupa es Hogwarts. Van a querer reformar todo el cuerpo educativo, y si tengo que juzgar el nivel de los profesores en base a Umbridge, entonces la veo difícil.

Tom esbozó una sonrisa suave, y se movió hacia delante, apoyando un codo sobre su falda en un gesto fluido y elegante.

- Si tanto te preocupa tu nivel educativo, Harry – me dijo, sus ojos brillando de una manera parecida al día en el que… a ese día-, déjame enseñarte lo que sé. De todas maneras, Hogwarts no te va a dejar aprender lo que es realmente interesante, Umbridge de por medio o no.

- Olvídalo – le respondí, casi automáticamente. Era mejor no pensar en su oferta, porque ambos sabíamos lo mucho que me terminaría tentando.

- Harry – su sonrisa seguía pegada a su rostro. Su expresión no había cambiado-. Harry. Por favor. Ambos sabemos cuál es tu verdadera respuesta – frunció el ceño de manera exagerada, y elevó su mirada a los cielos-, lo que no entiendo es por qué no lo dices. No eres ningún novato en las artes oscuras, tu padrino ya se encargó de eso – levantó su mano, y bajó un dedo-. No tienes ninguna objeción moral a seguir estudiándolas, o ya me estarías gritando con algún argumento sacado de un libro de catecismo – bajó otro dedo-. Evidentemente no quieres seguir los pasos de tus padres de la manera que ellos desearían –abajo fue el tercero-, entiendes que lo que yo pueda enseñarte te es necesario para sobrevivir, y lo que es más importante, te interesa aprender porque amas el conocimiento – movió su mano izquierda para que pudiera verla claramente-. Eso me deja pensando que quizás no es el objeto de estudio lo que te molesta, si no el maestro.

Se levantó de un golpe, y producto de mis reflejos, me erguí en el suelo de manera que pudiera ver todos sus movimientos.

- Realmente me duele, Harry, que me tengas tanta desconfianza – se dio vuelta, y vi que en sus labios se había formado una sonrisa salvaje-. No he sido más que un amigo benevolente hacia ti, porque somos amigos. ¿Verdad, Harry?

- Somos aliados ocasionales, Tom – dije lentamente. Ya estaba acostumbrado a aquellos cambios de humor en él, pero eso no significaba que su naturaleza volátil no me ponía los pelos de punta-. Hicimos un acuerdo. Lo estoy cumpliendo y…

- Ah, pero dejó de ser solo un acuerdo, Harry – su sonrisa se volvió forzosa-. He hecho concesiones porque soy un hombre generoso. Lo único que pido es que me trates con la misma cortesía.

No pude evitar lanzar una pequeña carcajada. No podía creer las cartas con las que jugaba. Me paré, y lo miré a los ojos. Quería dejar las cosas en claro.

- Mira, Tom. Te devolveré la cortesía con honestidad – esbocé una rápida sonrisa socarrona, lo que hizo que él frunciera el ceño-. Eres muy interesante a tu manera, pero eres la última persona a la que le confiaría mi vida si tuviera la posibilidad de elegir. Y sé qué es lo que quieres lograr con todo esto, y aunque no lo supiera, te diría que no de todas formas porque sé quien eres, cuál es tu objetivo a largo plazo y no me interesa formar parte de eso. Lo que sí me interesa es devolverle a Voldemort el maldito diario, volver a mi vida con todos sus problemas pequeños y mundanos, y hacerme escritor.

Lentamente el rostro de Tom se transformó en una expresión de sorna. Me miró como si fuese un niño pequeño y estúpido, y me habló de la misma forma:

- No lo entiendes, ¿verdad, Harry? – me dijo suavemente, y en contraste con el silencio de la habitación fue como si el aire fuera atravesado por cuchillos-. Esto no se termina cuando le entregues el diario a Voldemort. Ya estás subido al tren. Lo mejor que puedes hacer ahora es disfrutar el viaje.


XVII

Umbridge no me deja respirar. Hay quienes rumorean que está preparando un ala del castillo para juntar a aquellas personas problemáticas para separarlos del resto del cuerpo estudiantil. Quiere disfrazar todo como una "terapia" para "las pobres víctimas de las mentiras de Dumbledore". Estoy seguro que mi nombre está al tope de la lista.

Decidí aceptar la oferta de Tom. No siento que le he cedido terreno. Fue una pequeña concesión que hice para evitar tener algo más en mi mente, ya que un Tom contento es un Tom que no está planeando nada más grave. Y si algo positivo tiene todo esto, además de lo que estoy aprendiendo, es que está tan ocupado con sus lecciones que se olvida que estoy allí. Es refrescante, aunque me resulta extraño verlo tan entusiasmado con algo. Si no fuese un genocida megalomaníaco, estoy seguro que hubiese sido un excelente profesor.


XVIII

(Pegados sobre la hoja hay una serie de títulos de artículos publicados en El Profeta, fechas desconocidas)


"Alumno de Hogwarts, soldado de Dumbledore: 'Hay evidencias de que el director preparó a uno de sus estudiantes para el combate' declara Fudge."


"Escándalo Potter: El ministerio difunde parte de la correspondencia que habrían mantenido el director y el alumno de quinto año; padres implicados."


"Evidencia de rituales ilegales practicados en Hogwarts; 'A Harry Potter lo querían convertir en un arma', declara el asistente del ministro".


"… por supuesto. Y era la fachada perfecta.

Nadie hubiese sospechado que James Potter,

uno de los mejores aurores del departamento

estuviese implicado en algo así', comenta

Sid Williams, director del departamento de

Asuntos Internos. 'Me horroriza pensar lo que

deben haberle hecho al chico. Los informes

dejaban muy en claro el tipo de rituales que

se habían llevado a cabo, y te digo que me

resulta sorprendente que el chico siga vivo. Lo

que le hicieron es poco menos que tortura.'

Cuando se le pregunta acerca de la situación

de Harry Potter en la actualidad, responde:

'se están llevando a cabo las acciones necesarias

para separar al chico de sus padres. Eso es lo

prioritario. Estoy seguro que para esta semana

le habrán quitado la custodia, y después se

verá si se los procesa por abuso de menores y

práctica de magia ilegal.' Con este panorama…"


"Lo que nos queda por preguntarnos es, ¿están seguros nuestros niños en Hogwarts?

Dolores Umbridge, actual Alta Inquisidora de Hogwarts y principal bastión del poder

del ministerio en el colegio, nos asegura: 'Ni bien supimos de los abusos cometidos

por el antiguo director, nos pusimos a investigar a fondo el colegio, con la esperanza

de encontrar y rescatar a otros niños que estuvieran en la misma situación que

Harry. Estamos por llevar adelante un programa de terapia psicológica para ayudar

a cualquier estudiante que se haya visto involucrado en la red de mentiras que

Albus Dumbledore armó en el colegio.'

Es bueno saber que…"

(Escrito a mano, al final de la página)

MENTIRAS

¿ARMA?

Plantaron evidencia, y no me dejan hablar con mis compañeros. Estoy encerrado en una maldita mazmorra, y juro que si esa puta se me llega a acercar le arranco los ojos con los dientes, y no me dejan mandarle cartas a nadie

la voy a matar, lavoyamatar


tengo que hablar con Sirius


XIX

Me han confiscado todo. Mis libros, mi ropa, mis apuntes. Absolutamente todo.

Oficialmente estoy en confinamiento solitario "por mi propia seguridad". La verdad es que no quieren que salga a decir lo que verdaderamente está pasando. Estoy seguro que deben tener amenazados a los profesores también. Me han dejado encerrado en una habitación en las mazmorras, con sólo una cama, una mesa y una silla como único mobiliario. La única compañía que he tenido en la última semana ha sido uno de los elfos que trabajan en las cocinas, que me trae mi comida y limpia la habitación (si, he intentado pedirle ayuda y noticias, pero sé lo endemoniadamente fieles que son, y su actual amo, el director, fue suspendido del cargo poco después de que todo esto comenzara).

No puedo describir la manera en la que me siento; las palabras me fallan. Jamás pensé que podría decir algo así, pero tampoco podría haber pensado que me encontraría en esta situación. Ni siquiera sé si puedo contar esto como "persecución política" en algún futuro, pues no me considero ningún bastión de ninguna revolución. No me dieron tiempo para armar nada.

Estoy seguro que esa rana de Umbridge debe estar relamiéndose hasta las encías de lo bien que le ha salido todo esto. Por suerte, no la he visto desde que me encerraron, y espero no tener que verla hasta que me muera, pues no estoy seguro de poder mantenerme alejado de Azkaban si la llegase a encontrar. No solo tenía que meterse conmigo, sino también con mi familia. Eso es algo que no puedo (y no pienso) perdonar.

[toda la semana he soñado con ver su rostro bañado en una luz verde intensa; jamás podría haber adivinado en qué tipo de hombre me iba a convertir, pero ahora veo que en mis fantasías me encuentro con alguien muy distinto a lo que era antes]

Las velas apenas me dejan ver lo suficiente como para escribir. Si no fuera por este pequeño placer de la pluma rasgando sobre el papel, no sé que sería de mí. Y todo es gracias a una afortunada premonición en el momento adecuado. O quizás a algún reflejo que actuó sin darme yo cuenta. Había decidido guardar al diario de Tom dentro del pequeño colgante que he hechizado para guardar mis cuadernos cuando escuché unos gritos en la sala común. Lo único que atiné fue a meterme el medallón en mi boca, y esconderlo bajo mi lengua (¿será la imitación de alguna maniobra que mis personajes de novelas habrán hecho?), cuando tres magos del ministerio, lacayos de Umbridge, entraron para llevarme.

Me quitaron mi varita y revisaron mis bolsillos, y se llevaron todo lo que no me vistiese. No me dijeron ni una palabra, y tampoco intenté hablarles, por miedo a que se dieran cuenta del dije que escondía bajo mi lengua. Una vez cerrada la puerta y echado el cerrojo, busqué un escondite seguro para mi única pertenencia y liberé toda la bronca que venía acumulando desde que publicaron esos malditos artículos.

Por suerte no he estado solo. Además del diario de Tom, también logré guardar una navaja que mi padre me había regalado para mi doceavo cumpleaños y el espejo que Sirius me había dado en las vacaciones. Tom me ha entretenido desde que me encerraron, y mi padrino ha sido mi contacto con el mundo exterior. No puedo quedarme hablándole por mucho tiempo, pues él está ocupado con sus problemas, pero es una brisa de aire fresco en este lugar que huele a moho y a aire viciado.

"A James lo suspendieron y ambos están con vigilancia las veinticuatro horas del día," me dijo el lunes. "Venían interceptando tus cartas desde hacía un tiempo ya, por eso dejaste de recibir correo poco después de que comenzaran con la farsa esta. No te puedo decir como están, porque estoy tratando de mantener la distancia para aprovechar los rumores de que tu padre y yo estamos peleados. Si piensan que seguimos igual de amigos, me van a hacer muy difícil ganar tu custodia".

Me dijo que estaba tratando de aprovechar su influencia en el ministerio para que le diesen la custodia temporal, que si el ministerio se quedaba conmigo, probablemente mis padres jamás volverían a tener la patria potestad. Que se perdería todo en la burocracia.

No tengo ni la más mínima duda de que mi padrino va a lograr salirse con la suya. No es para nada un hombre ignorante a nivel político, y su apellido pisa fuerte. Un montón de burócratas en la cuerda floja no son nada. Pero quiero que todo este circo termine pronto, y no tanto por mí es que lo digo, si no por mis padres. Estamos acostumbrados a separarnos por meses, pero algo así, tan forzoso y nacido de la mentira, como una maniobra de un hombre lo suficientemente estúpido como para iniciar un circo político por nada para salvar una carrera que se le regaló por ser el menor de dos males; esto, esto es algo inaudito para ellos. Y mi madre debe estar sufriéndolo más que nadie, pues sé que en sus ojos sigo siendo el mismo bebé que ella dio a luz. No puedo evitar que me tiemblen las manos cada vez que pienso en esto. El rostro preocupado de mis padres, de mi hermana. La injusticia, la impotencia de tener que sentarse con las manos cruzadas en una mazmorra en la parte más desierta del castillo, como un mero peón descartado cuando es conveniente.

Esto me indigna, y me duele. Soy el único heredero de una familia con más tradición que todas las de aquellos que me perjuran hoy juntas, un mago de talento en lo que en mis talentos conciernen, y sé, sé en el fondo de mi corazón que puedo levantar un dedo y ocuparme de todo esto. Pero hay consecuencias para mi familia, para mis amigos; y aunque no hay nada que me gustaría más que abandonarme a mi furia y desentenderme de todo lo que tratan de imputarme, sé que tengo que hilar fino para poder reírme al final de la obra. "No seas imprudente," me dijo Tom. "Aprovecha lo que tienes y lo que a ellos les falta".

Sé que lo primero que haré en cuanto salga de aquí será vengarme. No haré nada drástico. Pero me aseguraré que tanto Fudge como Umbridge tengan bien en claro cuál es el precio por salirse con la suya. Si hay algo que el debacle de Sirius con su padre me ha enseñado, es que la justicia es ciega en la medida que haya alguien que dirija su mano. Ella se desentiende por completo de todo lo que hace, y hace sin mirar a quién, pero en su momento Sirius tomó su mano e hizo caer la espada sobre su padre. De la misma forma tengo pensado hacer yo con toda esta manga de ladrones y perros de la calle.

Por ahora me preocuparé con posicionarme bien detrás de su brazo.