Hay una pequeña pérdida en uno de los rincones de la habitación. En las juntas que forman una de las esquinas, justo debajo de la pérdida, florece un pequeño río de moho y hongos. Todo aquí huele a húmedo, y hace un frío tremendo. Odio con pasión el frío. Por eso me puse a maldecir en voz alta por la mañana, concentrándome en todo mi fastidio mientras miraba el pequeño rincón del que caían las gotas. Vi como la habitación se llenaba de una niebla espesa, y sentí mi piel arder por un momento.
Y no caía más agua por la esquina, y el moho se había secado hasta marchitarse. Los copos chamuscados me sirven de carboncillo improvisado para dejarle mensajes obscenos a Umbridge en las paredes. Ya no tengo más frío.
Muchas cosas me han dado vuelta por la cabeza estos días, pero quizás la más patética y la que más vergüenza me provoca es mi preocupación por lo que me estoy perdiendo a nivel escolar. Sí, de todas las cosas sobre las que podría meditar esta es la más estúpida (pues tiene remedio), pero extrañamente la más inocente. Y con todo lo que se me viene a la mente, lo que más necesito es distraerme con lo inconsecuente de vez en cuando.
Pero tampoco me preocupa tanto. Tom sigue enseñándome, aunque ahora siento que estoy haciendo un verdadero esfuerzo por aprender. Ahora, ambos sabemos, tengo un motivo. Algo que alimenta mi deseo por practicar lo que él me enseña. Y, supongo que cuando todo esto lo vea como cosa del pasado, esto va a alarmarme hasta más no poder, pero ahora no puedo encontrar en mí el más mínimo rechazo. No puedo ni fingirlo siquiera.
Es que hay una naturalidad en la manera en la que mi magia reacciona ante los maleficios, como si esto lo hubiera hecho desde la cuna. A veces pienso que es la propia magia de Tom la que me da tal sensación, y que son los recuerdos de sus propias experiencias lo que siento como mío, pero cuando repito el movimiento con mis manos, sentado en mi celda, y conjuro el recuerdo, no puedo evitar pensar que es mi magia hablando por sí misma.
Y lo más extraño de todo es que jamás he practicado realmente aquellos hechizos, al menos si la palabra de Tom es de confianza (imagínense). Todo lo que veo en aquél diario es en parte producto de mi magia respondiendo a la suya, usando mi cabeza como soporte y su consciencia como director. Es extraño pues aquella habitación, escena del crimen que más presente tengo en mi vida, es real y no lo es al mismo tiempo. Tom está y no está dentro de mi mente cuando hablamos, y todo aquello es casi como una posesión (pero no lo es, en realidad).
Por eso puedo sujetar mi varita cuando en la realidad debe estar en algún lugar encerrada junto al resto de mis cosas, y hacer hechizos que de otra manera no podría hacer.
- ¿No es como hacer magia sin varita? – le pregunté a Tom en cuanto me explicó los pequeños detalles que hacían al funcionamiento del diario, y que me permitirían seguir con aquella bizarra educación.
- Es parecido, sí – me respondió con una sonrisa torcida-. Lo que haces es acostumbrar a tu cuerpo al patrón necesario que debe seguir tu magia para lograr el hechizo, y tu mente recrea el resultado para que te acostumbres conscientemente a lo que debes esperar. Si quisieras hacer magia sin varita, deberías adaptar ese patrón para que se forme en ambiente en vez de usar la varita como conductor.
- Básicamente estar consciente que esto – miré el palillo de madera que había creído mi verdadera varita hasta ese momento- no es más que una ilusión. Y que lo que quiero hacer – miré a mi alrededor, prestando atención a los vaivenes de nuestras auras en el ambiente-, es lo que puedo ver.
Y desde entonces habíamos experimentado. Lo que quería lograr era poder hacer magia sin varita. Lo que quería probar era el uso de mis habilidades para hacerlo más fácil. En algún punto de su historia Tom estaba seguro que había logrado un cierto nivel de maestría con los hechizos sin varita, aunque al momento de la creación del diario él apenas podía usar más que algunos encantamientos básicos. No se me ocurriría jamás subestimarle.
Eso me ha dado algo en lo que enfocarme hasta ahora. Es un pequeño proyecto, útil para mantener a mi mente ocupada las largas horas que paso aquí encerrado. Cuando no hay nada más que especular, me pierdo en los patrones que practicamos, memorizando y recreando cada efecto y cada sensación hasta sentir el fluir de mi magia cumpliendo mis deseos.
Ayer tuve mi primer éxito.
- ¿Puedes verlo? – me preguntó Tom, atento a mi rostro. Jamás lo había visto tan ensimismado y entusiasmado con algo; era como si hubiese perdido toda la malicia que normalmente le acompañaba, y en cambio se hubiese abandonado a un impulso más humano. Por primera vez podía notar lo joven que era, o al menos la poca experiencia de vida que había impreso en aquellas páginas.
- Sí – me sería imposible describirle exactamente qué era lo que Sensaba, pues el lenguaje de los sentidos a veces es difícil de comunicar en palabras. Pero estaba seguro de cada sensación, de cada dato minúsculo que me llegaba, y para cerciorarme de que todo estaba bien, le pedí que repitiera el hechizo una vez más.
Era un simple encantamiento de levitación. Nada más ni nada menos que lo primero que había aprendido con Filius Flitwick en mi primer año, pero ahora le estaba prestando atención a todo lo que había pasado de alto en mi ignorancia. En aquél momento había reprimido mi habilidad hasta poder ver solo sombras de lo que podía ver ahora, y no me dejaba de sorprender lo mucho que se había potenciado mi don desde que había empezado a usarlo conscientemente.
Cuando el hechizo estuvo completo, noté con satisfacción que me había podido adelantar a cada movimiento de su magia. Ya estaba listo para poder probarlo.
- Ya sé como lo haces – le dije a Tom con una enorme sonrisa. Mi voz me pareció algo ronca por la emoción.
Tom me devolvió la sonrisa de una manera tan honesta que me dejó helado, y me echó del diario. Sabía que aquello significaba que estaba tan ansioso por esto como yo, y que era mi turno de probarlo en la realidad.
- Bien, a todo o nada. ¡Wingardium Leviosa!
No era realmente necesario que recitase el nombre del encantamiento en voz alta, pero a manera supersticiosa decidí hacerlo. Mejor era empezar por lo fácil. Y quizás, de esa forma, me resultaría más sencillo. Me tomó cinco intentos hasta poder lograr que la roída silla de madera frente a mí se moviera, pero en cuanto lo hizo, no pude reprimir el grito de emoción y el puñetazo al aire.
Aquello me daba ideas peligrosas, muy arriesgadas. El siguiente hechizo que me empeciné en aprender fue Alohamora. El encantamiento más básico para abrir una cerradura, y aquél que mis captores habían usado en la puerta de mi celda, en un intento por burlarse de mí y de mi fabricada desgracia. Aquél intento de humor barato les saldría caro al final. De eso me iba a asegurar.
- Es una idea fantástica – me dijo Tom en cuanto regresé al diario, sus ojos brillando de manera extraña-. Con eso podrías salir y robarle la varita a alguien, y con todo el mundo pensando que estás encerrado en esa habitación, puedes ocuparte de Umbridge. Te daría la coartada perfecta.
Aquél inusitado entusiasmo me ponía los pelos de punta. Había fantaseado con matar a la vieja, sí, pero ahora que me veía enfrentado a una posibilidad tan material, tan tangible, me sentía inseguro. Había una parte de mí que se sentía seducida por la idea, pero el acto en sí se me hacía excesivo, innecesario. Quería vengarme de ella, sí, quería hacerla sufrir. Pero quitarle la vida me parecía repulsivo, barbárico incluso.
- Asústala un poco, al menos – Tom dijo, al notar mi expresión. Su voz sonó decepcionada, y por dentro suspiré con alivio-. Tortúrala, y hazle creer que fue alguien más. Te podría enseñar a hacer un glamour bastante convincente para que se parezca al Ministro que tanto adora.
Tom notó lo poco que me gustaban sus ideas, y en lo que fue apenas un segundo, se puso delante de mí.
- Harry – me dijo seriamente-. Esta merced artificial que pretendes tener con tus enemigos me está cansando – sus ojos habían vuelto a tomar aquél tinte escarlata que los invadía cuando se enfadaba-. Sé que por algún deber que consideras tener con tus amigos y familiares tienes que adoptar esa actitud de santo sin pecados, especialmente conmigo, pero tú no eres realmente así.
Quise abrir mi boca para interrumpirlo, pero no me dejó.
- Tú lo sabes, yo lo sé – dijo en un tono más fuerte-. ¿Entonces por qué sigues poniendo ese acto? Me estas mintiendo, Harry, y si hay algo que detesto más que a nada es a los mentirosos.
- Lo que pienso y lo que quiero hacer son dos cosas distintas – le dije, consciente a lo que se estaba refiriendo-. Que en algún momento me haya imaginado matándola porque me sentía lo suficientemente furioso como para hacerlo no significa nada, Tom. Hay una línea muy gruesa que separa la fantasía de la realidad.
- ¡Oh, por favor! – exclamó, sus ojos llenos de una compasión parecida a la que sienten los padres por el hijo que hace lo que no sabe que no debe hacer-. Lo pude sentir. Lo puedo ver en tus pensamientos. Has estado jugando con la idea toda la semana. ¿Eso es fantasía? – sacudió la cabeza en un gesto suave, de una cualidad casi felina-. No, eso es determinación. Estás preparado para hacerlo, Harry. Sé que la quieres matar. Lo que no quieres es tener que tratar de justificarlo. Te da miedo pensar que tus excusas no resulten lo suficientemente buenas.
- Habla todo lo que quieras, Tom, no pienso escucharte – escupí, cansado de sus monólogos casi filosóficos.
Ví por el rabillo de mi ojo el instante en el que su aura se agitó levemente. Se mordió los labios apenas, y sus ojos brillaron brevemente con un fulgor que realmente no les era raro. Detrás de mí, una voz conocida me puso los pelos en punta y sentí como mi cuerpo se tensaba, la adrenalina disparándose en mis venas con una impetuosidad sin precedentes.
- Ah, señor Potter, qué grato es verle – la voz dulcificada y el tono paternalista me encendieron los nervios, y sentía como si cada nota fuese una aguja perforando mi piel-. Espero que haya estado disfrutando su estadía aquí.
Me di cuenta entonces que ya no estaba en la sala de estar de la mansión Riddle. A mí alrededor estaba la misma habitación que me había encerrado por una semana, con la misma silla, cama y mesa. Los mensajes en la pared parecían burlarse de mí.
Por un momento hubiese preferido ver a Tom ahí en lugar de aquella mujer.
- Realmente lamento todo este asunto – continuó Umbridge, sin prestarle atención a mi rostro bañado en sudor ni en la forma en la que mis puños se habían cerrado alrededor de las sábanas blancas que cubrían la cama-. Pero es que era necesario para asegurar la estabilidad del ministerio – los nudillos de mis manos estaban blancos, y mis puños temblaban-. No podíamos permitir que Dumbledore siguiera con su campaña de difamación, y mucho menos que siguiera extendiendo su influencia a través de la escuela.
Hice un último intento por mantener la calma.
- Sepa que el ministro está muy agradecido por los servicios prestados, señor Potter, y por eso decidimos ofrecerle la posibilidad de entregarle su custodia al mismísimo ministro Fudge. Verá, con todo lo que hemos hecho para asegurarnos que el ministerio no caiga en manos de un terrorista como Dumbledore, no podemos retractarnos así de la nada para devolverle a James y Lily Potter la custodia. Quedaría muy mal en los medios, como estoy segura que usted comprenderá…
No llegó a terminar la frase que ya me había tirado encima de ella. No me importaba nada. La golpeé con todo lo que tenía, aullando con mi indignación. De mi se había adueñado la furia de aquél que es condenado por un crimen que no cometió. Tomé salvajemente de mi magia, y arranqué parte de la suya en mi descuido, y escuché sus gritos redoblarse. Su voz sonaba desesperada, pues sabía que iba a morir. Sus manos buscaban frenéticamente la varita a su alrededor cuando no estaba tratando de protegerse de un golpe mío, pero de alguna manera sabía que esta se había roto cuando me había tirado encima de ella.
Con mi mano cubierta en su magia y la mía, abrí mis palmas y arrastré mis uñas por su rostro. No llegaba a tocar su piel, pero aún así se iba abriendo en gajos. Vi con perversa fascinación, a través de una espesa niebla de magia y polvo, como su rostro se iba cubriendo de una sustancia negra. En un momento me di cuenta que era su misma piel, ennegrecida por algún fuego invisible.
Sus gritos agonizantes se mezclaban en mis oídos con el chasquido que producía la energía alrededor de mis manos cuando atacaba su cuerpo. A mi nariz llegaba el olor a putrefacción y la esencia de un alma que se estaba apagando, y me sentía horrorizado a la vez que energizado. Cuando quise darme cuenta, ya había dejado de gritar y su pecho (desfigurado y destrozado como estaba) ya no se movía.
Sentí el peso de lo que había hecho caer como una piedra en mi estómago, y me dejé caer hacia atrás, sin quitarle los ojos de encima al cuerpo. Al cadáver.
Un millón de pensamientos se me vinieron a la mente. El que recuerdo que fue particularmente intenso es yo no quería esto. Todos los demás parecían converger en esas simples cuatro palabras. Pero ya había pasado, y había perdido el control, y todavía no me podía explicar por qué si justo acababa de decirle a Tom que yo era más que un animal asesino que se abandonaba a la fantasía porque no distinguía de la realidad.
Y entonces escuché una risa. Una risa fría, aguda, que me puso los pelos de la nuca en punta.
Tom entró por la puerta, luciendo una sonrisa pavorosa. La mirada en sus ojos me heló la sangre. Pasó por encima del cadáver, sin dedicarle una simple mirada, y se paró frente a mí.
- Dime, Harry, ¿te bastó esto para saber de lo que eres capaz?
Temblando, logré levantarme. Frente a mis ojos, la celda se disolvió en la habitación de la mansión Riddle. El cadáver de Umbridge estaba sentado junto a los de la familia de Tom.
- Sácalo de allí – le dije con la voz ahogada, apuntando al cuerpo destrozado-. ¡Sácalo!
Tom me dirigió una mirada divertida, y se sentó en su sillón.
- Se ganó su lugar la pequeña rata – dijo, apoyando su barbilla en una mano-. Además el rosa va bien con el rojo oscuro de la señora Riddle.
- No me compares contigo – mascullé. Ya había perdido el control una vez, y no me quedaba duda de que podía hacerlo de nuevo-. Yo no maté a nadie.
Tom no me contestó. Tan solo se rió, con aquella risa fría y aguda que me parecía extraña en él. Aquello fue suficiente para encender nuevamente una fría furia en mí. Extendí mi mano y busqué su magia. Él se dio cuenta enseguida de lo que iba a hacer, y con un rugido se echó sobre mí.
- ¡Hazlo – me dijo, su rostro apenas centímetros encima del mío-, hazlo y te juro que te sacaré hasta la última gota de vida!
Pensé hacerlo de todas formas por un momento, pero de reojo noté la figura destruida de Umbridge y la furia que me invadía desapareció. Mi mano, todavía extendida hacia el cielo, se relajó apenas, y sentí los labios de Tom descender sobre los míos.
Un beso suyo es furia. Es control, dominación, y el chispazo eléctrico de nuestra magia luchando la una con la otra. No hay nada sexual, nada romántico. Es como él, despojado completamente de todo lo que le da sentido, un acto desnudo reducido a lo básico. A lo primitivo. Tom sabe a la naturaleza salvaje y a la humanidad que no se impone límites.
Logré golpearlo torpemente en un riñón, y juntos rodamos hasta que yo quedé encima.
- No – dije entre dientes, mientras tomaba su rostro con mis manos, clavándole las uñas-. Ni por un momento pienses…
No esperé a terminar la frase, y bajé mi cabeza de un golpe, queriéndole mostrar a qué sabía yo. Sus manos me tomaron las muñecas con fuerza, y sentí sus intentos por volver a dominar aquél beso que no era. Imagino ahora que a falta de resultados se decidió a recurrir a los trucos clásicos, porque no pasó mucho hasta que sentí un líquido caliente en mi boca y el delator sabor metálico de la sangre, y supe que me había mordido.
- ¡Hijo de…!
Me levanté de un golpe, llevándome una mano a la boca. El dolor me distrajo lo suficiente como para no notar los movimientos de su cuerpo, y antes de que pudiera reaccionar, sentí mi espalda golpear contra el mullido relleno del respaldo del sillón de Tom. Su figura se me hacía borrosa, casi etérea en la luz de la hoguera. En un instante, estaba de vuelta frente a mí, su rostro cerca del mío dejándome apreciar la expresión hambrienta que distorsionaba sus facciones.
- Al contrario, Harry –murmuró-, sí que lo pienso, y por más de un momento.
Se acercó, y por un instante pensé que iba a volver a besarme. Pero su rostro bajó apenas, y sentí su lengua húmeda lamer las gotas de sangre que habían caído sobre mi cuello.
Lo próximo que supe es que estaba de vuelta en mi celda, y que las sábanas blancas que sujetaba estaban manchadas de sangre. Llevé una mano a mi boca, y sentí la sangre seca resquebrajarse y hacerse polvo ante mi toque.
Fue extraña la manera en la que todo se resolvió al final. No hacen dos horas desde que uno de los aurores que trabajaba con mi padre en el departamento se apareció en la puerta de mi celda con un traslador y una gran sonrisa y me dijo "Black lo consiguió". Y no han pasado ni siquiera tres desde que me encontrase sentado sobre esa maldita cama de sábanas blancas, manchadas con sangre.
Estoy en Grimmauld Place ahora, ocupando la habitación que le solía pertenecer a Sirius de joven. El lugar ha perdido aquel ambiente oscuro y opresivo que tenía cuando Orión vivía aquí, y por lo que he visto de la casa hasta ahora, me parece que mi padrino la ha remodelado completamente. No me sorprende en lo más mínimo.
Uno de los elfos me recibió en el hall del primer piso, y me dijo que Sirius todavía está en el ministerio, terminando de arreglar los papeles. Tengo muchas ganas de verlo, pero en este momento lo único que quiero hacer es dormirme sabiendo que estoy bien lejos de esa maníaca de voz dulce, y especialmente lejos de aquella celda del horror.
Es extraño saber que todo eso no pasó realmente allí, y que técnicamente llevar conmigo el diario de Tom es llevar conmigo el imaginario cadáver de aquella marioneta con forma de Umbridge, pero todo lo que sucedió me parece la culminación de una semana de encierro forzoso y la locura que eso conlleva. Todo lo que hice, lo que pensé, lo que imaginé es parte de la mística que generó aquél lugar en mí, o al menos eso quiero creer. Ahora que estoy aquí, respirando aire fresco y con el conocimiento de que me puedo mover con libertad, de que puedo salir, no hay nada en mí que sienta algo más fuerte que el deseo de dejar todo atrás, de pensar en todo como un mal sueño. Desde aquél falso asesinato, a mis charlas con Tom, hasta ese beso ficticio. Quiero olvidarlo, si me es posible, y concentrarme en volver con mis padres.
[he estado la última media hora con la voz de Tom en mi cabeza repitiéndome "esto no se termina"]
XX
Receso de invierno. Al parecer, mi reloj internó erró por tres días el tiempo que pasé en aquella celda, y fueron diez días los que permanecí encerrado. Obviamente un número mayor de la semana que yo estimé en un principio. Haría algún comentario acerca del tiempo que se hace infinito cuando uno es un prisionero, pero estoy de muy buen humor como para volver a lo mismo. Lo pude ver a Sirius por la mañana. Al parecer había vuelto del ministerio bien entrada la noche, y al verme durmiendo no me quiso molestar.
No podría explicar la felicidad que me invadió al verlo allí, tan familiar y tan confortante, luego de una eternidad sin contacto humano (Tom es un monstruo, y breves comunicaciones por espejos no cuentan). Lo abracé con toda la fuerza que tenía, hambriento como estaba, y aprovechamos a desayunar mientras nos poníamos al día.
- Tuve algunos problemas al principio – me dijo, entre sorbos de té-, sobre todo porque al parecer Malfoy había peticionado por tu custodia antes, pero en cuanto se enteró que yo me había ofrecido, se echó para atrás.
- ¿Malfoy? – pausé por un momento mi ataque sobre los pastelillos caseros que nos habían traído los elfos.
- Lucius Malfoy, sí – respondió con una sonrisa, y se encogió de hombros-. No me extraña. Fudge será su marioneta a nivel político, pero Malfoy no iba a dejar que los dejase a los Potter sin heredero.
- Orgullo sangre pura y todo eso, me imagino, pero aún así no lo entiendo.
- Es que no pasa por eso, en realidad –se sirvió otra taza-. Tu padre y muchos de sus aliados políticos llevan la ventaja en el ministerio actualmente. Que tú fueses a parar a manos de Malfoy les permitiría hacer ciertos tipos de maniobra a los que no se arriesgarían de otra forma.
- ¿Porque pasaría a ser una especie de rehén, entonces?
Sirius asintió con la cabeza. Sentí mis cejas alzarse, y ladeé la cabeza suavemente.
- Ahora esperan que eso lo hagas tú, ¿verdad?
Me sonrió como a un niño a quien atrapan en el medio de una travesura, y el gesto le sacó años de encima.
- Se supone que eso es lo que debería hacer – puso sus manos detrás de la cabeza, y se apoyó completamente contra el respaldo de su asiento, luciendo para todo el mundo como si fuese el hombre más relajado del planeta. Y probablemente lo era, considerando que en la actualidad parecía ser el que estaba mejor parado-. Pero realmente no esperan mucho de mí, y no los pienso defraudar. No podré comenzar los trámites de transferencia de custodia hasta que no levanten la investigación a tus padres, pero en cuanto solucionemos ese problema volverás a ser un Potter oficialmente.
- ¿Oficialmente?
- Bueno, por ahora legalmente eres Harry Black.
- ¿Harry James Black? – dejé escapar una carcajada, a la que mi padrino se unió-. Me hace sonar como un agente secreto… o un asesino.
- ¡Ey! ¡Que no suena mal! – exclamó, haciendo uno de los pucheros que lo caracterizaban-. Mejor que ser un alfarero…
- Me describe bastante bien, muchas gracias – hice un floritura con la mano, que lo puso a reír de vuelta-. Soy un hombre de oficio, después de todo.
- ¿Hombre?
- En trámite.
Ambos nos reímos, y terminamos nuestro desayuno en silencio. Había algo que me moría por preguntarle, pero temía que la respuesta fuese lo que yo esperaba.
- Sirius, ¿cómo están mis padres?
Giró su rostro para verme, y me dijo con una pequeña sonrisa:
- Felices, ahora que ya no estás más en las manos del ministerio. Quieren verte, pero el ministro ha decretado una orden de arresto domiciliario. No pueden salir de la casa.
Bajé el rostro, frustrado al ver que mis sospechas eran ciertas. Quería que todo este circo terminase ya.
- Harry, ¿puedo preguntarte algo?
- Dime.
- ¿Te hizo algo Umbridge? ¿O alguien que dependiera de ella? – al ver que no entendía, agregó en un tono más relajado:- Quiero decir, si te hicieron algo físicamente.
- No – sabía a lo que se refería. La sangre en las sábanas-. No vino nadie a verme, salvo un elfo que me trajo la comida.
- Kingsley encontró sangre en la cama – me dijo, su expresión seria y controlada. Había algo que me decía que por dentro sentía de todo menos calma y control-. Nadie quiso forzarte a hacer algo que tú no querías, ¿verdad? Puedes decirme, Harry.
Volví a negar, esta vez con la cabeza, muy consciente de que si se miraba a todo al embrollo de cierta forma, había pasado todo lo contrario. Había sido forzado a hacer algo que no quería, pero aquello era muy distinto a lo que Sirius implicaba.
- Me lastimé con la navaja cuando quise usarla como serrucho para cortar una de las patas de la silla – inventé, rápidamente-. Pensé en usarla como palanca para ver si podía abrir la puerta – la mirada desconfiada de Sirius me decía todo lo que necesitaba saber-. ¡En serio! No fue nada. Me curé ayer cuando llegué aquí.
Aún sin convencer, Sirius suspiró y dejó pasar el tema.
- Hablando de eso, ¿estaban todas tus cosas? ¿No faltaba nada?
- Todas las cosas en perfecto orden, excepto por algunos bocetos para el cuento ese que publiqué. Seguramente los habrá usado como prueba de algún crimen horrible que inventó para culparme.
Si bien me molesta la idea de que Umbridge se paseó por mis cosas como dueña por su casa, había pensado tirar los borradores de todas formas en algún momento.
- Ah si, - me dijo, divertido-. Ese cuento tuyo… luego de que le sacaran la custodia a tus padres publicaron varios artículos en El Profeta acerca de los supuestos – hizo la mímica de las comillas con sus manos- "mensajes ocultos" que aparecían allí.
- Realmente creen que me lavaron el cerebro, ¿verdad?
- La gente es increíblemente crédula.
XXI
Apenas he tenido un respiro desde que vine a Grimmauld Place. Sirius va y viene de la misma forma que en el verano, y no tardamos en caer en la misma rutina. Pero ahora soy yo el que no tiene tiempo para nada, pues he estado poniéndome al día con mis clases, y practicando lo que necesito para los exámenes que me van a tomar al regreso del receso.
Y no es que sea alguien a quien el estudio le cuesta, pero peco de perfeccionista. Y siempre me parece que no es suficiente, y que me van a tomar aquello que descuido en el repaso por algún motivo aleatorio. Así que paso más tiempo de lo que es saludable preparándome, aunque esta vez debo decir que no solo es por mi preocupación de mis asuntos académicos. Esto tambien me está sirviendo para distanciarme, y poner una especie de barra imaginaria que divide aquellos diez días con estas pequeñas vacaciones.
Hoy me despejé un poco, pues es Navidad, y el festejo del solsticio de invierno. Sirius, viniendo de una familia tradicionalista, siente una especie de obligación de festejar el solsticio, por lo que hemos estado haciendo los preparativos para ambos. Recuerdo haber participado de un festival en esta época del año organizado por magos de origen celta cuando era muy niño, pero aquél fue el único contacto que he tenido hasta la fecha con la religión pagana. Venir de una familia predominantemente atea no le añade mucha emoción a las fiestas de fin de año, aunque mis padres celebran la Navidad solo por mí.
Se me hace difícil pensar que no los voy a ver este año. Antes de que empezara Hogwarts, solíamos hacer una gran cena, e invitábamos a mis abuelos tanto maternos como paternos, y a todos los familiares lejanos que formaran parte del árbol de los Potter (tengo también una tía por parte de mi madre, pero es una muggle resentida que la odia). Con el pasar del tiempo Sophie eligió pasar las fiestas con su padre, y mis abuelos fueron muriendo, y por una razón u otra fuimos perdiendo el contacto con el resto de la familia. Y hoy, como la cumbre de aquella tradición que va desgastándose, vamos a festejarla separados.
Me entristece, y en este momento no hay nada más que desee que estar junto a ellos, pero sé que al menos estoy fuera de ese antro, y acompañado por Sirius. Y estoy consciente que él está entusiasmado y ansioso por esta fecha, y no quiero arruinarle nada. Ha estado un poco nervioso toda la tarde, lo cual también me preocupa un poco. Pero me parece que en el festejo tradicional hacen una ofrenda a medianoche, y debe ser eso (y que es la primera vez que lo hace como jefe de familia) lo que lo debe tener tan estresado.
XXII
(N.A. Este fragmento fue escrito con una letra distinta, y por el estilo del trazo y de la narrativa, es de asumir que fue escrito con una pluma a vuelapluma.)
Merlín, qué lío… ¿por donde empiezo? No sé si mandarlo a la mierda por Black o por no decirme nada. Y lo peor de todo es que no entiendo bien qué quiso hacer con todo esto. Tendría que haber escuchado a Malfoy cuando habló en el funeral… al final tenía razón. ¡Ah, qué frío! En fin. Concéntrate, Potter. Trajiste tus cosas aquí para poder despejarte un poco. Vamos a anotar lo que pasó. A ordenar las ideas.
Bien.
Sirius me dio a probar lo que me pareció en su momento vodka con limón, pero que resultó ser alguna poción rara que me dejó inconsciente cuatro horas seguidas. Cuando me despierto, ¡oh sorpresa! Me sentía como en una de esas películas muggles en blanco y negro, en la que la protagonista es secuestrada y termina atada en medio de un círculo raro con runas escritas en sangre sobre su cuerpo… En fin, me despierto y me encuentro en el medio de un círculo, y a mi padrino arrodillado en el suelo, a dos metros. Las runas y los símbolos que había puesto alrededor de mí me dieron la pauta al instante de lo que estaba haciendo, o lo que hizo. Me parece que pudo completar el ritual, porque las lineas de poder ya estaban quemadas y había un olor raro en el aire… si, definitivamente completo. Me paré al instante, sabiendo que había llevado a cabo un ritual de adopción de sangre. No me acuerdo bien qué le dije, pero le grité la vida. No podía pensar… no sabía qué pensar. Todavía no puedo digerir la cuestión. Y me fui, agarré lo primero que ví y me las tomé, corrí hasta donde me llevaran los pies. Me tomé el autobús noctámbulo para estar doblemente seguro que estaba lejos de él, y así acabé aquí, en un callejón enfrente de una librería de libros usados en Diagon Alley. Creo que allí fue donde compré el diario de Tom.
No sé qué me enferma más de todo esto… me enferma que no me haya dicho nada, que lo hizo todo a mis espaldas, me enferma que el tipo va nomás y hace esto justo cuando recién salgo de estar encerrado contra mi voluntad diez días por una idiota. Y no soy idiota, sé lo que este tipo de ritual implica, y si bien a mi padrino lo quiero muchísimo, no pienso hacerme cargo de la familia Black cuando él ya no esté. No quiero saber nada con ellos, porque no soy de esa familia. Punto. Ya tengo la mía propia por la que preocuparme.
Me podría haber dicho, por lo menos. Si me hubiera explicado la situación, no digo que hubiera dicho que sí al voleo, pero al menos me lo hubiera puesto a pensar. Porque después va y me pregunta si Umbridge me hizo algo y resulta que él también me mete en cosas de las que no quiero saber nada.
No sé, la verdad es que no quiero pensar muc
(N.A. Allí termina el fragmento. En la siguiente página se retoma la escritura con la letra de Harry).
Tendría que haberlo visto venir. Mi padrino había estado actuando extraño toda la semana, pero había estado demasiado ocupado con mis estudios para darme cuenta. Sé que, en resumen, la noche anterior mi padrino me dejo inconsciente con una poción, y que realizó el ritual de adopción de sangre. Esto significa que legalmente (por derecho de sangre) soy un Black tanto como un Potter, y dada la posición de mi padrino, el heredero no oficial de la familia.
Mi magia ha cambiado, pero el cambio es sutil. Mi varita no me reconoció al principio cuando la tomé apresurado, antes de huir de Grimmauld Place. Pero ya se ha acostumbrado (por suerte). También el aire a mi alrededor huele distinto. No sabía decir a qué exactamente, pues no creo que nadie pueda oler su propio olor y reconocerlo, de tan acostumbrados que estamos a él, pero sé que ha habido un cambio. También lo puedo ver. El color va cambiando, pero ahora es un poco más oscuro. Me siento como un extraño en mi propia piel.
En medio de la confusión de los efectos secundarios del ritual (soy apenas unos centímetros más alto, y mis ojos de un verde más claro) y de lo traicionado que me sentía, le grité algo a Sirius y me escapé de su casa. Me tomé el Autobús Noctámbulo para llegar a Diagon Alley. No sé por qué de todos los lugares pensé en ese, pero necesitaba llegar a algún lugar lejos de mi padrino para despejarme. No me importaba ni el frío ni que las calles estuvieran desiertas, así que me paseé sin cuidados por el vacío paseo de compras, hasta acercarme a un callejón al que solía frecuentar hace unos años. En ese lugar solía aparecerse mi madre cuando me llevaba de compras cuando era niño. Necesitaba algo que me recordara a mis padres.
También, de frente a él, podía ver la tienda en la que había adquirido el diario de Voldemort, pero no iba a dejar que eso me arruinara mi memoria feliz. Llevé una pluma a vuela pluma y el cuaderno para poder sacarme del pecho lo que necesitaba (todavía no me considero lo suficientemente loco como para hablar solo), pero a mitad de mi monólogo sentí unos ruidos a unas calles de distancias, y un cambio en el aire que me hizo acordar a Tom.
Dudé un momento acerca de si era prudente salir al encuentro de lo que fuese que se estuviera acercando, pero algo me impulso a levantarme y buscar el origen de las pisadas. Recuerdo que una brisa me encontró al salir del callejón, y con ella vino el olor ligeramente putrefacto que se me hacía tan familiar. Había algo mustio en aquella esencia, algo que hablaba de años de intrigas y de planes abandonados. Algo picante, poderoso… antiguo y neófito a la vez. Cerré los ojos un momento para ver si me podía concentrar en aquella familiaridad, pero los tuve que abrir enseguida al sentir que las pisadas se detenían junto a mí.
Frente a mí había un hombre alto, mucho más alto que yo. Al poner mis ojos sobre él no pude comprender por qué no lo había visto antes, pero algo me decía que se había ocultado a propósito. Al pararse frente a mí, se había mostrado como quien realmente era, y su presencia se me hacia difícil de aguantar. Era un ataque a cada uno de mis sentidos, y la atmósfera cargada de su magia, viscosa y pesada como ninguna otra, me hizo tirarme hacia atrás.
- Voldemort – dije, en un susurro.
El hombre sonrió, y la magia a su alrededor se movió suavemente. Era tan oscura que parecía absorber la luz de las lámparas a su alrededor, y tan opresiva, que sentía un leve dolor en el pecho de solo estar frente a él. Tuve que cerrar los ojos un instante para tratar de calmarme. Mi corazón latía a cien por hora.
Volví a abrir apenas los ojos, y noté que su expresión se había tornado pensante. Extendió una mano hacia mí, y sentí que su magia expandirse. Caí sobre mis rodillas. Tom era una cosa, pero este hombre, con todos sus años y su poder, era otra. Me daba miedo pensar en lo que podía hacer con todo aquello, con esa monstruosidad oscura que ahora tapaba todo el callejón y comenzaba a rodearme.
- ¡Para! – grité, ya jadeando. Jamás había sentido algo así. Por un momento tuve la idea suicida de intentar tocarla, a ver si podía detener su avance.
- Black intentó ocultarlo, - dijo, casi para sí mismo-, por lo que logré sacar una breve impresión. Pero esto… -sentí que se agachaba junto a mí, y dejé escapar un pequeño quejido ante la intensidad de su aura-, esto es más de lo que hubiera imaginado. Un sensor…
Sentí que volvía a levantarse, y con él desapareció todo. La presión que sentía sobre mi pecho, el olor a muerte que atacaba mis sentidos, el zumbido del fino vapor que se movía a mí alrededor… tomé una bocanada de aire, aliviado, y logré ponerme de pie. Las piernas me temblaban.
- ¿Sirius…? – no pude evitar toser un poco-. Sirius ya ha hablado contigo.
Al verlo, sin la molestia de su magia a su alrededor, noté inmediatamente sus legendarios ojos rojos. Me recordaban la mirada escarlata que a veces invadía el rostro de Tom, pero en ellos había un fulgor y una experiencia que no se encontraban en los de su contraparte más joven.
- En efecto – me dijo, su rostro provisto de una rigidez a la que no estaba del todo acostumbrado-, Black aceptó unirse a mi grupo de seguidores. Sospecho que será el primero de muchos en las generaciones más jóvenes… al menos en este país.
Me dirigió una mirada que resultó muy familiar, y supe en aquél instante que por todas las diferencias que ambos tenían, aquél seguía siendo una versión más adulta, y más peligrosa, de Tom. Aquello me daba pie para no acobardarme, y esquivar los errores estúpidos que hubiera hecho de otra forma.
- Tengo algo tuyo – le dije, determinado a ir directo al grano. Mientras menos hablara y más le dijera, menos oportunidades como para que el desgraciado intentase meterme en su círculo de seguidores-. Un libro forrado en cuero con las iniciales T. M. Riddle escritas en la tapa.
Inclinó la cabeza, y arqueó levemente una ceja.
- Ah, - dijo, cruzándose de brazos-, eso es algo que Black no sabía.
Me sentía tentado de decirle que probablemente lo había escondido muy bien, pero sabía que había usado la Legilimancia en mi padrino, y que aquello sería un insulto a sus habilidades.
- ¿Y qué te hace pensar que es mío?
Busqué en mi cabeza las palabras adecuadas lo más rápido posible, y me apoyé en una de las paredes del callejón, sin sacarle los ojos de encima.
- Hice algunas averiguaciones por aquí y allá. Lo terminé deduciendo de registros del ministerio de la familia Gaunt, algunos rumores que los retratos de mis ancestros me contaron, y por supuesto, lo que el diario me decía – noté un cambio minúsculo en su expresión, y me pregunté si la había cagado-. Me pareció muy curioso cuando me empezó a escribir.
- Lo que es más curioso – dijo, casi silbando-, es que te haya dejado con vida.
Podría darle mil explicaciones a eso, pero no lo creía prudente. Voldemort necesitaba saber lo mínimo indispensable, y luego recibiría el dichoso diario, y yo podría seguir con mi vida. Y al demonio con lo que Tom dijera. Esto no se termina. ¡Ja! Ya veremos.
- Entrégale el libro a tu padrino. Él me lo dará a mí – me dijo, dándose vuelta para irse.
- ¿Qué hay de los encantamientos que hay en él? – le pregunté rápidamente-. No puedo darle el libro a otra persona.
Me miró por un instante, su perfil en sombras recortado contra la calle bañada en luz de luna. Se dio media vuelta para mirarme de frente, y sonrió apenas.
- Por supuesto – dijo, caminando hacia mí. Sentí el impulso de dar un paso hacia atrás-. Tú los puedes ver.
Se detuvo a dos pasos de mí, y extendió su mano. Sentí sus dedos posarse en mi sien por un instante, y sentí como si un cubito de hielo se deslizara por mi espalda. Abrí mis ojos, sin darme cuenta que los había cerrado, y noté que se había ido.
- Pero se lo podría haber entregado en persona…- dije, queriéndome agarrar de los pelos. A veces me da la sensación de que la vida me quiere complicar las cosas a propósito.
Complicaciones o no, no tardé en volver nuevamente a Grimmauld Place. No tenía ganas de hablar con mi padrino todavía, pero me interesaba tomar el diario, decirle un rápido adiós a Tom y ponérselo en las manos a Sirius para que pudiese continuar con mi vida nuevamente. A todo esto, ya habían pasado las dos de la madrugada, y nuevamente me había perdido las festividades (aunque es cierto que en relación con lo demás esto es más un capricho que algo por lo que quejarse, realmente había querido pasar una Navidad tranquila). Con mi suerte, y como se perfila la cosa, para año nuevo voy a estar atrapado en un búnker luchando contra una masa de Inferi sin control en el Apocalipsis.
Por suerte al menos, todavía Sirius no se ha aparecido por mi habitación. No sabría qué decirle. Ni siquiera puedo esquivar la conversación con la excusa del diario. Me he pasado la última hora y media revolviendo mis cosas, pero no lo encuentro. Me preocuparía un poco más si no fuera por que estoy bastante seguro que lo dejé en aquella maldita celda, escondido detrás del espejo en el baño (sin embargo la perspectiva de bajar allí y ponerme a buscar el lugar exacto donde me encerraron se me hace muy poco apetecible; no puedo evitar ver el rostro deformado de Umbridge sobre la piedra gastada de la celda, y es más que suficiente para darme arcadas).
Sé que al final tendré que hacerlo de todas formas, a menos que se me ocurra alguna alternativa, pero no quiero pensar en eso ahora. No quiero pensar en Umbridge, ni en Voldemort, ni en Tom, ni en Sirius. Me frustra no tener el diario entre mis manos, pero no tengo las ganas de ponerme a pensar y a especular con un posible futuro sin Tom.
Quiero dormir.
