A veces me pregunto cuándo fue que mi padrino comenzó a tomar decisiones tan inteligentes. Y no lo digo por lo del ritual (que, aunque entiendo los motivos sigo sin poder digerirme el engaño), si no por todo lo que ha hecho hasta ahora en general. Me sorprende que sepa exactamente cuándo darme mi espacio, y qué decirme para que no piense lo que no es. Me recuerda a mi madre, en cierto sentido, pero siempre pensé que aquella inteligencia emocional era algo más propio de las mujeres.
Lo que más quería evitar a la mañana era hablarle. Intenté pedirle a los elfos que me trajeran el desayuno a mi habitación, pero él ya se me había adelantado, y se los había prohíbido. Por un momento pensé en esperar hasta media mañana para desayunar, o directamente saltearme la comida, pero sabía que de todas maneras tarde o temprano íbamos a tener que hablar. Sin mencionar lo idiota que era hacer esas cosas de mujeres.
Me vestí lo más lento que pude, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresarle lo decepcionado y traicionado que me sentía. En mi mente no existía justificación alguna que me hiciese sentir menos agraviado, por lo que bajé al comedor con la idea fija que sin importarme lo que me dijera, algo entre él y yo había cambiado.
- Buenos días – dije, sin mirarlo a los ojos. En retrospectiva, creo que estaba un poco asustado de lo que pudiera decirme. Porque por un lado podría tener una muy buena razón, y por otro, podría resultar al final que sus motivos eran para preocuparme. No sé de dónde me nacía tanta paranoia, pero nunca pude dejar de sentir cierta desconfianza hacia mi padrino. Quizás era el saber que estaba involucrado con algo tan radicalmente opuesto a lo que mis padres me habían enseñado de niño, o que en cierta forma, subconscientemente había reaccionado al parricidio que había cometido. Creo que objetivamente, en cierta forma, no es difícil tachar a mi padrino como un hombre de poca confianza, si consideramos la forma en la que ha llevado su vida en los últimos años. No que esté juzgando sus acciones (sé que debo ser una de las personas que mejor lo conoce), pero es imposible negar los hechos.
Y hoy el hecho era que Sirius me había drogado y había hecho un ritual sin pedirme mi consentimiento primero.
Creo que me respondió el saludo, aunque a diferencia de mí, se pasó todo el rato mirándome fijamente. Comí en silencio, esperando a que él diera la primera palabra. A la media hora dejé mi taza de café a un lado, y pensé en levantarme e irme.
- Podrías haberme preguntado primero – las palabras me brotaron solas. Mi mirada seguía fija en mis manos-. ¿No te pusiste a pensar que lo que hiciste fue un insulto a mi sangre, a mi familia?
- Si – me respondió, gravemente-. Pero lo hice para protegerte.
- Menuda protección que me das, ¡me estas poniendo en el ojo de la tormenta! – lo miré a los ojos-. ¿Qué crees que va a pasar ahora, Sirius? ¿Qué mágicamente el Innombrable me va a dejar en paz, que va a dejar a mi familia en paz? – me levanté de un golpe, y sentí que entraba en la histeria-. ¡En bandeja de plata se lo das! ¡Un sensor con dos plazas en el Wizengamot y más fortuna de la que le interesa tener! ¡Fantástico!
Apoyé una mano sobre la silla. Me temblaban los dedos.
- No quiero esto, Sirius – dije, sintiendo toda la impotencia y la bronca de los últimos dos años.
- ¿Y te piensas que yo sí? – me dijo, su propia frustración saliendo al aire. Lo miré con los labios fruncidos, sintiendo por el momento que ambos éramos dos personas que se habían perdido en la corriente. No podíamos hacer más que dejarnos llevar, y esperar que todo saliera para bien-. Dime, Harry, ¿piensas realmente que a mi me interesaba hacerte lo mismo que mi padre hizo conmigo?
Bajé la mirada y negué con la cabeza.
- No tenía otra opción, ¿entiendes? Aún sin todo esto sigues siendo la carnada perfecta, Harry. En su mente, eres el hijo de uno de los aurores más populares del Ministerio, y lo único que tiene para asegurarse de que yo no lo traicione – su voz se quebró a lo último. Sirius no es un hombre de arrepentirse de sus decisiones, pero es consciente de que ellas me ponen en peligro, y aquello es suficiente para hacerle sentir como un hombre débil a veces-. Te podría secuestrar en cualquier momento, y Merlín sabe lo poco que le importa lo que te pase a ti… podría despedazarte y arreglarte un millón de veces, y le daría lo mismo.
Sirius se siente culpable, hasta cierto punto. Sabe que parte del peligro que corro ahora es por él. Me gustaría poder contarle de Tom y del celestial embrollo en el que estoy metido, y sacarle la culpa, pues de todo lo que me puede pasar, dudo que mucho sea por sus elecciones. Sin embargo, parte de mí es cruel, y no me deja. La parte compasiva lo piensa, y no puedo sacarme de la cabeza que de contarle acerca de la verdadera naturaleza del diario, quien estaría en metiendo en problemas al otro sería yo. Sirius no necesita saber exactamente que el diario de Tom es parte de lo que sea que haya hecho Voldemort para asegurarse la inmortalidad (y sobre esto tengo mis teorías, pero una es más disparatada que la otra). Prefiero que viva con culpa antes de convertirlo en un blanco caminante, de eso estoy seguro.
- Así no te va a poder hacer nada – siguió-. Ahora hay sangre Black en ti, Harry. No se arriesgaría por nada del mundo a ponerla en peligro.
No soy cabezadura. Tenía una idea de porqué haría el ritual. Entiendo sus razones. Pero eso en sí no me había molestado tanto. Fue el engaño lo que me hizo escaparme.
- ¿Y qué hay de mi confianza, a todo esto? – le dije, y sus ojos azules se fijaron en los míos-. ¿Por qué tuviste que esperar hasta ahora para que tuviéramos esta conversación?
- Necesitaba hacerlo en el solsticio o no iba a funcionar y…- bajó la mirada-, y no sabía si ibas a acceder. Entiéndelo, Harry, que esto era algo que tenía que hacer sí o sí, y que…
Levanté una palma, y se detuvo.
- Tengo quince años, Sirius – mascullé-. No soy idiota. Puedo tomar mis decisiones, y espero que la gente las respete. Más allá del sí o del no, me parece que me merezco poder tener una opinión cuando alguien me cambia mi sangre.
Quise decir mucho más, pero en el momento se me acabaron las palabras. Me hubiera gustado que entendiese que despertar y saberse una persona distinta no era algo grato, ni fácil, y que básicamente me habían violentado mi nombre. Que ahora iba a tener que vivir con el peso del Potter-Black en cualquier pergamino oficial, que contra mi voluntad ahora tenía que responder ante y por un montón de extraños que jamás me había interesado conocer, que era un forastero en una tierra desconocida. No es tanto el cambio, si no el hecho de que me tengo que hacer cargo de él cuando jamás lo quise.
Sirius abrió la boca para decir algo más, pero me apresuré a interrumpirlo.
- Ya está. No hay nada que puedas hacer para remediarlo – volví a sentarme-. Sólo… hay cosas más importantes ahora.
Su rostro me dejó saber que para él la conversación estaba lejos de terminarse, pero no sentía más ganas de seguir en el tema. Había gritado lo que tenía que gritar, y quería contarle de mi encuentro con Voldemort.
- Mira, lo seguimos más tarde – añadí. Asintió, su ceja fruncida dándome a entender que la próxima charla nos llevaría mucho más tiempo.
- Ayer, cuando me escapé, fui a Diagon Alley –dije-. Me lo encontré al Innombrable allí.
- ¡¿Qué? – exclamó Sirius, alarmado. Inmediatamente se puso de pie, y se acercó a mí. Casi inconscientemente di un pequeño salto cuando apoyo su mano en mi hombro, y con un gesto nervioso me la saqué de encima. Quería dejar en claro que todavía seguía (y sigo) molesto.
- ¿Te hizo algo? – me preguntó, ignorando el gesto y manteniéndose a cierta distancia de mí. Sus ojos buscaban en mí algún signo de lucha o de tortura, y cuando no lo encontraron supe que querría saber si el signo sería mental.
- No – le dije, luego de una pausa-. Sólo hablamos.
No pude evitar dirigir mi mirada a mis manos, consciente de la fea verdad de que entre ambas figuras, podía decir que una me había lastimado en cierta forma, y no era la que todos esperarían. Creo que Sirius se dio cuenta de esto también.
- Merlín, Harry – suspiró, llevándose una mano al pelo-. ¿Y qué te dijo? – su tono se había vuelto ansioso, y sabía por qué.
- Sé que eres un Caballero ahora – dije cortantemente, mirándolo a los ojos-. Y que él sabe que soy un Sensor. Lo vio en tu mente.
Sirius se llevó una mano a la frente, y se echó unos pasos hacia atrás. Me imagino que no quería que lo supiera hasta pasado cierto tiempo. Especialmente si teníamos en cuenta el factor del ritual.
- No quería decírtelo porque quería primero terminar con el ritual – dijo, enrollándose la manga del brazo izquierdo de su camisa-, pero supongo que ahora es mejor que nunca.
Y me mostró la imagen grabada en su antebrazo, con la forma de una serpiente escurriéndose por la boca de una calavera. Con cierta frecuencia se movería, o agitaría su lengua bífida al aire, como si intentara olerme. Miré a mi padrino, sin entender qué era aquél extraño y nuevo tatuaje que adornaba su piel.
- Los Caballeros de Walpurgis ya no existen – su voz sonaba algo ronca, y me dio la impresión que eran el orgullo y la ansiedad por aquella revolución que quería lograr lo que afectaban sus palabras-. Esta es la Marca Tenebrosa, la que comparten todos los Mortífagos.
- ¿Así los ha llamado ahora? – pregunté, sin esperar realmente una respuesta. Sirius asintió-. ¿Y para qué los marca?
- Estoy seguro que es una forma de controlarnos – hizo una pequeña mueca de disgusto-. Para que no lo traicionemos, como lo hicieron los Caballeros.
Dejé escapar un pequeño chasquido al acercarme al horrendo tatuaje, prestándole mayor atención. De cerca, podía ver la magia que emanaba. Unos finos hilos que flotaban y se movían al ritmo del pulso de Sirius, casi danzando al mismo ritmo que la magia de mi padrino. Era apenas perceptible, pero tenían aquél peculiar aroma que había invadido mis sentidos la noche anterior.
- Es algo bastante avanzado – dije-. Parece como si se hubiera unido a tu magia.
Pasé mis dedos suavemente por la superficie, y sentí el susurro de los encantamientos que rodeaban a la marca. Cerré mis ojos por un instante, y escuché cada palabra que me decían, apenas audible. Jamás había hecho eso antes.
- ¿Harry? – la voz de mi padrino me sacó de mi estupor, y retiré mi mano lentamente. Sonreí nerviosamente, algo avergonzado de haberme perdido en las sensaciones, y volví a poner mi cabeza en el presente.
- También le conté acerca del diario – seguí, haciendo como si nada-. Me sacó de encima los hechizos que había puesto para protegerlo. Dice que te lo deje a ti para que se lo des.
Sus ojos comenzaron a brillar con entusiasmo, y tuve que devolverle una gran sonrisa. Ambos estábamos igual de felices de que finalmente nos estábamos sacando aquél artefacto de encima. Tenía que darle la mala noticia, sin embargo, así que aproveché antes de que pudiera decir nada.
- El problema es que creo que me lo dejé en la celda esa en la que estuve – mi voz tambaleó un poco al pensar en volver a aquella habitación para tomar el diario-. No, no creo. Estoy bastante seguro.
La sonrisa de mi padrino se desplomó.
- ¿Estás seguro que está allí verdad? – ninguno de los dos quería pensar en las consecuencias si no llegase a estar.
- Sí. Lo dejé en el baño, escondido detrás del espejo. Por si entraba alguien y lo veía. No quería que me lo confiscaran.
Sirius se llevó una mano al pelo, y se congeló por un minuto. Cuando había comenzado a preocuparme, la sonrisa nuevamente se asomó a su rostro, y sus ojos volvieron a brillar, entusiasmados.
- ¡Tengo una idea! – exclamó-. ¡Kreacher!
El pequeño elfo que hizo las veces de mi orador en el verano apareció al instante con un pequeño ¡pop! Noté que sus ropas seguían igual de sucias que siempre.
- ¿Qué ordena el amo Sirius? – preguntó, arrodillándose frente a mi padrino, ante mi sorpresa. Kreacher jamás le había tenido ni el más mínimo respeto a Sirius. Supongo que incluso la rencorosa criatura tenía que obedecer el protocolo cuando se trataba del jefe de la familia. Eso, o quizás Sirius se había ganado su respeto cuando siguió con la tradición de las familias de sangre pura y comitió parricidio. No me sorprendería. Aquél elfo es algo perturbador cuando quiere.
- Kreacher, quiero que vayas a Hogwarts, y busques una habitación en las mazmorras. Está unida a un baño, en el cual encontrarás un espejo. Detrás de él hay guardado un diario. Traeme el diario de vuelta.
- El diario está cubierto en un aura oscura – agregué rápidamente. Sabía que los elfos eran más sensibles a los cambios en el espectro mágico que el mago promedio. Aquello le serviría para ubicarlo de inmediato.
Kreacher me dirigió una mirada fría, y desapareció. Sirius y yo nos miramos por un momento, y esperamos en silencio a que el elfo volviera. No nos hizo esperar mucho.
Al ver sus manos vacías, se me cayó el alma a los pies, y se me heló la sangre. Por un instante le recé a todas las deidades que conocía que fueran piadosas conmigo. La expresión de mi padrino me decía que él estaba haciendo lo mismo.
- Kreacher lo lamenta, amo Sirius – dijo el elfo-. Kreacher encontró el diario, pero no se lo pudo llevar. El castillo no lo deja a Kreacher llevarse nada que no se haya traído con él.
- Protecciones anti robo – dijo mi padrino, con un suspiro de alivio. Yo mismo sentía las rodillas como si fueran de gelatina, y tuve que sentarme en una de las sillas para no caerme.
- Que lo lleve a mi habitación, entonces.
Sirius asintió.
- Kreacher, lleva el diario a la habitación de Harry en la torre Gryffindor.
- Déjalo debajo de la almohada.
Kreacher se fue sin mirarme, esta vez. Todavía sentía aquél susto que la vista del elfo sin el diario me había causado, y a esto le tenía que sumar el nuevo alivio que sentía por no tener que buscar la habitación.
- Kreacher dejó el diario donde se lo indicaron el amo Harry y el amo Sirius – dijo el elfo al aparecerse de nuevo.
Sirius lo despidió con un gesto de la mano. No pude evitar arquear una ceja.
- ¿Amo Harry? – pregunté.
- Ahora eres parte de la familia Black – noté la evidente cara de poker de mi padrino, y supe que esto era parte de aquella charla que supuestamente íbamos a tener más tarde-. Todo lo que es nuestro también es tuyo. Eso significa que los elfos te van a servir como a cualquier otro Black.
Asentí. No quería pensar realmente en el asunto. La atmósfera se había puesto tensa nuevamente, y me retiré a mi habitación, con la excusa de que todavía me faltaba repasar para mis exámenes (como se pueden imaginar, en verdad quería escribir todo esto para poder sacármelo del pecho).
Anexo
(De una conversación con Sirius Orion Black)
[Acerca del Innombrable y su reacción al conocer que Sirius sabía del diario en manos de Harry – aparentemente Sirius nunca le dijo, hasta que Él se enteró.]
"Lo había visto enojado, sacado, muchas veces. Pero creo que jamás te acostumbras a su ira cuando está dirigida hacia ti. Pero te da tiempo, algo de tiempo para decirle por qué demonios no debería ponerte a ver las margaritas desde abajo. Y le dije, 'esto lo hice por mi ahijado'. Que quería protegerlo, que ese había sido el precio de mi lealtad. Y creo que en parte eso lo convenció, pero lo que realmente debe haber visto fue una oportunidad. Porque incluso en ese momento Harry tenía fama de ser algo interesante. Y estaba en una posición única. Sabía que en la mente retorcida de ese demonio habría una razón para dejarlo con vida.
Y tenía razón, pero lo que no me esperaba era qué razones terminó usando para atraer a Harry a su lado."
XXIII
Lo único en lo que he podido pensar desde que me levanté esta mañana es en Tom, Voldemort y lo que será de mi vida sin el diario. No es que sienta que esta sea una situación digna de una fiesta de nostalgia; muy por el contrario. Estoy ansioso por terminar esto. Aún así no puedo sacarme de encima el extraño sentimiento que provoca (al menos creo yo) el conocimiento de que algo que se te ha hecho tan familiar durante tanto tiempo va a desaparecer de tu vida.
Siempre se dice que lo familiar es confortante, pero Tom está lejos de ser así. Y aún así es una constante importante, fue una constante importante, y el romántico estúpido en mí no deja de pensar en que nuestra pequeña asociación, por más intrascendente que llegase a ser, hemos pasado por ciertas situaciones que me hacen extrañarlo. Aunque, a decir verdad, "extrañar" es quizás una palabra muy fuerte para lo que siento.
En términos simples, sabía que Tom pronto se iría y no sabía si festejar o suspirar.
Al principio pensé en mandarlo sin más, pero por simple curiosidad decidí que sería interesante ver las reacciones de Tom a nuestro último encuentro. Con su extravagancia (algo que gente menos bondadosa llamaría "gusto por lo dramático") estaba seguro que inventaría algún monólogo con el solo propósito de que caiga sobre mis rodillas rogando unirme a sus filas. Lo divertido de la cuestión, a mi opinión, sería que no pasaría de tal forma.
Así que traté de apresurarme para llegar a mi dormitorio y tomar el diario que Kreacher me había dejado. En cuanto lo tuve en las manos, comencé a darme cuenta de lo que realmente estaba pasando, de todo lo que estaba cambiando, y prohibido, producto de las fuertes divagaciones que sufre el artista, a mi mente vino la imagen de Tom en un vestido victoriano limpiándose las lágrimas mientras yo, el caballero inglés, lo despedía del puerto con un pequeño gesto de la mano.
La idea de Tom en un vestido fue suficiente para hacerme caer al suelo de risa; consciente de que al mismo tiempo el mundo cambiaba y se distorsionaba a mi alrededor, y que eso significaba que Tom me estaba llevando a su planeta.
- Debería drenar hasta la última gota de tu magia de lo imbécil que eres – djo entre dientes, su postura alerta y tensa sobre su afamado sillón-. Me dejaste en aquella húmeda y asquerosa habitación…
- Sí, sí – le interrumpí, entre risas, lo cual sólo sirvió para molestarle más. Entrecerró los ojos, y noté que brillaban de un tono escarlata. Tom estaba extremadamente furioso en aquél momento. Me permití una vaga sonrisa.
- Noticias de las diez; finalmente hablé con Voldemort la semana pasada.
Aquello le interesó enormemente, pues su rostro perdió toda expresión y sus ojos volvieron a su tono normal. Su mirada buscaba la mía con intensidad, y no pude evitar pensar en lo mucho que se parecía a un niño en ese estado.
- Habla – dijo, como si pudiera comandarme.
- Fue en Diagon Alley, a donde me escapé luego de que Sirius hiciera el ritual de adopción por sangre sin pedirme permiso – comencé, consciente de que mis palabras le intrigaban más que le informaban-. Quizo hacer una movida medio bizarra para protegerme de él, sobre todo ahora que oficialmente es un Mortífago. Un seguidor suyo, quiero decir. Parece que les ha querido cambiar el nombre porque 'Caballero de Walpurgis' le hubiera traído mala suerte –me sonreí-. En fin, pudo sacar de la mente de Sirius que era un sensor, y arreglé todo para poder pasárselo a Sirius para que él se lo de.
No pude evitar la emoción que me embargó en ese momento, y esbocé una gran sonrisa. El poder hablar de aquello con esa finalidad me resultaba refrescante, y a la vez le daba un carácter un tanto particular a todo aquello. Era como si al decirlo en voz alta lo hiciese más real; mis palabras me hacían concentrarme en el aquí, en el momento. Tom se estaba por ir de mi vida.
- Mírame, Harry – este me dijo, y supe al instante que querría ver la memoria de mi encuentro con Voldemort. Sabiendo que era mejor darle el caramelo al niño caprichoso, llevé el recuerdo al frente de mis pensamientos y dejé que hurgara a su conveniencia la parte más externa de mi consciencia. A veces Tom, con sus eternos dieciséis, parecía tener el alma de un anciano, pero en muchos aspectos era increíblemente caprichoso, indomable como un pequeño mocoso. Era algo desconcertante que no dejaba de ser tierno (de alguna manera algo retorcida), pero formaba parte de aquellas pequeñas cosas que sabía que me agradaban de él.
- Como lo esperaba – murmuró, rozando suavemente una mano contra sus labios, en actitud pensante. Noté que ya no estaba más delante de mí, y luché por deshacerme de aquella momentánea desorientación que la Legilimencia me causaba.
Tom se había sentado sobre la pequeña mesa ratona que marcaba el centro de la habitación, su espalda erguida y de cara al fuego, de manera que sus facciones relucían suavemente a la luz de las llamas. Tenía una expresión extraña en aquél momento; más no podría asegurar exactamente qué veía en ese rostro ya que de alguna manera, ya fuera por el efecto de las llamas o de mi propia sensibilidad, su expresión parecía mutar constantemente. Era como si unas sombras se cernieran por debajo de su piel, deslizándose y retorciéndose entre el mar de músculos para morir ante mi mirada absorta.
Lentamente, la mirada en sus ojos se relajó, y adoptó un aire vagamente despreocupado, acentuado por una sonrisa perezosa que danzaba en sus labios de manera casi ausente.
- Dime Harry, ¿qué harás cuando le mandes este diario a tu padrino?
Su voz me sobresaltó, y no pude evitar ruborizarme de la vergüenza al verme sorprendido en aquella intensa contemplación. Sabía que él había notado mi mirada, y lo disfrutaba. A Tom le encantaba que le prestasen atención.
- Probablemente bajar a las cocinas y verificar si es cierto que puedo emborracharme si tomo suficiente manteca de raíz.
- ¿Y luego?
- Estudiar. Probablemente terminar un cuento que venía escribiendo desde hace un tiempo…
- ¿Y, Harry? ¿Qué vas a hacer cuando se te acaben todas estas dristracciones mundanas con las que tanto te entretienes?
- Buscar unas nuevas, Tom – le dije, suspirando-. Ya sé adonde quieres ir con esto, pero ya te he dicho…
- No, realmente no lo sabes – me interrumpió-. No lo entiendes. Te ha marcado.
Aquello logró ponerme en alerta. Mi cuerpo se tensó, y miré a Tom a la cara, con cuidado de no mirarle a los ojos.
- ¿A qué te refieres?
Se echó a reír.
- ¿No te ha parecido un poco raro que fuera lo suficientemente bondadoso como para quitarte esos hechizos de encima? Los que diseñé para que diario usase con las personas que escriben en él – notó mi expresión y continuó-. Hay mucho poder en los gestos, Harry.
Sentí mi sangre hervir. No sabía si era por pura rebeldía, o si era mi propia obstinación la que me hacía negar tan vehemente todo lo que él dijera, pero aquél juego de gato y ratón en el que Tom quería meterme me estaba comenzando a molestar.
- Puede hacer lo que se le cante – dije, las palabras brotándome sin filtro-. Ya me tienes harto con estas amenazas vacías, Tom. Nadie, absolutamente nadie me va a decir lo que tengo o lo que puedo hacer. En cuanto me deshaga de ti se acaba todo, y si me tengo que ir hasta la jodidísima isla de Madagascar para que tanto tú como cualquier otro interesado me dejen en paz, entoces me saco ya el permiso de traslador.
Sentía ganas de patear algo. Para agraviarme aún más, Tom no me dio la satisfacción de enojarse y seguirme la pelea. Se limitó a mirarme con una sonrisa socarrona; su mirada hablando más de lo que su lengua podría haber expresado. Me hacía sentirme como un niño pequeño, y eso me ponía peor.
- Eres un idiota – mascullé, dándome la vuelta. Sé que esto suena increíblemente infantil, pero planeaba sentarme y darle la espalda hasta que se decidiera a dejarme ir. No podía evitar mi juventud.
Escuché entonces a mis espaldas la risa de Tom. Si alguna vez han conocido alguna persona de ese tipo serio, sabrán que en las pocas ocasiones en las que ríen logran reconocer un matiz muy particular, único a cada ocurrencia. La risa de Tom era un buen ejemplo de eso. Siempre había una cualidad en ella muy intrigante; a veces sonaba increíblemente forzada, otras resultaba muy natural. Aquella vez me desconcertó; era un puñado de cascabeles danzando, y no sonaba más que la culminación mundana de un buen chiste. Era una risa increíblemente normal, con lo justo de malicia y humor.
Apenas reaccioné cuando sentí la mano de Tom posarse en mi mejilla. Admito que me había perdido en lo vivo del momento. Cuando pude realmente entender aquél contacto y hacer que mi cerebro arrancara, no pude evitar dar un pequeño saltito. Aquelló provocó que Tom se riera aún más.
Pero pronto murió aquél humor, y solos en aquella habitación quedamos los dos, su mano en mi mejilla. Pensé en preguntarle qué demonios estaba haciendo, pero me sentía raro. No sabía si podría realmente aceptar cualquier respuesta que me diese. No entiendo qué me pasó en aquél momento, pero tengo la sensación de que algo me estaba susurrando suavemente el próximo paso a seguir, y yo lo ignoré. Tom lo debe haber ignorado también, pues luego de unos momentos observándome cuidadosamente me dejó ir.
No sé si esto es bueno o malo.
xX x
Es extraña la sensación, pero creo que voy a echarle de menos. Será un gran hijo de puta, pero es mi amigo.
Qué idiota que soy.
