Anexo
A veces me pregunto por qué escribo con tanta religiosidad en un diario, especialmente teniendo en cuenta que es por este pequeño pasatiempo mío que he terminado en esta situación, pero siento que me es necesario para no explotar.
Sinceramente no sé qué demonios le he hecho a la Suerte, al Destino, a Dios o a quien sea que esté allí arriba manejando mi vida como para que se la ensañe tanto conmigo. Y es que aunque a mal tiempo buena cara, yo le sigo poniendo la misma sonrisa de imbécil y el tiempo no se deja de reír en mi cara. Podría buscar un patrón, o investigar la serie de ocurrencias desgraciadas de mi vida para intentar buscar el por qué de toda este compendio de cagadas, pero hay un hecho que resalta y que es el eje de toda la cuestión: estoy jodido.
Y no importa desde donde lo mires, ¿eh? Jodido como un paralítico acorralado por una manada de lobos hambrientos. Me gustaría poder gritarle a todo el puto mundo por qué estoy tan jodido, y asegurarme de hacerlo bien fuerte, bien cerca del oído, para que todos prueben una parte de mi desgracia.
No es justo. No me merezco esto. No hice nada malo. Sólo quise sacarme de encima un muerto gigante que me había encontrado de casualidad, y el muerto se levantó de su tumba como un inferi para arrastrarme con él al suelo.
Todavía me hacen eco en los oídos las palabras de Tom, esto no se termina acá.
Necesito escribir como fue todo, aunque sea como para poder entender mejor la situación. En este momento apenas puedo pensar, y lo único que puedo hacer es llorar de la impotencia, de la bronca. Ya no sé que hacer para sacarmelo de encima. Quiero-
Todo empezó cuando quise enviarle el diario a Sirius. Lo llevé en mi mochila, oculto entre mis libros. El camino se me hizo interminable, agotador; aunque solo me tomó unos minutos llegar a la lechucería (corrí hasta quedarme sin aliento). Casí en trance preparé a una de las lechuzas del colegio para que llevara el paquete, y la despedí con una enorme sonrisa. Estaba increíblemente feliz… ahora parece un sueño todo aquello. Una memoria de la infancia, a pesar de que para mí no hayan pasado más que unas horas desde todo esto.
No pasaron más de quince minutos desde mi feliz llegada a la sala común que la profesora McGonagall apareció en la torre de Gryffindor buscándome, increíblemente agitada. Normalmente ella era de actuar de manera muy reservada, fría a veces, por lo que verla en ese estado logró evaporar por completo mi felicidad para reemplazarla con una leve presión en el estómago. Aquél que no tuviera, como yo, un mal presentimiento en aquél momento era sin duda alguna un pobre simplón.
- Potter, la profesora Umbridge pide verte – incluso así, preocupada como estaba, no pudo permitirse evitar mostrar el poco respeto que le tenía a la suprema inquisidora. Una mueca en su rostro suscitó una pequeña sonrisa en todos los que la estábamos observando – prácticamente toda la habitación.
Miré alrededor, buscando a Neville y a mis compañeros de clase. Me devolvieron la mirada, sospecho que con la misma confusión que yo sentía en aquél momento, y asentí, rápidamente siguiendo a McGonagall. Admito que lo primero que sentí, caminando junto a ella en silencio por los pasillos, fue una profunda molestia. No hacía poco que ya me había encargado de un problema, que ahora parecía surgir otro. Obviamente, con mi limitada imaginación no vi el augurio de algo mayor y más peligroso que lo que había enfrentado previamente.
Al llegar al despacho de Umbridge, mi molestia y mi preocupación se transformaron en una especie de fría ira que jamás antes había sentido. Al ver su rostro –tan asquerosamente parecido al de una rana- no pude evitar recordar la expresión de absoluto terror y desesperación que le había visto poner en aquella mímica de asesinato que Tom me había obligado a hacer. Una parte de mí se sintió asqueado, y en cierta forma la compadeció, pero otra parte de mí, una parte con la que no estaba muy familiarizado, sintió el perverso impulso de hacer realidad la fantasía.
La sonrisa en su rostro no ayudaba en nada.
- Gracias Minerva, te llamaré si necesito algo más – su voz tenía el mismo efecto sobre mis oídos que un millón de agujas calientes debajo de mis uñas. Ni a mí ni a la profesora McGonagall se nos escapó el tono que usó ni lo que quiso implicar con esas palabras. Vi que estuvo a punto de abrir la boca, seguramente para mandarla a la mierda, pero pareció controlarse a último momento. Tras dirigirme una breve mirada, se retiró-. Buenas tardes, señor Potter. Tome asiento.
- Es Potter-Black – mascullé entre dientes – y prefiero quedarme parado.
Umbridge frunció los labios, su tez tornándose casi tan rosa como su túnica.
- Si yo estuviera en su situación, señor Potter-Black, lo último que haría sería faltarle el respeto a la directora de Hogwarts.
- Me gustaría conocerla, primero – solté casi sin pensarlo. Me dirigió una mirada llena de veneno, pero ignoró mi comentario para proseguir con su pequeño monólogo.
- Después de todo, no sé si Sirius Black lo va a poder salvar en esta ocasión – sentí mis hombros tensarse, pero no dije nada. De aquella víbora podía esperar tanto un fiasco como una verdadera amenaza-. Terrorismo, señor Potter. ¿Sabe cuál es la pena por relacionarse conscientemente con enemigos del estado?
No le di la satisfacción de una respuesta, aunque lo sabía.
- Diez años en Azkaban, como mínimo – en sus labios volvió a esbozarse aquella desagradable sonrisa que me revolvía el estómago, y sentí nuevamente aquél impulso oscuro que me pedía borrársela a golpes de la cara.
- Pero todavía no eres más que un niño, y seguramente se puede atribuir cualquier falla en tu carácter a una crianza insuficiente – mis uñas se hundieron en las palmas de ambas manos-. Podemos hacer esto por las buenas, o por las malas, señor Potter. Quiero una confesión completa de todo lo que Dumbledore trama, y su ubicación actual. De lo contrario… - su rostro se deformó en una mueca que creo intentaba mostrar su superioridad- hay cierta evidencia en su contra que tendremos que revelar.
De un cajó de su escritorio sacó un libro encuadernado en cuero que se me hizo extremadamente familiar. Mi corazón dio un vuelco al reconocerlo. Por mi mente pasaron mil posibilidades, y noté fránticamente que de ninguna forma esta situación podía resolverse de manera ventajosa para mí. Umbridge tenía en sus manos el diario de Tom, de Voldemort, que había prometido devolver. Entre el ministerio y Tom había un paso de distancia, y si no tenía cuidado la oficina de Aurores terminaría dándose una fiesta con el desastre en el que me metería.
Me consolé un poco con la idea de que Umbridge no tenía forma de saber, actualmente, el verdadero valor de lo que tenía entre las manos. Traté de calmarme lo más que pudiera, pero Umbridge ya había visto el terror en mis ojos, y estaba al tanto que el diario tenía algún valor.
-Bien, señor Potter, hágame el favor de sentarse. Estoy segura que podemos discutir esto en términos más amigables.
Me senté, sin despegar la mirada de su rostro. Esperé a que hablara.
- ¿Quiere algo de té? Hice que lo trajeran de las cocinas antes de que llegara – sin esperar a que respondiese, se sirvió una taza para ella y otra para mí-. No sé si le gusta la manzanilla, pero Minerva no trajo ninguna tetera más.
Noté que aquél comentario lo había hecho solo para provocarme, pero mantuve mi silencio, sin darle la más mínima importancia a la bebida.
- Como usted podrá imaginarse, estuvimos observando cuidadosamente todas sus comunicaciones, obviamente a interés del Ministerio –por supuesto que ya lo sabía, pero escucharla decir que invadía mi privacidad de manera tan impune me enfureció. Con toda mi fuerza de voluntad me obligué a seguir escuchándola-. Me pareció bastante curioso, entonces, al ver que hoy despachaba un paquete para su padrino, que consistía en nada más que un libro. Un libro, que para mayor curiosidad mía, estaba completamente en blanco.
- Es un diario de mi padrino que me llevé por error – dije rápidamente.
- Quizás estoy mal informada, señor Potter, pero no creo que su padrino se llame Tom M. Riddle – había veneno en su voz. Pensé que quizás sentía su inteligencia insultada, y me dio algo de gracia pensar en lo mucho que debía sobre estimar su intelecto.
- Evidentemente – dije, como si le explicara algo complicado a un niño pequeño- el diario no siempre le perteneció a mi padrino. Tom Riddle es un amigo suyo que desapareció hace años. El diario es un regalo que pensaba en hacerle, pero no tuvo la oportunidad de entregar.
Umbridge hizo emitió un pequeño gruñido, sabiendo que mi explicación era perfectamente coherente. Aún así, su mente paranoica no se convencería tan fácil, y siguió presionándome.
- Su te se enfría, señor Potter – hizo un gesto con la mano, pero no moví un dedo para tomar la taza. Me fulminó con la mirada, pero entendí que no quería seguir interrumpiendo su monólogo con sus tendencias obsesivo-compulsivas-. Si el diario no es más que un regalo inocente, entonces supongo que no tendrá objeciones a que los inefables lo testeen, ¿verdad?
- Mi padrino y guardián, lo consideraría una grave ofensa – traté de mostrar más calma de la que sentía, pues sabía que no tenía un argumento convincente para evitar que testearan el diario, y aquél prospecto me ponía increíblemente nervioso-. No tiene evidencia firme como para confiscar y manejar propiedad privada de esta forma, mucho menos propiedad de la familia Black.
Sabía que tratar de jugar con el apellido quizás no era la opción más prudente cuando se trataba de esta mujer hambrienta de poder, considerando lo espectacularmente ignorante que era de las verdaderas políticas que movían al ministerio, pero pensé que quizás tendría algún arrebato de sentido común que la haría entender las implicaciones de sus acciones.
- ¿Evidencia, dice? – sus ojos desorbitados la hacían parecer más una caricatura que una persona-. ¿Qué le parece esto, señor Potter? Sus asociaciones con conocidos terroristas lo ponen tanto a usted como a su padrino en un lugar muy vulnerable, por lo que todo lo que hacen es sospechoso. Su inocencia, en este momento, es tan creíble como la de Dumbledore – su sonrisa dulce volvió a aparecer-. Tome un poco de su té, señor Potter, le hará entrar en razón.
Algo en sus ojos disparó mi paranoia, y eché un vistazo a la taza que tenía en frente. No había duda alguna que era algo más siniestro que una simple infusión, pero la pregunta era ¿qué le había puesto Umbridge? Decidí jugar con el destino, y fingí que tomaba unos sorbos.
- No se habrá enfriado, espero – negué secamente con la cabeza, y cerré los ojos por un momento. Sabía que Umbridge esperaba que lo que sea que puso allí hiciera efecto, pero no sabía exactamente qué efecto fingir. Y entonces, su voz volvió a sonar y entendía exactamente qué es lo que le había puesto al té-. Ahora, Potter, dime qué es en verdad ese diario. ¿Es para comunicarte con Dumbledore?
Veritaserum. Umbridge había drogado el té con el suero de la verdad.
Abrí mis ojos, y fingí estar desorientado. Con la voz más monótoma que pude fingir, contesté exactamente lo mismo que le había dicho anteriormente. Obviamente Umbridge no esperaba eso, por lo tomó la taza de té y me la puso enfrente del rostro.
- ¡Toma! – gritó.
En un rapto de valor, saqué aquella taza de enfrente de mi rostro de un manotazo, lo que sacó un grito de Umbridge. Aprovechando su sorpresa, tomé el diario de Tom, que había quedado sobre el escritorio, y me dispuse a huir de la habitación.
Desafortunadamente, Umbridge consiguió recuperarse y sacó su varita antes de que alcanzara la puerta.
- ¡Quieto, Potter! – chilló, extasiada-. ¡Lo sabía! ¡Esto lo confirma! ¡Usas ese libro para comunicarte con Dumbledore!
Ignorando sus gritos, continué con mi avance. El chillido de la primera maldición me puso en guardia, y tras esquivarlo, me di vuelta para enfrentarla. Sabía que había dejado mi varita en la sala común, y me sentí igual de estúpido que enojado al darme cuenta de mi error. Por más extraño que suene, en ese momento tener el diario entre mis manos me daba fuerza. Distraídamente noté la magia negra de Tom deslizándose fuera del diario para pegarse a mí, de alguna forma como si saludara a un viejo amigo.
- Potter, siéntate y tómate el té – volvió a gritar Umbridge, su varita apuntándome y su rostro luciendo la más perversa satisfacción que había visto en un ser humano hasta la fecha (Tom no cuenta, no es humano)-. ¡Vamos a terminar con esto!
Mi ira volvió a hacer presencia al notar lo segura que estaba ella con su victoria, y dejé escapar un gruñido. La tetera en su escritorio estalló. Aquello la sobresaltó, y evidentemente logró enfurecerla, pues toda sonrisa se perdió en su rostro.
- Bien, si así lo quieres… ¡Imperio!
El uso de la Imperdonable me encontró desprevenido, y no pude correrme antes de caer en la conocida sensación placentera que la maldición provocaba. Frente a mí había un mundo de felicidad y tranquilidad, y ante mis ojos no había más que una blanca y reconfortante luz.
"Sientate…" una voz que parecía flotar en el éter me pedía, apresuradamente. "Siéntate, y toma el resto del té".
Mi primer impulso fue hacer lo que aquella voz me pedía, pues seguramente en tal estado no había nada que quisiese lastimarme. Pero algo en el fondo de mi mente me decía que aquello no tenía sentido. "No… ¿para qué voy a sentarme? ¿Para qué tomar el té?"
La voz volvió a repetir el comando, esta vez con un poco más de fuerza. Sin embargo, mi mente de repente comprendió el tono urgente, casi desesperado de aquella voz, y el hechizo se rompió. Frente a mí volvía a estar Umbridge, en toda su patética gloria, y en mis brazos, Tom, su magia cada vez más insistente.
Umbridge lanzó un rugido de frustración, y comenzó a atacarme con un repertorio de maldiciones que jamás hubiera pensado que supiese. La mujer había perdido lo poco que le quedaba de cordura, y parecía no medir las consecuencias. Traté de ocultarme lo más que pude, haciendo uso de todo cuanto tuviese alcance de mis manos para lanzar en su dirección. Traté de calmarme para poder intentar Tocar su magia, lo cual sería suficiente para dejarla inconsciente, pero las maldiciones eran cada vez más peligrosas, más oscuras y en mi desesperación no pude concentrarme lo suficiente. Estaba encerrado en un cuarto bastante pequeño con una desquiciada que tenía más conocimiento de las Artes Oscuras que lo que había estimado, y no tenía una varita con la que defenderme.
Tras escuchar el grito de "¡Crucio!" me desesperé y le tiré uno de aquellos platos con dibujos de gatos que tenía en la pared. El plato le golpeó directamente en la cabeza, pero no lo suficientemente fuerte como para neutralizarla. Su expresión se deformó en una fea mueca llena de ira, y de sus labios salió la maldición asesina.
Una luz verde fue todo lo que vi antes de perder la consciencia.
Les aseguro que estas no son las palabras de un fantasma, pues al día de hoy sigo respirando tanto como lo hice al comienzo de mis, aventuras, si así se las puede llamar. Lo que parecía un milagro al principio tomó una forma más siniestra poco después, y si estoy vivo no es gracias a la misericordia de ningún dios. Jamás podría agradecer destino semejante.
Pero me estoy adelantando. Lo siguiente que recuerdo al ataque son las blancas sábanas de las camas de la enfermería. Me sentía desorientado, y me dolía todo el cuerpo. También tenía la extraña sensación de que alguien me miraba. Abrí los ojos para encontrarme con la mirada preocupada de mi padrino. Su rostro estaba pálido, y unas profundas ojeras delineaban sus ojos enrojecidos. Instintivamente me levanté para abrazarlo, pero el agudo dolor que asaltó mis sentidos me mantuvo acostado.
- ¡Harry! – exclamó, poniendo una mano sobre mi hombro suavemente para mantenerme en mi lugar, mientras su mirada buscaba a la enfermera.
- Veo que ha vuelto a nosotros, señor Potter – sonó suavemente la voz de la anciana enfermera, Madam Pomfrey-. Creo que el mundo ha visto circunstancias extrañas, pero de este calibre…
- ¿Q-Qué? ¿A qué se refiere? – mi voz sonó débil a mis oídos. Sentía la lengua pastosa y la garganta rasposa, y me pregunté por cuánto tiempo estuve inconsciente-. ¿Y Umbridge?
- Todo a su debido tiempo – Madam Pomfrey apoyó su varita suavemente sobre mi frente, y sentí su magia (un azul muy claro) correr por mi cuerpo. No pude evitar el escalofrío que me produjo-. Mmh, los niveles de residuos bajaron considerablemente. Estoy segura que con unos días más de reposo debería estar bien. Por supuesto que habrá que mantenerlo en observación por un tiempo, para ver si hay otros efectos adversos, pero supongó que de eso se encargará usted, señor Black.
Sirius asintió, y Madam Pomfrey se retiró tras decirnos que estaría en su despacho en caso de que necesitásemos algo.
-Sirius, ¿qué… qué pasó? Lo último que recuerdo es una luz verde y…- se me retorció el estómago-. Oh Merlín de Camelot, Umbridge usó la maldición asesina. ¿Estoy… estoy vivo?
Quizás fuese una pregunta absurda, pero la matemática del asunto no terminaba de cerrar. No había forma de sobrevivir la maldición asesina… ¿verdad?
- Si, Harry, estás vivo – su mano apretó la mía, y pude escuchar el alivio en su voz-. Nadie sabe exactamente por qué, pero sobreviviste. Es… difícil de creer, lo sé. Pero aquí estás, con poco más que una sobrecarga de magia residual en tu cuerpo y una cicatriz – al ver mi expresión de curiosidad, Sirius tomó un espejo que descansaba en la mesita de luz, y lo puso enfrente de mi rostro.
- Oh – fue lo único que pude decir, levantando mi mano lentamente para tocar aquella extraña cicatriz en forma de rayo que sobresalía furiosamente en mi frente. No se me escapó el pequeño humo negro que parecía emanar de ella, y supe inmediatamente que era la magia de la maldición. Me recordaba un poco a la de Tom… pero decidí dejar aquél pensamiento para después.
- Dime Sirius, - dije, volviendo mi mirada al rostro de mi padrino, quien volvió a colocar el espejo sobre la mesa- ¿Qué pasó con Umbridge?
- McGonagall escuchó los gritos de Umbridge cuando comenzó a atacarte – respondió, sus ojos oscureciéndose con su rabia-. Inmediatamente corrió a ayudarte, y pudo abrir la puerta justo después de que esa desgraciada usara la maldición asesina. La atrapó antes de que pudiera escaparse, y llamó a medio ministerio para que se la llevaran. La noticia no tardó en hacerse pública, y te imaginarás el lío que se armó. El país entero pidió que le dieran el Beso. El Wizengamot no tardó más de dos minutos en sentenciarla.
- Me imagino que Fudge no habrá quedado muy bien parado.
Sirius esbozó una pequeña sonrisa.
- Ese mismo día presentó la renuncia. Lo quisieron linchar, y tuvo que escapar del ministerio. Luego de lo de Umbridge, no tardo en seguir la noticia de que todo lo que había pasado con tus padres y Dumbledore había sido una farsa y escapó con su esposa a España.
- ¡Jah! Menuda carrera política tendrá ahora.
- Menuda vida que tendrá ahora. Tiene pedido de captura por corrupción y abuso del poder – Sirius se reclinó en su asiento, obviamente disfrutando de aquella satisfactoria conclusión-. Y no solo cayó él, prácticamente un tercio del ministerio está siendo investigado por denuncias de corrupción.
Sonreí como no lo había hecho en días.
- ¿Y mis padres, Sirius? ¿Cómo están?
- Hechos un manojo de nervios, a decir verdad – se llevó una mano a su pelo enmarañado y lo despeinó un poco más-. Primero con las noticias de que te había hechado la maldición asesina, luego que habias sobrevivido sin complicaciones… Obviamente que no tardaron mucho en el ministerio para desestimar todos los cargos que se habían presentado, pero el revuelo complicó las cosas con el tema de tu potestad. Recién hoy pudieron ir a terminar los trámites. Supongo que en cualquier momento volverán.
Mi sonrisa se hizo más grande. No podía esperar a ver de nuevo a mis padres. Sentía que hacía años que no los veía, y me dolía pensar en todo lo que habían sufrido por causa del ministerio. No noté la mirada preocupada de mi padrino hasta que su mano tocó mi brazo.
- Harry, - susurró- no debes decirle nada a tus padres de la adopción. Temo que…
Entendí su preocupación al instante y mi mirada se suavizó un poco. No había duda que yo consideraba su elección un error, pero entendía lo que lo había llevado a hacerlo. Creo que luego de sobrevivir una maldición asesina no tenía derecho a seguir resentido por eso.
- No te preocupes, Sirius – lo interrumpí-. Queda entre nosotros.
Sirius sonrió, y tras darme un pequeño coscorrón se despidió, diciéndome que prefería que descansara un poco antes de que mis padres volvieran. Esperé a que se fuera para hundirme en mis pensamientos, pero no tuve la oportunidad de reflexionar mucho antes de notar que el cajón de la mesita estaba entreabierto, y dentro de él podía ver la ya familiar cubierta de cuero que le pertenecía al diario de Tom.
Pensé que mi introspección podía esperar un poco, ya que la idea de echarle en cara a Tom que había sobrevivido una maldición asesina se me hacía muy divertida como para ignorarla. Tomé el diario, y tras pedirle a Madam Pomfrey una pluma y un tintero, escribí un breve saludo.
No podrán imaginarse mi sorpresa al ver que las palabras permanecían fijas en la página. Volví a escribir un saludo, esta vez un poco más burlón, pero nuevamente las palabras se quedaron bien visibles. De mí se adueñó un profundo pánico.
El diario había perdido su magia.
Pensé nuevamente en lo que había sucedido, y una terrible angustia me invadió al darme cuenta que probablemente la maldición asesina no me había afectado sólo a mí, sino también al diario. Y estaba tan seguro como que mi nombre era Harry que la poderosa magia que movía la maldición había destruido completamente el diario.
Había destruido completamente a Tom.
En cuanto el pensamiento resonó en mi mente, mi respiración comenzó a alterarse y mi cuerpo se vió envuelto en fuertes temblores. Había miedo, sí. Miedo por Voldemort, por su ira, su reacción, miedo por su eventual venganza y oh por favor que no lastime a mi familia. Había angustia, pánico, ira, y había tristeza.
Había perdido a Tom, quien para mal o para bien, era el amigo más cercano que había tenido jamás.
Lo cual habla muy mal de mis relaciones, pero la realidad era que en aquellos meses Tom se había vuelto tanto mi torturador como mi confidente, y simplemente no podía, no quería, creer que una idiota, un ser tan patético como Umbridge se lo había llevado para siempre. Y fue con este pensamiento que sentí el más profundo odio, y de pronto aquella fantasía en la que el cuerpo de aquella hija de puta se veía deformado en una masa sangrienta se me hacía insuficiente, pues a la mente se me venían otras formas mejores de venganza.
Tan rápido como aparecieron esos impulsos, los tuve que censurar. Ya no serviría de nada. Umbridge era una cáscara vacía. Pasaría el resto de la eternidad siendo consumida por la magia del Dementor que la había besado, y jamás podría pasar por mis manos para sentir lo que era la justa retribución de todos los males que había causado.
Unos pasos apresurados me sacaron de mis oscuras reflexiones, y apresuradamente escondí el diario debajo de mi almohada. Por la puerta de la enfermería se asomaron los rostros sonrientes de mis padres, y al verlos olvidé todo lo que había estado pensando.
Si hubiera podido levantarme y correr hacia ellos, lo hubiera hecho, pero lo único que podía hacer era permanecer en mi cama. Ambos se abalanzaron sobre mí, e hice todo lo que pude para ignorar el dolor que el movimiento me causaba, pues no había nada más en el mundo que quisiera en aquél momento que estar entre sus brazos.
- ¡Mi pequeño Harry! Oh gracias Dios, gracias, gracias – murmuraba mi madre mientras me besaba la frente y me estrechaba contra su pecho. Mi padre se había contentado con poner una mano sobre mi cabello, acariciando suavemente. Pude ver que ambos tenían lágrimas en los ojos, y no pude evitar seguir su ejemplo.
- Mamá, papá… los extrañé tanto – escondí mi rostro en el cuello de mi madre, y disfruté la sensación de estar allí con ella, envuelto en su aroma y sintiéndome nuevamente en mi hogar.
- No te das una idea de lo que nosotros te hemos extrañado, hijo – la voz de mi padre sonó un poco quebrada y me conmovió hasta el fondo del alma. Estaba consciente de la desesperación que deben haber sufrido, pero no podría nunca presumir que entiendo el nivel de dolor que siente un padre cuando su hijo está en la situación por la que yo estuve.
- Pero ya está todo bien, amor, todo se ha arreglado – dijo mi madre mientras se acomodaba un poco mejor en la cama para que ambos estuviésemos más cómodos. Sentí un golpe de dolor al acordarme de Tom, pero la sensación de los brazos de mi madre alrededor mío me consolaron.
- Sirius me contó todo lo que paso desde… desde el ataque – dije, separándome un poco para poder ver sus rostros-. Lo que no sé es cuánto tiempo he estado inconsciente.
- Dos semanas – respondió mi padre-. Tu madre y yo queríamos enviarte a San Mungo, pero Sirius nos advirtió que podía llegar a ser probable que algún aliado de Fudge quisiera atacarte para vengarse. Teníamos miedo de que… - su voz se perdió, y noté que sus ojos se humedecían. Tras un breve instante se aclaró la garganta, y siguió:- Temíamos que entraras en un coma.
- Nadie sabía que esperar, realmente – dijo mi madre-. Después de todo, el hecho de que siguieras respirando ya de por sí era un milagro. Pero has vuelto, casi sin secuelas… tu padre y yo no lo podemos creer.
- ¿Sophie sabe algo?
Mi padre se permitió una pequeña sonrisa, y se sentó en la cama junto a nosotros.
- Me sorprendería si quedara alguien en el mundo que no sepa de tu triunfo ante la muerte, Harry. Los medios extranjeros han estado siguiendo muy interesados lo que ha pasado aquí, así que por más de que quisiéramos ocultárselo en nuestras cartas, se hubiera enterado al leer el diario.
- Nos avisó que vendría a visitarte tan rápido como pudiese. No ha podido salir de Alemania en todo este tiempo ya que por allí han tenido sus propios escándalos.
Al ver que estaba por preguntarles, se miraron entre ellos por un instante.
- Quizas sería mejor dejar esto para otra ocasión...- empezó a decir mi padre.
- Dime papá, por favor – lo interrumpí-. Les prometo no desmayarme, aunque me digan que se ha desatado la tercera guerra mundial.
- ¿Tercera guerra mund…? – dijo, confundido mi padre, pero al parecer se dio cuenta de lo que quería decir al mirar el rostro de mi madre -. Ah, historia muggle – su rostro entonces se ensombreció levemente-. Unos espías franceses averiguaron que el Innombrable había estado viviendo en Munich por unos años, y que al parecer estaba planeando dejar el país, con ayuda de algunos conocidos en el ministerio alemán.
- Pero pensaba que era conocimiento común que los alemanes estaban…
- Sí, - me interrumpió mi madre- era un secreto a voces. Pero el gobierno inglés no podía simplemente salir a acusar a los alemanes de proteger al Innombrable, sobre todo porque la posición oficial del Ministro era que el Innombrable había muerto en el exilio. Pero esto salió a la luz al mismo tiempo que Fudge presentó la renuncia.
- Era información que sin duda tenía cierto tiempo – mi padre aseguró-. Los franceses esperaron al mejor momento para darla a conocer. Como era de esperarse, la comisión temporal que se formó decidió que lo mejor sería presionar a los alemanes para que lo entregaran. Lo único que pudieron lograr, sin embargo, fue que en el ministerio alemán todos se acusaran entre ellos, y desde entonces cerraron el país para evitar que el Innombrable escapase.
- O sea que hay que esperar que el Innombrable esté de vuelta en Inglaterra ahora.
Mi padre sonrió, y asintió.
- De todas formas esto se ha mantenido casi en secreto. Prohibimos al Profeta que publicara cualquier noticia que tuviera que ver con eso hasta que se eligiera un nuevo ministro. Para evitar el pánico, y todo eso. Hay más de un entusiasta que se aprovecharía de la ocasión para mostrar sus lealtades – dijo con disgusto.
- ¿Prohibimos? – dije, alzando una ceja.
- La falta de empleados causó más de un ascenso, Harry – se rió mi madre-. Tu padre fue nombrado Jefe del Departamento.
Él no pudo evitar sonrojarse, y me reí de su expresión avergonzada.
- ¡Ey! Ahora tu padre puede conseguirte trabajo sin problemas en el ministerio. ¡No te rías del jefe!
- Señor Potter, me parece que ya hay suficientes denuncias de corrupción flotando por ahí – dije en una voz seria, y luego me eché a reír.
- Bah, no será necesario. Si supieras cómo te llaman en los medios, deben pensar que eres inmortal o algo. Eso será suficiente para que el próximo ministro te venga a rogar que te hagas auror.
- ¿Ah, si? – alcé una ceja-. ¿Cómo me llaman?
- El-Mago-Qué-Vivió – dijo mi madre, con un poco de orgullo en la voz-. El Indestructible. El León Inmortal. Aunque mi favorito es Harry Peverell, ya sabes, por la vieja leyenda esa del hermano que había sobrevivido a la muerte con su capa invisible, que algunos dicen que es de la familia Peverell.
- Ah, ese es mi favorito también – mi padre esbozó una sonrisa extraña-, especialmente porque aunque muchos no lo sepan, los Potter descienden de una rama de los Peverell.
Aquello sin duda, era una gran sorpresa.
- ¿Crees que…? – me detuve, pensando en cómo expresar aquella bizarra idea que me había invadido-. ¿Crees que, de ser la leyenda cierta, lo que sea que le permitió escapar la muerte me ayudó a mi también?
Una expresión pensativa se adueñó del semblante de mi padre, y por un instante se detuvo a mirarme de manera fija, como si pudiera extraer la respuesta de mi rostro. Sus ojos, noté con cierta diversión, no tardaron en fijarse en la extraña cicatriz que ahora adornaba mi frente.
- No podría decirlo con certeza… no hay forma de comprobarlo a menos de que alguien me eche una maldición asesina, y créeme que es lo último que me gustaría probar.
- Es difícil establecer qué te salvó aquél día, Harry – dijo suavemente mi madre-. Puede ser que las habilidades mágicas de Umbridge, bastante pobres en relación con otros magos, sumados a algunas otras circunstancias especiales te hayan salvado de la muerte. Hay poderes mucho más antiguos y poderosos que las Imperdonables, Harry. Quizás tuviste la suerte de descubrir uno de ellos en el momento adecuado.
Dejó un beso en mi frente, y se levantó, guiándome con sus brazos para acostarme en la cama nuevamente.
- Lo que sea que haya pasado, lo único que realmente importa es que estás aquí con nosotros. Ya el tiempo dirá qué fue lo que pasó, pero ahora me gustaría que te despreocupes de eso y te dediques a descansar lo más que puedas.
- Si…- dijo mi padre con una sonrisa traviesa-. Porque te has perdido un montón de clases, y ya se te vienen encima los exámenes.
Dejé escapar un quejido, sintiendo que no había forma de escapar de las desdichas en la vida. Mundana como era aquella tarea de revisar, era algo que luego de toda la conmoción que había vivido aquél año, no tenía el valor de enfrentar.
Mis padres se rieron, y nos quedamos conversando un poco más antes de despedirse, prometiendo volver al día siguiente. No podía esperar a que viniesen las vacaciones para pasar todo el día con ellos, luego de tan angustiante separación.
Lo que no esperaba aquella noche, al irme a dormir, era la verdad que me iba a sacar de la cabeza toda idea de vacaciones con mis padres.
