Apenas puedo escribir. No sé que pensar, no sé cómo expresarme. Los últimos días he estado bloqueado, algo ausente. Sirius me ha acompañado, y sé que ha intentado distraerme, pero es difícil hacerlo cuando lo único en que puedo pensar es en cómo le voy a decir a Voldemort que tengo una pieza de su alma dentro mío.
Creo que voy a improvisar. Estoy cansado de especular, y especular. Que sea lo que los dioses quieran.
Habíamos arreglado para que viniera el domingo por la tarde.
Sirius no tenía que trabajar ese día, por lo que estaría arriba en caso de que surgiera alguna complicación. Por las dudas les había ordenado a los elfos domésticos que estuvieran alerta, pues ellos tendrían más facilidad para sacarme de un aprieto que un mago. Conocía a Voldemort lo suficiente como para saber lo agresivo que era, pero no lo conocía lo suficiente como para predecir cuando tendría uno de sus ataques bipolares conmigo. Y aunque Tom me ha curado en gran parte del espanto, al mismo tiempo entiendo y respeto el misterio que le rodea a su yo más sabio. Algo de miedo me provoca, tengo que admitirlo. Sé que no es un hombre estúpido, pero a veces me da la impresión de que su personalidad... pasional (que al final del día es un nombre políticamente correcto para decir 'volátil') acabe conmigo o con algún ser querido en un ataque de ira sin sentido.
Por eso mi estómago estaba hecho un manojo de nudos, en parte por el miedo, en parte por los nervios, en parte por la tremenda curiosidad que me provocaba el conocer aquél Tom más experimentado. No sé si esto me hace un loco, o si simplemente no he dejado la infancia atrás lo suficientemente rápido, por lo que no termino de entender el peligro.
Suponía que Voldemort viajaría por la red flu, por lo que me quedé esperando en la sala, sentado en uno de los sillones que Sirius había comprado cuando murió Orion, de espaldas a la chimenea. Me puse a seguir con la mirada los patrones del papel que cubría la pared, tomando nota de la magia que exhudaban las paredes. Creo que cualquiera podrá entenderme cuando hablo de la enorme distracción que puede suponer el estudiar el vaivén de la marea cuando uno necesita matar el tiempo, por lo que sé que me entenderán también al decir que ver el patrón de la magia ir y venir a lo largo de las paredes es increíblemente relajante. Y por eso, cuando me dejé perder en aquél inocuo pasatiempo, la voz de quién más, sino Voldemort, me hizo saltar casi cinco metros en el aire.
- Dudo que llegues a reconocer las guardas que usaron los Black para proteger esta casa – dijo.
Me levanté al instante. Mis movimientos eran (son) torpes, por lo que sentí algo de vergüenza al presentarme en aquella manera tan poco digna. Admito a favor de mi vanidad que me hubiera gustado haber dado una buena impresión, haberme hecho el misterioso o lo suficientemente profesional como para disimular que era un chico de quince años cagado hasta las patas.
Al final, creo que la primera impresión fue de un chico flacucho y desgarbado, demasiado incómodo en su propia piel todavía como para poder tener algún tipo de presencia en una conversación.
Primera impresión aparte, lo primero que noté al darme vuelta para saludarle fue la forma en la que su magia parecía rodearlo. Sabía que estaba controlando su magia, de la misma forma que Dumbledore lo hacía para que no invadiera la habitación. Eso no la hacía parecer menos impresionante. Aún así, en mi cabeza todavía estaba fresco el recuerdo de aquél primer encuentro, y era inevitable la comparación. En aquél lugar yo jugaba de local, y más allá de quién sea él y qué pueda hacer, en mi mente eso era suficiente para transformar todo lo que veía en algo menos terrible. Su magia, aunque refinada e intrincada en sus movimientos, no era aquella masa oscura que se me vino encima aquella vez.
A la luz cálida de una tarde de verano, parecía menos siniestra de lo que la recordaba. Parecía revolverse alrededor de Voldemort de manera casi coqueta, y si se me permite la comparación, me hacía recordar a la forma en la que los gatos se estiran antes de echarse a dormir en algún lugar.
Y no solo era su magia la que se me hacía menos siniestra, Voldemort mismo parecía más un embajador medio maquiavélico que el hombre de la bolsa que había visto aquella vez (suena como algo caricaturesco, pero les aseguro que no le van a encontrar nada de divertido al hombre de la bolsa si alguna vez se lo encuentran). En sus facciones parecía siempre haber el fantasma de una sonrisa astuta, y aunque no era el tipo de persona a la que le confiarías un secreto, tampoco parecía ser el tipo de persona por la que te cruzas de calle.
Decididamente es extraña la influencia que puede llegar a tener el ambiente sobre una persona.
Admito que una vez pasado el desconcierto inicial, supe que dijera lo que dijera, no iba a dejarme intimidar. ¿Les parece una actitud estúpida, de falsa bravuconería? Soy un Gryffindor. No me importa.
- Son peculiares – le dije, extendiendo una mano. Quizás esperaba que me ofendiese por el comentario, pero en aquél momento mi mente estaba en otras cosas -, pero son variaciones de otras más conocidas. Nada que no se pueda copiar.
Sonrió apenas, y sacudió mi mano. Aquél gesto en su rostro le hacía parecer más buen mozo, incluso un poco más amigable. De repente vi en él algo que me hizo entender por qué tenía seguidores. Algo que me invitaba a mí también a escuchar lo que tenía para decir, para dejarme llevar por su liderazgo.
Era el modelo del político perfecto. Podía engañar a cualquiera.
- Debe ser algo útil para tus estudios – dijo, sentándose en uno de los sillones individuales que se encontraban de frente al sofa en el cual me había sorprendido. La gracia y la forma que tenía para moverse era la misma que había observado en Tom. Si alguien que no supiese nada de nosotros entrara en este momento a la habitación, probablemente pensaría que era él el amo de casa, y yo un mero visitante. Parecía estar en su propia casa.
Era algo asombroso a la vista, el verlo tan plácido, tan normal. Aunque ya gracias a Tom conocía al monstruo que se escondía detrás de aquella máscara, no me dejaba de fascinar aquella facilidad que tenía para aparentar lo que no era.
- Sí, hace un poco menos tediosa la clase – dije, algo aprehensivo ante la idea de seguir hablando de mi don. Sabía que estaba tratando de probar el terreno antes de que discutamos el tema del diario para demostrar que podía tratar conmigo del tema en una manera no-agresiva. Tom había hecho lo mismo, aunque en diferentes ocasiones y por diferentes motivos, para ponerme cómodo antes de hablar de algo que sabía que no me gustaba discutir.
- Pude ver algunos de los encantamientos que usaste con el libro, también – de repente a la mente se me vino una idea, una forma en la que podría salir de esa con mi buena salud intacta, y aproveché el momento para empezar a ponerla en práctica-. Aunque no pude reconocer todos, por supuesto. Un trabajo muy intrincado de tu parte, tengo que decir.
Tom había sido un maestro improvisado durante mucho tiempo en el arte de jugar con la gente. De tener que lidiar con él y sus pequeñas idas y vueltas, yo había aprendido algún truco o dos, y pensaba aplicarlos con su contraparte. Tenía que meterme en una pequeña contienda de palabras para evitar que me matase al saber lo del horrocrux. Y para empezar había usado uno de sus propios trucos a la hora de manipular gente: el sutil elogio. Esto iría poniendo de buen humor, antes de comenzar con las revelaciones.
- Por supuesto – dijo, una sonrisa divertida en sus labios. Tenía la sensación de que se estaba riendo de mí-, a esa edad tenía mucho tiempo disponible y mucha imaginación. Un poco como tú, pero tú escribes.
Aquello me desbalanceó totalmente; me olvidé de lo que pensaba decirle.
- ¿Leíste mi cuento? – le pregunté, completamente anonadado. Creo que había tanta sorpresa como risa en mi mirada, ya que la idea de Voldemort leyendo uno de mis desvaríos era terriblemente bizarra.
- Bellatrix insistió en que lo leyera – una rápida mirada a la cicatriz en mi frente me reveló que probablemente aquello había sucedido poco después del ataque de Umbridge-. Me gustaría saber en qué te inspiraste para escribirlo.
Reconocí la mirada en sus ojos, y no pude evitar reírme. Sin burla, sólo con franca diversión.
¡Pensaba que el cuento hablaba de él!
- ¡Eres igual a Tom! – exclamé, con la voz ahogada-. Por supuesto que son el mismo, ya lo sé, pero esperaba que fueras algo más… algo distinto. No sabría cómo explicarlo.
Admito que no fui el más descriptivo, lo cual es algo avergonzante para un hombre de la palabra como yo; pero me parece que algo de lo que dije fichó en su cabeza de la manera adecuada.
Su mirada permaneció fija en mí; su rostro estaba completamente falto de expresión. Supe que había logrado confundirlo. Creo que había esperado que mi exposición a Tom hubiese sido mínima; pero con mi pequeño comentario parecía haberse dado cuenta que en algún momento yo había comenzado a entender cómo se movían los engranajes en su mente de una forma en la que no sé si muchos puede vanagloriarse de entender.
- Hicieron un pacto – dijo, de repente. Estaba tratando de encontrar la explicación a mi prolongado contacto con Tom, contacto del cual salí relativamente ileso.
El brillo en sus ojos escarlatas se volvió calculador, y de repente su rostro adoptó un aire totalmente distinto. El Voldemort al que me había enfrentado hasta ese momento había sido, si se me permite usar esta expresión, la versión kid-friendly. PG-13. Me doy cuenta ahora que venía jugando sus cartas de manera magistral, y que había venido con la intención de jugar conmigo como se juega con un niño. Pero el juego había cambiado.
Ahora Voldemort sabía que de alguna forma, había logrado captar el interés de su yo más joven; y aunque eso no sería particularmente notable si habláramos de otra persona, en mi situación aquello significaba que Tom había encontrado cierta utilidad en mí que Voldemort tendría que aprovechar.
- Hicieron un pacto, entonces – repitió, en voz más alta -. ¿Qué te ofreció, Harry?
Sus ojos devoraban con atención cualquier cambio de expresión que mostrara en mi rostro. No tardé mucho en contestar.
- ¿Qué me ofrecerías tú? – al hablar, sentí como los pelos de la nuca se me ponían en punta. Me sentía de vuelta en la mansión de los Riddle, de vuelta con el miedo y aquél perverso deseo de seguir jugando, de vuelta a la rutina que Tom había creado conmigo.
- ¿Aceptaste? – el brillo en sus ojos se intensificó.
- ¡No! – la exclamación salió automáticamente de mis labios, y me di cuenta de lo mal que me dejaría, por lo que agregué rápidamente:- Me prometió información, lo que fuese útil para encontrar una forma de devolverte el diario. Yo le prometí seguirle la corriente con sus juegos.
Aquello hizo que se reclinara sobre su asiento, estudiándome sin tapujos. Había en su rostro una ligera sonrisa, apenas presente, pero que lograba darle el mismo efecto siniestro que le daba a su rostro juvenil en mis memorias.
- Dime la verdad, ¿cómo sobreviviste la maldición asesina de aquella mujer?
La pregunta me tomó por desprevenido.
- ¿E-eh? ¿A qué te refieres?
- El nivel mágico de Umbridge es lo suficientemente bajo como para asegurar que detrás de una poderosa guarda, la maldición asesina puede llegar a causar un coma como mucho. Pero no tuviste el tiempo ni la habilidad para conjurar una, entonces, ¿qué fue lo que te salvó?
Me quedé mirándolo por un tiempo, sin saber qué decirle. O más precisamente, cómo diablos decirle que su maldito horrocrux me había salvado la vida, y si, que sabía lo que era un horrocrux. Ah, y feliz Samhain, ahora yo era uno.
- ¿Fueron tus habilidades, Harry? – presionó, y la mirada intensa en sus ojos me recordó de la obsesión que Tom –Voldemort- tenía con la muerte. No sólo era aquella conversación una forma de averiguar hasta qué punto yo estaba bajo la influencia de su contraparte juvenil, sino que él se sentía realmente curioso por saber cómo había logrado sobrevivir una jodida maldición asesina.
- Tu diario, - murmuré, sin quitarle la mirada de encima-. Tu diario me salvó.
Su rostro se congeló por un instante, y sus ojos se movieron como relámpagos hasta enfocarse en la cicatriz que adornaba mi frente. Sentí un dolor agudo en mi cabeza, y como reflejo, acerqué una mano para aliviarlo. Antes de que supiese lo que estaba pasando, un par de manos se cerraron alrededor de mis muñecas, y las separaron de mi cuerpo. Instintivamente alcé la cabeza, y mis ojos se encontraron con la penetrante mirada escarlata de Voldemort.
- Ya no responde – susurré, incapaz de hacer nada más. Él estaba perdiendo el control, y podía ver que su magia comenzaba a girar tumultosa a su alrededor. Al estar tan cerca, el efecto era el doble sobre mis sentidos, y pronto se me llenó la cabeza con el vapor oscuro y siniestro que rodeaba a Voldemort. Las manos alrededor de mis muñecas aumentaron su presión, y cerré los ojos, mordiéndome los labios.
- ¿Alguna… vez – dije, como pude-… escuchaste hablar de un horrocrux humano?
Tan rápido como vino aquella pequeña tormenta que Voldemort había hecho con su magia, se fue. Me sentía algo mareado, pero traté de tragarme mis dolores para enfrentarme con la última verdad que me quedaba por revelarle.
- Continúa – dijo, sus manos todavía alrededor de mis muñecas.
- De alguna forma la parte de tu alma que estaba contenida en el diario terminó dentro mío cuando la maldición asesina pegó en él. Creo que debe ser porque Tom se alimentó de mucha magia mía, por lo que la encontró lo suficientemente compatible como para no matarme en el intento.
Sólo puedo imaginar lo que se le pasó por la mente entonces. Supongo que debe de haber sentido el mismo desconcierto que yo, ya que incluso con lo poco que sé entiendo que aquél tipo de magia es algo bastante delicado y la situación en la que estoy, probablemente única.
- ¿Has podido comunicarte con Tom?
- Mientras dormía, y una vez me poseyó mientras estaba consciente. Después de eso creo que debo de haber hecho algo de oclumancia accidental, porque ahora cuando quiero buscar su mente siento que está detrás de una pared, por ponerlo de alguna forma.
Levantó ligeramente el mentón, susurrando un ligero "ah". Por su expresión en aquél momento supongo que aquello fue suficiente para que llegara a alguna hipótesis que explicara mi situación. Contuve mi aliento, impaciente por ver qué haría a continuación.
- Mírame a los ojos, Harry – ordenó, y sentí la imperiosa necesidad de poner los ojos en blanco, pero hice lo que me pidió. Traté de no repeler su avance, ya que entendía que probablemente hurgaría en mi mente para encontrar a Tom, y esperé. Es bastante desagradable sentir una presencia ajena en tu mente, pero era fácil de ignorar una vez que te acostumbrabas. Y con Tom, había tenido ocasiones de más para practicar.
Lo peculiar de esta vez fue que en un momento sentí como si algo golpeara dentro de mi cabeza, tras lo cual supongo que debo de haber perdido el conocimiento, porque lo siguiente que recuerdo es el cielo raso de la sala de estar de Sirius.
- ¿Cuánto…? Auch… - me incorporé de repente, antes de darme cuenta del agonizante dolor de cabeza que estaba sufriendo. Volví mi mirada hacia Voldemort, llevándome una mano a la cicatriz en mi frente, que ardía como si le hubieran aplicado un hierro caliente.
- Unos minutos, nada más – murmuró, con la mirada perdida. Era fácil deducir que mi desmayo había sido producido por Voldemort al tirar abajo las barreras que mantenían a raya a Tom, y que probablemente ya se había comunicado con la otra pieza de su alma.
- ¿Hay alguna forma de sacarlo? – pregunté. Aquél era el crux de la cuestión para mí. La única razón por la que estaba allí hablando con él y no con Dumbledore.
La pregunta lo sacó de su trance, y clavó sus ojos en mí.
- Puedo pensar en muchas, pero todas serían mortales para ti – una fea sonrisa se asomó a su rostro.
- No, entonces – dije, decepcionado-. ¿Alguna recomendación para comenzar a investigar?
La mirada que me dirigió me hizo sentir como un niño que acaba de decir algo muy estúpido. Estaba esperando algún tipo de insulto, o algún comentario paternalista, pero mi pregunta le hizo recordar algo.
- Tendría que revisar la Cámara…* - dijo por lo bajo, como para sí mismo.
- ¿Qué cámara?
Mi pregunta lo puso en alerta.
- ¿Entendiste lo que dije?
- ¿Qué tenías que revisar la Cámara? – estaba confundido-. No sé de qué cámara estabas hablando, si es eso a lo que te refieres.
- ¿Me puedes entender ahora?*
- Eh, ¿si?
Una pequeña sonrisa se asomó a sus labios, en su rostro una expresión de triunfo. No entendía qué se le estaba pasando por la mente, pero no me generaba confianza. En lo absoluto. Decidí cambiar el tema, porque él no pensaba explicar qué demonios había sido eso, y yo tenía otras cosas en la cabeza.
- ¿Qué se supone que pasa ahora? – pregunté, señalando mi cicatriz, que ya había dejado de arder.
- Tom no te molestará de ahora en adelante– su voz volvió a sonar algo distante, como si estuviéramos hablando de negocios. Se paró, y no tardé en seguir su ejemplo. Había algo en su mirada que me ponía nervioso-. Extiende el brazo.
Tarde en comprender el significado de lo que me estaba pidiendo, pero cuando caí en la cuenta de que pensaba marcarme, me eché hacia atrás, mi cuerpo en alerta.
- No – dije, alzando la barbilla-. Si hablaste con Tom entonces sabes que no tengo intención de aceptar la Marca.
Aquél desafío directo lo hizo enfadar, y al instante comencé a notar cómo su magia invadía la habitación, salvaje. Traté de bloquear mis sentidos lo más que pude, pero estaba al tanto de que la intensidad iba en aumento, y que sensible como era ante un aura tan poderosa, no iba a tardar en sentir la misma presión que sentí la vez que lo conocí.
- Mi joven yo debe haberte dejado en claro de más, Harry, que tu vida estaba en sus manos desde el momento que conseguiste el diario. Sin mencionar que fue gracias a él que sobreviviste la maldición asesina… – sus ojos rojos adoptaron un brillo malicioso – hasta se podría decir que tienes una deuda de vida conmigo.
Sentí que mis puños se cerraban con fuerza, y mi propia magia comenzaba a invadir la habitación, un vapor plateado atacando violentamente aquella masa de brea que parecía ser la magia de Voldemort. Aquél jueguito no iba a funcionar conmigo, y al igual que nunca permití que Tom me manejase como una muñeca, tampoco le iba a dar carta blanca a Voldemort para que pensase que me iba a manejar tan fácilmente.
- Las deudas de vida no funcionan así – mascullé -, no trates de usar ese truco barato conmigo. No me interesa tu guerra ni tu filosofía, o como quieras llamarle. No pienso meterme en esto.
Una fea sonrisa se asomó a su rostro, y sentí que me ira aumentaba.
- Demasiado tarde, Harry. Llevas contigo una parte de mi alma, ¿acaso crees que te voy a dejar andar por ahí sin poder asegurarme de alguna forma que mis intereses no están en juego?
- Jamás te insultaría de esa forma, Voldemort – le dije, una pequeña sonrisa sarcástica en mis labios-. Pero podemos hacer un trato.
Aquello me valió una mirada incrédula, como si no pudiera creer que fuese lo suficientemente inocente como para creer que tenía algo con lo que negociar. Ja, veamos quien ríe último.
- ¿Qué te hace pensar que me interesa un trato, cuando puedo inmovilizarte y darte la marca en este preciso instante?
Me estaba probando. Era muy sútil la forma que tenía para hablar, pero yo entendía lo que realmente quería con aquél pequeño diálogo. Muéstrame lo que puedes hacer, me estaba diciendo. Desafíame. Algo que quizás no era muy evidente en él era aquella puja constante por poder en la que participaba con todas las personas; en su arrogancia creía que nadie era mejor que él, pero si lograbas acercártele lo suficiente, demostrarle que de alguna forma eras una variable que no podía controlar pero que podría llegar a predecir, entonces te ganarías el suficiente respeto como para poder permitirte ciertas cosas.
De todas maneras considero que quizás aquello no fue lo mejor que podía hacer en aquél momento, pues me dejó con pocos aces bajo la manga para el futuro; pero en aquél momento era la única forma que tenía de convencerlo para que no me marcara por la fuerza.
- Hazlo – dije, acercándome a él y extendiendo mi brazo. No estaba ni siquiera seguro de que funcionaría, si soy honesto, pero estaba dispuesto a intentarlo.
Por un momento se quedó inmóvil, observando atentamente mi rostro para entender qué era lo que me estaba pasando por la mente. Solo fueron unos segundos, pero fue suficiente para darme la satisfacción que en ese momento yo tenía el elemento de sorpresa a mi favor.
Tomó mi brazo, y suavemente acercó su varita a la piel.
- Morsmordre – susurró, y ví como un fino hilado de energía color esmeralda se iba extendiendo a lo largo de mi antebrazo. Flexioné un poco la mano derecha, y bruscamente agarré aquellos hilos antes de que se fijaran en mi piel. Jamás había intentado esto, y concentrarme en la magia que seguía fluyendo desde la varita de Voldemort me estaba costando horrores, pero a mi favor tenía que el hechizo todavía no había sido fijado al receptáculo, y eso hacía que la magia pudiera ser tocada.
Comencé a separar aquellos hilos de las cercanías de mi brazo, y con un solo tirón logré disipar el hechizo. Me sentía mareado y jadeaba como un perro, pero tenía la satisfacción de haberlo logrado.
Una rápida mirada en dirección a Voldemort, quien todavía estaba frente a mí, reveló la expresión pensante en su rostro. Había honesta sorpresa en su mirada. Su mano se cerró con un poco más de fuerza alrededor de mi brazo, y por un momento temí que fuera a paralizarme y marcarme allí mismo.
Pero al momento siguiente la mano desapareció, y Voldemort me miraba con una pequeña sonrisa, que nada tenía de inocente. Había funcionado.
- ¿Qué pacto tenías en mente? – preguntó, y por un instante vi a Tom en su lugar.
- No es un pacto… es más una amenaza glorificada. Ya sabes, algo con lo que me mantienes más o menos en línea – tuve que sentarme ya que las piernas no me daban más, y la cabeza comenzaba a darme vueltas. Él se mantuvo parado, y tuve la sensación de que disfrutaba mirarme desde arriba. Control freak -. Sirius y mi hermana son… ¿mortífagos es, como los llamas ahora? Mortífagos. Me puedes decir, no sé, que son rehenes. Y yo trato de no hacer nada extremo, como ir a llorarle a Dumbledore que tengo parte de un terrorista en la cabeza.
Se rió por lo bajo, y aunque supe que no iba a ganar el juego, lo había entretenido lo suficiente como para proponer un juego de otro tipo. Con Tom siempre había sido lo mismo; la única forma de no perder era asegurarle que lo ibas a seguir entreteniendo si comenzaba otro juego.
- Vamos a hacerlo un poco más divertido – dijo-. El verano que viene tendremos un duelo. Si tú ganas, no volveré a molestarte. Si yo gano, tendrás que volverte un Mortífago.
Los ojos rojos parecían quemarme con la intensidad de su mirada. Aquél desafío despertó todo tipo de sentimientos dentro de mí. Había una parte de mí que ya estaba llorando por la derrota, que tenía ganas de darse la cabeza contra la pared porque de esta situación parecía no haber salida. Pero había otra parte que se había acostumbrado al desafío constante que me presentaba interactuar con Tom, o ahora Voldemort, y que estaba ansiosa por comenzar a prepararse. Por jugar. Dentro de mí existía la ambición y el aventurero indomable, y por aquella estúpida combinación me iba a tirar de cabeza a aquél reto, imaginándome ganador.
- Déjame darte un consejo - siguió, el tono de su voz todo menos amigable-, si quieres durar más de tres minutos, será mejor que aprendas las artes oscuras.
Asentí, y sonrió brevemente antes de darse media vuelta.
- No te olvides – dijo, y desapareció por la chimenea.
*N.A.: Las itálicas fueron agregadas en la edición para mayor claridad.
No sé realmente qué fue lo que me hizo actuar, pero aquella noche sentí la necesidad de confesarle a Sirius todo lo que realmente había pasado en el último año. Me siento un poco estúpido ahora, lo tengo que admitir. Su conocimiento lo pone en un enorme peligro, aunque al mismo tiempo quizás también le pueda servir como un caballito de batalla en el futuro. No lo sé. Mi imaginación crea un millón de escenarios en los que saber acerca de los horrocruxes de Voldemort es una ventaja, y otro millón en los que es el eje de su perdición (palabras dramáticas para describir imágenes dramáticas, ¿verdad?).
Sin embargo, no puedo evitar sentirme más ligero, más contenido, ahora que lo sabe. Sirius lo entiende. Por supuesto que por un momento quiso ahorcarme por no haberle dicho antes, y no lo culpo pues yo habría hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Pero ahora sabemos que ambos estamos en esto juntos. No puedo llegar a explicar completamente el alivio que el sentirse acompañado trae consigo.
