La vida no es fácil cuando eres un adolescente cuyos padres son parte de una organización paramilitar. No es que me queje, aunque quizás me moleste mucho que me traigan la guerra a casa cuando lo único que quiero es un tiempo a solas para pasar a segunda base con Ginny. Y no es que ella se haga la difícil; tiene tantas ganas como yo de llevar nuestra intimidad un poco más lejos (aunque no se lo digan a sus hermanos, porque por más sensor que sea no la voy a ver venir antes de que me tengan tres metros bajo tierra). Pero el ir y venir ajetreado no solo de su familia, sino también de los miembros de la Orden dejan poco espacio para nuestras actividades.

De todas maneras celebro el poder llamar a esta la mayor de mis frustraciones, y celebro el día en el que Ginny decidió que era lo suficientemente atractivo como para poder servirme de tan buena distracción. En los rostros de los transeúntes que van y vienen veo reflejado el peso que me acompañaba antes del verano y que me acompañará cuando tenga que volver a las intrigas una vez empezado el año escolar, y me siento identificado. Me siento un poco aislado por ello; es como si todo fuera utopía (transitoria) de este lado de la casa, aunque mi mente debería estar con ellos.

Después de todo, al final del año se supone que tengo que batirme en duelo con Voldemort.

A veces me pregunto si Remus me podrá conseguir un lugar en esa colonia de hombres lobo en la que enseña en Irlanda. O enseñaba, hasta hace poco.

Remus Lupin es uno de los hombres más amables que conocí en mi vida, y lo más extraño es que es un hombre lobo. Uno consideraría que ese tipo de creaturas son muy violentas; como si sus cualidades salvajes invadieran su personalidad humana, incluso cuando no están transformadas. Pero Remus te puede probar todo lo contrario; es un tipo genial, y me alegra decir que va a ser el nuevo profesor de Defensa Contra Las Artes Oscuras de este año. (Lo cual, por cierto, es una muy obvia movida por parte de Dumbledore para llenar el castillo con agentes de la Orden, sabiendo que el Consejo está lleno de simpatizantes tradicionalistas).

Apareció en casa unos días luego de la luna llena; parecía cansado, pero se portó extremadamente amable. Me dio un poco de pena verlo vestido con ropa tan andrajosa; mi mamá me aseguró que antes de que terminase el verano conseguiríamos que acepte un guardarropa nuevo de nuestra parte.

- De todos los amigos de tu padre, siempre fue el que más me agradó – me dijo -. Era tan pícaro como el resto, pero siempre trataba de que ni Sirius ni James se pasaran con las bromas. Un chico muy agradable. Te va a caer bien.

En efecto, Remus y yo congeniamos de inmediato.

- Veo que no exageran cuando dicen que eres igual a James – dijo, estrechándome la mano cuando lo recibí en el pórtico-. Pero, los ojos son de Lily. Remus Lupin. Un gusto conocerte, Harry.

- El gusto es mío, señor Lupin. Mamá habla maravillas de usted.

- Remus, por favor, ¡tengo canas pero no soy viejo! – rió cálidamente-. No sé qué pudo haber dicho Lily, pero no le creas por favor. Si le parecí bueno es porque tu padre nos obligaba a comportarnos con ella.

- Si, ya me han contado algunas cosas de sus días en Hogwarts.

- Qué mala introducción, entonces, - me dijo, guiñando un ojo.

Recuerdo que me dio algo de impresión al ver su rostro de cerca, pues estaba cubierto de numerosas cicatrices, de varios tamaños. Si la expresión en su rostro no hubiese sido tan cálida, tan amable, no le hubiese costado mucho intimidarme. Pero una de las primeras cosas que notabas de él era su sonrisa. Como dije, Remus era un buen tipo.

Y tenía un gusto genial en literatura. No voy a mentir, y admitiré que parte de la razón por la que me cae tan bien es porque es una de las pocas personas en la casa (además de mi madre) que parece haber leído los mismos libros que yo. Es una relación particular la que comparten dos lectores con gustos parecidos; como la lectura suele ser algo tan personal, tan solitario, encontrar a un tipo que compartió el mismo momento mágico que vos es algo muy especial.

También tiene una habilidad francamente extraordinaria para resolver conflictos, si su actuación de hoy es indicación de algo. Lo que sucedió fue lo siguiente: padres reunidos con algunos conocidos de forma informal, hablando de política. Todo bien, yo estaba allí, Ginny estaba allí mirándome furtivamente con la esperanza de que le diera alguna señal para que nos fuéramos a revolcarnos al jardín, Fred y George estaban allí buscando probar algunos chascos que ellos mismos inventaron, y de pronto el enemigo jurado de tu padre también estaba allí. Lo único que me quedó de todo lo que pasó es lo extremadamente infantiles que pueden ser los mayores en la habitación.

Lo primero que me dijo que algo iba a ir mal mientras todo el mundo saludaba al recién llegado fue la mirada que mi madre le dirigió a James. Esa típica mirada femenina que parece decirte "sé lo que estás pensando y mejor ni se te ocurra"… que si, es verdad que conozco por haberla sufrido más de una vez. Sabía que no había amor entre mi padre y Severus Snape; que más allá de ser la típica tensión entre ex amante versus esposo actual era también la de dos enemigos escolares jurados. Pero creo que todos los presentes habíamos asumido que si Snape había aparecido por estos pagos era para hablar de negocios, no para hacer visitas sociales. Por lo tanto lo mínimo que podían hacer cualquiera de los dos era ignorarse mutuamente.

Ja. Como dije, hay gente que parece no madurar.

- Habla vos con él – escuché que susurró mi padre luego de que Snape terminara su ronda de saludos. Mi madre inmediatamente puso esa sonrisa falsa que hace cuando está nerviosa y se levantó para realizar el rito típico anfitriona. Cómo estás, querés algo de tomar, de comer, querés sentarte, viajaste bien, llegaste justo.

- Gracias, pero estoy con el tiempo justo – dijo de la manera más cortés que podría decir alguien en su situación-. Me gustaría hablar de lo que convenimos e irme.

Ginny hizo una mueca, y si mis habilidades para leer labios son buenas, puedo afirmar que susurró "desagradable" muy suavemente. Mi madre ni se mosqueó, evidentemente acostumbrada a los hábitos de un hombre con el que estuvo casada, y asintió.

- Será mejor que vayamos al estudio. ¿James?

Noté cómo mi padre tensó los hombros al instante, y le dirigí una mirada furtiva a mi madre, quien ni se percató de ella, concentrada como estaba en la expresión de su esposo.

- El estudio es muy pequeño para todos… quiero que toda la Orden esté presente.

Snape torció levemente su boca como señal de desagrado ante la sugerencia, pero sabiamente se ahorró comentario alguno. Mi madre fue un poco más vocal al respecto, inmediatamente irguiéndose en toda su pelirroja gloria frente a él.

- James, no vamos a llamar a toda la Orden para esto… no es prudente.

- ¡Sabes lo que pienso de este asunto! ¿Te parece que su palabra es de fiar?

- ¡James!

- Creo que esto debería discutirse en privado, Potter – interrumpió la voz grave y lúgubre de Snape. A la luz blanquecina de la cocina aparecía casi como una figura fantasmal, y su complexión pálida ofrecía un interesante contraste contra el rostro tostado de mi padre. Parecía que hasta en los detalles más mínimos sacaban a relucir su rivalidad.

- ¡No me digas qué hacer en mi casa, Snape! – bramó la voz irritada de mi padre. Nos dirigió una mirada cautelosa primero a mí, y luego al resto de los no-guerrilleros en la habitación. Sé que en aquél momento estaba dividido entre seguir la voz de la razón, masticándose su orgullo, o ignorar las palabras de Snape para tratar de humillarlo frente a todos nosotros.

Sin embargo, su rival le hizo fácil la elección cuando sin tapujos, masculló el primer insulto de la noche:

- No has cambiado en nada, Potter. Sigues siendo el mismo niño ridículo de entonces.

- ¿Te atreves a insultarme bajo mi propio techo?

Aquél pareció ser el grito de guerra de ambos. Aunque no movieron más que los labios, sus cuerpos (inclusive el de Snape, oculto tras una densa capa de túnicas) reflejaron en un instante lo mucho que deseaban arreglar el asunto de manera menos civilizada.

Fue en aquél momento que una mano avejentada se apoyó cansinamente sobre el hombro de mi padre. Las cicatrices le pusieron nombre antes de que la voz de Remus se inmiscuyera, apaciguante, en aquella batalla que estaba por ser librada.

- Me parece que hay un tiempo y lugar para todo, y este no es ni el momento ni el lugar donde deberían estar discutiendo estas cosas – para acentuar sus palabras, les dirigió a ambos una cortés sonrisa, que extrañamente me hizo pensar en Dumbledore -. ¿Por qué no subimos al estudio mientras esperamos que el resto de la Orden llegue, y vamos hablando de lo que tenemos que hablar?

Mi madre parecía estar a punto de pedirle el divorcio a mi padre simplemente para casarse con Remus. Con una mano firmemente sujeta al brazo de mi padre, gesticuló animadamente para que ambos hombres se dirigieran hacia la escalera.

- Vamos, Remus tiene razón. No perdamos tiempo en estas cosas, por favor. Molly, avísale a la Orden que hoy tenemos una reunión sorpresa para tratar un tema urgente. Por favor que vengan solamente los miembros más… discretos.

Los Weasley, que hasta ese momento habían observado silenciosamente el intercambio (sabia decisión), asintieron. Apenas noté cuando desaparecieron en dirección al bosque, ya que mi madre se posicionó frente a mí y me puso la mirada más seria que le he visto poner en su vida.

- Harry, hazme un favor y quédate en el porche, para recibir a los que vengan. Diles que vayan al comedor.

- ¡Sí, mi capitana! – dije, haciendo el mismo saludo formal que había visto a los aurors hacer con mi padre. Sentí la risita de Ginny por detrás de mí, y comencé a caminar hacia el hall de recepción, consciente de que me seguiría. Es extraño como en algunos aspectos Ginny parece ser una de aquellas diosas guerreras salidas de las fábulas y en otros un perrito perdido que constantemente busca a su amo.

Justo a la mitad de aquél pensamiento mis ojos se toparon con la mirada penetrante de Snape, quien estaba esperando a mi madre a los pies de la escalera. Si yo fuera una persona un poco más habilidosa, o al menos más atenta, probablemente le hubiera hecho algún comentario astuto… tristemente lo único que me nació hacer fue mirarlo estúpidamente hasta que lo pasé de largo. Si hay algo que parece repetirse a lo largo de los años es la mala primera impresión que dejo en la gente. Todos piensan que soy un idiota la primera vez.

Snape (por suerte) no dijo nada, aunque me dio la impresión de que si estuviéramos en Hogwarts y él fuera un profesor probablemente me sacaría 50 puntos por siquiera mirarlo. De largo pasé, y conmigo la tarde también, y pronto el murmullo artificial de los encantos que habían usado mis padres para evitar que espiáramos invadió la noche. Con Ginny apenas podíamos escuchar el canto de los grillos… no que estuviéramos prestándole atención. Pero entre beso y beso se nos hizo cada vez más pesado aquél murmullo, y no fue hasta que nos levantamos para escaparnos al bosque que cesó abruptamente.

- ¡Por fin! – exclamó Ginny, saltando en dirección de la casa-. ¡Y justo a tiempo para el programa de Weaverly Oakenshield!

- Espera a que empiecen a salir todos, Gin… debe ser un lío tremendo ahí adentro.

Ginny se encogió de hombros y salió trotando hacia la entrada. Como el programa de la antes mencionada Oakenshield era lo último que me interesaba escuchar aquella noche (y en mi lista de prioridades creo que el lamento de un troll hambriento estaba antes) me quedé parado donde estaba, tratando de adivinar las idas y venidas de los miembros de la Orden. Sabía que algunos se irían por la chimenea; sin embargo la gran mayoría se aparecería, y aunque no estoy hablando de más de treinta personas, no me apetecía en lo más mínimo la ronda de saludos cordiales en la que me vería envuelto si salía a su encuentro.

- Potter – una voz grave a mis espaldas me llevó a darme vuelta. Severus Snape parecía ser la excepción a mi pequeño exilio.

- Snape, - dije, asintiendo. Me parecía extraño que se tomara la molestia de caminar más de cuatro pasos para dirigirme la palabra, conociendo su odio por todo lo que llevara el nombre Potter. Supuse que estaba viendo la mano de Sophie en semejante bizarreada.

Aquél era un buen momento para tratar de mejorar un poco aquél feudo.

- Lamento que mi padre se pusiera tan a la defensiva hoy – dije, mirándole a los ojos-. No te conozco más de lo que sé por Sophie, pero no pareces un mal tipo. No te mereces uno de sus berrinches.

- Berrinches… - repitió, y la palabra se me hizo muy graciosa en su boca-. No podría haber encontrado una mejor palabra para describirlo.

Sus pequeños ojos negros se entrecerraron, y no supe si esperar un insulto o un comentario cordial de su parte. Ese hombre me ponía nervioso. La cosa con Snape es que nunca sabes si lo estás leyendo bien; todo lo que hace parece demasiado franco para ser cierto, o demasiado indescifrable como para que un mortal sepa qué le pasa por la mente. O al menos esa es la impresión que me dejó.

- Nos veremos en Hogwarts entonces, Potter – dijo, y con no poco dejo de dramatismo se dio media vuelta para aparecerse.

- ¿Eh? – exclamé, casi por reflejo-. ¿Hogwarts?

Como era de esperarse no contestó, y desapareció con un pequeño ¡crack! en la noche.


no era muy difícil de imaginarse que dumbledore se le tiraría encima luego de la muerte de slughorn. remus me acaba de confirmar que snape es el nuevo profesor de pociones. mi padre está hecho una fiera.


Querido diario, hoy tuve una pesadilla. Pero no son de aquellas pesadillas comunes, esas que tiene la gente afortunada en las que son acosadas por sus más profundos temores y que seguro culminen en alguna sesión con un costoso terapista que les servirá para arreglar todos los problemas en su vida. Tuve una pesadilla, pero una pesadilla real.

¿Real, dices? Sí; con gente de carne y hueso; desprovisto de toda metáfora, y con sensaciones y sentimientos que fueron muy reales. Ví a través de los ojos de Voldemort, maldita sea. Estoy casi seguro de ello. No he hablado con Sirius al respecto, pero he escuchado de ciertas cosas que han estado pasando gracias a los miembros de la Orden, y parecen corroborar esta sospecha mía.

Al principio, lo admito, sentí una brutal felicidad al pensar que quizás tenía algún poder clarividente manifestándose; pero a lo largo de la semana los… sueños, pesadillas, se han enriquecido en detalles, y cada vez veo más. Y estoy convencido que nada tiene que ver con algún poder latente para ver el futuro si no con un error que me permite ver el presente, ese error llamándose Tom.

Creo que es este… horrocrux, esta conexión lo que está provocando éstas visitas dentro de la mente de Voldemort, y no me gusta para nada la idea. Primero, por la muy obvia razón de que saber todo lo que hace por la noche un hombre con el que nada quiero tener que ver es medio contraproducente a mis deseos de neutralidad (sin tener en cuenta las visiones de tortura y destrucción gratuitas a las que me veo sujeto, pero digamos que desgraciadamente uno va desarrollando resistencia a esas cosas). Segundo, porque me imagino que lo último que desearía Voldemort es tener a un mocoso de dieciséis años en la cabeza mientras lleva adelante sus negocios.

Ergo, prioridad de visita a Sirius: Urgente.


Mi padre no está en su mejor momento, voy a ser el primero en decirlo. Está paranoico, estresado, y entre su trabajo y la Orden apenas tiene tiempo para despejarse. Mi madre apenas puede mantenerse despierta luego de que se pone el sol, por lo que es muy poca ayuda a la hora de mantener la cordura de su marido. Y con lo tensa que está la cosa entre mi padre y Sirius, me preocupa que si le llego a pedir permiso para ir a Grimmauld Place explote con todos sus miedos y preocupaciones en mi cara. Pero no es como si me diera lo mismo ir o no ir, pues lo que no puedo explicarles es que es una situación de vida y muerte (por su bien). En consecuencia mi única opción aquí es sentarme enfrente de mi padre en su estudio, asegurarme que su vaso de firewhiskey esté lleno, y cruzar los dedos para que mis palabras no inicien la tercera guerra mundial muggle en el living room de casa.

Y eso fue lo que hice.

- Quiero ir a Grimmauld Place esta semana – le dije, yendo directo al grano. Mi padre hizo una mueca muy marcada, y literalmente podía leer la angustia en sus ojos, pero rápidamente se compuso y se aclaró la garganta. Parecía estar a punto de mandarse uno de esos largos monólogos que suelen crear tus padres en el momento cuando quieren decirte que no pero no saben realmente explicarte por qué, por lo que lo interrumpí haciendo uso de mis mejores armas de chantaje emocional:

- Quiero verlo antes de volver a Hogwarts, ya que no sé cuándo voy a poder volver a verlo.

Ojitos tiernos que le hagan recordar a mi madre: activado.

- Harry…- emitió un suspiro pesado, como si esto significara tener que violar las tumbas de mis ancestros para encontrar un muñeco de peluche que había perdido- está bien. Si puede ser hoy, mejor; todavía no estoy muy seguro cuándo vamos a poder arreglar la salida a Diagon Alley para comprar las cosas para el colegio, así que prefiero que te lo saques de encima de una.

Sacar de encima. Nótese brevemente el significado oculto de la oración. Cómo si mi padrino fuera la abuela sobreprotectora que siempre me llena de pastelitos y suéteres cuando voy a la casa. Quizás en ese momento James consideraba su amistad con su "mejor" amigo simplemente un título para satisfacer un pasado común entre ambos… pero era mi padrino. Ahí tienes un buen ejemplo de "proyección psicológica" (si, lo leí en un libro hace poco).

- Genial, volveré a las nueve – aproveché la situación para irme en el momento. No quería arriesgarme a que cambiara de parecer por alguna idiotez que se le pasara por la cabeza. A decir verdad, y para ser totalmente justos con él, solo habla bien de sus instintos como auror que sospechara de Sirius, pero me dolía (¡me duele!) verlos enfrentados. Es mi papá, y es mi padrino de los que estamos hablando.

Traté de ignorar el sentimiento que me produjo el encogimiento de hombros de Sirius cuando lo saludé al llegar ("mi padre cada día está más paranoico con vos"), algo así como si alguien agarrase tus entrañas y las diera vueltas, y vueltas, y vueltas… Si mi padre se distanciaba de mi padrino era una cosa; algo de incentivo de mi parte y de Sirius mismo ayudaría a reparar cualquier puente roto entre ambos. Pero si mi padrino sentía lo mismo… era una cruda, fea realidad y yo ya tenía suficientes crudas y feas realidades en mi día a día como para encima amargarme con otra más. Decidí dejar el asunto flotando allí, y probablemente para siempre, y me propuse a aceptar lo que cualquiera de los dos hiciese o no al respecto. Tengo que recordar que son adultos, y hay un mundo más allá de mí, y de mis estúpidas ilusiones infantiles.

- Sirius – volví a decir, esta vez con más urgencia y con más preocupación que la que me causaba su distanciamiento con James. Esto llamó su atención, y en la tenue iluminación del pasillo de la más noble y ancestral casa Black, de pronto me di cuenta que Sirius era realmente un Mortífago. No es que sea estúpido ni nada; pero una cosa es adquirir el conocimiento lógico de que Y cosa tiene X propiedades, otra cosa es verlo en la práctica. Y en aquél momento, sus túnicas que hablaban de aristocracia y sangre pura, su apariencia religiosamente cuidada, la mirada seria y oscura en sus ojos grises… era como si de repente hubiera caído en la cuenta de que la imagen de Hocicos, algo más infantil, más compinche, había sido completamente borrada y en su lugar habían puesto este hombre. En parte el cambio me asustaba, pero al mismo tiempo me era imposible no pensar en mí mismo y en que yo también, junto con Sirius, había pasado por cambios similares. Ciertamente mis andanzas con el maldito diario no me habían dejado igual de inocente que antes.

Y precisamente por eso estaba allí, frente a aquél hombre siniestro, a punto de contarle una siniestra ocurrencia.

- Tuve… tuve una especie de visión. De Él… viendo el mundo a través de sus ojos. En mis sueños.

Sirius sonrió a medias, pasándome un brazo sobre el hombro y caminando conmigo hacia su estudio.

- Harry, acabas de sonar como yo la primera vez que fumé un poco de ganjinka. Y por lo que puedo recordar de eso, no fue para nada un buen viaje.

Esperé a estar sentado en su estudio antes de volver a hablar. Admito que estaba más nervioso de lo que había pensado… el decirlo me daba la sensación de que todo era más real, y me daba pánico pensar en las implicaciones de ciertas de mis teorías, si llegaban a ser verdad.

- Empezó hace una semana. Empezaron siendo muy vagos; al principio soñaba con unas figuras oscuras moviéndose en la noche. Nada más. Gradualmente se volvieron más nítidos, y podía ver más cosas. Todos parecían ser lo mismo; visiones de algunas de las reuniones que Voldemort mantiene con sus seguidores. Al principio pensé que quizás era algún efecto secundario del horrocrux; que quizás Tom me estaba tratando de decir algo… usando mi subconsciente o algo. Pero el miércoles soñé con una conversación en la que se habló de un tal Romual Scornflake, y al día siguiente apareció una chica en casa para avisarle a mi padre que habían secuestrado al tal Scornflake. Y… y luego el jueves soñé que en medio de la reunión Voldemort te llamaba al frente, y te sacabas la máscara – a esto Sirius se llevó una mano a la boca para contener su sorpresa-; hablaron algo del departamento, acerca de un arma que están desarrollando. ¿Estoy en lo correcto?

La expresión sorprendida de mi padrino se volvió lentamente una de horror.

- Estás… estás en lo correcto, me temo.

Se llevó una mano a la frente, bajando la mirada. Lentamente se pasó la mano por el pelo, queriendo aplastar las rebeldes curvas negras de sus cabellos sin mucho éxito. Su mirada parecía ir más allá de la habitación, y entendí que estaba sumergido en la contemplación de mi problema. Esperé en silencio a que dijera algo, hasta que mis nervios pudieron más.

- Sirius… ¿piensas que esto puede ser obra de… él?

Mi pregunta pareció sacarlo de aquél trance en el que se había sumergido, y levantó su mirada bruscamente. Si no fuera mi padrino, el movimiento probablemente me hubiera intimidado; pero estaba acostumbrado a aquellos ticks que sabía eran propios de su familia.

- N-no…- dijo, ensimismado; sus ojos grises lucían sorprendidos, mirando más allá de la expresión confundida y atemorizada de mi rostro-. Es difícil predecir qué es lo que puede llegar a hacer, por supuesto, pero… no creo que le parezca muy conveniente que el hijo del jefe del departamento de Aurores esté al tanto de los más mínimos detalles de sus planes.

- A menos que quiera pasarme información falsa, con la esperanza de que se la comunique a mi padre, y que caiga en una trampa.

Sirius asintió, y sentí un dolor en el pecho al pensar que si hablaba de la información que ganaba en las visiones terminaría delatando a mi padrino también.

- Creo que lo único de lo que podemos estar seguros acerca de esto es que no te conviene hablar de lo que veas…

- Lo sé –lo interrumpí-; él sabe que quiero neutralidad en este conflicto… y si este es un intento para forzarme a tomar partido por alguien lo mejor que puedo hacer es ignorar lo que sea que me muestre. Que es básicamente lo mismo para ambos lados que si no supiera nada.

- Bien, - la expresión de preocupación en el rostro de Sirius no cambió- aunque todavía queda por responder la pregunta más importante… ¿cómo demonios puedes meterte en su cabeza de esa forma?

- ¿El horrocrux? Después de todo, no es como si fuera una ocurrencia precisamente normal… creo que hasta deberíamos celebrar que haya efectos secundarios.

Sirius se llevó una mano debajo del mentón, y noté que en su barbilla había un pequeño indicio de barba.

- No soy ningún experto en la materia, pero es posible que entre ustedes dos se haya formado alguna especie de vínculo mental a consecuencia del horrocrux, aunque esto es meramente especulación – mientras mascullaba su opinión, Sirius se levantó suavemente, comenzando a dar vueltas alrededor de la habitación mientras pensaba-. Si lo que viste es producto solamente de una conexión a nivel mental… entonces solo hay una forma de evitarlo.

- ¿Cómo? – dije, levantándome como él para poder verlo a la cara sin sentirme como el niño que era.

- Las artes de la mente, obviamente – a esto esbozó una pequeña sonrisa, y de pronto me pareció como si tuviera veinte años menos-. Oclumancia, en particular.

Asentí, sintiendo ganas de golpearme por no ver la obvia solución – había estado frente a mis ojos todo este tiempo, y se me había escapado como agua entre las manos. Lo mismo que accidentalmente había atrapado a Tom dentro de mi mente era posible que destruyera, o con un poco menos de suerte, debilitara aquella conexión. 'Conexión', o como sea que se llame lo que lo seguía haciendo cruzar caminos con Voldemort.

- Por supuesto que siendo esta una de las especialidades del departamento- continuó Sirius, animado por mi expresión de aliento-, mi más queridísimo y honorable padre guardaba una pequeña colección de libros acerca del tema.

Se levantó de su silla y me hizo señas para que lo siguiera.

- Algunos deben estar en la biblioteca,- dijo, sin darse vuelta, mientras bajábamos las escaleras con el paso apresurado que tienen los hombres que se encaminan a cumplir una misión-. Aunque no sé si habrá alguno para tu nivel…

- Sirius, vos sabes Oclumancia entonces, ¿no?

El hombre asintió mientras abría sin cuidado la puerta de la biblioteca de Grimmauld Place. Los goznes de la puerta chillaron ominosamente, y tal como lo recordaba de ocasiones anteriores en las que había estado allí, el sonido terminaba siendo una especie de preludio para la atmósfera pesada y oscura que había en la habitación.

- Gajes del oficio, - dijo, encogiéndose de hombros. Como lord por su castillo se paseó entre los estantes, arrastrando su varita de libro en libro. Sabía que encontraría lo que estaba buscando en cuanto uno de aquellos lomos brillara.

- Nunca voy a entender por qué los magos no usan una forma más sencilla para catalogar sus bibliotecas – dije en voz alta, ojeando los pilones de libros que yacían desparramados sobre mesas, sillas, y junto al pie de los estantes. Sabía que cualquier lector que se preciase de ser tal no descansaría hasta memorizar cada posición de cada libro en su poder, pero las bibliotecas de las familias de sangre pura solían ser enormes, y los libros iban y venían, prestados y devueltos por familiares y allegados. Era mucho más sencillo organizarlos mediante algún catálogo. Pero si algo me había enseñado mi madre acerca de las diferencias entre los magos y los muggles, es que los últimos tienen la costumbre de querer buscar siempre una forma más fácil de hacer las cosas; mientras que los otros a veces hacen el esfuerzo de complicarse más la vida por el simple hecho de que pueden.

- Eh, nunca me puse realmente a pensar en eso – respondió Sirius, al tiempo que uno de los libros que acababa de tocar con su varita comenzaba a brillar-. ¡Acá está! ¿Ves? No necesitamos un catálogo.

Se acercó y puso el libro en mis manos – Introducción a la defensa de la mente. Un libro relativamente corto, 200 páginas, con muchos diagramas dibujados en una tinta que parecía haber visto días mejores.

- Quiero que leas eso lo antes posible. Tiene muchos ejercicios prácticos, no es tan pesado en teoría, y nos servirá para saber si la Oclumancia puede realmente ayudar con tu problema.

Me mordí un labio, sintiendo la poderosa mano de la ansiedad agarrándose de mis tripas.

- ¿Y si no sirve?

Sirius me miró por un momento, su rostro completamente vacío de expresión. Creo que sentía la misma incertidumbre que yo en aquél momento.

- Veremos.

El mensaje de sus palabras era sutil, pero ambos lo entendíamos. Que funcione, pues es nuestra única opción.


La meditación tiene extrañas consecuencias. Entre otras cosas, empiezo a mirar con mejores ojos aquél movimiento de contra-cultura muggle del que a veces mi madre se pone a hablar; los hippies y su eterno estado de felicidad, amor, paz y conexión con todas las cosas vivientes. Suena extraño, pero al meditar se supone que me tengo que desconectar… poco a poco, perdiendo todo contacto sensorial con el mundo. Y mientras más me pierdo en aquella nada mental, más siento que soy parte de un todo. Como si la existencia fuese un único ser, y yo una gota de agua más que forma parte del río que mueve el todo.

Odiaría pensar que con solo dieciséis años ya me he vuelto uno de esos locos religiosos. Pero no tengo la paciencia ni la fortaleza de espíritu para realmente tomarme estas sensaciones en serio… creo yo. Ciertamente me siento más calmado desde que comencé con los ejercicios en ese libro de Oclumancia, aunque no puedo decir que tenga más éxito que eso. Cuando uno es Sensor, no solo tiene que apagar los cinco sentidos que comparte con el resto de la humanidad, sino que además tengo que de alguna forma aislarme de la magia que me rodea. Y eso, eso es algo extremadamente difícil. Suprimir y aislar son dos cosas distintas; suprimir para mí implica tirar toda esa información al fondo de mis pensamientos, para concentrarme en otras cosas. Aislar, por otra parte, es cortar aquél chorro de información que no deja de inundar mi mente. Ya ven que me las veo difícil para esta.

Otra de las consecuencias graciosas que tiene esto de meditar es que el tiempo parece querer andar a un ritmo muy distinto. Puedo sentarme en mi cama, y aunque a mi mente no le parecieron más que media hora de hacer mi mayor esfuerzo para despejar mis pensamientos, el reloj tiene otra idea y así se me van tres, cuatro horas. Mi familia por suerte piensa que estoy atravesando por una crisis espiritual y han dicho casi nada al respecto, a pesar de que recibí ciertas miradas extrañadas luego de que Ginny se fuera de mi habitación roja de la furia al ver que en mi trance la había ignorado completamente. Bleh. Así son las cosas.

Esta determinación que tengo de poder llegar a bloquear las visiones antes de que comiencen las clases nos ha separado a Ginny y a mí. Por obvias razones no puedo contarle acerca de lo que realmente estoy tratando de lograr, y ella piensa que la estoy dejando de lado en favor de algún hobby nuevo sin sentido. Sinceramente no siento ni la más mínima pena al verla ir; nuestro tiempo juntos fue divertido, sí, pero creo que ella había concebido planes para mí de los que no me interesa participar. Cuando volvamos a Hogwarts no me queda la menor duda de que no tardará en encontrarse un beau nuevo, y ella podrá seguir con su vida feliz y despreocupada.

A diferencia de mí, que tengo que interrumpir mi idílico verano con un entrenamiento impromptu porque tengo parte del alma del mago oscuro más poderoso del siglo alojada en mi cuerpo.

Ah, adolescencia.


- ¡Harry! – la voz de mi madre me despertó de mi letargo. La luz entraba radiante por el ventanal que dominaba la cocina, dejando en evidencia las pequeñas partículas de polvo que flotaban en el aire, brillantina esparcida por la habitación en un halo…

- Despertate, que si no vamos a llegar tarde – las manos pequeñas y tensas de mi progenitora en mis hombros, y volví a abrir los ojos, preguntándome cuándo los había cerrado.

- Per-perdón,- dije, un bostezo rompiendo a través de mi disculpa.

- ¿No pudiste dormir bien anoche?

Su preocupación maternal, y su voz moviéndose de un lado a otro junto a su cuerpo. Ya estaba vestida para el trabajo; ya estaba lista y yo no me podía concentrar – su mano movía la varita, y una explosión de color que parecía darse cuenta de que yo era el único allí que podía verla, y por eso venía hacia mí…

- ¿Te sentís bien, hijo? – Ojos verdes, y por un momento pensé que estaba arriba, enfrente de mi reflejo en el baño; pero había más rojo, más preocupación, y menos Sensación. Sentí que algo me bajaba por la garganta, y de repente me di cuenta que mi padre me tenía entre sus brazos, y con un pequeño susurro me instaba a tragar el líquido ardiente.

Un momento, dos… y fue como si un torrencial de lluvia se interrumpiera abruptamente, las nubes dando paso al sol y a la claridad. Me agarré del brazo de mi padre, y cerré los ojos por un momento para controlar mis pensamientos.

- Te desvaneciste, Harry; fue como si…- murmuró mi madre, y alcé la vista, consciente ya de que me había caído de mi silla y que ella estaba parada, de espaldas al ventanal. Mi padre me ayudó a ponerme de pie, y contrario a lo que había pensado que me iba a suceder, no sentí náuseas ni debilidad. Rápidamente los rastros de aquél episodio se evaporaban de mi cuerpo.

- No pude dormir bien anoche…- dije, tratando de recordar si alguna vez me había pasado algo parecido-. Y tampoco comí mucho en el día. Y cuando hiciste ese hechizo… ¿para lavar los platos? – Traté de recordar por el color el tipo de magia que había conjurado, pero mi madre me ahorró el esfuerzo al asentir-, creo que estaba hipersensible, y eso me… sobrecargó, por decirlo de alguna forma.

- Harry, ¿no quieres quedarte hoy para descansar? – Mi padre dijo, sus ojos buscando cualquier signo de enfermedad en mi cuerpo-. Podemos hablar con Dumbledore y explicarle…

- No, está bien. Sólo tengo que comer un buen desayuno. Dormiré en el viaje, y cuando llegue puedo ir a la enfermería a que me revisen.

- ¿Seguro? – insistió.

- Si, papá,- dije, con una pequeña sonrisa-. Además, ustedes dos tienen que trabajar, y hoy se supone que los elfos iban a empezar a preparar la casa para la Orden. Sería una molestia para todos.

- ¡Harry! – mi madre se acercó, con gesto consternado-. ¡Jamás digas que sos una molestia!

Me encogí de hombros, y volví a sentarme a la mesa. Ahora que mi pequeño ataque había pasado, sentía el hambre apoderarse de mí. Eché una mirada al reloj, consciente de que mis padres entenderían el mensaje. Yo ya estaba decidido a ir a Hogwarts con el resto de mis compañeros.


Admito que aquél pequeño ataque me preocupó más de lo que aparenté en el momento, pero no fue hasta que estuve lejos de la mirada inquisitiva de mis padres que me relajé lo suficiente como para darme cuenta de lo extraño que había sido aquello. Si bien mis habilidades no vienen sin su precio (tengo que hacer un esfuerzo consciente para concentrarme en las cosas a mi alrededor, lo cual hace que hasta cierto punto esté medio desconectado de todo), jamás me había pasado cosa semejante.

Mi sexto sentido, por llamarlo de alguna forma, se incorporó a mi vida lentamente; no nací viendo la magia de la forma que la veo ahora. Poco a poco descubrí el danzante vaivén de las energías, que cada vez se me aparecían más brillantes, más corporales. Antes podía funcionar de manera más o menos normal… hoy en día, noto que me cuesta cada vez más conciliar este sentido con los otros cinco. No tengo tanto problema en lugares relativamente poco cargados con magia, como mi casa o la de Sirius; pero Hogwarts es un bastión de magia antigua, poderosísima, que se renueva todos los años con el ir y venir de sus estudiantes. Tengo miedo que resulte ser demasiado para mí. Una sobrecarga sensorial, ahora que me estoy volviendo cada vez más sensible.

A pesar de que inicialmente les había dicho a mis padres que iría a la enfermería al llegar a Hogwarts simplemente para dejarlos tranquilos, pienso ahora que debería cumplir esa promesa. La despedida en la plataforma, rodeado de tantos magos y brujas y sus pequeños con toda la magia que accidentalmente proyectan en el mundo, fue un poco más agobiante que en otros años. No sé si será por este agudizamiento progresivo de mi sentido o por la falta de sueño. Quizás son ambos. De todas maneras, pediré una revisión. Por ahora me limitaré a recobrar mis fuerzas; ya han pasado treinta minutos desde que partimos de Londres, y todavía no he visto ni a Neville ni a Hermione. Excelentes condiciones para una siesta.