Una mirada gris a la distancia; ojos preocupados. Sabía que no tenía un solo pelo fuera de lugar; me había asegurado antes de abandonar el foyer que no hubiera una arruga de más en mis túnicas. Pero poco sentido tenía pretender que la media hora que estuve desaparecido fue una larga estadía en el tocador, pues era casi imposible perderse las miradas furtivas que me dirigían los presentes. No tenía idea del efecto que nuestra pequeña charla pudo haber tenido sobre los festivos, pero no me quedaba la más mínima duda que de algo se habían enterado.
No quise buscarlo con los ojos, pero tenía la sensación de que Voldemort todavía estaba en el lugar. Asumí que si tenía algo más que decirme de todas maneras terminaría por hacer acto de aparición antes de que me fuera, por lo que me desentendí de él y de todos sus cohortes y salí en búsqueda de Draco.
Lo bueno a veces de ser el centro de atención es que es fácil encontrar a una persona, ya que normalmente te están buscando a ti también. Y así fue que en un santiamén estaba caminando lado a lado con el heredero Malfoy, quien no me dirigió palabra hasta que cruzamos el umbral que unía el salón con los balcones.
- ¿Alguien dijo algo? – pregunté, echando una mirada alrededor nuestro. Vi a Draco abrir la boca para responder y le hice un gesto para que se callara. La fronda tupida que revestía las barandas de los balcones brillaba con algo que tenía poco que ver con sus propiedades naturales. Con un simple hechizo confirmé que era un encantamiento que se había puesto de moda a mitad del siglo pasado en las reuniones sociales para espiar a los comensales. Draco se dio cuenta de lo que estaba haciendo y deshizo el hechizo.
- Gracias, - le dije – a decir verdad no tenía idea de cuál era el contra-hechizo.
- Muy prudente de tu parte para ser un Gryffindor, - comentó, impresionado. Entre la densa vegetación descubrimos unas escaleras que llevaban a los jardines, y comenzamos a bajarlas en silencio. Me aventuré a mirarle de reojo, y noté que lucía preocupado.
- ¿Te ha marcado? – susurró apenas, sus ojos clavándose en los míos.
Abrí la boca para contestarle casi sin pensar, cuando caí en la cuenta de mi error. ¿Realmente podía decir no? Hoy en día compartimos lazos que ningún mago en la historia de la humanidad parece haber compartido, para bien o para mal… Y en aquél jardín, a la luz de la luna y de las incandescentes flores encantadas que nos invitaban a volver a la fiesta, me era difícil darle una respuesta. Que sí porque soy un idiota que hace cosas sin pensárselas dos veces; que no porque no estoy de acuerdo con nada de lo que él propone. Quería pensar que seguía protegido de alguna forma de la influencia de Voldemort, pero estaba jodido… Voldemort ya me había marcado hacía rato.
- Sí – suspiré, y me arremangué para mostrarle la piel virgen de mi brazo izquierdo. Draco me miró, confundido-. Creo que debo contarte la historia primero.
Le hice un gesto para que nos sentáramos en uno de los bancos de piedra que rodeaban una de las fuentes principales del jardín. No quise mirarle la cara; estaba decidido. Lo que solo Sirius sabía ahora le tocaba conocer a Draco. Porque por alguna jugarreta de la vida los dos terminamos siendo como hermanos, una amistad verdadera nacida de alianzas escolares que habían prometido poco. Una parte de mí se rebelaba ante la idea (ni tu hermana sabe esto), pero a veces la cercanía no te asegura que aquella persona realmente comprenda. Por eso jamás le dije una palabra a Hermione, a pesar de que ella es mi mejor amiga. Hermione tiene demasiados prejuicios, demasiadas preconcepciones; y aunque sus intenciones son buenas, su mente puede engañar a su corazón.
Fijé mi mirada en la fuente, aunque mi cabeza estaba en otro lugar. En mis manos daba vueltas un ramillete de nomeolvides que había sacado de algún lugar – mi único nexo con el mundo exterior.
- Hace unos veranos – comencé-, encontré un libro bastante curioso en una librería de segunda mano en el callejón Diagon. Estaba en blanco, pero en su tapa había un nombre. No le di mucha importancia al tema, y como andaba necesitado de algún cuaderno para seguir escribiendo, me lo llevé. Me di cuenta ese mismo día que el libro estaba encantado. Te respondía. Pensé que era un truco bastante ingenioso, algo que podía usar para jugar con algún personaje que inventara para mis historias. Para hacer la historia un poco más corta, con el tiempo me fui dando cuenta que aquella no era una personalidad artificial, sino una real. Una memoria, me dijo Tom, el chico encerrado dentro del libro. Me dijo que había sido un experimento suyo que había realizado mientras estaba en Hogwarts. Algo muy inocente, seguramente… pero uno se pregunta entonces, ¿cómo demonios hace un estudiante para preservar cincuenta años sus malditas memorias, y que resulten tan coherentes? Aquello no era una memoria… era algo más.
- ¿A qué no adivinas de quién era el maldito libro? – pausé por un instante. Draco me miraba confundido-. Voldemort. Tu Señor de las Tinieblas lo creó como una especie de experimento para preservar partes de su poder. Y lo terminé comprando por unos knuts en una tienda de segunda mano.
La expresión de desconcierto en su rostro se transformó rápidamente en una de horror, sorpresa y admiración.
- P-pero… N-no puede… - farfulló, trastabillando gracias a las mil preguntas que claramente querían salir de su boca al mismo tiempo-. Harry, ¿qué demonios…? ¿Esto es en serio?
Esbocé una sonrisa forzada.
- Me gustaría decir que no, pero ya vas a ver cómo nos lleva a hoy.
Draco asintió, recuperando su compostura.
- La cuestión es que aquella memoria tenía poder, y compartía algo de su personalidad. Lo que hizo fue chantajearme… más bien mantenerme rehén, para que le diera información a cambio de no drenarme mágicamente. Y créeme, si hubiera querido lo podría haber hecho tranquilamente. Me la pasé todo el año buscando alguna forma de contactarme con Quien-Tú-Sabes para entregarle el maldito artefacto… y en el medio descubrí que Sirius era uno de sus seguidores. No podía arriesgarme a mandar el libro por lechuza, porque no sabía qué tipo de efecto tendría sobre mí, si estaba maldito o algo; la idea era de alguna forma entregárselo en persona, pero a Sirius esto no le hacía ninguna gracia. Y con Voldemort acrecentando su poder en las Islas, terminó por elegir llevar a cabo el ritual de adopción sin que lo supiera.
- ¿Cuándo fue esto?
- Las navidades antes de que Umbridge me atacara, cuando le sacaron la custodia a mis padres.
- Nunca me contaste esta parte.
Me encogí de hombros.
- No tenía mucho sentido decírtelo. Con Sirius está todo bien… no me hizo mucha gracia y me parece que podría haberlo hecho de otra forma, pero bueno, también me pongo en su lugar.
Draco asintió.
- ¿Qué hiciste cuando te diste cuenta de lo que había pasado?
- Me fui – una sonrisa triste se asomó a mis labios-. Me fui para Diagon. Y me encontré con él por primera vez.
- ¿Con… con el Señor de las Tinieblas?
- El mismo que viste y calza – Draco me descargó un suave codazo en el brazo, y no pude evitar una risita-. Quédate tranquilo, que me hizo sudar la gota gorda ese día. No tenía el libro encima… me quería morir. De noche es terrorífico.
- ¿Y qué pasó?
- Eh… hablamos. Quería que siguiese los pasos de Sirius, eso era más que claro. Sabía lo de la adopción, y quería asegurarse de tener a los Black enteramente de su lado. Aprovechó para asustarme lo suficiente como para considerarlo, y se fue. Unos días después Sirius ya había hecho las paces conmigo, más o menos, y estaba de vuelta en Hogwarts.
- Y Umbridge…
- Ahí es cuando sucede el ataque – me di vuelta, de manera que estaba totalmente de frente a él. Levanté con una mano el flequillo que me cubría la cicatriz en forma de relámpago que me había quedado de entonces, y noté el familiar camino que hacían los ojos del rubio hasta la bendita marca-. Y me quedo con esto. La verdad es que… la maldición de Umbridge debería haberme matado. Pero tenía el libro conmigo.
- El libro te salvó… - murmuró Draco, su mirada perdida en algún punto más allá de la fuente-. ¿Qué demonios era esa cosa?
Me encogí de hombros, fingiendo una inocencia que me hubiera gustado tener. La verdad es que no podía hablarle a Draco del horrocrux sin ponerlo en un peligro mortal… aquella era la clave al verdadero poder de Voldemort, su inmortalidad. Sabía que a estas alturas ya no le importaba que Sirius y yo guardáramos su secreto, pues nos tenía bien atrapados. Pero temía que revelarle el secreto a alguien más sería una sentencia de muerte… o peor, y lo último que quería es mandar a la horca a uno de mis amigos.
- Algo muy poderoso, y muy vinculado a Voldemort. Esta cicatriz maldita no es solo una marca… es una conexión con su magia.
Mi voz era apenas un susurro, pero aquellas palabras me sonaron como un grito entre la quietud del jardín. Draco me miraba anonadado. Yo sabía que lo que le estaba contando hubiera llamado a dudar al más crédulo, pero lo que había pasado media hora antes me daba algo de credibilidad. Y eso que no es la completa y pura verdad…
- Harry, no pienses que dudo de ti ni un momento… pero ¿cómo es que estás vivo? ¡Te tendría que haber matado! Ningún mago oscuro puede permitirse algo así… mucho menos el mago más poderoso de los últimos tiempos.
- Yo pensé lo mismo. Pero digamos que tengo mis usos. Algo te contaré más tarde. Luego del ataque, pase un tiempo en la casa de Sirius. Él arregló para que le entregara el diario, lo que en realidad ya no tenía sentido porque la maldición había transferido el poder encerrado a mi cuerpo. Hablamos nuevamente. Negocié lo mejor que pude. Me retó a un duelo a fin de año, solo para joder conmigo.
- Y así llegamos a este año. La fiesta de hoy.
- Sí, - suspiró Draco -. Admito que sabía… todos sabíamos que Él iba a estar aquí, y luego de que la adopción saliera a la luz esperábamos que los Zabini te invitaran.
- Pensaban que me iban a marcar, ¿verdad?
Draco desvió la mirada, y noté que sus manos apretaban fuertemente la delicada tela que recubría sus rodillas. Sus nudillos estaban blancos.
- O que te iban a matar.
Un silbido escapó de mis labios. Si tan solo las cosas fueran así de sencillas.
- ¿Y tú, Draco, te han marcado?
Los ojos grises se clavaron nuevamente en los míos, y había algo en ellos, algo asustado y nervioso que parecía querer salir a flote.
- No -dijo en tono más grave de lo usual, y la sorpresa me llevó en brazos cuando me di cuenta de que Draco realmente no quería ser un mortífago-. No porque no esté de acuerdo con él… pero sé las cosas que hacen, lo que se necesita para ser uno.
- ¿Te asusta, verdad?
No me respondió, así que dejé allí el tema. Cuando quisiera hablar de eso, hablaría.
- En el foyer, discutimos. Y cuando quiso amenazarme con ponerme la Marca… me enojé, y lo ataqué. En algún momento terminamos inconscientes, pero yo me desperté primero, y se me ocurrió que era la oportunidad perfecta para poner la balanza en mi favor. Llamé a uno de los elfos de los Zabini, y la obligué a intentar matarlo… y luego lo salvé, creando una deuda de vida y…- me detuve al ver la expresión en el rostro de Draco-. No me crees, ¿verdad?
- Harry, trata de pensar en quién podría creerte que saliste ileso de una pelea con el Señor de las Tinieblas.
- Tienes razón – me reí-. Supongo que debería decírtelo ahora. La razón por la que está tan interesado en mí es porque soy un sensor.
Una expresión completamente en blanco me dijo que el rubio no hacía la tarea tan a menudo como se ufanaba.
- Puedo ver, oler y sentir magia – Draco me miraba escéptico-. No me di cuenta de que estaban los hechizos de espionaje en los balcones por ser puro paranoico. Los puedo ver.
Acerqué una mano al cuidado cabello del rubio. Podía ver apenas las telarañas que mantenían en perfecto estado su mermada melena. Con un dedo, las deshice.
- ¿Ves?
Contuve mi risa al ver su rostro. Un gesto completamente perplejo dominaba su cara. Sabía que no era una sensación placentera que alguien invadiera el campo mágico propio de esa manera, pero dada la pequeña escala del hechizo estaba seguro que no había sido más que un pequeño escalofrío para él.
- Eso fue feo… -dijo, sacudiéndose de hombros como para librarse de la sensación-. Pero recuerdo haber leído algo de esa habilidad. Bastante rara, ¿verdad?
- Se puede aprender, pero no todos tienen la capacidad para hacerlo. Orion Black también era un sensor. Pero él lo había adquirido, no nació con ella como yo. Al parecer es algo bastante común que intenten aprenderla en el Departamento de Misterios.
- Entonces… -murmuró el rubio- por eso pudiste salir ileso de esa discusión.
- Sí y no… en mi ira no me di cuenta que me estaba abriendo a él tanto como lo estaba abriendo a él a mí, y terminamos en contacto con los centros de cada uno.
Un silbido escapo los labios de mi amigo.
- Demonios, Harry… realmente te ha marcado.
Asentí, incapaz de acotar mucho. Algo en mí se rebelaba para decir que no, que no era así; pero el realista incurable se estaba haciendo paso cada día con más fuerza, y ya a ese punto era obvio quién iba a ganar. Estaba aceptándolo, de a poco.
- ¿Tus padres saben algo de esto?
Negué.
- Los hubiera matado en un santiamén. O peor, podrían haber terminado como los Longbottom… - suspiré-. Les agarraría un ataque de pánico si les llegara a explicar algo de esto. Harían alguna locura, lo sé.
- ¿Tan poca confianza les tienes?
Mis ojos se clavaron en los suyos. Su tono me extrañó. Era serio, casi preocupado; algo totalmente diferente a lo que esperaría de él. No porque no crea que el rubio sea incapaz de entender una situación como la mía y llegar a compartir lo que siento… sino porque había un mundo entre mis padres y él; entre lo que ellos creían, y por lo que luchaban, y las ideas y las tradiciones con las que él se había criado. En una situación así, habría esperado que saliera a antagonizarlos, a mofarse de su incompetencia o algo similar… pero aquella pregunta no era acerca de ellos, era acerca de mí. Era algo tan sencillo como eso, una pregunta bien entonada, y yo que me daba cuenta qué gran persona podía llegar a ser este chico.
- ¿Sí? – Dije, luego de una pausa-. No lo sé… es que simplemente no veo forma de que las cosas terminen bien si les digo. O sea, mira cómo lo dejaron abandonado a Sirius. Si les llego a decir de esto, me van a encerrar en la torre más alta de Hogwarts, mientras prenden fuego a mi padrino o mientras tratan de cargarse a Voldemort ellos solos.
- Pero no te hace bien mantener en secreto todo esto, ¿verdad? – asentí, pequeñas lágrimas agolpándose en las esquinas de mis ojos. Mierda si sabía lo difícil que podía ser-. Ahora que me cuentas de esto puedo entender mejor… Mira, era obvio en el colegio que te estaba pasando algo. Incluso para quienes no eran tus amigos, de pronto te volviste más… serio, más irritable. Andabas por los pasillos como si vivieras con una carga en la espalda – a esto ambos sonreímos, idénticos gestos desprovistos de humor-. Si yo estuviera en tu lugar… demonios, no creo que hubiera durado mucho. Algo así me hubiera aniquilado emocionalmente.
Hice lo mejor que pude en aquél momento para no romper en sollozos. No había tristeza en aquél gesto; solo amargura, y la deliciosa sensación de pensar que quizás, sólo quizás, no estaba solo en esta. Que podía compartir lo que me pasaba con alguien más, por más de que no me entendiera cada palabra; que ya no tenía que guardármelo para mí, fingiendo que todo estaba bien por fuera.
- Cuidado Malfoy, - le dije con voz ahogada- casi podría decir que me estás dando un cumplido.
El rubio se ruborizó y escondió la mirada.
- Sabes – murmuró -, de chico te envidiaba. Tienes talento, y la gente parece adorarte a primera vista… me moría por ser tu amigo. Y ahora que te conozco mejor, no pasa un día sin que me sorprendas.
Sonreí, y pasé un brazo alrededor de sus hombros, estrujándolo fuerte contra mi lado derecho.
- Gracias Draco, - le dije-. Eres el mejor amigo que alguien quisiera tener.
Nuestra cercanía evidenció con creces las miniaturas que tenía escondidas en mi túnica. Sentí como se clavaban cruelmente en mi carne, y me separé un momento del rubio para sacarlas. Brillaban juguetonas a la luz de las decoraciones; incluso en su estado condensado sus formas se hacían obvias al ojo del espectador. Pequeños regalos, hechos y obtenidos con más o menos maña, todos ellos para gente que apreciaba, como al chico enfrente mío, como para justificar un compromiso.
- ¿Cuándo se supone que entreguemos esto? – pregunté, señalando a las cosillas que sostenía enfrente de sus ojos.
- Cuando quieras. Se supone que tú eliges el momento en el que es propicio entregarlo, y depende de la hora o de la ocasión que puede significar una cosa u otra.
- ¿Y si te regalo lo tuyo ahora qué significa?
Draco pausó por un momento para hacer memoria.
- Creo que a esta hora significaría que deseas un buen matrimonio.
Me encogí de hombros, y le acerqué su regalo.
- Por un buen matrimonio, entonces.
Sin tapujos, tomó el objeto ofrecido entre risa y risa. Era algo más bien sencillo, artesanal. Un mago con la fortuna de Malfoy tenía poco para desear en cuanto a riquezas materiales, por lo que era menester proveerle de algo difícil de conseguir. Y qué más difícil de conseguir que algo elaborado por única vez por un maestro artesano.
- Es un cuerno… - dijo, admirando los engraves en forma de dragón que recubrían la longitud entera del extenso apéndice.
- Es un cuerno de cazador – agregué-. Emite un sonido bastante parecido al canto de un Fénix. Supuestamente, si lo soplas lo suficientemente fuerte y con el sentimiento adecuado, podrías atraer a un fénix para que se convierta en tu familiar.
El rubio miró con renovado interés el objeto en sus manos. Sus agradecimientos vinieron acompañados de una pequeña y genuina sonrisa; por dentro quise darme una palmada en la espalda. Aquella costumbre, la fiesta, la amistad con Draco; todo era nuevo para mí. Y quería hacerlo bien.
- Te debe haber costado una fortuna.
Me encogí de hombros.
- No podría decirte; usé los contactos de mi madre.
Aquello le arrancó una carcajada.
- Tu madre piensa que el paquete era para Granger, ¿verdad?
- Ups.
Ambos nos echamos a reír; en el silencioso jardín, nuestras ásperas voces parecían aún más graves, lo cual le daba un cierto tono dramático a la escena. Me daba la sensación de estar en el lugar perfecto en el cual se definiría el momento clave de una trama de una historia… pero allí sólo estábamos Draco y yo, riéndonos porque mi madre no quería saber nada de mi amistad con él.
- Me toca darte tu regalo – dijo; las lágrimas todavía le brillaban en los ojos, la sonrisa todavía le era muy fácil. Sacó de entre los pliegos de su túnica un pequeño paquete envuelto en cuero. De la misma forma que había hecho yo, él también lo había encogido, por lo que con un toque de su varita lo devolvió a su tamaño normal.
- Supuse que era lo único que podría regalarte.
Acepté el paquete que me ofrecía y lo fui desenvolviendo lentamente. Mis dedos rozaron una superficie seca y rugosa. En la débil luz que caía sobre el jardín noté inmediatamente que el paquete había guardado un pequeño cacharro de barro cocido. Pequeños surcos en el jarrón me dibujaban esbozos de antiguos croquis. Al pasar mis dedos sobre ellos sentía como si una brisa ligera apareciera para soplar levemente sobre mi piel; podía ver pequeños torrentes de mi magia llenando aquellos oscuros canales.
No pude evitar emitir un pequeño resoplido de sorpresa al ver aparecer una especie de neblina brillante dentro del cacharro. Inquieta, parecía moverse tormentosa en su interior. Noté la mirada expectante de Draco, iluminada por la luz azulina del Pensadero.
- Lo conseguiste, - suspiré, casi sin aliento, y le eché los brazos alrededor de los hombros, encerrándolo en un fuerte abrazo-. Gracias Draco, no te das una idea de cómo aprecio esto.
Tentativa, una mano se apoyó sobre mi hombro.
- No hay problema – murmuró. Cuando nos separamos, noté que su complexión, usualmente pálida, tenía un cierto tinte rojizo.
- ¿A qué hora debería darles sus regalos al resto? – le pregunté. Lo que siguió fue una hora entera en la que casi sin respirar me habló del significado de cada una de las horas y del origen de los mismos. Como era de esperarse, era entendible que cuando al fin dejamos atrás nuestro escondite en aquél jardín para volver a la fiesta, ya no recordaba nada de lo que me había dicho. Por eso me mantuve al lado de Draco lo que restaba de la noche, lo que demostró ser una sabia decisión porque tuve la oportunidad de entregar los regalos en el momento correcto, imitando lo que hacía el rubio.
- Tu presencia aquí fue más que suficiente – me dijo Nuha, clavando sus hermosos ojos sobre los míos cuando le entregué su presente-. Pero me hace más feliz esta muestra de buena voluntad de tu parte, Lord Black.
- Era lo menos que podía hacer después de tan amable invitación, - le respondí con una sonrisa, aunque su encanto ya no me parecía tan exótico, ni apetecible. Aquél era un gato de garras muy afilados que te engañaba con dulces maullidos. La invitación jamás había sido un gesto de buena voluntad de su parte, tan sólo un ardid para ponerme en la misma habitación que Voldemort. Pero si algo me había dado cuenta al jugar a ser la sombra de Draco es que al parecer su lord no había dicho palabra alguna de lo que había acontecido entre nosotros dos, lo cual los había vuelto locos a los aristócratas, quienes no hacían más que especular. Y frente a eso, debería mostrar un frente fuerte y sólido. Allí era casi como una oveja en un mar de lobos, y mi única ventaja es que nadie de ellos sabía exactamente lo que pasaba entre su Lord y yo.
Nuha alzó una ceja, pero los labios apretados me dijeron que moría por preguntar más. No le di la satisfacción, y volví a colgarme de las faldas de Draco para ver a quién más tenía en mente saludar.
- Ya no me queda nadie – me dijo,- ¿y a ti?
- Creo que no… - me palpé los bolsillos en caso de que algún regalo faltante refrescara mi memoria-. Ah, sí, aquí hay uno.
Mientras lo sacaba traté de recordar quién quedaba sin tachar en mi lista mental, pero el nombre eludía mi mente.
- Apúrate que está por tocar la campana de las tres, - escuché decir a Draco. Tenía la vista fija en un pequeño cristal rosáceo que encerraba una flor blanca de cuatro pétalos; la flor de un cerezo silvestre-. Mal momento para entregar regalos… ¿Qué pasa?
- No recuerdo haber traído esto – le dije.
- ¿Cómo? ¿Y entonces cómo llegó a tus bolsillos?
En ese momento no supe qué contestarle, pero tenía un mal presentimiento y por eso levanté la vista para mirar a nuestro alrededor. Siento que se me debe de haber ido el color de la cara cuando noté que Voldemort se dirigía hacia nosotros.
- ¿Harry? – supe que Draco había seguido la dirección en la que yo estaba mirando cuando sentí que se erguía, tenso, junto a mí.
Estaba marginalmente consciente de que muchas lenguas habían parado su frenético danzar en cuanto notaron al hombre de los ojos rojos moverse en el salón. Más de una mirada estaba puesta sobre nosotros, y supe que aquél iba a ser su golpe de gracia. Cualquier movida política que tenía en mente la iba a realizar ahora, y eso me ponía nervioso.
- Tengo que admitir que estoy impaciente por saber qué piensas ofrecerme, Lord Black – me dijo al acercarse a mí. Había una astuta sonrisa escondida en la comisura de sus labios, y yo sabía a qué se debía. Ya no tenía nada que ofrecer.
Por el rabillo de mis ojos observé que todos estaban observándonos. Podía ver claro como el día los hechizos que estaban usando para escuchar cada palabra. Aquello me molestó, pero sabía que era de esperarse. Mi mano derecha se movió ligeramente, y aunque el anterior encuentro me había dejado bastante drenado, supuse que podría intentar manipular mi magia para que rompiera con los hechizos de los cotillas.
Su mano sobre la mía me interrumpió.
- ¿Qué? – murmuré, sorprendido, y levanté mis ojos para verle la cara. Tenía una ceja alzada.
- No arruines la fiesta, - murmuró, y clavó su mirada en mi mano izquierda, la que sostenía la flor cristalizada que había encontrado en mis bolsillos.
Fue entonces que sentí un peso muerto caer en mi estómago. Él había puesto la flor en mis bolsillos. Sabía que aquella flor no tenía ningún uso mágico particular, por lo cual el "regalo" era puramente simbólico. Y yo no tengo idea del lenguaje de las flores, por lo que en aquél momento me deshacía de los nervios.
- Interesante regalo, Lord Black – dijo, tomando de mi mano el traicionero presente-. ¿Lo habrás encontrado en uno de tus paseos con el heredero de los Malfoy?
Me sentí confundido por sus palabras… ¿realmente insinuaba que Draco y yo…?
- De hecho lo encontré mientras escalaba las sierras de Santo André de Teixido- mentí con una pequeña sonrisa impía-. Un hermoso lugar, realmente. Recomendaría ir… los gallegos dicen que vai de morto quen non foi de vivo.
Voldemort se rió; un sonido poco placentero, pues era una risa fría, aguda, desprovista de gracia. Sus ojos rojos brillaban con malicia, y supuse que mi comentario le había parecido divertido porque no tenía la más pálida idea de lo que significaba la flor.
- Sin duda…-dijo, dándole vueltas al cristal con sus largos dedos-. Si no puedo ir a la sierra, que la sierra venga a mí.
- ¿Parafraseando a Francis Bacon? – pregunté, al reconocer el popular dicho tergiversado.
- Parafraseando a una popular secta de magos musulmanes Shia, de hecho, que desde el siglo dieciocho parecen creer que es una cita directa de su profeta – hizo un gesto como para indicar que no era de importancia, pero el hecho de que reconocía el autor de la cita me decía que de todas formas el mago oscuro más importante del siglo había leído a un filósofo muggle-. Muy apreciado el gesto, Lord Black. Me imagino que para Lughnasadh nos sorprenderás a todos.
Sin hacer más que señalar con una sonrisa mi brazo izquierdo, desapareció, llevándose consigo la flor que había implantado en mi túnica. Draco, quien en algún momento de nuestro intercambio había desaparecido de mi lado, apareció bruscamente frente a mí.
- Averigüé qué…- empezó a decir, pero le hice un gesto para que se callara y con mi varita desmantelé de manera un tanto brutal los hechizos que habían puesto en su lugar los magos que habían querido escuchar mi conversación con Voldemort.
- Ahora sí.
Echando una mirada a nuestro alrededor, Draco susurró con urgencia:
- Averigüé qué significaba esa flor. Pansy me dijo que los druidas las usaban para rituales, para significar inmortalidad.
- Ave Caesar, - murmuré, dándome cuenta de lo que había sido aquella escena- los que vamos a morir te saludamos.
Entendí entonces que Voldemort no me había traído allí solamente para jugar un juego conmigo. Aquella era una bienvenida. Todos pensaron que me había marcado cuando estábamos en el pequeño salón, y antes de irse había señalado mi brazo izquierdo, donde se suponía que estaría mi marca tenebrosa. Y el regalo…
- Me hizo regalarle un amuleto – le dije a Draco-. Un buen augurio. Draco, todos creen que me ha marcado.
El rubio palideció.
- Pero eres un Potter… - susurró.
- Me trató de Lord Black, como el resto de los presentes. ¿No te das cuenta? Les encanta la idea de que el heredero de una familia asociada al PP se haya pasado a su bando.
- ¿Qué vas a hacer?
Dejé que mi mirada se perdiera en la multitud.
- Hacerme el tonto, ¿qué más? Dudo que pueda ponerme a gritar improperios contra él aquí, ¿verdad? Lo único que me queda es dejarlos especular tanto como quieran y alejarme de la situación.
- Pero, ¿y Lughnasadh? Se supone que la tienes que organizar… y además cae para tú cumpleaños.
- Tendré que pedirle a cualquier deidad que esté escuchando que liberen a Sirius para esas fechas.
El resto de la velada pasó sin más incidentes. Traté de desaparecer del ojo público lo más que pude, lo cual fue difícil, considerando que todos allí sabrían que yo iba a ser el Pierrot de la noche. Adonde fuera me seguían las miradas de una u otra persona; en algún punto consideré seriamente usar algún hechizo de invisibilidad para camuflarme entre el follaje que decoraba la sala. Mi único momento de respiro fue el cierre, el cual nos vio a todos formando un círculo alrededor de una figura construida en mimbre y hojas secas.
La hoguera ardió con júbilo, y los cantos en viejo gaélico fueron lo último que escucharon mis oídos antes de que se retiraran los celebrantes en un silencio ceremonial.
Beltane pasó, y me dejó parado en un lugar extraño.
[N/A: luego de la última entrada Harry deja de escribir con tanta frecuencia en sus diarios. Se dedica, en cambio, a guardar sus memorias en el pensadero. Sólo ocasionalmente volverá a abocarse a la pluma, cuando algún hecho lo amerite. Para no romper con el hilo narrativo de su autobiografía, se realizó un cuidadoso catálogo de sus memorias y se procedió a transcribirlas de manera narrativa. Se agradece la colaboración de Simon Iff, quien accedió amablemente a realizar tan ardua tarea.]
- He estado probando el pensadero – Harry murmuró, sus ojos fijos en la pluma que rasgaba con vehemencia el pergamino-. Esta se supone que será la primera memoria. No sé si hay alguna forma de traspasar esto al papel… sería inútil pasarlo a mano, pero me da cosa dejar de escribir así, repentinamente.
Bajó la mirada al libro que tenía apoyado en las rodillas. La pluma a vuelapluma se detuvo, expectante, como buscando llamar la atención de su amo para que continuara dictándole.
- Tengo tantas memorias que me gustaría incluir ahora…- dijo, su mirada perdida en la desgastada cubierta del diario que tenía entre las manos-. Memorias importantes de cosas que me cambiaron la vida, que me hicieron la persona que soy hoy.
Sus labios se retorcieron en una sonrisa penosa.
- Pero pocas de esas memorias no me hacen estremecerme. Trato de quedarme con los hechos, pero revisitar cada piedra en el camino, cada paso que tomé, o que me hicieron tomar, para llegar a este lugar… No estoy en la mejor situación.
Con los labios fruncidos, se llevó una mano a los ojos. Pequeñas lágrimas cristalinas nacían en un rincón, asomándose con cierta inocencia… la mirada le brillaba, el ceño se le fruncía, y la nariz comenzaba a enrojecerse.
- Supongo que ya no puedo editar más mis memorias… ya no puedo esconder esto – una triste sonrisa asomó entre la ruina de su rostro. Con una mano señaló los ojos enrojecidos por el llanto que no había derramado-. Esto es miedo. Esto es frustración. Quería tener otra vida… algo mejor. Quería una vida tranquila, al margen de todo.
Una lágrima cayó por su mejilla, y Harry perdió el control.
- Lo único… que… tengo ahora es esto…- dijo entre sollozos, moviendo una mano. De pronto, los detalles de las cortinas que se cerraban alrededor de su cama comenzaron a distorsionándose; patrones luminosos emergieron en el aire, siempre inquietos, siempre fluyendo. En la cama, pequeños residuos como polvo alrededor de Harry, marcando su propio residuo mágico como el de los elfos que cuidaban de los dormitorios.
- Esto… y un puto mago oscuro obsesionado conmigo.
Las luces se apagaron, el movimiento cesó. Harry había puesto de vuelta bajo control su habilidad, y se reflejó al instante en sus memorias.
- No sé realmente qué hice… uno creería que me vería como una herramienta útil, como mucho. Si yo estuviera en su lugar, seguramente estaría interesado en tener de mi lado a alguien con mis habilidades. Pero esto… algo me dice que ya no es simplemente acerca de mi utilidad. Es más personal. Tom era extremadamente paranoico y receloso de todo el mundo, y sé que si hubiera terminado tan… conectado a él como lo estoy con Voldemort, no hubiera dudado en matarme.
- Lo único en que puedo pensar es en que tiene un gran plan maestro y yo tengo mi parte que cumplir… lo cual me pone extremadamente nervioso. ¿Qué puedo hacer para salir inmune de esta? ¿Qué puedo hacer yo, David, contra semejante Goliath?
A lo lejos se escuchaban los graznidos de algún animal perdido dentro del Bosque Prohibido. Dos figuras envueltas en negro se acercaban a paso ligero al castillo, atravesando los planos verdes que separaban este de la casilla del guardabosque. Era un día cálido, húmedo como era de acostumbrarse en aquella parte de Escocia. El verano se acercaba lentamente, y traía consigo la promesa de vacaciones y pura libertad para los estudiantes de Hogwarts.
- ¿Comes con nosotros? – inquirió Draco Malfoy. Sus ojos parecían querer abarcar todo menos a su compañero; se movían agitadamente de árbol en árbol, de piedra en piedra. Si el otro notó algo, no dijo nada al respecto.
- ¿En la cena? – El rostro del joven, de pelo salvaje y vivaces ojos verdes, vislumbraba su confusión-. ¿Estás seguro?
- Ya sabes lo que dice Dumbledore de la unión entre las casas…
Harry dejó escapar una carcajada.
- Dumbledore se ha vuelto un maestro del doble discurso en estos meses, ¿lo has notado?
- ¿Te refieres a los cambios de horario? – Harry asintió, lo cual le valió una mirada intrigada de su compañero-. Me pareció bastante obvio, de todas formas. Está perdiendo la sutileza. Para los periodistas tiene un monólogo de la importancia de la cooperación entre las casas, y luego va y nos cambian de horario para que cursemos con Ravenclaw en vez de ustedes.
- Sé cómo va a sonar esto, pero… - el moreno puso una mano sobre el hombro de su amigo, y ambos se detuvieron bajo la sombra de uno de los sauces desperdigados en la planicie que llevaba al lago-. Tengo la sospecha de que quizás mi padre esté detrás de esto.
- ¿A qué te refieres?
Harry se encogió de hombros, y se dio vuelta, mirando distraídamente el chapoteo del calamar gigante a lo lejos.
- Ya sabes que mis padres se han vuelto muy insistentes en sus cartas. No quieren que nos juntemos. Si no fuera porque tienen otra crianza, a este punto ya me estarían amenazando con borrarme del árbol familiar.
- Es por esa "crianza" que asumí que preferirían hablar contigo del tema, cara a cara.
- Lo han querido hacer desde hace tiempo… pero me vengo haciendo el tonto. Saben que no les voy a dar cabida cuando se ponen así de paranoicos.
Ambos cruzaron miradas. Había algo tormentoso en los ojos grises del rubio, un leve gesto que parecía traicionar sus pensamientos. En contraste, el otro era pura resignación; distante, calmo, decidido incluso antes de que llegara el momento de decidir.
- ¿Qué dicen de mí, Harry?
- Que te traes algo entre manos, que seguramente te envía Narcisa para manipularme en nombre de los Black, que tu padre está involucrado con Quien-Tú-Sabes y que piensan secuestrarme, etcétera, etcétera – el chico apoyó la espalda contra el tronco del árbol; con las manos en sus bolsillos y el gesto adusto, parecía ser la encarnación de la rebeldía adolescente-. ¿Quién de nosotros puede permitirse el lujo de no traerse algo entre manos?
Draco emitió una débil carcajada; un sonido triste que hablaba de derrota.
- No sé si llamarle a eso un pensamiento muy Slytherin o sentido común.
- No lo sé… pero no creo que realmente importe. Piensa lo que quieras, pero para mí la confianza pasa por otras cosas. Por ejemplo, no puedo pedirte que me pongas a mí por encima de tu familia… una traición a un amigo para salvar a tus padres no me parece una traición.
- ¿Y por qué cosas pasa entonces?
- Los pequeños gestos, supongo. El día a día.
- ¿Confías en mí?
- Por supuesto – dijo Harry con una sonrisa. Draco volvió el rostro, y comenzó a caminar en dirección al castillo. Sin esperar una respuesta, su amigo le siguió.
- Así que es probable que James Potter le haya pedido un favor al director para separarnos, - dijo con voz pensativa-. La gran pregunta es, ¿qué le ofreció a cambio?
- Son amigos, Draco – respondió el moreno, y ante la ceja alzada de su interlocutor siguió:- tienen el lujo de tener plazos de cobro más largos.
- Ah, tienes razón…- el rubio sonrió con cierta picardía-. Yo con esto me cobro el libro de Oclumancia que me pediste hace unos meses. ¿Qué tal va eso?
- No puedo decir que sea el mejor Oclumante del mundo, pero me defiendo.
Draco dirigió una mirada perspicaz a un grupo de Hufflepuffs que disfrutaban del buen tiempo para hacer una sesión de estudio cerca del lago, y bajó la voz para preguntar:
- Esto tiene que ver con Él, ¿verdad?
Harry giró el rostro para observarlo detenidamente. Cuando Draco pensaba que no iba a recibir respuesta alguna, el Niño-Qué-Vivió habló.
- Sí. No sé hasta qué punto puede acceder a mi mente gracias a… lo que sea que tengo de él en mí, pero he sentido su presencia en mi mente y me quiero proteger.
Las lejanas memorias de sueños a medio construir que le hablaban de horrores y milagros, conspiraciones y revoluciones, danzaban en su recuerdo como burlones arlequines. Aunque gracias a su entrenamiento había logrado detener aquellos sueños y la eterna y tenebrosa presencia de alguien hasta en su más pequeño pensamiento.
- Eso debe ser… aterrador, - murmuró, pensativo, el heredero Malfoy-. Tenerlo en tu cabeza. O al menos sentir que en cualquier momento puede acceder.
- Por eso me apuré en aprenderlo.
Draco asintió, y siguieron en silencio hasta cruzar el umbral del hall principal. A medida que se acercaban el murmullo de las agudas voces de los niños del castillo se hacían cada vez más intensas. La tarde pronto se estaba convirtiendo en noche, y aunque en aquellos tiempos primaverales el sol languidecía en su marcha al horizonte, celoso de su protagonismo, las velas que flotaban por encima de sus cabezas no dejaban de prenderse a la misma hora. Era otra noche fresca en el ajetreado día a día de Hogwarts. La familiaridad le provocaba no poca emoción a Harry, quien se dejaba ver empapado de aquél ambiente en su expresión de complacencia.
Su compañero, sin embargo, parecía nervioso. Caminaba con la arrogancia que lo caracterizaba, pero quienes le conocían podrían haber advertido que sus manos temblaban. Sin decir nada, guió a su amigo por el río de túnicas negras que parecía haberse congregado para fluir por las puertas que llevaban al Gran Salón. Un saludo efímero por aquí y otro por allá sirvió como única distracción en su tarea. Harry había notado el estado del joven, pero la más lógica explicación que podía pensar era que se debía a que aquello iba a romper un tabú no escrito que era casi una tradición de oro en Hogwarts, y siendo la más lógica, era la que más le satisfacía.
Al sentarse con su corbata roja y dorada entre el mar de plata y verde hizo caso omiso de las cejas que se levantaban entre los compañeros de casa de Draco. Su atención estaba en la ruidosa mesa de Gryffindor. Perdidos en sus propios juegos, tardaron en verle; al poco tiempo, sin embargo, se comenzaron a alzar los dedos acusadores aquí y allá. Los murmullos furiosos de algunos se mezclaban con el gesto desinteresado de otros; algunos se reían por lo bajo, otros lo miraban con interés poco disimulado.
Pero si de alguien tenía que tomar nota era de los Weasley, quienes habían sido sus compañeros de cuartel en el verano. Ginny lo miraba confundido, y si sus ojos no lo traicionaban, podía jurar que su miraba se deslizaba hasta la parte femenina del grupo que lo rodeaba en la mesa. Ron, por su parte, no hacía más que mirarlo con el ceño fruncido y los labios apretados; Seamus Finnigan y Dean Thomas, a su lado, le murmuraban furiosamente palabras que se perdían en el murmullo del salón.
- Yo que tú me aseguraría de poner unos buenos escudos en mi cama hoy a la noche, Potter – comentó Zabini, siguiendo la mirada del Gryffindor-. Parece que te quieren quemar en la hoguera.
- Me sorprendería que entre los tres se acuerden cómo conjurar un Incendio – respondió con un bufido-. En segundo año quiso desafiarme a un duelo porque creía que le había robado una pluma; sacó la varita para conjurar Merlín sabe qué, y lo siguiente que sé es que está en la enfermería vomitando babosas.
Blaise se rió por lo bajo, y el resto de sus amigos lo acompañaron.
- Imagino que no habrá querido decir nada para ocultar el hecho de que su varita era de segunda mano – dijo Pansy con una risita-. Qué horror tener que usar la varita de alguien más… ¿se imaginan?
- Más allá de lo gracioso de la situación, lo que no llego a entender es por qué se le permite tener a un hijo de muggles una varita nueva, subsidiada por el estado, mientras que un mago de sangre pura tiene que conformarse con algún pedazo de madera que le quedó de algún familiar – intercedió Nott con el ceño fruncido. Draco lo miró alarmado, y luego dirigió su mirada a Harry, quien no miraba más que con cierto interés al chico de ojos negros-. ¿Dónde está el respeto? ¿Por qué estos… extranjeros tienen más derechos que nosotros, que construimos esta sociedad?
- Creo que es un buen punto – todas las miradas se centraron en Harry, quien no se mosqueó-. Más allá de que lo que estás proponiendo es básicamente un sistema de castas que es muy discutible, es un hecho de que es un peligro que un mago use una varita que no esté completamente alineada con su centro mágico. Que hoy en día el programa de subsidios solo abarque a los hijos de muggles es injusto, pero hay que tener en cuenta que la legislación fue un acto de desesperación para parecer políticamente correctos más que una medida pensada para solucionar un problema concreto.
- ¿Y qué objeción tendrías contra un sistema de castas? – Preguntó Nott, centrando su atención en su interlocutor-. Si el estatus social dependiera del mérito que hacen las familias, no solo tendríamos una sociedad que activamente contribuye con el objetivo de ascender socialmente, si no que se fortificaría la unidad familiar. Pylemius Thoss menciona en sus Estudios Sociales que de las tribus que había estudiado en el Amazonas, aquellas que se basaban en una meritocracia como forma de gobierno resultaban las más avanzadas. De hecho, gran parte de los descubrimientos hechos en este siglo provienen en parte de cosas que los shamanes de la región sabían hace tiempo.
- No leí ese libro – admitió Harry-, y te lo agradecería si pudieras prestármelo alguna vez, pero tengo entendido que eran sociedades con muy poco nivel de intercambio cultural. No conocen la emigración y la inmigración, por lo que los núcleos familiares son bastante estables. En una sociedad como la nuestra, la cual es un sistema abierto, sinceramente no creo que se pueda sostener esa forma de gobierno sin que se degenere en una sociedad de castas. El que por azar nace en una familia de magos va a nacer con privilegio que el nacido de muggles no va a tener.
- Pero se le daría la posibilidad de probarse a sí mismo – Blaise interrumpió-. No se puede plantear una sociedad libre de diferencias, pero se puede dar un espacio para que aquellos que nacieron sin privilegio, como tú dices, puedan adquirirlo en su propio mérito.
- ¿Pero y qué de los que tienen privilegios? – preguntó Harry con una ceja alzada-. Con las ventajas que me supone nacer en una familia mágica, se podría decir que tuve que hacer menos esfuerzo para integrarme a la sociedad que aquél que viene de un contexto diferente. Por lo tanto tendría un lugar más bajo en la sociedad.
- ¡Pero es natural que un extranjero tenga que hacer más esfuerzo para adaptarse a nuestra sociedad! – Harry giró la cabeza para ver a una iracunda Millicent Bulstrode-. Nadie los obliga a estar aquí.
- Pero no son extranjeros, porque siguen siendo niños mágicos al final del día, y su lugar está en una sociedad mágica.
- En esto estoy de acuerdo con él – intercedió Pansy, mirando de manera crítica a su amiga-. Si no los educamos, si no se integran a nuestra forma de vivir, existe el peligro de que revelen nuestra existencia a los muggles. Ellos tienen que estar aquí, aunque sea por el simple hecho de que un mago no entrenado es un riesgo para nuestra supervivencia.
- Lo que nos lleva de vuelta al mérito –agregó Nott con cierta nota de triunfo en la voz-. Si sintieran la presión de una sociedad que gira en torno al mérito, harían un esfuerzo para integrarse, y de esa forma entenderían el porqué de nuestra forma de vida, lo cual se traduciría en una mejor seguridad para nosotros.
- Pero eso no quita el hecho de que… - las palabras de Harry fueron ahogadas por el bramar de los aplausos de los estudiantes. El grupo entero dirigió su mirada a la mesa de los profesores, enfrente de la cual reposaba el podio en el que Dumbledore hacía sus anuncios.
Detrás de la majestuosa águila que coronaba el pedestal, el anciano director miraba con gravedad a sus pupilos. Harry notó con cierto apremio como sus ojos barrían las cuatro mesas, posándose brevemente en él. Sabía que sus padres se enterarían de su pequeño gesto de "cooperación inter-casas" el momento en el que dejara el Gran Salón para subir a su dormitorio.
- Sé que no hay delicia mayor que una buena comida tras un largo día de estudio, pero debo pedirles un minuto de su tiempo para hacer un anuncio – la grave voz del director reverberó en el silencioso salón, amplificada por magia que Harry podía avistar levemente-. Debido a ciertas preocupaciones que tanto el director del Departamento de Aurors como yo compartimos, esta semana contaremos con la presencia en el castillo de una guardia especial de Aurors, comenzando hoy. Todos los profesores les esperamos máxima colaboración de su parte. Mañana por la mañana recibirán algunas indicaciones de sus respectivos jefes de casa – la mirada grave dio paso a una pequeña sonrisa, y los ojos azules volvieron a ganar su brillo cuando tras una pausa dijo:- ahora, a lo importante. ¡Buen provecho!
La comida apareció con la misma rapidez que el intenso murmullo de los estudiantes al especular de qué se trataría aquella medida de seguridad. ¿Estaban bajo ataque? ¿Había pasado algo? ¿Había muerto alguien? La incertidumbre daba luz a las conjeturas más extraordinarias, y alimentaba la imaginación de los inocentes y de los no tan inocentes por igual.
Harry no pronunció palabra alguna, prefiriendo escuchar la discusión que el grupo de Draco tenía respecto al anuncio. Con el ceño fruncido se dedicó a comer su comida, conjeturas tenebrosas flotando al borde de su consciencia.
- ¿Crees que a esto le siga un toque de queda, Harry? – preguntó Draco, volviendo el rostro en dirección al Gryffindor.
El muchacho en cuestión sostenía la cabeza entre las manos; pequeños temblores atravesaban con cierta frecuencia su cuerpo. Draco, a su lado, podría sentir el calor que emanaba aquella figura febril, y con un gesto preocupado saltó de su asiento para tomar a su amigo de los hombros.
- ¿Estás bien? – Preguntó, sus ojos recorriendo cada detalle de su rostro-. ¿Qué te duele?
- Me… siento… mal – dijo con voz cansina, como si estuviera haciendo el mayor esfuerzo para no desplomarse allí mismo-. Fue… de repente… como si perdiera todas las… fuerzas.
- Te llevaré a la enfermería – dijo el rubio, y giró el rostro para compartir una mirada con sus compañeros. El grupo de Slytherins de sexto año asintió casi en unísono; en los ojos grises del joven había un mensaje no dicho que todos habían entendido.
Harry no hizo más que asentir, sus ojos apenas abiertos. Dejó que Draco conjurara un hechizo pluma para alivianar el peso de su cuerpo, tras lo cual lo alzó en brazos para llevárselo fuera del Gran Salón. Decenas de cabezas los siguieron, algunas silenciosas, otras no tanto. La jefa de Gryffindor, Minerva McGonagall hizo un ademán para levantarse y seguirlos, pero Flitwick la interrumpió, haciéndole un gesto para indicarle que Malfoy se encargaría de cuidarle.
En la oscuridad, y en el delirio de aquella agobiante debilidad, Harry no veía más que laberintos oscuros por los cuales transitaban casi sin hacer ruido. El movimiento de sus túnicas era el único fantasma que hacía eco en aquellos pasillos de piedra y madera, y el sonido le resultaba casi un dulce consuelo, algo de lo que aferrarse para no caer en la inconsciencia.
- Un poco más… -murmuró la voz de Draco, y aunque Harry no podría haber dicho exactamente cuánto tiempo había pasado desde que habían dejado el Gran Salón, podría haber jurado que era más del necesario para llegar a la enfermería. Abrió la boca para preguntar qué demonios estaba haciendo pero no salió más que un débil gorgoteo. Se dio cuenta entonces que tenía la garganta seca, y muchas ganas de vomitar.
Sintió que el mundo se le revolvía cuando el rubio se paró frente a un tapiz. Ida y vuelta fue, tres veces, con el ceño fruncido y la frente transpirada; fue entonces que Harry supo que algo definitivamente no iba bien. Como un niño indefenso frente al sobrecogedor poder del progenitor él no tenía más opción que yacer, inerte, en los brazos de aquella persona que habría jurado que era su amigo.
- Draco – murmuró, con los ojos cerrados y luchando por aferrarse a la coherencia-. Dra…co…
El rubio no respondió, pero Harry sintió que los brazos apretaban su agarre, acercándole más a él. Una puerta apareció frente a ellos, y cruzando el umbral de aquella efímera habitación que solo podían encontrar aquellos que la buscaban, ambos se encontraron rodeados de centurias de objetos descartados por sus dueños. Un gran salón guardaba pilas y montañas de libros, ropa, y pequeños objetos que parecían responder a tiempos inmemoriales. El polvo delataba la edad de cada figura, de cada página.
Harry no pudo apreciar más que los suaves cojines que Draco había conjurado para él. Los brazos que lo habían llevado a aquella extraña habitación lo abandonaron, y el moreno por un momento quiso rebelarse contra la pérdida de aquél confortante contacto, pero el malestar que le invadía conspiró con la sospecha que dominaba su febril conciencia para mantenerlo inerte en el lugar en el que el rubio lo había dejado.
Una oleada de nauseas atacó las pocas fuerzas que le quedaban; sintió una mano detrás de su cabeza levantándole y se entregó a ella. Algo frío tocó sus labios – un vaso, un vial… ¿una cura? ¿O más veneno? Un quejido brotó de su garganta.
- Harry, necesito que me mires – dijo Draco, el nerviosismo palpable en su voz-. Prometo que te sentirás mejor en un santiamén, pero necesito que me mires. ¿Puedes hacer eso? ¿Puedes abrir los ojos?
Fue un reflejo más que nada, y los ojos esmeraldas, entrecerrados, se cruzaron con los ojos expectantes que parecían pedir perdón que sabían que no merecían.
- ¡Legilimens! – entonó con un leve temblor en la voz, y Harry no tuvo tiempo para registrar el momento en el que el antídoto se deslizaba por su garganta. Algo se abrió en su mente; como una compuerta que encierra el furioso cauce de un río… y rápido como el viento, una presencia extraña y familiar a la vez, un visitante inesperado. No era Draco en su mente; él había sido solo quien había abierto la puerta.
El rubio dio unos pasos hacia atrás, la mano que no sostenía la varita aferrándose a un familiar gabinete de roble que tenía a sus espaldas. Vio como la figura postrada frente a él dejaba de temblar a medida que el antídoto hacía efecto; los ojos esmeraldas se cerraron, la frente transpirada pareció enfriarse y sus mejillas perder su color. Pasaron unos instantes hasta que el cuerpo volvió en sí, ágilmente poniéndose de pie. Cuando Draco se atrevió a levantar la mirada, lo que vio fueron dos ojos escarlatas brillando con malicia desde el rostro de su amigo.
- Admito que tenía mis dudas, joven Malfoy – dijo, la voz normalmente calma y suave del Gryffindor adoptando el tono afectado de Lord Voldemort. Resultaba un contraste perturbador para el rubio, acostumbrado a ver cada emoción encarnada en el rostro de su amigo, el ver el pálido semblante contorsionándose en las frías muecas que hacía el mago oscuro al hablar-. Pero me complace esta muestra de competencia de tu parte.
- Lo que sea por la causa, milord – murmuró, tratando de recuperar la compostura.
- ¿Lo que sea? – Preguntó, voz suave como el terciopelo, y Draco sintió un nudo en la garganta-. Está escrito en tus ojos, claro como el día. Pero este sentido del deber que tienes es la misma razón por la que no lo vas a tener nunca, niño.
Draco sintió como si recibiera un golpe en el estómago. Su boca se abrió apenas, pero ningún sonido salió de ella. Voldemort desvió su mirada del joven, extrayendo la varita de Harry de uno de los bolsillos de su túnica. Mientras la examinaba, continuó:
- Necesito hombres competentes, Malfoy. Hombres que pueden dejar de lado emociones infantiles para trabajar en pos de un orden mayor – agitó en una rápida y fluida floritura la varita frente a su rostro, y su mirada volvió a adquirir el tono verdoso que caracterizaba al dueño del cuerpo-. Mi cruzada puede matarte o puede llevarte a la gloria. Ambos sabemos que tu padre te forzará a tomar la Marca, pero a mí no me interesa dársela a quién no merece recibirla.
- ¿Q-qué quieres decir?
- Ah, no te asustes, niño – dijo con una sonrisa que poco hacía para calmar los nervios de Draco-. Simplemente te voy a dar la posibilidad de elegir qué deseas hacer. Estás hecho de una madera distinta de la de tu padre, tienes un potencial que él no puede llegar a imaginar. Pero no tiene sentido forzarte a desarrollarlo.
- Ahora, - siguió, fijando su mirada en el gabinete detrás del rubio-, será mejor que pongamos en marcha el plan.
Draco asintió y se dio vuelta para abrir las puertas del mueble. A pesar de haber sido mantenido hacía poco, el mueble crujía quejoso al moverse los goznes de las pesadas portillas. Un golpe con su varita pareció de servir como señal; el mobiliario brilló efímeramente con un resplandor verdoso, y de él comenzaron a emerger figuras sombrías, envueltas en túnicas negras y máscaras de plata.
- Milord, -dijo Draco mientras observaba el creciente número de Mortífagos-, Dumbledore anunció que a partir de esta noche habría una guardia especial de Aurores en Hogwarts, aunque no vi ninguno mientras me dirigía hacia aquí.
- Qué curioso – susurró Voldemort-. Tenemos una pequeña rata entre nosotros. Mantente alerta, joven Malfoy, quizás tengas la suerte de averiguar quién es.
Draco asintió, quitando la mirada del cuerpo poseído de su amigo para pasearla por la muchedumbre que se había congregado en un círculo, frente a ellos. En el centro, la figura más menuda entre todas ellas comandaba la reunión.
- Lucius realmente se lució con este pequeño aparatito – dijo una voz envejecida, femenina, por detrás de su máscara. Un novicio se hubiera sorprendido ante el tono imperioso, oscuro de aquella bruja que parecería insignificante a primeras; pero tanto Draco como el resto de los presentes conocían su nombre.
Bellatrix Lestrange se dio media vuelta, su atención enteramente enfocada en su sobrino.
- Has hecho bien, querido – dijo, con una sonrisa complacida. Una mano carcomida por el tiempo se alzó para posarse sobre el hombro del muchacho. El contacto tenía poco de afectuoso; aquél era un lenguaje que la casta Black raramente podía articular, y Draco lo sabía-. Hubiera preferido que vinieras con nosotros, pero tu madre tiene otras ideas. ¿Recuerdas tus instrucciones?
- Organizar a Slytherin para contener a los estudiantes – dijo, sus ojos grises vacíos de toda emoción. Trataba de no pensar en el contexto mayor de lo que estaba pasando, o sabía que terminaría siendo superado por los acontecimientos. Tenía una tarea relativamente sencilla y era en todo lo que podría permitirse concentrarse en aquél momento.
- Bien – la suave sonrisa de Bellatrix perdió la falsa calidez que la revestía, adoptando la dureza que la había hecho famosa-, no quiero escuchar reportes de un solo estudiante lastimado. No me importa qué tengas que hacer para mantenerlos bajo control; ponles un bozal si hace falta, duérmelos… lo dejo en tus manos, Draco. No me decepciones.
- Entendido – murmuró el rubio. Aunque la expresión en su rostro no lo traicionaba, el detalle del leve temblor de sus dedos no pasaba desapercibido para el ojo entrenado.
Bellatrix, por su parte, se hallaba en su salsa. Sus ojos se movieron del rostro forzadamente inexpresivo de su sobrino al del joven a su lado. En su rostro había una sonrisa calma provista de la arrogancia de quien sabe un secreto que no quiere compartir. Aunque Draco sabía a fuerza de exposición que se daría cuenta al instante que había alguien debajo de la piel de Harry Potter, para alguien más la diferencia sería invisible. La expresión de Bellatrix confirmó el éxito del engaño; en ella se asomaba la malicia y una cierta autosuficiencia.
- Ahora, nuestro joven Lord Potter-Black tiene otras órdenes, - la bruja lo tomó de un brazo, llevando al muchacho al centro del círculo-. Harry quiere expiar la sangre muggle que lleva en sus venas para tomar el lugar que le pertenece… ¿no es así, muchacho?
El rostro robado del falso Harry imitó la expresión de la mujer, y dijo:
- Por supuesto, tía Bella. Sé adónde me lleva mi destino.
- ¡Palabras grandes para un mocoso! – gritó una voz rasposa, oculta en el círculo.
- Ah, ya tendrá su momento para probarse a sí mismo…- respondió Bellatrix, soltándolo-. Hoy habrá bastantes momentos para que todos se hagan valer.
Levantó su varita, lo cual sirvió como una especie de comando silencioso para todas las figuras enmascaradas. El círculo se irguió, imponente, blandiendo sus varitas.
- Hay algo que deberían saber – dijo la voz nerviosa del Gryffindor de ojos verdes al que muchos fulminaban con la mirada-. Dumbledore anunció que a partir de hoy Hogwarts sería custodiada por una guardia especial de aurores.
- Mmh, - exclamó una voz femenina a la izquierda de Voldemort-, las cosas se acaban de poner más interesantes.
- No sé si atribuirlo a paranoia de su parte, o a alguna persona entre nosotros a la que le gusta hablar más de la cuenta – comentó Bellatrix-. No desperdicien la oportunidad, si se presenta, de capturar algún auror. Avery hace rato que tiene ganas de volver a su pasatiempo favorito.
Bellatrix volvió a poner su atención sobre Draco, quien hasta entonces había estado observando la interacción con el ceño levemente fruncido.
- Tienes diez minutos hasta que lleguemos hasta el gran salón, aproximadamente cinco desde el comienzo del ataque para dejarnos el lugar limpio. Ve.
Sin echarle más que una mirada fugaz al mago oscuro que se ocultaba dentro de la figura de su amigo, Draco se retiró sin decir más. Bellatrix esperó a que su espalda desapareciera tras la puerta de la extraña habitación para volverse ante sus colegas.
- Es nuestro momento – anunció, y siguió el mismo camino que su sobrino. Voldemort esperó a que las figuras enmascaradas evacuaran por completo el lugar antes de seguirles. Las miradas hostiles mal disimuladas invitaban los problemas; y aunque era más que capaz de encargarse de cualquier molestia que pudiera presentarse, aquello podría arruinar la charada.
Marcharon en silencio, encubiertos por la noche y numerosos hechizos de invisibilidad; como fantasmas que se preparan para caer sobre el desdichado visitante de una casa embrujada ellos se preparaban para la emboscada. Era una batalla de pocos que prometía ser encarnizada, con cobardes y feroces asesinos en ambos bandos.
Un murmullo febril llegó a sus oídos, repentino como su aparición en aquél castillo; unas voces se alzaban por encima del resto y bramaban instrucciones. La silenciosa procesión sabía del origen de aquél tumulto: eran los niños que arriaban los estudiantes de Slytherin para protegerlos de cualquier daño. Los movimientos habían sido orquestados con cuidado, pues en ningún momento alguno de los dos grupos se vio un pelo. El sonido aumentó en intensidad mientras atravesaban las escaleras encantadas, un zumbido insistente que hacía eco en las paredes frías del castillo. Al llegar al primer piso, sin embargo, era evidente que ambos grupos se habían perdido el rastro. Bellatrix les puso un alto a su marcha para afinar el oído, y constatar el éxito de la misión de Draco.
- Los corderos están dentro del corral, - dijo con una sonrisa, e hizo un gesto para que reanudaran la marcha.
Las puertas del Gran Salón los recibieron cerradas. En el hall no había nadie para esperarles; ni las caras asustadas de los niños que se movían bajo las órdenes imperiosas de los demás estudiantes, ni el sonido de las conversaciones nerviosas de los refugiados. En el silencio espectral que invadía el ambiente era evidente la conclusión que seguía. Detrás de las puertas los esperaban sus enemigos.
- Recuerden sus órdenes, Mortífagos – exclamó Bellatrix-. Aquí no somos locales.
Sin más, las puertas se abrieron. Un negro mar de figuras se abalanzó sobre la entrada, sus pies rompiendo la barrera contrastante entre el hall oscuro y silencioso y el salón iluminado por miles de velas, en el que el ruido de decenas de pisadas producía un eco acusador.
Los profesores ya estaban de pie, frente a la mesa que coronaba el espacio. Detrás de ellos, los valientes estudiantes del último año que se habían animado a quedarse. El improvisado batallón en dos filas sujetaba firme las varitas en sus manos; no había duda ni temor en su mirada, simplemente un fuerte sentido del deber. Encabezando su regimiento estaba Dumbledore, quien a diferencia del resto parecía desarmado y con una actitud más digna de un negociador que de un general en batalla. El anciano mago adelantó unos pasos, barriendo con la mirada a los presentes. Su vista se detuvo en una figura en particular, y sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a su estudiante.
- Me decepciona terriblemente tener que encontrarnos en estas circunstancias – dijo, su voz amplificada por la acústica de la sala. Aunque sus ojos ya no estaban fijos en quien él podría haber percibido como Harry Potter, era claro que era él el sujeto de aquél comentario.
- Ha habido peores desgracias en el mundo, Dumbledore – bramó la voz de Bellatrix por debajo de la máscara. Algunos profesores se mostraron sorprendidos al reconocer a la bruja. La mirada de Dumbledore, por otra parte, se oscureció.
- De las cuales podemos atribuir unas cuantas a ti – respondió, y aunque su tono seguía siendo igual de calmo, había un cierto deje de desprecio en su voz.
- Me vas a tener que anotar otra, hoy – la hechicera levantó en alto su varita, y aquella acción trajo consigo el caos. La señal había sido para sus Mortífagos, quienes al instante se dispersaron a lo largo del salón para comenzar el ataque.
Los profesores respondieron a tono. Las figuras negras bailaban entre una multitud de luces de colores; los rayos que partían el aire con chasquidos y silbidos iluminaban los rostros inflamados de los combatientes. Se escuchaban gritos derritiéndose en encantaciones, gemidos transformándose en aullidos de victoria. Por allí podía verse a un mortífago tomándose el brazo luego de ser herido por un hechizo de Filius Flitwick; por allá, la rolliza Sprout abatida por el inclemente ataque de una de las terribles figuras enmascaradas.
Por acá, Dumbledore conjurando protectores de madera y cristal que resistían a los ataques de Bellatrix. A diferencia de su usual estilo, la hechicera no pronunciaba palabra. Sus movimientos eran sorprendentemente ágiles para su edad, aunque lo mismo podría haberse dicho de Dumbledore; pero aún en su maravillosa plenitud, había algo que indicaba que no estaba realmente concentrada en aquella batalla.
La razón era la figura que durante todo el espectáculo había quedado, vigilante, a un lado, cerca de la entrada. Voldemort observaba todo con aparente placer detrás de los ojos prestados de Harry Potter. En aquella lucha no parecía haber aparente ganador, pero faltaba la pieza principal. Con cierta pereza comenzó a caminar hacia el pasillo central, donde Bellatrix comenzaba a sufrir el contraataque del director. Algunos gritos sorprendidos de aquellos que se tomaron un momento para observar la extraña aparición resonaron con inusitada fuerza en el salón. La voz de McGonagall lo llamaba; la mirada oscura de Severus Snape lo acusaba silenciosamente.
Enfrente de él, Bellatrix sonrió al notar el efecto que producía su aparición en el conflicto, y se dio vuelta para recibirlo a la batalla. Voldemort no hizo gesto alguno para reconocerla; su atención estaba enteramente centrada en Dumbledore, quien lo miraba con los ojos entrecerrados.
- Harry… - susurró el director, pero algo en su voz evidenciaba que no estaba enteramente convencido de la identidad del muchacho que tenía delante.
- ¿Sorprendido, director? – Entonó con arrogancia la voz robada del Gryffindor-. ¡Quién lo hubiera dicho!
- Harry, si esto es acerca de Sirius… - dijo, sus ojos azules perdiendo el brillo que los caracterizaba.
- Esto va más allá de mi familia, director – respondió Voldemort. Dumbledore frunció el ceño al escuchar el comentario, pero no dijo nada. En su rostro había una expresión extraña, pensante; su mirada penetrante pareció doblar en intensidad, como si quisiera a través de ella revelar todos los secretos detrás de los arrogantes ojos del joven frente a él.
- ¡Aurores! – el grito alarmante de un mortífago que se había apostado cerca de los ventanales del Gran Salón pareció romper con algo en el aire. Lo que antes habían sido ataques relativamente banales adoptaron entonces una ferocidad inusitada; alarmados, los invasores descubrieron su sed se sangre. La primera luz verde abrió el camino para sus compañeras; los gritos que anunciaban la maldición asesina se multiplicaron, aunque su éxito era dudoso.
Un hechizo barrió con el espacio que separaba a Dumbledore de Voldemort, lo cual sirvió para romper con el hechizo que los había mantenido inertes hasta ese momento. El anciano director comenzó moviendo su varita, pero el nombre de la más terrible de las maldiciones siempre estaba rápido en la punta de la lengua del mago oscuro. Con un terrible fogonazo, solo uno de ellos quedó en pie.
Los combatientes, enfrascados como estaban en la lucha encarnizada, se perdieron la novedad. Sólo cuando la figura de aquél estudiante de Gryffindor que nadie sabía poseído estaba a unos pasos de abandonar el Gran Salón fue que se escucharon los primeros gritos de parte del bando defensor.
- ¡Albus! – gritó una voz femenina, abriendo así el coro de cacofonías que celebraban o lloraban aquella inesperada muerte. Bellatrix aprovechó la confusión para decretar la retirada, y mientras la entrada se llenaba de las túnicas púrpuras que marcaban la tardía presencia de los aurores, los Mortífagos procedían a desbandarse por los terrenos de Hogwarts.
Aquella Blitzkrieg no había durado más de quince minutos.
