Cuando Harry, el verdadero Harry Potter, volvió en sí, pronto se dio cuenta que estaba muy lejos de casa. Envuelto cómodamente en las sábanas blancas de alguna familia que claramente nunca había visto necesidad alguna, trató de ordenar sus pensamientos. La cabeza le resultaba pesada, y sentía el fantasma de un dolor merodear alrededor de la cicatriz en forma de rayo. En su frente, la maldita marca refulgía con un iracundo rojo, como si estuviera en carne viva, recién hecha.
Se dejó caer, y llevándose las manos al rostro, deseó con fuerza que aquello que había visto en su inconsciencia no hubiese sido más que un sueño. Sentía que podría llorar un mar de lágrimas, pero estas no salían de sus ojos… el horror de la noche pasada lo había dejado vacío, impactado al punto de no poder sentir más que una fría ira hacia el hombre que había causado todo aquello.
La habitación, iluminada suavemente por la cálida luz de la mañana, envolvía en tonos blancos y pasteles a su único ocupante, intentando llevar paz y calma a su corazón… pero en su interior, Harry solo podía ver la violencia de los eventos pasados y la propia violencia que habían generado en él.
La puerta se abrió de par en par, y lentamente dejó paso a una penosa figura. Draco se sorprendió al ver a su amigo despierto, y apresuró su paso para unírsele al pie de la cama.
- Harry…-susurró, esperando algún tipo de reacción por parte del muchacho de ojos verdes, pero no recibió más que una fría mirada a cambio-. Es un alivio que estés bien, estaba preocupado.
- Si esperas que me haga el idiota como tú, Malfoy, te vas a sorprender – dijo, su voz cargada de un rencor y una frialdad que pocas veces había conocido-. Destruiste mis defensas mentales con esa puta poción para entregarme a Voldemort.
El rubio cerró los ojos, sus hombros encogidos. Las palabras del muchacho le herían, pero él sabía que su reacción era totalmente lógica.
- Déjame explicarte…
- No, entiendo perfectamente – murmuró, sus ojos oscureciéndose-. Hiciste lo que tenías que hacer por tu causa. Qué puede llegar a ser una amistad frente a eso, ¿verdad? – Draco sintió como si un monstruo se ocultara detrás de esas palabras, listo para devorarlo-. Ten la decencia, al menos, de decirme dónde está tu amo.
Draco abrió la boca para contestarle, pero una mano en la puerta se le adelantó. De vuelta en su propio cuerpo, el mago oscuro más temido de la época entró en la habitación como rey que se pasea por su reino. Sus ojos rojos no hicieron más que posarse sobre el heredero Malfoy para que éste entendiera que era el momento de abandonar la habitación. Aquella mirada oscura siguió el repliegue del muchacho hasta que el blanco espacio los vio solos a los dos.
- No fue un sueño, entonces – murmuró el muchacho, sus ojos verdes fijos en la figura del mayor.
- Por suerte para ambos, no – le contestó con una sonrisa que a Harry le hizo acordar brevemente de las ilustraciones del gato de Chesire que había visto en su juventud.
- Difícilmente le llamaría el usar mi cuerpo para matar al mago más importante del siglo, separándome de mi familia y amigos, algo remotamente cercano a "suerte" para mí.
- Ah, ¿si? – dijo, suavemente-. Dumbledore estaba al tanto de tus habilidades, Harry. ¿Cuánto esperabas permanecer al margen? Quiero creer que no eres lo suficientemente ingenuo como para creer que en cuanto asumieras tu mayoría de edad, de alguna forma u otra, Albus Dumbledore no te hubiera forzado a pelear en su nombre.
- ¿Me vas a decir ahora que lo que hiciste fue por mi bien? – Exclamó el joven con un resoplido-. Sabía de las intenciones de Dumbledore, pero tenía mis opciones.
- ¿Refugiarte detrás de las faldas de tus padres? Eso era lo que esperaba, y lo que hubiera hecho tan efectiva la estrategia de Dumbledore. Él coercía a sus hombres usando sus emociones, eso es lo que lo mantuvo tanto tiempo al poder.
- No todos son tan maquiavélicos como tú.
- No todos son tan directos al respecto. Esa es la gran diferencia – Voldemort se irguió, dando unos pasos para acercarse a la única ventana que dominaba la habitación-. Tienes que admitir que mi estrategia fue la más eficiente.
- No voy a festejar que hayas usado mi cuerpo para matar a un hombre – exclamó Harry entre dientes-. Bien, ganaste la ventaja política de dejar al otro bando sin líder y sin ensuciarte las manos, relativamente. Asumo que los aurores me están buscando ahora para tirarme en la celda más pequeña en Azkaban, lo que me separa de la gente que normalmente me hubiera mantenido alejado de ti. Y pudiste quedarte con la satisfacción de matar a tu mayor dolor de cabeza.
- Como dije, es elegantemente simple – el mago oscuro sonrió para sí, y se volvió hacia el muchacho que le fulminaba con la mirada desde la cama.
- Y ahora, ¿qué? – exclamó, tirando las cubiertas a un lado para pararse-. ¿Me vas a tener de prisionero?
Voldemort echó la cabeza hacia atrás y se rió. El sonido nunca dejaba de darle escalofríos al joven mago.
- No me sirves de nada así. Puedes ir y venir como te plazca… de hecho me da curiosidad saber si eres capaz de soportar la vida de fugitivo.
Harry frunció el ceño. En su mirada estaba clara la desconfianza que le provocaban las palabras de Voldemort.
- Tenía la impresión de que querrías proteger al horrocrux.
Los labios del mago oscuro se curvaron en una enigmática sonrisa, y se acercó lo suficiente como para que su presencia invadiera el campo de visión de Harry. El muchacho no se inmutó, levantando la vista sin penas para fijar su mirada en el hombre.
- La única gran amenaza era Dumbledore – susurró -. Incluso si quisieras hacer algo estúpido y meterte en problemas, esa pequeña jugarreta que hiciste en Beltane te lo impediría.
Harry tomó un paso hacia atrás, sorprendido.
- ¿A qué te refieres?
- No necesito encerrarte aquí porque aunque desearas irte, tu magia te traería de vuelta.
El joven abrió la boca como para decir algo, pero no emitió sonido alguno. Sus ojos se cerraron por un instante, y al volver a abrirlos, sus sentidos se llenaron con el submundo colorido de la magia que los rodeaba. Enfocó su vista en el espacio que los separaba, en el cual tanto su energía como la de Voldemort parecían danzar juntas, armoniosas, como viejas compañeras que se volvían a encontrar luego de mucho tiempo.
- Lo ves– murmuró Voldemort, al darse cuenta de lo que estaba haciendo el otro.
Los ojos desenfocados del muchacho centraron su atención en el rostro serio del hechicero.
- Tú lo viste cuando me estabas poseyendo... – dijo-, parecen…
- En resonancia, - una tensa sonrisa se extendía en el rostro de Voldemort.
Harry había leído lo suficiente acerca de teoría mágica como para saber la razón por la que el mago oscuro llevaba esa expresión. Dos magos entrando en resonancia podían llegar a ser algo potencialmente devastador. En la historia pocas veces se había observado el fenómeno accidentalmente, y cuando se había tomado nota, los relatos hablaban de dos magos muy habilidosos que por una razón u otra se enfrentaban lo suficiente o de maneras muy especiales como para mezclar su magia de la forma más íntima. El final normalmente llegaba de forma grotesca, ya que la animosidad que lleva al enfrentamiento terminaba por volverse contra los dos magos, quienes morían desfigurados por la magia que perdía el control.
Harry sabía que la única solución era la cooperación entre ambos, o la muerte de alguno.
- Me estás dando una oportunidad – dijo, asombrado, con el ceño fruncido-. Podrías haberme matado. Pero lo que no entiendo es por qué…
- No llegué a este lugar matando indiscriminadamente – le respondió Voldemort-. Sólo a los inútiles, o a los que iban en contra de mí.
- Lo sé – cierta petulancia infantil se reveló en los ojos del más joven-, por eso…
- Tus usos todavía sobrepasan el costo de tenerte vivo. Ahora, si tu deseo es oponerte abiertamente a mí…
Fue el turno de Harry de echar una carcajada.
- A este punto realmente no tengo mucha elección.
Voldemort inclinó la cabeza hacia un lado, como lo haría un gato que examina a su presa.
- Me complace que por fin estemos en la misma página – dijo, y comenzó a caminar hacia la puerta. Paró un instante enfrente de ella, y con una mano en el picaporte, agregó:- quizás quieras bajar al salón de té. Podrías sorprenderte.
Sin decir más, se retiró. Detrás de él dejaba solo a un adolescente que se sentía demasiado avejentado.
Sentía un desgano anormal al bajar las enormes escaleras de mármol. Acababa de levantarse, pero su cuerpo se sentía como recién salido de una batalla. Sus piernas y sus brazos se balanceaban pesados como plomadas. Su cabeza merodeaba una y otra vez alrededor de las mismas imágenes que había recompuesto al despertarse; incansablemente se repetía ante sus ojos el fulgor verduzco de la maldición asesina que se había cobrado la vida de su director. Era poco sensato el siquiera pretender que todo aquello había sido su culpa. Harry no sentía remordimientos porque se consideraba una víctima de las circunstancias. Pero había un raro cosquilleo debajo de la piel de sus dedos, como una marca imaginaria que le recordaba que había sido aquella carne la que había cometido la ofensa más grave.
Estudió sus alrededores con atención. El esplendor de aquella habitación de huéspedes en la que se había despertado era nada más que un sencillo preludio frente al derroche de lujo que presentaba el resto de la mansión. Nunca había estado allí, pero la presencia de Draco y las plateadas melenas que ostentaban los merodeadores de los retratos que alcanzaba a ver delataban a los dueños del lugar.
Harry admitiría a cualquiera que preguntase que el ambiente cumplía con todas sus expectativas acerca de lo que un Malfoy llamaría hogar. Las decoraciones brillantes, el aura luminosa que invadía cada habitación, la ostentación de los adornos en plata, oro y piedras preciosas… todo llevaba la esencia de la aristocracia a flor de piel. Y… Harry detestaba cada una de las malditas finuras que componían aquél cuadro de perfección.
Anhelando el ambiente pragmático y cálido de su propio hogar ancestral, sintió aún más el abismo que lo separaba del ayer. Cada paso por aquella escalera le hacía recordar en donde no estaba, y adonde no podría volver en el futuro cercano. No quería más que cruzar el umbral de aquél frío lugar para aparecerse frente a las puertas abiertas del hogar de los Potter; perderse en el abrazo de su madre y las palabras cariñosas de su padre, y dejar lo pasado atrás como un mal sueño. Pero el eco de sus pasos cortaba tajante con aquellas tontas fantasías, recordándole que no había forma de volver hacia atrás. Había perdido la libertad de elección, y ahora tenía que pagar por platos que no había roto.
¿Y aquello no era, acaso, una injusticia para hacer hervir la sangre? El rencor aumentaba, sus dientes rechinaban, y sus ojos se entornaban con una furia que intentaba acallar. Él no merecía esto. Él no había hecho nada. Y sin embargo allí estaba, presa de los acontecimientos, y virtual marioneta del maestro titiritero. Harry no se engañaba, y aunque el hecho le llenaba de ira, sabía que su vida estaba en manos de Voldemort. ¿Qué hacer? ¿Cómo escapar? ¿Era posible un escape?
El sonido de unos pasos lo sacó de su ensimismamiento. Sus pies desnudos se posaron sobre la lustrada madera que recubría el hall de recepción. Cuando Voldemort le había sugerido que bajase, se había dado una idea de quién podía estar esperándolo, por lo que no se molestó en cambiarse. Su apariencia desprolija seguramente hubiera levantado más de una ceja entre los dueños de la casa, pero no podía encontrar razón alguna por la que le debería importar en aquél momento.
- Harry, - dijo una voz algo rasposa, en algo que parecía querer imitar un suspiro. El joven sintió como el ruido de pasos se apresuraba, antes de ser envuelto en un cálido abrazo. Hundió su rostro en el cuello de su padrino, tratando de no pensar en más. Los brazos lo estrecharon con fuerza, como si de esa forma pudieran recuperar el tiempo perdido.
- ¿Estás bien? – preguntó el adolescente, echándose hacia atrás sólo lo suficiente para escudriñar el rostro del mago. Había un cierto cansancio en sus facciones, un tinte cetrino en su piel que no recordaba haber visto antes de su fatídica estadía en Azkaban, pero sus ojos conservaban aquella mezcla entre afecto y voluntad.
- Merlín, y después de todo lo que pasó me preguntas a mí si estoy bien… - dijo-. Una de las ventajas de ser animago es que los Dementores no entienden muy bien las emociones animales… por lo que la pasé mejor de lo que el Wizengamot hubiese querido.
La mueca en su rostro daba a entender que aquello no era mucho, pero nada podría haber interferido con el alivio que Harry sentía en aquél momento. El joven volvió a abrazar a su padrino una vez más antes de separarse.
- Hace un día espléndido – dijo el hombre, mirando a sus alrededores y luego a su ahijado con cierta intención detrás de sus ojos. Harry asintió apenas, entendiendo el mensaje-. Deberíamos aprovechar para dar una vuelta por los jardines.
- Me parece perfecto – contestó.
Una vez fuera de la imponente mansión, y cuidando de dejar un buen trecho entre ellos y el edificio, retomaron su conversación.
- Creo que tenemos mucho para decirnos acerca de lo que ha pasado en este tiempo – comenzó Sirius-, pero debemos empezar por lo más urgente – con esto se giró hacia Harry, poniéndole una mano en el hombro-. Él me contó todo al respecto, una vez que llegamos aquí. Tú ya estabas durmiendo en la habitación. Si no hubiese estado en Azkaban…
- Lo sé – contestó Harry con una sonrisa triste-. Me imagino que aprovecharon para entrar en Azkaban al mismo tiempo que atacaban Hogwarts.
- Sí, aunque desde adentro no teníamos idea de lo que estaba sucediendo. Al parecer logró aliarse con los Dementores, y con ellos fuera de la ecuación la cosa resultó relativamente sencilla.
- Ah, - exclamó Harry, su expresión reflejando un repentino entendimiento-, por eso los aurores tardaron tanto en llegar.
- Era parte del plan… - susurró pensativamente el mayor. Caminaron en silencio unos minutos, hasta llegar a la línea de árboles que marcaban el inicio del pequeño coto de caza perteneciente a los Malfoy. El grueso tronco de un viejo árbol caído ofició de asiento improvisado.
Harry miró a su padrino, consciente de la pregunta silenciosa en sus ojos.
- Quizás sería mejor si te explico que pasó estos meses… para que entiendas – Sirius asintió-. Luego de que los padres de Neville fueran atacados, él comenzó a encerrarse en sí mismo… con Hermione tratábamos de hacerle responder de alguna forma, de que confíe en nosotros. No funcionó… y las cosas empeoraron cuando salió a la luz lo de la adopción. Me odiaba. Luego alguien quiso jugarle una broma a Remus y reemplazó la poción que tenía que tomar con otra cosa, y se transformó enfrente de Neville.
- Merlín…-exclamó Sirius-. ¿Sobrevivió?
- Sí, logró escapar a tiempo. Pasaban mucho tiempo juntos, sabes, porque Neville quería que lo entrenase para vengarse de Bellatrix – Harry cerró los ojos un instante, recordando la expresión de ira en el rostro de Neville la última vez que se vieron-. Remus lo mordió, y Neville contrajo licantropía. Pero él no lo veía como algo malo, al contrario. Era una especie de arma para él.
- Me imagino lo que Remus tenía para decir al respecto.
- Sí, mucha gracia no le hacía. La cuestión es que Remus pasó un tiempo en Inglaterra antes de volverse a las colonias en Irlanda, y en algún momento en el medio lo interceptó otra banda de licántropos. Greyback, el tipo que mordió a Remus, era el líder. Lo tomaron prisionero. En cuanto Neville lo supo, se escapó de Hogwarts para ir en su búsqueda. Se contactó con Hermione mientras seguía el rastro de la manada, y le dijo que le parecía que lo estaban adiestrando, que no parecían tener la intención de matarlo.
- Sólo tuve la ocasión de hablar con él una vez – comentó Sirius con el ceño fruncido-, pero Greyback tiene la reputación de ser un enemigo feroz, cruel… no tiene problema con morder niños. Pero se toma muy en serio su deber como alfa. No me extrañaría que haya secuestrado a Remus para meterlo de vuelta en su manada.
- Pero debe saber que Remus no se dejaría convencer así nomás…
- Los licántropos tienen su lado animal muy presente, Harry – el joven se dispuso a protestar, pero su padrino lo calló con una mirada-. No es políticamente correcto decirlo, pero es la verdad. La actitud de Remus hacia su condición es casi única entre ellos, en particular los que fueron convertidos de niños. Pero por más humanos que quieran parecer, su instinto sigue siendo muy fuerte, y más en la presencia de su alfa. Si Greyback realmente no tiene planeado matarlo, tarde o temprano Remus terminará por integrarse a la manada.
Harry sabía que era inútil discutirle, consciente de que su experiencia con los licántropos se remontaba a sus interacciones con el antiguo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
- ¿Supiste algo más de Neville luego de eso?
- No… dependo de Hermione para eso, ya que no responde a mis cartas, y ella no lo ha vuelto a mencionar – Harry dirigió sus ojos hacia la espesura del bosque, como si pudiera, entre los árboles, vislumbrar a los dos licántropos correr por allí-. Ahora está en Beauxbatons, sabes. Luego de lo que pasó con Neville, se transfirió. No se sentía segura… quizás tendría que haber seguido su ejemplo. No soy muy dado para los idiomas, así que tendría que haberme ido para América; para Salem, o Yosemite.
- La cuestión es que con ellos repartidos por el mundo, no tenía realmente a nadie en Hogwarts a quien pudiera llamar un "amigo de confianza". Entonces por una cosa u otra terminé amigándome con Malfoy… y ya sabes adónde me llevó eso – Harry se llevó una mano a sus cabellos, una sonrisa amarga naciendo en sus labios-. Lo más gracioso es que Dumbledore me previno de todo esto. Qué tipo astuto que era. Y yo lo ignoré. Terminé ayer comiendo con Draco y el resto en la mesa Slytherin, y supongo que aprovechó algún momento en el que estaba distraído para poner una poción en mi bebida. No sé qué mierda habrá usado, pero empecé a sentirme mal, afiebrado. Supongo que un efecto colateral era el debilitamiento de mi Oclumancia, porque de otra forma estoy seguro que Voldemort no hubiera sido capaz de poseerme.
- El resto es algo confuso; estaba consciente de lo que pasaba, pero al mismo tiempo era como si no pudiera concentrarme sobre lo que veía. Usaron una especie de gabinete del cual salieron Bellatrix y el resto de sus seguidores, y se dirigieron directo al Gran Salón. El resto es historia.
Sirius asintió, cerrando los ojos por un instante.
- No quería que las cosas llegasen a este punto, Harry, pero… - murmuró-. Puedo sacarte de aquí, enviarte a algún lugar con una identidad falsa. Alejarte de él de una vez por todas.
- Sirius…
- No me importa que lo pueda ver como una traición… eres lo más importante en mi vida, Harry.
El adolescente parpadeó; tenía los ojos húmedos, y un nudo en la garganta. Sus brazos se cerraron alrededor de la espalda de su padrino, y sin separarse le contestó:
- No es posible. Nuestra magia está en resonancia. No importa lo que haga, el resultado siempre va a ser el mismo…
Sintió cómo el otro se tensaba; los músculos alertas, nerviosos.
- Soy un idiota. Cometí todos los errores que podía cometer, y ahora las cosas me llevaron a esto… No sé cómo estarán las cosas allá fuera. Supongo que me quedaré unos días aquí para ver qué hago ahora.
El mayor lo tomó de los hombros. Una feroz mirada gris se cruzó con la dubitativa expresión del otro. Había algo amargo en sus palabras que no se había perdido en la conversación, algo de resentimiento y derrota que parecía escaparse entre sílaba y sílaba como un fantasma centenario, añejado por los años y las derrotas.
- Harry, tienes una alternativa…
- ¿Qué, matarlo? – preguntó el otro, sus ojos brillando con una intensidad que había parecido perdida-. ¿Y qué lograría con eso? Incluso si pudiera hacerlo, tendría toda una legión de sus seguidores sedientos de venganza. Y eso solamente en Inglaterra. No, Voldemort no es solamente un mago poderoso… tiene tantos intereses detrás que dependen de él que se ha vuelto intocable.
Sirius se levantó bruscamente, pasándose una mano por el largo cabello enmarañado. Harry notó de repente que no parecía haberse ocupado de sí mismo luego de llegar de Azkaban.
- Todo esto es mi culpa – dijo, su voz cargada de frustración-. Si yo…
- Si tu no hubieras estado allí para mí, Tom me hubiera comido crudo – intercedió el otro, su voz firme no dejaba lugar a discusiones-. No te culpo de nada, Sirius. De hecho agradezco que me hayas acompañado.
El mayor no dijo nada, tan solo le dirigió una mirada que delataba que sus palabras no habían hecho efecto. Harry se levantó y puso una mano sobre su brazo, señalando a la mansión.
- Volvamos. Parece que no has descansado nada, y debo cambiarme – el chico se rió-. No creo que a los dueños de casa les haga mucha gracia que me ande por allí en pijamas.
Terminada la obligatoria toilette, se encontró escoltado por un gracioso elfo doméstico que lo miraba con fascinación luego de que le agradeciera que le hiciera el favor de guiarlo por aquél laberinto de habitaciones.
- ¿Cuál es tu nombre, elfo? – preguntó Harry luego de que la pequeña creatura anunciara su llegada al salón comedor.
- ¡Dobby, señor amo Harry James Potter-Black! – chilló con entusiasmo. El aludido se rió, y le contestó:
- Harry, por favor. Tanta formalidad me hace sentir más viejo de lo que soy.
El elfo contestó con emoción que lo recordaría, pero el mago ya no le prestaba atención. A la cabecera de la mesa, y de espaldas a él, estaba una figura que hubiera podido reconocer con los ojos vendados. Sus sentidos estaban más sueltos luego de pasar un tiempo en la atmósfera de aquél lugar, menos saturada que la de Hogwarts, por lo que inmediatamente sintió cómo su magia respondía a la de Voldemort. Un cosquilleo recorrió su espalda, recordándole de los indeseables efectos secundarios de su nueva condición.
Una taza de té lo esperaba a la izquierda del hombre, quien simulaba no haber notado su entrada. Harry le dirigió una mirada mientras se sentaba en el lugar marcado. Sus ojos se movían de un lado a otro con una increíble velocidad, devorando cada palabra del diario que tenía delante. Una taza de té verde descansaba a su lado, humeante como si estuviera recién servida, a pesar de que el joven sabía que había sido abandonada hacía rato.
- Felicitaciones por otra gran portada – dijo con cierto tono burlón después de unos momentos, pasándole el diario. En la tapa, una fotografía suya de archivo con un cartel rezando "BUSCADO" atravesando diagonalmente la esquina izquierda. Otra más pequeña a su lado mostraba el rostro inerte de Albus Dumbledore, rodeado de lo que Harry presumía era una mortaja. Unas manos aparecían brevemente en la imagen, acomodando los restos humanos de quien había sido su director.
Harry tomó un escón mientras ojeaba silenciosamente los títulos de la página principal. Tomó un sorbo de su té – con estela humeante perenne, igual que el de Voldemort- y observó la reacción horrorizada del mundo a un crimen del cual él no era culpable. Sintió el feroz escrutinio del mago oscuro, quien esperó unos momentos de cómodo silencio antes de volver a hablar.
- ¿Llegaron a alguna conclusión, tu padrino y tú? ¿Algún intento de asesinato por el que tendría que preocuparme?
Harry bajó el diario, y le dirigió una mirada calma, como si estuvieran hablando del clima.
- No seas ridículo, - respondió – incluso si pudiera acabar contigo tendría que vérmelas con todos tus amigos, aquí y en el resto de Europa.
Una sonrisa lobuna se adueñó del rostro del mayor. La expresión en sus ojos no le sentaba bien al otro, que prefirió seguir ojeando el resto de El Profeta. Los rostros ojerosos de sus padres saliendo del Ministerio llamaron su atención al llegar a las páginas centrales. Sus ojos se detuvieron en lo poco que los periodistas habían logrado sonsacarles. La voz de su madre sonó estridente en su mente al leer sus palabras: "no quiero creer que Harry fuese capaz de hacer algo así, aquí hay gato encerrado", seguida del tono sombrío de su padre: "la influencia de Black puede haber ido más allá de lo que pensábamos… quién sabe qué cosas le metió en la cabeza para hacer algo así". El resto del artículo era un sinsentido de teorías conspirativas. El autor especulaba que había sido víctima de un Imperius, o que había sido coercido por sus amistades en Slytherin. Algunos entrevistados – que iban desde estudiantes de Hogwarts cuyos nombres Harry no reconocía, hasta amigos de sus padres que tenían la lengua un tanto suelta- hablaban de un distanciamiento con sus amigos, de la situación con Neville, de la huida de Hermione. Todos parecían ansiosos por mostrar una realidad retorcida que poco tenía de veraz… pero Harry reconocía que todo aquello era un show mediático; que detrás de eso había un ansia literaria por la historia más interesante. Así era el periodismo, el sueño frustrado de un escritor que no podía concebir sus propias fantasías.
Apartó el diario con algo de asco, y se levantó.
- Todavía está el tema del duelo – dijo-. ¿Cuándo lo quieres hacer?
Voldemort rió.
- Durante la próxima luna llena – le respondió, y tras asentir, Harry se retiró.
Las noches en la mansión Malfoy era silenciosas, lúgubres. Las blancas paredes que llenaban el lugar de una luz bendita durante el día se volvían en un mausoleo durante la noche. Solo apenas, y si se esforzaba, podía escuchar a lo lejos los ecos de los atareados elfos. Una luz cálida intentaba transformar la habitación en algo más accesible, pero sus débiles rayos no lograban cruzar la inmensa estancia. De espaldas a la luz, y frente al gran ventanal que dominaba el lugar, un joven miraba con el ceño fruncido la negra espesura más allá de los cristales.
Unos golpes en la puerta lo distrajeron, y no alcanzó a pararse para recibir al visitante antes de que se abriera el umbral, revelando la inexpresiva mirada del dueño de la casa.
- Espero no estar interrumpiendo nada – dijo con un tono cortés, aunque Harry sabía que de haber sido permitido por las reglas de etiqueta, Lucius hubiera preferido decirle "deja lo que estás haciendo para prestarme atención".
- No, solo estaba pensando – contestó el más joven, acudiendo al encuentro del mayor y estrechando su mano-. Muchas gracias por recibirme, señor Malfoy.
- Es lo menos que podría haber hecho, luego de tan sorpresiva actuación. Somos colegas después de todo, ¿no es así?
Harry asintió. Podría haber acabado con aquella farsa, aclarándole que no, él no estaba peleando de su lado y que todo había sido culpa de la conexión mental que compartían él y Voldemort. Pero incluso para magos como ellos aquello sonaba algo disparatado, y no tenía la más mínima duda de que el mago oscuro desmentiría todo, solamente para desacreditarlo. No tenía sentido.
- Tengo que admitir que me sorprendió bastante verte tan comprometido con la causa – dijo, arrastrando las sílabas en la manera en la que lo caracterizaba-. Las alianzas de Sirius Black no eran particularmente un secreto de estado, pero incluso aunque te acercaste a nosotros yo pensaba…
- Que era un simpatizante, no un militante – Harry intercedió. El hombre asintió, y pudo ver en sus ojos lo que realmente quería saber, que era la pregunta del momento para todos los mal informados. Contempló mil respuestas para darle, todas apuntando a direcciones distintas. Pero aquellas ficciones cuidadosamente construidas eran frágiles, él lo sabía, y debía manejarse con cuidado ahora que estaba suelto en un nido de víboras.
Se acercó al asiento que había dejado abandonado, y apoyó sus manos sobre el respaldo, observando el mismo paisaje que lo había tenido absorto anteriormente.
- No sé si Bellatrix habrá hablado con Narcisa del tema – dijo; a su espalda Lucius alzó una ceja, su expresión reflejando un profundo interés por lo que estaba por escuchar – pero Orion Black dio su consentimiento a la adopción antes de morir… aunque fue totalmente innecesario.
Harry giró la cabeza y clavó su mirada en la del mayor.
- Suena extraño que un supremacista como Orion haya consentido tener un heredero mestizo, ¿no?
Lucius entornó los ojos, su cabeza ladeándose hacia un costado.
- Sin duda.
- Y suena aún más extraño que me hayan encomendado la tarea de acabar con mi director. Después de todo, tengo sólo dieciséis años.
- Muchos pensábamos que era una prueba de tus alianzas, dado quiénes son tus padres – Harry asintió -. Que quizás era simplemente para demostrarnos si estabas dispuesto a luchar por la causa… nadie esperaba que lo lograras.
- Es lógico… pero ninguno sabía un detalle crucial. Soy un sensor – la expresión en el rostro del patriarca Malfoy pasó desapercibida por el adolescente, quien había vuelto su mirada de nuevo hacia la ventana. Los nebulosos ojos grises del hombre se abrieron de par en par por un instante, antes de que una sombra calculadora cayera sobre sus facciones.
- Podría decirse que la suya fue la mejor oferta – los labios del joven se curvaron en una engañosa sonrisa. El patriarca Malfoy lo miró fijo por unos instantes, su rostro inexpresivo. Harry se jugaba a hacerles pensar que más que su ideología, lo que lo había movido a aquél lado de la guerra era un interés personal. De esa forma no tendría que preocuparse por repetir opiniones que no compartía, ni demostrar una devoción que no sentía. Le daba la libertad de poder seguir moviéndose por su cuenta sin ser cuestionado.
- Me siento tentado a preguntarte qué fue ofertado.
- Me temo, señor Malfoy, que eso es algo que debe permanecer entre él y yo.
La negativa no pareció afectarle al hombre, quien debió haber esperado una respuesta así. Un leve golpeteo del bastón que Lucius llevaba le indicó a Harry que la conversación estaba llegando a su fin.
- Me honraría seguir teniéndote como huésped, así que siéntete libre de quedarte aquí por el tiempo que necesites. Con Narcisa cenamos a las siete en punto; estás invitado si deseas socializar un poco. Si no, puedes llamar a Dobby para que te traiga la comida aquí.
- Es muy amable de su parte, señor Malfoy. Le agradezco enormemente.
- Por favor, Harry, somos familia después de todo. Llámame Lucius.
Harry asintió con una sonrisa que se sentía algo forzada en su rostro, y observó detenidamente la partida del mayor. La puerta se cerró con un golpe seco; un sonido leve pero que en el silencio de aquél mausoleo parecía una estridente sirena.
- Dobby – susurró, sin quitar la vista de la puerta. A sus espaldas sonó un pequeño chasquido, indicando la aparición del elfo que había conocido en el desayuno. Un escalofrío recorrió su espalda al sentir la extraña energía de aquella creatura; la mayoría de los animales mágicos utilizaban una especie de magia no muy disimilar a la de los magos, por lo que sus sentidos apenas sufrían las diferencias… pero aquella bizarra energía era completamente extraña; caótica y nebulosa como si se encontrara en un planeta en el que no pertenecía.
- ¡Señor amo Ha…! – Chilló el elfo, pero el sonido murió en su garganta al recordar el pedido del mago, lo cual le hizo comenzar a golpearse contra la pared-. ¡Malo, malo Dobby!
Harry se dio vuelta, sorprendido por el alboroto, y al ver la autoflagelación de la pequeña creatura, corrió a detenerlo.
- ¿Qué haces Dobby? – preguntó -. ¡Para, para!
- Dobby olvidó que el señor amo Harry prefiere que le llamen Harry – dijo, apenado. Harry se rió.
- No es tan grave… llámame como prefieras. No hace falta que te golpees.
Los ojos del elfo se llenaron de lágrimas, y el mago supo que tenía que atajarlo antes de que comenzara con otro ataque.
- Dobby, solamente quería pedirte que me trajeras la cena aquí, cuando esté lista. ¿Puede ser?
- ¡Por supuesto, señor amo Harry, Dobby le traerá la comida aquí!
- Muchas gracias – dijo con una sonrisa, y se movió en dirección a la butaca que había dejado frente a la ventana-. Eres un elfo extraño… ¿te tratan mal por aquí?
Los ojos de la pequeña figura se abrieron de par en par, asustados. Sus hombros se encogieron dentro de sí mismos y sus manos tomaron los harapos sucios que cubrían su cuerpo con un marcado nerviosismo.
- Dobby no debe hablar mal de sus amos…
- No hace falta, ya tu reacción me dice todo lo que no puedes decir – Harry le dirigió una triste sonrisa, consciente de la cultura de desprecio que reinaba en el mundo mágico hacia los no-humanos. Su familia se cuidaba de tratar a sus elfos con respeto, pero estaba muy consciente que esa no era la norma entre los privilegiados que podían permitirse tener servidumbre-. ¿Hace mucho que tu familia sirve a los Malfoy?
- ¡Por generaciones! – Respondió más animado, claramente aliviado ante el cambio de tema-. La madre de la madre de la madre de la madre de Dobby sirvió a los Malfoy. Sólo la familia de Hoopy tiene más años aquí que la de Dobby.
- ¿Cuántos elfos trabajan aquí?
- Somos diez elfos, señor amo Harry.
- Muchos más de los que hay en casa – susurró, para sí, el adolescente-. Espero conocerlos a todos algún día.
- ¡Dobby está seguro de que estarían encantados de conocerlo, señor amo Harry! –exclamó la criatura. Abrió la boca como para decir más, pero algo llamó su atención, y bajó la voz para decir:- La cena está servida, Dobby tiene que volver a las cocinas para prepararle sus platos al señor amo Harry.
- Ah, gracias Dobby.
Con otro chasquido la pequeña creatura desapareció, y Harry quedó a la espera de una nueva aparición. Sin embargo pasaron unos instantes hasta que el repiqueteo metálico de una bandeja con sus correspondientes platos anunciara la llegada de la comida, y cuando la cena llegó, lo hizo sin la compañía del exuberante elfo.
- Debe tener otras tareas – susurró para sí el mago, encogiéndose de hombros. El delicioso aroma de los platos abundantes que tenía enfrente lo invitaban a sentarse y comer, pero primero eligió dirigirse hacia el baúl que descansaba a un lado de la cama. No sabía quién ni cómo, pero habían logrado sacar todas sus cosas de la torre de Gryffindor, lo cual le llenaba de alivio. No tanto por los utensilios del día a día (¿de qué podía servirle una manchada copia de Animales Mágicos y Dónde Encontrarlos cuando debía escaparse de la ley?), sino por sus escritos y diarios. Si bien una inspección de sus aventuras de los últimos años, de la manera en la que las relataba en sus documentos personales probablemente sería vital para que un investigador coherente despejara cualquier duda sobre su inocencia, era innegable el recelo que provoca la idea de una persona extraña revisando sus pensamientos más íntimos.
Con su varita abrió el compartimiento que guardaba los diarios, y sacó el único que todavía no había llenado. Sentándose en el espacioso escritorio que descansaba a un lado de la habitación, dejó que la pluma rasgara el papel con una cadencia que le resultaba familiar.
Aunque me siente frente a mi pensadero para reflexionar sobre lo que pasó, creo no poder digerir el asunto de la misma forma que lo hago ahora. Hay algo reconfortante en el silencio de la palabra escrita, escribió.
Ayer mis manos mataron a un hombre, y vi en carne propia algo que sé que va a decidir el curso de la guerra. Mi único consuelo es que de poder haber sido capaz de hacer algo, las cosas hubieran resultado de otra forma… pero Voldemort representa una voluntad que es inescapable una vez que se ha fijado en ti. No sé si alguna vez logrará hacerme capitular, pero hoy en día lo único que puedo hacer es dejarme llevar por la corriente. Ver adónde me deja. Para la justicia soy un criminal, para mi familia, un dolor en el alma. Sé que los he decepcionado, pero temo enfrentarlos porque la verdad los haría sentirse peor.
La pluma quedó suspendida en el aire, y pasaron unos momentos hasta que se escuchó un resoplo frustrado del joven escritor, seguido por un brusco movimiento de ropas y el chirrido de una silla apartándose.
Harry se levantó y cenó en silencio, su mirada hosca tratando de darle sentido a la oscuridad frente a él.
El día adolecía con estertores deliciosos. Una orquesta de impacientes grillos hilaba en el aire el final de otra plácida tarde de verano. Un coro de aves que chillaban por doquier, buscando a sus compañeras para continuar el repertorio. Los acontecimientos en la mansión fluían calmos como un pequeño arroyo en un día de primavera, a pesar de que afuera de sus tierras el mundo se estuviera viniendo abajo.
Su limonada yacía abandonada a un lado, crudamente ubicada sobre la losa blanca que recubría el piso de la galería. Si hubiera estado en el jardín principal, sus pies estarían tocando mármol y su humanidad estaría reclinada cómodamente en un sillón, pero el lujo venía a un precio. No quería estar donde alguien pudiera verlo. Por eso había caminado hasta los establos, y se había refugiado en un rincón destinado a la ayuda humana que se encargaba de los animales que residen allí.
La vio a lo lejos haciéndose paso a través del delicado césped. Su pelo rojo, a diferencia de otras veces, no escondía su rostro. Lo llevaba prolijamente atado, dejando en descubierto la expresión severa que tanto se asemejaba a la de su padre. Los ojos negros sabían lo que buscaban y lo encontraron rápidamente.
- No pareces muy sorprendido – dijo Sophie al dar los últimos pasos que la separaban de su hermano. Él la recibió desde el suelo, llevándosela consigo en un fuerte abrazo.
- Sirius te delató – admitió él, escondiendo su rostro en las livianas túnicas que ella llevaba puestas-. Me dijo que estabas en el país, y que le habías pedido el favor de hablar con Lucius.
- Veo que no te hace mucha gracia eso.
- Podrías haber hablado directamente conmigo. Lucius quiere mantenerme aquí para alardearles a sus amigos que soy su protegido. Para Sirius es otro precio.
Ambos se separaron. Harry mantuvo una mano sobre el brazo de la pelirroja, quien la cubrió con la suya. Los inescrutables ojos negros de su acompañante se perdieron por un momento en la expansión del inmenso jardín, y Harry supo que ella estaba buscando la forma de iniciar la conversación de la manera adecuada.
- ¿Cómo estás? – dijo, volviéndose bruscamente hacia él. Harry notó con sorpresa que Sophie se estaba mordiendo los labios, lo cual era muy poco característico de ella-. Sirius se limitó a decirme que estabas bien, pero quiero saber qué clase de bien es ese.
Harry abrió la boca para responder, pero entendió en un instante que lo que realmente se moría por preguntar tenía que ver con el ataque. Y aunque hubiera viajado desde el continente para verlo, y aunque fuera su hermana, y aunque ella fuera uno de sus pocos aliados en aquél mar de serpientes, no se sentía con las ganas de hablar del tema. Estaba desganado, flotando en un vacío emocional y no tenía fuerzas para revolver aquella agua estancada.
- Es el "bien" de alguien que no tiene muy en claro que sigue a continuación – dijo, quitándole los ojos de encima-. Antes, tenía el confort de una rutina en la escuela, un plan predecible que me tenía volviendo todos los años a Hogwarts. Después conseguiría algún trabajo o entraría en algún programa de aprendizaje. Ahora estoy con un cargo de homicidio a cuestas y un par de esqueletos más en el armario.
- Pero…
Sintió venir la duda mucho antes de escucharla, tan trasparente, en su voz. Harry recordó que Sophie no sabía los detalles finos.
- No lo cometí realmente yo…- bajó la mirada hasta sus manos, extendidas frente a él-. Fue este cuerpo, pero estaba poseído.
Una risa seca brotó por sus labios. La mirada preocupada de su hermana pasó desapercibida.
- Suena como algo que diría un demente, ¿verdad? La verdad es difícil de creer – metió una mano dentro del bolsillo del pantalón crema que llevaba puesto, y sacó una carta, escrita en un fino pergamino claramente prestado de las bibliotecas de los Malfoy-. Léete esto más tarde, y quémalo cuando termines. Es difícil ser sigiloso en este lugar, y no hay tiempo para contarte todo.
Sophie tomó en mano lo que su hermano le ofrecía, y asintió sin agregar nada.
- ¿Cómo está mama? – preguntó Harry, su voz traicionando sus sentimientos-. ¿Y mi padre?
La mirada en los ojos de la pelirroja se suavizó.
- Mamá está bien… - susurró-, dolida y confundida, claro. Para ella de un día para el otro pasaste de ir al colegio a convertirte en un prófugo. Tu padre le está llenando la cabeza con que Sirius es el que está detrás de todo, y que con esto quiere separarte de ellos para que aceptes su herencia.
- ¿Y ella le cree?
La mirada de Sophie bastó para contestarle.
- Si pudiera hablarles… a mamá, al menos – dijo, y suspiró-. Bah, como poder puedo… nadie me retiene aquí. Pero aunque Sirius me haya removido la traza, y me pueda aparecer a gusto…
- Te da miedo lo que te pueda decir, ¿verdad?
Harry abrió la boca para contestarle, pero por unos momentos prefirió no decir nada.
- Me da miedo el saber que no tengo nada para decirle – dijo finalmente-. Hola ma, soy yo, tu hijo pródigo. No te puedo explicar exactamente por qué, pero confía en que todo está bien. Espero que estén bien por allí, me vuelvo para la casa de Malfoy que me espera un Lord Oscuro amigo con el que me tengo que batir en duelo en un par de semanas. Nos vemos – una risa seca, sin gracia, brotó de sus labios-. Hace años que ya no puedo hablar realmente con ellos.
Sophie lo miró de reojo con una expresión de incertidumbre.
- Lo que no entiendo a todo esto, y perdona si es algo que me explicas en la carta, pero… ¿de qué lado se supone que estás? – Su tono rayaba en la frustración-. Cuando hablábamos del tema te cansabas de aclarar que querías mantenerte al margen de todo, pero resulta que siempre te has codeado con este bando… con mi bando, y ahora… no puedo decir que entienda del todo lo que sucedió estos días, pero te encuentro aquí muy a gusto con Malfoy. Y lo que estoy escuchando del resto… Harry, por el amor de Morgana, hasta en Alemania se está hablando de que el Señor de las Tinieblas te ha tomado como su protegido.
Harry la miró con expresión incrédula.
- Lo que quiero decir es, - siguió Sophie-, había tantas cosas que podrías haber hecho para mantenerte neutral. De hecho la opción más segura hubiera sido Dumbledore, que te hubiera arrancado un par de favores a cambio de mantenerte oculto en algún lado. Él… es la peor opción. Sabes que no tiene escrúpulos para conseguir lo que quiere, y con tus habilidades, y tus conexiones…
Se detuvo un instante, evidente para cualquiera que estuviera prestando atención que dentro de ella se estaba librando una batalla interna para decidir si debía seguir hablando o no. Harry la observó en silencio, consciente de aquello, y luego de unos momentos, la escuchó decir:
- Si te soy sincera, me he pasado un tiempo tratándole de encontrar un sentido a tus acciones, hermanito… y a veces me da la impresión de que actúas como lo haría una adolescente enamorada, dando vueltas alrededor del chico que sabe que no puede tener. Salvando las distancias, claro… - su tono de voz bajó hasta volverse un susurro, y Harry tuvo que acercar el oído para escucharle-. Es un hombre atractivo, desde cualquier punto de vista. Tiene un encanto particular… cada palabra que dice parece atraparte, seducirte. Entiendo eso, creo que cualquiera de nosotros se siente así. Pero a veces pienso, ¿será que es su carisma lo que me hace seguirle o una verdadera creencia en su causa? Y no quiero verte envuelto en todo esto porque te hayas dejado seducir por ese carisma… aunque es un poco tarde para las advertencias.
-Era… inevitable que siguiera este camino, de alguna forma – dijo Harry sin mirarla, con una pequeña sonrisa-. Ya lo entenderás. Pero mi contacto con él, con una parte de él, fue extenso. Y eso creó un lazo entre nosotros… y sí, estoy consciente de que soy una víctima más de su carisma. Por más de que estoy consciente de su poder, y le temo y me repugna porque sé de lo que es capaz quizás más que el resto, no puedo evitar caer en su trampa – hablaba rápido, como si estuviera en un gran monólogo al final del cual le esperaba una gran conclusión. Sophie le miraba absorta, y ambos estaban conscientes de que él estaba pensando en voz alta lo que venía negando desde hacía tiempo-. Me fascina… no puedo fingir que me es indiferente. He pasado por el miedo, por el odio, por la resignación. Estos últimos días lo único que quiero es tenerlo frente a frente para batirme a duelo, y veo que ya no me importa lo que pueda pasar. Recuerdo su magia… ustedes también la pueden sentir, de otra forma. Pero saben que tiene un aura imponente, al igual que Dumbledore. Y la idea de estar frente a eso…
- No tiene nada que ver con el país y la política – siguió, Harry, con los ojos perdidos en la lejanía-. Entiendo ahora que es algo muy personal. Que lo que pueda hacer ahora ya no tiene que ver con la guerra o los bandos, tiene que ver conmigo y con lo que quiero hacer. Y lo que quiero hacer, más allá de lo que es elegir un partido, es medirme contra él. Demostrarle quién soy, de lo que soy capaz. Hasta ahora él ha sido como un hombre de la bolsa para mí, siempre presente al final del día… es mi turno de devolverle el favor.
Sophie se levantó bruscamente.
- Sea lo que sea lo que ustedes dos tengan – dijo, su voz cargando su asombro – es evidente que no es algo normal. No puedo entender nada ahora… necesito leer esta carta – agitó el sobre que llevaba en una mano, y Harry asintió-. Pero me alegro de encontrarte bien, piojo.
El menor le sonrió, y la saludó con un gesto de la cabeza.
Harry estaba dormitando, cabeza apoyada sobre un libro de encantamientos bastante peculiar que había encontrado en la biblioteca de los Malfoy, cuando la voz ronca de su padrino gruñó un rápido saludo al entrar, impetuoso, por la puerta de su habitación. A Harry, incluso en su estado de semi-inconsciencia, le pareció peculiar el aspecto del hombre– estaba desaliñado, vistiendo las túnicas que su ahijado había visto el día anterior y con el cabello revoloteando por doquier.
- ¿Qué pasa? – consiguió decir, arrastrando las sílabas penosamente. Sirius se detuvo frente al armario y comenzó a buscar algo entre sus ropas.
- Vístete – le dijo, tirándole unos pantalones y una camisa-. Te están buscando.
- Eso no es nada nuevo – murmuró Harry, dejando caer la cabeza de vuelta en el colchón. Un momento más tarde, se levantó bruscamente, llevándose una mano a la boca para cubrir su bostezo, mientras la otra trataba de acomodar su alborotado cabello-. ¿Quién…? Ah. Pensé que últimamente se le daba por aparecer de la nada donde estuviera para asustarme.
- Es Bellatrix.
Harry alzó una ceja, pero no dijo nada. Se vistió con apremio, y usó un hechizo para lavarse la cara. Tras conseguir la dudosa aprobación de su padrino, se consideró presentable y ambos salieron de la habitación.
- ¿Noche complicada? – le preguntó a su padrino, echándole una mirada significativa.
- Se podría decir… luego de la muerte de Dumbledore hay más de uno saliendo debajo de las rocas para pedir una alianza.
El adolescente no entendía por qué su padrino lo acompañaba en vez de simplemente indicarle en qué habitación estaba; sin embargo, en cuanto atravesaron el umbral que llevaba al estudio personal del patriarca Malfoy, una mirada al rostro de Bellatrix le explicó todo lo que necesitaba saber.
- Harry – le saludó con una sonrisa algo desencajada. Sus ojos negros de párpados caídos parecían más feroces de lo que recordaba, y aunque estaba acostumbrado a la apariencia marginalmente maniática que tenía la bruja, había algo que le daba escalofríos. Tardó un momento en darse cuenta que era su magia, un halo violáceo que parecía dar espasmos a intervalos. Aquél movimiento le provocaba cierta náusea, aunque no podía explicar por qué.
- Bellatrix – devolvió el saludo, tratando de quitar la mirada de la enferma bruja sin ofender los buenos modales. La excusa vino al instante, cuando se dio cuenta que la habitación albergaba otra aura, algo más oscuro que pasaba inadvertido con facilidad-. Y Voldemort.
El hombre emergió de entre las sombras con una sonrisa poco inocente en el rostro, y a modo de saludo inclinó levemente la cabeza. Ahora que no estaba intentando pasar desapercibido, su magia daba vueltas alrededor de él, libremente, y Harry sintió como la suya propia parecía ir a su encuentro.
- Toma un asiento, querido – ordenó Bellatrix -. Sirius, ¿no tenías que hablar con el embajador de los Lamia?
Durante un instante el aludido pareció no mosquearse ante el claro despido. Sirius miró a Voldemort fijamente unos segundos, su rostro desprovisto de expresión alguna, y luego giró su rostro hacia Bellatrix.
- Si me disculpan, - dijo, sus ojos pasando de su tía a su ahijado-. Estaré en el salón de té, si me necesitan.
Harry supo que aquellas palabras eran para él más que para el resto, y asintió. Mientras se escuchaba la retirada de su padrino, aprovechó para sentarse en uno de los antiguos sillones que descansaban a un lado de la habitación. Voldemort tomó asiento a su izquierda, y Bellatrix en el sofá frente al suyo. Por los gestos del otro mago supo al instante que aquella pequeña reunión tenía más que ver con Bellatrix que con la guerra, y por ende, dedujo que estaban por tratar asuntos Black. Lo que no podía entender, sin embargo, era el rol de Voldemort… ¿quería asegurarse él mismo de que no dijera nada acerca de lo que realmente había pasado el día del ataque en Hogwarts?
- Admito que originalmente tenía mis dudas, y que solo consentí llevarle la corriente a mi sobrino porque mi hermano había dado el visto bueno – dijo, su tono brusco y seco, que le recordaba a Harry el tono de un general-. No me hacía mucha gracia que un sucio mestizo apareciera de repente en nuestro árbol familiar. Pero con la adopción era inevitable que tomases nuestra sangre, y Merlín sabe que una gota es más que suficiente para destruir cualquier rastro de inmundicia que lleves. Y eso quedó en evidencia con la muerte de Dumbledore.
El rostro avejentado de la bruja se distorsionó para esbozar una sonrisa.
- Sirius es un pobre perro que nunca llegará a mucho, pero logró tomar dos buenas decisiones: volverse un Mortífago, y adoptarte – la mujer hizo una pausa, y Harry observó cómo su magia volvió a dar uno de aquellos escabrosos espasmos-. No sé cuánto vaya a sobrevivir en esta guerra, pero he visto morir y he matado a mucha gente de la misma calaña y te puedo decir que te conviene deshacerte de cualquier esperanza que tengas de tenerlo vivo y coleando en un par de años. Tú vas a heredar la más Noble y Antigua Casa Black, niño, amígate con la idea desde hoy.
La expresión en el rostro del menor mostraba sin tapujos lo que pensaba de todo aquello.
- Me parece que subestimas a Sirius – le dijo, fríamente-. Y que sobrestimas tus habilidades como vidente, tía. Llegado el caso sé que tendré que hacerme cargo de la Casa Black, pero hasta entonces soy un simple heredero.
Algo dentro de Bellatrix se quebró, y aunque por fuera pareció no inmutarse ante sus palabras, Harry supo por su magia y por el brillo en sus ojos que una idea terrible se había apoderado de ella.
- Ya veremos cuán bien se te da eso – dijo ella, y se levantó. Sus ojos se dirigieron hacia Voldemort, quien le hizo una seña para permitirle retirarse.
- Quiere matar a Sirius, ¿verdad? – Preguntó Harry, sin quitar los ojos de la puerta que acababa de cerrarse tras Bellatrix.
- Veo que no estás muy al tanto de las idas y venidas de tu propia familia – comentó Voldemort con una ceja alzada. Harry se encogió de hombros.
- No puedo decir que haya tenido tiempo como para averiguar mucho, entre una cosa y otra.
El mago oscuro esbozó una pequeña sonrisa, entendiendo que aquella cosa y otra eran él y todos sus planes.
- Sirius ha estado podando el árbol familiar, por ponerlo de alguna forma. Y con ello ha estado liquidando negocios, conexiones, regalando pequeñas fortunas. Ha reducido el valor neto de la familia en un treinta y cinco por ciento, si no mal recuerdo.
- ¿Podando el árbol familiar?
- Desheredando a la mayoría, asesinando a los pocos que sabe que son una amenaza – aquello dejó boquiabierto a Harry. El adolescente volvió el rostro hacia la puerta, conjurando en su mente la imagen de su padrino parado allí, mirando fijamente al mago oscuro-. ¿Sorprendido?
- Si… no, no lo sé. No soy idiota, sé que mató a Orión, pero eso…
- ¿Era distinto? – preguntó Voldemort con sorna-. ¿O era más fácil de justificar?
Harry volvió su mirada al hombre, y por unos momentos permaneció en silencio.
- Vamos, Harry… - susurró con malicia-. ¿Me vas a decir que no estás consciente de que estás rodeado de asesinos? El trabajo de tu padre se ha cobrado más de una víctima. Y tu hermana…
- ¿A qué viene todo esto, Voldemort? – lo interrumpió el menor, sus músculos tensados como si fuera a levantarse. El otro sonrió, su cuerpo relajado contra el lujoso asiento.
- En cuanto Bellatrix se fue, entendiste cuáles eran sus planes y se te ocurrieron los tuyos propios. Se podría decir que le estoy haciendo un favor a tu consciencia.
- ¿De qué estas hab…? – comenzó, hasta que registró el significado de las palabras de Voldemort-. No sé si mi consciencia necesita tanto trabajo para poder asesinar a Bellatrix.
- Me sorprendería.
Harry se llevó una mano al cabello, reclinándose sobre su asiento.
- Está enferma, aunque no sé si es algo físico o algo mental. Su magia me provoca náuseas.
- Fascinante – Voldemort lo miraba con gran interés, como cada vez que mencionaba algo que percibía a través de su habilidad-. ¿Cómo la ves?
- La tonalidad es la misma de siempre, pero parece dar ciertos saltos… como convulsiones, que se van alternando entre sacudidas y pequeños temblores. No sé qué tiene o por qué me produce este efecto.
Voldemort se llevó una mano a la barbilla, dándole vueltas a sus palabras. Harry se dio cuenta que jamás había notado que tenía unas manos largas, delicadas, con dedos que le recordaban a la trama de una telaraña. Por un instante, un viejo recuerdo invadió sus pensamientos – Tom, atrapándole contra una pared, una de sus manos recorriendo el camino entre su estómago y su…. Luchó para quitarse la imagen incómoda de la mente, y pidió a todos los dioses que conocía que no se reflejara aquél desliz en sus pantalones.
- El decline mental de Bellatrix se ha vuelto más que evidente en estas últimas épocas – la voz de Voldemort le hizo volver al presente-. Las artes oscuras simplemente han acelerado el proceso. Lo que no esperaba era que se reflejase en su magia tan pronto – una sonrisa cargada con perfidia asomó en su rostro-. De hecho, se podría decir que una muerte a este punto sería una eutanasia.
- Sinceramente me perturba que te ponga tan feliz hablar de la muerte de uno de tus seguidores.
- Es el juego, Harry, de convertirte en algo que jamás imaginaste ser. Su muerte no me interesa.
- ¿Por eso me obligas a tener callado lo del ataque? – Susurró Harry con frustración-. ¿Para joder con mi cabeza?
- Entre otras cosas. Una intrusión mental no es el tipo de cosa que un mago querría publicitar, Harry.
El más joven recordó entonces los vagos sueños que tenía a poco de haberse convertido en Horrocrux. Las imágenes, oscuras y ricas en detalles, le hicieron dueño de una idea, y sintió ganas de deshacerse en carcajadas.
- No será que temes que sepan de la conexión que hay entre nuestras mentes, ¿verdad? – dijo con una sonrisa-, y que puedan usarme a mí para llegar hasta ti.
- No le temo a nada – respondió bruscamente, y por un instante su magia pareció ponerse en guardia-. Pero reconozco las desventajas cuando las veo. Y hoy en día, tú eres una gran desventaja.
- Qué romántico que puedes llegar a ser - el sarcasmo era palpable.
El mago oscuro inclinó la cabeza como agradeciendo un cumplido. Harry se levantó, echando una mirada por fuera de la ventana. Unos momentos más tarde Voldemort se unía a él, irguiéndose con una gracia gatuna que a Harry nunca le dejaba de maravillar.
- Ya es la hora de la cena, - dijo-. Tengo entendido que nuestros anfitriones han preparado algo especial para hoy.
- No me sorprendería, son lamebotas profesionales después de todo.
