- Político, Harry, se llama ser político. A falta de otros méritos resulta bastante eficiente.
El hombre se inclinó hacia él, y el joven mago sintió su magia correr al encuentro de la poderosa aura que rodeaba a Voldemort; un toque ligero entre ellas, casi un suspiro que le produjo un lento cosquilleo que se movió desde la base de su espina hasta sus hombros. Su cuerpo quiso moverse hacia la fuente de aquella extraña sensación, pero su mente lo mantuvo fijo en su lugar.
- Comprometer no siempre es perder – susurró, y Harry sintió el poderoso deseo de golpearlo. Él sabía lo que hacía, estaba consciente de eso. Sabía que movía su cuerpo un centímetro más de lo que era esperado, y a Harry se le ponía la piel de gallina. Sabía que bajaba una octava su voz, y a Harry se le llenaban los ojos de recuerdos. Tom podría estar encerrado en su mente, pero Voldemort había visto todo por lo que habían pasado. Y sabía que había un talón de Aquiles (terrible vergüenza) – aquella extraña atracción que había sentido hacia el Slytherin unos años atrás.
- Me gustaría ver cómo haces los que predicas – respondió, llevando su mirada directo a los ojos escarlatas del otro-. Creo que jamás te he visto comprometerte.
- Como dije, eso es algo para quienes necesitan resarcir por sus debilidades. Yo no necesito comprometer nada porque estoy en otra categoría.
Harry lo miró por un instante, deseoso de contradecirlo de alguna forma. Algo de su instinto rebelde se debe haber dejado ver en sus ojos, pues Voldemort dejó escapar una carcajada. Sin embargo dejó pasar aquella silenciosa contestación, y siguió los pasos del hombre cuando se retiró de la habitación. Harry sabía que no sería bien visto por los Malfoy si se presentaba más tarde que su Lord, y tenía bien en claro que debía continuar con aquella estúpida charada para ganar tiempo mientras pensaba alguna forma para evadir aquél pedido de captura que tenía encima.
La caminata se hizo corta, y Harry se supo muy absorto en sus pensamientos como para disfrutar de la magnífica vista que ofrecía el decorado de la mansión de noche. Sin embargo, el contraste entre el lúgubre pasillo y la luz que se filtraba entre las puertas entreabiertas que llevaban al comedor principal le resultó peculiar, y se preguntó por qué ningún elfo se había encargado de cerrarlas. Aunque su casa era un reconocido pandemonio a veces, de chico recordaba haber sido reprendido por uno de los retratos más viejos de su familia por dejar una puerta abierta. El motivo era sencillo; los hechizos de privacidad no se activaban hasta que las entradas se cerraban. Su familia no tenía uso para esa tradición, pero había observado que los Malfoys eran celosos de ella.
Una rápida mirada al hombre que caminaba a su lado reveló que Voldemort había notado lo mismo. Sus ojos se movían desde el haz de luz, intentando abarcar la oscuridad del pasillo. A Harry le pareció que buscaba algo, pero él no podía Sensar nada.
-… berías hablar con él – la voz de Lucius Malfoy se filtró por la abertura, llegando hacia ellos como un ahogado susurro. Voldemort frunció el ceño y se detuvo a unos pasos de la habitación. Su mano emergió de la oscuridad para ceñirse sobre el brazo del menor, rápida como un relámpago.
- ¿Y qué debería decirle? – Harry identificó a la segunda voz como Narcisa. No parecía haber nadie más en la sala.- ¿Qué ahora si tiene permiso para seguir su corazón?
- Cissy, es grande ya. Sabe lo que está en juego, y sabe que las restricciones que le ponemos tienen su razón de ser. Antes no era propicio. Ahora las cosas cambiaron.
- No lo sé, Lucius. Todos nos damos cuenta de lo vital que sería tener un apellido como el suyo en la familia, pero no creo que Draco consienta a que le pongamos un peso así encima. No es simplemente un casamiento por conveniencia. Sabes que él le tiene mucho afecto…
Harry sintió cómo la mano que sostenía su brazo aumentaba la presión, y se preguntó a qué se debería. Los Malfoy parecían estar hablando de arreglar un matrimonio para Draco... y aunque sabía que era capaz de planear hasta el nombre de los hijos de sus seguidores, no lo veía realmente capaz a Voldemort de ponerse a planear las alianzas que harían las familias que lo seguían. ¿Tendría algún plan en mente?
La mano desapareció, y Harry tuvo que detenerse un minuto para darse cuenta que Voldemort se había introducido en la habitación, tan repentino y sutil fue el movimiento. Sin esperar lograr el mismo efecto, no tardó mucho en imitar sus pasos.
Parados junto a la cabecera de la mesa los esperaban los dueños de casa. Si Harry no hubiera estado presente no hubiera adivinado siquiera un rastro de la conversación anterior; sus rostros lucían aquella vacante placidez que el joven mago asociaba con el rito de hipocresía profesional en el que se especializaban los sangre pura.
- Lucius, Sra. Malfoy, - dijo Voldemort suavemente, como quien saluda a viejos amigos-. Me temo que los últimos acontecimientos me han imposibilitado frecuentarla más a menudo, por lo que me alegra verla en buena salud.
- Me honra, milord – respondió la elegante mujer con una inclinación de su cabeza-, pero no me gustaría saberme culpable de robarle su tiempo a un hombre ocupado.
- Puedo considerar la opción de dejarle el papeleo a Lucius – una sonrisa encantadora se asomó en los labios del mago oscuro.
- Creo que el prodigio entre nosotros estaría mejor preparado – comentó el rubio, mirando significativamente a Harry. El aludido le devolvió una sonrisa, bajando la mirada por un instante para fingir modesta vergüenza que no sentía.
- Ojalá pudiera decir que sí, pero mis talentos son para la ficción.
Narcisa hizo gestos a los elfos domésticos en la habitación (¡justo en aquél momento se da cuenta que habían estado presentes todo el tiempo!) para que sirvieran la comida.
- ¿Ficción? – comentó Voldemort mientras tomaba asiento. Harry observó que no le quedaba más opción que sentarse junto a él-. Demasiada gente se sintió referenciada en tu última publicación como para poder considerarla ficción.
- Novela histórica, entonces – consintió Harry-. De todas formas tengo que dibujar donde hay papel en blanco. No es precisamente algo digno de un secretario.
Con un pequeño sonido, aparecieron al unísono los elfos comandados por Narcisa anteriormente, y se dedicaron a servir la comida.
- Ah, pero quizás haya más valor en eso. La realidad es nada más que una ficción que cree la mayoría de la gente – acotó Narcisa.
- Pero algo de sustento tiene que tener. Si es subjetivo, de algún objeto tiene que haber aparecido.
- Quizás – contestó Lucius, pensativamente-. O quizás subestimas el poder que tiene la gente para engañarse a sí misma. ¿Qué es más apetecible, la agria verdad o una dulce mentira?
- La mentira – contestó Harry con una sonrisa-. Si no fuera así, nadie leería mis historias.
- Y así volvemos a la practicidad de tenerte como secretario – comentó Voldemort, divertido.
Harry sonrió inocuamente, pero entendía que Voldemort estaba al tanto de lo que pasaba en su cabeza en aquél momento – un sonoro y rotundo "preferiría comer mierda antes que trabajar para tí".
- Técnicamente soy menor y prófugo, no creo que haya mucha legalidad en eso.
Aquello propició una carcajada de parte de Malfoy.
- Me gustaría saber quién se refugia en la legalidad estos días – comentó-. Con la economía en el estado en el que está, Diagon Alley hace negocios más turbios que Nockturn.
- Draco me contó hace unos días que vio a un hombre vendiendo extracto de aliento de Nundu cerca de Ollivanders. ¡Increíble! – exclamó Narcisa. Harry frunció el ceño.
- ¿Realmente la gente se arriesga así? ¿Con el ministerio tan a la defensiva?
- El ministerio solo se ocupa de los magos oscuros de carrera – comentó Voldemort con una pequeña sonrisa que poco tenía de inocente, la cual imitaron ambos Malfoy-. Arrestar a John Doe por tener una sustancia ilegal en este momento no calma a las masas. Por eso se ocupan de buscar evidencia incriminadora en los hogares de familias tradicionalistas.
- En secreto – agregó Lucius-. El Profeta no quiere publicar nada al respecto, mientras no tengan éxito. Mientras tanto hablan de las nuevas fuerzas de choque que les comen el presupuesto, y la gente se distrae quejándose de los cortes en los programas sociales.
Harry asintió, pero no contestó nada al respecto. Con su padre a cargo de la seguridad nacional, sentía casí como si estuviera frente a una pasada de factura; pero era sutil, y él estaba seguro que el único que realmente estaba pensando la conversación como un velado insulto era Voldemort. Lucius parecía no estar buscando una pelea así. Miró de reojo al hombre, y notó que parecía tener la mirada perdida.
Aquél signo de anormalidad lo puso en alerta; como un silencioso llamado a la atención, su sensibilidad reaccionó antes que él. Algo estaba cambiando la atmósfera del lugar… como un líquido derramándose sobre la mesa, arrastrando lo que la débil corriente se puede llevar. Lo escuchaba, un ahogado chillido de uñas sobre un viejo pizarrón. En un instante reconoció aquella sensación.
- Las barreras… - murmuró, buscando la mirada de Voldemort. Su voz pareció sacarlo del trance en el que estaba. Desde el rabillo del ojo notó que los dueños de casa se habían congelado, y los miraban atentamente. La confusión era clara como el día, asomada en sus rostros.
- Hay aurores tirando abajo las protecciones de la mansión – dijo finalmente, parándose de un salto. Los Malfoy no se inmutaron, y lo miraron como si hubiera perdido la razón.
- Tardarán cerca de diez minutos en destruirlas completamente – habló Voldemort con una voz exasperadamente calma para la situación. La expresión en los rostros de los rubios cambió al instante, aunque notó que Narcisa le dirigía una mirada sorprendida-. Recomendaría movilizar a tus elfos lo antes posible, Sra. Malfoy.
- Sirius – susurró Harry, pero antes de que pudiera moverse, una mano lo detuvo. Giró el rostro y se encontró con la intensa mirada de Voldemort, fija en él-. Hay que avisarle a Sirius.
- No. Espérame en tu habitación.
Al mago le hubiera gustado poder gritarle que no era nadie como para ordenarle qué hacer, pero la urgencia de la situación acallaba toda su rebeldía. Harry asintió, sin decir más, y tras dirigirle una mirada a los Malfoy, quien estaban inmersos en su propio plan de contingencia, salió corriendo de la habitación.
Aunque era una enorme construcción, la suerte había querido que el camino de aquél comedor a su habitación fuera uno corto. Un pasillo, unas escaleras, otro pasillo. Pensó por un instante en salir en búsqueda de su padrino de todas formas, pero una nueva idea se formó en su mente.
- ¡Dobby! – gritó, casi sin aliento, al cerrar la puerta de su habitación. Al instante escuchó el chasquido que anunciaba la aparición del elfo doméstico, y se acercó un paso a la creatura-. Necesito que me hagas un favor.
- ¡Lo que sea por el señor amo Harry! – exclamó alegremente.
- Necesito que vayas adonde está Sirius Black, ¿sabes quién es? – el elfo asintió-. Dile que hay aurores afuera de la mansión, que en menos de diez minutos van a atacar el lugar. Si pregunta por mí, dile que no se preocupe, que lo buscaré afuera. ¿Puedes hacer esto por mí?
- ¡Dobby estará encantado de hacerlo señor amo Harry!
- Gracias Dobby – le dijo el mago con una sonrisa, mientras la creatura desaparecía de nuevo. Harry no tenía claro cómo pensaba evacuar Voldemort a todos los Mortífagos que tenía escondidos en la mansión, pero no quería arriesgarse a que dejase a Sirius a la deriva. Mientras se preguntaba qué iba a hacer con él, sacó su varita y reunió todas sus posesiones de vuelta en su baúl, que con un comando se encogió convenientemente. Ya en un tamaño más cómodo, lo guardó dentro de su túnica.
Aquella sinfonía que escuchaba a lo lejos, disonante y horrenda como pocas cosas que había podido oír a lo largo de su vida, pareció alcanzar un crescendo en aquél instante. Sabía que estaban por tirar las protecciones abajo, que faltaba muy poco. Se acercó a la ventana y miró al cielo. Unas hebras doradas hiladas muy burdamente alrededor de la propiedad delataban las guardas de anti-aparicion que habían conjurado en el instante en el que habían llegado. Harry se sabía el procedimiento de memoria, aunque siempre había pensado que estaría del otro lado de la acción.
Sus pensamientos se tornaron hacia su padre en aquél instante. ¿Sabría James que él estaba allí, bajo la protección de su mayor enemigo? ¿Qué haría si los aurores lo capturaban? ¿Qué le diría su padre el momento en el que apareciera, escoltado y encadenado, en la sala del Wizengamot?
- Definitivamente tendría que haberme dedicado al Quidditch – susurró, apoyando su frente sobre la fría superficie del vidrio.
- En ese caso puedes alegrarte – dijo Voldemort, desde la entrada. Harry giró para verle, y lo encontró sosteniendo una escoba.
- Es un mal momento para hacer chistes – gruñó el joven, aunque entendió al instante el plan. Extendió un brazo, y atrapó sin esfuerzo la Saeta de Fuego que Voldemort probablemente había obtenido de los Malfoy-. Pensé que preferirías un traslador.
- Son fácilmente rastreables – respondió.
Harry se ajustó la túnica para que cubriera mejor su pecho, y conjuró los hechizos que su padre le había enseñado para tales ocasiones. Algo para mantenerlo protegido del frío, algo para la humedad por si debía volar a baja altura, algo en sus lentes para evitar que se le empañasen.
- ¿Cuál es el plan entonces? – preguntó.
Voldemort lo miró, divertido, y se apoyó en el marco de la entrada.
- Me halaga tu confianza en mí, Harry.
El joven lo miró sorprendido por un instante, y comprendió con algo de vergüenza lo que había estado por hacer. Por toda su charla de independencia, en el momento en el que las cosas se ponían un poco difíciles, salía a esconderse detrás de las faldas del mago oscuro, como el niño que se refugia detrás de un adulto. Era un condenado reflejo que dejaba en evidencia, para su humillación, lo joven que realmente era; la experiencia que le faltaba para poder soñar enfrentarse a aquél hombre.
- ¿Dónde está Sirius? – preguntó, luchando para quitar la vergüenza que enrojecía su rostro. Voldemort alzó una ceja como para remarcar lo poco sutil que había sido aquél cambio de tópico, pero no dijo nada al respecto.
- Un pequeño pajarito le advirtió y se escabulló antes de que pudiera hablarle – contestó simplemente. Harry asintió, y salió de la habitación, pasando junto al mago oscuro.
- Te van a estar esperando, si vas solo.
El adolescente se dio vuelta.
- Mejor le rezas a tus dioses que me los pueda sacar de encima.
Debajo de las estrellas, junto a aquél palacio en blanco que parecía reflejar los rayos de la luna, Harry maldecía la osadía que había ostentado momentos antes.
No había signo alguno de vida a su alrededor. Muy por encima del cobijo que ofrecía la mansión Malfoy levitaba el enrejado dorado de las guardas anti-aparición. La luz de la luna se podía adivinar a través del suave fulgor de los encantamientos de los aurores; como una aurora boreal, había conjuros para rastrear, para bloquear, para detener. Harry no podía distinguirlos uno de los otros desde el suelo, pero sabía más o menos qué podía haber en aquél cocktail. Su reloj interno le avisaba que estaban por empezar el raid. Debía apurarse.
Tomó la Saeta, y montó en ella. Con las manos fuertemente sujetas al mango levitó por unos instantes, probando el balanceo de la escoba. Su mente le transportó a la época en la que él y su padre solían probar nuevos modelos, cortesía de la brillante reputación que había hecho James en su carrera como Cazador. La Saeta era el último modelo, la más veloz en el mercado - algo que ni su padre ni él habían podido probar, cortesía de las vueltas que habían dado sus vidas.
Sin mirar atrás y sin levantar vuelo, salió despedido en dirección al bosque.
Nunca había probado utilizar sus habilidades mientras volaba, temeroso de encontrarlas una peligrosa distracción, pero pronto se acostumbró al irradiante fulgor de los encantamientos que hacían a la Saeta. Su estrategia era simple: volar a ras del suelo, y utilizar el bosque como cubierta. No podía excederse, pero aún con la velocidad a la que iba podría matarse de hacer la maniobra equivocada.
El bosque era una mancha uniforme a su alrededor. No podía permitirse el respiro de unas luces iluminando su andar, así que dependía de unas pocas luces frías que le avisaban con poco margen de los accidentes en el camino. Sabía que de no haber sido un Potter, aquello hubiera sido un plan suicida. Pero confiaba que su sangre era su ticket al éxito en aquél escape, siempre y cuando no se encontrara con un auror.
- Mierda – masculló, deteniendo la escoba y echándose detrás de un árbol. A unos metros de él se abría un pequeño claro en el cual los Malfoys acostumbraban a descansar cuando organizaban alguna caza. El aire, cargado del aroma metálico que acompañaba una densa batalla, le había advertido de lo que se encontraba adelante mucho antes de que pudiera divisar las túnicas violáceas de los aurores.
Humo atravesado por relámpagos; una lluvia de colores. Antorchas que iban y venían, iluminando la oscura noche, y escondiendo la identidad de los combatientes. Harry imaginó que para alguien que no tuviera sus ojos la situación sería un poco más clara, pero a él se le hacían insoportables aquellos espectros que bailaban frente a él, y trató de suprimir su habilidad lo más que pudo (difícil, cuando la dejó a su libre albedrío por tanto tiempo).
Un grito ahogado, mandíbula encajada, un manojo de pelo rubio que caía sobre el rostro iracundo de Draco Malfoy. Apenas pudo registrar la mancha roja (negra, en la oscuridad) que se expandía debajo de la mano que se apoyaba sobre un costado, que salió disparado, sin pensarlo, en dirección al claro.
Su varita cortó el aire en un tajante movimiento; uno de los aurores cayó víctima de la sorpresa y de su magia. Todo parecía suceder en cámara lenta, como si le estuviera pasando a alguien más. Sintió el grito sorprendido del rubio y sintió que sus labios formaban en una mueca su nombre, pero no era él el chico parado entre un auror entrenado y el malhechor que supuestamente debía aprehender, y por eso no debía ser ese su nombre ni esa su varita…
Se sintió casi fascinado por la forma en la que la magia del auror acudía a su llamada, revolviéndose y concentrándose en la punta de su varita. La fascinación dejó lugar a un extraño vacío que pronto se llenó de un frío horror al darse cuenta de que todo estaba sucediendo y que debía reaccionar o si no Merlín sabe qué maldición le tiraría aquél desgraciado…
Fue casi automático, pero sus pies se movieron, y los siguieron sus brazos, su torso, su rostro. Aquél relampagueo incandescente siguió de largo, y en su paso pareció retornar todo a la realidad. El tiempo ya no corría lentamente, y era su varita la que estaba entre sus manos, pegoteada con sudor y con un líquido oscuro que no tenía tiempo de examinar.
- ¡Diffindo! – masculló, forzoso, al momento en el que el auror volvía a levantar el brazo. Su maldición le tomó por sorpresa, al igual que el fogonazo verde que vino inmediatamente después, oriundo de algún lugar un tanto más a la izquierda de donde se encontraba jadeando el joven mago.
Y así volvía el claro al silencio, a la oscuridad de una noche de luna menguante. Ahora solo podía ver el cuerpo del auror inconsciente tirado a unos pies del auror muerto, las hierbas chamuscadas por la batalla, y Draco parado a unos metros de él, mirándolo como si fuera un espectro.
- ¿Estás bien? – logró decir, antes de que una oleada de dolor descendiera sobre él. Miró su brazo izquierdo, el que no sostenía su varita, y notó que estaba empapado de sangre. Sin pensarlo, murmuró unas palabras que detuvieron el sangrado, limpiaron la herida y envolvieron el brazo en vendas. Se preguntó si necesitaría puntos.
- Creo que sí – respondió el rubio, y Harry se acercó a él. Se había sacado la túnica. Debajo de su camisa blanca, arruinada por el mismo hechizo que le había herido, se podía adivinar la misma venda que rodeaba el brazo de su amigo.
- Pensé que los habían evacuado a todos ya.
- Salí con la tía Bella, pero ella insistía con tomar otra ruta, y terminamos encontrándonos con un montón de aurores – dijo, apoyándose sobre los restos de un roble-. Logré sacarme de encima a la mayoría, pero estos dos me siguieron hasta acá. Yo pensé…
- ¿Qué?
- Pensé que te irías con Sirius o con él.
Harry dejó escapar una carcajada amarga.
- Le dije a Sirius que me esperara afuera en cuanto los aurores empezaron a tirar abajo las protecciones. Él no me va a dar una mano para escapar, aunque sea su culpa que esté en esta situación en el primer lugar. No se lo voy a permitir.
La mirada de Draco dejaba en claro que no entendía de qué hablaba su amigo, pero se limitó a asentir. Había cosas más importantes en juego.
- Deberíamos seguir. No estamos seguros aquí – dijo.
Harry asintió, y con un movimiento de su varita, conjuró la Saeta que había dejado tirada entre los árboles. Sin perder un instante, se la dio a Draco mientras sacaba del bolsillo de su túnica el baúl encogido.
- ¿Qué haces…? – preguntó, confundido, el rubio. Harry no le contestó, ocupado como estaba en buscar entre sus pertenencias, restauradas a su tamaño original. Al cabo de un instante sacó de un compartimiento una escoba, y Draco dejó escapar una exclamación.
- Quién diría que a esta altura una Nimbus 2000 podría llegar a ser útil –dijo, con una sonrisa que Harry le devolvió. El baúl había vuelto a desaparecer dentro de los bolsillos de su túnica, y pronto estaba nuevamente sobre la escoba, flotando a ras del suelo.
- Tengo entendido que tienen aurores patrullando en el aire, así que tenemos que ir incógnito, entre los árboles. Ten mucho cuidado porque no vamos a poder tener mucha iluminación, pero tampoco podemos ir muy lento.
Draco asintió, y se subió a la Saeta. Giró su rostro para contemplar los dos aurores caídos, e hizo un gesto hacia los cuerpos.
- ¿Qué hacemos con ellos?
Harry dudó por un instante.
- Dejémoslos aquí. Los encontrarán pronto, estoy seguro.
El rubio mantuvo su mirada fija sobre el cadáver, y Harry supo qué estaba pasando por su mente en aquél instante.
- Ya tendremos tiempo para tener pesadillas al respecto, Draco. Ahora tenemos que salir de aquí.
Draco asintió, y aún en la débil luz que ofrecía la luna menguante, Harry podía ver la palidez poco natural que se había cernido sobre su tez.
- Esto es una locura – suspiró Draco.
- Sí, la situación se nos fue de las manos – afirmó Harry.
El rubio lo miro como si fuera estúpido.
- Estoy hablando de este plan tuyo, de escondernos en el mundo muggle – dijo con un asco que remontaba al moreno a tiempos inmemoriales, cuando tenían permiso de disfrutar de la inocencia de sus días estudiantiles.
- Si no estuvieras de acuerdo con lo simplemente brillante que resulta, no hubieras accedido a venir aquí – le respondió sin inmutarse, y tomó un trago de su licuado de banana.
Harry no podía decir que se sentía perfectamente a gusto en el mundo muggle, pero su madre había hecho mucho hincapié durante su infancia para que tanto él como Sophie supieran desenvolverse en el lugar donde ella había nacido. No eran frecuentes las excursiones, pero durante el verano sabría que alguna que otra vez terminarían paseando por el Londres muggle, poniéndose al tanto de los cambios en aquél vertiginoso mundo no-mágico, maravillándose del ingenio de aquella gente que no podía manipular la realidad como ellos podían.
- Algo que nunca me ha dejado de maravillar es lo lejos que están de nosotros, y viceversa – comentó-. Estamos a unas cuadras del Ministerio, pero nadie aquí podría encontrarnos. Nadie aquí sabe nada de lo que es una varita, ni de cómo hacer para escapar de un dragón. Son dos mundos aparte, ubicados en la misma tierra.
- Y espero que siga siendo así – dijo Draco, su voz revestida de una seriedad que contrastaba con la actitud con la que había entrado al pequeño café-. Es perfecto. Ellos viven, y se matan entre ellos, y nosotros seguimos con lo nuestro.
- Matándonos entre nosotros – Harry alzó una ceja, su voz adoptando un leve tono burlón-, simplemente para decidir si nos juntamos o no con ellos.
- No seas tonto, la guerra es por más que eso – el rubio dio vueltas a su café, casi inconscientemente-. Hay política de por medio.
- Hay plata de por medio.
Draco sonrió.
- Como en todas las guerras. Nunca he hablado del bien común. Sé que no eres tan estúpido como para creértelo.
Harry se encogió de hombros, y terminó el licuado. Sus ojos se deslizaron alrededor de la habitación, mirando distraídamente a los madrugadores que recibían la jornada de trabajo o de estudio con un café o un té. Se preguntó si extrañaban la cama acogedora de la que se habían levantado minutos antes. Les envidiaba la suerte que tenían de poder estar inmersos en esa deliciosa rutina. Eran hijos de otro mundo de privilegios, donde la guerra se luchaba en los países que les proveían las materias primas a precios escandalosamente bajos, donde el ir y venir de la tecnología determinaba el circo romano en donde se entretendrían. Y entre aquellos personajes, cortados como figuritas de una revista, estaban ellos; dos magos prófugos disimulando los vestigios de una fuga debajo de unos cuantos encantamientos de rápida limpieza y un par de túnicas transfiguradas en sobretodos. El contraste no dejaba de hacer mella en su mente.
- Deberíamos ponernos en contacto hoy con mis padres –susurró el rubio, de repente-. Con Sirius, si quieres. Sé que Goyle y Crabbe tendrán…
- Olvídalo. Estarán vigilando el correo, y a cualquier conocido de tus padres, precisamente por esto. Por ahora tenemos que permanecer fuera de vista.
- Pero…
- La Marca, Draco – masculló Harry, sintiendo el cansancio de la noche romper con la poca paciencia que le quedaba-, no es solamente un tatuaje barato. ¿Te crees que eres el primer mortífago a la deriva que ha tenido? Cuando sea el momento, te llamará a través de ella.
El rubio lo miró sorprendido.
- ¿Cómo supiste…?
- Soy un puto sensor, ya lo sabías. Veo más de lo que quiero ver.
Harry echó una última mirada alrededor, y se levantó. Draco estaba por preguntarle cómo iba a pagar por el café y el licuado, o si el sistema era distinto en el mundo muggle, pero antes de que pudiera abrir la boca el muchacho había sacado un par de billetes de entre sus bolsillos y los había colocado sobre la mesa.
- ¿Llevas siempre cambio muggle encima? – susurró, sorprendido.
- No seas idiota, Draco, somos magos.
Y escondiendo la varita debajo de la manga, pronunció un encantamiento que el rubio no llegó a escuchar, pero que estaba seguro que iba a poder reconocer. Con paso tranquilo, confiado, se dirigió hasta la barra, cruzó la pequeña puertita que separaba el mostrador del resto del local, y comenzó a sacar billete tras billete de la caja registradora. Una mesera pasó junto a él, completamente ignorante de lo que sucedía frente a ella. Cuando estuvo satisfecho, se acercó nuevamente a la mesa que habían estado ocupando, y le hizo señas para que se fueran.
- Hacia el sur, en los suburbios, hay algo que los muggles llaman "desarrollos inmobiliarios" – dijo Harry mientras caminaban-. Básicamente un montón de edificios que lucen exactamente igual, en donde la gente vive hacinada como ratas en pequeños cubículos.
- No me digas que piensas llevarnos allí.
- Sí y no, - le contestó, tomándolo del brazo antes de que Draco cruzara un semáforo en verde-. Vas a tener que prestarle atención a eso. Se llaman semáforos. Cuando estos pequeños de aquí te muestran al tipo caminando, en blanco, puedes cruzar.
Cruzaron la calle en dirección a la estación de tren que se erguía frente a ellos. Harry se encargó de conseguir boletos para ambos, luego de verificar que aquél tren los llevaría a destino.
- Estos edificios a los que vamos fueron abandonados hace unos años, cuando la empresa que los construyó se fue a la quiebra. Recuerdo haberlos visto hace un par de años. Mis abuelos vivían por allí. Podemos acondicionarlos un poco y escondernos ahí hasta encontrar algo mejor.
La expresión en el rostro de Draco dejaba en claro que lo mínimo indispensable ya sería demasiado tiempo para él, por lo que prefirió ignorarlo por el resto del viaje. Harry sabía que podría haber rentado una habitación en un hotel, pero con ello venía un nivel de exposición que no estaba seguro de poder manejar en aquél momento. Grandes cantidades de magia en un lugar muy densamente habitado por muggles era algo que no podría pasar desapercibido para el ministerio, por lo que su mejor opción era irse a los suburbios, donde contaba con la misma ventaja del anonimato de la ciudad, sin la misma concentración de personas que podrían delatarlo.
El viaje fue sorprendentemente más largo de que lo que recordaba, y tuvo que obligarse a mantenerse despierto para no pasarse de estación. Tuvo que prácticamente arrastrar a Draco fuera del tren, hasta que lo despertó lo suficiente como para que pudiera caminar por sí mismo. Pronto ambos se encontraron caminando por un barrio muy poco acogedor, que sólo a los ojos expertos de Harry se revelaba como una zona de industrias y talleres.
- No puedo creer como alguien viviría en casas tan inmundas – murmuró Draco, mientras pasaban por una calle que parecía estar repleta de mataderos. En el suelo, la sangre de las reses manoseadas ofrecía un manjar para los enjambres de moscas; junto a las bocacalles se amontonaban los restos de huesos y sebo que los frigoríficos desdeñaban, y que terminaban alimentando a las manadas de perros callejeros que frecuentaban la zona. Había poca gente en la calle, y aquellos que salían o entraban a los edificios les echaban miradas hoscas, hasta agresivas.
- Mantén tu varita cerca, Draco – susurró Harry.
- ¿Sentiste algún Auror cerca?
- No – admitió -, pero este lugar me da mala espina.
Harry casi deja escapar un suspiro de alivio al ver que estaban a una cuadra de su destino. Cruzaron una calle que parecía ser lo suficientemente ancha como para ser una avenida principal, y apresuraron el paso. El edificio parecía estar casi terminado. Las entradas y las ventanas de las plantas inferiores habían sido tapadas con ladrillo y cemento para evitar que tomaran el lugar. Las paredes estaban inscriptas con coloridos grafitis, algunos de ellos en otros idiomas.
- ¿Alguna vez has hecho una guarda anti-muggles, Draco? – preguntó Harry, sacando su varita.
- En mi vida.
- Bien, entonces esto es lo que haremos – Harry apoyó una mano sobre la burda entrada -. Esto me va a llevar unos minutos, es complicado y requiere mucha magia para un edificio de este tamaño. Probablemente me desmaye cuando termine. Lo que quiero que hagas es que abras la entrada, y te encargues de preparar lo mínimo adentro como para que pasemos el día. Cuando me despierte te ayudaré con los toques finales. ¿Entendido?
Draco asintió.
Cuando Harry despertó, su primer pensamiento fue que el raid de los aurores había sido un sueño. Sin embargo su mirada se encontró con la triste realidad cuando se deslizó hacia la ventana, la cual mostraba sin tapujos el paisaje urbano de Londres.
Se levantó de la cama (una cama, bellamente tallada, con sábanas limpias y frescas como si las acabara de lavar un elfo doméstico), y caminó hasta la entrada de la habitación (un arco espléndido, la piedra moldeada en formas que le recordaban a Hogwarts). Debajo de sus pies, un parqué reluciente, que no parecía haber visto historia alguna. Lo único que delataba la novedad del lugar era lo vacío que estaba todo; las paredes blancas, desprovistas de cualquier capricho de la personalidad que habitaba aquél espacio.
En la cocina (espaciosa y luminosa, con detalles en mármol y con los armarios de madera que debe tener toda cocina que se precie de ser tal) lo esperaba un bowl de frutas y un mago rubio que no dejaba de mirar a través de la ventana con una expresión de profundo disgusto.
- Un día y medio estuviste dormido – le informó, en cuanto notó su presencia, y señaló la comida que había dejado en la mesa (una mesa de verdad, de madera como la que adornaba la cocina de su casa de verano).
Harry sintió tanto hambre como fascinación por el lugar en donde había despertado, que suponía que no había sido sino una cáscara vacía hasta hacía unos días. Se sentó en la mesa, y comenzó por devorar unas manzanas que lucían tan rojas como para invitar al pecado.
- No luzcas tan sorprendido. El tercer piso era el más aceptable de todos, y estaba bastante completo. Solo me limité a limpiar un poco, y agregarle los detalles.
- No sé si me sorprende más tu ojo para el detalle o el hecho de que te hayas dignado a bajar para conseguir comida – dijo Harry entre mordiscos.
Draco adoptó aires de ofendido, pero los dos sabían que su esnobismo era, hasta cierto punto, un acto más que una realidad. Era su forma de traer algo de normalidad a circunstancias bizarras.
- No la quería tomar – dijo, de repente, y Harry lo miró confundido-. La Marca. Nunca la quise, y no la quiero hoy en día, tampoco. Pero me ofrecía algo con lo que mantenerme ocupado. Algo en lo que podría perderme para no pensar en lo que pasó. Para olvidarme un momento de lo mucho que te había fallado. Yo…
- No puedo decir que lo vaya a olvidar nunca – lo interrumpió el morocho-. No puedo mentirte y decirte que después de eso todo puede volver a ser como era antes, que alguna vez voy a volver a confiar en vos.
Draco cerró los ojos por un momento, y cuando los abrió, una lágrima se escapó silenciosa y cayó por su mejilla.
- Este se suponía que debía ser mi castigo – dijo con la voz tomada, levantándose las mangas de su cardigan para mostrar la calavera en su brazo-. El precio de la traición.
- Eso es masoquismo – afirmó, cortante, mientras negaba con la cabeza-. Mira Draco, no puedo decirte que te perdono. No sé si alguna vez lo haga. Pero me importas, y a efectos prácticos eres mi colega y mi compañero. Y si tuviera que volver a meterme en una pelea con un auror para salvarte el culo, lo haría con gusto. Eso es todo lo que tengo para decir al respecto.
Draco asintió, aún con lágrimas en los ojos, pero no dijo más.
En los días que siguieron a su llegada al pequeño refugio, se dedicaron a conseguir suficientes provisiones como para aguantar un mes allí. Harry no tenía idea cuánto tardarían en calmarse las cosas como para pensar en buscar refugio nuevamente dentro del mundo mágico, pero supuso que un mes era un plazo razonable de tiempo. En su experiencia, el público perdía interés a la semana, y donde iba el ojo público iba el brazo fuerte del gobierno.
También se dedicaron a mejorar las protecciones que los ocultaban de cualquier mago que pudiera asomarse por allí, aunque Harry admitiría que su trabajo estaba lejos de ser algo medianamente aceptable ante un mago que supiera qué buscar. Le volvía loco ver las imperfecciones rampantes con su vista especial, tan acostumbrado estaba a las guardas en Hogwarts, en su hogar o en la Mansión Malfoy, las cuales eran de una finura exquisita. Más de una vez Draco le había atrapado sacudiendo la cabeza en frustración, y no había podido escapar de alguna broma u otra que el rubio le había hecho al respecto.
- ¿Y no se te ocurre nada para arreglarlas? – Preguntó, curioso, al tercer día-. Digo, si puedes ver el agujero, sabes dónde coserlo…
- El tema es que no sé cómo coserlo. Además no es una tela, no son agujeros… -le respondió Harry, algo agitado-. Es algo estructural. Es más bien una tela mal hilada. ¿Cómo arreglas eso?
- La haces de nuevo – murmuró el rubio, su voz dejando en claro que había tomado consciencia de la cuestión. Luego de unos momentos torció su boca en una mueca, y Harry supo que había llegado a alguna conclusión-. Sabes, esto es terrible. ¿Por qué no nos enseñan cosas así en la vida?
- ¿Cómo ser un prófugo exitoso?
Draco sonrió.
- No, bobo, cosas como guardas…. cómo sobrevivir en tu cuenta en el mundo muggle. Cosas prácticas. Nos pasamos siete años aprendiendo cosas inútiles como levitar una pluma… ¿para qué? La mayoría de los magos no usan más que hechizos caseros en toda su vida.
- Pero no puedes pretender que lo único que sepa un mago es a limpiar la casa. Es cultura general.
- Si, pero podrían aplicar esa cultura general de una forma más interesante. Podrían fomentar la creatividad – dijo, cruzándose de brazos-. Y antes que me olvide, se me ocurrió la otra noche que podríamos turnarnos para patrullar por unos días el área para ver si hay algún squib o algún mago cerca. Por si las dudas.
Harry asintió, llevándose una mano a la barbilla.
- Es una buena idea – admitió-. Cuando vinimos aquí la primera vez no sentí rastros de magia por aquí, pero no nos vendría mal hacer una búsqueda más a fondo.
Pasaron un momento en silencio, cada uno enfocado en su tarea. Harry ojeaba con frustración un libro de runas antiguas que había guardado el verano anterior en su baúl, mientras Draco escribía una lista de nombres en un pergamino. A lo lejos se escuchaba el ir y venir de la gente por la transitada avenida. Draco había insistido en un principio el insonorizar toda la casa, poco acostumbrado a la vida citadina, pero el morocho había encontrado que aquello le provocaba un pánico horrendo, causado por una aguda sensación de claustrofobia. Le descolocaba la falta del murmullo provocado por los transeúntes y los autos; en el silencio aquél piso se transformaba en una caja aislada. Para aquél que escapa del encierro no hay nada peor que someterse a un claustro por descuido, y por voluntad propia.
La pluma rasgaba el pergamino, y Harry levantó la vista por un minuto. La lectura era tediosa y tenía la impresión de que no iba encontrar en el texto lo que él buscaba, por lo que las distracciones sucedían con facilidad.
- ¿Cuántos llevas ya? – preguntó.
- Ocho – respondió Draco, sin levantar la vista-. Tengo dos más en la cabeza, pero no creo que me hayan dicho nunca el nombre. El tema es que no se si están todos en el país, o si podemos comunicarnos con ellos a través de los mismos canales que usaba.
- Bueno, ciertamente por lechuza no vas a poder hablarles.
Harry se levantó de un salto y, dejando el libro sobre la mesa, se acercó a su amigo. Por encima de su hombro podía leer los nombres de algunos sangre puras que sabía tenían conexiones a nivel comercial con los Malfoy. Algunos eran obvios sospechosos de ser Mortífagos (como los Carrow) mientras que otros le parecieron una total sorpresa (como el Sr. Hawthorne, dueño de la constructora más importante del país). En el séptimo lugar de la lista encontró a su padrino, aunque no entendía porque anotaría una opción tan obvia.
La lista era tanto un regalo de Draco hacia Harry como una especie de recordatorio; eran contactos que ambos podrían utilizar en caso de separarse o si ocurría alguna emergencia. Draco había vuelto con la idea luego de un infartante paseo por Londres, en el que pensaron que estaban siendo seguidos.
- El tema es el siguiente – había explicado ante la mirada confundida de su amigo-, es claro como el día que estas pegado a nosotros por el tema del ataque, en el que no tuviste nada que ver. Por más que digas que no quieres esconderte detrás de las faldas de Voldemort mientras encuentras alguna forma de limpiar tu nombre, te debemos protección. Al menos yo sé que te debo protección, y lo bueno de todo este embrollo es que al menos todos los Mortífagos están dispuestos a ayudarte porque piensan que eres uno de nosotros. Entonces, si algo me sucede, o si nos separamos, quiero quedarme tranquilo sabiendo que tienes la opción de contactar a alguien más para que te de una mano, si la necesitas. No tienes que usarlo. Solo tenlo en mente.
La explicación más o menos había convencido al morocho. Un día más tarde estaban allí, con una lista llena de borrones y manchas. Y el nombre de Sirius le dio una idea a Harry.
- ¡Qué idiota que soy! – exclamó el mago, dándose una palmadita en la frente. Draco levantó la vista del pergamino y lo siguió con sus ojos cuando salió de la habitación. Unos minutos más tarde, emergió nuevamente con un espejo que se le hacía vagamente familiar.
- Con esto hablaba con Sirius en Hogwarts – explicó, mostrándole la superficie a su amigo, quien observó con interés el remolino de nubes que parecían esconderse dentro del espejo-. Me había olvidado que lo tenía. Espero que lo tenga cerca. ¡Sirius Black!
Harry estaba por dejar el aparato en la mesa cuando un rostro emergió de las sombras.
- ¡Harry! – exclamó con una sonrisa. Sus ojos grises brillaban.
- ¡No pensé que ibas a contestar tan rápido! – Harry inmediatamente tomó el espejo, e hizo señas a Draco para que se acercara-. ¿Cómo estás? ¿Puedes hablar?
- Estoy igual que siempre – dijo con un guiño, y su rostro pareció temblar y desenfocarse como si estuviera moviéndose-. Ah, ahora sí. ¿Y tú? Pareces estar entero. Y con Draco. Hola, Draco.
El rubio hizo un pequeño saludo por encima del hombro de su amigo.
- Sufrimos algunos rasguños, pero nada que no pudiéramos arreglar. Nos encontramos con algunos aurores.
- Sí, no salió nada en las noticias pero por aquí no dejan de hablar de eso. Te estuve esperando en las afueras del bosque, hacia el sur, cuando Bellatrix se metió en problemas y tuve que ir a darle apoyo.
Harry alzó una ceja, y los ojos de su padrino se oscurecieron un poco con una malicia que había visto por última vez poco después de la muerte de Orión.
- Pero son jodidos estos aurores, - dijo, casualmente-. Entiendo que Draco se separó en algún momento y deduzco que te lo encontraste mientras escapabas.
- Sí, me siguieron algunos aurores hasta un descanso del coto. Ahí fue donde me encontró. ¿Qué le paso a la tía Bellatrix?
- Esta muerta, Draco – respondió Harry sin quitarle la mirada de encima al espejo. A continuación escuchó un golpe y el movimiento de una túnica, y supo que si daba la vuelta iba a verlo a su amigo sentado, con las manos sujetándole la cabeza. La mirada de Sirius no cambió en ningún momento.
- ¿Qué pasó con los aurores? –preguntó, tratando de cambiar el tema.
- Bellatrix ya se había encargado de la mayoría. Tenía órdenes de capturar a los dos que quedaban vivos.
Aquello sorprendió al joven mago. Tomar prisioneros implica siempre tener un lugar donde mantenerlos, y aunque no dudaba que la mayoría de los seguidores de Voldemort tenían instalaciones más que aptas (y actualizadas) para tales fines, Harry dudaba que el hombre consentiría a utilizarlas sin estar él presente para asegurarse de la efectividad de las protecciones que evitarían su escape. Lo cual significaba que tenía una nueva base de operaciones, ya sea en una mansión ajena como había sido la de los Malfoy, ya sea en una propia. Aquello le llevó a reflexionar que era imposible que tuviera un hogar mágico como los hogares ancestrales de sus seguidores, ya que por parte de los Gaunt no había heredado más que una pocilga en algún basurero. La mansión Riddle vino a su mente, y con ello el recuerdo de las conversaciones con Tom en el living room donde había matado a su familia paterna.
- O sea que están seguros ahora – dijo Harry, con una expresión concienzudamente vacía. Sirius asintió, consciente de la verdadera pregunta que estaba haciendo su ahijado. Voldemort habíase llevado a los prófugos consigo, aunque al joven no le quedaba claro bien en dónde. Preguntar sería inútil, pues cualquier hijo de vecino sabría que la primera medida de seguridad es hacer taboo la locación y nombre del lugar donde paraban.
- ¿La enterraron? – preguntó Draco, sin levantarse de la silla. Su voz sonaba algo ahogada, y Harry se acercó un momento para apoyar una mano sobre su hombro. Las manos le tapaban la cara.
- Si, lo mejor que pudimos dadas las circunstancias – respondió Sirius-. Lo cual me lleva a preguntarte, Harry, si has estado al tanto de lo que ha sucedido en estos días.
- Estamos en el mundo muggle. No quise arriesgarme a comprar el Profeta.
Sirius asintió.
- Bien, te recomendaría que no lo hagas por un tiempo. Ya empezó a enfriarse un poco la cosa, pero se fugó que en la mansión no solo estaba yo sino que les llegó tu nombre también. Y como te puedes imaginar, tu padre se puso como loco. Por eso había tantos aurores en lo que tendría que haber sido una redada normal.
Harry sintió algo de culpa y dolor ante la mención de su padre.
- El tema es que si bien no salió en El Profeta, en la radio un periodista contó lo que había pasado muy por encima. Y la cosa explotó, y todos están apuntando dedos a tu padre.
- ¿Piensas que lo quieren echar?
Sirius hizo una mueca.
- No te voy a mentir, estamos metiendo presión por donde podemos, pero ya de por sí la situación se está volviendo insostenible.
Harry hizo una pausa.
- ¿Dijeron algo de nosotros?
- No realmente – contestó el mayor, frotándose la barbilla-. Dicen que siguen buscando.
- Demonios – dijo el menor-. ¿Crees que esto da para una semana más?
- Más o menos. Me gustaría ir por ti, Harry, pero sinceramente creo que están más seguros por su cuenta.
Harry asintió. No tenía la más mínima duda de que, si no fuera por fuerzas mayores, Sirius ya habría estado golpeándoles la puerta con una valija en la mano. Era casi instintivo para él. Por su parte, el adolescente hubiera hecho lo mismo por él, si no fuera porque confiaba en el juicio de su padrino.
- ¿Sabes cómo están mis padres? – Draco apareció por detrás de Harry, quien se dio vuelta para mirarle, sorprendido. Observó que tenía los ojos muy húmedos, y su boca tenía un rictus que le daba una apariencia anormal a su rostro.
- Sé que están a salvo, pero no están aquí.
El rubio asintió. Era todo lo que necesitaba saber.
- Será mejor que me vaya, ya se me está haciendo tarde – dijo, su voz alejándose por momentos-. Mira, deja el espejo en algún lugar accesible, cosa de que Draco o tú me puedan escuchar si los llamo. No sé cuándo pueda volver a comunicarme, pero trataré que sea lo antes posible. Manténganse bajo el radar por ahora. Draco, no pienses en intentar nada que no te hayan ordenado. No es un buen momento.
- Entendido – murmuró el aludido, con expresión grave.
- Cuídate Sirius, - dijo Harry-. Por favor.
- Ah, yerba mala nunca muere. ¡Cambio y fuera!
Las densas y oscuras nubes que revoloteaban alrededor del rostro de Sirius tragaron el semblante sonriente del hombre. Harry dejó el espejo sobre la mesa y volteó para hablarle a su amigo. Con un suspiro, se dio cuenta que ya se había retirado hacia su habitación.
Se quedó inmóvil por unos instantes, la duda reflejada en su rostro clara como el cielo en una noche de verano. Tenía algo para hacer, y no estaba totalmente seguro de que fuera conveniente que Draco le acompañara. Aquella oportunidad se le presentaba perfecta para matar dos pájaros de un tiro, el segundo siendo la obvia necesidad del blondo de tener un tiempo a solas para masticar la muerte de su tía.
Un viaje breve hasta su habitación lo equipó con un morral de cuero que lo acompañaba desde su más tierna preadolescencia, un gorro para ocultar el distintivo cabello negro y enmarañado de los Potter, y tres hojas leídas de un libro de encantamientos de glamour. El truco, según él entendía, para que fueran realmente efectivos era saber aprovechar los pequeños cambios que ofrecían las ilusiones. Nadie puede realmente disimular su apariencia a lo grande durante un periodo extendido de tiempo, por lo que el buen disfraz dependía de la sutileza y del ojo del conjurador. Dos cosas en las cuales Harry no se consideraba extremadamente proficiente.
Un cambio de color de ojos y un leve ensanchamiento de la nariz se encargaron de presentarle un rostro ajeno en el espejo. Transfiguró sus anteojos para que tuvieran marco cuadrado, en vez del usual redondo, y encontró que el cambio hacía milagros a la hora de distorsionar sus facciones. Completó el atuendo con una chalina blanca que había pertenecido a su hermana (y que el tenía luego de haberla pedido prestada para llevar unos libros en una bolsa armado a lo impromptu). Ya satisfecho, salió a la calle.
Aunque tres días podrían ser una eternidad para mucha gente, para Harry aún resultaban insuficientes para acostumbrarse a la agitada vida urbana de los muggles. Jamás había podido entender aquella preferencia que parecían tener por vivir constantemente rodeados por estruendo, tanto del tipo sonoro como del visual. Adonde quiera que fuera había gente caminando a las zancadas, envuelta en su mundo; hombres de negocios en trajes elegantes y oscuros que no le prestaban atención más que al incesante cacareo que provenía de unas cajitas de metal y plástico que se llevaban al oído, grupos de niños y de jóvenes de su edad riendo y haciéndose muecas entre ellos, totalmente ajenos a todos los que los rodeaban, mujeres de andar lento y gesto perpetuamente preocupado, cuyos ojos parecían querer evitar todo contacto con algo que tuviera conciencia. Aunque no lo entendía todo, se sentía extrañamente reconfortado; pues en un mundo donde nadie se fija en nadie, nadie podría darse cuenta que él es un forastero. Si no fuera por aquella sana paranoia que se encuentra en todos nosotros, se habría atrevido a hacer el experimento de salir en túnica, para comprobar si aquello era suficiente para sacar de aquél aislamiento a la gente que pasaba por la avenida.
De su morral sacó un mapa que había adquirido el momento en el que había podido poner de vuelta un pie fuera del escondite. Lo más importante, en su opinión, era poder darse el lujo de perderse (pues uno aprende mucho de esa forma) con un mapa en la mano. Y más o menos eso es lo que intentaba hacer ese día.
Mientras caminaba, dejó que su conciencia diera rienda suelta a sus habilidades. Era algo fascinante para él, que podía ver más allá que la mayoría de los magos, el encontrarse en semejante desierto. Se había acostumbrado a suprimir su habilidad en menor o mayor grado, a fuerza de evitar sentirse abrumado por la información que captaban sus sentidos. Adonde quiera que fuera se encontraba con oasis de energía, con diversos caudales pero siempre lo suficientemente frondosos y exuberantes como para sobrecargar su mente de no tener cuidado. Pero en el medio de una agitada avenida repleta de muggles, él era un hombre en el medio de la nada. Sus ojos no veían más allá de lo que veían las personas que pasaban junto a él.
Era un alivio, y una preocupación a la vez. Era algo positivo el no encontrar contacto alguno con el mundo mágico que pudiera descubrirlos, pero era simplemente preocupante la idea de que en aquél mar de gente no había un solo mago. Una cuadra, cinco, diez, veinte pasaron bajo sus pies; diez, quince, ¿cien? Muggles que pasaban o que vivirían acurrucados dentro de los curiosos edificios… y en aquella inagotable fuente, de la que no paraban de brotar personas, no había más magia que la que llevaba él. Por un instante, vio algo de sentido en la paranoide especulación de Draco y su gente. Ya en aquél barrio había números suficientes para superar la cantidad de gente que trabajaba en el ministerio. Una nación entera de ellos multiplicaría cien veces su población… ¿qué pasaría si descubrieran su secreto? ¿Si algún hijo de muggles, ya sea por buena intención o por despecho, revelara más de lo que debía? ¿Qué sería Voldemort contra todo un ejército muggle, armado hasta los dientes, entrenado hasta la perfección?
Llegó hasta una pequeña cafetería, ubicada a unas cuadras de la avenida principal, y decidió descansar por un momento. Estaban ya en pleno verano, pero el tiempo parecía jugar con sus expectativas, y hacía bastante viento como para justificar un capuccino caliente entre las manos. Su mente persiguió aquellos pensamientos hasta el hartazgo, pero si hubieran de preguntarle más tarde en qué estuvo pensando mientras caminaba no lo podría haber dicho, pues sus ojos captaron algo que borró por completo cualquier divagación previa.
Un joven, apenas unos años mayor que él, pasó caminando a paso lento con un periódico en la mano. Pero sus ojos no depararon en su físico, sino en el fino vapor azulino que lo rodeaba. Perezosa y lánguida, su magia parecía querer rellenar sus proximidades. Casi sin pensarlo, se puso de pie de un salto y a las corridas abandonó el café.
Mantuvo su distancia, aunque tenía la sensación de que el chico no se hubiera dado cuenta incluso si se hubiera puesto a caminar a su lado. Parecía estar absorto en sus pensamientos. Cada tanto sacaba de su bolsillo uno de esos nuevos teléfonos portátiles que se habían puesto de moda entre los muggles en los últimos años, y miraba la pantalla. Harry no entendía muy bien su funcionamiento, pues nunca había usado uno, pero le daba la impresión que parecía estar esperando algo. Quizás una llamada.
De por sí el desconocido mago no representaba amenaza alguna. Era demasiado joven para ser un auror, y su magia no tenía un aspecto muy imponente, por lo que no debía darle mucho uso. Era evidente que debía ser un hijo de muggles, quizás uno de aquellos que elegían permanecer relativamente afuera de la sociedad mágica. Si tal era el caso, Harry podía respirar tranquilo. Pero por las dudas, lo seguiría y vería hacia dónde se dirigía.
Después de seguirlo unas cuadras, se dio cuenta que se dirigía hacia la estación de tren. Aquella era una buena oportunidad para tenerle lo suficientemente cerca como para adivinar algún parecido que pudiera revelarle su identidad. Apresuró el paso, y entró casi junto a él al vagón que acababa de estacionar en el andén.
Esperó a que se sentara antes de buscar algún asiento. Encontró un lugar cómodo cerca de él, pero fuera de su visión inmediata, y comenzó a estudiarlo.
Al igual que su magia, su rostro no delataba ningún rasgo extraordinario. Era alto, delgado, de aspecto saludable pero no atlético. Tenía unas profundas ojeras, lo cual le daba a entender o que sufría algún problema para dormir o que trabajaba de noche. Le llamaron la atención sus manos largas, pálidas; fijó su vista en ellas un tiempo, fascinado, aunque no sabía por qué. Unas estaciones más tarde, el joven se paró para bajarse, y solo cuando volvió a ponerse a la sombra de su espalda se dio cuenta de que le recordaban a las manos de Voldemort.
Ese pensamiento le hizo más simpático el porte del joven, aunque Harry hubiera dicho que era por virtud de reconocer algo familiar en lo desconocido, más que por otras razones más perturbadoras. Cualquiera fuese la razón, Harry volvió a sumergirse en la corriente de gente que se movía a la par del mago.
Por suerte para sus cansados pies, su andar se detuvo pronto, una vez salido de la estación. A meras dos cuadras de ella, el joven se metió en un bar, y cuidando las distancias, Harry siguió su ejemplo. Sus ojos, ya de lejos, habían arruinado la sorpresa. El lugar no tenía las guardas que protegían al Caldero Chorreante de la entrada de cualquier muggle, pero era sin duda un bar cuyos dueños eran orgullosos portadores de una varita. Estaba claro como el día para un sensor como Harry, quien veía en las ventanas y las puertas unos clásicos hechizos para mantener el buen estado de la fachada.
E incluso sin el don, a Harry no le hubiera costado mucho averiguar la verdadera naturaleza del lugar, pues al entrar fue recibido por la mescolanza más apabullante que había visto en su vida de cultura muggle y mágica. El décor simplista y refinado que los muggles afectaban esos días se fundía con la estética casi medieval que era clásica en el mundo mágico en un experimento alquímico extremadamente bizarro. Harry no podía decir que el efecto final era desagradable, pero si algo chocante. La mirada fascinada de una pareja de muggles en una mesa cerca de la entrada le dejaba muy en claro que a sus ojos aquello resultaba encantador. Él no era quien para discutirles.
Ocupó un taburete cerca de la barra, barriendo con la mirada el lugar en búsqueda del otro mago. El bar no estaba precisamente copado, pero tenía suficiente gente como para pasar desapercibido. La posibilidad de ser descubierto lo ponía nervioso, pero lo consolaba el hecho de que en el lugar no parecía haber más magos que el joven alto que había seguido, el barman y él mismo.
Terminada su inspección, se dio vuelta; sabía que el barman estaba esperando su orden detrás suyo.
- ¿Buscando a alguien? – preguntó con el tono conversacional que afectan todos aquellos que trabajan sirviendo las necesidades ajenas.
- Si… y no. Quería saber si había venido un amigo que suele pasarse por aquí. Una Guinness, por favor.
El barman asintió y sacó un vaso y una pequeña botella, y las colocó delante de Harry antes de buscar el potecito con el maní para acompañar. Era una visión extraña a los ojos del mago; su piel era del color del bronce, con grandes parches en donde se tornaba blanca como la suya. El contraste era violento, como las manchas en el cuerpo de una vaca. Pero en su cuerpo, de espaldas anchas y cuidadosamente moldeado por horas de ejercicio, parecía un accidente feliz que le agregaba carácter.
- Vitiligo – dijo, y Harry se ruborizó un poco al haber sido atrapado mientras le miraba-. Decoloración parcial de la piel.
Harry asintió.
- Perdona, fue de mala educación quedarme mirando.
El barman se encogió de hombros.
- No puedo quejarme porque la gente sea curiosa. Además, va bien con el tono del lugar. Complementa lo surreal.
Y Harry no pudo más que darle la razón. Tomó un sorbo de la amarga cerveza. Desde el rabillo de sus ojos notó que alguien se acercaba, y sus sentidos le informaron que no era más que el flacucho castaño que había seguido hasta allí. Con cierta alegría lo miró sentarse a unos asientos de él, en la barra, lo suficientemente cerca como para escucharlo. Saludó al barman como si fueran viejos amigos, y dejó el periódico que había llevado todo el viaje en uno de los taburetes que lo separaban de donde estaba Harry.
La Esfinge ostentaba una primera plana que se le hacía muy familiar. Una foto de la mansión Malfoy, frente a la cual las figuras oscuras de un grupo de Aurores se movían de un lado a otro. El título rezaba "RAID Y FUGA: ¿ESTABA SIRIUS BLACK REALMENTE EN LA MANSIÓN MALFOY?".
- John, no dejes el diario allí que lo va a ver algún muggle – susurró el barman, mirando algo nervioso en dirección a Harry. Este se hizo el tonto y fingió estar leyendo un cartel que publicitaba varias tipos de cervezas tiradas que ofrecía la casa, y su precio.
Escuchó la risa de John.
- La Esfinge ya viene encantada para que parezca el diario más aburrido del mundo para los muggles. La mayoría de las publicaciones independientes hace eso. Ahora, si estás acostumbrado a leer la patraña esponsoreada por el gobierno que publica El Profeta…
- No empieces de nuevo, por favor – el barman sonaba molesto-. Te pones súper pedante con eso.
- Ah, ¡vamos, Seth! ¿Me vas a decir pedante cuando te codeas con ese imbécil de Dolohov?
Seth el barman se encogió de hombros.
- A Dolohov se le pueden perdonar muchas cosas…- dijo, y se frotó los dedos en un gesto que indicaba que el interés era puramente monetario.
- Bueno si, eso no te lo puedo negar… - respondió John-. ¿Ha pasado por aquí últimamente? ¿Qué demonios hacías para él, de todas formas?
- No debería decírtelo – Seth bajó la voz, y Harry tuvo que esforzarse para escuchar lo que siguió-, pero supongo que ya no piensas hacer nada acerca de tu varita…
- No me arrepiento de nada – la voz de John adquirió un tono cortante-. No me interesa pagarle el sueldo a un montón de malditos que ni se mosquearon cuando me rompieron la varita. Ni vivir entre un montón de snobs que piensan que eres mierda porque no naciste entre ellos.
- Sabes que no es todo así…- suspiró el barman.
- Quizás no ahora, pero si se están dirigiendo hacia allí. ¡Mira esto! – Agitó el diario frente al rostro de su amigo-. El innombrable está entre nosotros, todos saben que el PT está financiando a los guerrilleros, y recién ahora caen encima de gente como Malfoy. ¡Cuando tienen la mitad del ministerio comprado!
John se percató de la mirada nerviosa del barman y se calmó. Se pasó una mano por el cabello, y suspiró. Una mirada furtiva a su alrededor le forzó a recordar que no estaban solos.
- Mira, solo digo que la situación me da mala espina, y que no hay nadie que haya demostrado ni un poco de interés en mi caso. Sinceramente no me dan ganas de volver, y además, no es como si alguna vez hubiera pertenecido… ¿para qué resistir lo inevitable?
La consternación era clara en el rostro bronceado de Seth.
- Pero… ¿no extrañas hacer magia?
John se encogió de hombros.
- Nunca fui muy bueno en primer lugar – dijo, y Harry notó que echó una significativa mirada al bolsillo en el delantal de su amigo, el cual era claro que escondía su varita-. Ya sabes, no pude terminar Hogwarts y me tuvieron que enviar a St. Peter's. Y allá no vas de pupilo, así que era ir a la preparatoria a la mañana y aprender cosas que tenía que echar por la borda cuando atendía la academia por la tarde. Y son cosas que no tenían sentido alguno… ¿para qué quiero aprender pociones, si sé que tomar un medicamento es más efectivo? ¿De qué me sirve toda esa teoría de la magia ahora? No me va a conseguir un trabajo.
Harry tuvo que esconder el rostro por un minuto para esconder la expresión de puro horror y dolor que le producían esas palabras. Si bien no era un experto en la cultura muggle, era consciente de su herencia y consideraba que tenía una buena idea de cómo funcionaba el mundo muggle, y sinceramente no podía entender cómo alguien podría aguantar vivir el resto de su vida en un lugar tan… desierto. Tan seco, y tan ruidoso. Sintió una gran sensación de asco por aquél muggle (pues no había otra palabra para describirlo) que no estaba consciente del gran privilegio que le habían otorgado. Pensó en la cantidad de Squibs que debían resignarse a mirar desde lejos una sociedad a la que pertenecían por derecho de cuna, y que habrían matado por tener incluso las pobres habilidades que tenía aquél chico.
Por un instante, algo en su mente le susurró una maligna posibilidad… ¿qué le detenía de tocar su magia en aquél instante, de tomarla con sus manos, sentirla con su don, y de arrancársela como quien le saca a un bebé un juguete que no es digno de usar? Quizás entonces se daría cuenta de lo valioso que aquello era.
Pero aquella idea cruel desapareció tan pronto como había aparecido. Con un gesto sardónico que nadie vio, se dijo a si mismo que eso era más digno del pequeño Voldemort dentro de él (más literal de lo que mucha gente adivinaría).
- Agh, me duele escuchar eso, amigo – dijo Seth-. Pero es tu vida. Tienes derecho a arruinarla como tú quieras.
Harry estaba totalmente de acuerdo.
- Eh, me dices que arruino mi vida, pero tú eres el de los negocios sucios – John bajó la voz-. Nanny me dijo el otro día que le conseguías putas muggles a Dolohov y a sus amigos.
- ¿Y para qué preguntas si ya sabes?
El castaño se encogió de hombros.
- Mira, no le traigo putas. Al menos ya no – dijo el barman con una mueca-. Me encargo de arreglar los encuentros entre él y una de las chicas.
John escupió la cerveza que acababa de tragar.
- ¡No me digas que el viejo zorro está enamorado!
- Eso parece – dijo Seth mientras se ponía a limpiar unos vasos-. Es como una puta película. El sangrepura se enamora de una muggle. Y mira, no quiero hablar de más pero si te soy sincero… para mí ya la dejó embarazada.
John silbó. Harry tuvo ganas de imitarlo. Aquello era información muy, muy jugosa. Una idea se formó en su mente. Si lograba capturar a Dolohov en alguna de aquellas visitas furtivas, tendría un preciado material con el que negociar, venido el caso. El problema era atraparlo con las manos en la masa y la pregunta era a quién venderle la información.
Por suerte, a falta de ingenio propio tenía la imaginación fértil de un escritor y pronto se le ocurrieron sendas soluciones.
Desde el rabillo de sus ojos, Harry vio que John miraba su reloj.
- Uh, debería irme. Le dije a Tammy que la iba a llevar al cine.
- ¿Sigues saliendo con esa chica?
- Y planeo seguir haciéndolo. Es linda, inteligente, normal.
- ¿Sabe que…?
John negó con la cabeza, su rostro adoptando aquél semblante ensombrecido que parecía caer sobre él cada vez que mencionaba el mundo mágico.
- Ya no tengo varita, y aparte de Nanny y tú no me hablo con ningún otro mago. No tiene sentido.
Harry notó que el barman parecía estar a punto de discutirle algo, pero la expresión en el rostro de su amigo parece haber acabado con sus ganas.
- Bueno, nos estamos viendo entonces. Avísame si se organizan para un partido uno de estos fines de semana.
- Hecho – respondió John, y colocó el periódico sobre la barra-. Te lo dejo, léelo. Te va a interesar más que a mí.
El barman acompañó a su amigo hasta la puerta, y luego se metió en la cocina a buscar algo. Harry aprovechó para tomar el periódico abandonado, y salió del lugar.
A un lado del bar había un callejón que parecía haber sido arreglado para la conveniencia de cualquier mago que se quisiera aparecer. Algunos encantamientos anti-muggles desviaban la atención del espacio detrás de los enormes basureros. Harry se preguntó si aquello intentaba atraer una audiencia más amplia que la de los muggles que habían estado sentados como él aquella tarde, o si era para la clientela del negocio alternativo que manejaba Seth. Fuese cual fuese el motivo, Harry encontró en aquél espacio un lugar fértil para llevar a cabo su plan.
- No seré el mejor en estas cosas pero…- murmuró para sí mientras echaba una mirada alrededor del local para encontrar la mejor forma para construir la guarda que iba a conjurar.
Su madre, siendo una experta en el tema, tenía una amplia literatura en ese tipo de encantamientos. Era lo suficientemente sencillo y práctico como para que estuviera ampliamente cubierto en todos los libros de guardas, principalmente porque muchas madres usaban algo parecido para cuidar que sus niños no se metieran en lugares donde no debían estar.
Observó su magia concentrarse alrededor de su varita para salir a través de la punta, convertida en una hebra rosácea que se iba enroscando alrededor del local. A medida que las hebras encontraban su lugar se retorcían y daban un pequeño y fugaz fulgor, transformándose en pequeñas runas. Aquello le avisaría de la presencia de cualquier mago en la vicisitud que fuera hombre y no fuera ni John ni Seth. Esperaba que el barman no tuviera una clientela mágica muy amplia, o sino la guarda no tendría sentido. Pero a diferencia de los dos que acababa de conocer, nunca había estado en presencia de Dolohov y no tenía idea de cómo sería el patrón que identificaría su magia.
- Me doy maña – terminó por decir, y contempló su obra por unos instantes. Sin decir más, con un crack, hizo uso del espacio una vez más y desapareció.
En el departamento, Malfoy parecía haber recobrado su espíritu. Estaba en la cocina haciéndose un café cuando Harry apareció en el living. Levantó una mano a manera de saludo mientras tomaba un sorbo.
- ¿Ya estás mejor? – Preguntó el moreno, quitándose los glamour con un movimiento de la mano y dejando a un lado la chalina y el gorro-. ¿O quieres hablar del tema?
- Es una cuestión de acostumbrarse, nada más – dijo, aunque Harry sabía que había más en el tema de lo que estaba diciendo. Sin embargo, consideró que sería una falta de respeto si lo presionaba a hablar.
- Bueno, tengo noticias – dijo, señalando el diario todavía en sus manos-. Mientras daba una vuelta, encontré a uno. Una buena noticia es que le saqué esto, y otra que es uno de esos hijos de muggles que terminan renunciando a nuestro mundo, así que no va a estar muy al tanto de nosotros.
Draco hizo una cara con la que Harry podía simpatizar, y tomó aire como para lanzarse a un gran discurso, pero a último momento pareció perder las fuerzas.
- Sabes, no entiendo qué mierda les pasa en la cabeza – dijo, sacudiendo la cabeza-. Y después tenemos Squib que merecen el lugar que se les da a ellos…
- Si tan solo fuera algo que le puedes quitar y dárselo al que se lo merezca – suspiró Harry.
- Las injusticias de la vida – afirmó Draco. Alzó las cejas en dirección al periódico-. ¿Qué dice?
Harry leyó muy por encima el artículo de la página principal, deteniéndose en el reporte dado por los aurores de lo que había pasado. Algo le llamó la atención.
- Draco, ¿Sirius dijo cuántos aurores había matado Bella?
- No especificó cuántos, dijo que a la mayoría. Se llevaron dos de rehenes.
- Entonces tendría que haber, además de todos los muertos, dos desaparecidos que se los llevaron para interrogar, y el tipo que dejé inconsciente cuando te encontré.
Draco asintió.
- Supongo, ¿por?
Harry dobló el periódico en dos, y apuntó con un dedo uno de los párrafos en el artículo.
- "Auror Jenkins, al amanecer, nos ofreció el recuento de lo sucedido en la fuga: cinco víctimas cayeron ante el embate de los guerrilleros, dos fueron encontrados con heridas leves, y dos se encuentran desaparecidos…"
Volvió a extender el periódico y apuntó a unas fotografías al pie de página. En hilera, una detrás de la otra, se conmemoraba a los cinco caídos y se pedía ayuda en la búsqueda de los dos desaparecidos. Los dos sobrevivientes se ofrecían como un pequeño rayo de esperanza en aquél sangriento asunto.
- Este es el que te siguió – dijo Harry, apuntando a un hombre de mediana edad, de cabello corto y mirada severa-. Pero este… ¿dónde estaba?
Draco se encogió de hombros. En sus ojos grises estaba claro como el día lo poco relevante que le parecía la situación.
- Probablemente rompió formación y se quedó atrás. Mi padre me solía decir que están más desorganizados que nunca. No me extrañaría.
Harry alzó una ceja.
- Mi padre es el jefe de departamento y te puedo asegurar que no toleraría tener aurores tan incompetentes. No… - murmuró, para sí-. Acá hay algo raro.
- No creo poder convencerte de nada – dijo el rubio, y Harry sintió ganas de golpearlo. Le parecía tan claro como el día que algo allí andaba mal. Aquél hombre debería estar muerto. ¿Quizás alguien había usado una poción multijugos para suplantarlo? La idea era ridícula. Tendrían que tener viales de la poción a mano, y haber estado al tanto de la redada antes de que se llevara a cabo. Y no era cuestión de suerte, pues Voldemort no deja lugar a la improvisación en sus planes.
Dejó que su mirada se perdiera en el horizonte mientras su cabeza se llenaba de ideas.
