No siempre escribo escenas de sexo entre mi OTP... pero cuando lo hago, tardo 200.000 palabras en llegar a que lo hagan. Jaja, capítulo corto pero humeante(?)

En otra nota, quería comentarles que posteé en mi Deviantart un pequeño doujin que dibuje basado en un fanfiction que había escrito años atrás con Voldemort y Harry (Roulette). Está en inglés, pero si les interesa: aelur (punto) deviantart (punto) com / art/Roulette-Page-1-442594298

(voy a dejar el link igual en mi profile)


A buen tiempo encontró Harry que la vida en el mundo mágico parecía haberse acelerado al mismo ritmo que el que parecía llevar el mundo muggle. Los acontecimientos caían uno detrás del otro, y si no fuera porque en los últimos años su vida se había vuelto un caos, no creía que hubiera podido mantenerse al ritmo.

Es por virtud innata de todos los artistas que son extremadamente flexibles a su entorno, y Harry hacía gala de eso para sobrevivir. Tenía sus misterios para mantener su mente ocupada mientras se preparaba para un climax que no sabía si vendría, y tenía la cabeza abierta y atenta para ver si terminaban encadenándose unos con los otros. Su verdadera misión, al final del día, era sobrevivir.

Al comienzo de un sábado, cumpliendo ya la semana de su exilio, Harry supo que alguien mágico había entrado al bar de Seth. Empezó como un condenado cosquilleo, y a falta de atención, la sensación creció en intensidad hasta que se vio obligado a levantarse de un brinco de su cama. Harry solo había sido electrocutado una vez, en una tienda de electrodomésticos muggles, cuando con la ignorancia propia de un mago infante sumado a lo que su madre había jurado después fue un malfuncionamiento lo llevo a querer abrir una heladera en exposición que había sido enchufada. La palabra que los muggles tenían para aquella sensación no quedaba corta, pues fue como si una patada realmente hubiese sacudido todo su cuerpo, desde el dedo que había hecho contacto. Y ahora Harry encontraba algo símil en aquella situación, y con gran molestia y frustración disipó el encantamiento, llorando la pérdida de otra deliciosa mañana en la cama.

Sin embargo, la situación pronto dio un vuelco cuando cayó en la cuenta de que su plan de extorsión estaba funcionando. Ya con el corazón un poco más feliz, conjuró un disfraz un poco más elaborado que la última vez, y se apareció en el callejón misterioso a un lado del bar, con la total intención de no solo averiguar quién estaba en el lugar, sino además de disfrutar un buen café y una porción de brownie.

Al entrar, sus ojos inmediatamente notaron con algo de confusión lo oscuro que parecía el ambiente para un local plenamente abierto un sábado de verano por la mañana. Era apenas visible, pero su habilidad lo había entrenado para la sutileza… y con esa idea cayó en la cuenta que no era un problema de iluminación, sino que simplemente estaba observando el fantasma del aura del mago que había activado sus guardas.

- Bienvenido – una chica se le acercó antes de que pudiera encontrar el origen de aquella magia. Llevaba puesto un delantal blanco, con pequeñas cerezas y frutillas bordadas a mano, una blusa amarilla que acentuaba su figura curvea y una sonrisa encantadora. Inmediatamente sintió fascinación, no por el vibrante rosa del que alardeaba su cabello, sino porque este encajaba con el mismo tono de la magia que la rodeaba. Por un instante, Harry sintió que se le venía el alma a los pies… ¿y si aquella chica también tenía su don? ¿Y si estaba al tanto de la misteriosa guarda que había aparecido, cuya autoría era delatada por su presencia en el lugar?

Pero en sus ojos Harry no encontró sospecha alguna, y aunque no sirvió para borrar del todo la preocupación, si consiguió calmarlo.

- Buenos días – respondió, tratando de disimular el momento incómodo en el que se le había quedado mirando-. ¿Podría pedir un desayuno?

La chica asintió. Realmente tenía un modo encantador.

- Siéntate donde quieras. Te lo traeré en un instante.

El mago le sonrió, y rápidamente buscó un lugar desde el cual podría observar mejor la entrada y la habitación. Una de las esquinas del lugar parecía servir ampliamente sus propósitos, por lo que se dirigió con algo de aplomo hacia allí. Tuvo un momento de inspiración en el que se preguntó si aquella sería la Nanny que John había mencionado unos días atrás, y sintió algo de decepción al saberla de novia con Seth el barman. En Hogwarts se había acostumbrado a buscarse atletas, o chicas un poco más coquetas, pero hacía al menos dos meses que no veía rastro de una buena mujer, y la mesera no solo clasificaba como tal, sino que ofrecía una poderosa tentación con aquella sonrisa dulce y aquellos pechos que parecían querer escaparse de la blusa amarilla.

Intentar no le costaría nada, y agradeció a todos los dioses que recordaba el haberse levantado lo suficientemente vanidoso como para elegir un glamour que le diera un look que sabía que ganaba mucho entre las mujeres. Naturalmente lampiño, había hecho crecer una falsa barba de algunos días, y había aumentado el volumen de sus pómulos y mandíbula para agregar definición a su rostro. Su nariz, aunque naturalmente recta, había sido afinada bajo inspiración (y de esto sentía un poco de vergüenza) de la preciosa nariz que ostentaba Voldemort, sus labios afinados lo suficiente como para acentuar aquella sensual masculinidad.

Cuando la camarera (¿Nanny?) volvió, tenía en su bandeja un café, una porción de brownie, jugo exprimido, tostadas y una sonrisa en la que le mostraba todos los dientes. Harry le devolvió el gesto.

- Muy amable… -dijo, acentuando los puntos suspensivos.

- Sally – respondió, disolviéndose en un mar de risillas.

- Sally, - Harry dijo lentamente, probando el nombre en su boca-. Hace poco que me mudé por aquí, pero si me hubieran dicho que las camareras son tan encantadoras lo hubiera hecho hace mucho. ¡Cuánto tiempo perdido!

Las mejillas de la hechicera adoptaron color.

- ¡Nadie te avisó! – contestó, fingiendo afectación. Por un instante Harry deseó que estuvieran solos-. Quizás si dejaras tu número te podría avisar la próxima vez.

El mago se reclinó en su asiento, y recorrió la voluptuosa figura de la muchacha con poco disimulo. El color en los ojos de Sally se volvió de un rojo más profundo.

- Me parece que me corresponde ser un poco más activo…- susurró-. Quizás podríamos salir después que termine tu turno.

Una de aquellas encantadoras sonrisas se asomó a los labios de la joven.

- ¡Termino a las tres! – chilló, algo exaltada.

- Nos vemos a las tres, Sally – Harry le guiñó un ojo, un gesto casual, y la joven bruja le sonrió una vez más antes de perderse adentro de la cocina.

El mago había aprendido en su corta carrera amorosa que la mejor forma de capturar el interés de una mujer era presentarse como un enigma que buscaba que ellas lo solucionaran. No era necesario ser realmente misterioso, pues para cuando la cosa terminara ambas partes estarían lo suficientemente satisfechas como para, en caso de demandar segundos platos, fuera por el simple hecho de hacerlo más que por alguna charada que persiguieran.

Y quizás, luego reflexionaría, esa misma estrategia había seguido Dolohov con su amante, aunque dadas las circunstancias, el misterioso amante no necesitaría fingir nada, provisto que el mago de origen ucraniano era uno de los mayores conspiradores dentro del PT.

Mientras disfrutaba de la combinación entre el brownie y el café, Harry vio salir de la oficina del gerente la figura que estaba buscando. El ir y venir de Sally, acompañado de algún guiño o sonrisita traviesa, lo distraía bastante pero no lo suficiente como para perder de vista aquella masa de músculos y magia negra que parecía emerger de cada poro, como un líquido viscoso y canceroso, esparciéndose por la habitación.

Dolohov se sentó un tanto lejos del moreno, pero bien dentro de su campo de visión. Pasó un tiempo alternando entre suspiros frustrados y el constante mete-saca de su reloj de bolsillo. Harry sintió ganas de celebrar, y a falta de otra forma de expresarlo, se limitó a tomar un buen mordisco de su brownie. Era evidente que estaba esperando a su amante.

Veinte minutos y un desayuno más tarde, Harry tuvo la desconcertante experiencia de observar por primera vez en su vida a una mujer embarazada de un mago.

- Así que Seth el barman tenía razón…- murmuró para sí, mientras trataba de disimular la fascinación que le provocaban aquellas chispas de magia que provenían del vientre de la chica. Pequeños remolinos grises nacían y morían, traviesos, a través de la blusa y sobre su piel. Todavía no ostentaba del delatador bulto de una panza que comenzaba a expandirse, pero los frutos de aquél furtivo romance estaban a la vista de aquél que debía ser el único en la habitación que lo podría ver.

La muggle se acercó con una sonrisa al sombrío Dolohov, cuyo rostro avejentado por la malicia y las intrigas parecía sacudirse de encima los años bajo la mirada de aquella mujer. Se paró y la recibió con un abrazo y un cálido beso; Harry, aprovechando la oportunidad, tomó furtivamente la cámara que había robado de la habitación de Draco para este mismo propósito, y dejó que el click del aparato hiciera su magia.

Sintió un poco de culpa al ver la sinceridad en la expresión del mago, el puro sentimiento que la pareja parecía compartir. Sabía que iba a venderlo y sabía a quién debería venderle su información, y que aquello traería tristeza y peligro a la pareja… pero estaba muy consciente de que Dolohov no era un buen hombre, por más ternura demostrase a una chica muggle un sábado por la mañana en un café en Londres, y sabía que si era un décimo del hombre que aparentaba ser en aquél momento, algo como una foto no afectaría en lo más mínimo su relación.

Dejándole una generosa propina a Sally, y con la idea de volver esa misma tarde al café, dejó a la pareja disfrutar de su intimidad mientras se perdía en el enorme Londres, prueba para el chantaje ya asegurada. Aquella tarde Harry se dedicó a cumplir a rajatabla con el consejo dado por su padrino: se mantuvo con la cabeza baja. Tan baja incluso, que pasó un buen tiempo entre las piernas de una camarera de pelo gracioso y sonrisa encantadora.

El pecho oscuro de la muchacha subía y bajaba con rapidez, en un ritmo familiar. Cualquier duda que el morocho había tenido acerca de ella se había disipado con el correr de la tarde. No dio indicio alguno no solo de tener alguna habilidad símil a la suya, sino que Harry estaba absolutamente convencido que la chica no tenía idea siquiera que él era un mago. El, por supuesto, no hizo nada para revelarle que tenían más en común de lo que ella pensaba. Por más alegre y amena que fuese, aquello permanecería estrictamente como algo casual. Se suponía que era un fugitivo, después de todo.

Sin embargo la vida es curiosa y suele arrimar juntos a todos aquellos que buscan aventuras similares. A falta de alguna novedad que le hiciese atractiva la idea de volver a encerrarse en su escondite, acompañado por un Draco silencioso que estaba redescubriendo su amor por la lectura, aceptó la despreocupada invitación de Sally para ir a tomar algo. Estaba consciente que el protocolo de las relaciones heterosexuales establece que en esos casos no tiene sentido seguir la cita consumada la relación sexual, pero Harry genuinamente encontraba a la chica simpática, y Sally no parecía ser del tipo que lo perseguiría hasta el lugar más recóndito de la tierra con alguna idea distorsionada acerca de "amor eterno".

Era, por lo tanto, una salida por el simple hecho de salir.

Al reconocer los destinos por los cuales pasaban en su caminata, Harry se sintió tentado de preguntarle si encontraba algún tipo de entretenimiento en la ironía de pasear a un supuesto muggle por enclaves claramente mágicos. Algo en él quería retar a la chica a llevarlo a Diagon Alley, pero de haberlo sugerido estaba seguro que se perdería toda la gracia.

Se sentaron en una plaza. Frente a ellos, ocupaba un local enorme un conocido diseñador de modas francés, especializado en túnicas y vestidos para mujeres. Harry notó que los ojos de Sally se escapaban de tanto en tanto para pispiar la colección. En su piel morena, estaba seguro que los furiosos rojos y naranjas se verían espléndidos. Sin embargo, el comentario permanecería de la boca para adentro pues tenía entendido que un muggle como él debería ver nada más que una vieja sastrería publicitando ropajes pasados de moda. Durante un impasse en la conversación, dirigió su rostro hacia el colorido local, a falta de otra cosa que resultara más interesante a la vista, y se encontró con alguien conocido.

De frente a ellos, prendiendo un cigarrillo, estaba el misterioso auror que Sirius había dado por muerto. Peter Klauss, quien parecía en carne y hueso mucho más bajito de lo que su fotografía en el diario publicitaba. Algo en la imagen frente a sus ojos le hizo palpitar el corazón; su presentimiento volvía, vigoroso, y le obligaba a entornar los ojos para captar cada detalle que pudiera.

Y es que no era de por sí la presencia de un hombre aparentemente normal enfrente de una tienda en la que cualquier hombre hubiera sido visto, pues la coincidencia resultaba peculiar pero en sí no alarmante; era la mujer que acompañaba al auror lo que le agregaba la nota discordante, dramática, a la situación. Incluso a la distancia podía ver Harry que la señorita estaba afectando un glamour del mismo tipo que él llevaba puesto entonces. Y aquello no era una vanidad, pues lo intrincado de los encantamientos era claro signo de un disfraz más que de una intervención estética.

- Aguárdame un minuto aquí, Sally – dijo Harry, consciente de que la intensa mirada en sus ojos no había pasado desapercibida-. Creo que acabo de ver a unos conocidos.

Sin esperar una respuesta, cruzó a las zancadas la calle. Mientras se movía, observó a la pareja mientras entraba al local, y agradeció a los dioses por aquella oportunidad dorada.

Dentro del mismo lo esperaba una orgía de cortinados de terciopelo y encaje dorado. Harry no tenía la más pálida idea de las reglas que regían a los decoradores, pero estaba seguro que aquello no constituiría buen gusto en ningún hogar habitado por un inglés. Las túnicas y los vestidos se lucían en estilizados maniquíes de piel color salmón. La superficie pulida y suave de su cuerpo resaltaba a momentos con pequeños destellos blancuzcos, que se movían a lo largo de los brazos y pechos descubiertos a medida que el maniquí cambiaba de pose.

En aquél mar de títeres danzantes y ropa ridículamente sobrevalorada, divisó a duras penas la figura cansada del auror y la de su compañera, quien parecía estar muy a gusto en el frívolo ambiente. Se acercó con el mayor sigilo que pudo, pero estaba al tanto de que no podría competir con el entrenamiento de un auror, llegado el caso. Para su suerte, el ambiente densamente ornamentado del lugar servía para disimular su forma viviente entre tanto muñeco, y la pareja caminó de un vestido a otro sin tener idea alguna de que estaban siendo seguidos.

- Señor, no se puede fumar aquí – dijo una voz ligeramente acentuada. Una muchacha que parecía rozar apenas los quince años salió detrás de la cortina con una pequeña sonrisa y una mirada que advertía que no le sería fácil discutirle nada. El auror la miró por unos instantes con una expresión estúpida en el rostro, y lentamente asintió. La muchacha a su lado le sacó el cigarrillo de las manos con expresión contrita, lo cual pareció darle un poco más de vida al hombre.

- Te esperaré afuera – dijo, casi como pidiendo permiso. Harry sintió algo de vergüenza ajena ante tal espectáculo de sumisión. La muchacha asintió, y le pidió disculpas a la vendedora, quien dijo con aquella voz perfectamente diplomática que no había problema. Cuando la mujer se dio vuelta para examinar uno de los vestidos, Harry aprovechó la apertura para cancelar todos los glamour que había conjurado sobre sí.

Tuvo que suprimir un gritito cuando reconoció la verdadera identidad de la muchacha.

No sabe cómo lo hizo, pero de alguna forma evadió a todos los maniquíes en el abarrotado lugar y salió corriendo en dirección hacia la plaza. Las posibilidades, las teorías, nacieron de a centenares en su mente y empezaron a alborotarse, demandando su atención. Era claro que la mano de Voldemort era obvia en aquella jugada… pero ¿para qué fin?

Sally lo esperaba, sentada en el mismo banco que él había ocupado instantes atrás. Al verlo tan agitado, con una palidez en su semblante que el glamour no podía disimular, hizo un amague para levantarse, pero Harry hizo un ademán para impedírselo.

- ¿Estás bien? – dijo, sus ojos chocolates escaneando con preocupación su rostro-. ¿Pasó algo?

Harry le dedicó una débil sonrisa.

- Digamos que esa persona y yo no tenemos el mejor pasado – mintió rápidamente, y tomó a la chica en sus brazos-. Odio tener que terminar una tarde tan hermosa como la de hoy de esta forma…

Sally puso sus manos sobre las mejillas del mago.

- Oye, no hay problema. Nunca puedes saber con qué te va a salir la vida.

Harry cerró los ojos por un momento y la besó suavemente en los labios.

- Además ya sabes dónde encontrarme – dijo ella con una risita-. Aunque la próxima vez iremos a Diagon Alley.

El muchacho echó una carcajada, resignándose a haber sido descubierto en su engaño.

- Bien, me parece una excelente idea.

Ambos compartieron un meloso adiós, que se extendió más de lo que Harry hubiera querido. Observó la figura de la muchacha alejarse, más por cuestiones prácticas que por algún interés afectivo. No sabía adónde sus pies debían dirigirse, pero debía ser lejos de allí. Los árboles y el cuidado jardín del parque ocultaba su figura de los transeúntes que entraban y salían del local, lo cual le brindaba un dulce consuelo. No tenía mucha idea de qué demonios había descubierto, pero le convenía mantenerse alejado del asunto. No debían verlo, no debían sospechar de aquél rostro prestado.

Caminó unos pasos hasta poder encontrar un lugar donde sentarse. Un pequeño camino de tierra y pedruscos zigzagueaba a lo largo de la vereda, en desnivel creciente con la calle. A un lado del pequeño camino, sobre un pequeño montículo se erguía un árbol viejo y nudoso, de aquellos que se hacen pasar por arbustos hasta bien entrada la edad. Las ramas serpenteaban retorcidas y fértiles de miles de pequeñas hojas verdes que parecían festejar con su presencia el verano; eran excelentes para esconderse entre ellas. Se sentó sobre las nudosas raíces, y descubrió que desde allí tenía una excelente vista de toda la cuadra y las tiendas entre las que se erguían la del local.

Una figura salió apresurada del lugar, menuda pero ágil en formas que no lo había sido hasta entonces. El pelo castaño, cuidadosamente preparado y retocado, había dejado lugar a una cortina de cabello del color de la sangre. Los mismos anteojos de sol que habían enmarcado una cara vagamente atractiva pero increíblemente genérica ahora se posaban sobre una nariz imponente. Harry no necesitaba repasar los detalles porque podría pasarse horas describiendo el rostro de su hermana.

- Había gato encerrado, al final… - murmuró, observándola mientras ella miraba a un lado y otro de la calle. Harry se percató entonces que Peter Klauss, el auror que escoltaba, no estaba por ningún lado. Por un instante se preguntó si el tal Klauss era alguna especie de espía.

Lo bizarro de la situación era la presencia de su hermana. Envuelta en glamours que la presentaban como un delicado juguete para adornar el brazo del importante oficial del Ministerio, visitaba con él una tienda de un diseñador parisino de moda. Pero su hermana no era una mujer dada para lo tradicionalmente femenino; jamás hubiera mostrado el interés que acababa de simular por un vestido de haute couture. Lo cual indicaba que todo aquello era una farsa. Pero si Klauss era un espía, debía saber de su verdadera identidad; ¿para qué el glamour, entonces? ¿Para esconder al mundo la presencia de la hermana de un fugitivo con un auror sobreviviente? ¿Cuál era su propósito en aquella tienda? ¿Habría algún contacto escondido en aquellas tontas colecciones de terciopelo?

Pero si Klauss no la conocía, el glamour y aquella charada tenían más sentido. Quizás quisieran usarlo como un agente, poniéndolo bajo el efecto del imperius…

La expresión estúpida en el rostro del auror se le vino a la mente. Quizás era más apropiado describirla como vacía, y aquél estado de sopor como un estado de control. Sophie era quien se suponía debía manejarlo. Pero entonces…

Un sentimiento peculiar interrumpió sus pensamientos. Era una sensación conocida. Sus ojos pronto enfocaron unas formas familiares, con la característica agudeza que les daba su don. Claro como el día encontró los signos de un cuarto mago en la vicisitud, que se iba acercando rápidamente a quien pudo pronto adivinar como Klauss. No estaban muy lejos de él; sobre la calzada y adentrándose en el perímetro abierto del parque. Harry se levantó y aprovechó que estaba lejos de cualquier mirada curiosa para Desilusionarse. Siguió las voces como no podía seguir su magia, tan ecléctica en aquél paisaje, cambiante a medida que intentaba adaptarse al espacio abarrotado de árboles y flores. Pronto pudo adivinar que Sophie se les había unido.

- ¿Qué pasó? – preguntó, en un murmullo, la voz de Sirius. Harry temía acercarse más por riesgo a ser descubierto, por lo que se contentó en ponerse fuera del alcance de sus ojos.

- Alguien nos siguió hasta la tienda – respondió Sophie, algo agitada-. Cancelaron los encantamientos, y me sorprendió tanto que le dio la chance de sacarse el Imperius de encima.

- ¿Alguien? ¿Un auror? – había algo desesperado en la voz de su padrino. Harry podía imaginarse sin problema la mirada intensa que debía tener en aquél instante.

- No lo sé… no creo. Me hubiera atacado allí mismo. Quizás fue un mortífago.

Hubo un silencio tenso.

- Mierda – suspiró Sirius, rompiendo la calma-. Pensaba usarlo para más tarde…

- No creo que hubiera aguantado mucho más – la voz de Sophie mostraba una reticencia muy poco habitual en ella-. Ya le estaba costando hablar.

- Bueno, no opuso mucha resistencia desde un principio.

- ¿Piensas que sabe algo?

- ¿Quién? ¿El Innombrable? No… no lo sé. Le molestó perder a Bella porque le era muy útil, pero ya había pasado sus mejores épocas. No creo que considerara que fuera irremplazable.

- Quién de nosotros realmente lo es, ¿eh? – Dijo sardónicamente la bruja.

Harry tuvo que procurar conscientemente no hacer ningún ruido al reparar en el significado de sus palabras. Sirius había sabido, posiblemente arreglado, el raid de los aurores con el simple propósito de crear una chance para matar a su tía. A Bellatrix, que horas antes había intentado convencer a Harry de que su deber era deshacerse de su padrino. Y Peter Klauss había sido el instrumento, el informante que había caído presa de un Imperius.

Sintió algo de horror mezclado con un extraño respeto ante la astucia de su padrino. Pero la pregunta resonaba en su mente… ¿cuándo sería suficiente? Las palabras de Voldemort venían a la mente; aquella cruzada en contra de su familia en la que Sirius se encontraba, el acto de rebelión último que tendría que haber culminado con la muerte de Orión. Podría haberse levantado para ir al encuentro de su hermana y padrino, pero su cuerpo permanecía inmovilizado. No se sentía con las fuerzas suficientes para verlos a la cara.

¿Y los aurores muertos? ¿Y Peter Klauss, con el cerebro carcomido por el Imperius? Muertos en una falsa batalla, en una puja de poder interna en la que nada tenían que ver. Harry sentía repulsión, aunque sabía que nunca podría cuestionarles sus acciones, de tenerlos cara a cara. Aquél momento sería uno para guardar bajo llave y nunca volver a contemplar. Que ellos se quedaran con su conspiración, y el abstraería toda realidad de aquella historia.

- ¿Qué hacemos con él, entonces? – dijo Sophie, como quien habla de un perro, y Harry sintió que sus piernas volvían a responderle. Y huyó. Salió como pudo en dirección contraria, con cuidado de permanecer al resguardo de los árboles, para no ser visto. Dejó que su disfraz se disolviera en la nada, y pasó de ser aquél mago misterioso a ser nuevamente Harry Potter.

Sin embargo, sus sentidos, expuestos y extremadamente sensibles, volvieron a encontrarse con otro viejo amigo.

- ¿Hoy se les dio a todos por venirse a esta parte de la ciudad? – masculló entre dientes, con los ojos cerrados, mientras intentaba bloquear el asalto a sus sentidos.

- Parece que algunas costumbres nunca mueren, - murmuró la voz de Voldemort, y Harry se sorprendió al sentirla más cerca de lo que pensaba que estaba-. Me atrevería a pensar que tienes una peculiar fascinación con investigar asesinatos familiares.

- Si, me parece genial la broma, pero ¿puedes controlar un poco tu magia por favor? – dijo, llevándose una mano a la frente, tratando de aliviar la presión que sentía-. No puedo ni pensar.

Aunque Harry no podía hacer más que especular, no se hubiera sorprendido si alguien le hubiera dicho que efectivamente Voldemort alzó entonces una ceja con una expresión sumamente satisfecha en su rostro. Podía sentir, literalmente, lo complacido que se sentía por tener tanto poder como para abrumarlo por completo. Harry sintió la necesidad de aclararle que era el contraste entre el seco ambiente muggle en el que no había pizca de magia y su presencia lo que lo ponía en aquél estado. Supuso que de todas formas lo intuía, pero que adoptaba esa actitud en parte para molestarlo.

- ¿Mejor? – preguntó, sardónico, y Harry se vio a si mismo dándole un buen golpe en la mandíbula. Decidió que aquello sería tan saludable como hacerle cosquillas a un dragón dormido, así que tomó un par de inspiraciones bien profundas, y pidió ser otorgado una paciencia suficiente como para sobrevivir hasta la noche.

- Aunque digas lo que quieras acerca de mi hábito de meter las narices donde no me llaman – dijo el joven-, tampoco te veo dando el ejemplo. ¿Estabas al tanto de todo esto desde el principio, o tuviste una sospecha?

Voldemort se apoyó contra el tronco de un árbol, y se cruzó de brazos en un gesto casual.

- Déjame darte un consejo por si alguna vez se te pasa por la cabeza empezar una cruzada, Harry – dijo con una sonrisa ladeada-. Asegúrate de saber cada pensamiento que pasó, pasa y pasará por la cabeza de tus sirvientes.

- ¿Lección aprendida de previos errores?

Voldemort concedió el punto haciendo un gesto con la cabeza.

- Se podría decir que sí. Y para contestar tu pregunta, supe el plan desde el principio, no la ejecución.

- ¿Y por eso viniste aquí?

Los ojos escarlatas brillaron con una diversión que no prometía nada bueno para él.

- Ah, en parte quería verte correr por ahí resolviendo misterios.

Harry sintió cómo sus mejillas adoptaban un color que definitivamente no era bienvenido.

- ¿No te molesta? – Cambió bruscamente de tema-. Perder a Bella, digo.

- Sirius está al tanto de lo que esto le va a costar – su mirada adoptó una rigidez que no dejaba lugar a ningún cuestionamiento-. Pero esas son cosas entre él y yo.

El joven mago se mordió el labio, sintiendo algo de aprehensión por su padrino.

- Podría preguntarte lo mismo, sin embargo – el mago oscuro dio unos pasos hacia él-. ¿No te molesta que sea un asesino?

- Por supuesto que me molesta – respondió el más joven, clavando sus ojos verdes en la mirada escarlata del hombre-. Pero no es como si pudiera elegir.

Aquello suscitó una mirada interesada por parte del otro hombre.

- Me sorprende esta docilidad, Harry.

- No es docilidad – gruñó-, es cariño. Amor. No puedo pretender moldear a mis seres queridos para que sean como yo quiero que sean.

- Ah, ahí está la palabra mágica – dijo Voldemort, con algo de desdén-. Cuidado, Harry, el último hombre que escuché hablar con tanta vehemencia del poder del amor terminó cuatro metros bajo tierra gracias a un estudiante que traicionó a su mejor amigo por un poco de poder.

Harry se plantó firme, consciente de que la altura del mago oscuro le daba la ventaja física. Sin embargo sus ojos brillaban con la intensidad de quien se sabe campeón de una verdad absoluta, y eso era más que suficiente como para cubrir el espacio que los diferenciaba.

- Me va sin cuidado lo que tengas para decir al respecto, Voldemort – dijo en un tono bajo, ardiente-. Puedes pasar años hablando de lo inútil que es amar a alguien, pero eso no me cambia nada a mí ni al resto del planeta.

- Lo cual es una lástima – susurró él-, aunque no deja de entretenerme.

Sus ojos rojos brillaron con algo que Harry no pudo nombrar. Notó que la presión que sentía cada vez que Voldemort daba rienda suelta a su poder había vuelto, aunque no era más que una pequeña molestia que podía ignorar fácilmente. Algo que vio desde el rabillo de su ojo llamó su atención, y giró el rostro para observar el aura oscura e imponente del mago oscuro. Pequeñas chispas doradas destellaban aquí y allá, y de repente cayó en la cuenta que aquellos fogonazos marcaban los puntos en los que su propia magia y la de Voldemort se ponían en contacto. Había algo profundamente hermoso en todo aquello, y no pudo evitar sentirse algo conmovido por aquél espectáculo que solo sus ojos podían ver.

Sintió unos dedos fríos y largos cerrarse alrededor de su barbilla, y apenas tuvo tiempo para reaccionar antes de sentir los labios del otro hombre sobre los suyos. El tiempo pareció detenerse, y la sangre en su cuerpo se heló; todo se reducía a aquél único punto de contacto, aquella lenta cadencia de unos labios que parecían querer consumirlo.

Pasaron unos minutos hasta que cayó en la cuenta de que se había aferrado al mago oscuro del cuello, y que sus labios respondían con la misma ferocidad con la que eran atacados. No podría haber descripto lo que sentía en aquél momento, pues era un gran vacío lleno de un millar de emociones – una antítesis en el que se conjuraba la nada misma, y el todo poderoso. Por eso se remitió a entregarse a lo único cierto que había en todo aquello, y era el deseo, puro y animal, que lo invadía en aquél momento. Le hubiera gustado saber si Voldemort era capaz de sentir como la magia de ambos saltaba, se rebatía a su alrededor; como se convertía en carne y como se licuaba para correr por sus venas, y cómo volvía a evaporarse en aquella neblina mística que parecía querer fundirse con la otra.

Con una mano, el mago oscuro aplastó el cuerpo del joven contra el suyo, lo cual arrancó un gruñido de parte de este. Sus manos se desviaron hacia los mechones oscuros que no parecían haber sufrido perturbación alguna en todo aquél manoseo, y cuando tiró de ellos, el juego pasó a otro nivel.

Harry sintió el golpe seco de su espalda contra el tronco del árbol en el que Voldemort había estado apoyado instantes antes; sintió el silbido de la magia del hombre hablándole de formas que el autoproclamado Lord no se podía imaginar. Su cadera contra la suya, la fricción dejando más evidente que nunca la atracción del momento. Si Tom había sido una tormenta, Voldemort era el invierno más crudo; sin lugar a treguas, sin afecto. Solo pura posesión y lujuria animal.

Pero Harry ya no era el pequeño Harry que se había sorprendido ante los avances del horrocrux; y si este era una flama que llameaba incesante, el chico que ahora dejaba un camino de marcas a lo largo del cuello del mago oscuro más temido en el continente era el mismísimo Sol.

Y cuando su mano se escabulló en el espacio que separaba sus caderas, todo terminó.

- No… quieres hacer eso – dijo, jadeando, el mago oscuro. Harry podría haberlo mirado con sorpresa, de no tener una mano sosteniéndolo del cuello contra el árbol. El cuerpo de Voldemort seguía estando dolorosamente cerca, y un cosquilleo en la base de su estómago le tentaba a desafiarlo.

Tomó bruscamente el brazo que lo sostenía y lo apartó de sí. Harry se sentía dividido entre agradecer por la interrupción o mandar la precaución al carajo y demostrarle a Voldemort por qué no debía subestimarlo. Pero cuando sus miradas volvieron a cruzarse, sintió que todo eso perdía sentido.

Su rostro irradiaba algo que jamás podría haber adivinado en él: el más absoluto y puro regocijo. En su mirada, brillante, felina, se escondía la promesa de la más maligna picardía – una crueldad refinada que solo alguien como él podía emplear a gusto. Aquello era el comienzo de un juego para él, algo que excitaba su mente y sus sentidos de una manera totalmente nueva. Había algo feroz, primal, en aquél rostro que no puede ser alcanzado por el tiempo o las inclemencias, y que él había dejado enrojecido, jadeante, expectante. A Harry le dejaba sin aliento la visión de los labios finos húmedos con su saliva, apenas hinchados por el abuso de sus dientes; le dejaba sin aliento el color en sus mejillas, que pedía a gritos que la función continuara, y le dejaba sin aliento aquél cabello que desafiaba la convención y lucía inusitadamente desordenado.

Aquello era una invitación, y Harry sentía que había aceptado mucho tiempo atrás.

El mago oscuro dio unos pasos hacia atrás, y se pasó una mano por el cabello.

- Había otra razón para mi visita – dijo-, y era recordarte amablemente que me debes un duelo.

Harry asintió. No se había olvidado.

- Hasta entonces – dijo el mago oscuro, fijando su intensa mirada en la suya, y desapareció con un crack.


Unos días después, mientras trataba de descifrar el funcionamiento de cierto hechizo para enmendar esguinces, Harry tuvo la repentina epifanía de que Voldemort podría haberle permitido escapar junto a Sirius el día del ataque, y por lo tanto ser un participante activo de su plan, pero por alguna razón había ordenado al joven esperarle en su habitación. Harry se propuso muchas razones, pero la que terminó eligiendo por encima de todas fue el simple hecho de que resolver el misterio lo mantendría ocupado y fuera de peligro.

Lo cual era bastante irónico considerando el hecho de que se iba a batir a duelo con el hombre más peligroso en el país en tres días.

- Estás… raro – comentó Draco el día del duelo-. ¿Te encontraste a alguien conocido?

Harry, quien había estado haciendo flexiones de brazos en el suelo, se detuvo un minuto para mirar a su amigo. El rostro del blondo, normalmente pálido, parecía tener una complexión cetrina, casi enfermiza. Aquél encierro, aquél exilio, parecían no haber hecho más que ir desechando de a poco muchas de las convicciones de antaño del muchacho.

- Sí – le respondió-. A Voldemort.

Los ojos del Slytherin se abrieron como platos. Harry no le había dicho nada de aquella excursión en la que había terminado por resolver el pequeño misterio del auror sobreviviente y le había comido la boca al líder de la guerrilla Tradicionalista. No sabía cuánto era conveniente decirle, ni siquiera si se sentiría cómodo contándole de eso a su amigo. No sabía ni cómo sentirse al respecto.

- ¿Así que estoy raro? – preguntó, y se puso de pie-. ¿Cómo dirías que estoy?

- Determinado – respondió Draco casi sin pensarlo-, como si de repente hubieras ganado algo por lo que pelear. Antes… bueno, sé que tienes algo por lo que pelear, pero parecías algo perdido, resignado incluso.

El morocho asintió, y comenzó a elongar sus brazos.

- Voldemort y yo vamos a luchar hoy – dijo. Draco tuvo que aferrarse del marco de la puerta para no perder el balance.

- Disculpa, Harry, no te escuché bien. Pensé que habías dicho que hoy ibas a luchar con Quien-No-Debe-Ser-Nombrado.

- Eso fue lo que dije.

- ¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Pero…? Harry, ¿qué carajos?

El moreno se encogió de hombros.

- Tiempo atrás, antes de que toda esta mierda sucediera, quiso marcarme por la fuerza… o al menos fingió que lo iba a hacer. Y para evitar que lo hiciese, le dije que lo retaría a un duelo. Si él ganaba, aceptaría la Marca.

- Estás totalmente loco, Potter-. La voz de Draco sonaba como el lamento de un perro herido. En su rostro estaba escrito clara y llanamente lo preocupado que estaba por él, y el moreno no puedo evitar sentirse conmovido ante la mirada en sus ojos-. Merlín, qué demonios estabas pensando… no hay forma que puedas ganarle. ¿Y no quieres tomar la Marca, verdad?

- Ni en broma.

- ¿Entonces? ¿Qué fue todo esto?

- Una apuesta muy loca – Harry quitó los ojos del rubio y giró la cabeza hacia la ventana. Afuera estaba lloviendo-. Es todo así con él. Es el juego. La mejor forma que tengo para mantenerlo alejado es procurar que se divierta con lo que hago. Por otra parte, esto también significa que me tendrá muy presente mientras lo haga.

Se levantó, y apoyó una mano sobre el hombro de su amigo.

- Tampoco soy un nene indefenso. Tengo un gran truco a mi favor – con un dedo apuntó a sus ojos, que brillaban con una inusitada determinación.

- ¿Realmente crees que eso será suficiente?

Su silencio vino acompañado de una sonrisa sardónica.

- Harry… - suspiró Draco, y se dio media vuelta-. No tiene caso. ¿Te puedo ayudar, al menos?

- Si, ahora que lo dices… te agradecería que juntases mis restos después, y que le avises a Sirius y a mi madre.

El chiste le valió un golpe en el hombro, cortesía de un rubio fastidiado. Entendía la preocupación de Draco. Entendía que aquellos chistes eran de mal gusto. Entendía que estaba actuando como un inconsciente. Lo que no entendía, sin embargo, era porqué sentía que no había otra forma de ver la situación. Las pequeñas risillas murieron en su garganta mientras cruzaba a zancadas el corto trecho que lo separaba de su habitación. Libros y papeles descansaban aleatoriamente sobre cualquier superficie libre; su cama, el suelo, la única silla, la pequeña mesa que Draco había conjurado para él. Momentáneamente tuvo la idea absurda de parecer un estudiante a unos días de rendir examen. En un mundo perfecto las apariencias y la realidad no serían más que una… aquella idea le trajo algo de tristeza.

El sol poniente bañó la habitación de tonos naranjas y rojizos. El lugar parecía prendido fuego, pero las llamas no eran vivaces ni destructivas. Estaban dotadas de cierta melancolía, de la que Harry sabía que no podría escapar. Algo en su interior se rebelaba ante la tarea que estaba por realizar, y se reía de la ironía, se reía de lo absurdo de la situación. Por momentos sentía que no tenía miedo alguno simplemente porque todo era demasiado extraño como para poder concentrarse en lo atemorizante de lo desconocido. De a ratos parecía comprender la situación en su totalidad, y se adueñaba de él una desesperación aguda, punzante, que se concentraba en su pecho y le hacía difícil respirar. Sentía que se estaba volviendo loco.

En la cocina ya no se escuchaban ruidos. Harry intuyó que Draco había salido, quién sabe adónde, y supuso que aquél sería el mejor momento para irse. No sabía qué se suponía que debía decirle a alguien cuando se va a luchar contra un mago oscuro. Lo que quería decir sonaba estúpido, y lo que no sonaba estúpido no lo quería decir. Mejor no decir nada, entonces. Se armó con su varita y su vieja capa de viaje, y con un brazo, barrió con brusquedad los papeles que cubrían su escritorio. Debajo de ellos había un pequeño peluche, del tamaño de la palma de su mano, con forma de conejo. El pelaje blanco brillaba con algo más que el reflejo de la luz sobre las cerdas artificiales, y al agarrarlo con la mano, pequeñas chispas violáceas llovieron alrededor de sus dedos. La magia de un traslador siempre está a la expectativa, impaciente de que alguien la active. Harry se sintió algo contagiado por ese entusiasmo.

- Run, rabbit, run – dijo, y el mundo se desdibujó en un torbellino de colores, sonidos y sabores. No tenía idea qué le esperaba del otro lado; sólo esperaba que no se lamentaría de confiar ciegamente en un traslador enviado de parte de Voldemort.

Lo primero que asaltó sus sentidos fue el atronador rugido del mar. A eso le siguió el olor cristalino del agua salada, el iodo y el pescado que se pudría en sus entrañas. Tuvo que esperar unos momentos para que sus ojos se despejaran, una vez que el torbellino de magia que lo trajo a ese lugar se disipó.

Estaba en una cueva. Una cueva perdida frente al mar. A lo lejos podía ver la línea de la costa, escondida detrás de la furiosa corriente y las rocas oscurecidas por los restos de percebes y algas que iban a morir allí. Se dio media vuelta, tratando de buscar con la mirada a quién se suponía que actuaría de anfitrión, pero no vio ni senso a nadie. Sin embargo, el brillo de unas inscripciones al fondo de la caverna llamaron su atención, y conjurando una luz para hacerle compañía, se adentró lentamente en aquél túnel.

Sus pies caminaron bordeando pequeños charcos, a veces chapoteando por accidente, y a veces rindiéndose ante la falta de alternativa. Pronto se dio cuenta que los charcos se alineaban alrededor de una pequeña grieta, que parecía llevar agua de mar hasta la pared hacia la que se dirigía. Con curiosidad tomó nota de la pequeña corriente que parecía fluir hasta allí, y no fue hasta que casi se da de frente contra las paredes que cayó en la cuenta que el agua parecía seguir por detrás de la roca y por ende que aquella no era solamente piedra, sino que estaba frente a una puerta. Las manijas, por supuesto, eran las inscripciones – runas que evidentemente solo él podía ver, y que brillaban con un fulgor enfermizo, un maléfico rojo que le daba arcadas.

No podía reconocer más que un par, y lo que le sugerían no le agradaba en nada. Sangre, parecían pedir. Una ofrenda de sangre mágica para entrar, otra para salir. Probablemente, y aunque no podía verlo desde allí, habría guardas anti-apariciones dentro del lugar. Hubiera preferido mil cosas antes que acercarse físicamente a aquél rojo que tanto le desagradaba, a aquella sensación voraz provocada por una magia corrupta y maligna, pero no tenía opción. Podría intentar deshacer el hechizo, pero lo dejaría demasiado cansado para el duelo.

Con un mal presentimiento, presentó la gota de sangre requerida. Por un instante pensó que no había sido suficiente, pero al apoyar de nuevo su mano sana sobre la pared se encontró con que esta la atravesaba.

Solamente cuando estuvo del otro lado se dio cuenta que le dolía todo el cuerpo. Sorprendido, se dejó caer sobre sus rodillas, tratando de suprimir aquél dolor agudo, como un millón de agujas perforando cada centímetro de su piel. Con lágrimas en los ojos y mordiéndose un labio, quiso ver de reojo la magia roja que parecía ser la culpable de su sufrimiento. Horror. Volteó la cabeza bruscamente, llevándose una mano a la boca para evitar devolver lo que había comido hacía unas horas.

El dolor comenzaba a amainar, pero su cabeza retorcía las imágenes que acababa de ver. Nunca había visto algo así, y esperaba nunca volver a tener que toparse con una monstruosidad semejante. Agradeció el sonido de unos pasos que se acercaban lentamente, pues le servían como un dulce vinculo que lo alejaba de la irrealidad de… eso que acechaba a su espalda.

- Estaba pensando que había cometido un pequeño error al crear el traslador, que te enviaría afuera de las puertas – dijo la voz de Voldemort-, y pensé en ir a buscarte, pero me parece que te adelantaste.

- No me jodas, Voldemort – escupió Harry, levantándose pesadamente-. No me trates de imbécil, querías que me atacara esa cosa.

- No sé si clasificaría doscientas cincuenta almas como cosas.

Harry le miró, estupefacto.

- ¿Eso es lo que es? ¿Hiciste una puerta con almas? – Por un instante sintió la tentación de volverse para observar con más detenimiento la monstruosidad por la que había pasado, pero el cosquilleo todavía presente en su cuerpo, producto del dolor y del horror que le provocaba el artefacto, le advertía que no era prudente-. Eso… eso es nigromancia – su voz bajó de tono al pronunciar aquella palabra prohibida, y supo que con el tono expresó todo lo que tenía para opinar al respecto de aquella rama de las artes oscuras. Aquello explicaba todo. El rojo enfermizo, el dolor de aquellas almas que pedían clemencia, que no querían más que escapar a la no existencia. Doscientas almas atrapadas en el plano material… le daba escalofríos.

- Aparentemente – dijo el hombre con una sonrisa sardónica. Harry sentía ganas de estrangularlo. ¿Acaso no se daba cuenta de lo horrendo que era? ¿No se daba cuenta que la misma magia parecía querer derrumbarse sobre sí misma, para dejar de existir? ¿Qué cada fibra de su cuerpo escapaba de su contacto, hiper-sensible como era? ¿Qué no se suponía que debía existir?

Algo de la ira en sus ojos pareció llegarle a Voldemort. No lo suficiente como para hacerle reconsiderar lo que había hecho (tarea imposible si las hay) pero lo suficiente como para llevar a su atención la desproporcionada reacción del otro mago.

- Vamos, - dijo, apuntando con la cabeza en la dirección de donde había venido-. Todavía tenemos que llegar a nuestra arena.

Harry tomó aire, y lentamente lo dejó escapar en un gran suspiro. Cerró los ojos por un instante para tratar de librar su mente de las imágenes de aquellas almas, consumidas por el dolor del encierro. El sonido de sus pasos sobre la roca húmeda, hermanos de los ecos que hacían reverberar las paredes de la cueva, consiguió calmarle.

Se acercaron a las orillas de lo que parecía ser un pequeño lago. Un bote de madera, desvencijado y carcomido por años de hongos y humedad, los esperaba sobre la arena. Harry dudaba de que fuera capaz de sostener siquiera a un bebé, pero al ver que Voldemort se subía con confianza supuso que sería lo bastante confiable como para llevarlos a ambos a través de la superficie oscura de aquellas aguas.

- Hubiera traído otra ropa si hubiera sabido que daríamos un paseo – dijo con sorna. Voldemort no hizo ademán alguno para responderle. Harry se sintió algo estúpido. Observó en silencio como el hombre tomaba con ligereza lo que parecía ser una pesada cadena. El bote comenzó a moverse, llevado por el tirón de los eslabones. La superficie del agua se revolvía de manera extraña, como si quisiera oponerse a su avance. Había algo mágico en las profundidades del lago: Harry lo podía ver, pero no podía discernir exactamente qué era.

- ¿Qué es este lugar? – preguntó, buscando con sus ojos la mirada escarlata de Voldemort. El hombre fijó por unos momentos su atención en él. Parecía buscar algo.

- Años atrás era el lugar donde guardaba uno de mis horrocruxes – respondió, al cabo de unos minutos.

Harry dirigió su rostro hacia donde sabía que estaba la puerta maldita.

- ¿Qué es lo que hace realmente esa… cosa, esa puerta? Si tenías uno de tus horrocruxes aquí, seguramente esa debería ser una de las protecciones. Pero por más que fue doloroso pasar a través de ella… no me hizo nada.

- Tienes parte de mi alma en ti. Reconoce a su amo. Ahora, el dolor que sentiste… ¿qué crees que debe sentir alguien al recibir el beso del Dementor?

Harry lo miró, consternado y profundamente perturbado.

- No hace falta que me de vuelta para saber qué expresión tienes en tu rostro – dijo el mago oscuro-. Pero dime, si quisieras evitar que alguien robase parte de tu alma, ¿qué harías?

- No haría un horrocrux en primer lugar.

- ¿Y si tuvieras una ambición, un sueño que quieres cumplir pero que sabes que te llevará más de una vida?

Harry desvió la mirada.

- ¿Por qué te crees que escribo? – susurró. En el silencio sepulcral que dominaba la cueva, sin embargo, fue más que claro para los oídos de Voldemort-. También me gustaría vivir para siempre. No quizás de la misma forma que tú, físicamente… pero quiero que me recuerden. Quiero que al leer mis cuentos la gente se inspire, y cambie al mundo. Que lo hagan por mí.

- Eso es cobardía, -respondió la voz cortante del hombre-. Un sueño infantil. ¿Qué valor tiene ejercer poder sobre alguien si se está muerto?

- Para mí es cobardía querer escaparle a la muerte –respondió Harry. A lo lejos podía ver que se asomaba un islote.

- Hay una sutil diferencia en escapar y conquistar - la mirada escarlata estaba fija en su rostro, y resultaba tan intensa que Harry estaba seguro que iba a quemarle-. El cobarde escapa de sus miedos, el conquistador los domina.

El joven mago lo miró por un instante, y sintió que no era necesario mucho más que eso. En el aire flotaba su desafío, ¿y cuál eres tú, entonces?

El bote se detuvo, y ambos se bajaron. El islote no era más que un pedazo de tierras areniscas de colores pálidos, apenas más grande que su habitación en aquél edificio donde se habían exiliado. El silencio de ultratumba que se cernía sobre ellos cuando la conversación llegaba a su fin le daba escalofríos, porque entre aquello, la humedad persistente y la oscuridad que dominaba todos los espacios se sentía como si estuviera en una cripta. Una idea horrible se asomó en su cerebro, pero su lado más racional pronto la acalló. No moriría allí.

- No le doy mucho uso a este lugar – dijo Voldemort de repente, caminando a lo largo del parche de tierra con una suntuosidad que Harry envidiaba; sin embargo, él era el amo de aquella caverna-. Pensé que sería más entretenido hacer el duelo aquí… teniendo en cuenta que está repleto de las trampas que puse hace años.

Sus labios se curvaron en una sonrisa extraña, que a Harry le recordaba a Tom, y su amor por los desafíos. Supuso que incluso los años no pudieron con aquella emoción que sentía el hombre por todo lo que se presentaba como un reto. Y aunque tenía un poder y una experiencia que no podían ni empezar a compararse con lo que sabía Harry, encontraba todo aquello como una competencia más. Se sintió extrañamente halagado.

Los reflejos que había heredado de su padre actuaron antes de que pudiera procesar el ataque. Supuso que la cosa empezaría de esa forma, Voldemort tratando de tomarlo desprevenido con algo medianamente peligroso para burlarse de él, llegado el caso de que no pudiera defenderse. Pero, con un estruendo, el hechizo del mago oscuro se perdió en una lluvia de chispas. Sin perder tiempo, Harry contra atacó.

Lo que siguió fue confuso para todos los involucrados. Harry aprendió, a fuerza de algunos rasguños, que no debía confiar en sus sentidos. No había forma que permaneciera del mismo color, en el mismo lugar, por mucho tiempo; una cacofonía estridente ahogaba cualquier intento de darle un sentido a los hechizos que iban y venían. Había encontrado, sin embargo, que sus habilidades podían decirle más de lo que percibe por sus cinco sentidos, y entre toda la confusión logró encontrar una narrativa coherente a través de pequeñas corazonadas.

Un hechizo por la izquierda, una maldición por la derecha. Algo que olía al infierno, una serpiente hecha de brasas que reptaba amenazante a su alrededor. Vio el fantasma de una sonrisa en el rostro de Voldemort, pequeñas perlas blancas que asomaban entre la oscuridad. Apenas sentía la vaga sensación de algo frío y húmedo en su piel. En algún momento tomó conciencia que estaba sangrando, que su túnica estaba hecha trizas, la piel de sus brazos chamuscada y cortada, la frente transpirada, los labios secos abiertos en una salvaje sonrisa.

No tenía idea de lo que estaba pasando. Sabía que estaba danzando, y que el ritmo lo marcaban aquellos presentimientos, pequeños susurros que provenían de la magia de Voldemort que le decía sin tapujos lo que estaba por hacer. No sabía dónde estaba parado, no podía ver la cueva oscura, ni la puerta maldita, ni escuchar el silencio sepulcral ser invadido por el estruendo de sus hechizos.

Repentinamente, algo blanco y frío invadió su visión, y sintió que tiraban de él. Por un momento no hubo más confusión; no hubo más hechizos en el aire, ni la opresiva aura de Voldemort que buscaba insistentemente la suya. Se dio cuenta que estaba jadeando, su mejilla apoyada contra el pecho de alguien. Su varita ya no estaba entre sus dedos. Lentamente volvió la vista hacia atrás, y no vio más que las negras profundidades del lago. Había estado a punto de caer en él.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano se cerró alrededor de su cuello, y lo sostuvo a un brazo de distancia. Harry se sorprendió al notar que ya no tenía fuerzas para luchar. Fijó sus ojos en el rostro del mago oscuro, esperando encontrar una expresión de triunfo en él, pero este lo miraba con una intensidad que no llegaba a comprender del todo.

- Deberías estar muerto – dijo.

Harry bajó la mirada, tomando nota del lamentable estado en el que estaba. Volvió a alzar la cabeza, una ceja levantada y confusión escrita planamente en su cara.

- Estoy casi muerto.

La mano abandonó su cuello, pero el mago oscuro se acercó un paso hacia él. Tenía una expresión de fastidio.

- No seas idiota… ¿acaso no reconociste los hechizos que usé?

Fue el turno de Harry de enojarse.

- ¡Qué los voy a reconocer! ¡Estaba ciego y sordo, hombre!

- Sin embargo parecías saber cómo esquivar mis ataques.

- Eh, sí, tenía presentimientos, ya sabes, por la magia y todo eso – Harry se llevó una mano a la cabeza, e intentó ponerle algo de orden a su alborotado cabello-. ¿Era necesario ser tan sanguinario, de todas formas? - Mientras lo decía, se dio cuenta que sabía la respuesta-. ¿Fue frustrante, verdad?

- ¿Verte dar vueltas alrededor del lugar como un imbécil? Extremadamente irrisorio – la expresión en su rostro, sin embargo, se contradecía con aquella afectada aridez. Harry nunca hubiera creído que lo vería tan… vivo. Su cabello lucía completamente desordenado, y su túnica también había sufrido los embates del mago más joven. Su rostro, aunque desprovisto de las marcas y heridas que ostentaba el de Harry, estaba cubierto con una fina capa de sudor. Pero lo que más le fascinaba era la expresión en aquellos brillantes ojos carmesí. Le recordaba vagamente la primera vez que su hermana había volado. Al bajar, había corrido hacia él, sonrisa brillante mostrando todos los dientes y ojos que contaban de experiencias maravillosas – la felicidad que proviene del cansancio nacido de una actividad extenuante en la que concentras todas tus energías y el saberse novato frente a un mundo nuevo de desafíos. En esos ojos encontraba dureza y frialdad, pero había en ellos una chispa de algo; y en aquél momento se sorprendió de encontrarlo realmente humano.

Aquella fascinación se vio reflejada en su cara, en su cuerpo. Tenía la necesidad de sentir su piel bajo los dígitos de sus dedos, la necesidad de levantar su varita una vez más y tirarlo del otro lado del islote, seguir con el duelo. Tenía la necesidad de prolongar aquella visión, de quemarse a sí mismo por completo hasta volver a ser cenizas. Y de repente el fresco recuerdo de la danza que lo llevó de un lado a otro, aquella concentración exquisita en el susurro de su magia, el buscar y concentrar y dejar suelto su poder una y otra y otra vez…

Voldemort supo lo que estaba por venir porque los ojos esmeraldas de su oponente brillaron con una excitación que reflejaba sus propios sentimientos. Sin varita, Harry utilizó lo que pudo; y un brazo salió en búsqueda del aura oscura que envolvía a los dos magos. Estando apenas a unos pasos del hechicero, pronto encontró lo que buscaba; y la mano se posó, inocente, sobre su corazón.

Unos dedos largos y finos se cerraron alrededor de su muñeca, y Harry alzó los ojos. Sintió que la presión a su alrededor aumentaba, pero no le importó. Sin quitar la mirada del rostro de su enemigo, buscó aquello que va más allá de lo material… y cerró el puño a su alrededor. La magia, viscosa y gélida como agua de glaciar, se escurría entre sus dedos, pero no escapaba. Subía por su brazo, y se trenzaba y mezclaba con la suya propia, y aunque había querido simplemente agredirlo para comenzar una nueva pelea, había encontrado en su lugar una sensación exquisita.

Supo que no estaba solo cuando un par de labios descendieron sobre los suyos. Su cuerpo explotó y se disolvió a la vez, perdiéndose en la nada. Como si su espíritu hubiera abandonado su cuerpo, sintió a lo lejos que caía con un golpe seco al suelo, el cuerpo masivo del otro hombre echado sobre el suyo. Un pecho duro lo aplastaba contra la arenilla húmeda, queriendo fundirse contra él. Ya no estaba usando sus habilidades, pero no importaba. Ambos estaban viendo lo mismo, sintiendo lo mismo. La boca se le llenaba de brea oscura, glaciar, y ya no era solo la magia de Voldemort, sino también la suya propia. Sus manos se enterraron con brutal necesidad entre los cabellos del hombre mayor, y subió, ambos subieron. Su boca buscó un cuello que marcar, lo encontró, lo abusó, y el mundo perdió el balance; de pronto sus ojos miraban el cielo oscuro de la cueva, y sintió dientes que se cerraban sobre las heridas frescas, sobre los moretones, sobre las quemaduras.

Gritó. El dolor era agudo pero no le bastaba; quería más, y mejor, y tiró con fuerza de los cabellos negros del hombre, mordiéndose los labios y abriendo nuevas heridas. Una mano se escabulló entre ambos, y buscó con insistencia aquella gloria que apretaba contra su pantalón. Cuando se dio cuenta, estaban piel contra piel; gotas de sudor que emergían de un cuerpo morían en el otro, el olor metálico de la sangre persistía como un vaho animal que daba vida a sus pasiones. Por un instante sus miradas se cruzaron, y los brazos salvajes del otro lo envolvieron; era su espalda moldeada contra la del hombre mayor, su cuerpo lastimado hirviendo de mil dolores y dos mil placeres.

Gritó. Fue seco y violento, como todo lo que hacía a Voldemort. Su mundo se redujo a la intensa agonía que provenía de su unión; sentía como si lo estuvieran partiendo en dos. Él se movía lento a veces, otras veces rápido. Los brazos lo envolvían, como si quisieran fundirlos a los dos en uno. En su boca sentía la sangre, sentía la magia de los dos que invadía todo; y cuando pensó que no podría más, el dolor se entremezcló con el éxtasis, y esta vez no fue un grito, sino dos gemidos que emergieron al unísono de sus bocas, dos notas discordantes que armaban la armonía más perfecta del universo.

Y después, la nada.