Su primer impulso, una vez recobrado el conocimiento, fue querer ahogarse en el lago. Pero encontró que no podía hacerlo, porque ya no había lago, no había caverna, no había ni siquiera un mundo real. Estaba de vuelta sentado en un sillón que en algún momento había pertenecido a un tal Tom Riddle, Sr., y que había esperado no ver nunca más en su vida.
- La mayoría de edad te sienta bien, debo admitir – murmuró una voz detrás suyo. Harry dejó caer su cabeza entre sus manos, y elevó una plegaria al cielo.
- Siempre me va a maravillar esta habilidad que tienen ustedes dos como para demostrarme que no importa cuán mal esté, siempre puedo, y voy, a estar peor.
- Me lastimas, Harry –dijo con exagerada afectación-. Y yo que hago todo este lío para sacarte un minuto de entre los brazos de Voldemort para verte.
- Podemos evitar volver a usar esa frase, ¿sí? Genial, gracias.
- Podría decirse que estamos los dos adentro tuyo ahora.
- Avada Keda…
Su primer impulso, una vez despierto, fue tirarse de la ventana. Pero encontró que no podía hacerlo, porque ya no había ventana, no había sillón… pero si había una cómoda cama, y sábanas suaves como las que había dejado en Hogwarts. El lado positivo de la situación era que ya no había más Tom Riddle, y que al parecer su cuerpo ya no parecía ser el remanente de alguna catástrofe natural. Tan solo había una sensación extraña, como un cosquilleo, que surgía de la base de su espina y se perdía en su espalda, su columna, entre sus piernas.
- Pensé que habías encerrado a Tom dentro de mi mente – le dijo a la única figura con la que compartía la habitación. Voldemort estaba sentado detrás de un imponente escritorio de ébano, del otro lado del cuarto. Miraba con interés lo que debían ser un conjunto de notas. Una multitud de papeles, cuidadosamente ordenados en pilas, cubrían la superficie del enorme mueble. Por un instante pensó que no lo había escuchado, y entretuvo la idea de simplemente irse de allí sin decir más.
- Tom, como cualquier otra parte de mí, es increíblemente testarudo cuando quiere – dijo finalmente, fijando su mirada en el moreno. Harry sintió de repente lo comprometido de aquella situación, y sus mejillas tomaron color de a poco. Tomó conciencia que, debajo de las sábanas, estaba completamente desnudo.
Su cuerpo reposaba lánguido, pesado con el remanente de aquella inconsciencia que no podría llamar sueño. Apenas había hecho más que erguirse, y permanecía en ese momento inmóvil, sumergido en un sueño propio. Su mente, por otra parte, no podía estar más lejos de aquél estado soporífero. ¿Qué demonios había pensado? ¿Qué demonios debía esperar de Voldemort, ahora? Sus manos se cerraron sobre la superficie blanca de las sábanas. En cierta forma, lo que había pasado era simplemente la conclusión lógica de esa extraña conexión que los unía… él lo había visto venir, Voldemort lo había visto venir, y si alguien más estuviese al tanto, también lo hubiera predicho.
- ¿Mi varita? – preguntó, mirando a su alrededor. Voldemort no le contestó; se levantó de su asiento, tomó algo de su escritorio y cruzó la habitación. No llevaba puesto más que una ligera túnica negra, que se movía suavemente a su alrededor formando todo tipo de arabescos cuando daba un paso. Daba la impresión de que el mago estaba flotando, que sus pies no llegaban a rozar el suelo.
La intimidad tiene el efecto secundario de generar una híper-sensibilidad respecto al cuerpo de quien alguna vez fue amante. De cerca, los ojos recorren con cierta sagacidad el recorrido del que fue dueña la boca propia, buscando algún signo que traicione su presencia pasada; las yemas de los dedos arden con el recuerdo de cada arruga en la piel, de la suavidad y la dureza de la expansión más exquisita de sus carnes; la boca pide nuevamente licencia para bendecir cada centímetro que llegue a rozar. Era un desafío el mantenerse al margen, el levantar la mirada y no perderse en los recuerdos de la pasión.
Harry no estaba preparado para eso, pero se dio cuenta sólo cuando tuvo la figura del mago oscuro frente a él. En sus manos llevaba a su vieja compañera, su varita, y la levantó para ofrecérsela. Harry bajó la mirada un momento para recuperar lo que era suyo, pero pronto se dio cuenta que había cometido un enorme error.
Una mano se cerró alrededor de la suya, la que había tomado la varita, mientras que otra lo tomó del cuello con una sorprendente familiaridad. Harry se encontró de pie, sábanas enredándose alrededor de sus tobillos; su cuerpo apretado firmemente contra el del mago oscuro.
- Por un momento - dijo, su mirada carmesí fija en el rostro del muchacho-, pude ver con tus ojos.
Harry sabía a lo que se refería.
- Sí, no me preguntes cómo… pero estaba consciente que estabas viendo lo mismo que yo.
- Podía ver cada runa que había conjurado para proteger esa cueva, los detalles en las puertas, tu magia y la mía….
Su voz denotaba una grata sorpresa. Era apenas un murmullo, pero Harry podía ver fácilmente toda el ansia en su tono, la fascinación y la envidia acompañada por el deseo. Bajó su boca hasta que estuvo apenas a unos centímetros de la del moreno. Harry se sorprendió al notar que su corazón parecía haberse vuelto loco.
- Perdiste el duelo, Harry – susurró, con cierta maldad-. ¿Vas a dejarme marcarte o vas a intentar volver a retrasar lo inevitable con algún otro jueguito?
Su estómago dio un vuelco. El juego. Harry había perdido la apuesta. La noción había estado presente en lo más profundo de su mente por un tiempo. La había ignorado mientras era posible, pero era evidente que era el momento de afrontar las consecuencias.
- Buena pregunta… - respondió, y cerró la distancia que los separaba. Era apenas un toque de labios brusco, seco, algo que recordaba pero que no evocaba los acontecimientos de la noche anterior. Voldemort respondió hasta que sintió que el cuerpo del otro se desvaneció, y sus brazos actuaron en reflejo, extendiéndose hacia un espacio que el otro ya no ocupaba. Solo en su habitación, dejó que una sonrisa se extendiera en sus labios, que nada tenía de inocente ni de feliz.
- Estas jugando con fuego, y te vas a quemar, Harry.
Había sido un impulso más que un plan; no tenía intento alguno de coherencia ni nada que se le asemejase. Harry quería salir de la situación en la que se encontraba, y el instinto actuó antes que él. Así que con su varita en mano, simplemente se apareció. No había contado con que realmente funcionaría, así que no se había puesto a pensar en la modestia que tiraba al tacho al materializarse de la nada en un callejón del Londres muggle, completamente desnudo.
- Supongo que tiene sentido – se dijo a sí mismo, mientras con elaboradas florituras se conjuraba alguna vestimenta sencilla-, si esa era realmente su habitación, que no le ponga guardas anti-aparición.
No había pensado mucho en su destino, por lo que su inconsciente se encargó de llevarlo al lugar que más familiar se le hacía en aquellos días: el callejón a un lado de la taberna donde trabajaba Sally. Pensó por un momento en pasar y saludarla, pero recordó que ella no lo recordaba como un joven de pelo azabache y ojos esmeraldas, y no tenía tiempo ni ganas de ponerse a replicar exactamente el rostro que había usado el día que la había llevado a la cama. Así que salió del callejón y se alejó del bar, en silencio, pensando en Draco, en aquél departamento en el que estaba exiliado y en la ira que Voldemort seguramente estaba experimentando al saber que Harry no cumpliría con su promesa.
Al acercarse a la estación de tren sus sentidos sintieron la presencia de magia. Provenía de una pequeña casa, encerrada entre dos altos edificios de oficinas como si fuera un sándwich; y no era más que el rastro de algunas guardas para repeler muggles y para mantener el estado del pintoresco hogar. Harry pensó que era un lindo contraste para el resto de aquella ciudad fea y gris, pero era el tipo de casas de las que podrías encontrar por docenas en alguna villa totalmente mágica, como era el caso de Hogsmeade. Al pasar sintió la sana curiosidad de averiguar quién viviría allí, curiosidad que sabía que jamás podría satisfacer. Buscó con los ojos algún nombre, algún indicio de familiaridad, pero lo único que encontró fue una copia de El Profeta que estaba tirado frente a la puerta. Con un movimiento de su varita, lo llamó para sí, y sin inmutarse, siguió en camino hacia la estación, diario bajo el brazo.
Fue un trayecto relativamente corto; su mente estaba divagando en otras partes. Cuando se pudo dar cuenta, estaba de vuelta frente al edificio que Draco y él habían ocupado. Subió las escaleras ojeando el periódico – moneda de cambio para él en aquél momento, en el que todavía seguía prófugo y no debía tener contacto con el mundo mágico.
- James Potter renuncia – leyó en voz alta-, Eyden Lalouch asume como Jefe del Departamento de Seguridad. ¿Lalouch? No sabía ni atarse los cordones el año pasado…
Considerando el fuego cruzado al cual había estado expuesto, Harry estaba consciente que no podría haber habido otra conclusión más que esa. Le impresionaba lo mucho que había logrado aguantar su padre en el puesto, teniendo en cuenta todo lo que había pasado. Los voraces buitres de la política interna habían estado acechándolo por un tiempo largo ya, y finalmente habían logrado su cometido, dándole un punto final a su carrera dentro del gobierno. Pero aquella salida del ojo público preocupaba en cierta forma al joven, pues conocía a su padre, y sabía que la razón por la que había aceptado el cargo en primer lugar era por una profunda convicción en la causa que alentaba Dumbledore. Esto no le detendría; le animaría a más. Y como ya no podría luchar contra Voldemort de la manera legal, lo haría a través de alguna vía alternativa.
La Orden del Fénix.
Harry no tenía muy en claro qué había sido de la Orden después de la muerte de Dumbledore, pero tenía la impresión que de lo que fuese que quedara de eso, su padre estaría al frente. Y Eso le preocupaba porque su padre era un hombre muy peligroso cuando estaba convencido que luchaba por una causa justa, y actuaba con una osadía que lo ponía en el ojo de la tormenta. En el departamento tenía las formas legales y la auditoría interna para amenazarle lo suficiente como para que no se excediese, pero si actuaba dentro de un grupo paramilitar como la Orden…
Dejó el diario sobre su escritorio. Draco había juntado todos los papeles que había dejado tirados y los había ordenado en una sola pila, al lado de su cama. La casa estaba en silencio, y Harry interrumpió sus pensamientos por un instante al notar que algo andaba mal…
- ¿Draco? – llamó el moreno. Era una tarde de verano como muchas otras, y Harry no se hubiese extrañado si el rubio hubiese salido para hacer quién sabe qué. Pero pensó que su amigo tendría en cuenta el duelo, y que estaría esperándole para hablar de ello.
- Ey, Draco… - dijo, entrando a la habitación de su compañero de exilio. Se sorprendió al encontrar que las cosas del rubio habían desaparecido. ¿Se habría ido?
Se acercó al escritorio, esperando encontrar alguna nota. No se vio decepcionado, pues su amigo había dejado sobre él un pedazo de pergamino escrito a las apuradas. Su elegante letra aparecía fracturada, nerviosa a veces, como quien escribe algo que no desea escribir.
Harry, lo siento muchísimo, leía. Me ha llamado, quiere que vuelva con mis padres porque las cosas se están poniendo calientes. Están haciendo una caza de brujas con los nuestros, y quiere que estemos listos para dar apoyo. La Orden ha vuelto.
En cuanto pueda te contactaré. Me ha asegurado que estás sano y salvo, pero quiero escucharlo con tus palabras. Tu amigo, Draco.
- Hijo de puta, - murmuró, sintiendo como florecía la ira en su interior. No era a Draco a quien quería maldecir; el enojo estaba puramente enfocado hacia Voldemort, quien claramente había comenzado su venganza separándole del rubio.
Mientras caminaba a las zancadas hacia su habitación, un plan se comenzó a formar en su mente. Juntaría sus cosas y abandonaría ese lugar. Si las cosas estaban tan mal, no podría quedarse allí. Estaba harto de estar incomunicado del mundo mágico; y si bien había logrado esconderse con mucho éxito entre los muggles, estaba seguro que aquél aislamiento a largo plazo le traería problemas.
Iría a Diagon Alley, y buscaría algún lugar en alguna pensión de mala muerte. Como la carta robada de Poe, se escondería en el lugar más obvio y más a la vista que pudiera ostentar. Y desde allí planearía su próximo movimiento.
- ¡Hola, Tom!
El viejo dueño del Caldero Chorreante levantó la mirada. Por un instante Harry pensó que sería capaz de ver a través del simple disfraz que estaba llevando, pero al minuto su avejentado rostro se deformó en una sonrisa cordial. Respiró aliviado.
- Hola, muchacho – respondió mientras volvía a la tarea que lo tenía ocupado. Sobre la barra, y casi como mostrándolos orgullosos de lo brillantes que estaban, había seis vasos que acababa de limpiar-. ¿En qué te puedo ayudar?
- Oh, solo necesito una cerveza de manteca y un consejo.
El hombre sonrió para sí mientras separaba un vaso y lo colocaba debajo del dispenser. La cerveza espumeante llenó alegremente el recipiente, y en unos instantes nada más ya estaba debajo de las narices del joven prófugo.
- Mira, tengo el siguiente dilema – le dijo, tras tomar un largo trago-. Estuve viviendo unos años en Alemania. Admito que tuve unos problemitas aquí y allá por unas apuestas que no tendría que haber hecho, y la cosa se puso tan complicada que tuve que escaparme de vuelta a la madre patria.
Los labios del viejo barman se torcieron en una pequeña sonrisa. Harry se preguntó cuántos de sus clientes le traerían historias similares.
- Así que aquí estoy, recién llegado, buscando un lugar donde… ya sabes, no hagan muchas preguntas y no se preocupen por un nombre.
Algo en él quería tentar a la suerte. Sabía que la situación actual proponía un hervidero de sospechas ante la vista de un joven repatriado que venía del continente, buscando pasar incógnito. Sabía que Tom, si tenía el sentido común que debía tener alguien con su edad y su profesión, sospecharía de él. Quizás pensaría que era un espía. Quizás lo entregaría a algún auror, como un buen ciudadano. Quizás le pediría a alguien que vigile que el joven repatriado no fuese un espía de Voldemort. Era difícil predecir lo que haría, pues Harry no tenía en claro cuáles eran sus verdaderas lealtades, si es que las tenía. Supuso que hasta cierto punto, le importaba todo un comino.
Harry estaba dispuesto a apostar.
- Mira, conozco varios lugares que pueden serte útiles – dijo, con la voz lo suficientemente baja como para que nadie pueda escucharlos, lo suficientemente alta como para que no pareciera que estaban escondiendo algo-. Sin embargo cada lugar atrae a cierto tipo de gente, y no sé con qué estás dispuesto a compartir una habitación.
- Ah, - respondió Harry con una sonrisa-, vengo de Alemania. Estoy acostumbrado a ellos.
Tom lo miró, cabeza ladeada hacia un lado, como quien examina un espécimen de animal que se dispone a comprar. Se dio vuelta, y de alguna de las gavetas del armario que tenía detrás sacó un pedazo de pergamino en el que rápidamente garabateó una dirección.
- Pregunta por Johansenn. Dile que vienes de mi parte.
Harry tomó el trozo de papel ofrecido con una inclinación de la cabeza.
- Muy agradecido – se encargó de dejar una propina generosa al salir.
Johansenn, Harry decidió, era el tipo de persona que parecía haber nacido para su profesión. Cuando pudo verle de cerca, y ya bajo la iluminada recepción de la pequeña pensión, se encontró con el tipo de rostro que imaginaría para uno de los clásicos sospechosos en una novela de Agatha Christie. De expresión hosca, con cejas espesas y negras como el plumaje de un cuervo, había poco en él que inspirara confianza. Tenía una nariz prominente, ganchuda, que le recordaba en cierta forma a Severus Snape. Compartía con él no solo su perfil, sino además sus ojos oscuros, pequeños y hundidos en el fondo de sus cuencas. Era, sin embargo, sólo una impresión, pues en aquella mirada no había rastro de la asombrosa inteligencia que se escondía en la del aclamado pocionista. Aquél era un hombre sencillo, hábil sólo para maniobrar entre la clientela que se disponía a servir, y nada más.
- Me envía Tom – dijo Harry por lo bajo-. Dijo que podría encontrar una habitación aquí.
- Por supuesto, señor…
- Dollarhyde – mintió rápidamente el joven, y ambos compartieron una mirada, a sabiendas de la identidad falsa que acababa de inventar-. Kurt Dollarhyde.
Johansenn asintió, y con un movimiento de su varita hizo aparecer un antiguo tomo, que cayó pesadamente sobre el mostrador con un ruido seco. El polvo que levantó irritó la garganta del más joven, quien tosió lo más disimuladamente posible. El dueño de la posada, sin embargo, apenas lo notó, absorto como estaba en abrir con cuidado las tapas de aquél gigante, y a la vista, precario volumen.
- Bien, señor Dollarhyde, - dijo, fijando su mirada en él- si Tom le envío por estos pagos será porque usted requiere cierta… valoración de su privacidad que no siempre los comerciantes en este país están dispuestos a otorgarle a sus clientes. Déjeme asegurarle que somos exactamente lo que está buscando.
El hombre carraspeó, y volvió a bajar la mirada al libro. Harry sabía, gracias a su habilidad, que aquél tomo estaba encantado para mostrarle su contenido solamente a aquél que debiera verlo. Y a su vez, sabía gracias a su sentido común, que aquél era el libro en el que guardaba registro de todos aquellos que habían pasado por su pensión.
- Sin embargo, me veo obligado a advertirle, que de la misma forma en la que estamos dispuestos a cuidar de su privacidad, recelamos de la privacidad del resto de los pensionados. Por lo que si alguna vez se lo encuentra metiendo las narices donde no debe, tendrá que enfrentar las consecuencias. ¿Capische?
Harry no estaba muy convencido de un modelo de negocios como ese, donde primero te vendían el servicio y después te amenazaban, pero suponía que tenía sentido para el target con el que estaba trabajando. Asintió, sin darle demasiada importancia, y pagó por adelantado el mes.
- Perfecto, si quiere seguirme, señor Dollarhyde, lo llevaré a su habitación.
El hombre lo llevó por un laberinto de pasillos estrechos, mal iluminados. De cerca se asomaban, tímidos, los gastados detalles de lo que alguna vez fue un papel de pared. Los años habían actuado de manera extraña, fundiendo el reviste de aquellas tristes paredes con el cemento crudo que se encontraba debajo. En algunos lugares hasta se lo había devorado por completo, y en esas expansiones desnudas, craqueladas por el tiempo, parecía como si las grietas jugaran a ser rayos oscuros, grabados en un instante eterno. El lugar, sin embargo, estaba sorprendentemente limpio, la evidencia de una lavada concienzuda que parecía ser llevada a cabo todos los días. Se preguntó si tendrían elfos domésticos.
Unos minutos en aquél confuso camino lo terminaron conduciendo a una puerta igual a las que habían dejado atrás. Con una servicial sonrisa Johansenn le mostró, de manera muy afectada, la llave de la habitación. Pronto se encontraron dentro de lo que sería su base de operaciones por aquél mes.
- El baño no es compartido. Si no tiene elementos de higiene personal, tenemos una reserva para venderle por cuatro sickles. La cocina está al final del pasillo, y al igual que el comedor, son áreas comunales. Si tiene alguna pregunta puede enviar algún mensaje por lechuza o por este buzón al mostrador en planta baja. Le recuerdo que no está de más cuidar sus pertenencias. Trate de cerrar la puerta cada vez que sale, ya que no podemos garantizar la seguridad de la habitación. Cualquier modificación que le quiera hacer al cuarto debe ser temporal y previa la aprobación de la gerencia, o sea yo. ¿Alguna pregunta?
Harry negó. El viejo dejó las llaves en la cerradura, de la parte de adentro, y se retiró. Harry no mostró signo alguno de haberse percatado de su partida, absorto estaba por la apariencia de la habitación.
Nunca había visto algo tan decadente. Aunque su gusto en términos de decoración era claramente espartano, siempre se había rodeado de ambientes bien equipados, con muebles de excelente calidad. Su familia no era exactamente pobre, por eso le resultaba tan novedoso aquél espacio pequeño, desnudo. Había tan solo una cama doble en el medio de la habitación, desprovista de sábanas, con un colchón que claramente había visto mejores días (probablemente el siglo pasado). A un lado también había un destartalado escritorio, y una silla solitaria. Los restos de una vela sobresalían en aquella mediocre planicie de madera.
Preparó sus cosas, sacó su baúl de entre sus bolsillos y lo desplegó, sacó a airear sus túnicas. Echó una vista al baño, y encontró que como el resto de la pensión, parecía haber sido encerrado en una capsula de tiempo que había dejado de hacer andar el reloj dos o tres generaciones atrás. Todo estaba revestido de un amarillo melancólico. El lugar le parecía perfecto.
Una hora después sintió la necesidad de estirar las patas. Aunque el lugar gozaba del artificioso silencio de más de un hechizo de privacidad, el saber que estaba en el medio de la urbe, en el medio de todo, lo ponía inquieto. Quería dar una vuelta por Diagon Alley, coquetear con el desastre. Transformó su apariencia y tomó las llaves de su habitación. Observó cuidadosamente como las pequeñas siluetas de metal activaban un hechizo sobre la puerta, sellándola de cualquier intruso. La paranoia de Johansenn se le había pegado un poco, y pensó por un instante que aquella llave era un falso confort, algo que usaban para que los propios empleados del hotel se metieran en las habitaciones para robarle a sus clientes.
Satisfecho por la pequeña inspección, se dio vuelta para tratar de encontrar su camino hasta la recepción. Tuvo que interrumpir brevemente su viaje tan solo llegar al rellano de la escalera de su propio piso. Al principio escuchó algo que se le hizo muy parecido al murmullo de un enjambre de avispas, pero lentamente los sonidos adoptaron algo de claridad y comprendió que era un grupo de gente que cuchicheaba en el segundo piso. Bajó con cuidado, no queriendo advertir a los conspiradores de su presencia.
- Déjalo para después – murmuró intensamente una voz femenina-, no va a querer que le contactes ahora.
- Pero si no le digo…
- Si, si – la voz adoptó un tono irritado-, pero sabes lo que nos dijo. ¡Tenemos que esperar a que venga a nosotros! Además sabes lo ocupado que está.
- Pero el Señor de las Tini…
- ¡Shhh! ¡Idiota! ¡No aquí! – el silencio que siguió evidenció el error que había cometido el joven compañero de aquella iracunda bruja. Harry presentía que en ese momento estaría mirando a un lado y a otro, buscando la presencia de algún fisgón como él. Sintió por un momento que sería muy gracioso revelarse, pero la parte más coherente de su cerebro pudo impedírselo a tiempo. Escuchó a lo lejos las palabras de la mujer, en un tono más calmado, y supo que se habían alejado.
Por un momento saboreó la pequeña ironía de compartir vivienda con quienes parecían ser reclutas de bajo rango de las filas de Voldemort. ¿Estarían marcados? ¿Habrían visto con sus propios ojos alguna vez al hombre? El instinto del joven le decía que no, y su mente se sacudía con la diversión de aquél mundo donde los humanos van a la guerra sin conocer el rostro de por quién están peleando.
Había elegido esa pensión no solo por la obvia necesidad de esconderse de la sociedad respetable que lo había declarado prófugo, sino también por la posibilidad de encontrar algún personaje interesante que le diera inteligencia interna sobre el movimiento de Voldemort. Sus motivaciones, él sentía a veces, estaban dotadas de una engañosa simpleza. El meollo de la cuestión residía en el juego que Voldemort y él estaban jugando, y hasta cuándo el mago oscuro toleraría aquél descarado coqueteo de su parte. Harry había entregado y había tomado en partes iguales, y sabía que eso, a Voldemort, le molestaba enormemente. El hombre concebía su relación como algo en lo que él, Harry, ofrecería todo lo que tuviera para ofrecer, simplemente por el hecho de que Voldemort "se lo merecía". Harry, por su parte, no podía negar el encanto que le provocaba aquella danza con la muerte.
Aquél tira y afloje estaba llegando a su fin, Harry lo presentía. Algo en el aire le decía que Voldemort estaba por jugar su mano final, y que probablemente, y para honrar su narcisismo psicópata, intentaría tomar todas las piezas a la vez en una jugada magistral. Eso significaba que estaba planeando algo grande contra la Orden, y que Harry tendría algo que ver. Era pura intuición, imaginación de escritor que le había sobrado de su vida estudiantil. Puras patrañas, quizás. Pero su madre le había enseñado que era mejor prevenir que lamentar, y sentía que cualquier cosa que hiciese, no sería en vano.
El jaque mate. Harry sabía que, con su padre a la cabeza de la Orden, había más de un Potter en la mira del mago oscuro. Por un momento pensó en tirar todas las precauciones al viento para encontrarse de vuelta con sus padres, pero estaba consciente de que eso vulneraría su posición. Voldemort estaría al tanto, y encontraría la forma de volverlo en su contra. No, la única opción viable era la de seguirlos desde lejos. Y parado como estaba entre lo más oscuro de la sociedad mágica inglesa, la forma más fácil era la de utilizar a los mismos espías de Voldemort para seguir los movimientos de la Orden.
Y así llegamos a la razón por la que había terminado en una pensión en el rincón más oscuro de Knockturn Alley: porque allí era donde encontraría a la crème de la crème de la inteligencia de los Mortífagos. Y probablemente de la Orden, también.
Tuvo cuidado de seleccionar las tabernas más cuestionables, donde las miradas ganaban odio a medida que la noche avanzaba, y las sonrisas pequeñas y traicioneras se armaban paso rápidamente a través de los rostros de los clientes. Harry aprendió con rapidez que todos vendían o compraban algo, y normalmente su apariencia era la que aportaba las pistas necesarias para adivinar cuál era la misión de aquél mago o bruja en un lugar de mala muerte como ese. Sus ojos le dieron más información de lo que podría haber deseado; y pronto encontró que a diferencia de Diagon Alley, los camuflados como él parecían ser una amplia mayoría. Obvio, pensó; y al mismo tiempo se permitió sentir algo de alivio. El disfraz era una excelente forma de saber quién tenía algo para perder, ya que aquél que ya no tiene nada y se ha entregado a las idas y venidas de aquél inframundo no necesitaba esconderse. A su vez, tampoco tenía nada que temer, y era por eso que Harry sabía de quienes debía cuidarse.
Se permitió el tiempo para explorar, para aprender la mejor forma de integrarse en aquél lugar que se le hacía vagamente familiar por las historias que podía leer de mundos similares. Él sabía que corría con cierta desventaja, porque al final del día no era más que un estúpido heredero que había sido criado en una cuna de plata al lado de los tipos que se sentaban a su lado en la barra. Su boca delató este hecho más de una vez, y tuvo que recurrir a una apresurada retirada más de una vez, cuando las cosas se pusieron más intensas de lo que esperaba. Estaba buscando algo, y le costó adquirir la finesa con la que debía encontrarlo.
Finalmente, sin embargo, su insistencia rindió los frutos que su pobre habilidad no podía hacer florecer. Una noche, bendita noche, estaba disfrutando de lo que ya se había convertido en un clásico, un Firewhiskey de mala calidad que había sido sacado de la cuba antes de tiempo, cuando escuchó una voz familiar en la mesa detrás de él.
- Deberías seguirlo, apretarlo un poco… parece ser bastante fácil.
- Merlín, ¿no se cansan de estar siempre conspirando? – murmuró Harry bajo su aliento, y se levantó, vaso en mano. La bruja que había callado a su secuaz por murmurar el nombre del Innombrable estaba reunida con otros dos hombres. Harry tuvo un momento para contemplarlos, antes de hacerse notar. Debía primero saber si los tipos le traerían algún problema; no le convenía irse a las manos ni hacerse mala reputación con gente que vivía en el mismo lugar que él. Los regulares lo harían trizas. Por suerte, los dos parecían ser del tipo inofensivo, de aquellos que quieren aparentar ser más peligrosos de lo que son. Mientras no hirieras su vanidad no tendrías problema alguno con ellos.
Se armó con una pequeña sonrisa, de aquella que llevan en la cara todos los habitantes de Knockturn Alley, y arrimó su silla al único costado libre de la mesa. La bruja había estado por decir algo, pero el gesto del joven hizo que cerrara la boca rápidamente. Harry levantó el vaso, y tomó un trago, saludando una por una las miradas desconfiadas.
- Disculpen la interrupción caballeros, - dijo, con una voz que proyectaba más seguridad de la que sentía-. Odio tener que disfrutar en soledad de una noche como esta. Y como parecemos tener intereses en común, supuse que podríamos charlar un poco para pasar el rato.
Giró su cara hacia la que parecía ser la líder del grupo.
- Espero no molestar.
Sin esperar respuesta, hizo una seña al barman para pedir una ronda de tragos a su nombre. En aquél mundo el primer gesto de buena voluntad que podías hacer a algún posible aliado era ofrecerle algo de alcohol. El efecto era instantáneo, casi milagroso. Las miradas desconfiadas se relajaron un poco más, y las manos aflojaron su agarre en las varitas, bajo la mesa.
- Siempre es bueno hacer nuevos amigos – dijo la bruja con una fea sonrisa. Harry pensó que tenía aires de haber sido increíblemente bonita alguna vez. No había nada en la respetable fealdad de su rostro que podría dar pie a semejante conclusión; era simplemente la impresión provocada por la manera en la que hablaba, en la que sus ojos brillaban. Eran los de una mujer que se había acostumbrado a dominar mediante el encanto superficial de su rostro, que nunca había tomado conciencia del deplorable estado de su apariencia.
- Mi nombre es Mireille, querido. Ellos son Raoul, mi hermano, y Félix, mi cuñado.
- Un gusto – Harry esbozó una sonrisa, mostrando los dientes por un instante. El barman apareció con los tragos pedidos-. Mi nombre es Kurt.
- Ah, bien… Entonces Kurt, ¿qué era eso que decías de intereses en común?
Harry, de manera marcadamente afectada, echó una mirada alrededor de la habitación. Se acercó a la mesa, fingiendo la exagerada necesidad de privacidad que dejan ver los novicios.
- Vengo de Alemania, siguiendo su camino. Quiero ayudarle.
El hermano, Raoul, alzó una ceja. Parecía querer decirle "¿con eso quieres impresionarnos?".
- Me gustaría saber a quién te refieres.
Era una obvia provocación. Se hacían los tontos porque no confiaban en él. Los Mortífagos y aledaños tenían el corazón en la boca esos días porque sabían que el gobierno y la Orden los estaban cazando, y si no eras un pez grande los tuyos no iban a salir a cubrirte. Harry persistió. Alzó una ceja.
- El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, claramente.
Felix dejó escapar un silbido. Parecía sorprendido de que Harry hubiera tenido las agallas para ser tan directo.
- ¿Y qué te hace pensar que tenemos algo que ver con él? – preguntó Mireille.
- Estoy en la misma pensión que ustedes, y hace una semana, te escuché hablar de él con un chico…
La mujer apretó los dientes, un instante en el que la ira apareció y desapareció en sus ojos, y Harry supo que había ganado. Fue algo inconsciente, que duró apenas un segundo, pero se hizo notar. La reacción la había dejado en evidencia.
- Ese pendejo… - murmuró Felix, mirando a Raoul-. Tendríamos que haberlo dejado en Albania.
- ¡No me mires a mí! Sabes lo que pienso de él. Si no fuera porque se la pasa chupeteándole entre las piernas a esta…
- ¡Basta! – dijo Mireille, y ambos hombres cerraron la boca, aunque le dirigieron miradas poco amables-. Esa no es la cuestión ahora. Ya veremos qué hacemos con el muchacho. Ahora tú… dices que quieres ponerte en contacto con él. Digamos que nosotros te ayudamos. ¿Qué obtenemos a cambio?
Harry fingió juvenil sorpresa.
- ¿Pero… la causa? ¿Acaso no quieren que…?
- Mira muchacho, como tú hay miles – dijo la mujer, sus ojos mirándolo con una expresión impaciente. Harry reconoció el juego al instante, y respiró aliviado, habían comprado completamente su personaje-. Todos quieren ser parte de esto, piensan que es una moda, a veces tienen la cabeza llena de estupideces idealistas. Pero esto es más que cualquier cosa que hayan visto en sus vidas… y muchos sinceramente no están preparados para sacrificar lo que es necesario. Piensan que esto es un juego. Pues mira, nosotros sabemos qué es lo que se necesita para estar realmente adentro, y es nuestro trabajo separar a los que realmente valen algo de los que deberían estar vendiendo helados en Florean Fortescue.
Harry sabía que nada de eso era cierto. Nadie que no fuera Voldemort iniciaba a un Mortífago y él sinceramente dudaba que esta mujer y sus dos compañeros cobardes estuvieran en condiciones de hacer recomendaciones a alguien lo suficientemente influyente dentro del círculo interno de Voldemort. Era evidente que pensaban que él no era más que un pendejo recién salido de la escuela que pensaba que podía cambiar el mundo. Que podía jugar con fuego, y salir victorioso. Quizás no estuvieran tan equivocados, pero Harry dejaría al tiempo decidir esas cosas. Por ahora tenía que hacerles creer que se estaba comiendo aquella estafa en progreso.
- ¿Y qué es lo que se necesita?
- Pelotas, chico – respondió-. ¿Tienes cojones?
- Las chicas no se han quejado.
El chiste no hizo más que irritarlos.
- ¡Olvídalo! – bramó Raoul, levantándose. Harry quería estallarse por dentro. Era puro teatro, y del malo-. ¡Es un inútil, como el resto! Estamos perdiendo el tiempo aquí.
- ¡Esperen! – Usó su voz más desesperada-. ¡Denme una oportunidad! ¡Juro que no los defraudaré!
Mireille le hizo un gesto a su hermano, quien volvió a sentarse. Felix sacó un cigarro, y lo prendió, mientras lo examinaba. Harry lo miró directo en los ojos.
- Dejemos que el chico demuestre de qué está hecho. Pero no aquí. Hay tiempo.
Harry sonrió.
- Uno de estos días nos encontraremos en la pensión. Asegúrate de tomar un buen desayuno. Necesitarás la fuerza.
El joven asintió con una emoción que no era enteramente fingida. El grupito se levantó y se fue, sin decir más.
Harry volvió a verlos dos días más tarde. Esta vez Raoul había sido reemplazado por un mago que él asumía era el chico con el cual había encontrado a Mireille aquella vez. A Harry le dio un poco de risa la manera en la que Félix parecía mantenerlo cerca suyo, como si fuese a escaparse. Juntos daban la impresión de un viejo bulldog arrastrando un pequeño gatito.
- Buenos días – dijo, luego de tomarse su tiempo para tragar el pedazo de tostada que había estado masticando. La cocina, un lunes a las seis de la mañana, estaba desierta. Acompañado por el solitario tik-tok del desvencijado reloj de pie que tenía enfrente, había disfrutado del silencio con algunos huevos revueltos con tostadas y café.
- Buenos días – saludó, alegre, Mireille. Desde el rabillo del ojo Harry notó que Felix le hacía señas al chico para que vigilase la puerta. El joven salió sin decir nada, cerrando la puerta tras de sí. No le quedaba duda que estaba del otro lado, atento por si algún madrugador interrumpía la escena.
- ¿Todavía quieres hacer esto?
Harry alzó una ceja. ¿Realmente pensaban hablar de eso sin asegurarse de su privacidad? Eran amateurs, estaba escrito en cada línea de su rostro. Estafadores de poca monta que de pronto pensaban haber encontrado un pez grande. Habían ojeado sus túnicas, los detalles que no ostentaban pero que hablaban de dinero. Habían visto su manera afectada, la de un chico bien. Empezó a dudar que fueran de algún valor, y que realmente tuvieran alguna conexión con la red de inteligencia de Voldemort, como había pensado en un principio.
- Claro, hombre. Por eso estoy aquí. ¿Qué debo hacer?
- Bien – dijo la mujer, acercándose a él en lo que Harry hubiera arriesgado a decir era una manera seductiva. Claramente no tenía idea de lo poco efectivo que era-, es un largo proceso. Requiere tiempo, y ya sabes lo que dicen, el tiempo es dinero.
- ¿Qué es esto, un puto club? ¿Si pago la matrícula me dejan entrar? – lo había visto venir desde el momento en el que les había ordenado un trago en el bar, pero tenía que fingir que no.
- Oye niño, - el tono de Felix se volvió marcadamente más forzoso. Quería intimidarlo-, ¿qué demonios crees que es esto? Estamos en el medio de una puta guerra, y la diferencia entre el ganador y el perdedor es cuánto dinero le metiste en el culo a la gente adecuada. ¿Qué crees que hacemos, eh? ¿Sacamos las varitas y nos batimos a duelo? No, pendejo, va más allá. Hay que mover gente, mover armamento, preparar pociones, guardas. ¿Quieres ayudar? Pues por ahora no eres más que un nene de papá que acaba de venir buscando alguna aventura con la que satisfacer tu ego. Acepta eso y luego vuélvete hombre. Prepárate para hacer cualquier sacrificio necesario por la causa.
Su monólogo no le había movido un pelo. Su rostro seguía portando la misma expresión de frustrada incredulidad.
- Hablan estupideces – dijo -, no son más que estafadores. ¿Se creen que nací ayer? ¿Qué me voy a tragar cualquier cosa que digan?
- Tú eres el que se nos acercó, chico – Mireille había abandonado el acto seductor-. Nos importa un carajo si nos crees o no.
La mujer se levantó, y le echó una mirada desdeñosa.
- Vamos, Félix, Raoul tenía razón. Es una pérdida de tiempo.
Dejó que dieran un paso antes de pedirles que se detuvieran. Bajó la mirada.
- Hagamos lo siguiente: si pueden ponerme en contacto con alguien de adentro, alguien que sepa que pueda corroborar que son sus agentes, les daré lo que pidan.
- ¿Y tú qué sabes quién está dentro? – los ojos de Mireille lo miraban, entrecerrados. Harry supo que había ido un poco lejos, pero al instante se le ocurrió la forma de resarcirse. Trató de imitar a Draco lo mejor que pudo, y se irguió de repente, con un orgullo pomposo directamente extraído de los Malfoy.
- Mi padre – respondió- ha hecho negocios con Lord Augustus Rookwood, y con Lord Alecto Carrow. Él se encargaba de lavar el dinero que iba para el mismísimo Innombrable en Alemania.
Hombre y cuñada se miraron entre ellos.
- Dime entonces, niño… - murmuró peligrosamente Félix-, si tu padre era tan importante, ¿qué demonios haces aquí en esta pocilga, pidiéndonos a nosotros que te llevemos con él?
Desvió la mirada. No dijo nada al principio.
- Mi padre se casó con una viuda negra. En cuanto pudo, lo liquidó, y movió a sus contactos para sacarme del país así ella podía quedarse con su dinero. Aquí tengo el dinero de mi madre… pero no los contactos de mi padre. Y ahora que la mayoría están siendo buscados por el gobierno…
Volvió a fijar sus ojos sobre las expresiones de los otros dos. Mireille parecía haber comprado su historia. Félix lucía algo dubitativo aún. Finalmente, habló:
- Te pediremos un adelanto. Para saber que tus intenciones son serias. Veinte galeones.
Mireille asintió.
- Te podemos poner en contacto con Rookwood. Cuando lo pueda arreglar, te llevaré con él. Y me darás el resto de la donación.
Harry supuso que era un buen trato, y de un bolso en uno de sus bolsillos sacó las veinte monedas de oro. Félix quiso cerrar el trato con un apretón de manos, como si fuera lo suficientemente honorable como para entender de esas cosas, y tras prometerle que estarían en contacto, ambos se fueron.
Sabía que había sido una apuesta estúpida.
Sintió una mano cerrarse alrededor de la suya, y actuó inconscientemente, de puro reflejo. Se detuvo al reconocer el rostro de expresión sardónica y los ojos rojos. Sentía ganas de pegarle de todas formas.
- Es algo raro pasar de la inconsciencia a esto – dijo, observando que aquella vez, Tom lo había llevado de vuelta a su habitación. Por un momento sintió una puntada de dolor en el pecho, pura nostalgia destilando por sus venas.
La luz se filtraba por las cortinas, llenando el ambiente de una dulce suavidad. Sentía que habían sido añares desde la última vez que había visto su cama, sus libros, los papeles tirados en las esquinas. Su vieja máquina de escribir, la que le había regalado su abuelo materno en su séptimo cumpleaños. Se paró, ignorando completamente al hombre junto a él, y respiró los recuerdos de las tardes de su infancia, en las que mezclaba las deliciosas horas de lectura con los ajetreados juegos que inventaba inspirado por todas esas historias.
- Esto… ¿ves todo esto? – dijo, dándose vuelta para enfrentar al pequeño Voldemort que tenía detrás-. La tranquilidad, la simpleza… me lo quitaste. He pasado los últimos años escapándome de ti, cagado en las patas, temiendo por mi vida y por la de mi familia, ocultándome de todos…
Dio un paso hacia adelante.
- Me la he pasado obsesionado contigo, pensando en cada pequeño detalle de todo lo que dices, maravillándome de lo endemoniadamente ingenioso que eres. Mierda, hasta me masturbé pensando en ti, o en Voldemort, qué se yo…
Los ojos de Tom se llenaron de una satisfacción que Harry había visto raramente en él.
- ¿Lamentas algo de todo esto? – Preguntó-. ¿Hubieras preferido no haber entrado en aquella librería en Diagon Alley? ¿Haberle entregado el diario a Dumbledore o a tus padres en cuanto supiste lo que era realmente?
Harry desvió la mirada. En el fondo sabía cuál era su respuesta, pero le daba miedo decirlo en voz alta. No quería enfrentar todo lo que aquello implicaba.
- Puta, si pudiera decir que si… -suspiró.
Tom contempló la expresión en su rostro por unos instantes sin decir nada. De pronto, una pequeña sonrisa floreció en su rostro. Harry sabía que sentía ganas de reír.
- No, no lo lamentas. No lo lamentas porque puedes ver lo que he, lo que hemos hecho contigo. Sabes que no eras más que un pequeño niño perdido en tus fantasías, alardeando una madurez que no era más que un intelectualismo adolescente extremadamente pomposo. Y ahora…
Tom le tomó de la mano y lo arrastró hasta el espejo de pie que su madre había colocado junto al pie de su cama cuando había cumplido los diez años.
- Ahora veo algo distinto, alguien con poder. Y sé que lo puedes ver también, y que lo que te hemos hecho no te desagrada.
Harry sintió el impulso de contestarle, de negar todo lo que estaba diciendo. Pero sus ojos se perdieron en su reflejo, y sintió cómo las palabras morían de a poco en su garganta. Frente a él, encerrados en aquél espejo, había dos personas que le parecían irreconocibles. Todos los días se enfrentaba a su rostro cuando se levantaba por las mañanas, pero nunca se había detenido a observarse. ¿Cómo no se había percatado que la distancia que los separaba se había achicado tanto?
Aunque seguía siendo mucho más alto que él, ya no era el grandulón de último año que había sido alguna vez. Lo que Harry no podía ganarle en altura lo compensaba con una espalda ancha, una figura ágil. Menudencias, todas. Físicamente, tenían la misma edad, pero aquello eran solo detalles. Lo que realmente marcaba la diferencia era el porte del que había sido un chiquillo que se había puesto pantalones demasiado grandes para él, y la del joven de ojos esmeraldas que le devolvía la mirada. Había dolor, había frustración y cinismo escondidos en las profundidades de esa mirada; había una fuerza que escorchaba todo cuanto tenía a su alcance.
Cruzó miradas con Tom, y supo que ambos estaban viendo lo mismo, de la misma forma. No estaba seguro hasta qué punto lo había planeado, y hasta qué punto había sido algo improvisado. Cuánto del camino que había recorrido hasta allí había sido con sus propios pies, y cuánto había sido gracias a la mano guía del hombre que tenía a su lado. Había algo de terrible en aquél inspirado vislumbre.
- Todo gran emperador necesita de un general leal, de una mano derecha – su voz bajó hasta ser apenas un murmullo-. De la herramienta perfecta que responde cuando se la llama, que tiene la inteligencia y la sutileza como para saber actuar por su cuenta.
Los ojos esmeraldas se entrecerraron.
- Dime, en este momento, ¿qué pretendes? ¿Qué puedes ser algo más allá de mí? Te hice y te podría deshacer, Harry.
- Quizás… - dijo el muchacho, con una pequeña sonrisa-. Pero estás muy equivocado si piensas que yo no te he cambiado.
Sabía que eso enfadaría al otro mago, pero no era intencional. Sabía que era la verdad. Tom se dio vuelta bruscamente, y se alejó de él. Harry siguió mirándolo a través del espejo.
No sabía que se había sumido nuevamente en la dulce inconsciencia hasta que los rayos del sol lo despertaron por la mañana. Se sentía dotado de una extraña energía. Su mente parecía estar lleno de los ecos de las palabras que habían intercambiado la noche anterior, pero sin concentrarse en nada. Era un extraño vacío, repleto de sonidos.
Las preparaciones para el día las hizo mecánicamente, como si estuviera en trance. Se preparó un baño, se relajó en el agua caliente. La expresión de Tom en el espejo le daba vueltas alrededor de la cabeza. Pensó en sus padres. Pensó en Sirius y en Sophie, que debían de intuir lo que pasaba. Pensó en Hermione, segura y cómoda en Francia, y en Neville, del cual no había vuelto a oír. Pensó en Ginny Weasley, en la inocencia pícara de sus ojos y cómo había pensado que no era suficiente.
Alguien golpeó la puerta. Harry esperó a que repitiera el llamado antes de levantarse. Tomó la toalla más cercana que tenía y con ella se cubrió la cintura, a modo de falda. Un hechizo secó rápidamente su cuerpo. Otro hechizo cambió su apariencia a la que estaban acostumbrados los habitantes de Knockturn Alley.
- ¿Quién es? – preguntó. Su oreja estaba contra la puerta, y su varita estaba fuertemente sujeta en sus manos. Varios hechizos vinieron a su mente, en caso de que fuera alguien indeseado.
- Vengo de parte de Mireille – susurró una voz. Era aquel chico que acompañaba el trío de informantes. Harry abrió la puerta, y le hizo señas para que pasara.
El joven no era mucho mayor que él, aunque la fragilidad en sus ojos le daba un aspecto aún más púber. El moreno se preguntó cómo demonios alguien podría haber pensado que ese chico podía hacer un buen informante. Su cabello era del mismo tinte plateado que el de Draco, natural, y su piel tenía el color del café. Sus facciones eran delicadas, algo femeninas, aunque a Harry le daba la impresión de que podían transformarse en algo realmente feo si el chico se enojaba. Su aura era quizás lo más extraño de él. Jamás había visto nada como eso; pequeños remolinos verde lima que iban tornándose azules mientras giraban alrededor de sus manos y de su cabeza. Conjuraba en su mente la imagen de frutas tropicales secándose al fuego. Sin duda, tanto con o sin sus habilidades, aquél chico no podía pasar desapercibido.
- ¿Quieres algo para tomar, o comer? – le ofreció Harry luego de cerrar la puerta tras él. Era cortesía, de aquella que había sido cultivada minuciosamente por su abuela, y era también compasión. Algo en aquél muchacho le inspiraba un deseo por protegerlo. Lo que había visto de los otros tres era suficiente como para saber que no era más que un esclavo para ellos.
Sus palabras parecieron sorprenderlo, y se apresuró a negar. Parecía un minino asustado.
- Sólo venía a decirte que hoy por la tarde te pasaba a buscar para llevarte con Lord Rookwood.
Harry asintió, y se sentó en la única silla que había en la magra habitación. Hubo un silencio largo, en el que sus ojos no se desviaron de la figura del muchacho.
- ¿Cuál es tu nombre? – preguntó finalmente. Aquello provocó pánico en los ojos del otro, y aquello se vio reflejado en su magia, claro como el día. Los remolinos cambiaban agitadamente de tamaño, yendo y viniendo con una insistencia que le provocaba algo de mareo.
- Derya. Özgür-oğlu Derya – dijo, en una voz muy pequeña.
Harry volvió a sumirse en silencio.
- Derya, puedo ofrecerte refugio de Mireille y los otros dos – se levantó y caminó hacia la puerta-. Piénsalo.
El muchacho abrió los ojos de par en par, y asintió, antes de escabullirse por la puerta. Unas horas más tarde, Harry lo recibía vestido de pies a cabeza en unas elegantes túnicas negras. Su piel blanca ofrecía un contraste un tanto macabro con la profunda oscuridad de sus ropas. Aunque había transformado sus ojos para que no brillaran con ese verde esmeralda tan obvio, el lodoso marrón no le quitaba intensidad a su mirada. Estaba consciente que debía provocar alguna impresión en su interlocutor.
Tenía un recuerdo vago de Rookwood de los tiempos en los que el hombre trabajaba en el ministerio, aunque su calidad de Inefable lo hacía un personaje un tanto escurridizo. Pero visitando el lugar con su padre, quizás un año o dos después de haber entrado a Hogwarts, se encontró con un grupo de los del Departamento de Misterios que más tarde se volverían, en gran parte, Mortífagos. En aquél momento el hombre le había dado la impresión de ser alguien con pocos escrúpulos y con una singular inteligencia para encontrar defectos en la gente. Su rostro no le había inspirado la más mínima confianza.
Pero si entendía algo acerca del círculo de gente que rodeaba a Voldemort, era que había dos cosas que podían impresionarles. Dinero y poder. Como en esa ocasión no podía salir a ostentar nada en medio de un duelo, debería aparentar tener el dinero que tenía. Y con la mugre que tenía de Dolohov, seguramente lograría interesarlo.
- Derya – saludó Harry al muchacho, saliendo al pasillo.
- Por aquí, señor Dollarhyde – indicó, sin mirarlo a los ojos. Harry lo siguió en silencio por el laberinto de pasillos hasta que finalmente estuvieron en la calle. Cuando se encontraron bajo la luz del sol poniente, el mago se sorprendió al notar la ausencia de transeúntes en lo que debería ser una callejuela bastante concurrida dentro de Knockturn Alley.
- ¿Ha pasado algo? – preguntó.
- Los aurores hicieron algunos raides hace unas horas en varias partes de Knockturn, buscando posibles Mortífagos.
- Bastante obvio, ¿no crees? – Derya le miró con confusión-. Digo, que haya Mortífagos por aquí. Uno pensaría que sería el primer lugar en el que buscaría.
- Están bien escondidos – murmuró el chico-. Hay mucho de Knockturn que los aurores no conocen.
- No lo dudo.
Siguieron en silencio hasta una pequeña taberna ubicada entre una librería de dudosa reputación y una tienda donde un enorme cartel ofrecía elementos para pociones "de toda procedencia" al precio más barato del callejón. Harry, en una de sus idas y vueltas por Knockturn, había pasado de largo por allí; la taberna parecía estar siempre cerrada, incluso a las altas horas de la noche, cuando volvía a la pensión después de merodear por los bares.
Derya golpeó suavemente sobre la puerta, y esperó a que alguien le respondiera. Pasaron un rato en silencio, y por un momento Harry pensó que nadie les abriría. Finalmente una voz, ahogada por la espesa madera que los separaba, les contestó. El mago no pudo discernir qué demonios dijo, pero Derya aparentemente pudo pues contestó dando una serie de golpecitos que dejaban en claro que estaba dando alguna especie de contraseña.
La puerta se abrió, y se zambulleron sin pensarlo dos veces en aquella profunda oscuridad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Harry notó que su portero era una figura diminuta, envuelta en pesados ropajes que no dejaban ver absolutamente ningún rasgo de su cuerpo. Caminaba lentamente, como si estuviera encorvado. Le daba la impresión de que los años habían obrado en su contra, encogiéndolo hasta no ser más que un manojo de trapos.
La figura los guió hasta una mesa en el centro de la taberna. Todo parecía estar cubierto por una capa de polvo tan espesa que era visible incluso en aquél ambiente mal iluminado. La figura hizo un gesto hacia las dos sillas que acompañaban la mesa, y se retiró, con el mismo paso lento, a lo que debía ser la cocina. Derya se paró a unos metros de él, sin mirar más que la pared frente a él. Harry lo ignoró por el momento, y tomó asiento en la mesa. Había una vela a medio consumir en el centro de la misma, unida a la madera en virtud de la cera derretida. De repente se prendió.
- Kurt Dollarhyde – dijo una voz rasposa, y de la cocina salió dando grandes zancadas un hombre de mediana edad, de pelo negro grasiento y atestado de canas, peinado hacia atrás. Tenía una expresión naturalmente desagradable en su rostro, aunque su tono sonaba más cordial. Augustus Rookwood le estrechó la mano, antes de tomar asiento en la única silla disponible, frente a él.
- No tengo idea de quién eres, muchacho. Pero en Knockturn Alley no has pasado desapercibido. Una rata me ha dicho que eres un hijo de un gentleman, y que te has venido de Alemania para vengarte de tu madrastra. Otra rata me dijo que tienes una fortuna proveniente de la familia de tu madre. Aquí – dijo, sus ojos señalando a Derya-, me dicen que quieres luchar en la noble causa. Hasta ahora tengo un pasado dudoso y un nombre obviamente falso, pues jamás he hecho negocios con ningún Dollarhyde. Mi curiosidad te ha salvado el culo, muchacho, porque en este lugar te hubieran comido crudo para hacerse con tu dinero. Explícame por qué ha sido una buena decisión.
- Es cierto que mi nombre no es Dollarhyde – comenzó Harry, sin quitarle los ojos de encima al hombre mayor-, pero creo que es bastante obvia la razón por la que no usaría mi nombre verdadero. Lord Rookwood, mi padre me enseñó una visión del mundo por la que quiero luchar – sacó de su bolsillo un pequeño bolsito sin fondo, la billetera por excelencia de los magos, y lo tiró sobre la mesa, entre ellos dos-. Tengo dinero para poner a su disposición – a continuación sacó su varita, y la colocó junto al bolso-, tengo una varita para poner a su disposición.
El mago mayor echó una carcajada, y lo miró con una fea expresión.
- Ah, el muchacho estuvo ensayando toda la noche lo que me iba a decir. Mmh – dijo, sus ojos claramente concentrándose en cada pequeño detalle de su expresión-. Eres muy joven para ser un Auror, y no tienen los huevos como para usar a un pollito como tú para espiarme. Aun así debes probarte con algo más que palabras.
Lo miró pensativo por un instante, y Harry supuso que aquél era un buen momento para hacer su jugada.
- Lo entiendo. Sé que debo probarme. Y sé qué es lo que quiero hacer para demostrar mi lealtad, por eso….- sacó el paquete que tenía las fotos de Dolohov, pero no se lo entregó al otro hombre. La acción, sin embargo, despertó la curiosidad de Rookwood-. Necesito información acerca de la Orden.
El antiguo Inefable alzó las cejas, y lo miró no con poca diversión. Harry sabía que había conseguido tomarlo por sorpresa.
- ¿La Orden, dices…? – meditó sus palabras por un momento. Era algo arriesgado, el muchacho lo sabía. No debía parecer un informante de la Orden haciendo contra-inteligencia, no debía parecer como un idiota que quería impresionar a los jefes haciendo algo arriesgado y estúpido. Esperaba que Rookwood interpretara su pedido como el de un ambicioso simpatizante de Voldemort que quería resultar de alguna utilidad a su causa. En el mejor caso, pensaría que podría usarlo para realizar alguna maniobra arriesgada, y le daría la información que necesitaba.
- ¿Conoces a Sirius Black? – preguntó, después de un tiempo en silencio. Harry resistió la tentación de poner los ojos en blanco y decirle, "claro, soy su ahijado". Aunque por dentro quería reírse, negó con la cabeza.
- No personalmente.
- Sirius Black es lo que podrías llamar un "referente" dentro de nuestra organización. Es uno de los hombres de mayor confianza de nuestro Lord. Por esta razón, y por otras de una índole más… personal, es el principal blanco contra el que está apuntando la Orden.
- ¿Personal? – preguntó, incapaz de resistirse-. ¿Se refiere a Harry Potter?
- Bien, muchacho, puedes leer entre líneas – dijo Rookwood con una sonrisa torcida-. James Potter está a la cabeza de la Orden, y no puede perdonarle que Black le haya arrebatado a su hijo bajo sus narices. Después de que el chico mató a Dumbledore en nombre de nuestro Lord, el viejo Potter se volvió medio loco. Lo único que quiere es volverlo trizas.
Harry asintió, aunque se sentía algo decepcionado. No le estaba dando información que no supiera ya.
- Un ejemplo de buena fe puede hacerte llegar lejos – dijo Rookwood, ojeando el paquete que Harry tenía entre las manos. El muchacho sonrió, y se lo entregó. El otro mago lo tomó con mucha avidez, y comenzó a pasar las fotografías con una expresión de pura delicia malévola en el rostro.
- ¿Dónde dices que fue tomado esto?
Harry le habló del bar que había encontrado de casualidad cuando estaba "recién llegado del continente". Y cuál había sido su sorpresa al reconocer a tan eminente referente de la orden oscura, un excelente hombre de negocios que había tenido trato con su padre, actuando como un colegial enamorado con aquella muggle. Se aseguró de decir "muggle" en el mismo tono que Tom normalmente usaba, como para hacer énfasis en el valor que tenía aquél paquete como material de chantaje.
- Mh, mi trabajo es de una naturaleza bastante confidencial – dijo, guardándose las fotografías en un bolsillo-, y por eso me veo engraciado con la confianza de nuestro Lord. Entenderás que no puedo romper esa confianza… pero el bar de la esquina, El Escandinavo, es un lugar alegre por las noches. Si te cruzas con Mundungus Fletcher, asegúrate de comprarle algunas cervezas.
Rookwood se paró, y Harry entendió que la entrevista había terminado.
- Derya, llévalo al muchacho de vuelta a la pensión. Háganse amigos.
El extraño joven asintió, y esperó hasta que el antiguo inefable y Harry hubiesen estrechado las manos en un gesto de despedida antes de guiarlo de vuelta a sus alojamientos. Harry podría haber hecho aquél camino por sí mismo con la misma facilidad, pero entendía que el hombre había requerido específicamente que el rubio fuera con él, a modo de escolta, y a modo de vigía. Para que no corriese a decirle nada a ningún miembro de la Orden o de los aurores, para cuidar que se comportara como debía comportarse un jovencito ambicioso que quiere ganarse un lugar como Mortífago.
El moreno ojeó al muchacho que tenía al lado, y comprendió las sutilezas del juego que aquellos jugaban. Rookwood había demostrado una familiaridad con el extraño joven que hablaba de algo más complejo de lo que había visto en principio. El hecho de que no estuvieran presentes ni Mireille, Felix o Raoul le daba la impresión de que aquél no estaba tan sometido a su voluntad como él pensaba, y hasta quizás estuviera trabajando en su contra.
- Fue una estupidez lo que te dije antes, ¿no? – Dijo, cuando llegaron hasta su habitación-. No necesitas protección.
Derya no contestó. Una sonrisa asomó a su rostro, algo que parecía totalmente fuera de lugar en él. No era suave ni delicada como hubiese sido de esperar; era una mueca oscura, algo salvaje. La sonrisa de un depredador, no de la víctima.
- Estoy ansioso por ver qué sucede contigo, Kurt – murmuró, y se fue.
Dos días más tarde, Harry se enteró que habían encontrado los cuerpos de Raoul y Felix enfrente de Borgin and Burkes. Alguien murmuró por allí que habían estado pasándole información a los aurores. De Mireille no había rastro.
Contrario a lo que esperaría uno de un bar en Knockturn Alley, El Escandinavo realmente era un lugar alegre. Los que merodeando por otras partes del callejón lucían amenazantes y misteriosos aquí lucían alegres, relajados. Era un territorio neutral en el que se iba a tomar algo solamente para pasar el rato. Supuso que algún lugar de ese estilo debía haber, pues no creía que nadie podría aguantar las veinticuatro horas del día conspirando y realizando las más moralmente dudosas proezas (salvo Voldemort, pero él era la excepción que quizás confirmaba la regla).
Así que se mezcló entre los alegres comensales. En su bolsillo una mano sujetaba fuertemente una foto, una pequeña imagen en blanco y negro en el que se lo podía ver al tal Mundungus Fletcher caminando por las partes más respetables de Diagon Alley. Derya se lo había dejado media hora antes en un sobre que había deslizado por debajo de la puerta de su habitación, consciente de que no tenía la más pálida idea de quién era aquél que le habían enviado a buscar. Buscó entre las caras joviales, enrojecidas por el alcohol y el calor, algún signo de una nariz ancha, bulbosa. No tuvo que investigar mucho antes de que sus ojos se enfocaran en una mesa solitaria al fondo del bar, donde un hombre pedía a gritos otra botella.
En el animado ambiente del lugar, otro grito más no parecía estar desubicado. Aun así el hombre era estruendoso y era evidente que sus espíritus estaban alborotados por el alcohol. La gente a su alrededor no parecía estar consciente de su presencia, y Harry supo por eso que era un regular.
- Va por mi cuenta – dijo Harry, apoyando una botella en la mesa. El hombre miró con gusto el alcohol antes de dirigir sus pequeños ojos al rostro del joven. Harry le sonrió – necesito un compañero de bebidas hoy.
- Estas de suerte, muchacho – se llevó la botella a la boca, y la destapó con los dientes. El movimiento brusco hizo que derramara algo del líquido sobre su túnica, pero no pareció importarle-. Soy el mejor bebedor de esta taberna.
- No creo que importe en un par de botellas más – Harry se rió-, pero mi nombre es Kurt. ¿El tuyo?
- Mundungus. La mayoría me dice Dung. Elige el que más quieras.
- Bien, Dung, por una noche amena – Harry levantó su vaso, y el mago lo imitó. Ambos tomaron un trago largo. El bar servía bebidas de mejor calidad que el resto de los bares en Knockturn, pero aún estaban lejos de ser algo decente. Sin embargo luego del primer porrón las cosas se volvían más graciosas, y poco importaba el sabor extraño de aquél brebaje de cuarta.
- ¿Alguna razón por la que un joven apuesto como tú no este festejando a su señorita esta noche? – preguntó Dung.
- Uf, muchas. En realidad ayer corté con mi novia. Estuvimos seis meses yendo y viniendo, pero después de tanto tiempo logré decidirme y decir basta.
- Ah, lo lamento amigo – el hombre levantó el vaso para tomar en honor de aquella relación perdida, aunque era obvio para los dos que eso era solo una excusa para tomarse un gran sorbo de una-. ¿Qué los llevó a eso? ¿Algún tercero en discordia?
- Más o menos… mira, ella trabaja haciendo campañas publicitarias para Soapy, ¿sabes? Algo bien limpio, buena paga. Pero se la pasa el día entero en la oficina. Y yo soy independiente, ya sabes cómo es esto, tu horario depende de tus clientes… Y primero, no nos veíamos mucho. Después está el tema de lo que hago, a ella no le gusta nada. Ya por eso veníamos discutiendo. Y luego me vengo a enterar que está este imbécil que trabaja con ella, que le compra flores para el cumpleaños, todo el tiempo le envía lechuzas. No soy estúpido, sabía lo que estaba pasando.
- ¡Malditas zorras! –Bramó Dung de repente, cortando el relato-. Está lleno de esas. Se la pasan quejándose de ti, que no eres esto, que no eres lo otro, y mira a Brad, a John o al chupa pitos ese de Jack y lo apuestos que son, lo atentos que son. Y cuando se cansan de hacerte el jueguito en la cabeza, van y se revuelcan con el tipo. Y luego dicen que la culpa fue tuya.
Tomó un gran trago.
- Te entiendo, hermano, te entiendo. Yo también tomo por una mujer. Pero esta era una buena mujer, una excelente compañera – su rostro enrojecido se torció en una suave sonrisa. Estaba perdido en sus recuerdos-. Tenía una voz angelical… y los dos mejores pares de tetas que vi en mi vida. ¿Y sabes qué era lo mejor de ella? Que sabía que nunca me iba a traicionar.
- ¿Y por qué tomas entonces?
Su rostro se ensombreció.
- Murió hace unos años. Era una gran idealista, estaba en contra del uso de las artes oscuras, y de la segregación con los muggles… ya sabes, toda la locura liberal. Yo siempre fui un tipo más moderado. Se metió con la Orden, ¿sabes qué es? Qué demonios, todos lo saben estos días… - estiró un brazo como quien no quiere la cosa y tomó una botella directo desde la bandeja de un camarero. Se sirvió un trago, sin siquiera fijarse qué era-. Nunca me agradó ese negocio, me parecía que era un suicidio. Y nos peleábamos todo el tiempo por eso. Un día fue particularmente vicioso, llegué a levantarle la varita… ella dijo basta y se fue de la casa a los gritos. Desapareció. Un día más tarde encontraron su cuerpo por aquí a unas cuadras. La habían asesinado unos intentos de magos oscuros.
Su rostro destilaba aquél dolor que sigue igual de latente pero que lleva la marca de años de sufrimiento. Como si cada herida pudiera juntar polvo sin jamás llegar a cerrarse.
- Mierda – dijo Harry-, lo lamento amigo. Lo lamento de verdad.
- Créeme que lo lamento más que nadie. Me la pasaba pensando en lo que tendría que haber hecho, en todas las cosas que no hice. Y para callar un poco la culpa que sentía me metí en la Orden. Por ella.
Harry supo que aquél era su momento.
- ¿Estás en la Orden? – abrió los ojos de par en par, su cuerpo haciendo un movimiento brusco como si lo hubieran golpeado. Parpadeó lentamente-. ¡Eso quiere decir que conoces a James Potter!
- Ah, Potter – el alcohol, al igual que muchas drogas, era un compañero extraño en los viajes, pues te llevaba de un lado a otro casi sin que te dieras cuenta. Si un extraño hubiese aparecido en aquél instante, probablemente no hubiera podido adivinar que habían estado hablando de algo tan personal como la muerte de un ser querido instantes atrás-. Si, se podría decir que es mi jefe. Tipo estricto.
- ¡Rayos! Oh, amigo, no te das una idea de lo que me agrada escuchar esto. Soy un gran fan de él, mi padre solía llevarme a todos los partidos de quidditch –levantó el porrón, celebrando la vieja carrera en los deportes de su padre-. Demonios, sí que sabía tirar una quaffle. ¿Has podido jugar contra él?
- No, no… sabes, últimamente está… - se llevó el dedo índice a la cabeza, y le dio un par de golpecitos a su frente-. Todo lo que ha pasado se le ha ido de las manos. Solía ser un tipo genial, sabes… pero ahora sólo habla de Sirius Black. Tiene montañas de pergaminos con reportes de las actividades de Black, y se la pasa tratando de predecir qué es lo que va a hacer. Se supone que tendríamos que estar peleando con Quien-Tú-Sabes, pero se ha vuelto en su vendetta personal.
- ¿Ah, sí? – Harry tomó la botella de hidromiel y le sirvió generosamente a Dung antes de servirse medio trago para él. El hombre tomó mecánicamente el vaso.
- Si, para que te des una idea, el otro día el viejo Kings le dice que los Mortífagos tienen planeado atacar Hogsmeade el veinte. Black está al mando de toda la operación, le encargaron hacerse cargo de un grupo de vigilantes que atraparon a algunos de los suyos el mes pasado. Ahora, yo conozco a la fuente de Kings, y sé que es muy probable que sea un doble espía. Y se lo digo. ¿Y sabes qué me responde? "Mejor todavía". ¡Está loco! Nos van a tender una trampa, ya te lo digo muchacho, ya te lo digo. Pero mencionas a Black, y el mundo se le desdibuja.
Harry no sabía si expresar su euforia por haber conseguido la información que buscaba, o si seguir tomando para ahogar la incipiente preocupación que mermaba su pecho. Aquello sería un baño de sangre, de eso no había dudas. Su padre al parecer no podía verlo, pero si su entorno podía convencerlo… y Sirius. Harry recordó el espejo, y se calmó, pensando que podía hablar con él.
- Sigue intentándolo – dijo, ya ni preocupado por fingir su borrachera. Dung lo miró sin entenderle. Sus párpados comenzaban a caerse de aquella fatiga artificial que inducía el alcohol.
- ¿Eh?
- Tienes que convencerlo. Imagínate si llegan a perderlo… o a perder a alguien más. Por favor, convéncelo.
-Ah, si – farfulló-. Lo seguiré intentando, sí. ¿Qué? ¿Qué tenía que intentar?
- Convencer a James Potter que no caiga por la trampa del ataque.
- Si… oye, ¿te sientes bien, muchacho? Estás pálido. ¿Por qué no te vas a refrescar un poco al baño?
Harry se levantó. Se sentía algo mareado, era cierto.
- No, será mejor que vuelva mientras pueda… escucha, fue un placer haber bebido contigo.
- Podría decir lo mismo, amigo.
- Que se repita – Dung levantó el vaso y tomó un trago mientras Harry le daba la espalda y se marchaba. La cabeza le daba vueltas. Probablemente no lo vería nunca más en su vida.
Le costó encontrarlo, pero finalmente logró hallar aquél pedacito decrépito de un atardecer nuboso que usaba para hablar con su padrino. Se sentía frío al tacto, y aún más frío al alma. ¿Cuándo había sido la última vez que había hablado con su padrino? Recordaba el piso que había compartido con Draco. Se preguntó cómo le estaría yendo.
Llamó en voz alta a su padrino. Todavía estaba vestido con las túnicas con las que había salido al encuentro de Dung. Todavía llevaba aquél nauseabundo popurrí de olores, licores baratos y humo de exótica procedencia. El sol no había salido. Volvió a llamar. Y volvió a intentarlo una, dos, tres veces.
Nadie respondía. Harry supuso que no tenía derecho de andar llamándole tan temprano en la madrugada, pero el alcohol había afectado hasta cierto punto su habilidad para llevar a cabo decisiones coherentes. Se quedó inmóvil por unos minutos, espejo en mano. No sabía qué otra cosa hacer, realmente.
Las nubes dentro del espejo comenzaron a moverse. Harry concentró su atención en la superficie del objeto.
- ¿No te han enseñado a respetar los horarios de los demás, Harry?
Le costó un minuto entero al joven mago procesar lo que estaba viendo. El rostro sonriente de Voldemort le devolvía la mirada desde el otro lado.
- ¿Qué demonios haces con el espejo de mi padrino?
- Te lo dije una vez, Harry, procura conocer cada detalle del corazón de tus seguidores.
- Le robaste el espejo para evitar que pudiera hablar con él. Todavía estás enojado porque me escapé.
- Estoy enojado porque no cumpliste con tus promesas, Harry – el joven podía leer con claridad la ira en los ojos del otro mago-. Qué decepcionante de tu parte.
- Estoy seguro que podrás superarlo. O seguir con el plan b, en el que me arrinconarás de una manera increíblemente ingeniosa para que no me quede más elección que someterme voluntariamente a tu servicio.
La sonrisa en su rostro adoptó algo de divertida y de amenazante.
- Me gusta esa palabra, "someter". Espero que quede lo suficiente de ti como para que sigas diciendo cosas tan entretenidas.
- Muy romántico de tu parte. ¿No me vas a dejar hablar con Sirius?
La expresión en su rostro fue más que suficiente para responderle.
- Bien, no. Tendré que buscarlo.
- Buena suerte con eso.
Harry tiró el espejo debajo de la cama. No podía soportar la arrogancia en los ojos de Voldemort. Cuando volvió a recogerlo, no había nadie del otro lado.
