Harry se preguntó qué tipo de señales uno tenía que buscar en la muchedumbre para adelantarse a los hechos. ¿Sería alguna mirada discreta entre dos personas que no parecían conocerse? ¿El murmullo de alguna voz infantil que ve más que los prejuiciosos ojos de sus progenitores, sin entenderlo? ¿O sería imposible encontrar el hilo que unía aquella cadena de eventos que estaba por llegar a su culminación?
Había llegado ni bien despuntaba la mañana, con los primeros rayos del sol. Se refugió en un pequeño café en las afueras, donde Hogsmeade pierde terreno frente a la naturaleza. Estaba oculto bajo el disfraz sutil que había inventado para aquellas extrañas semanas en la pensión, una cara blanda, aburrida, que no llamaba la atención ni por su belleza, ni su fealdad. Sus ojos estaban hechizados para mostrar una mirada de la más absoluta imbecilidad.
Como era de esperarse, nadie le prestó la más mínima atención. Y aquello le puso a pensar, pues allí estaba él, alguien que sabe de un inminente desastre, que podía hacer tantas cosas y que sabía tantos secretos, virtualmente invisible ante los ojos de una muchedumbre que buscaba las respuestas que él ya sabía. Se preguntó si no pecaría del mismo prejuicio al buscar entre los rostros de los transeúntes algún augurio de lo que estaba por venir; quizás, al igual que él, la cara más inocente o estúpida sería la que guardaba el mayor secreto.
El sol había alcanzado su cenit, y volvía lentamente a su escondite bajo el horizonte. Se había pasado todo el día mirando rostros, escuchando conversaciones. De vez en cuando una mirada nostálgica se perdía en dirección a la solitaria figura de Hogwarts, que se erigía imponente a lo lejos. Por un momento dudó de todo; se preguntó qué demonios hacía allí, si Dung no le había dicho más que patrañas, si todo había sido alguna jugada de Voldemort para distraerlo mientras hacía sus jugadas. Harry sabía que era un oponente formidable y que hasta cierto punto estaba al tanto de sus idas y venidas, pero no estaba seguro si tenía idea de aquellas semanas que había pasado infiltrado en Knockturn Alley. No había dado ninguna indicación de saber algo, pero con alguien como él, Harry suponía que sería más seguro asumir que sí.
Decidió dar una vuelta más por el pueblo. El cielo comenzaba a llenarse de estrellas por sobre su cabeza, y la brisa cálida de la tarde empezaba a soplar cada vez más fría. Se paró a observar, a lo lejos, la línea que marcaba el final de aquella calle, cuando lo sintió.
Era difícil de describir para quien jamás lo ha vivido, pero era comparable a sentir una lija de papel deslizándose lentamente sobre la piel. Podía oler el sudor, sentir el resabio de algo picante en el paladar. La magia que rodeaba a un hombre lobo era algo familiar, pero enteramente distinto de aquella que rodeaba a un mago.
Sus sentidos habían conseguido ganarle unos minutos. Los lobos todavía no estaban allí, y nadie se había dado cuenta de la silenciosa intrusión, por lo que todavía tenía tiempo para hacer una decisión. No podía advertir a nadie; solo serviría para crear pánico, si le creían, y podría llegar a hacerlo un blanco. No, debía crear el pánico sin la amenaza, que supieran que estaba pasando algo antes de que realmente ocurriera el desastre.
- ¡Bombarda! - apuntó su varita a una intersección donde no había transeúntes. Su magia conjuró las bolas de fuego de manera violenta, algo desesperada. Hubo un estruendo, una nube de polvo y humo. Pequeños trozos de empedrado salieron volando, y alguien gritó. Harry escuchó como rápidamente se unieron otras voces. Los transeúntes miraban nerviosos las escenas, varitas en alto. Los padres escondían a sus hijos dentro de los negocios.
Los lobos llegaron.
Harry estaba con un pie dentro de un pequeño pasaje que separaba una pequeña taberna de una sastrería. Había bolsas y bolsas de retazos, y el callejón estaba cubierto por pequeños montículos de telas viejas y roídas por animales salvajes. Podía esconderse entre ellos, y dejar que el nauseabundo olor de los desperdicios de la taberna enmascarara su presencia del agudo sentido del olfato de los hombres lobos. Frente a él, una posición estratégica en la que seguramente se llevaría a cabo la parte más intensa de la batalla. Era perfecto. Ahora solo tenía que esperar.
Ni los aurores ni la Orden del Fénix se hizo esperar mucho. Quizás fueron cinco o diez minutos de incertidumbre mientras los transeúntes se echaban contra las paredes, para hacerse lo menos presentes posible frente a la intimidante horda, o alzaban sus varitas preparándose para defenderse. Ciertamente aquello no pretendía ser un ataque indiscriminado; los lobos olfateaban entre los transeúntes, en los negocios. Estaban buscando a alguien.
Uno de ellos se irguió y adoptó forma humana. Al igual que muchos de los presentes, Harry tuvo que reprimir un grito de sorpresa. Esa no era la forma en la que la licantropía funcionaba. ¿Sería aquél un animago?
Con una floritura de su varita, convocó la infama Marca Tenebrosa sobre Hogsmeade. La luz rojiza del atardecer se mezclaba con aquél verde enfermizo, cubriendo todo de un tinte asqueroso. Por un instante no hubo más que silencio, y algunos sollozos ahogados perdidos en la distancia, pero fue sólo un momento, y al siguiente se desató el caos.
Un grupo de magos vestidos en túnicas blancas se aparecieron en el medio de la calle. No era aurores ni la afamada Orden; era un itinerante grupo de vigilantes que se había formado en respuesta al pánico creado por Voldemort y sus secuaces. Los lobos, no más de diez, se pusieron en alerta y comenzaron a gruñir. Aquél que parecía su líder, un hombre cuyo rostro parecía marcado por el más despreciable salvajismo que Harry había visto en su vida, sonrió. Incluso en la distancia podía Harry ver lo amarillento de sus dientes, y fácilmente podía imaginarse el olor nauseabundo que emanaban.
- ¡Fenrir Greyback! – uno de los magos en blanco gritó-. ¿Qué demonios…?
Harry miró con renovado interés al despreciable mago. Aquél era el hombre que se había llevado a Remus y a Neville, el perro al comando de Voldemort. Sus ojos volvieron a mirar detenidamente a su manada, tratando de reconocer a alguno de los dos. ¿Estarían allí? ¿Estarían vivos?
- ¿Te sorprende verme así, Gunther? – Greyback preguntó, su sonrisa adoptando un matiz burlón-. Tengo amigos inefables que me hicieron el favor.
- Sirius Black, presumo. Así que ese fue el proyecto por el cual lo agarraron, ¿verdad? Le estaba pasando información a Voldemort de cómo darles control a sus lobos sobre sus transformaciones.
- Es genial, ¿no te parece? Ahora ni siquiera nos verán venir durante las noches de luna llena – Greyback miró hacia arriba, donde el cielo negro acobijaba la esfera blanca de la luna-. ¿Cómo está la pequeña Martita? Debe estar aullando en este momento.
- ¡Hijo de…! – gritó Gunther, y se lanzó al ataque. Aquello fue la señal que los presentes necesitaron para ponerse en movimiento, y en segundos la calle se había vuelto un campo de batalla.
Fue en aquél momento en el que la Orden llegó, acompañada de un puñado de aurores. Los magos en blanco cantaron victoria, redoblando la fuerza de sus ataques contra los ágiles lobos. Pero a algunos los gritos se le atoraron en la garganta; figuras envueltas en sombras aparecieron en la noche poco después. La luz blanquecina de la luna, y el verde fulgor de la Marca les daba un aspecto etéreo, amenazante, a las máscaras blancas en forma de calaveras que ocultaban sus rostros.
- Rodeen a los lobos, traten de separar a los blancos de la batalla –dijo una voz, a unos metros de donde estaba Harry-. Tenemos que evitar que se metan en esto y dañen más de lo que ayudan.
Harry giró su rostro con tanta violencia que pudo haber jurado que le había sonado una vértebra. De espaldas a él, con el cuerpo envuelto en la capa rojo oscuro que distinguía a los de la Orden, estaba su padre. No podía ver su rostro, pero su postura ya le parecía ajena a él. Estaba rígido, comandante. No había nada del padre preocupado, del bromista envejecido, que había conocido hasta ese momento. Sintió el deseo profundo de correr hacia él y abrazarlo, o incluso de separarlo del resto para llevárselo del campo de batalla antes de que pudiera seguir haciéndose daño a sí mismo, o a Sirius. Pero perdió la oportunidad en cuanto la formación se quebró, y adoptaron sus posiciones.
Escuchó el grito de un auror, que caía al suelo con un lobo firmemente agarrado a su cuello. A lo lejos una explosión, y la voz de Gunther que gritaba el nombre de Greyback. Los vigilantes en blanco, que caían al suelo, o que veían a los miembros de la Orden arrebatarles a sus oponentes para ponerlos a salvo. Polvo. Magia, electrizante y confusa, al punto que Harry tuvo que comenzar a cerrar sus sentidos antes de terminar inconsciente, abrumado por el combate. Había olor a carne chamuscada, y a metal oxidado. A unos pies de él podía ver una mancha de sangre, pero no podía decir a quién le pertenecía. No sabía quién tenía la ventaja.
Los gritos se iban acercando adonde él estaba. Un auror se batía en un feroz duelo con un Mortífago, y Harry tuvo que rodar a un lado y esconderse detrás de un contenedor de basura para que una maldición no lo hiciera pedazos. Por encima del hombro del Mortífago algo se movió, y Harry observó a uno de los lobos que perdía su forma animal para transformarse en alguien conocido.
- Remus – susurró. Pero al igual que su padre, aquél no era el hombre que recordaba. Las cicatrices en su rostro parecían haberse profundizado, y ya no existía aquél amable brillo en su mirada que lo había caracterizado durante su estadía en Hogwarts. Su boca tenía un rictus cruel, aquél que se gana luego de una vida de amargura. Estaba luchando contra un joven Auror. Hubo un flash de algo que Harry no pudo avistar, y luego la figura de Neville, parado sobre el cuerpo del oficial, con el rostro cubierto de sangre. La figura blanda, algo regordeta del muchacho que había sido su amigo había desaparecido, y en su lugar exhibía un torso duro, trabajado, cubierto de pequeñas cicatrices. En su expresión podía ver el fantasma de la sonrisa salvaje de Greyback.
¿Qué demonios les habían hecho? Harry sentía dolor ante aquella visión de la transformación que habían sufrido en esos meses, pero al mismo tiempo no podía culparlos. Con la misma lógica podía preguntarse a sí mismo qué demonios le habían hecho a él. Eran todos, al mismo tiempo, víctimas de las circunstancias y forjadores de su propio destino.
El grito agonizante del Mortífago despertó algo en él; y se dio cuenta que estaba en un lugar peligroso. Hechizos perdidos podían encontrar fácilmente aquél callejón, en el que no tenía lugar para maniobrar una defensa. Probó mimetizarse al menos lo suficiente como parar perderse en el caos, Desilusionándose, y salió a la calle nuevamente. El olor de la magia y de la batalla azotó su olfato al instante. El mundo era un popurrí de colores y de gritos iracundos. Dejó que todo fluyera por un momento, y comenzó a reconocer un patrón en el movimiento de los túnicas rojas; lento y seguro, pero estratégicamente adrede. Había una figura de negro que estaban tratando de separar del resto.
Un hechizo bien apuntado despojó al Mortífago de su máscara.
- ¡Sirius! – gritó Harry, casi sin aliento. Instintivamente tomó un paso hacia su padrino, pero tanto el grito como el movimiento habían alertado de su presencia a un joven lobo que merodeaba cerca de su posición en la boca del callejón. Aunque no tenía la casaca roja, blanca o púrpura de los enemigos, el cadáver del Mortífago que había dejado el auror a unos pies de él le dio ideas al mago transformado. Harry sintió un gruñido a su izquierda, y sin pensarlo siquiera, levantó su varita en posición de ataque.
El lobo no titubeó antes de saltarle encima. Harry reaccionó casi automáticamente, lanzando llamas en su dirección para desviarlo. Sabía que no habría tiempo ni lógica para razonar con el otro, por lo que se avocó a una ofensiva total. Hechizo tras hechizo brotaba de su varita, pintando aquellos ojos imbéciles de todos los colores. Nada lo suficientemente inofensivo como para abrir un flanco desde el que pudiera atacar, pero no lo suficientemente letal como para sumarlo a la lista de cadáveres por los que era responsable.
El lobo aulló cuando un hechizo le pegó de lleno en el pecho. Harry sabía que le había fisurado las costillas. Se acercó para dejarlo inconsciente de una vez, cuando sintió que algo se cerraba alrededor de su pierna. Dejó escapar un grito de dolor. Lo único que podía ver eran los ojos furiosos del compañero del lobo que acababa de inmovilizar, los dientes cerrados alrededor de su carne. Quería patearlo, pero se contuvo. Cualquier movimiento conseguiría desgarrar su carne aún más. Las lágrimas brotaban de sus ojos, y el dolor se volvía cada vez más agudo. El lobo gruñía, y amagó a soltarlo, y el miedo dentro de Harry creció y creció…
- ¡Avada Kedavra!
El gemido que escuchó no se escapó del lobo que había manchado sus dientes con su sangre. La muerte silenciosa, del mismo tinte verde que sus ojos, lo había arrebatado antes de que pudiera darse cuenta de lo que sucedía. Era su compañero, el que estaba herido y postrado detrás de él, el que lo estaba llorando. Harry sintió que el lobo intentaba ponerse de pie, y levantó la varita. El lobo lo miró desafiante, Harry le contestó con una sonrisa.
- Lo siento. De veras lo siento. Desmaius.
Mientras curaba como podía la herida sangrante en su pierna, pensó que no importaba realmente que él no hubiera matado a Dumbledore. Había matado un auror y había matado a un licántropo. Era un asesino de todas formas. Quizás cuando aquella batalla terminara iría con su padre, le confesaría todo y le pediría que lo encierre en la celda más alejada de Azkaban. Qué derecho tenía, después de todo, a seguir con su vida sin más cuando esos dos hombres, que luchaban por un ideal y tenían un propósito en la vida, habían perecido a sus manos. Él, el que apenas se mantenía a flote por mera testarudez, no por un sueño en el que creía, sino porque no quería entregarle tierra al enemigo.
- ¡Fijate si puedes acercarte a Black! – una voz lo sacó de su ensimismamiento-. ¡Los de la Orden están tratando de separarlo del resto, necesita apoyo ya!
A través del polvo y la confusión pudo avistar la figura de dos Mortífagos. Se paró con cuidado, probando la estabilidad de aquellos primeros auxilios. Sabía que no podría ofrecer una lucha como la que acababa de dar si la necesidad se presentaba, pero no le amedrentaba la idea de que podía estar en peligro. Sabía que podría defenderse sin mover un pie, pero le asustaba el daño que debería causar para lograr mantenerse a salvo.
Comenzó a moverse, cojeando, entre los cuerpos, entre las batallas, entre los escombros. Había un patrón entre la ubicación de las túnicas rojas, y no era difícil encontrarlo. Si lo seguía, si conseguía evitarlos, llegaría a Sirius. Alguien exclamó algo cerca suyo, y giró el rostro para ver la mirada sorprendida de Percy Weasley. El reconocimiento en sus ojos lo alertó de que su disfraz se había desvanecido, probablemente durante el ataque de los dos licántropos. El joven, cuyo pelo rojo ofrecía una extraña armonía con la túnica escarlata que llevaba puesta, abrió la boca para decir algo, pero Harry no se detuvo a escucharlo. Con un silencioso conjuro, lo dejó sano y salvo, pero inconsciente, en un lugar alejado del fragor de la batalla.
Dio unos pasos, y se dio cuenta que había cometido un error. Por el rabillo de su ojo izquierdo había visto venir un brillo rosado, y cuando reaccionó, fue demasiado tarde. Una explosión a unos metros de él lo dejó en el suelo, con los oídos silbando. No podía escuchar nada, y sus pulmones parecían estar llenos de polvo y piedrillas. Su cuerpo convulsionó, mientras trataba de quitarse aquél lodo de la garganta para respirar aire limpio nuevamente. No veía nada. Lo único que podía sentir era su magia, furiosa y desesperada, que comenzó a atacar todo cuanto tenía cerca. El aire se despejó. Un chispazo recorrió su piel y sintió como la vista volvía, los sonidos volvían. El dolor parecía revertir a un molesto zumbido en el fondo de su consciencia.
Aún confundido, extendió un brazo, sintiendo algo cerca de lo que podía aferrarse. Lo aferró, fuertemente, y sintió un grito a lo lejos, pero no le preocupó. Una sensación maravillosa invadía su cuerpo, algo cálido que le infundía con nueva fuerza. Abrió los ojos, y vio que su mano estaba cerrada alrededor de la nada. La figura oscura de un Mortífago temblaba suavemente junto a él. Comprendió todo en un instante, y abrió la mano, llevándosela al pecho. La herida en su pierna no sangraba, no dolía. Tan solo quedaban las horrendas cicatrices de las marcas de los dientes del licántropo.
Había estado alimentándose de la magia de aquél hombre, tomándolo para sí. Había sido algo instintivo, producto de la desesperación, pero Harry se sentía asqueado, sucio. Se hizo a un lado, y vomitó, sus manos raspándose contra el empedrado.
Tomó aire, tratando de recuperar la calma. Sirius. Estaba buscando a su padrino. Aquello había sido un accidente desafortunado, como la muerte del licántropo, como la muerte del auror, como todo lo que había pasado desde que había tomado el diario de Tom de entre los miles de cuadernos de segunda mano en esa librería en Diagon Alley. Pero al menos, en esta ocasión, el tipo seguía vivo. Harry no podía estar seguro de cuáles serían las secuelas, pero esperaba que no fuera nada más grave que un agotamiento mágico.
Se paró, y usó sus sentidos para encontrar la magia de Sirius. Su aura estaba dispersa por todas partes, producto de la batalla, producto de las emociones. Pero había un foco, una de las primeras cuadras que separaban la calle principal de los campos que rodeaban el pueblo, del cual emanaba su energía. Harry corrió hacia allí. A diferencia de lo que había esperado, no se encontró con muchos miembros de la Orden, y los que estaban en su camino parecían ir en sentido contrario. Se estaban retirando.
Harry sintió que el alma se le iba a los pies.
- James – escuchó que decía con calma su padrino. Estaba a unos metros de ellos. Su padre estaba nuevamente de espaldas a él, aunque parecía haber sufrido los efectos de la batalla a su alrededor tanto como él. Su capa estaba cubierta de sangre, mugre y cenizas; en algunos lugares estaba rota. Se movió para verlo mejor, cuidándose de no ser descubierto.
- Por fin nos encontramos – dijo, su voz fría, consumida por una ira aguda que transformaba su rostro en el de una máscara amenazante-. ¿Te cansaste de huir, Black?
- Siempre he estado en el mismo lugar – la mirada en los ojos grises de Sirius era tempestuosa, dura como el acero-. Estabas demasiado perdido en tu fantasía para verlo.
- Dime, Black, ¿cuándo te cansaste de jugar al hijo pródigo? ¿Cuándo te diste cuenta que ya no era divertido jugar con nosotros, que tenías que jugar con mi hijo también?
Sirius gruñó.
- Mira, James, acúsame de lo que quieras. Estoy acostumbrado. Pero no te atrevas a insinuar que le hice algún mal a Harry. Tú, que te cansaste de excluirlo. Que lo alienaste al punto que venía conmigo primero cuando tenía problemas porque sentía que no ibas a escucharlo. ¡¿Qué derecho te crees que tienes…?!
- No te atrevas, Black, no te atrevas…
Harry observó con preocupación, y no poca tristeza, el rostro de ambos. El de su padre lucía cansado, marcado con arrugas invisibles que habían endurecido sus facciones. Sirius estaba consumido por el peso de la responsabilidad y los secretos que le había otorgado la guerra. Había una profunda melancolía en ambos, expuesta y sangrante como una herida fresca, y solo visible para aquél que quisiera mirar. Pero entre ellos y esa verdad había un millón de velos, cubriendo con sangre, venganza y furia el espacio que los separaba.
Ambas varitas comenzaron a hablar. Era explosivo, oscuro, el lamento de dos almas desgarradas por las intrigas. Harry se sentía inmovilizado, incapaz de decidir qué hacer. Sabía que podía cambiar todo si daba un paso adelante y tomaba la palabra, pero no sabía qué decir, ni cómo hacerlo. Los colores daban matices a su rostro. La culpa invadía lentamente su alma. Quería decir y hacer tantas cosas…
Su padre gritó cuando un hechizo penetró sus defensas. La sangre brotaba profusa entre los restos rasgados de la túnica escarlata. Harry dejó escapar un sollozo.
- ¿Así es como tiene que terminar? – Preguntó Sirius-. ¿James, vamos a tener que luchar hasta la muerte?
- No hay alternativa – respondió él, el dolor que obviamente sentía sin asomar siquiera en su voz-. Esto es por Harry. Harry me necesita.
- Harry no nos necesita a ninguno de los dos – algo triste y terrible se asomó en la voz de Sirius-. A nuestra manera, ambos le hemos fallado.
- Quizás – admitió James, conjurando unas vendas que se ajustaron sobre la herida en su brazo-. O quizás deberías mirarte en el espejo, Sirius. Me parece muy hipócrita viniendo de tu parte. Tú eres la razón por la que mi hijo está en un cartel de buscado. ¿Te vas a hacer cargo de eso?
Aquello hizo que el Mortífago diera un paso atrás. Una expresión de dolor pasó por su rostro, fugaz. Harry sabía que su padrino pensaba que gran parte de lo que había pasado con Voldemort era su culpa por haberlo expuesto a él.
- Harry está prófugo por mi culpa, James – dijo-. Lo expuse a cosas terribles, pensando que la alternativa sería peor. Pero si hubieras sabido… si hubieras sabido todo lo que estaba pasando bajo tu nariz, ¿qué hubieras hecho? ¡Lo hubieras puesto en peligro!
- Esa era una decisión que no te correspondía tomar.
- ¿Ah no? ¿Qué hiciste el momento que te enteraste que Harry era un sensor? ¡Ibas a dejar que Dumbledore lo usara como un arma!
- ¡Entregaste a mi hijo a Voldemort, hijo de puta, y me hablas de eso!
James no esperó a que su antiguo amigo le respondiera. Un hechizo brotó, iracundo, de su varita, y la danza fue reanudada. La lucha era encarnizada, increíblemente pareja. El golpe de uno era devuelto por el otro en un arcoíris de explosiones. La magia se arqueaba, cortando el aire en un relampagueo fogoso. Harry no podía parar de llorar, y sus piernas no le respondían. Lo único que quería era que dejaran de luchar, dejaran de discutir; era tan sencillo… ¡tan terriblemente sencillo! Ambos lo amaban y Harry los amaba a ambos. ¿Por qué lo complicaban? ¿Por qué no veían lo obvio, oculto detrás de aquellos coloridos ataques mortíferos que se lanzaban el uno al otro?
- Lo que nunca voy a perdonarte Sirius… - jadeó James- es que jamás te pusiste a pensar realmente en el bienestar de Harry. Podría perdonar la traición. Podría perdonarte si eliges seguir a esa escoria de Voldemort, cagándote en nuestros años de amistad. Pero lo que realmente me saca es que estoy seguro que Harry fue una excusa conveniente para tapar algunos de tus problemas. ¿Necesitabas un heredero? Lo tenías a Harry, y vendías la excusa a todos de que era para protegerlo. Lo usaste como moneda de cambio para negociar con Voldemort.
La mirada de Sirius se endureció.
- Es una lástima que pienses eso, - dijo, y lo atacó. Harry miró a su padre, preocupado, y supo por la posición de su cuerpo que había estado esperando la maldición. Con una hábil maniobra, repelió el hechizo, y rápidamente hizo su movimiento. Sirius no fue tan veloz. Su varita salió despedida, dibujando un arco entre él y James. Su cuerpo se echó hacia atrás, y cayó de espaldas al suelo. Harry apenas podía entender qué estaba pasando.
- Esto es todo, Black – murmuró el ex auror, acercándose al cuerpo inconsciente de su contrincante. Harry pudo ver, a través de las lágrimas, que había sangre en la cabeza de su padrino, y su cuerpo se sacudió, como si volviera a ponerse en marcha.
- ¡NO! – gritó. No supo cómo, pero de pronto se encontró sujetando los hombros de su padre, su rostro cubierto en lágrimas implorándole con la mirada lo que su boca no podía articular.
- No… -Murmuró James, abriendo los ojos en sorpresa-, no puede ser…
Su mano se movió, movida por una fuerza más allá de la consciencia, y se posó sobre la mejilla de su hijo. Los ojos avellana absorbían frenéticamente cada detalle del rostro del joven. Harry sentía que su corazón se deshacía en migajas. Caían al suelo en forma de lágrimas, y no se sabía capaz de levantarlas.
- Papá…- sollozó-. Por favor, te lo pido, no hagas esto.
James desvió la mirada por un instante hacia el hombre echado en el suelo, a unos pies de él. Sirius parecía estar recobrando la consciencia. Algo cambió en su rostro. Sus ojos volvieron a Harry, luego a Sirius, luego a Harry. Sus labios, resecos y marcados por días de tensión, planes y estrés, se fruncieron. Algo violento brilló en su mirada por un instante. Se apartó de su hijo con suavidad.
- Es increíble…- susurró, sus ojos brillando con lágrimas que no había llegado a derramar-. Es increíble lo bajo que pueden llegar a caer.
- ¿Papá? – exclamó Harry, confundido, dando un paso hacia atrás.
- ¿No les da vergüenza enviar a un impostor para ganar tiempo? ¿Usar el rostro de mi hijo contra mí?
Harry sintió que se le caía el alma a los pies. Una nueva violencia nacía en la mirada de su padre, y le destrozaba el espíritu saberse que iba dirigida enteramente a él.
- ¡Por favor, papá! Soy yo. Juro que lo soy. Por favor, déjame que lo pruebe.
James esbozó una sonrisa. Había crueldad en ella, crueldad que jamás se había abierto paso en el rostro de su padre. Era una expresión familiar en el semblante equivocado. El horror de saber que aquella era la sonrisa de Voldemort.
- ¿Y cómo lo vas a hacer? ¿Diciéndome cosas que sé que se las han extraído de alguna forma u otra? Vamos. Era el jefe del departamento de Aurores, muchacho. No eres el primero que hace esto.
Harry sintió la necesidad de escapar de allí. No quería ver a su padre así. No quería enfrentar a su progenitor luego de tanto tiempo para que él le rechazara. Para ver como mataba a su padrino, o para ver como su padrino mataba a su padre. Pero algo mantenía sus pies firmemente sobre la tierra, manchada de sangre como estaba. Algo en él le decía que estaba dentro de su poder el rescatar a su padre de aquella venganza.
- Si nada de lo que pueda decir es capaz de convencerte… - dijo, levantando un brazo con la mano extendida-. Quizás pueda convencerte haciendo algo que solo el verdadero Harry Potter puede hacer.
- Conveniente, ¿eh? Como si me fuera a dejar atacar…– James levantó su varita, y Harry dudó por un instante. No quería realmente tocar la magia de su padre, por temor a lo que pudiera pasar. El incidente que acababa de ocurrir con el Mortífago lo había dejado algo temeroso de sus habilidades. ¿Y si perdía el control?
No tuvo tiempo de tomar una decisión. Su padre atacó con fuerza y agilidad inesperadas. Harry conjuró un escudo para protegerse, y miró con desesperación el rostro decidido de su progenitor. Abrió la boca para tratar de hacerlo entrar en razón, pero los únicos sonidos que podía emitir eran los encantamientos defensivos que se veía obligado a invocar. Una, y otra, y otra vez.
Había furia en los pasos de su padre, odio en su mirada. Aquella idea de que él era un impostor enviado para distraerlo parecía haberlo sacado de quicio, de una forma que ni Sirius había logrado conseguir. Harry tenía que limpiarse las lágrimas con la manga de la túnica antes de que le impidieran ver.
- ¡Papá! – logró gritar durante un pequeño impasse, pero eso solo consiguió que James volviera al ataque con renovado vigor. Harry cometió un error y dejó pasar más tiempo del necesario. Sintió el seco impacto de la magia de su padre golpearle de lleno en el pecho.
No tenía idea de qué demonios había usado, pero apenas podía respirar, y su cuerpo no le respondía. Tan solo podía mover sus ojos, que se posaron sobre la figura oscura de su padre, quien se acercaba a las zancadas adonde estaba tirado. Quiso gritar de impotencia, de frustración, pero por sobre todo, de tristeza. La mirada que en algún momento supo estar llena de una cálida ternura paternal ahora se posaba sobre él con una vengativa frialdad. Había un toque de locura allí, y Harry se preguntaba por qué no lo había visto antes. Lo que todos se habían cuidado de decirle, lo que todos hablaban en susurros, hasta sus propios hombres: que James Potter era un hombre consumido por la venganza, llevado al extremo por la intriga y la decepción.
La tristeza infinita, la compasión eterna. Harry posó sus ojos sobre el extremo de la varita de su padre, y cerró los ojos por un instante. Quería decirle que lo perdonaba por todo, y que esperaba que algún día él pudiera perdonarlo por ser su hijo pródigo. Quería decirle que debía haber confiado cuando no lo hizo, que lamentaba haber jugado los juegos que jugó. Que había sido un malcriado, perdido en su vanidad intelectual. Quería decirle que lo amaba, a él, a su madre, a Sirius. Que algún día se volverían a ver.
Alguien gritó algo, y abrió los ojos de nuevo. El verde asesino que todo lo marchita cubrió su visión. Por un instante, la nada.
Silencio. La mirada sorprendida en el rostro de su padre. Los ojos traslúcidos, opacos, fijos en él. Su rostro no se mueve, la muerte lo ha cincelado en mármol. El cuerpo cae, y el golpe seco es lo primero que Harry puede escuchar.
Su cuerpo es libre para moverse otra vez, y Harry se tira sobre el cadáver de su padre. Sujeta su cabeza contra su pecho, sus lágrimas derramándose contra la piel que se enfría lentamente. No puede sentir, no puede pensar. El universo quiere explotar, y lo único que puede hacer es decantarse a través de sus ojos, como pequeños arroyos que vuelven al mar. Su padre estaba muerto. James Potter estaba muerto. Su padre había levantado su varita contra él, y la luz verde lo había arrebatado antes de que pudiera llevárselo a él.
Los sonidos, ahogados al principio, comenzaron a acercarse. El tiempo volvía lentamente a su ritmo normal. Con cada sollozo, se acercaba más y más a la realidad.
- ¡Harry! – gritó una voz familiar, que lo obligó a volver en sí. Harry levantó la mirada. Sirius lo miraba desesperado. Sus ojos brillaban. En su mano estaba el arma asesina, su varita de madera oscura. Harry abrió la boca, y extendió una mano hacia su padrino. Quiso murmurar su nombre, pero su garganta sólo pudo procurar un grito desgarrador.
Una figura oscura se abalanzó sobre Sirius. Harry apenas lo había visto venir. Mientras su padrino intentaba ponerse de pie, un lobo se echó sobre su cuello. Los dientes manchados de sangre se cerraron alrededor de la tierna piel; un gruñido, un murmullo, un grito desesperado. Los ojos grises se cerraron lentamente.
Sintió el goteo de la sangre que se derramaba al suelo. Esta vez no había silencio; había gritos, gruñidos, el rozar áspero de la magia de aquél licántropo contra su piel. El cuerpo de Sirius estaba a unos metros de él, pero lo sentía cerca, como si estuviera en el lugar que ocupaba el cadáver de su padre, entre sus brazos. Sus manos sujetaban a James, su mirada estaba fija en Sirius. Ambos habían muerto con los ojos abiertos, y lo último que habían visto era el rostro horrorizado del joven mago.
Sintió un olor familiar, y el rostro de Sirius desapareció de su visión. Estaba siendo apretado contra un pecho. El contacto cálido le daba náuseas; lo único que quería sentir era el frío de ultratumba que emanaba la piel de su padre. Alguien llamaba su nombre, alguien más había tomado el cadáver de James. Quiso liberarse para ir con él, con Sirius; quería a sus dos padres con él, pero los brazos que lo abrazaban eran fuertes, y firmes, y no lo dejaron escaparse. Sintió una mano sobre el cabello, las lágrimas que empapaban la áspera túnica que recubría el pecho de su captor. Y luego sintió un vacío, y una presión gigante. Y luego no supo más.
- No ha dicho nada todavía – susurró una voz femenina. En el silencio de la estancia, sin embargo, poco valía el murmullo. Todo se podía escuchar. El otro asintió con gesto grave, y abandonó la habitación. Harry no estaba seguro de quién era, ni tampoco le importaba.
La mañana brillaba con el fulgor del verano que moría lentamente. Las hojas todavía ofrecían un bonito espectáculo de verdes saturados, todas las tonalidades danzando bajo el sol. A lo lejos podía escucharse la corriente de un pequeño arroyo de aguas cristalinas. Las aves aprovechaban sus últimos días en ese lugar antes de emigrar al sur; se posaban sobre el alfeizar de su ventana, le dedicaban operetas enteras. Si Harry hubiese tenido su varita las hubiera prendido fuego. Pero solo podía admirarlas silenciosamente.
- Las culturas antiguas tenían la creencia de que las aves eran las responsables de llevar las almas de los muertos al más allá.
Harry miró a su interlocutor detenidamente. El hombre sostuvo su mirada.
- No eres el único que está sufriendo, Harry, aunque sí eres el que más lo siente. Por eso es que debes dejarnos compartir tu dolor. Es demasiado para una sola persona.
Harry se levantó de la cama, tomó la silla vacía que estaba junto a ella, y se sentó frente a la ventana. Un mirlo y un pinzón se disputaban el amplio espacio que ofrecían los ventanales. Harry tomó una rodaja de pan que había guardado del almuerzo y la deshizo en migas. Ya se le había hecho costumbre saludar a las dos peculiares aves con un poco de comida.
- ¿Quieres compartir mi dolor? – Habló Harry, su voz áspera por la falta de uso-. Bien. Te recomiendo que te sientes – se detuvo por un instante. Un aura familiar buscaba, esperanzada, la suya desde afuera de la habitación-. Mamá, entra. Sé que estás afuera.
Esperó hasta que su madre estuviera sentada, y comenzó. En una voz casi monótona, de la misma forma que le había relatado hacía tiempo a Sophie, a Draco y antes que a nadie, a Sirius, le contó a su madre y a Remus todo lo que había pasado esos últimos años.
Abrió sus ojos. Esperaba ser recibido por la luz cálida de la mañana, pero se encontró inmerso en la oscuridad. Sobre su cabeza, el cielo brillaba con la luz de un millar de estrellas. Luna nueva. Estaba en un acantilado junto al mar, y la brisa fría le hablaba de tiempos más oscuros que a los que estaba acostumbrado. La sal y el iodo en el aire penetraban sus pulmones, le hacían sentir con una claridad y una lucidez que no había sentido en días. Estaba a kilómetros de donde estaba su cuerpo, y por alguna razón se sentía más liberado a causa de ello. Como si la distancia física pudiera alivianar el dolor y la tristeza.
Había un árbol solitario sobre el acantilado; una cosa seca y retorcida que a pesar de todo se atrevía a seguir erguido en aquél desolado lugar. Caminó hacia él. Desde la distancia podía adivinar una figura familiar descansando sobre las enredadas raíces. Por un momento se preguntó si no sería mejor intentar terminar con aquél sueño tirándose del acantilado, pero algo en su interior lo detuvo. Quizás debería aprovechar la oportunidad para tener una discusión con alguien. Tenía la esperanza que al menos, si lo hacía enfadarse, se olvidaría del dolor.
- Aquí abajo está la cueva donde llevamos a cabo nuestro duelo, ¿verdad?
Tom asintió.
- Es muy pacífico este lugar.
- Solíamos venir con el orfanato para el verano – comentó Tom-. Aquí fue donde descubrí hasta dónde podía llegar mi poder. Las cosas que podía hacer con él. Me deshice de la mascota de uno de los muggles que me molestaba, para castigarlo. Nunca más volvió a ser el mismo.
Harry no respondió nada. Se preguntaba qué demonios le pasaba al otro que de repente estaba siendo tan honesto con él.
- No me siento el mismo – admitió el joven, de repente-. Siento un vacío adentro. No puedo dejar de pensar en ninguno de los dos. Quizás de pronto quiero hacer algo, y me encuentro preguntándome qué dirían mi padre y Sirius.
Tom lo miró, confundido. Harry se sorprendió al notar que el otro posiblemente no tenía idea de lo que había pasado, y con justa razón, pues hacía semanas que no hablaban. La muerte de su padre y Sirius le había resultado tan invasiva, como si abarcara cada aspecto de su vida. El mundo entero lloraba por sus muertes, o al menos así le parecía. Tomó asiento junto a Tom.
- Mi padrino y mi padre están muertos. Hace unos días Sirius encabezó un ataque en Hogsmead para tomar venganza contra un grupo de vigilantes que según tengo entendido habían atrapado, torturado y asesinado a algunos Mortífagos. La noticia se había filtrado hasta la Orden, y mi padre organizó un contra ataque con la idea de separar a Sirius del resto para encargarse de él. Estuve ese día desde la mañana temprano en el pueblo, hasta que sentí que aparecía un grupo de licántropos. Le quise dar aviso a la gente que estaba por ahí, así que volé un empedrado. No sé cuán efectivo fue, pero consiguió poner a los niños a salvo, y los adultos se pusieron con las varitas en alto.
- Entonces llegaron esos vigilantes. Llegó la Orden, los aurores. Aparecieron los Mortífagos. Se volvió todo un caos. Yo estaba esperando a que apareciese Sirius, a mi padre lo vi llegar al instante. Pensé en detenerlo allí nomás… pero antes de que pudiera darme cuenta qué pasaba desapareció. Y salí a buscarlos, pero me vio un licántropo que pensó que me había cargado a un Mortífago. Luchamos. En un momento se sumó su amigo, y cometí un error, el lobo me mordió y…
Harry había visto los ojos sin vida del lobo, pero había girado la cabeza antes de ver cómo adoptaba su forma original. No quería ver el rostro del mago al que había matado.
- Lo mataste. Te defendiste.
- Lo asesiné – dijo el joven con un tono que no dejaba lugar a argumentos-. Y seguí buscándolos. Lo vi a Sirius e intenté acercarme, pero uno de los Mortífagos me vio y creo que supuso que yo estaba por sumarme al ataque, estaba peleando contra tres o cuatro miembros de la Orden, y me atacó. Me tomó desprevenido, y caí al suelo. Entonces mi magia reaccionó y me agarré de este tipo, y comencé a alimentarme de su energía. Fue asqueroso. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, el Mortífago estaba convulsionando en el suelo.
- Entonces lo volví a ver a Sirius. Ya no me dolía nada, y la herida en mi pierna había curado, gracias a la magia de este tipo. Corrí hacia él, pero mi padre llegó primero. Y lucharon – los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar la escena, y la impotencia que sintió en aquél momento-. Mi padre consiguió desarmar a Sirius primero. Lo iba a matar…
Harry odiaba mostrar cualquier tipo de debilidad frente a Tom, pero no podía evitar que pequeñas gotas cayeran por sus mejillas en ese punto. El viento parecía soplar con más vehemencia, y el sonido de las olas rompiendo contra las rocas se le hacía más áspero que antes. Quizás era una sensación, pero se le ocurría que aquél paisaje respondía a sus emociones.
- Me interpuse entre los dos. Le pedí que no lo matara. Le rogué que no lo matara. Él… él… pensó… - la garganta se le cerraba a momentos, y apenas podía decir lo que quería decir-, pensó que era un impostor. Y trató de matarme. Cuando pensé que estaba por hacerlo, vi una luz verde. Sirius lo mató antes de que él pudiera hacerlo. Merlín, mi padre murió pensando que era un impostor.
Se llevó una mano al rostro, y su cuerpo comenzó a sacudirse con la fuerza de sus sollozos. No podía soportar estar allí. No podía soportar la mirada fría de Tom. No podía soportar lo que había pasado, la manera en la que todo había terminado.
Una mano se posó sobre su hombro. Harry levantó la mirada, y se encontró con los ojos rojos de Tom. No podía decir que había compasión en ellos, pero había algo más honesto, más crudo. Expresaban una necesidad por entender y solucionar aquél problema que lo estaba afligiendo. Y aquello le sirvió más que toda la compasión que alguien normal le podría haber brindado.
- Mientras sujetaba el cadáver de mi padre, escuché una voz. Miré a Sirius, y no fueron dos segundos después que un licántropo se echó sobre él y lo mató.
- Pensé que los licántropos estaban aliados con Voldemort.
- Lo están. Ese era Neville Longbottom. ¿Te acuerdas de Neville? Se fue a buscar a Remus al norte de las islas, y cuando lo encontró estaba con Fenrir Greyback, el mayor aliado que tiene Voldemort dentro de las colonias de lobos. Greyback se lo había llevado con él. Los dos se unieron a la manada y comenzaron a actuar como agentes dobles para la Orden.
- Lo mató por venganza, ¿verdad?
Harry sonrió. No había gracia en el gesto.
- Neville me la tenía jurada. Pensaba que como yo era un Black tenía algo que ver con la muerte de sus padres. Y lo odiaba a Sirius, es cierto, incluso después que se filtró que Bellatrix había sido asesinada durante la redada en la mansión Malfoy – tomó una pequeña piedra que tenía a sus pies y la tiró hacia el mar. No podría decir si había llegado-. Pero creo que en algún momento se dio cuenta que solo estaba usando su ira como una excusa para no enfrentar la realidad. Que sin sus padres no tenía razón para seguir viviendo. Pero luego se metió en la Orden, y encontró otra cosa. Otra razón.
- Cuando me vio en ese momento, sujetado al cuerpo de mi padre – Harry prosiguió-, supo que finalmente entendía lo que él había pasado. El lobo quiso protegerme. Y Sirius se estaba levantando, su varita apuntada hacia mí. Neville pensó que me iba a atacar.
Harry apoyó una mano sobre la de Tom, rompiendo en sollozos otra vez.
- Ni siquiera puedo odiarlo, ¿sabes? Si lo hizo para protegerme. Igual que Sirius. Los dos murieron por lo mismo.
- Es tristemente estúpida – susurró el otro- la manera en la que las emociones parecen hacer contradictorias dos metas que en realidad son las mismas. Sé que ves a la situación y encuentras que el denominador común eras tú, Harry, pero esto tiene poco que ver contigo. Si ellos realmente hubieran estado pensando en ti, hubieran parado en cuanto apareciste.
Harry no quería cruzar su mirada con la de Tom.
- No puedo decirte qué tenían en la cabeza todo ese tiempo. Pero conozco los deseos menos nobles de los corazones de los hombres. Harry, sus intenciones no eran tan nobles como tu piensas. Ellos también te usaban como excusa, sin duda creyendo con todo su corazón que era por tu bien. Su destrucción era la consecuencia natural de sus acciones.
- Por ponerlo de otra forma, si tú no hubieras estado, probablemente las cosas habrían terminado igual.
Harry no quería admitirlo, pero sabía que lo que Tom le estaba diciendo tenía lógica. No lo hacía sentirse mejor, nada podría, pero le permitía ver su culpa como algo un tanto irracional en ese contexto.
- A veces me gustaría ser como tú –dijo-. No tendría que sentir todo esto.
- Ah, pero yo también tengo sentimientos, Harry. La diferencia es que no puedo desasociarlos de mis procesos mentales. Soy capaz de sentir lo mismo que tú, solamente si es lógico que lo haga.
- Sentimientos racionales, dios mío, qué oxímoron.
Harry se mantuvo en silencio por unos momentos. Se sentía liberado de una carga, en cierta forma. Revivir lo que había pasado con alguien tan emocionalmente distante como Tom era una descarga pura de energía. Lo había revitalizado, calmado su mente. Los ojos le quemaban suavemente con aquella sensación que llega después del llanto.
De pronto notó que los ojos del otro chico estaban fijos en su pierna derecha. Las marcas de los dientes del lobo que había matado lucían viejas, como si hubiese sido un accidente de su juventud. El joven de ojos escarlatas deslizó las yemas de sus dedos contra el relieve de su piel, analizando la mordedura.
- No contrajiste licantropía – comentó, pensante. Harry asintió.
- ¿Crees que fue la magia que absorbí del mago?
- No, para ese entonces habrías estado infectado. Es a causa de esto – se señaló el pecho-. La licantropía es un arte oscura, o al menos registra dentro del mismo espectro. Con tu visión seguramente puedes ver las similitudes entre el aura de un hombre lobo y el de un mago oscuro. El horrocrux, siendo de la misma naturaleza, seguramente repelió la nueva magia.
- Ni pienses que te lo voy a agradecer.
- Me conformo con saber que en algún momento pensarás en lo que significa ser un hombre lobo, te acordarás de esto y te sentirás aliviado.
- Eso sonó casi altruista de tu parte.
- La edad me está ablandando.
Harry esbozó una pequeña sonrisa.
Era la mañana después. Harry reconocía el lugar, y sabía qué era lo que estaba haciendo él allí. De pequeño había pasado incontables tardes de verano corriendo por los pastizales que podía ver a través de la ventana. Recordaba cada arruga que había creado en aquella cama, soñando con aventuras que jamás viviría. En la biblioteca había unos pocos libros. La mayoría los había donado una vez que se había considerado demasiado maduro como para ellos. La guarda estaba decorada con pequeñas Snitch, que se movían y volaban sobre las paredes de la habitación.
Su vieja habitación, en la casa de verano, era el peor lugar donde podría haber despertado. Incontables memorias de sus días allí, las visitas de Sirius, los juegos que inventaban con su padre, asaltaban su mente. Sentía como la herida abierta volvía a sangrar, y miró para abajo pensando que estaba manchando las sábanas.
Sintió la magia de alguien acercarse. La familiar sensación de aspereza le irritó. No quería ver a nadie, mucho menos a un licántropo. Le habían quitado su varita pero él era capaz de hacer cosas peores sin ella. Y su mente se distorsionó, planes de venganza tomando forma en su imaginación. Era una creatura herida, y lo único que puede hacer es atacar a todo cuanto se acerque.
El rostro de Neville asomándose por la puerta lo descolocó.
La última vez que lo había visto, los ojos marrones estaban desbordando de ira y odio hacia él. La boca estaba torcida de una forma amenazante, casi como si estuviera a punto de gruñirle. Algo salvaje en sus facciones le daba un tinte de peligro que Neville jamás había tenido. Ahora, sin embargo, había en él calma. Como un metal que se templa luego de pasar mucho tiempo bajo el yugo y las llamas, cementando su fuerza para el resto de su vida.
Su rostro estaba cubierto de pequeños arañazos, cicatrices de decenas de lunas llenas. Había perdido la contextura suave, redonda, que alguna vez había tenido. Ahora su figura parecía estar llena de un vigor imponente. Ya no era más un niño enloquecido por la venganza.
- Sentí que estabas despierto – dijo. Su voz tampoco era el tenor suave de un niño tímido que ama la botánica. Tenía la voz ronca, algo quebrada. Harry se preguntó si era por tanto gritar-. Yo…
Ambos permanecieron en silencio. Harry no tenía nada para decirle.
- Recuerdo la última vez que nos vimos – dijo, finalmente-. Sé en qué términos nos separamos. Pero no quiero que te quedes con la impresión equivocada. Sí, odiaba a Black, lo hubiera matado alegremente en cualquier día y horario. Bellatrix está muerta a causa de él, pero él no era mucho mejor. Si tú supieras… - se detuvo, imaginando que no era muy cordial el hablar mal de un muerto enfrente de alguien que lo supo valorar mucho-. No importa. Tienes derecho a quedarte con la imagen que quieras de tu padrino. Pero aunque lo odiase, no lo habría matado así.
Harry le quitó los ojos de encima. Neville había sido el licántropo que había visto saltarle a la yugular a su padrino. Sintió el comienzo de una tormenta, pero algo en la voz de su antiguo amigo lo detuvo.
- Lo primero que vi fue tu rostro. Estabas llorando, abrazado al cuerpo de tu padre. Supe… supe en ese momento lo que estabas sintiendo. Sentí de vuelta el vacío, la impotencia que sentí cuando murieron mis padres. Supe que entendías. Y el lobo reaccionó, Black estaba con la varita apuntándote, y desde donde yo estaba parecía que te iba a atacar…
Desde el rabillo de sus ojos Harry observó que Neville apretaba los puños.
- Si pudiera cambiar lo que pasó, lo haría. Lo siento, Harry. Te hice lo que me hicieron a mí. Te quité a alguien importante en tu vida.
Harry no sabía qué responderle, qué sentir. Neville se quedó mirándole por unos instantes, y se retiró.
Unas manos acariciaban su rostro. Había un perfume familiar en el aire, un olor dulce. Frutillas. Supo entonces que las manos pertenecían a su madre. Abrió los ojos, y la vio, rostro bañado en lágrimas, los ojos esmeraldas que había heredado devolviéndole la mirada, las líneas que marcaban el paso del tiempo cada vez más presentes. Se levantó, y la abrazó.
Ambos sollozaron en silencio, abrazados. Su madre se levantó, después de un tiempo, y le dijo que le traería la comida. El dolor en sus ojos le decía lo que sus labios no podían decir, que cada vez que sus ojos se posaban en él sentía que James le devolvía la mirada.
Remus, a comparación de Neville, de su madre, y de él, parecía estar igual que la última vez que habían hablado. Era extraño ver a alguien que había pasado por tanto y que aparentaba cierta inmunidad a las calamidades que se iban dando a su alrededor. Pero Harry sabía que el dolor se iba acumulando adentro de esos amables ojos del color de la miel, y que algún día desbordaría.
- ¿Cómo te sientes, Harry? – preguntó, mientras tomaba la silla que su madre había dejado vacante. Harry pensó que aquello era una pregunta estúpida. En su regazo había una bandeja con un almuerzo ligero que los elfos habían preparado para él. El tenedor daba vueltas alrededor del plato. No tenía ganas de comer. No tenía ganas de nada.
Remus suspiró.
- Lamento lo que sucedió. Lamento que hayas tenido que verlo. Neville se precipitó, y no pude llegar a tiempo para detenerlo. Lo siento, Harry.
El joven mago pensó que mucha gente pedía perdón en esos días, pero ¿qué significaba realmente? ¿Qué sentido tenía pedirle perdón a él, si él no había sido a quién habían matado?
Pensó entonces que quizás estaba equivocado. Que la gente enseñaba que el perdón era una cosa, pero aquellos que han pasado por situaciones realmente calamitosas descubren que el perdón va más allá que la expiación de culpas. Se le ocurrió que aquello no tenía nada que ver con la culpa, sino con el duelo. Lo que Remus le estaba pidiendo, en realidad, era permiso para llorar a James y a Sirius con él. El licántropo quería compartir su miseria.
Harry alzó los ojos, pero no dijo nada. Remus lo observó expectante unos minutos, y luego bajó la mirada.
- Supe que sufriste una mordedura – dijo, fijando su atención sobre las piernas del joven, escondidas debajo de las sábanas-. Cuando revisé la herida, parecía curada, lo cual es muy extraño ya que tardan semanas en cerrarse. Y no tienes los signos típicos de la licantropía. Hicimos que un sanador te revisara… y en efecto, no contrajiste la enfermedad.
Su boca esbozó una débil sonrisa.
- Hay que agradecer por los pequeños favores.
Harry supuso que algún día se sentarían a hablar de su habilidad como sensor y de los favores que tenía que agradecerle, entre ellos el interés de un mago oscuro adicto a los juegos de poder.
Cuando Harry terminó el relato de lo que había pasado en los últimos años, su audiencia se había expandido. Un itinerante Neville se había unido. Sophie había llegado, para su sorpresa, en la mitad, acompañada de su padre. Harry no movió sus ojos del alfeizar durante todo el relato, aunque el mirlo y el pinzón con los que se había amigado hacía rato que habían desaparecido. No quería ver las expresiones en los rostros de aquellos que lo habían visto desde afuera. Sentía una profunda vergüenza.
Supuso que eso era mejor que sentir el vacío de la tristeza.
Cuando su voz se apagó, se dio cuenta que su madre estaba llorando. Sin pensarlo, se levantó y corrió a abrazarla. El corazón le quemaba con el bochorno, pero era ella quien insistía por confortarlo a él, por susurrarle súplicas de perdón y de arrepentimiento.
- Dejé que pasaras solo por todo eso, Harry, oh dios mío – decía, entre sollozos.
Quería decirle que no era su culpa, quería cargarse él con toda la responsabilidad. Pero al instante reconoció que precisamente aquella actitud era lo que lo había llevado a ese punto. Todos en esa habitación habían tenido su rol en la historia; algunos hicieron la vista gorda cuando quisieron, otros actuaron a pesar de las consecuencias. Quizás algunos eran más culpables que otros, y ciertamente Harry era el que más carga debía llevar, pero todos allí estaban implicados de alguna forma u otra. Y si aceptaba eso, también podría aceptar su rol en los acontecimientos.
Todos parecían estar a punto de decir algo, pero nadie se animaba. Fue Severus Snape quien tomó la palabra.
- Ahogarte en culpas no te va a llevar a ningún lado – dijo, con su característico tono cortante-. La gran pregunta, Potter, es qué quieres hacer ahora. Tienes que saber que la situación actual favorece al Innombrable. Cambió un alfil por la reina. Tu padre era el líder indiscutible de la Orden, y la última batalla nos dejó con más pérdidas que a ellos, además de costarnos varios espías entre sus filas.
Harry asintió. Se separó de su madre, dio vuelta la silla frente a la ventana, y se sentó en ella, de frente al resto. Sophie estaba parada junto a su padre, mirándolo gravemente. Neville estaba sentado al pie de su cama, con el ceño fruncido. Remus lo miraba, parado a unos pies de él, sin emoción aparente. Su madre todavía tenía lágrimas en los ojos.
- Voldemort va a aprovechar la situación actual para hacerme ocupar el puesto que dejó Sirius vacante. Sabe que ahora soy la cabeza de la familia Black, y de los Potter. No va a poder resistirse a la ventaja política que eso supone.
Cerró los ojos por un momento.
- Cómo va a hacer para tratar de convencerme que eso es lo que más me conviene no es más que una especulación de mi parte. Por como lo veo, tiene dos opciones; o intenta chantajearme, o intenta manipularme – dirigió su mirada de vuelta a Snape-. Me preguntaste qué quería hacer ahora. Quiero llegar a un compromiso. Quiero que haya una coalición entre ambas partes. Si eso implica a Voldemort o no, no me interesa.
- Por cómo están las cosas, eso es imposible – susurró, entre dientes, Neville-. Una parte quiere matar a la otra, y viceversa. Hay justicia a llevar a cabo.
- Ojo por ojo, dice el dicho, y el mundo acabará ciego – respondió Harry-. Estamos donde estamos porque no hay un diálogo, porque quebraron la fe en las instituciones.
- Estamos donde estamos porque el Innombrable no quiere más que un gobierno de facto – acató su madre-. Él quebró la fe en las instituciones.
- ¿Y usar fuego para luchar contra el fuego es válido? Si él se negó a seguir la vía constitucional, ¿qué hay de ustedes, que son una organización paramilitar? ¿Y qué hay del gobierno en el que felizmente participaba mi padre, en el que se regalaban sobornos como si fueran caramelos?
Su madre desvió la mirada.
- Harry, no entiendes que…
- Esa es la razón por la que nunca te hablé de todo esto en primer lugar, mamá. Porque piensas que no entiendo. Porque puedo ver lo hipócrita de todo el asunto. Ellos no quebraron la fe contra las instituciones, se limitaron a darle el golpe final a algo que había empezado cuando el Partido Popular estaba al poder. Luego ustedes se radicalizaron y ahora pretenden que su terrorismo de guerrilla es moralmente superior al de ellos.
- Voldemort te lavó la cabeza – acusó Neville-. ¿No ves que jamás se puede llegar a nada con unos racistas elitistas?
- Entonces sigámonos matando los unos a los otros, que tiene más sentido – respondió sarcásticamente el otro joven.
- Queremos justicia, nada más, Harry – Remus intervino, con ademán pacificador-. Justicia en un contexto democrático.
Harry lo miró por un largo rato.
- Creo que ni ustedes saben lo que quieren – dijo, finalmente.
Sophie se quedó, luego de que todos se retiraran.
- De él lo sabía, pero no estaba al tanto que eras un doble agente. ¿Siempre fue así?
- Desde el principio – admitió ella. Ambos permanecieron en silencio por unos momentos, perdidos en sus pensamientos-. No vas a pelear por la Orden.
- No – admitió Harry.
- Y sé que no te puedo convencer. Pero quizás te pueda ayudar de otra forma – se acercó a él, y le entrego una hoja de papel, doblada al medio. Harry lo abrió. Adentro había un nombre, y una dirección en alemán.
- Él puede ofrecerte refugio. Si quieres irte, desaparecer por un tiempo, escápate a Alemania y ve a verlo.
Su hermana se dio media vuelta, y tomó unos pasos en dirección a la puerta. Harry hizo un bollo del papel que le había dado.
- El que me hayas dejado pensar todo este tiempo que eras una Mortífaga, ¿era porque no confiabas en mí?
Sophie se detuvo.
- No confiaba en tu relación con Sirius, y luego no confié en lo cercano que te habías vuelto con Voldemort.
Harry la miró desaparecer tras la puerta, y guardó la dirección, abollada, en un bolsillo de su pantalón.
Pensó que cuando abriría los ojos se encontraría con Tom, pero el lugar no le resultaba familiar. Se encontraba en un amplio estudio, decorado a la manera espartana. Lo poco que había era lo esencial, y reflejaba un gusto cultivado y oneroso. Estaba seguro que cada libro que decoraba las estanterías guardaba secretos útiles y perdidos para el común de la población, de la misma forma que estaba seguro que no había detalle en aquella habitación que no sirviera a un motivo oculto.
Desde los amplios ventanales podía observar un bosque negro bañado en luz de luna. No tenía idea dónde se encontraba pero la vista se le hacía familiar, y se sintió atraído hacia ella. Caminó unos pasos y con un movimiento de su mano corrió una de las cortinas, una seda fina y trasluciente que dejaba ver todo desde adentro pero que ocultaba la habitación de cualquier ojo curioso.
- Me preguntaba si serías capaz de reconocer el lugar.
La voz de Voldemort lo sobresaltó, pero mantuvo su mirada fija en el paisaje exterior. Ahora estaba seguro que alguna vez había estado allí.
- Tiene algo familiar, pero no puedo ponerle nombre.
- Boleskine House. Tengo entendido que pasaste unos días aquí con tu padrino.
El nombre le sonaba familiar.
- ¿No es esa…?
- ¿Una de las propiedades de Bellatrix? Sí. Sirius pensó que estaba arruinando la familia, pero incluso en su locura Bellatrix pudo salvar algunas de las propiedades, que me las dejó a mí antes de morir.
Harry se dio vuelta. Voldemort estaba de pie, a unos pasos de él, mirándolo con interés. Estaba vestido en lo que el joven mago podría llamar casual, dada las costumbres del otro. Pantalones de vestir negros, una camisa de un profundo azul arremangada hasta los codos. No pudo evitar que sus ojos se deslizaran al triángulo de piel expuesta debajo de la línea de su garganta. No llevaba corbata.
- Esto es similar al espacio mental donde me lleva Tom, ¿verdad? Pero en vez de ser mi propia mente, es un lugar común a los dos.
Voldemort sonrió.
- En absoluto. Estamos realmente en Boleskine House, Harry. Digamos que en vez de traerte físicamente, proyecté tu consciencia aquí.
El joven asintió, y echó una mirada a su alrededor.
- Imagino que el decorado es tuyo. Bellatrix era más teatral.
- Hice mis renovaciones, sí – hizo un ademán hacia dos sillones, y se sentó en uno de ellos. Harry tomó asiento en el otro-. No te traje aquí para hablar de eso.
- No, supongo que no. ¿Lo planeaste?
- ¿La muerte de tu padrino? No. Puedo ordenar las cosas en cierta forma, tratar de guiar los acontecimientos en cierta dirección, pero no puedo predecir lo que va a pasar. El elemento humano es increíblemente impredecible – hizo un gesto con su mano, y apareció en ella un vaso con un líquido ámbar que no le resultaba familiar-. Por ejemplo, no podría haber predicho que te infiltrarías en Knockturn Alley para conseguir información de la Orden, ni que terminarías metiéndote en el medio de la batalla.
A Harry no lo engañaba su charla.
- Si, pero ¿cuándo es que no hubieras podido hacer tu predicción? ¿Me vas a decir que no sabías al momento de la batalla que había estado en Knockturn Alley, hablando con tu gente?
Voldemort lo miró con una sonrisa en sus labios.
- Touché, Harry. No me das un respiro. Sí, lo sabía. Y sabía que había mandado a Sirius a una prueba difícil.
- ¿Y qué ganabas con todo esto?
- Fue una apuesta. Si Sirius ganaba, me desharía de tu padre y dejaría la Orden completamente debilitada. Si tu padre ganaba, me desharía de una amenaza importante y perderías tu última protección.
Voldemort tomó un trago de su bebida.
- Y las cosas salieron mejor de lo que esperabas.
- En efecto. La Orden quedó a cargo de tu madre, quien está demasiado preocupada por ti como para resultar una verdadera amenaza, y ahora tengo derecho a exigir que tomes tu lugar a mi lado.
Harry se paró, incapaz de soportar la mirada burlona en el rostro del otro hombre.
- No me puedes obligar a nada.
- ¿No? – respondió el otro-. Harry, no entiendes que desde el momento en que Sirius murió, tus alianzas dejaron de ser un tema entre nosotros dos. Todo el bloque que se aliaba con los Blacks va a presionarte para que publicites tu apoyo, y en este momento tienen más peso que los aliados de tu padre. Realmente no necesito hacer nada más al respecto, la política interna se va a encargar de ti. Estás a la merced de la marea.
Harry apretó los dientes, incapaz de refutar lo que sabía era verdad. Pelear contra un hombre era una cosa, pero contra todo un movimiento…
- Hoy me preguntaron qué pensaba hacer ahora – dijo-. Quiero armar una coalición. Armar una mesa de negociación.
Voldemort dejó escapar una carcajada. Harry sintió que se le iba el color a las mejillas, humillado. El hombre se levantó y caminó hacia él. Harry no desvió la mirada cuando sintió dos manos sobre sus hombros, y los labios del mago oscuro sobre su frente.
- No me decepciona que la muerte de tu padrino y tu padre te haya hecho tan combativo – susurró-. Pero tienes que aprender a elegir tus batallas, Harry. Y esta ya la perdiste.
- No vas a desperdiciar la oportunidad, ¿verdad?
- Claramente – respondió, y bajó su rostro hasta que estuvieron al mismo nivel, centímetros separando sus narices-. Aquí empieza la historia para mí.
Cuando Harry se despertó, el sol había pasado el cenit del mediodía, e iba lentamente transitando su camino hacia el ocaso. Salió de su habitación y bajó hasta el primer piso. Podía escuchar unos murmullos preocupados, y la voz de la radio que, estridente, anunciaba las noticias. Se paró detrás de la puerta antes de entrar a la sala de estar. Desde su posición podía ver el rostro angustiado de su madre, la ira en el de Neville, la resignación en el de Remus.
- Transmite LR-A1 Radio Londres, Gran Bretaña, para todas las emisoras integrantes de la cadena nacional en todo el país. Ante los eventos ocurridos en el día de la fecha, que dieron como resultado el establecimiento de un nuevo orden en el territorio de la nación, dirigirá un comunicado al respecto el Excelentísimo Primer Ministro de Magia del reino de Gran Bretaña y sus protectorados, Lord Voldemort.
El silencio que siguió a las palabras del locutor podría haber sido cortado con un cuchillo. Nadie parecía respirar en la sala.
- Estimados ciudadanos de esta gloriosa nación – la voz fría y formal de Voldemort hizo sobresaltar a su madre, quien probablemente nunca la había escuchado-, me dirijo a ustedes este día con regocijo. Regocijo porque es el final de una era donde la corrupción y la demagogia festejaban el status quo de unos pocos, en detrimento de los muchos. Regocijo porque es el comienzo de una nueva etapa de paz, de estabilidad, de consenso; donde ya no hay lucha entre hermanos, donde los intereses extranjeros no pujan para desestabilizar la nación.
- Venimos en calidad de guardianes, dispuestos a sacrificar todo por el bienestar común. Somos guardianes de la paz, del estilo de vida inglés, pero por sobre todo somos guardianes de la dignidad humana. Somos poseedores de una profunda convicción acerca de la preeminente dignidad del hombre como valor fundamental y es seguramente para asegurar la debida protección de los derechos naturales del hombre que asumimos el ejercicio pleno de la autoridad; no para conculcar la libertad sino para afirmarla; no para torcer la justicia, sino para imponerla.
- Sólo el Estado, para el que no aceptamos el papel de mero espectador del proceso, habrá de monopolizar el uso de la fuerza, y consecuentemente sólo sus instituciones cumplirán las acciones vinculadas a la seguridad interna.Utilizaremos esa fuerza cuantas veces haga falta para asegurar la plena vigencia de la paz social; con ese objetivo combatiremos, sin tregua, a la delincuencia subversiva en cualquiera de sus manifestaciones, hasta su total aniquilamiento.
- Promoveremos la armónica relación entre capital y trabajo a través del fortalecimiento de estructuras empresariales y sindicales limitadas a sus actividades específicas, auténticamente representativas y plenamente conscientes de las posibilidades del país.Todas las medidas de gobierno estarán apuntadas a lograr el bienestar general a través del trabajo fecundo, con un cabal sentido de justicia social, para conformar una sociedad pujante, organizada, solidaria, preparada espiritual y culturalmente para forjar un futuro mejor.
- Las fuerzas armadas convocan al pueblo inglés a ejercer toda su responsabilidad en un marco de tolerancia, unión y libertad, en la lucha por un mañana de irrenunciable grandeza. Ha llegado la hora de la verdad. Una verdad que es en suma nuestro compromiso total con la Patria.
Harry ahogó un grito de sorpresa. Voldemort había tomado el poder en un golpe de estado.
Las notas pertinentes al capítulo me tocaban hacerlas al final esta vez, para no spoilear nada :P Aprovecho primero para agradecerles a todos los que me dejaron un review, a los que leen, a los que la agregan a sus alertas o a favoritos. Realmente me animan a seguir escribiendo.
Ahora, notas! Tengo bastante para decir de este capítulo. Primero, que más allá de la lucha entre el bien y el mal (y que en realidad en esta historia jamás es simplemente los buenos vs los malos) hay un análisis político de la situación que me resultaba imposible no hacer. Estoy entrando en una etapa en mi vida en la que la política juega un papel importante, y me parece que lo tengo que reflejar de alguna forma en mis historias.
Aquellos argentinos (y probablemente de otros países también! Lamento decir que no sé cuan influyente sea el Plan Cóndor y las dictaduras de los 70s en la cultura moderna de cada país latinoamericano) que estén leyendo esto probablemente leyeron algunas palabras familiares como "guerrillas", "subversivos", "de facto", etc, etc. Quería hacer un paralelismo entre los "bandos" que aparecen en el cannon y como se verían en la realidad. Aunque a diferencia de la realidad argentina, el sistema estaba compuesto por una democracia parlamentaria corrupta y liberal, del cual nace una facción de extrema izquierda (la orden del fénix, que lo igualo un poco a Montoneros), y la cual es atacada por una guerrilla de extrema derecha (los Mortífagos, que serían análogos a la triple A, en cierta forma). El discurso final de Voldemort tiene partes (adaptadas) sacadas directamente del discurso de Videla en su asunción, luego del golpe de estado del 30 de marzo del '76.
Quería que, frente a todo esto, Harry surgiera como una especie de tercera posición conciliadora. Actualmente la situación política argentina esta increíblemente dividida entre el gobierno y los opositores (y dentro de los opositores, no hay una línea de consenso fuerte, por lo que se dividen en numerosos frentes con poco poder de voto), y me inspiró un poco para la parte más gubernamental de toda la historia.
Nos vemos el próximo capítulo! (ya queda poco ;) )
