Estaba sentado en su cocina, café a centímetros de su mano extendida, pies descalzos buscando calor en el cuadrado de sol que proyectaba la ventana. Sentía algo de frío.

Un año antes, pensaba, habría estado haciendo los preparativos de último momento para el año escolar. Quizás tendría a Tom en la cabeza, quizás no. Un año antes vería la espalda de su madre mientras tarareaba la canción del verano, moviéndose agitadamente de un lado a otro, realizando los preparativos de último momento antes de su partida a Hogwarts.

Hoy su madre estaba encerrada en el estudio que había compartido con su padre, probablemente alistando los recursos de la Orden. Sus ojos esmeraldas se deslizarían por los reportes con agilidad, hinchados por las horas de duelo pero determinados a cumplir con su misión. Harry tenía cuidado de no pensar mucho en el tema, de no deducir nada que pudiera comprometer la seguridad de las operaciones de lo que el flamante primer ministro había declarado terrorismo. Era su modesta contribución a una causa que no podía apoyar, pero que de cierta forma respetaba.

Hoy Harry ya no se ajustaba la corbata oro-escarlata, sintiendo la trepidación del recetario escolar por el que debería navegar en los próximos meses. Su mente carburaba con el ímpetu de un ejército a punto de entrar en batalla, y pensaba en sus planes, deducía alternativas, consideraba ventajas y desventajas. Su proyecto era el de encontrar una coalición que pudiera destronar a Voldemort (o reducir su influencia) y que eliminara pacíficamente a la Orden. Sabía que su apuesta más segura sería ir al encuentro de los ex partidarios del Partido Tradicionalista, hoy parte de la Unión de Hechiceros, quienes resultaban el elemento más sencillo para controlar (y el más visiblemente numeroso). La UH estaba compuesta de magos poderosos, acaudalados, cuya alianza con Voldemort provenía del profundo respeto y temor que le tenían. Harry sabía que ambas partes también habían tranzado en lo económico, asegurándose de obtener licitaciones y permisos en el nuevo gobierno que en tiempos más legales no habrían de obtener. Dicho en pocas palabras, la UH era una mafia típica; y si había algo que Harry sabía bien de la mafia era su respeto por dos cosas: el dinero, y la cuna. Sus títulos (producto de sangre y desidia) le darían la llave para entrar al círculo. Si se manejaba con cuidado, y si visitaba con más frecuencia Gringotts, probablemente obtendría lo segundo. Y con algunas vueltas de tuercas, podría hacerse con su apoyo. Un plan simple en estructura de difícil ejecución. Le podría llevar años. Una vez obtenido el apoyo de la UH lo único que tendría que hacer sería quitarle a Voldemort su cargo, tras lo cual saldrían los PP de debajo de las piedras para sentarse a negociar. Con alguien más medido, seguramente encontraría poca resistencia.

Sin embargo, Harry estaba consciente de que para poner en marcha su plan debería de entregarse al Ministerio, donde Voldemort probablemente haría que lo juzguen inocente por el asesinato de Dumbledore, tras lo cual lo presentaría formalmente a sociedad a modo de protegè. Allí tendría un margen reducido para obrar, pues Voldemort se encargaría de poner otras cosas en su mente, efectivamente reduciéndolo a una simple marioneta. Otra posibilidad sería obrar desde afuera, desde la clandestinidad, pero para eso necesitaría de alguien influyente adentro del gobierno.

Sus dedos tamborileaban contra la mesa mientras pensaba. El calmante vaivén de aquel sonido lo abstrajo de todo por unos minutos, hasta que alguien entró en la habitación.

- Remus – dijo, sin darse vuelta. La áspera textura de su magia lo había delatado.

Su antiguo profesor devolvió el saludo, y cruzó la cocina en dos grandes zancadas. Su rostro estaba marcado por profundas líneas, y en sus ojos podía adivinarse una gran urgencia. Harry notó, por el rabillo de su ojo, uno de los panfletos que el Ministerio había comenzado a repartir esa semana. ¿Qué futuro quiere para sus hijos? rezaba en grandes letras. Detrás de la primera hoja, Harry sabría que encontraría los rostros de más de uno de los habitantes de su casa, señalados como elementos de la subversión a eliminar.

- ¿Qué piensas hacer, Harry?

El muchacho alzó una ceja.

- ¿Con mi vida? Crear mi propia revolución – el hombre lo miró exasperado, consciente de que Harry le estaba tomando el pelo. El mago sonrió apenas-. Ah, te refieres a nuestro no tan secreto escondite. Iré con ustedes.

- No te va a servir de mucho – la voz de Neville bramó desde la puerta. Su antiguo amigo lo miraba con el ceño fruncido, ira en sus ojos oscuros-. No vas a poder sacar mucho para contarles a tus amiguitos.

- Ten un poco más de respeto, lobo mugriento – le espetó con furia el morocho-. Estás muy equivocado si piensas que voy a entregar a mi madre a Voldemort. Merlín, ¿qué clase de mente enferma tienes?

- Una que me permite reconocer a un espía cuando lo veo. Tú eres el de la conexión mental con Voldemort. A ti es a quien pueden poseer en cualquier momento. Si quieres proteger a tu madre mantente lejos de nosotros.

- Remus, hazme el favor de explicarle a tu lobezno qué es la Oclumancia y para qué sirve. No tengo tiempo para esto.

- ¿Vendrás con nosotros entonces? – preguntó el hombre. Harry cruzó su mirada con la del mayor, tratando de adivinar su opinión del asunto. Se encontró con un rostro completamente plácido, impenetrable.

- Remus, mi madre cuando no está planeando el siguiente movimiento de la Orden se encierra en su cuarto a llorar. Necesito estar allí para ella. Aunque sea por un tiempo, mientras se acostumbra a la muerte de mi padre.

El hombre asintió.

- Empaca ligero entonces. Nos vamos en media hora.


- Están en plena campaña en contra de la Orden – le dijo, pasándole un manojo de papeles. Tom los examinó con interés, sus ojos brillando con cierta diversión.

- ¿Subversivos? Es una linda palabra.

Tom estaba ojeando un panfleto rosa, uno de los que Harry había conjurado directo de su memoria, en aquél espacio onírico. Eran todos distintos y todos habían comenzado a circular en la semana posterior al golpe de estado. Aunque no eran distribuidos libremente (el agente de propaganda del ministerio seguramente consideraba que al obrero se lo convencería con palabras distintas a las que convencerían a un acaudalado comerciante, por lo tanto su distribución era cuidadosamente planificada y orquestada) la inteligencia de la Orden había logrado conseguir copias de cada uno de ellos. Era importante saber el cómo, cuándo y qué de cualquier tipo de ataque para poder contrarrestarlo.

- Si, es eso o terroristas – comentó Harry-. No sé a quién pretenden engañar. Todos saben que hasta el golpe eran ellos los terroristas. Un poco hipócrita de su parte.

- Es propaganda, Harry – contestó Tom-. Existe porque es efectiva. Hay quienes son fáciles de engañar, hay quienes quieren ser engañados. Te estás olvidando de la tendencia a la complacencia del hombre común. ¿Alguna vez leíste Marx?

- ¿El comunista? – Harry lo miró, extrañado-. ¿Desde cuándo admites que lees filósofos muggles?

- Los veranos eran largos en el orfanato – Tom respondió con cierta molestia.

- Ajá. ¿Y qué decía Marx?

- La religión es el opio de los pueblos. Marx se refería al absolutismo religioso predominante en el Occidente, pero sin embargo al leer entre líneas uno puede llegar a otra gran verdad. Aquello que resulta psicológicamente gratificante para una persona, como en el caso de la religión, contribuye a su mansedad. En nuestra sociedad predominantemente secular, esta religión es la creencia en el estado como factor unificador de la sociedad. Para ponerlo en otros términos, el estado es el "gran hermano" en el que el pueblo debe confiar. Quién esté a la cabeza de él no les importa.

Harry le dirigió una mueca, mostrando claramente que no le convencían sus palabras.

- Si eso fuera verdad, Voldemort no tendría seguidores.

- Estoy hablando del grueso del pueblo. Voldemort… yo tuve la precaución de seleccionar elementos discordantes dentro de una clase elitista y poderosa que quería conservar el status quo. Las fuerzas de choque de Voldemort son nimias en comparación con el resto de la población, sin embargo lograron hacerse con el poder. ¿Por qué es eso?

- Bueno, lealtad supongo. E intereses propios.

- Mi proletariado revolucionario eran un montón de niños ricos con gran potencial mágico, poca astucia y mucha frustración. Coincidentemente eran todos futuros herederos de grandes imperios comerciales.

Harry alzó una ceja. Tom continuó.

- La gente que lee Marx no considera que la guerra de clases es algo de ida y vuelta. Existen elementos revolucionarios burgueses, que buscan transformar el estado para acentuar el clasismo inherente dentro del capitalismo. Es la extrema derecha.

- Me dices entonces que Voldemort… bueno, tú aislaste los elementos más radicales dentro de una sociedad que tendía a la inacción política con el objetivo de llegar a realizar un golpe de estado, y que supuestamente esta propaganda ayudará a calmar las conciencias y a convencer realmente al resto del país que los antiguos terroristas son los buenos, y que quieren lo mejor para el país.

- Apelando a la unión para combatir el enemigo común, que son estos agitadores… subversivos.

Harry se mantuvo en silencio por un instante.

- Sabes, nunca me voy a olvidar de una vez que estaba caminando cerca de la sala común de Ravenclaw, cuando Umbridge era Suprema Inquisidora. Había dos chicas hablando acerca de las detenciones masivas que se estaban dando en esos días. Y esto no me lo puedo sacar de la cabeza, que incluso aunque uno de los implicados fuera este chico tímido de Hufflepuff que todo el mundo sabía era un santo, entre susurros dijeron "algo habrá hecho".

Harry esbozó una sonrisa triste.

- Me gustaría poder decirte que la gente no es estúpida, pero el tener que enfrentar la realidad a veces resulta tan difícil que se niegan completamente a verla. Buscan excusas.

- De eso se aprovecha la propaganda – comentó Tom.

Pasaron unos minutos en silencio.

- Sinceramente me asusta perder a mi madre también. Tengo tantas cosas que siento que debo hacer, y sin embargo no puedo despegarme de su lado. Me necesita.

- ¿Qué es más importante, ella o lo que debes hacer?

Harry sabía la respuesta incluso antes de que Tom hiciera la pregunta. No fue hasta unas horas después, con la luna bañando su rostro en la cúspide de la madrugada, que se dio cuenta que Tom había adivinado sus planes y aun así le había ofrecido consejo.


- Está quedando más acogedor que el anterior – comentó Harry mientras terminaba de darle los toques necesarios a su nuevo escondite. Por fuera resultaba poco más que una maltrecha casucha al borde de un peñasco, pero se habían encargado de hacerla tan habitable como la casa que habían dejado atrás dos semanas antes.

A Harry sencillamente le maravillaba la facilidad que había demostrado para adaptarse a las circunstancias, considerando que hasta el momento había vivido una vida relativamente acomodada. A veces pensaba en Draco, y su desdén casual por todo aquello que no brillara como el oro o que no fuera lo más costoso de su tipo, y agradecía que la simpleza con la que había sido criada su madre se hubiera reflejado en su propia crianza de alguna forma. De otra forma, seguramente la hubiera pasado mal al tener que abandonar una casa por una cueva, una cueva por un búnker abandonado, un bunker por una casucha al borde del mar.

Tampoco podía decir que la vida de fugitivo no le había venido bien. El constante trajín de las mudanzas, de la intriga en la que no participaba, el lento avance de los planes que construía en su mente; todo servía para distraerlo y alejarlo poco a poco de las muertes de su padrino y de su padre.

Harry se encontraba con que simplemente había demasiado para hacer como para ahogarse en la miseria. Y no era el único que pensaba aquello. Sabía que su madre, y en cierta forma Remus también, subsistían gracias a la constante distracción que ofrecía la Orden.

Hasta donde Harry sabía, la Orden se había dividido a consciencia en pequeñas células, todas construidas con extremo cuidado; cada una actuaba por su cuenta y no conocía en absoluto ni el paradero ni los miembros que componían a la otra. Lo único que coordinaba su accionar era el dictaminar invisible de su madre, quien desde las sombras y patronus mediante, se comunicaba con sus compañeros en armas. En caso de ser descubiertos, y ante la amenaza de veritaserum, no podrían causar más daño que la pérdida de una pequeña célula, la cual no podrían integrar más de cinco personas.

El método era eficiente, aunque lo suficientemente caótico como para provocarle más de un dolor de cabeza a su madre. A diferencia del verano anterior, en el que era el trajín del ir y venir de miembros de la Orden lo que la mantenía ocupada, en esos días el silencio de las precarias habitaciones era roto solamente por el rasgar de su pluma. Harry se aseguraba de acercarle comida y bebida de tanto en tanto, y de estar cerca cuando quisiera hablar.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, la pasaba sentado en la puerta o entrada de cual fuera su escondite. Remus, y sorprendentemente, Snape, eran los que más se paseaban por el lugar. Hasta donde Harry intuía eran ellos dos, más su madre, Neville y Sophie, los integrantes de esa célula en particular.

- ¿Un té? – ofrecía su antiguo profesor cuando llegaba, conjurando rápidamente un fuego para calentar el agua. Harry jamás pasaba la ocasión.

- Ha estado desde la mañana encerrada allí, ¿verdad? – Remus, tetera en mano, tenía sus ojos fijos en la puerta cerrada que los separaba de la habitación de su madre.

- Se levanta al alba, se hace un desayuno y se encierra allí por el resto del día – suspiró Harry.

El hombre lobo no dijo nada por unos momentos.

- Le he hablado de esto – dijo-. No me parece que sea saludable. Y no lo digo por ella, también lo digo por ti. Casi ya no los veo hablar entre ustedes.

- Lo sé – en la voz del mago más joven había amargura. Sus ojos estaban fijos en las suelas de sus zapatos-. Sé que ella me ve y ve a mi padre, pero…

El agua comenzó a hervir.

- A veces pienso que su fantasma es más importante que nosotros, que estamos vivos.

Remus tomó un puñado de hojas de una bolsita que llevaba consigo, y las echó en el fondo de las dos tazas. La tetera escupía un fino vapor que llenaba el espacio entre ambos.

- Y no tengo eso que tiene Sophie. A ellas las une una causa en común. Sophie ni siquiera perdió a su padre – Harry admitía que se sentía un poco celoso por la frialdad de su madre hacia él-. Merlín. Sabes, Voldemort me dijo que algo así significaría la completa destrucción de la Orden, porque decía que mi madre estaría demasiado ocupada cuidándonos como para dirigirla.

- Lily está asustada, Harry – le respondió Remus, acercándole una taza. Harry la aceptó y enfocó sus ojos en el líquido oscuro-. Está completamente aterrada por la idea de que sus acciones y las de James llevaron a que tuvieras que vivir todo lo que viviste. Y al mismo tiempo está furiosa, porque el Innombrable le quitó a su marido, y quiere quitarle a su hijo. Y la única forma que ella tiene, o al menos siente que tiene, para evitarlo es la Orden. No creo que sea el fantasma de James lo que la mantiene encerrada allí, Harry. Creo que es el miedo de tener que vivir con tu fantasma también.

Harry tomó un largo trago. El té entibiaba su pecho. Las palabras de Remus también. El hombre le sonrió amablemente, y cuando lo hizo al joven mago le dio la impresión de que desaparecían todas las cicatrices y arrugas en su rostro.

- Es una lástima no haberte conocido antes – dijo, de repente. El licántropo lo miró confundido.

- Digo, antes de todo. Antes del diario de Tom. Estás lleno de buenos consejos. Me pregunto qué hubiera sido de todos nosotros si…

- A veces es mejor no darle rienda suelta a los escenarios alternativos, Harry – Remus lo interrumpió amablemente-. Termina lastimándote.

El adolescente asintió.

- En la radio - el otro comenzó, claramente marcando el inicio de una nueva conversación- han comenzado a pasar jingles contra nosotros. ¿Puedes imaginártelo?

- ¿Voldemort es que los canta?

Remus rió.

- No creo, pero me quedaré con esa imagen mental de todas formas.

- ¿Qué dicen? No solo los jingles, ¿qué dicen los comentadores?

- Ah, todo tipo de cosas. Hay quienes evaden el tema, y solo se dedican a transmitir los comunicados oficiales, y hay quienes se subieron al tren con entusiasmo y dan monólogos enteros en contra de las "fuerzas desestabilizadoras".

- ¿Y la gente?

En el rostro de Remus floreció una sonrisa sardónica.

- La gente no sabe qué pensar. Los menos sensatos dejan que la nueva dictadura piense por ellos.

El adolescente asintió, pensando en las palabras de Tom.

- Tengo entendido que van a empezar a buscar otro ángulo – dijo Remus-. Ayer salió al aire Ryan Mathers, uno de los secretarios de estado, y le preguntaron acerca de ti. Se ve que la entrevista estaba arreglada de antemano, pues con todo lo que pasó en el medio te puedes imaginar que no muchos tenían tu condición de fugitivo en mente.

- ¿Y qué dijo?

- Que nuevas revelaciones en el curso de las investigaciones apuntaban a que el asesinato de Dumbledore… (y prepárate para escuchar esto) había sido producto de una puja de poder interno dentro de la Orden entre él y James. Que James aparentemente habría usado el Imperius para mandarte al frente, y con eso alejarte de Sirius.

Harry sentía que se le rompería la frente si trataba de alzar sus cejas un poco más alto. Por un minuto miró a Remus, en asombrado silencio, tras lo cual se echó a reír.

- Hay… que… reconocer – dijo, entre carcajadas- que al menos tienen creatividad para estas cosas.

- Se pone mejor – respondió el licántropo con una sonrisa-. Un grupo especializado de aurors está enfocado solamente en encontrarte, pues creen que te tenemos secuestrado.

- ¿Es en serio esto? ¿Esperan que alguien se lo crea?

Remus silbó.

- Bueno, en estos días supongo que van a empezar a publicar toda la evidencia que fabricaron al respecto. La gente cree lo que quiere creer, es así.

Aquellas palabras serenaron un poco al tentado mago, quien de pronto fue recordado de algo que venía ocupando su mente en los últimos días.

- Eso me hace recordar algo que hablé con Tom en su momento – dijo, evitando marcadamente la mirada de su antiguo profesor-. Sé que probablemente no quieras escuchar esto, pero a veces hablo con Tom. No Voldemort, Tom, el pedazo de su alma que llevo adentro. Y ha dicho, ha hecho cosas que…

Harry cerró sus manos en puños.

- A veces tengo la sensación de que logré cambiarlo. De que logré tirar abajo un poco del personaje que había construido. Sigue siendo el mismo bastardo de siempre, pero a veces tengo la sensación de que realmente puede sentir algo. De que pasó de ser alguien para quien el contacto humano era una cuestión de intereses, a entender al menos un poco lo que es buscar el contacto humano por el simple hecho de hacerlo.

- No sé. No te digo que de repente me dice que soy su mejor amigo y hablamos de nuestros sentimientos, eso sería claramente una farsa de su parte. Pero… luego de que Sirius y mi padre murieran, me buscó, y se sentó a escucharme. Y en un momento me puso la mano sobre el hombro, y tuve la sensación de que él estaba completamente consciente de que las dos muertes le importaban un carajo y que no veía razón alguna por la que yo tendría que sufrir por ellas, pero aceptaba que yo estaba sufriendo y quería que dejara de sentirme mal.

El rostro de Remus no traicionaba pensamiento alguno. Ya no había té en su taza, pero seguía sosteniéndola firmemente entre las ásperas palmas de sus manos.

- No puedo realmente decirte si es así o no – dijo, después de unos momentos en silencio-. No los he visto interactuar. Y si me preguntaras qué pienso yo que está haciendo, respondería automáticamente que te está engañando. Pero realmente no tengo en qué basarme, más que en lo que sé del Innombrable por bocas ajenas.

El hombre fijó sus ojos en los del muchacho.

- Eres un chico sensato, Harry. Hasta ahora lo que he visto de ti me ha enseñado que sientes las cosas profundamente, pero no dejas que eso te ciegue a la realidad. Por eso confío que si realmente crees que has logrado cambiar a Tom, será porque hay algo de verdad en ello.

Harry asintió, y desvió la mirada. Remus abrió la boca como para decir algo, la cerró, y contempló el rostro del muchacho por unos largos momentos.

- Sientes algo por él, ¿verdad? – susurró, firmemente-. Por ambas encarnaciones.

La expresión en el rostro del más joven se tornó de pensativa a una sorprendida. Sus ojos esmeraldas se fijaron, algo frenéticos, en los ojos oscuros del otro hombre. Quiso responderle que no, que simplemente era una fascinación perversa… pero no podía decir las palabras. Se dio cuenta que aquello era una mentira, y que no quería mentirle a Remus.

- Yo…- balbuceó.

- Y por la forma en la que te busca, hasta me atrevería a decir que…

Harry se levantó bruscamente, y salió corriendo de la habitación. Lo que el hombre quería decirle abría una caja de pandora que no se sentía capaz de contener.


Su conversación con Remus le daba vueltas en la cabeza. Había visto su relación con Voldemort/Tom de muchas formas, pero jamás se había permitido asumir que aquella fascinación que los unía podía ser producto de algo más complejo. Hasta cierto punto había admitido hacía tiempo que sentía cierto afecto hacia él en forma de amistad, y sería un poco idiota el pretender que el hombre no le inspiraba cierta atracción sexual. Pero la idea de unificar todo lo que el hombre le inspiraba y ponerle el mismo nombre que recibía aquello que unía a personas como su padre y su madre le daba náuseas. No había nada entre él y Voldemort que llegase a parecerse a la idea convencional del amor. El romanticismo era para él las salidas a Hogsmeade con alguna chica, una cerveza de manteca compartida mientras las miradas encendidas se cruzan, pequeños doble sentidos respondidos por una risita aquí y allá, la sensación cálida de dos manos que se unen en un día nevado. Era algo positivo, algo reservado para aquellos felices enamorados de la vida. Estaba muy lejos de las intrigas, del tira-y-afloje que caracterizaba cada interacción que tenía con el mago oscuro.

Y sin embargo…

- Lamento lo de hoy a la tarde – dijo Remus, acercándose a él mientras preparaba la cena. Harry estaba de espaldas al licántropo, cortando en finas rodajas un filete. El mayor no podía ver su rostro, pero los hombros relajados le hacían entender que el joven no estaba enojado.

- No hay problema – respondió este-. Salí así de repente porque me sorprendiste. Nunca… nunca quise examinar eso.

Con su varita ajustó la intensidad de la llama en el hogar. Una pequeña floritura descargó un montón de vegetales cortados dentro del caldero.

- No sé qué responderte, sinceramente. Le he estado dando vueltas al asunto.

- Si no quieres hablar del tema, Harry, no te sientas presionado a hacerlo.

- No – objetó el menor, dándose vuelta mientras se limpiaba concienzudamente las manos con un repasador-, está bien. Quiero hablar de esto. Necesito la opinión de alguien con más experiencia.

Tomó un banquito, y se sentó cerca del fuego y del estofado que estaba cocinando. Remus siguió su ejemplo, sentándose en una silla frente a él.

- Cuando pienso en lo que significa tener sentimientos por alguien… en el amor, me imagino a mis padres. Los padres de Draco. Andar de la mano, cuchichear estupideces, sentir que la otra persona es el centro del universo. Ese tipo de cosas, cosas buenas. Querer estar junto a alguien porque te hace bien al alma.

- Y Voldemort… él no representa nada de eso para mí. Cuando hablamos, a veces siento miedo, a veces tengo ganas de golpearlo, otras de matarlo, a veces… - su rostro adquirió un tono rojizo que traicionaba lo que estaba por decir,- a veces siento ganas de tocarlo.

Tomó especial cuidado de evitar la mirada del otro hombre. Jamás había compartido todos los detalles de su relación con Voldemort, y no sabía cuan preparado se sentía para recibir el rechazo de alguien a quien respetaba. Sabía que no tenía nada por lo que enorgullecerse al respecto. La suya era una relación enfermiza, destructiva. Era una obsesión mutua que compartían, que nacía de la identificación del uno con el otro. Y le daba vergüenza admitir lo bien que se sentía.

- No podría llamarlo amor… no sé qué demonios siento por él. Pero quiero tenerle cerca, incluso para destruirlo – alzó su mirada apenas, un tanteo, y encontró los ojos impávidos de Remus-. ¿Está mal?

- Juzga a partir de los resultados –dijo, simplemente. Harry se mordió el labio, asintiendo.

- No creo que tenga sentido seguir preguntándome eso ya – una pequeña sonrisa asomó a su rostro, cargada de amargura-. Estamos en Resonancia, ¿sabes? Incluso si quisiera que las cosas fueran de otro modo, no podría cambiar nada. Las cosas son como son.

Remus lo miró, sorprendido.

- ¿Es verdad eso? ¿Cuándo…?

- No tiene importancia.

- Harry…

El muchacho se levantó, caminando de vuelta hacia la mesada de la cocina.

- Gracias, Remus. Gracias por escucharme.


Sintió primero que la sensación de urgencia invadía su conciencia. Luego llegó a sus oídos el estruendo de la explosión. Los gritos. El olor enrarecido en el aire, la sangre que comenzaba a fluir con frenética desesperación.

Los habían descubierto.

Harry se levantó como pudo, su cuerpo delgado y sinuoso emergiendo torpemente de entre las sábanas. Pelo negro, desparramado como accidentes de un artista frustrado sobre la tela blanca, sobre el fondo gris de las paredes de aquél detestable sucucho. Sintió que alguien tiraba la puerta abajo, y sin pensarlo, alzó su varita. Lo que vio lo detuvo.

Del otro lado, junto a la puerta, Draco lo miraba con alivio.

- No…- susurró el moreno, entre dientes-. Draco, no hagas esto…

- Es necesario, Harry – el rubio alzó su varita contra él-. Es por tu bien.

- ¿Es así realmente, o es lo que quieres creer para que no interfiera con tu sentido del deber?

Detrás de su amigo vio movimiento, y por un momento echó una mirada a los tres aurores que acababan de entrar a la habitación. Draco aprovechó la distracción, y en un instante todo se había tornado oscuro.


Aquello no era más que una formalidad innecesaria. Una muestra de su nuevo orden, del poder que ahora tenía a su disposición. Aquella burocracia inútil era un sutil mensaje, dirigido astutamente hacia él. Voldemort era el sistema, y donde él veía héroes, había héroes; donde veía villanos, había villanos, y donde veía víctimas, había víctimas.

- Su nombre, por favor.

El mago sentado frente a él tenía la dudosa virtud de estar en cierta armonía con el resto de la habitación. Como un accesorio más para la decoración, sus túnicas grises parecían haber sido pintadas el mismo día que se pintaron las paredes de aquella celda de interrogación. Unos ojos negros, hundidos y oscos, le devolvían la mirada. A su alrededor no había más que silencio y austeridad, en la forma de un papel y una pluma, una mesa y dos sillas, dos miradas que se entrecruzan sabiendo que todo aquello era una farsa.

- Harry James Potter – contestó.

- Harry James Potter-Black, Lord de la más noble y Antigua Casa Black, y Lord de la Casa Potter, - continuó el hombre con el mismo tono plano que había afectado desde que había entrado en la habitación-, declara en el día de la fecha las siguientes ocurrencias hacia su persona…

Aquellas palabras jamás habían salido de su boca, pero no importaba. Cuando lo habían llevado allí había entrado en una ficción de la que todos estaban al tanto, y a la que nadie le importaba realmente. No había dicho más que un nombre (el suyo) y una pregunta (¿dónde están los demás?) pero al salir de allí tendría una confesión extensa firmada con su nombre, en la cual detallaba cómo su padre, en su afán por controlar de cerca su destino, lo había forzado a participar en las intrigas dentro de la Orden, embrujándolo para asesinar a Dumbledore y luego escondiéndolo mientras él se ocupaba de asumir la dirección de la organización.

- Firme aquí por favor – indicó el mago una vez terminada su exposición. En sus manos sostenía una pluma de sangre, la cual Harry tomó dudosamente. Miró las paredes a su alrededor, consciente que al menos una de ellas era nada más que una ilusión. Detrás de sus confines opacos, seguramente encontraría el rostro sonriente de Voldemort.

Podría hacer tantas cosas, pensó. Le habían quitado su varita, pero no podían hacer nada respecto a sus habilidades. Podría acariciar suavemente los hilos finos que, entretejidos, recubrían las paredes de la habitación. Podría extender su mano, y deshilachar aquél hermoso tejido. Podría desmantelar aquella ilusión que lo separaba de aquél hombre, podría pedir prestada la magia de aquél inquisidor gris que decía mentiras con voz monótona. Todo estaba al alcance de su mano, y se sentía lo suficientemente perverso como para intentarlo todo.

Lo que hizo, sin embargo, fue tomar la pluma y romper en pedazos la energía vampírica que la recubría. La pluma comenzó a gotear sangre, pequeñas lágrimas que manchaban el impecable pergamino con su falsa confesión.

- Ups – dijo, mirando al otro mago a los ojos -. Parece que se rompió.

El grisáceo inquisidor lo miró con una expresión de absoluta confusión. Sus ojos iban de su rostro hasta la pluma, y de vuelta a su rostro. Luego de un momento de absorta imbecilidad, pareció recordar que estaba al mando allí, y mandó a traer otra. Harry podría haber jurado escuchar una carcajada a lo lejos, pero aquello podría haber sido simplemente su imaginación.

Cuando la quinta pluma se rompió, y por sexta vez mandó a traer otro de esos horrorosos artefactos que afectaban solamente los abogados sadomasoquistas en el Wizengamot, el encargado cambió de rostro. Harry no necesitó prestarle atención, y se limitó a disfrutar silenciosamente el espectáculo que ofrecía la tez del hombre que tenía enfrente, que rápidamente perdió todo su color.

- Milord – dijo, levantándose rápida y torpemente para efectuar las cortesías usuales. Sus ojos negros estaban abiertos como platos, y parecía haberse olvidado momentáneamente de la existencia de Harry.

- Inquisidor Milford, puede retirarse. Me temo que no tiene sentido retenerle aquí cuando las características del trabajo le exceden.

El interrogador asintió, y tras disculparse, hizo lo pedido y abandonó la pequeña celda. Voldemort no le prestó la más mínima atención. Atacando rápido como una cobra, en dos pasos estuvo detrás de la silla del muchacho. Antes de que éste pudiera reaccionar, sintió cómo dos manos se habían cerrado alrededor de las suyas. Sintió la tersa textura de la magia de otra pluma de sangre, y la deliciosa aura oscura de Voldemort que la protegía de sus intenciones. Vio un nuevo pergamino, limpio de toda muestra de su travesura, y su mano, moviéndose guiada a la fuerza por aquella mano blanca de dedos largos.

- Ahí lo tienes. ¿Era tan difícil, Harry? – susurró Voldemort en su oído. Un escalofrío recorrió el cuerpo del muchacho. Parecía haber fuego en aquellos lugares donde sus cuerpos de tocaban. Una peculiar electricidad parecía dominar el ambiente. Se concentró en la sequedad de las mentiras en negro sobre el pergamino inmaculado, en su sangre que firmaba la confesión y los trazos que todavía estaban frescos.

- Toda esta situación me estaba molestando – respondió, tirando apenas su cabeza hacia atrás para apoyarla sobre el hombro del mago oscuro. Una de sus manos se liberó del agarre del otro hombre, y se alzó hacia atrás, posándose sobre los prolijos rulos que recubrían su cabeza. Podía sentir, en la yema de los dedos, la forma en la que su magia danzaba hacia su encuentro. Acarició apenas la superficie etérea, y sintió como el hombre junto a él contenía un escalofrío.

- Quiero saber dónde están.

La presencia del mayor se desvaneció por un momento, volviendo a aparecer del otro lado de la mesa en una confusión de túnicas y espesa magia oscura. Harry creía que a veces Voldemort se aparecía a propósito, para crear ese efecto etéreo.

- Conversaciones civilizadas requieren ambientes civilizados, ¿no crees? – Sus ojos escarlatas recorrieron la habitación-. Hice que te trajeran aquí porque no te has estado comportando como alguien muy civilizado últimamente.

Harry alzó una ceja.

- Admito que soy más indulgente cuando de ti se trata –susurró-. Sin embargo, continuamente abusas de mi hospitalidad. ¿Hasta cuándo vas a seguir con este torpe juego, Harry?

El muchacho se inclinó hacia su interlocutor. Sus ojos esmeraldas brillaban con desafíos silenciosos, con espíritu incansable.

- Mientras que consideres mi vida un juego divertido, voy a seguir jugando. Los hombres civilizados no juegan, Voldemort, actúan – dijo, su voz grave y rasposa-. Rompí mi parte del trato porque desde el primer momento manipulaste las condiciones para que no partiéramos en iguales condiciones. Y luego te quisiste vengar mandando a la muerte a mi padre y a mi padrino. ¿Qué más quieres de mí?

Voldemort lo miró por un instante, sus ojos escarlatas explorando con avidez cada detalle de su rostro. Apoyó suavemente una mano sobre la mesa, y acercó apenas su rostro.

- Todo – murmuró.

El joven mago apretó los puños por debajo de la mesa, y le quitó la mirada de encima.

- Quid pro quo. No puedes tomar todo por la fuerza.

- Eso está por verse – respondió el otro airadamente, y se acercó a él. Harry se levantó bruscamente, incapaz de decidir qué estaba intentando lograr el mago oscuro. Sintió una mano cerrarse alrededor de su brazo con fuerza, seguido de una increíble presión, como si lo estuvieran estrujando dentro de un pequeño tubo. Cuando abrió los ojos, encontró que ya no estaban más en la celda.

- Mi nuevo despacho – clarificó Voldemort, y si Harry no lo conociera, sabría que se habría perdido el leve tono pomposo con el que habló. Como un pavo real exhibiendo sus plumas, hizo un espectáculo de recorrer la sala hasta sentarse detrás de su enorme escritorio. Harry no podía decir que compartía los gustos del otro en decoración, pero reconocía el clasismo imponente que dominaba la estética de la habitación. Enormes portales, ventanas que se erguían entre columnas rectangulares hasta el cielo raso; todo parecía diseñado para que uno se sintiera empequeñecido por sus alrededores. Apenas insinuados aquí y allá por estatuas, candelabros y alguna que otra pintura estaban los símbolos que simbolizaban el nuevo régimen. El águila triunfante, la serpiente que lo cura todo; cuerpos que se erguían con soltura y dignidad peculiar. Era la estela del gran César, o al menos eso intentaba ser. Harry pensaba que aquello impresionaría a los estúpidos nada más.

- Blut und Ehre, - murmuró el muchacho-. ¿Es este tu estilo ahora?

- Siempre lo fue.

Harry tomó asiento en una de las sillas dispuestas frente al escritorio.

- Quid pro quo, entonces – comenzó Voldemort-. En la redada capturamos a tu madre y a Remus Lupin. A ella la están procesando en el grupo de tareas del Departamento de Aurores. Lupin está en Azkaban.

Harry se mordió la lengua para no darle la satisfacción a Voldemort de perder la compostura. No necesitaba estar en la interna como para entender que "procesar" era un sinónimo de "torturar".

- Para su crédito debo decir que logró manejar la Orden de una forma mucho más eficiente de lo que lo hizo tu fallecido padre. Estas "celdas" que inventó son endemoniadamente difíciles de encontrar – levantó una ceja con cierta afectación-. Claro que esto hace su situación personal más difícil.

El muchacho tuvo que contenerse las ganas de golpearlo. Sabía que su expresión no ocultaba su ira.

- Te quedas con la chancha y los veinte, eso es lo que me quieres decir. Tienes a mi madre encerrada en un sucucho y si no hago todo lo que me dices te encargas de dejarme huérfano también.

- No, Harry, esas son cosas de salvajes. Somos todos caballeros aquí – una sonrisa cargada de maldad y vicio asomó en su rostro. Por un instante el mago más joven sintió que estaba conversando con el mismísimo diablo-. Por supuesto que uno podría decir que existe cierta relación entre tu grado de cooperación y el tratamiento que recibirá tu madre. Tenemos, después de todo, intereses cruzados. Encuentro, sin embargo, que lo que tengo para proponerte representa una oportunidad para asumir la posición que te corresponde.

- Toma tu lugar a mi lado como Lord Black, como Lord Potter, y declara tu fidelidad hacia mí. Hay un nuevo orden, Harry. ¿Hasta cuándo crees que vas a poder seguir protegiendo a tus seres queridos usando el fantasma de los accidentes que te hicieron famoso?

Harry esbozó una sonrisa, que luego se transformó en una amarga carcajada.

- Eres increíble, Voldemort. Realmente lo eres. Me chantajeas, y luego tratas de venderme la ilusión de un poder con el que podré proteger a los que me importan. Me haces creer que debería estar agradecido por tu benevolencia.

El muchacho se levantó, y rodeó el escritorio, parándose frente a Voldemort. Este le miraba atentamente. Harry clavó sus ojos en la mirada escarlata del otro hombre y se arrodilló. Un placer perverso invadió la expresión del mago oscuro.

- Si me arrodillo es porque no me queda otra opción, Voldemort. Hoy no tengo rutas alternativas por las que pueda pasar para sacarte la ventaja – se arremangó el brazo izquierdo, y lo extendió hacia fuera-. No confundas eso con lealtad.

- Creo que redefines de muchas formas el concepto de lealtad, Harry – dijo él, parándose-. Te sorprendería saber que considero que eres el seguidor más leal que he tenido jamás.

La expresión del joven no se inmutó cuando sintió el roce de la varita de tejo contra su piel. Sus ojos no abandonaron la mirada complacida del mago oscuro, incluso cuando comenzó a sentir el abrasador toque de la Marca Tenebrosa. Algo caliente, perverso, poderoso estaba entrando en sus venas, y su cuerpo, más que rechazarlo como habría de esperar, lo aceptaba animadamente. Era producto de aquella resonancia, pensó, que convertía el acto más invasivo por parte del otro mago en el milagro más maravilloso.

Cuando terminó, Harry se cubrió la Marca sin verla. Sentía un escozor en su cicatriz. Tenía la vaga noción de que la próxima vez que hablaran, Tom sabría que había sido marcado. Se puso de pie, y se vio sorprendido al sentir que Voldemort apoyaba una mano sobre su hombro.

- Nunca te pusiste a considerar que es más fácil llegar a destino cuando nadas en la misma dirección que la corriente – dijo, su boca apenas centímetros por encima del oído del joven-. He hecho lo mejor para ti.

- ¿Para mí o para quien quieres que yo sea? – Harry alzó la mirada. Voldemort respondió con silencio.

- Sabes, alguien me preguntó hace unos días si sentía algo por ti – había algo de sorpresa en la expresión del otro, y Harry se dio cuenta que pocas veces lo había atrapado con la guardia baja de esa forma-. No sabía qué responderle al principio. No sé si será amor, obsesión, o qué…

El muchacho tomó el rostro del mago oscuro entre sus manos, y acercó sus rostros hasta que sus narices estuvieran separadas apenas por unos centímetros.

- Pero te veo, y lo único que quiero es deshacerte en pedazos, y volverte a construir.

Voldemort deslizó una mano alrededor de su cintura y acercó sus cuerpos.

- Eso, Harry, va más allá del concepto humano del amor. Tu ímpetu hacia mí es el demiurgos, es el dunamis. El poder y la realización – su boca buscó la suya, pero no cerró el espacio entre ellos-. Es mi propio ímpetu hacia ti, también.

Se miraron por unos momentos, en silencio. Sus cuerpos, rígidos por la tensión que generaba el momento, parecían estatuas congeladas en la eternidad. Finalmente Harry liberó el agarre que tenía sobre el otro hombre, y se hizo a un lado.

- Hay una conferencia de prensa programada dentro de dos horas y media – dijo Voldemort, su voz de vuelta al tono formal que tenía cuando discutía negocios-. Tendrás que dar tu primera apariencia pública.

Harry echó una mirada por encima de su hombro, sus ojos concentrándose en los papeles que tenía el flamante ministro en las manos. Se dio media vuelta y extendió una mano.

- Me imaginé que tratarías de liquidar todo hoy – dijo, tomando con cierto gesto resignado la transcripción de lo que se suponía que tenía que decir frente a las cámaras-. Cuando insistieron en que me aseara y usara esta ropa antes de meterme en la celda de interrogación, supuse que saldrías a mostrar a tu nueva mascota.

El mago oscuro alzó una ceja.

- Tus palabras, gatito, no las mías – dijo, sus labios apenas curvados en una sonrisa.

Harry le echó una mirada fulminante antes de concentrarse en el pergamino que tenía en la mano. Se sentó en el asiento que había dejado abandonado, frente al escritorio, y revisó rápidamente el resumen de la situación. Le sorprendió encontrar que las indicaciones las había escrito Voldemort de su puño y letra, pues habría pensado que mandaría ese asunto a su gente de Propaganda. En ellas describía cuál era la situación de la que tendría que decir que venía (un secuestro por parte de la Orden), detalles a tener en cuenta, y algunas preguntas que supuso había arreglado con los periodistas para que le hicieran. Debería llenar su boca con mentiras acerca de Sirius, de su padre, de su madre, de la Orden. No creía sentirse emocionalmente preparado para eso, pero no tenía otra opción.

- La programación habla de la… "anunciación de la ceremonia de asunción". ¿Desde cuándo el ministro legaliza la sucesión de títulos? – preguntó, revisando el final del pergamino.

- Desde que me resulta conveniente – respondió Voldemort, sin quitar sus ojos de su trabajo-. Será para el martes de la semana que viene, pero aprovecharemos para anunciar ahora que ocuparás tus dos plazas en el Wizengamot. Hay especuladores que piensan que iba a rescindirte los títulos para dárselos a dos familias alemanas, y quiero acallar los rumores antes de que la Orden lo use como excusa para reclutar a los ultranacionalistas.

Harry alzó las cejas.

- Interesante. ¿Eso significa que podré pedir el arresto domiciliario para mi madre, bajo la Ley de Chesterfield de 1459?

El mago oscuro alzó la mirada esta vez y sonrió.

- ¿Realmente quieres poner a tu madre bajo el mismo techo que a mí?

El joven lord palideció ante las implicaciones.

- No querrás decir…- balbuceó, estupefacto.

- No voy a dejar que mi gato negro ande suelto por ahí, complotando para matarme. Y poner un ejército de espías para seguirte sería un completo desperdicio de recursos, dadas tus habilidades.

- No te preocupes por tu madre – agregó-. Mañana será transferida a unas instalaciones especiales. Te llevaré a verla, si quieres. Así no perderemos tiempo con falsas acusaciones.

Harry supuso que aquella era una batalla que no tenía sentido pelear. Sería difícil escabullirse de Voldemort cuando ambos vivían bajo el mismo techo, pero tenía ciertos planes en mente que podría llevar a cabo incluso bajo sus narices.

Una hora más tarde, y con aquellas palabras insidiosas grabadas en su cabeza, Harry acompañó a Voldemort a la sala de conferencias.


- Ah, el hombre del momento – saludó Lucius Malfoy a la salida de la conferencia de prensa. Harry estrechó su mano con una pequeña sonrisa, y el rubio patriarca apoyó una mano sobre su hombro para presentarle el caballero a su lado-. Lord Potter-Black, tengo el agrado de presentarte a Herr Rudolf Weiss, uno de los más grandes seguidores de nuestro Lord en Alemania.

- Es un placer conocerle, Herr Weiss.

- El placer es mío, Lord Potter-Black – el inglés del extranjero era perfecto. Si Lucius no hubiera mencionado su origen, Harry habría pensado que hablaba con un compatriota-. Debo decir, me veo sorprendido por su juventud. Tiene un historial colorido a los diecisiete años, sin duda.

- Mi fama es producto de la circunstancia, Herr Weiss.

- Ah, pero uno no hace la fama por la circunstancia, sino como actúa ante ella. Y su actuación es sinceramente impresionante. Cuando se supo que el Niño-Que-Vivió había unido fuerzas con nuestro Lord… fue, sin duda, un evento a celebrar.

Harry pensó en disentir amablemente, pues las "circunstancias" como el alemán las llamaba le habían hecho un asesino y testigo del asesinato de parte de su familia. Pero supuso que aquello no coincidiría con la imagen que se suponía que tenía que proyectar, por lo que calló.

- Tengo entendido que los Potter tenían una cantidad importante de acciones en las empresas de importación que distribuyen las radios Kleinen – intercedió Lucius, notando la dirección incómoda que había tomado la conversación.

- Así es, - respondió Harry, casi automáticamente-. También financiamos parte de las operaciones de Einzëlganger, y hasta donde pude constatar la última vez que obtuve acceso a los reportes financieros de mi familia, estábamos en negociaciones para adquirir el cien por ciento de las acciones de la rama inglesa del periódico Handelsteil.

- Te complacerá saber que Rudolf es uno de los principales accionistas de Kleinen, y pertenece al consejo directivo de Einzëlganger.

- Por supuesto – Harry sonrió, mirando con renovado interés al extranjero, quien le devolvió la sonrisa con aquella facilidad que tienen aquellos que se han dedicado a los negocios por largo tiempo-. Deberíamos juntarnos uno de estos días, Herr Weiss, y hablar de negocios. Me tendrá que disculpar el no estar en el detalle de las acciones financieras de mi familia, me temo que me vi alejado de eso por razones de fuerza mayor.

El hombrecito asintió gravemente, y Harry pensó en darle puntos por tener tacto suficiente como para quitarse la sonrisa comercial del rostro.

- Sin duda, Lord Potter-Black. En los próximos días mi secretaria le estará enviando una invitación a una de mis fincas en Irlanda. En las próximas semanas nos estaremos reuniendo algunos colegas para discutir las nuevas leyes de importación en Inglaterra, y estaríamos encantados de tenerle presente – Harry asintió, y el hombre echó una mirada jovial hacia el resto de la habitación-. No lo retendré por más tiempo. Me parece que tiene más de un interesado esperando a conocerle.

Con eso el hombre se dio media vuelta y salió en búsqueda de un pequeño grupo de hombres a un lado de la habitación. El joven mago posó su mirada en Lucius.

- Me asusta saber lo que voy a encontrar en esos reportes financieros, sinceramente.

- Por lo que pudimos averiguar, tu padre tuvo la precaución de firmar un contrato con los duendes para que se encargaran de manejar sus asuntos en caso de que la sucesión no fuera inmediata – respondió el rubio-. En el caso de Sirius, Narcisa fue nombrada proveedora provisoria.

Harry alzó las cejas.

- Tendremos que programar una reunión lo más pronto posible, entonces.

Malfoy sonrió.

- Todo a su debido tiempo. Draco también quiere verte.

La mención de su amigo le provocó cierta aflicción, y por la expresión en el rostro del patriarca Malfoy, supo que se había reflejado en su mirada. Quitó los ojos del hombre, y echó una mirada alrededor de la habitación, buscando cambiar el tópico.

- ¿Quién está aquí? Por los rostros, asumo que la mayoría son extranjeros.

- Efectivamente – susurró Lucius-. Nuestro Lord quería aprovechar la oportunidad para presentarte ante sus seguidores en el continente. Hay algunos norteamericanos, incluso.

- Me imagino que hay mucho rumor andando por allí.

El rubio sonrió apenas.

- Más del que te imaginas. Precisamente por eso se organizó esto, para tratar de calmar un poco la ansiedad del resto antes de que tengamos cismas.

- ¿Por dónde me conviene empezar?

- Los norteamericanos, probablemente.

Y así fue que Harry comenzó una larga tarde de introducciones, sonrisas falsas y conversación encantadora. Había quienes estaban interesados en su dinero, en sus conexiones comerciales, en su posición; había quienes indagaban acerca de su relación con Voldemort, tratando de tantear el terreno para saber si era realmente su protegido. Un conde ruso incluso le había felicitado por su producción literaria, y le había propuesto en un futuro editar alguna novela en su país. Otras alusiones comunes eran a aquél supuesto milagro que le había dado fama internacional; la supervivencia a la maldición asesina. Había poco que Harry podía decir al respecto, por lo que simplemente se limitaba a alimentar la mística que rodeaba los eventos que llevaron a la cicatriz que llevaba en la frente.

Lo que realmente lo puso en alerta fue un comentario casi descuidado por parte de una bruja francesa. La señora era una de las últimas descendientes de un clan que se había hecho famoso por introducir cuidadosamente sangre de creaturas mágicas a lo largo de muchas generaciones. Relacionados distantemente con los Malfoy, tanto ella como su nieto, un adolescente de ojos claros que parecía tener un don para matar cualquier conversación en la que se metía, ofrecían a sus ojos sensibles un popurrí de colores y texturas. Harry podía adivinar el origen de cada uno de los parches que conformaban aquella monstruosidad, y algunas de las cosas que veía le dejaban las preguntas más incómodas acerca de las posibilidades de la sexualidad humana.

La conversación en cuestión había comenzado con un comentario acerca de la intensidad de sus ojos, "me habían hablado del hermoso color de sus ojos, milord, pero de cerca son más impresionantes incluso", lo cual había llevado a la sensibilidad de los mismos y a una confesión por parte del joven Lord:

- Cuando era pequeño solía tener problemas de visión todo el tiempo. A veces las cosas se desenfocaban, a veces todo se tornaba oscuro y no podía ver nada.

- Como todo buen sensor, querido – había dicho la mujer, antes de lanzarse en una anécdota que tenía poco que ver con el tema en cuestión.

Harry no sabía qué pensar al respecto. Por una parte, le alarmaría saber que su secreto ahora era de conocimiento público; por otra parte, significaría una jugada que Voldemort ya no podría usar a futuro. Sin embargo aquella mujer era la única que había manifestado algún tipo de conocimiento de su condición, y no era algo que él suponía dejarían pasar de largo. La señora – Jeanne Mariè Riou Pitois – siguió hablando, y Harry consiguió sacarse de encima a un diplomático portugués que había estado participando en la conversación, y a su amigo, un coronel español.

- Mademoiselle Pitois – intercedió Harry, con cierto gesto urgente-, no sé si fue mi imaginación pero usted me llamó un…

- Sensor – susurró ella con una sonrisa misteriosa-. ¡Très bien, mon garçon! Estabas prestando atención. Una amiga en común me sugirió que viniera. Quizás quieras arreglar una visita cuando te encuentres con ganas de armar algo de lío por aquí.

Sintió unas manos pequeñas deslizándole una tarjeta en uno de los bolsillos de su túnica. Asintió, y se sintió tentado de preguntar por la identidad de su amiga en común, pero supo que sería inútil. Nadie parecía haber notado el gesto.

- Un placer conocerla, mademoiselle Pitois, - dijo, al notar que un aura familiar se acercaba-. Deberíamos juntarnos a discutir un poco más esa cadena de pastelerías que tiene en mente.

- Sin duda, milord. Le prepararé unas muestras para convencerlo.

La mujer le sonrió una vez más, y se fue, nieto en mano. Harry no tuvo que darse vuelta para corroborar la presencia de Voldemort detrás de él.

- Son difíciles de convencer los franceses, pero tienen recursos muy interesantes. ¿Pudiste ver su magia?

Harry se dio vuelta.

- Sí. Un horror. Es como una de esas mantas que armas cosiendo juntos un montón de harapos. Hay partes de su magia que parecen activamente atacar otras zonas, como si fueran todas entidades independientes. No sé cómo no la volvieron loca después de tanto tiempo.

- La sangre latina es inherentemente desbalanceada, Harry, por eso son más resistentes a la locura.

- Qué sajón de tu parte – el muchacho comentó-. ¿Ya me mostraste lo suficiente?

El mago oscuro asintió.

- Tengo un gato muy obediente, según Lucius. Muy versado en los negocios.

- Tienes un gato que se la veía venir.

Voldemort le hizo una seña como para que el joven le acompañara, y enfilaron directo hacia la entrada. Aquella soirée la habían realizado en uno de los salones para eventos que tenía el Ministerio de Magia, ubicado justo por encima del Departamento de Misterios. La entrada estaba ubicada en un pasillo que conectaba los distintos halls, auditorios y salones. Al final del hall había un elevador y dos chimeneas especialmente conectadas para la entrada y salida de los invitados. Harry observó que sólo una estaba prendida, y la llama brillaba de un color azul, en vez del usual verde.

- La contraseña es "sangre y honor"– dijo Voldemort-. Uno de mis elfos te recibirá en cuanto llegues. Procura no quedarte hasta tarde complotando mi destrucción, mañana por la mañana hay una serie de eventos a los que tendrás que acudir.

- Merlín, eres un explotador. Además, ya me acostumbré a pensar en tu muerte eminente cuando duermo. No vas a lograr sacarme la idea de la cabeza ocupándola con todas estas idas y venidas burocráticas.

- Te vas a sorprender de lo rápido que muere la revolución cuando la rutina se te cae encima. Buenas noches, Harry.