- Lord Potter-Black, por aquí – indicó la secretaria, una mujer rubia de mediana edad que tenía un parecido asombroso con Daphne Greengrass. Harry pensó que tenía el porte de aquellos que han pasado mucho tiempo en su profesión, refinando cada detalle hasta el hartazgo; había cierto aire cínico en su rostro, como si nada de lo que pudiera pasar fuese capaz de sorprenderla. Y considerando el estado del mundo en aquellos momentos, sabía que estaba siendo puesta a prueba.

Se ajustó apenas el collar de la túnica, y resistió el impulso de guardarse las manos en el bolsillo. Su rostro, desprovisto de cualquier indicio de vello facial, no disimulaba en absoluto su juventud, y en aquél medio donde su colega más cercano le doblaba en edad aquello era una clara desventaja. Se veía obligado entonces a subsanar su imagen con su porte. Para ello había tenido extremo cuidado en vestirse para la ocasión; aunque no era aficionado al tema, tuvo la suerte de encontrarse con que la elfa que había sido asignada a su cuidado personal era bastante dada para todo lo relacionado con la moda humana. De una serie de túnicas cuyo origen no quería realmente averiguar, le presentó aquél conjunto sobrio que mezclaba tonos de grises con los clásicos verdes botella que acentuaban el color de sus ojos. El resultado, tenía que admitir, era bastante imponente. Coronado con los anillos que marcaban su derecho a los títulos que había sido obligado a portar, estaba listo para ser desatado en los campos del Wizengamot.

Aunque oficialmente no se suponía que tenía que dar el juramento sino hasta principios de octubre, Voldemort había arreglado un encuentro extra oficial en las oficinas del Palacio de Justicia para que Harry tuviera oportunidad de comenzar a acostumbrarse a quienes serían sus colegas en el Wizengamot. Todo aquello, por supuesto, había sido cuidadosamente publicitado, y Harry tendría que esperar y festejar la presencia de las cámaras a la salida.

La reunión en sí no había sido más que un breve cruce de palabras y un apretón de manos con algunos de los integrantes del parlamento mágico. Harry intuía que quienes le sonreían ahora no eran más que los miembros más allegados a Voldemort; algunos nombres le sonaban conocidos, y otros eran firmes y populares Tradicionalistas. Era claro que la intención del mago oscuro era aislarlo lo más posible de cualquier elemento que haya sido partidario de su padre, o del partido que apoyaba. Por dentro no dejó de preguntarse qué se les estaría pasando por la cabeza a sus nuevos colegas, considerando que muchos de ellos habían tenido un feudo bastante serio con su padre a lo largo de su carrera política.

- Un grupo interesante – le comentó a Lucius Malfoy una vez que abandonaron su despacho, en donde se había producido la reunión. Harry tenía la teoría de que Voldemort le había encargado a Malfoy el hacerle de niñera, pues no pasaba un momento en el que el otro hombre no estuviera presente sin que el rubio patriarca hiciera acto de aparición.

- Me imagino lo que puede estar pasando por tu cabeza.

- ¿Y qué me responderías? No creo que muchos de estos se hayan tragado lo del secuestro. Saben cómo era mi padre – Harry se detuvo por un instante. Malfoy paró, y se dio vuelta. Sus ojos grises lo miraban con cierta diversión-. Y ninguno de ellos tiene la Marca. Son simples burócratas. Para ellos el asesinato de Dumbledore no significó nada, piensan que la sangre habla más que las acciones.

- Harry, tienes la dudosa virtud de sobre pensar las cosas – comentó el rubio, rostro estoico rompiéndose en una pequeña sonrisa que el mago más joven se atrevería a llamar paternal-. Ninguno de ellos, por más aires que se den, tienen poder alguno. Su única función es bloquear cualquier intento de los liberales de pasar legislación que no nos convenga, y de ocuparse de todo nuestro papeleo.

- Supongo que una democracia fingida es más difícil de derrocar – suspiró el muchacho, retomando la marcha-. ¿Es común ser oclumante en estos círculos?

El patriarca Malfoy lo miró con sorpresa.

- No es común ser oclumante en general – dijo-. Pero supongo que sería beneficioso.

Harry supuso que tenía cierta coherencia. Su primera impresión del círculo de magos que se ocupaban del cuerpo de leyes y de los casos excepcionales en la justicia había sido pobre. No podría decir que eran proficientes en más que sus habilidades interpersonales, la base de la política. Sus auras mágicas eran débiles, abandonadas al desuso y a la complacencia. Claramente no tendrían las cualidades necesarias para entrenarse en artes tan sutiles como la oclumancia y la legilimancia. Aquello los hacía especialmente susceptibles a la influencia de aquellos que tuvieran los escrúpulos y el conocimiento como para aprovecharse de tal debilidad, lo cual le hacía preguntarse si el meteórico apoyo que Voldemort había recibido desde su llegada al país no se debía en parte a la magia detrás de su persuasión más que en las palabras en sí.

Aquello era un dato importante, pues por más "inútiles" que fueran para Lucius Malfoy, seguían siendo gente ubicada estratégicamente en la sociedad. Uno de los principales problemas que Harry se había planteado en su momento era la necesidad de cultivar amistades influyentes dentro del gobierno de Voldemort pero que no fueran fanáticas, de manera tal que pudiera acercarlos a su causa. Un hombre que sigue un ideal por intereses personales es mucho más fácil de convertir que un hombre que lo sigue por convicción; y un hombre que ha sido influenciado mágicamente es aún más sencillo a la hora de convertirlo de fe. Aunque Harry no era un experto en el tema, consideraba que con uno o dos hechizos de persuasión podría tranquilamente destruir la influencia que Voldemort tenía sobre ellos. Pero había un lugar y tiempo para todo, y sabía que tenía que conseguir un apoyo más fuerte antes de lanzarse a pastorear a las ovejas.

- Lucius, ¿no tendrá Draco un minuto para darme esta semana? Me temo que dejamos algunos asuntos sin discutir la última vez que nos vimos.

- Le pasaré el mensaje – le respondió el hombre, algo curioso. Harry sabía que, para aquellos que estaban al tanto de la farsa del secuestro, sus acciones en las últimas semanas representaban un completo misterio. Sabía que algunos especularían que había ido en calidad de espía, otros que había tenido una crisis de identidad. Los más acertados, y Harry consideraba que Lucius pertenecía a este grupo, consideraban que el mago había simplemente ido con su madre para hacerle el duelo a su padre y a su padrino. Eso no terminaba de explicar sus acciones, pero confiaban en que el hecho de que Voldemort no lo hubiera reducido a un montón de escombros abogaba por su dedicación a la causa.

- Lord Potter-Black, por aquí – indicó la secretaria mientras dejaba atrás el palacio de justicia. Frente a él, una hilera de cámaras retrataban su figura para los diarios vespertinos. Malfoy se mantuvo a su lado, ofreciéndole aquella sonrisa típica en su familia que buscaba demostrarle a todo el mundo lo superiores que eran. Una catarata de preguntas se desmoronó de las bocas de los periodistas, pero Harry no estaba obligado a contestarle a nadie. Se limitó a sonreír, a saludar, y a dirigirse al carruaje tirado por Thestrals que habían enviado a recogerlos.


- Es un placer conocerle, Lord Potter-Black.

La periodista era toda sonrisas sacarinas, su voz portando el mismo tono que el que una institutriz usa para hablarle a un niño. Supuso que no podía evitarlo, en cierta forma, dado que en comparación todos en la cúpula del gobierno le doblaban la edad como mínimo. Se paró para recibirla, sonrisa formal firmemente asentada en su rostro, y tras un breve apretón de manos y unas palabras cordiales, se sentó detrás de su escritorio.

- He estado en esta oficina en particular antes – dijo ella, mirando a su alrededor-, y debo decir que me gusta bastante lo que ha hecho con ella.

Harry se sentía tentado de comentarle que los cambios habían sido idea de Voldemort. Aquella oficina había sido de su padre apenas un año atrás, y si hubiera dependido de él, no le hubiera cambiado ni las cortinas. Pero el mago oscuro estaba en campaña de desasociarlo de cualquier elemento que lo llevara de vuelta a su antigua vida, a su familia, amigos, o cualquier cosa que no tuviera que ver con él. Harry reconocía la movida por lo que era; manipulación emocional del peor tipo.

- Tengo un amigo con un peculiar interés por la decoración de interiores – su boca estaba torcida en una forzada sonrisa. Le periodista no lo notó, y se limitó a asentir, encantada de poder haber empezado su conversación en (al menos en su opinión) buenos términos.

- Con su permiso, milord – dijo, apoyando un bloc de pergaminos espesos sobre el escritorio. A continuación sacó una modesta pluma a vuela pluma de su bolsillo y la dejó flotando sobre sus papeles. Harry no podía evitar compararla con los instrumentos que había visto de parte de reporteros como Rita Skeeter y Andrew Mathers, los cuales tendían a acentuar la pomposidad y la frivolidad con la que se solían manejar. Esta endulzada periodista, podía notar, tenía un gusto mucho más simplista, y favorecía pequeñas plumas de torcaza antes de las estrafalarias plumas de pavo real que sus colegas más polémicos utilizaban. Aquél pequeño detalle la hizo más agradable a su parecer.

- Primero me gustaría hablarle de lo que tenía planeado para la entrevista, para saber si está de acuerdo.

- Me parece justo.

- Bien – la mujer sacó unas notas de un bolsillo interno de su túnica y comenzó a hablar mientras las revisabas-. Me gustaría hacer una pequeña revisión de su historia personal, introducir un poco a los lectores a lo que fue su camino hasta el día de hoy – preocupados ojos azules se deslizaron hasta encontrarse con su mirada-. Sé, sin embargo que esto puede resultar invasivo y no me gustaría tocar ningún tema que le produzca incomodidad. He revisado mis preguntas como para eliminar cualquier alusión a temas sensibles, pero quisiera que me detuviera si aun así entro en territorio prohibido. No es mi intención en absoluto el detenerme en los detalles polémicos.

Harry asintió.

- Luego me gustaría seguir con su visión acerca del presente del país, y sus opiniones acerca del futuro. El enfoque del artículo…

- … es el mostrar mi rostro a la gente para convertirme en un poster boy del nuevo gobierno – interrumpió Harry con tono sardónico-. O al menos eso es lo que presumo que dirán los memos de Prensa. ¿Cuándo es tu fecha límite?

La expresión en el rostro de la periodista le disipó cualquier duda que Harry tuviera sobre su inteligencia. Podía ver que tenía buenas intenciones, que quería hacer un buen trabajo; sabía que no estaba frente al tipo de escoria periodística que suele llenar las páginas de los diarios con idioteces tergiversadas. Pero era claro que no era poseedora de grandes luces, y que debería hilar su discurso con cuidado para no perderla.

- Eh…

- ¿Cuándo tienes que entregárselo a su editor para revisión?

- Ah, este jueves.

- Maravilloso – Harry susurró. Sabía, por boca de Lucius, que aquél mismo día llegarían diplomáticos franceses enviados por la Unión Mágica Europea para reunirse con Voldemort. La UME no había visto con buenos ojos el golpe de estado, como era de esperarse, y había comenzado a ejercer presión internacional para sacar al mago oscuro del poder. Hasta donde Harry sabía, la cúpula de la organización la ocupaban magos de tradiciones más cercanas a las artes blancas, que veían con recelo un tanto anticuado cualquier práctica de las artes oscuras. Sin embargo, el gobierno de Voldemort, que en ese momento era lo mismo que decir Inglaterra, contaba con dos importantes aliados en el continente. En su exilio se había dedicado a construir las bases para una eventual conquista de su tierra natal; los frutos que ahora cosechaba venían en la forma de dos gobiernos marionetas en Rusia y Alemania, y poderosas alianzas forjadas con los países del báltico, Bulgaria y Turquía.

El resultado de semejantes maquinaciones era difícil de predecir, pero Harry sabía a ciencia cierta que a corto plazo podía beneficiarse de un Voldemort que andaba con las manos ocupadas. Aquella entrevista que se había programado a último momento era un claro intento por montar un circo romano; le dedicarían cinco páginas más tapa en El Profeta, lo cual relevaría a un segundo, incluso un tercer plano, la visita de un comité designado a evaluar las circunstancias en las que el gobierno cambió de manos. Su sonrisa reluciente debía tapar cualquier cuestionamiento al régimen.

- ¿Quieres empezar con la entrevista?

La periodista asintió, volviendo a sus notas. Cuatro horas y dos servicios de té más tarde los veían tuteándose mutuamente, compartiendo alguna que otra anécdota irrelevante para conectar los temas de conversación. Harry no tenía idea cómo había logrado inventar la historia que se había inventado (quizás ayudaba el hecho de que estaba parcialmente basada en la realidad), pero estaba seguro que el resultado lograría entretener a Voldemort. Sabía que aquello era una prueba; que el mero hecho de estar sentado con ella sin ningún chaperón era una excepción. Lo que debía probar era que era capaz de elegir sus batallas, de no hacer algo tan fútil e imbécil como contarle toda la verdad a aquella periodista. Y Harry suponía que mientras mostrara los mismos signos de sutil rebelión que había mostrado hasta el momento, enmascarados por cierto miedo y reverencia, Voldemort estaría contento.

Y Harry podría por fin proseguir con sus propios planes.


- La vida en el Reichstag hace poco para cumplir cualquier expectativa que pueda tener uno – dictó Harry, pluma a vuela pluma dando vueltas alrededor de su escritorio mientras él miraba por la ventana de su habitación-. Podrás suponer, correctamente por cierto, que he acuñado un bonito sobrenombre para la mansión en la que vive nuestro amado líder. Podría agregarme en la ecuación, pero no estoy seguro de qué constituye "vivir" para mí. Cuando me levanto en las mañanas me miro en el espejo y creo que puedo ver cómo la luz pega sobre los hilos que me mueven de un lado a otro. Inauguraciones, entrevistas, reuniones en las que se me tiene prohibido hablar… Voldemort y Lucius se encargan de llevarme de un lugar a otro como el querido muñeco que soy. No soy más libre de lo que puedes ser tú, madre.

- La semana después de que nos capturaran a todos me pasearon por todos los edificios del gobierno donde se suponía que tenía que tener una oficina. Sacudí la mano de mucha gente; vi muchas miradas completamente engañadas por las promesas vacías de Voldemort. Es algo bastante gracioso ver la manera en la que hinchaban su pecho con orgullo, pensando "heme aquí, este es mi imperio", cuando en la realidad no son más que una pieza cuidadosamente aceitada de la burocracia que está imponiéndole a sus enemigos. Creo que tienes una idea del Voldemort estratega, pero no ha habido más glorioso momento para su astucia que el presente: por un lado combate a los militantes en las calles, por otro detiene a los simpatizantes en el Wizengamot con un millón de trabas administrativas y personajes de ego inflado. Sé que para ti debe doler que hable de él en maneras tan efusivas, pero por más odioso que se me haga el resultado no puedo dejar de negar que el camino es particularmente ingenioso.

- Por eso fue que decidí ponerle Reichstag a este lugar. Aquí es donde realmente se decide el destino del país. Aquí, entre paredes cubiertas de serpientes y en reuniones de billar entre empresarios y políticos. Lucius va y viene, lleva y trae invitados de todos los colores. A veces me permiten atender las discusiones, a veces inventan algún evento que se supone que tengo que atender para que nadie haga preguntas, ni siquiera yo.

Harry pausó por un instante. Algo se acercaba a paso moderado, algo familiar pero que no había visto con mucha frecuencia bajo aquellos techos. Se acercó a su escritorio, y con un movimiento de la varita guardó los utensilios antes de que Voldemort pudiera verlos. No creía que nada pudiera escapar su ojo atento si realmente quisiera, pero no perdía nada con no dirigir su atención al manojo de cartas que había dictado para su madre.

Harry estaba junto a la puerta cuando Voldemort anunció su llegada con tres cortos golpecitos.

- Supe que estabas aquí desde que te apareciste – dijo, abriéndole el paso.

- Hay ciertos gestos que cuentan por su intención, por más superfluos que sean – el hombre le dirigió una sonrisa corta al entrar. Harry lo acompañó hasta la ventana, frente a la cual descansaban dos sillones gemelos, separados por una pequeña mesita ratona. Ambos tomaron asiento al unísono. Harry, casi inconscientemente, se inclinó para acomodar los papeles que abarrotaban la pequeña superficie.

- Has estado haciendo tu tarea, Harry, qué sorpresa - comentó, divertido, el mago oscuro.

- Bones no para de mandarme proyectos de ley para que los revise y comente. Parece que el resto del Wizengamot se los rebota.

- No me sorprende, realmente. Bones era parte del partido opositor.

- Y hoy en día están todos en carrera a ver quién es el que más te chupa las medias. Bah, si tuvieran algo de sentido común lo último que harían sería aislarla.

- ¿Y eso porque…?

- Si pudo sobrevivir el golpe con su carrera política intacta, es porque tiene amistades en lugares muy importantes que ni tu influencia puede tocar, y porque es lo suficientemente hábil como para poder maniobrar en circunstancias tan adversas.

Voldemort asintió, una pequeña sonrisa en sus labios.

- Estás aprendiendo, Harry, felicitaciones. Contrario a lo que tus colegas quisieran pensar, Bones es el único miembro del Wizengamot al que le tengo algo de respeto. Sin contarte a ti, por supuesto.

Harry puso cara de horror.

- Merlín, ¿qué hiciste con los franceses que estás tan contento? Me halagaste, Voldemort.

- Ah, el tema de la UME está cerrado – contestó vagamente-. Todavía están presionando para que una comisión de derechos humanos revea las condiciones en las que se mantienen los prisioneros políticos, pero dejé a Carrow para que maneje el tema.

El joven mago lo miró con ojos entrecerrados.

- Me alarma esta desviación de tu usual microgestión.

El hombre alzó una ceja.

- Inglaterra no es el primer país donde asumí la gestión del gobierno, Harry. ¿No te ha contado nada tu hermana?

- Por supuesto, pero me divierte verte admitirlo. Te escondías detrás de quien hubieses designado como ministro, ¿verdad?

La sonrisa de Voldemort se acentuó.

- ¿Esconderme? Estaba en primera fila, muchacho.

Harry inclinó la cabeza hacia un lado, un gesto confuso asomando en su expresión.

- Mi primer término fue en mil novecientos sesenta y cuatro, como canciller alemán – explicó Voldemort, orgullo evidente ante la mirada sorprendida del joven-. En ese entonces favorecía otro rostro y me hacía llamar Egon Fliegentod.

- Fliegentod… me suena conocido.

- Fundé la Deutsche Vaterlandspartei al poco tiempo de mi exilio, y bajo una identidad asumida comencé a reunir las piezas de lo que alguna vez fue la Nationaldemokratische Partei Deutschlands, el antiguo partido que había apoyado a Grindelwald a principios de siglo. Después de mi primer término me dediqué a mover las piezas por atrás.

- Deutsche Vaterlandspartei…- repitió Harry – Partido patriota alemán, o algo así, ¿verdad? El partido eterno… recuerdo haber leído la nota de un periodista anglo-germano que hablaba de su historia. Desde que tomaron… tomaste el poder, nunca perdieron una elección.

Harry sentía el fantasma de un escalofrío que no llegaba. Había sabido que Voldemort tenía conexiones en Alemania, y Sophie le había hablado de su influencia allí… resultaba escabroso pensar que para efectos prácticos había gobernado el país por más de cuarenta años sin que el público se enterase. Se sintió infinitamente pequeño por un instante. ¿Cómo podría competir contra él?

- Luego vino Rusia… en los ochenta entré en negociaciones con un grupo de aristócratas exiliados en Ucrania luego de la revolución escarlata. Habían pasado diez años juntando recursos para volver a entrar al país y recuperar el poder. Sólo necesitaban un líder, y apoyo político.

- ¿Y qué nombre te pusiste entonces?

- Mstislav Fomavich Goncharenko.

- Goncharenko, Goncharenko… no puedo decir que me suena.

- Claro que no – dijo Voldemort con una enigmática sonrisa-. Luché bajo el nom de guerre Slavnoy Zmeya, y luego puse a otra familia en el poder. Por la propaganda bolsche no hubo noticia de los enfrentamientos hasta que el conflicto terminó, y para entonces al resto de Occidente le interesaba conocer solamente a los ganadores visibles. Una pena, realmente. Muchos magos que valían la pena se quedaron en el camino.

- Y desde Rusia me imagino que saltaste a los Balcanes…

- No realmente – dijo-. Para entonces había comenzado a correr el rumor de que había un movimiento underground en Europa que buscaba unificar a las familias con tradición en las artes oscuras. Luego de tomar el poder en Rusia me volví en un hombre muy popular. Simplemente era una cuestión de tomar las riendas en donde la situación se mostrase favorable.

- ¿Y sabía alguien quién eras realmente?

Voldemort se inclinó hacia el joven. Harry estaba sentado al borde del sillón, ojos entreabiertos como si a través de ellos pudiera absorber cada palabra que salía de la boca del otro hombre.

- Harry, la razón por la que aquí y en todos lados me llaman Lord Voldemort es porque me consideran digno del título. El término "señor de las tinieblas" tiene más connotaciones que un insulso apodo teatral usado por los medios para vender sus historias. Es el lugar que ocupo el que realmente valida mi poder; si no, sería tan sólo un mago poderoso. Un mero maestro en las artes oscuras. Mi poder mágico valida mi llegada al título; el llegar a rellenar los zapatos requiere finesa, intriga, política.

Pausó por un instante, y Harry pudo observar vívidamente como su magia se intensificaba, consciente de que Voldemort estaba acentuando sus palabras con una pequeña demostración.

- Para contestar tu pregunta; de alguna forma sabían que era yo. Quien quisiera ver una mano detrás de todo ese resurgimiento de los movimientos conservadores vería en el centro de la cuestión a un Lord Oscuro. Y no había nadie más a quien el puesto le perteneciese. Ni en ese momento, ni nunca.

Harry desvió sus ojos por un instante, una idea perdida recobrando fuerzas en su mente.

- ¿Fue esa la razón por la que te traicionaron la primera vez que quisiste tomar el poder? ¿Qué no habías logrado demostrar tu aptitud, por ponerlo de alguna forma?

Desde que había leído sobre el intento del golpe en los cuarenta, Harry siempre había sentido una gran curiosidad por las razones que habían llevado a su fracaso. Como cualquier aficionado a la historia, se desvivía buscando relaciones causales en los éxitos y los desaciertos del accionar de sus protagonistas, pero aquél asunto siempre le había eludido de alguna forma u otra. Por un momento pensó que la pregunta había despertado la ira del otro hombre, pero la mirada escarlata que se fijó en su rostro alivió sus preocupaciones.

- Podría decirse que fue un factor – dijo, pensante-. La verdad es que confié demasiado en elementos que estaban demasiado ansiosos por obtener su porción de la torta. Quizás, la mística de encontrarse sirviendo a un Lord Oscuro hubiese disipado algunas dudas de sus cabezas, o al menos las hubiese acallado.

- Pero confiabas en Sirius esta vuelta.

- En mi juventud solía poner mucho más valor en cierto tipo de persona, como podrías adivinar por mi cercanía con Bellatrix Lestrange. El tiempo me enseñó a poner más fichas en lo opuesto a eso, como podrías adivinar por mi cercanía contigo.

Harry tuvo que forzarse a repetir mentalmente como un mantra las razones por las que normalmente aquél hombre le encabronaba, pues por un instante estuvo a punto de sonrojarse. Sabía que aquello no era un cumplido, sino una simple verdad; aun así, no podía ignorar que le provocaba cierta felicidad saber que era tan valorado por un hombre que él (a su manera) admiraba tanto.

- Sabes que te quiero derrocar – dijo finalmente, priorizando su honesta confusión por sobre sus sentimientos-, ¿por qué no me tienes un poco más de desconfianza?

Voldemort rió.

- Harry, el hecho de que en tus planes no figure muerto me dice todo lo que necesito saber.

Esa vez el muchacho sí se sonrojó.

- De todas formas aprovechaste para darme un buen resumen de por qué no debería intentarlo. Fue una amenaza muy educacional.

- O quizás quise aleccionarte acerca de cómo llevar a cabo realmente un golpe de estado.

Harry se rió, y se levantó del sillón, acercándose a la ventana. A lo lejos podía ver el sol poniéndose sobre el horizonte.

- Uno diría que pasar de querer marcarme a toda costa a incitarme a ir en contra de ti no deja en claro que haya coherencia en tus acciones, pero…- se dio vuelta, escondiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones-. Tengo la impresión de que estás terriblemente aburrido.

El hombre lo miró por un instante, y aunque en su máscara de perfecta pasividad Harry no podía adivinar más que indiferencia, su aura dejaba en claro que aquél juicio de su carácter lo había tomado por sorpresa. Supo entonces que tenía razón.

- A veces… me preocupa la fineza de tus observaciones – susurró, entrecerrando los ojos-. Tomar el poder en Inglaterra me tomó dos años de preparación; Alemania me llevó quince, Rusia cuatro, y con una guerra civil en el medio. A los norteamericanos los puedo comprar. La UME depende del apoyo de Francia, España e Italia; de los cuales dos están en recesión.

- Si quisiera – susurró amenazadoramente- podría empezar una campaña militar para apoderarme de toda Europa. No me detendría nada.

- Por supuesto que no – Harry le siguió el juego, acercándose al sillón que el otro ocupaba elegantemente-. Pero ya tienes tres países comiendo de tu mano y te aburres así. ¿Qué vas a hacer con el resto de tu inmortalidad?

Una mano se escabulló rápida como el relámpago, y de pronto el joven mago se vio parado junto a Voldemort, su mentón firmemente sujeto entre los dedos largos y esqueléticos del otro hombre.

- Qué pregunta curiosa, Harry – dijo-. Mi inmortalidad es tu inmortalidad. ¿Ya has pensado qué vas a hacer?

El muchacho lo miró, consternado.

- ¿A qué te refieres?

- La resonancia, muchacho, mi alma dentro de ti... ¿piensas que no he estudiado a fondo nuestra situación?

- Pero… ¿cómo puedes estar seguro? Tú has dejado de envejecer. Yo sigo creciendo. No hay nada…

El hechicero silenció sus palabras tapando sus labios con los dedos que habían capturado su barbilla.

- La aritmancia nunca miente. Y es cierto que sigues envejeciendo; la explicación es simple: no eres inmortal. Todavía. Hay corrientes mágicas en progreso que buscan el balance en la igualdad de los opuestos, y en ese respecto tu destino está sellado.

- Pero si realmente es así – susurró Harry, tomando la mano prohibitiva por la muñeca y separándola apenas de su rostro-, mi destino es dejar parte de mi alma dentro de ti.

- La realización de la idea es un proceso totalmente aleatorio. La forma no tiene que ser la misma, el resultado sí.

- No quiero ser inmortal.

Voldemort sonrió.

- Ah, la perfecta ironía.

Con eso, acercó su rostro al de Harry. El muchacho podía sentir su respiración acariciando sus labios. Cerró los ojos, incapaz de soportar lo que veía en las profundidades de su mirada.

- ¿No ves ahora la practicidad del asunto? – Susurró, y algo en su voz le provocó escalofríos-. Podrías derrocarme tantas veces como quisieras. Podrías vengar el sacrificio de tu padrino y de tu padre hasta el hartazgo. Podrías inventarte y reinventarte y tener a todo el mundo contando leyendas de tus mil caretas.

Una mano se enterró en su pelo.

- Pensé en destruir la resonancia consumiéndote; encerrándote hasta que tu camino terminara en mí. Pensé en acabar con tu vida, cenar tu carne, tomar de tu energía vital. Quería aniquilarte hasta que no hubiera rastro de ti que no fuera yo.

Un par de labios se posaron sobre la punta de su nariz, y dejó escapar un suspiro.

- Sin embargo… - los labios robaron un rápido beso-. Ouroboros.

- La serpiente que se come su propia cola… - murmuró Harry, abriendo apenas sus ojos-. ¿Es así como realmente crees que tiene que ser? ¿Un tira-y-afloje entre los dos, hasta el final de los tiempos?

- E incluso más allá, hasta el comienzo de un nuevo tiempo.

- Estás completamente desquiciado.

Harry trenzó su boca con la de Voldemort furiosamente, el mayor respondiendo aún con más agresividad. Sintió como sus manos tomaban, apretaban, marcaban con saña el camino que recorrían. Su magia se lanzaba contra la suya, pequeñas estelas de todos los colores recorriendo fugazmente el aire a su alrededor.

Harry, en un momento, alzó los ojos al cielo estrellado y se le ocurrió que la noche se perdería entre sus brazos enmarañados.


Las cartas en su escritorio se iban apilando. Por alguna razón había ampliado su audiencia, y no solo se dedicaba a escribirle a su madre, sino que también hacía espacio para su hermana, para Remus… incluso para Neville. No tenía idea qué demonios lograba con todo eso, más allá de desahogar sus preocupaciones y mantener la memoria fresca. No podría decir cómo, pero en el curso de redactar aquellas cartas, un plan se fue formando lentamente en su cabeza.

Se fue dando cuenta de que las palabras, por irrelevantes que fueran, le daban la fuerza de decisión que le estaba faltando. Era una convicción que se iba construyendo poco a poco, letra a letra, hasta llegar a un punto crítico. Necesitaba una señal.

La nota que acompañaba su desayuno aquella mañana era justo lo que necesitaba.

- Si tu trabajo fue ponerte en el medio de todo, y yo soy tu reflejo invertido… -murmuró- tendría que empezar a ganarme el título.

Era una de esas mañanas raras en Londres, donde los cielos se abrían fugazmente para bañar a los transeúntes en cálidos rayos de sol. El viento frío del otoño soplaba con fuerza, pelando capa por capa los árboles que se atrevían a ponerse en su camino. A su alrededor, nadie parecía haber tomado nota de lo excepcional del tiempo, lo cual le hacía pensar que quizás era él el que estaba exagerando las cosas. Dado su estado mental, era más que posible.

Caminó apresurado por el pasillo; estrecho, lúgubre, con prolijas paredes y piso erigidos en un cemento poco amigable al toque. Por encima de su cabeza, las vigas de hierro se hacían visibles, y sobre ellas sus ojos podían adivinar la magia que protegía el lugar.

Harry podía leerlas, y si podía leerlas, podría desmantelarlas. Organizar un escape de aquella prisión sería tan fácil que Harry se preguntaba si era a propósito. Otra prueba por parte de Voldemort, no para afirmar su lealtad, sino para saber si Harry haría alguna estupidez en virtud de lo atractivo del momento.

Sus pies se detuvieron al llegar a un portón de hierro, sobre el cual estaban grabadas una serie de runas que Harry reconocía por haberlas visto en algunas de las casas que los Black poseían en la campiña inglesa. En la cúspide de la Edad Media habían sido usadas para evitar que las jóvenes novias se escapasen de sus esposos; el precio de su efectividad eran las horrendas consecuencias para quien lograse traspasar el perímetro del edificio.

- Por aquí, milord – indicó el guardia, un joven cuya mirada era tan gris como su uniforme. Harry le vio cara conocida, y al instante recordó su rostro; aquél muchacho había asistido a Hogwarts dos años por encima de él, en Ravenclaw. Una sola vez había jugado un partido de Quidditch contra él y sus amigos, y le había pedido un autógrafo de su padre que nunca le dio.

- Gracias – murmuró cuando lo dejaron pasar a través de la puerta que separaba la celda de su madre de la del resto del complejo. Por lo que tenía entendido, cada prisionero estaba confinado a su propia sala, la cual no tenía comunicación alguna con el resto del lugar más que por un corto pasillo que llevaba a la vena principal del lugar.

Aunque estaban veinte metros bajo tierra, el lugar estaba iluminado con una suave luz natural, sin duda producto de algún hechizo. La celda en sí era apenas más pequeña que la sala, y se ubicaba en el centro de la habitación, como una gran pecera de paredes brillantes formadas por hechizos de diversa naturaleza. Entre ellos, Harry reconocía una guarda inhibidora que impedía cualquier manifestación mágica por parte de su madre. Allí, en aquél cuarto, era apenas más que un muggle.

- Mamá – llamó, adivinando la figura pequeña de su madre entre las sábanas de la cama ubicada del otro lado de la celda. El cuerpo se movió apenas, perdido entre sueños, y Harry llamó otras dos veces, antes de que comenzara a despertarse. Observó que el lustroso cabello pelirrojo estaba atado en una trenza, algo que no había visto desde que era pequeño. Su padre amaba su cabello, y en honor a eso ella se lo dejaba siempre suelto, aunque le molestase.

- Harry –dijo ella, su voz ronca por el sueño-. Harry, mi bebé…- susurró, y saltó de la cama con una agilidad que sorprendió a su hijo, acercándose al borde de la barrera. Sentía la necesidad de abrazarla.

- Aléjate un poco, mamá, voy a probar algo – dijo, y acercó una mano a la superficie de la guarda. Su magia chocaba violentamente contra ella, provocándole la sensación de que los dedos se estaban quemando, pero no le prestó atención. No tenía interés por disimular en aquél momento, pues sabía que Voldemort se lo esperaría. Con fuerza tiró de la magia que se oponía a él, y la observó mientras se disipaba.

La piel de su madre volvía a brillar con el aura verdosa que la caracterizaba. La vio sonreír, dando un respingo aliviado cuando sintió que su magia volvía a ella. Inmediatamente la vio venir hacia él y la tomó en sus brazos, estrechándola afectuosamente.

- ¡Qué alivio! – exclamó-. El no poder sentir nada me tenía histérica.

La bruja tomó el rostro de su hijo entre sus manos, sus ojos cubiertos en lágrimas.

- Necesitaba saber que estabas sano y salvo, hijo. Más que la Orden, más que el resto, necesitaba poder dormir sabiendo que no te estaban castigando por mis errores.

- ¿Y tú? ¿Cómo estás?

El ojo crítico del muchacho, que examinaba cada centímetro de su cuerpo en busca de herida alguna, le arrancó una sonrisa suave.

- Bien, querido. No te preocupes por mí. ¿Sabes algo de Sophie?

- Prófuga – dijo Harry-. Remus los entretuvo lo suficiente como para que pudiera escapar. Ella y Neville están libres por ahora. Remus está en Azkaban.

- ¿Azkaban? – preguntó, consternada.

Harry sacó de entre sus ropas un pequeño montón de papeles y una pluma, y escribió rápidamente, bajo la atenta mirada de su madre. Debería ser un arreglo temporal. Quiero encontrar a Sophie lo más rápido posible para organizar un rescate.

Cuando ella asintió, echó el papel al suelo. En pleno vuelo se incineró, pequeñas cenizas volando hasta aterrizar sobre sus pies. Su madre le pidió uno de los papeles, escribiendo Sophie siempre tuvo predilección por el francés. Juana de Arco es su heroína.

Harry abrió los ojos de par en par.

- Tuve unas semanas interesantes – dijo lentamente-. Me han llevado de un lado a otro, mostrándome como su nuevo muñeco. He conocido gente de todas las calañas; algunas más pomposas que otras. Hasta conocí a una mujer que descendía de un clan que se hizo famoso por mezclar todo tipo de sangre de creaturas en su línea.

Lily le dirigió una mirada comprensiva, y su sonrisa se intensificó.

- Me imagino que habrá sido una vista interesante.

Harry estaba por decir algo más cuando la puerta que conectaba la celda con el pasillo se abrió. Reconoció la mirada furiosa de Nott Sr. entre las idas y venidas turbulentas de su magia a su alrededor. Como lengüetazos de fuego que tratan de herir todo lo que tienen a su alcance, se debatían en su dirección, buscando ansiosos su propia magia. Detrás de él, cinco guardias se apretujaban en la entrada, tratando de lucir imponentes. El chico de Ravenclaw no estaba entre ellos.

- ¡Lord Potter! – exclamó-. ¿Cuál es el significado de esto?

El muchacho lo miró desapasionadamente, sintiéndose poco impresionado por el ruido. Volvió su mirada a su madre por un instante, y de vuelta al hombre que tenía enfrente.

- Estaba visitando a mi madre, milord – contestó, su voz fría imitando inconscientemente el tono de voz que Tom solía usar cuando quería burlarse de él-. ¿No le va a negar a una mujer el abrazo de su propio hijo?

- Si tu madre quisiera disfrutar de esos privilegios, debería haberlo pensado dos veces antes de inmiscuirse en los asuntos de su marido.

Harry sintió como la magia de su madre se volvía ácida, ardiente; insinuar que la Orden había sido un asunto de su padre solamente y que ella tan solo se había involucrado por él era increíblemente ofensivo. Su madre no era ninguna mujer dócil, y jamás había dejado que nadie dictara su camino por ella, ni siquiera su propio hijo. Que un lamebotas por excelencia como Nott fuera tan osado como para escupir esa clase de misoginia le resultaba increíblemente irrisorio.

- Bien que te duele cuando te hacen eso – escupió Lily-, que tu mujer te dejó por acostarte con menores.

Aquello dejó lívido al otro hombre. Aunque Harry no demostraba reacción alguna en su rostro, por dentro festejaba el comentario.

- Sé realista, Nott. Si quisiera llevármela no estaríamos teniendo esta conversación.

Aquello solo sirvió para hacerle enojar aún más.

- Mira Potter, la protección de nuestro Lord te habrá dado carta blanca en muchos dados para hacer lo que se te venga en gana, pero esta es mi prisión, por lo tanto tienes que jugar con mis reglas. Y mis reglas incluyen el que una maldita sangresucia no puede abrazar a su hijo traidor.

Aquello provocó que la temperatura de la habitación bajara diez grados. Harry puso una mano sobre el hombro de su madre, apretándolo apenas por un minuto antes de caminar hacia Nott.

- Muy bien, Nott – dijo, su voz helada-. Te dejaré algo en claro. Considero que cualquier persona puede aprender de sus errores por más estúpida que sea, por lo que te daré esta chance para que te pongas a pensar en la imbecilidad que acabas de decir. Pero si vuelvo a escuchar salir eso de tu boca, sobre todo si se refiere a mi madre, antes de que puedas decir muggle vas a convertirte en un maldito squib. ¿Me entiendes?

- Me gustaría verte intentarlo – respondió burlonamente.

- Créeme que a mi también.


El fin de semana empezó con una nota colorida. Despertó a duras penas cuando un enviado del mismísimo diablo se atrevió a correr las cortinas de su habitación a las diez de la mañana. Al levantarse quedó con la impresión de que probablemente hubiera estado menos cansado si en vez de dormir hubiese corrido una maratón.

Una cabellera rubia lo distrajo de sus maquinaciones internas. Draco estaba parado junto a uno de los postes de su cama. Detrás de él podía ver que los elfos habían dejado sobre la mesa ratona un servicio de té para dos. La tetera todavía humeaba.

- A ti te quería ver – dijo Harry, suspirando y quitándose las sábanas de encima. Tomó su varita, la cual siempre dejaba bajo la almohada, y se vistió rápidamente. En el ínterin, Draco se sentó en uno de los sillones, sirviéndose una taza de té para él y otra para su amigo.

- Estas siguiendo el ejemplo de tu padre – dijo el muchacho de ojos verdes, señalando su cabello. En el trajín del momento en el que atacaron la base de la Orden no se había puesto a examinar la apariencia de su amigo, pero ahora que lo tenía cerca podía apreciar que se estaba dejando crecer la vistosa melena plateada. Fiel a su propio estilo, se la había peinado hacia atrás, las puntas cubriéndole la nuca. Harry opinaba que le hacía parecer más grande.

- ¿El doble sentido es a propósito? – dijo, con una pequeña sonrisa. Había algo cuidado en su mirada. Sentía culpa.

- Dímelo tú – Harry tomó un sorbo de su té, ojos punzantes clavados en el rostro de su amigo-. No pensé que te dejarían abandonar Hogwarts.

- No tenía sentido volver. Con el Señor de las Tinieblas a cargo podía conseguir que me dieran el diploma igual, y pensé que sería más ventajoso a largo plazo dedicarme a la causa a tiempo completo. Hogwarts…

- Tu utilidad en Hogwarts era actuar como un puntero para Voldemort, ¿no es así?

El rubio asintió, desviando la mirada.

- Entonces tu padre no tuvo problema alguno.

- Mi madre fue la que se opuso. No es un tema de educación, para eso se gastaron fortunas en tutores. Pero para ella era una buena forma de mantenerme fuera del peligro.

- Y menudo caso que le hiciste. ¿No te dieron un comando?

- Eso fue temporal, para encontrarte. En realidad estoy trabajando en el Departamento de Relaciones Mágicas Internacionales. Pero él vino a verme personalmente y me pidió que me hiciera cargo del asunto.

Harry alzó las cejas. Voldemort no confiaría un grupo comando en las manos de un adolescente (aunque, Harry tenía que reconocer, que para crédito del muchacho había logrado encontrarlo) porque sí. Había estado probando la lealtad de Draco, y más importante, el lazo que los unía. Las implicaciones no le gustaban para nada.

- Draco, ¿hay algo que no me estés contando?

El rubio alzó los ojos, sorprendido. Parecía una gacela que ve asomar a un depredador en la distancia.

- ¿Qué te hace pensar eso?

- Empezando por tu expresión, siguiendo con el hecho de que Voldemort esencialmente te buscó para darte una tarea prácticamente imposible. ¿Te amenazó de alguna forma?

Hubo un silencio, ojos grises apuntando al suelo. Harry dejó la taza de té sobre la mesa, y se incorporó con un gran suspiro.

- Vamos a dejar ciertas cosas en claro – dijo, llevándose una mano a sus alborotados cabellos-. No estoy aquí, jugando a ser el muñequito de Voldemort porque me guste. Tiene a mi madre prisionera. Ha demostrado una y otra vez que no tiene problema con eliminar una a una cualquier persona que se meta en el medio de los planes que tiene para mí. Mi único deseo ahora es poder sacar a mi madre del país, y luego sacarlo a él para armar una coalición y que esta puja entre los sangrepuras tradicionalistas y los liberales se termine de una puta vez.

El muchacho se arremangó, su expresión adoptando una dureza que pocas veces había visto su amigo.

- Draco, vamos a ser honestos. Me has dicho cuántas veces que soy digno de tu confianza, me has jurado una y otra vez que somos amigos, pero cuando es hora de demostrarlo lo primero que haces es correr hacia Voldemort. No, sería más adecuado decir que corres hacia donde tu padre esté yendo.

El sillón en el que el rubio estaba sentado de pronto se sentía como el banquillo de los acusados.

- Suena como si quisiera implicar que me estás traicionando, pero te conozco. Sé que crees fervientemente en nuestra amistad. Sé que eres genuino. Pero tienes problemas para decidir qué es lo que realmente te importa; tu deber, o tus amistades.

Draco esquivaba su mirada. En sus manos tenía una taza de té que se estaba enfriando, pero no parecía estar al tanto de eso. Después de unos minutos en silencio, finalmente habló.

- Voldemort no me amenazó – murmuró-. Lo propuso porque sabía que aceptaría, y porque sabía que nadie más que yo te buscaría con tanta insistencia.

Suspiró, y dejó la taza sobre la mesa.

- La verdad es que no me puso al mando porque pensaba que fallaría. Al contrario, me dijo que yo era el único en quien confiaba para encontrarte – Harry lo miró con sorpresa-. Yo sabía que iba a hacer algo que no te iba a gustar, porque si hubieras querido aparecer lo hubieras hecho. Pero pensé… me engañé diciéndome a mí mismo que necesitabas estar aquí, con nosotros, porque era el mejor lugar para ti.

- Fue puro egoísmo de mi parte. Solo quería que estuvieras de nuevo junto a mí.

- Draco… - susurró Harry suavemente, temeroso de lo que pudiera decir el otro.

- Supongo que cuando hay amor en el medio la amistad sufre, ¿no crees?

- No me estarás diciendo que…

- Por supuesto – el muchacho se paró, cruzando su mirada con la de su amigo-. Te amo, Harry. Voldemort lo sabe. Por eso me mandó a buscarte.

- Yo… - Harry lo miraba, incrédulo. No podía entender cómo jamás se había dado cuenta de que lo que su amigo sentía por él iba más allá de lo fraternal. No sabía realmente qué decir. Algo en la mirada de Draco se suavizó, y Harry supo que el rubio entendía lo que estaba pensando.

- No creo que nadie pueda decir que era obvio. Después de todo lo que he hecho… alguien que no conoce la situación diría que te odio.

- ¿Desde cuándo? – preguntó el moreno en un murmullo.

- Eso… -suspiró el rubio-. Eso es difícil de decir. Quizás siempre lo sentí, desde que comenzamos a hablar el año pasado. Algo en ti me llamaba la atención. Y cuando nos escondimos en ese edificio muggle, luego del ataque en mi hogar… como todas las cosas pasaban a segundo plano, mis sentimientos se hacían cada vez más difíciles de ignorar. Y cuando tuviste tu duelo con él…

Su voz se perdió en la silenciosa habitación. A lo lejos Harry podía escuchar el cantar de los petirrojos, el viento que movía las hojas de los árboles. La cálida sensación del ir y venir de los elfos en la mansión palpitaba en el fondo de su consciencia, como la caricia de una brisa veraniega sobre su piel expuesta.

Cerró los ojos, y la perezosa luz de aquél otoño que pronto se volvía invierno se apagó. Los recuerdos de aquél día; las almas penosas que salían a su encuentro, la magia que chillaba en su oído, el olor a muerte y a sangre. El pecho cálido de Voldemort, su piel pálida cubierta en una pequeña filmina de transpiración; su oído contra su corazón, y el pum-pum-pum cadencioso que llenaba de vida a aquél terrible hombre.

Abrió los ojos, y la perezosa luz de aquél otoño que pronto se volvía invierno caía sobre el rostro de su amigo, iluminando apenas las lágrimas que caían silenciosas por sus mejillas.

- Me podría haber ido antes. Mucho antes. Sabía dónde estaban mis padres. Pero tenía la esperanza – se llevó una mano a su rostro-, tenía la esperanza de que quizás podría provocar algo en ti. Cuando te fuiste, el día del duelo…

Hizo una pausa, sus manos cerradas alrededor de su boca.

- Voldemort no me mandó a llamar. Yo me fui – Harry lo miró con confusión-. Sabía lo que iba a suceder, y sabía que no podía hacer nada para evitarlo. Sabía que jamás me ibas a ver de la misma forma que lo veías a él, y sentí envidia, sentí odio… - clavó sus ojos grises en los de su amigo-. Pensé que si te dejaba solo podrías al menos sentir mi ausencia.

- No soy más que un estúpido egoísta… - murmuró.

Harry puso una mano sobre su hombro.

- Me gustaría poder mentirte, pero la verdad es que sí, lo has sido. Sé que debe ser difícil amar y no ser correspondido… quizás no lo puedo entender, pero entiendo mejor por qué actuaste de la manera en la que lo hiciste – Harry acercó apenas su rostro al de Draco, y dijo en una voz más suave-. También sé que eres un gran hombre, Draco, porque sé que eres capaz de cambiar.

El sensor le dirigió una pequeña sonrisa y se irguió, instando al otro joven a que se parara junto a él.

- Lo que pase a partir de ahora debe depender de ti – dijo-. No quiero seguir sintiendo que eres aquél amigo en el que puedo confiar sí y solo sí se trata de una trivialidad. Quiero poder realmente depender de ti.

Draco asintió, limpiándose sin vergüenza las lágrimas con un pañuelo.

- Es lo único que deseaba, que me dieras otra oportunidad. Juro que te decepcionaré otra vez.