- Claire, resérvame el jueves a la tarde, ¿puedes?
Claire, su flamante secretaria, asintió. Era apenas un poco más grande que él, y aunque su cara todavía tenía los rasgos aniñados de la adolescencia, sus ojos traicionaban un conocimiento del mundo que Harry no se habría animado a desafiar. Aunque llevaban apenas una semana trabajando juntos, el joven Lord estaba seguro que no habría otra secretaria que se le comparase; era diligente, eficiente y más que nada, discreta.
- Si alguien llama por usted, ¿le digo algo en particular?
- No, sólo diles que estoy en una reunión – estaba por meterse de vuelta en su oficina cuando una idea se le vino a la cabeza-. Y si es Lord Voldemort, dile por favor que estoy intentando contrabandear perfume francés. Verbatim.
- Muy bien, Lord Potter.
El suave tono del inglés de su secretaria le quedó dando vueltas en la cabeza una vez que conoció el acento francés de la secretaria de Lady Jeanne Riou Pitois. Aunque le parecía un idioma cuya cadencia y tonalidad resultaban increíblemente eróticos, no podía dejar de pensar que traducido adoptaban un cierto matiz ridículo. La pastosa pronunciación de la mujer le hacía difícil entenderla, pero la brevedad de la conversación lo libro de verse frente a una verdadera contrariedad. Al final, pudo comprenderla lo suficiente como para saber que estaba invitado a tomar el té en la mansión de la señora a las cuatro de la tarde.
Esperó aquellos dos días con cierta aprehensión. Había cierto paralelo cuya absurdez disfrutaba, pues no podía dejar de pensar que cualquier chico de su edad estaría igual de ansioso por una cita con una dama francesa, salvando las distancias que lo separaban de la normalidad. Cuando el pensamiento divertido corría su curso, terminaba muriendo una muerte violenta contra la preocupación que le generaba aquella movida. Sería el primer contacto que tendría contra las fuerzas opositoras a Voldemort desde que había asumido aquella posición como su protegido dentro del gobierno, y no sabía hasta qué punto podría pasar desapercibido ante el atento ojo de su sponsor. Supuso que sería una cuestión de esperar lo mejor.
Por eso hinchó el pecho y tomó aire antes de echarse a la buena de los dioses aquella tarde de jueves; un paso, una llamarada en su chimenea, y había sido llevado mágicamente al recibidor de Lady Jeanne.
- Bienvenido, monsieur Potter – lo recibió una criada. Harry no se perdió el uso solitario de su apellido biológico.
- Buenas tardes, señorita, - le respondió con una sonrisa cordial-. Tenía una reunión con Lady Jeanne esta tarde.
- Por supuesto, pase por aquí.
La adorable bruja lo condujo hasta el umbral que separaba la sala de estar de un pequeño jardín de invierno. Contrario a lo que Harry podría haber esperado – ornamentales interiores decorados al estilo Luis XIV, ricos en romanticismo y superfluidades- el ambiente que lo recibía era más austero, sencillo. A Harry le recordaba los estilos avant-garde que tanto amaban los muggles. Pequeños sillones blancos de formas extrañas invitaban a sentarse entre las figuras geométricas que armaban los grandes macetones de cemento blanco; era todo contraste, todo saturación. Lo que no era verde, era marrón, y lo que no era marrón, era blanco o negro. No había pisca de los suaves grises y pasteles que adornaban la imaginación del muchacho cuando pensaba en la cultura francesa.
- Te veo algo perdido – le dijo una voz, y de entre las ramas retorcidas de unos arbustos apareció la dueña de casa.
- La decoración es bastante inusual.
- Ah, si… - murmuró pensativamente la mujer-. Suelo tener un gusto más vanguardista que la mayoría de la gente de mi generación.
Con un gesto hizo señas hacia los dos sillones blancos, y Harry se limitó a acompañarla en silencio hasta el lugar. Notó que la luz que entraba por el techo de vidrio no era la luz artificial que habría esperado, sino que realmente aquella construcción daba al exterior.
- Es un hermoso lugar – dijo.
- Es pacífico, y excelente para sentarse y pensar – respondió ella-. Por eso te traje aquí, Harry. Creo que no hace falta que aclaremos quienes somos y qué hacemos aquí.
- No, creo que no. Aunque solo para que lo sepas, mi excusa oficial es conseguir importaciones baratas de perfume francés.
Jeanne se rió.
- No tires la idea al tacho, muchacho. Todos podemos tener un ojo en la política hoy en día, pero seguimos siendo comerciantes. Quizás podríamos hablar de eso después – le guiñó un ojo con picardía, y el efecto en su magia le produjo una sensación incómoda al joven sensor. De pronto recordaba lo disonante que le había resultado el aura de la mujer cuando la conoció. No podía decir que era desagradable, pero tampoco podía decir que le calmaba de todo. Algo en aquella heterogénea mezcla de auras le ponía en alerta.
- Ahora, sin embargo, deberíamos concentrarnos en el caos. Ah, hermoso caos, tan hermoso cuando lo puedes ver desde lejos y tan terrible cuando te atrapa entre sus garras. Tú eres una de sus víctimas favoritas, Harry, o al menos así lo ven estos viejos ojos.
- Estaría de acuerdo siempre y cuando definiéramos el caos como una persona que ambos conocemos y que sigue una serie ordenada de pasos para envolverme en una de sus complicadas tramas. Sin embargo, es un poco irónico llamarle "caos". Es una de las personas más metódicas que conocí en mi vida.
- Ah, un error de juicio de mi parte. Entonces creo que sería más acertado decir que el caos en esta ecuación eres tú.
- Creo que soy bastante predecible.
La mujer asintió.
- Quizás, - concedió-. Quizás lo que resulta realmente caótico de tu parte es lo que provocas en él.
Harry la miró, confundido.
- ¿Qué…?
- Ah, tengo la garganta tan seca – con su varita conjuró una pequeña y delicada campana de cristal. Tomándola con una mano, sorprendió a Harry cuando, en vez de hacerla sonar suavemente, la arrojó contra el suelo-. Suena mejor así – dijo, mirándolo seriamente.
Las puertas del jardín se abrieron y de entre ellas surgió una muchacha de cabellos largos y rubios. Su figura flacucha y alta vestía un bonito solero, sobre el cual llevaba un sweater de un rosa pastel. En sus manos llevaba una bandeja con el servició de té.
Harry la recibió con una enorme sonrisa.
- La rubia tarada – dijo, y se levantó. La muchacha dejó la bandeja sobre la pequeña mesa ratona que separaba los dos sillones, y se echó sobre el muchacho, estrujándolo entre sus brazos.
- Cada día estás más enano, pendejo.
Harry devolvió el abrazo, y le hizo un gesto para que tomara su asiento. Él se conjuró una silla sencilla antes de que ella protestara, y se dedicó a servirles a las dos mujeres una taza de té antes de seguir con la conversación.
- Mamá sabía que te pondrías en contacto con los franceses. Pensé que te había comunicado con ella en algún momento.
- No – dijo Sophie, tomando un sorbo de su té-, habíamos hablado de esto antes. Si a ella la capturaban, y a Remus lo capturaban, mi padre se tenía que hacer cargo de las celdas y yo tenía que hablar con nuestros contactos franceses. Íbamos a contar contigo para que nos dieras apoyo desde adentro. Ya sabes, aunque…
Harry asintió.
- Hay cosas con las que no estoy de acuerdo, pero siguen siendo mi familia y siempre voy a estar dispuesto a ayudarlos. De eso no tienes que dudar jamás, Sophie.
La muchacha sonrió.
- Supuse que tendrías que cambiarte el look para pasar desapercibida, pero… ¿rubio?
- El castaño no me queda bien, y el negro… merlín, parecería un murciélago.
Los dos se rieron. Jeanne los acompañó con una pequeña sonrisa.
- ¿Cómo lograste salir? – preguntó Harry después de una pequeña pausa-. Pensé que los habían agarrados a todos.
- Pura suerte. Salí a dar una caminata porque no podía dormir. Estaba a unos quinientos metros cuando se aparecieron en el escondite. Remus me vio, y se encargó de que pudiera escaparme sin problemas.
- ¿Y te viniste directo aquí?
- Sí, - intervino Jeanne-, se contactó conmigo inmediatamente. Estaba hecha una furia. Quería organizar un rescate esa misma madrugada.
- Por suerte lograron calmarme.
- Si, no hubiera sido algo muy beneficioso…- comentó Harry-. Nos tuvieron a todos encerrados en el Ministerio, y llenaron los pasillos de aurores.
- ¿Interrogaron a mamá? – preguntó Sophie, sus ojos adoptando una dureza con la que Harry simpatizaba.
- "Procesada por un grupo de tareas" es la terminología oficial – dijo Harry entre dientes.
- Y cuando la viste, ella…
- No mostraba signo de que hubiera pasado nada – contestó el muchacho-. Pero sabes que esas cosas se esconden con facilidad.
- Si, - asintió la rubia-. Escucha, sé que a Remus lo van a trasladar pronto, junto con otros miembros de la Orden. Todavía no sabemos a dónde.
- Leire – intercedió Jeanne-. Me avisaron hoy por la mañana.
- ¿Leire? Pero no hay nada allí.
- Hace un mes terminaron de construir un nuevo complejo para meter presos políticos – respondió Sophie.
- ¿Tan cerca de un pueblo minero?
- Sí. No tenemos bien confirmado el por qué, pero Jeanne piensa que es por los túneles. Se les hace más fácil encubrir cualquier operación ilegal.
Harry se mordió el labio.
- Mh, ¿piensas que lo van a usar como un campo de exterminio?
- Estoy segura – respondió Jeanne, su acento inglés claro y seco como no lo había escuchado hasta el momento. Sus ojos brillaban con una intensidad que la hacía parecer más joven-. Pero podemos evitarlo. Si conseguimos la documentación de los trasladados podemos al menos pedir en las cortes internacionales que sigan sus casos. Si hay presión desde afuera, nuestro querido Lord no se animará a eliminarlos tan impunemente.
- Eso lo puedo conseguir – murmuró Harry, pensativamente-. Espera, ¿cuándo lo van a trasladar?
- Aparentemente a principios del mes que viene – Harry miró a su hermana de manera significativa, y ella no tardó en entender el significado. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, y adquirieron el ímpetu que la caracterizaba-. ¿No piensas que…? – giró el rostro hacia Jeanne-. ¿Sería factible un rescate entonces?
- ¿Antes del traslado? – respondió la anciana suavemente, entrecerrando los ojos-. Mmh, quizás deberíamos hablar de otras cosas antes de encontrar la respuesta a esa pregunta. Dime Harry, tu proyecto es formar una coalición.
- Exactamente – asintió el muchacho-. Me parece que un gobierno unilateral deviene en una dictadura, sea cual fuere su ideología. Y puede gustar o no, pero los tradicionalistas son iguales de ingleses que los del PP, y merecen un lugar en el gobierno.
- ¿Y la forma en la que piensas lograr esto es…?
Harry sonrió, sintiendo que quizás su respuesta sonaría algo inocente frente a los veteranos oídos de la mujer.
- Una mesa de negociación. Obviamente habrá que forzar la cosa antes de sentarlo a Voldemort a negociar… pero creo que es posible, y creo que es mejor que atacar indiscriminadamente el sistema.
Jeanne asintió, manteniendo un silencio respetuoso por unos momentos. Su mirada alternaba entre el jardín y el rostro confundido del muchacho, que no se imaginaba a qué iba todo aquello. Por el rabillo de su ojo Harry notaba que su hermana se estaba poniendo visiblemente nerviosa, y supuso que tendría algo que ver con la opinión de aquella mujer al respecto.
- Jeanne… -comenzó- las condiciones…
- Chito, niña – la mujer la cortó bruscamente-. Este minuto es para que los tres contemplemos, no para que me interrumpas con tus aseveraciones nerviosas. Ya sé qué es lo que quiere la Orden del Fénix, y cómo quiere conseguirlo. Pero tienes que entender que yo y mis recursos no somos parte ni nos interesa la política de la Orden, y que cooperamos con ustedes solamente porque tenemos algunos puntos en común.
- Lo entiendo perfectamente – continuó, testaruda, Sophie-. Pero en este punto me tengo que poner firme porque pienso que la visión idealista de mi hermano demuestra el lugar privilegiado de donde sale. Lo que propone no es una solución, es un enmascaramiento del orden ya existente.
- ¿Y según la Orden no deberíamos volver al sistema antiguo, que era igual de injusto? – Intercedió Harry.
- Esto no se va a convertir en una pelea por política – exclamó Jeanne-. Sophie, hazme el favor de esperarnos afuera. Hoy invité a Harry para escuchar lo que tiene para decir, no para que intentes convencernos a todos de que tu verdad es mejor.
La muchacha se levantó bruscamente, sus ojos encendidos, pero no dijo nada más, y se retiró. Harry la observó irse con gesto adusto.
- Los hermanos sean unidos, esa es la ley primera, y si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera – recitó Jeanne, mirándolo fijamente-. José Hernández. ¿Alguna vez has leído el Martín Fierro, Harry?
- No creo que pueda pronunciarlo siquiera.
- Ah, es un lindo libro. O al menos eso me dijeron, yo nunca lo leí. Me gusta esa cita nada más.
- Es inspiradora – suspiró el muchacho.
La mujer permaneció en silencio unos minutos, hasta que finalmente algo pareció activarse en ella; un instinto, una reacción, un pensamiento que de pronto emergía del subconsciente y rompía contra las paredes de la consciencia. Su cuerpo parecía más alerta.
- Te diré lo que sucede, Harry. Yo represento los intereses de un grupo de magos compatriotas a los que no nos deja muy tranquilos el avance de Voldemort. Hace algunos años que venimos siguiendo sus movimientos. Tenemos contactos en toda la Europa continental, y aquí en Inglaterra colaborábamos con el difunto Dumbledore, Morgana lo tenga en su gloria, para lo que era el seguimiento de sus seguidores en el país. Tras su muerte preferimos seguir colaborando con la Orden, pero el viraje que tomó en los últimos tiempos nos deja un poco intranquilos.
- A quién no, - dijo Harry con una sonrisa sardónica.
- No buscamos una guerra de guerrillas. No buscamos que en Inglaterra las cosas se degeneren hasta la anarquía. Pero no teníamos otra opción, hasta que me enteré de lo que estabas tramando.
La mujer tomó aire, reclinándose lánguidamente en su asiento.
- Personalmente creo que eres el hombre indicado para la tarea. Creo que en este momento debes ser la única persona en posición de poder sacar a nuestro querido Lord de la ecuación. Creo que si Lily hubiese tenido un poco más de sensatez, hubiera re estructurado la Orden para que pudiera cumplir con tu proyecto, sacándola del camino extremista que pavimentó tu padre. Pero la realidad es que si bien mis ojos viejos pueden ver todo esto, no eres más que un jovencito ambicioso ante los ojos de los demás. Tu edad y tu inexperiencia te juegan en contra, Harry.
El muchacho asintió.
- Esa es una de mis grandes preocupaciones, de hecho.
- Puedes entender cuál es mi dilema entonces. Pero aun así creo que se puede lograr algo, si te ponemos detrás de otra figura que pueda dar la cara que tú no puedes dar.
- ¿En quién estás pensando?
- Amelia Bones, para empezar. Es la cara más visible del antiguo PP. MacMillan. Longbottom.
- Todos los que apoyaban a mi padre pero no estaban en la Orden.
- Exactamente.
- Y yo puedo hablar con mis contactos para ver qué se puede conseguir dentro del PT – agregó Harry, pensando en Draco.
- Tal cual. Lo cual no significa que tengamos éxito, pero ahí es donde entra en juego el tema del rescate. No podemos hacerlo así nomás. Si esperamos hasta que las condiciones se den, va a ejercer una presión tremenda sobre Voldemort, y lo va a empujar a sentarse a negociar.
- Pero hasta entonces, Remus y los demás…
- Ah, de eso no te preocupes. Como decía antes, si conseguimos los detalles de los casos nos podemos asegurar que no terminen en el lugar menos deseado.
Harry asintió, aunque había duda en sus ojos. Jeanne le sonrió.
- No te preocupes, garçon. Suena difícil, pero es cuestión de ir paso por paso – se levantó con una agilidad que no se correspondía con la edad que aparentaba tener. Harry la siguió con la mirada-. Será mejor que rescatemos a tu hermana antes de que se hunda en un mar de refunfuñadas. Fruncir el ceño la afea.
- A este ritmo, vas a tener que recibirme con copas de oro y caviar cada vez que te vea – le dijo un Draco sonriente-. Sorprendiste a más de uno. No sabes la cara que puso mi padre cuando cerró la bolsa ayer.
- Ah, si – comentó Harry-. Es todo parte de mi plan maléfico, y empieza con contratar un asesor para que filtre todas las cosas poco importantes que me llegan del Wizengamot y del resto del Ministerio.
El muchacho rubio se adentró en la habitación, tomando su asiento frente al dueño de casa. Entre ellos había una bandeja de plata repleta de los restos del almuerzo que Harry había abandonado hacía unos minutos.
- Veo que ya le estás agarrando la mano a esto.
- Sí, - asintió Harry-. En parte gracias a tu padre. No tendría idea de cómo encarar estas cosas si no fuera por él.
- ¿Él te sugirió lo del asesor?
- No. ¿Te puedo ofrecer algo para tomar, comer? – Su amigo negó con la cabeza-. Bien. La idea del asesor fue en realidad de mi secretaria. Aunque sospecho que Lucius lo dijo muy entre líneas alguna que otra vez, pero ya sabes cuál es la política oficial. Voldemort quiere que esté explotado de trabajo para ganar tiempo antes de que me lance a la ofensiva.
- ¿Y qué dijo de esto?
- ¿Voldemort? – Draco asintió-. No tengo idea, hace una semana que está de viaje. Se escabulló a Madrid para arreglar unas cosas con los Zabaleta, no sé si los conoces.
- Si, si, de hecho pasamos unos veranos juntos en Ibiza cuando era más chico.
- Bueno, la cuestión es que me conseguí este asesor, le dejé dicho más o menos qué cosas me interesaba que manejara él y cómo, y aproveché el tiempo libre para darle una buena mirada a los planes de inversión de algunas de las compañías que heredé.
- Si no me equivoco, solías quejarte de cualquier cosa que tuviera que ver con las finanzas. ¿Qué pasó?
- Otro asesor pasó – Harry rió-. Cuando vi que no entendía ni jota, contraté a un analista financiero para que fuera paso por paso conmigo. Y con él armamos planes de renovación. Después me junté con algunos alemanes para arreglar unos convenios, y ya sabes cómo son estas cosas.
Draco se rió.
- El rumor misterioso se apodera de los mercados, y las acciones de la tan poco valorada Potter Inc., suben. Felicitaciones, entonces. ¿Este enfoque nuevo es porque vas a intentar comprar la buena fe del Lord?
Harry esbozó una sonrisa sardónica.
- No, pero sí. Y hablando de mis planes – su expresión se volvió un poco más insistente-, ¿qué vas a hacer?
El rostro del rubio adoptó una expresión seria.
- Creo que deberías ver algo – de entre sus túnicas sacó un pequeño manojo de papeles, que se los pasó al moreno. Harry los aceptó con una expresión confusa, y los leyó en silencio, su rostro ensombreciéndose a medida que pasaba las hojas.
- No va a servir de mucho esta alza, después de todo – comentó.
- No te creas, - intercedió el rubio-. Si tienes a los inversionistas extranjeros golpeándote en la puerta, sobre todo a ti, es porque piensan que hay una solución, y rápida a la situación.
Harry puso los papeles en la mesa.
- Déjame ver si puedo entenderlo. Aquí – señaló a los papeles-, tenemos un montón de memos de ciertos miembros de gobiernos extranjeros presionando a los exportadores para implementar un bloqueo comercial contra nosotros. Esto es porque…
- Lord Voldemort es una figura que genera mucho recelo en el continente – completó el otro muchacho-. Quieren presionarlo con una amenaza de hambruna, por decirlo de alguna forma, para que sepa que no tiene vía libre.
- Y lo que van a proponer es…
Draco sonrió.
- Que arme una coalición. Y seguramente te van a poner a ti junto con Bones, o alguien más dentro del antiguo bloque del PP.
En la mirada de Harry había poca confianza.
- Todos piensan que soy el perrito faldero de Voldemort. No creo que me tengan a mí en mente para mantenerlo a raya.
- Pero antes de perrito faldero, te consideran un "joven impresionable". Te quieren usar. Además de que seguramente te van a poner a alguien al lado para que te mantenga en línea. No son idiotas, Harry. Ven cómo te estás moviendo ahora, ven de dónde vienes, y aunque Voldemort se haya encargado de crear esta fantasía de que eres su protegido los que están tomando las decisiones afuera saben que estas tratando de hacer la tuya.
- No creo que Voldemort ceda o que incluso deje que hagan esto. Tiene muchos contactos en el continente.
Draco alzó las cejas.
- Cierto – concedió-. Pero ya no estamos en el medioevo, Harry. Hace doscientos años, mierda, incluso cuando intentó tomar el poder en el cincuenta las cosas eran distintas. Tener el título de Lord Oscuro y tener todo ese poderío mágico significaban algo. Hoy en día no es un tema de cuánto puedas hacer con tu varita, sino cuán grande tienes la billetera. Y saben que eso es algo que tú entiendes pero que él no.
Harry se llevó una mano a la barbilla. En su rostro era claro que no le convencían las palabras de su amigo. Reinó el silencio por unos minutos, tras los cuales el moreno suspiró, tomó los memos que Draco le había traído y los guardó en su escritorio.
- No me queda otra más que abrirme a la posibilidad. Gracias, Draco.
El rubio sonrió.
El seco sonido de los tacos de su secretaria se perdió entre los pasillos.
La cálida luz entraba por la ventana, bañando su figura lánguida con los suaves rayos del sol de media tarde. Estaba echado sobre uno de los sillones que había movido hasta la ventana con propósito de disfrutar de un momento de relajación, su rostro serio apoyado sobre una mano, los pies colgando de uno de los apoyabrazos. Sin embargo, aunque su cuerpo reposaba contento, empapándose de la energía que irradiaba aquella escena, su mente funcionaba con ímpetu frenético.
Le preocupaban muchas cosas. Le preocupaba la negativa de Voldemort al pedido que le había hecho recientemente para volver a ver a su madre; le preocupaba la falta de información que tenía respecto a su estado. Le preocupaba aquella mirada al horizonte que le deparaba un posible bloqueo comercial, y lo que aquello significaba para la nación entera; le preocupaba la reacción de Voldemort, las tensiones entre él y la Unión Mágica Europea que parecían no disminuir. Y también en sus pensamientos aparecía Sophie, su hermana rebelde, y aquella alianza frágil que había logrado con los magos franceses. Harry quería tener la ingenuidad como para confiar en la buena fe de Jeanne, pero de aquella reunión se había llevado la impresión de que era una fiel creyente en el viejo refrán que reza el fin justifica los medios. No habría acuerdo que valiera, no habría lealtad que contara, si consideraba que entregar a su hermana a los aurores la llevaría un paso más cerca a sacarlo a Voldemort del gobierno.
Y su hermana, de entre todos, estaba particularmente complicada. No tenía en claro cuál era la situación de Severus Snape, pero el status de la pelirroja como una doble agente al servicio de la Orden había quedado expuesto desde la subida de Voldemort al poder. En consecuencia había pasado a disfrutar del raro y dudoso privilegio de ser una de las subversivas más buscadas, brillando más que nada por su traición al nuevo status quo. Harry sabía que, de ser capturada, no habría forma de ayudarla más que de mandar todo al demonio y salir a atacar a quien se interpusiera entre los dos. Si es que no la mataban in situ.
Supuso que lo único que podía hacer por el momento era prepararle alguna ruta de escape por si la cosa se ponía fea. Pensó en Martin McHerring, un pocionista norteamericano que había conocido en una cocktail party unas semanas atrás, y que, fiel a su estirpe, no tenía lealtad más que al mejor postor. Sabía que el escurridizo americano podría facilitarle una huida silenciosa siempre y cuando él mantuviera el oro fluyendo.
Con eso su mente pareció rebotar de vuelta a otro gran dilema. A Jeanne le había prometido contactos dentro del tradicionalismo, pero había encontrado más resistencia de la que había inicialmente calculado. Aunque Draco era de gran ayuda a la hora de organizar el quién y el cómo, no dejaba de ser, a los ojos de la sociedad, un jugador menor a la sombra de su padre. Había logrado identificar algunos interesados dentro de las casas menores, aquellas que se sentaban en segunda fila y que estaban ansiosas por pisar cabezas y adoptar un papel más protagónico, pero su alianza le parecía apenas mejor que nada. Necesitaba alguien más comprometido, dispuesto a jugar todas sus fichas; el oportunismo de aquellas familias le parecía simplemente tóxico. Pero por el momento sabía que la sociedad mágica consideraba a Voldemort y el orden que representaba como el ganador por excelencia de aquella batalla, y aquella victoria no sería fácil de superar.
Había que meter presión. Y contaban con dos buenas armas: un rescate, y el bloqueo. Si jugaban bien las cartas, sabía que podría ganar terreno clave en aquella pulsada contra Voldemort.
- ¿Has notado que tu secretaria está intentando seducirte? – preguntó una voz inesperada. Harry se sacudió en su asiento, el corazón latiéndole a mil. Detrás de él podía sentir el aura pesada y añeja de Voldemort, podía sentir la suave caricia con la que buscaba su propia magia. Lo había tomado completamente por sorpresa; en su momento de introspección se había abstraído completamente de sus alrededores.
- N-no – respondió, bajando las piernas al suelo y enderezándose en su asiento. Voldemort rodeó el sillón y se sentó sobre el brazo que Harry había dejado libre.
- Cambió de perfume por uno más caro. Usa maquillaje cada vez más llamativo. Su ropa cada vez revela más.
- Suena como si quisieras encamártela tú.
- ¿Te pondrías celoso si lo hiciera?
Harry lo pensó un minuto, y giró la cabeza para encontrarse con la mirada pensativa del otro hombre.
- ¿A qué viene todo esto?
- Hace un mes que vienes trabajando con un grupo de asesores, lo cual ha reducido tu carga de trabajo considerablemente. Uno pensaría que en semejante estado de ocio, tu mente se dedicaría a complacer placeres más básicos. Sin embargo…
- ¿Realmente diste todas estas vueltas para acusarme de estar planeando algo en tu contra? Pensé que ya lo dábamos por sentado.
Harry observó con una pequeña sonrisa como el otro alzaba una ceja, echándole una mirada significativa.
- Querías ponerme nervioso. Buen intento, pero ya vivo nervioso – dijo-. ¿Qué tal Madrid?
- Olorosa y ruidosa como siempre – contestó-. Sin embargo fue una buena oportunidad para presenciar una interesante celebración del solsticio.
- ¿Si?
Harry se encontró de pronto con que no podía ver nada. Voldemort cubría sus ojos con una mano y con otra rodeaba sus hombros, su boca cercana peligrosamente a su oído.
- ¿Escuchas los gritos, Harry? – susurró-. ¿Has visto alguna vez una celebración pagana?
El muchacho no sabía a qué se refería el otro, pero negó con la cabeza. A sus oídos no llegaba más que la suave respiración del mago oscuro y el rozar de sus ropas cuando alguno se movía.
- Hay cosas más allá del entendimiento de la mayoría de los humanos… incluso para la raza mágica, que es dueña de todo lo natural en el mundo – siguió. Su voz cadenciosa se mezclaba con los chasquidos que podía escuchar, provenientes de su magia-. El solsticio no es más que una celebración de aquellos misterios; una gran invocación de las fuerzas que van más allá de la existencia.
Harry juró que en la oscuridad que se escondía detrás de sus párpados podía ver apenas el fantasma de una chispa, luego una flama. Había sombras que se movían detrás de aquél espectro de fuego, figuras etéreas que parecían retorcerse al ritmo marcado por la voz del otro hombre.
- En las afueras de Betanzos, al norte de España, se junta la aristocracia para honrar aquellas fuerzas que desean tanto pero que no pueden comprender – las figuras detrás de los párpados del muchacho se volvían cada vez más claras. Harry podría jurar haber escuchado una risa a lo lejos, seguida de un sollozo-. Se visten en ropajes suntuosos, extraños; hilados en tela de araña, adornados con partes humanas. Marchan disfrazados como la Santa Compañía, borrachos de sangre y muerte – el susurro acompañaba el crescendo de un cántico en una lengua que Harry no reconocía-. ¿Sabes hacia dónde marchan?
- A una hoguera – respondió, casi automáticamente. Sintió que Voldemort sonreía. Las llamas bailando en sus ojos cerrados lo cegaban; el viento olía a humo, a sudor. Las figuras se agolpaban a su alrededor, y el cántico se hacía cada vez más intenso, más frenético.
- ¿Y qué llevan?
El viento dejó de soplar. La hoguera se apagó. Las figuras se perdieron en el vacío. Un rostro desesperado emerge de la nada; finalmente escucha los gritos.
- Sacrificios humanos – respondió. Tenía la garganta seca.
- Sacrificios humanos – repitió Voldemort, y posó sus labios sobre la mejilla del muchacho. Fue apenas un roce, pero el chico sintió como si lo hubieran marcado con un hierro caliente.
El hombre descubrió sus ojos, pero Harry todavía tenía grabada la imagen del rostro suplicante, la tez pálida de su madre que lanzaba un grito desgarrador. No le sorprendió descubrir que estaba temblando.
Voldemort se paró y caminó hacia la ventana.
- Quizás podría llevarte a la próxima.
Harry tuvo que reprimir un sollozo.
- Tenemos que hacerlo ya – su voz sonaba más grave de lo habitual. Jeanne lo miraba con una ceja alzada, sin dejarse impresionar. Harry sabía que parecía un tanto desesperado, su rostro bañado en cierto gesto febril, sus ojos verdes brillando con la intensidad de quien se ve acorralado.
- Harry, mon ami, las condiciones no están dadas.
- Las condiciones me van a importar un carajo si mi madre termina seis metros bajo tierra, my friend – le contestó con aspereza.
- No caigas en las amenazas baratas, muchacho. Te está presionando para que cometas un error.
- Quiere sacrificar a mi madre en el solsticio.
Jeanne lanzó una carcajada.
- Harry, incluso si nuestro querido Lord quisiera intentar algo de ese estilo, los dioses se encargarían de resucitar a la pobre víctima para no aceptar el sacrificio. Ese hombre ha transgredido más que el orden natural humano.
- Ese no es el punto. Le importa un carajo. Podría matarla solamente para ver qué hago. La excusa del solsticio es solamente para darle cuerpo a la amenaza.
- Precisamente es por eso que tienes que dejarlo pasar. Está probándote. Ve por el camino del Tao, y deja que las cosas fluyan. Él tiene un bloqueo por el que preocuparse, antes que tu madre.
Harry maldijo.
- No hay otra opción más que dejar que las cosas empeoren, para que realmente puedan ponerse mejor – insistió Jeanne-. Del negro más oscuro saltaremos al blanco más claro.
- ¿Y mientras tanto?
- Búscate un hobby, querido, y siéntate a esperar.
Era un paisaje desolado.
Más de un escaparate lucía los colores gastados del abandono; los tablones que protegían las entradas de los oportunistas cortaban secamente los parches de oscuridad y polvo que brotaban del interior de las tiendas. Quienes todavía podían presumir de un negocio saludable lo hacían por virtud de su antigüedad, como si los años los hubieran hecho más resistentes al vaivén de la economía.
Los recortes en el gasto público habían dejado las calles con pocos barrenderos, y el barro y los papeles se acumulaban en los rincones dejados a su buena suerte. Si alguna vez había habido animales callejeros dando vueltas por Diagon Alley, jamás se habían hecho notar tanto como en aquellos días. Ni ellos eran inmunes a los designios de la política; y al igual que a más de un desamparado, daban vueltas por el triste callejón en busca de comida y refugio.
A esa hora de la tarde se hacían desear los fantasmas de las líneas que formaban todos los días aquellos que no llegaban a cumplir con las exigencias de los precios inflados de los alimentos. No había hambruna por virtud de un feroz plan de raciocinio patrocinado por el estado, pero no hay confort tampoco, ni había tregua para aquellos que se encontraban en el fondo de la cadena alimenticia de la sociedad. Los rostros se veían cansados, sucios, inseguros de su propio futuro. Apenas hacía un año que el nuevo gobierno había asumido, pregonando prosperidad y gloria, que habían quedado como slogans irónicos pudriéndose detrás de otros carteles propagandísticos en las paredes desvencijadas de todos los pueblos mágicos.
En aquella época de sequía, solo una cosa florecía.
Los ropajes chillones de los aurores parecían faltarle el respeto a la digna miseria con la que Diagon Alley se vestía. Patrullaban las calles con gesto adusto, reservado, conscientes de que eran los privilegiados en aquél sistema que se derrumbaba y que se los estaba llevando a todos al fondo. A todos, menos a los de las túnicas fucsia. La tensión no era invisible; se colaba en la mente de la gente y se materializaba en un comentario mordaz dicho al pasar, en un grito descontento, en un ataque improvisado de algún iracundo transeúnte quien siente que debe descargar su enojo sobre el guardia de turno.
Habían pasado cinco meses desde que la UME había decretado el bloqueo comercial a Inglaterra, y recién aquella noche se pondría en efecto el primer toque de queda.
Las malas lenguas hablaban.
- Todo esto porque no quiere que la UME mande gente.
- Hombre, como si fuera tan sencillo. Le pusieron condiciones a las negociaciones. Querían que abriésemos las importaciones, que pagáramos una multa.
- Podría haber ido a la corte internacional.
- Bah, son un montón de viejos asustadizos. Lo odian porque saben que él les puede quitar todo el poder que tienen.
Las malas lenguas hablaban.
- ¿Y los muggles? ¿No podemos importar de ellos?
- Querido, es un tema político. A ese montón de sangrepura no les gusta la idea de salir a buscar caridad por parte del gobierno muggle.
- Claro, si ellos no se mueren de hambre.
- Dicen que los muggles modifican la comida, y que la envenenan.
- No seas idiota, Boyle. Lo que hacen es modificarla genéticamente, y es para obtener mejores productos. Es seguro consumirlas.
- ¿Y qué esperan que hagamos entonces? ¿Qué salgamos a robarles?
El toque de queda y la fuerte presencia de los aurores en las calles servían más que para la simple prevención de saqueos. Aunque era una forma de contener a los agitadores, también era necesario para atacar la creciente ola de violencia hacia familias y comerciantes muggles, quienes de pronto podían verse mirando el extremo de una varita mientras les robaban comida y elementos de uso cotidiano. Aquél que pudiera presumir de tener un buen obliviate sabía que podía presentarse en el Ministerio para que lo tomaran temporalmente.
En esas calles caminaba Harry mientras pensaba que había sido un grave error dejarse convencer por Jeanne. Aunque es cierto que frente a los caprichos de Voldemort no hubiera podido hacer mucho, la falta de resistencia que había otorgado a aquella continua negativa a la UME le causaba vergüenza. Envuelto en una túnica negra sencilla – no creía en hacer gala de ostentación alguna en tiempos tan difíciles – pasaba entre los aurores como si fuera un fantasma, despertando murmullos y miradas.
Su andar lo condujo a un edificio imponente en la zona residencial del callejón. De paredes de piedra tallada, adornada en motivos góticos y custodiada por gárgolas, la edificación comandaba respeto, y parecía atraer la mirada de aquellos que gustaban de lo mórbido. Un mago vestido completamente en negro, de pelo y ojos oscuros como el carbón lo recibió en la entrada.
- Lord Potter-Black, presumo – dijo, en un duro acento ruso. Harry asintió, con gesto grave.
- Tengo una entrevista con Boyar Gorchakov.
El hombre le dedicó una fea sonrisa.
- Por supuesto. Sígame.
Con un movimiento de su mano, la puerta se abrió, y Harry caminó detrás de él. El lugar estaba completamente envuelto en penumbras, y el muchacho se preguntó cómo podía hacer el otro hombre para navegar por el lugar sin llevarse nada por delante. La única razón por la que él no estaba pasando ningún papelón era porque podía ver la magia que recubría cada centímetro de las paredes, cada tapete, cada cuadro; y en el opaco resplandor de aquella filmina protectora podía adivinar las formas que poblaban el ambiente.
Finalmente llegaron hasta una puerta doble. Por debajo se adivinaba la luz suave que proyectaba la chimenea sobre el ambiente. El portero a su lado no dijo nada, y se limitó a poner una mano sobre la superficie de madera, que reaccionó a su toque con un pesado chillido. Harry le agradeció con un gesto, y entró.
En la habitación había poco más que un par de sillones ubicados frente a una chimenea, sin embargo las paredes estaban recubiertas de pesadas cortinas al estilo oriental, con almohadones grandes y ostentosos llenando los espacios sobre el suelo. A un lado de la habitación había una hermosa pipa de agua hecha de puro oro.
- Es cierto entonces lo que dicen, - dijo una voz detrás del sillón-. Lord Potter-Black realmente es un sensor.
Harry frunció el ceño. Aquella voz le parecía familiar. Caminó hasta los sillones.
- ¡Derya! – exclamó, al cruzar miradas con el extraño muchacho que había conocido en Knockturn Alley y que ahora volvía a ver en la forma del Boyar. A su mente vino su último encuentro, el día que había visitado a Rookwood, y la desaparición de quienes habían sido sus compañeros, Mireille, Felix y Raoul.
- Es un placer verte de nuevo, Kurt – el exótico rubio le dedicó una sonrisa y le hizo un gesto para que tomara un asiento junto a él.
- No era el único que se escondía detrás de un nombre falso, entonces – rió el moreno.
- En absoluto. Özgur-öğlu es el apellido de mi madre, y Derya, el nombre que usaba para mí. Diferentes situaciones requieren diferentes identidades.
- ¿Y qué identidad piensas usar aquí? ¿Te puedo llamar Derya o prefieres Boyar Vasily Gorchakov?
- Derya está bien – respondió con una sonrisa.
Harry ladeó la cabeza por un instante.
- Quizás esto resulte tangencial a lo que venía a discutir, pero seré curioso; ¿qué hiciste con Mireille al final?
El muchacho arqueó una ceja.
- ¿Qué te hace pensar que tengo algo que ver con la muerte de esos dos, y la desaparición de la mujer?
- Nada, si vamos a ser concretos – admitió Harry, encogiéndose de hombros-. Instinto de escritor.
Derya rió.
- Me gusta tanto ver a un poeta jugando a ser político, Harry, no te das una idea. Hace que todo esto sea mucho más entretenido.
- Lo tomaré como un cumplido.
El rubio asintió, una gran sonrisa mostrando sus dientes blancos y perfectos, que parecían relucir como perlas en su rostro tostado.
- Para responder tu pregunta, Mireille había robado algo que pertenecía a mi gente. Simplemente la llevé de vuelta a mi tierra para que pudieran hacer justicia.
Harry asintió. La magia del muchacho, que recordaba como unos suaves remolinos verdes que sabían a frutas tropicales, tenía un tinte distinto – como si hubieran adquirido filo, y cada movimiento cadencioso de aquellos remolinos cortara en dos el aire.
- Eres la charla de los entendidos, Harry, ¿lo sabes? Todos se mueren por probar tus ojos.
El muchacho suspiró.
- Terminaron enterándose, ¿verdad?
- Digamos que Voldemort lo dejó muy implícito en ciertas charlas para ver si podía ganar terreno contra los del continente.
- No me sorprende – notó la mirada curiosa del otro-. Lo que sí me asombra es que no lo haya salido a publicar en primera tapa en El Profeta. Tiene la cerecita de tener un sensor en su arsenal.
Derya asintió, murmurando para sí mismo.
- ¿Y cómo es? – preguntó.
- Colorido. Ruidoso. Oloroso. Invasivo. Por suerte fue algo que se manifestó progresivamente, permitiéndome controlar hasta qué grado podía percibirlo. No sé qué hubiera hecho si un día me levantaba y me encontraba en Hogwarts, con toda esa presión de siglos y siglos de magia… ya de por sí en las últimas épocas podía sentir la carga que representaba estar constantemente controlando mis habilidades para no terminar sobrecargado.
- ¿Y qué ves cuando me ves?
Harry lo miró detenidamente, una pequeña sonrisa naciendo en la comisura de sus labios.
- Todos los que me preguntan es porque normalmente quieren saber si hay alguna forma en la que pueda adivinar el origen exótico de su sangre. Sí, puedo ver la diferencia. Sé que no eres un mago normal. No puedo decir sangre de qué tienes, porque nunca he visto algo similar, pero sé que no eres completamente humano.
El rubio sonrió.
- Es una habilidad interesante.
- Si… - murmuró Harry, pensativamente. El misterio de aquella peculiar aura que rodeaba al noble ruso le había despertado cierta curiosidad negligente, y se preguntó si el mago le dejaría examinarla en mayor detalle-. Puede hacer muchas cosas. Si quisiera, podría tocarla.
Aquello le llamó la atención.
- ¿Ah? ¿Y eso…?
- El efecto varía según la persona. Hay quienes sienten como si fuera un cosquilleo, otros que lo ven como algo muy placentero. Hay otros que lo encuentran increíblemente perturbador.
Los ojos del muchacho brillaron con desafío.
- Hazlo, entonces.
- ¿Estás seguro? No puedo garantizar que… - Harry se calló al ver la expresión en el rostro del otro, y levantó una mano en su dirección. Su magia buscaba insistentemente la del otro, y poco a poco se fue acercando… lo hacía con cuidado, con una delicadeza que había nacido de todos los accidentes que había tenido con aquél aspecto particular de sus habilidades. Entre sus dedos atrapó un pequeño remolino, que se extinguió a su toque como una estrella que se apaga; sintió un chasquido, y vio un relampagueo de luz, y de pronto sus ojos se invadieron de sensaciones-
Un jardín etéreo que se extendía al infinito. Hombres y mujeres de todos los colores, de todas las razas, envueltos en halos de luz que distorsionaban sus facciones. Un perfume seductor flotaba en el aire, y Harry sintió el poderoso deseo de quedarse allí, sin importar lo que pudiera pasar después, sin importar lo que había pasado antes. Sin embargo sus ojos se acostumbraron a la visión, y como veía aquellos rostros luminosos podía ver la magia que en forma de remolinos canibalizaba todo a su alrededor; y era una masa podrida, cubierta en herrumbre y mentiras, y Harry tuvo que cerrar los ojos para escapar de todo aquello.
Cuando volvió en sí, sintió ganas de vomitar. Su rostro estaba acostado contra el hombro de Derya, y su mano descansaba sobre el otro hombro. Estaba temblando. El otro muchacho lo abrazaba por la cintura; sus manos estaban fuertemente agarradas a él.
- Fae – murmuró el rubio-. Esa es la magia fae que cuenta historias a los que tienen oídos para escucharlas.
- Es horrenda – susurró con voz ronca, e intentó ponerse de pie, pero los brazos del otro alrededor de su cintura se lo impedían-. No sabía que todavía existían.
- Habitan sus propios espacios. J-jamás pensé que iba a poder ver Carcosa – susurró-. Usan a un mestizo como yo para arreglar sus negocios en la Tierra, pero jamás me dejarán poner un pie en su ciudad perdida.
Harry volvió a intentar ponerse de pie, esta vez haciendo un poco más de fuerza, y Derya lo soltó.
- ¿Tiene algo que ver todo esto con Carcosa? – preguntó, sus ojos esmeraldas penetrantes contra los del otro muchacho.
- Sí y no – Derya se pasó una mano por el pelo, bajando la mirada por un instante-. Todos tienen un ojo en Voldemort. Los elfos me dicen que jamás han visto a nadie como él, y eso los pone nerviosos, porque no saben si lo van a poder controlar. Voldemort inicialmente me contactó para que sirviera como mediador entre él y Carcosa, pero la verdad es que sus motivos no dejan de preocuparme.
- ¿Te ofreció Carcosa, verdad? – susurró suavemente el moreno.
Derya levantó la mirada. Había algo feroz en ella.
- No quiero una ciudad arrasada. Tan solo quiero poner un pie en ella. Y Voldemort… mi madre solía decirme que era el heraldo de la destrucción, cuando era pequeño y él ganó la guerra civil para nosotros. Si las cosas continúan como están, si crece cada vez más poderoso… ¿piensas que va a contentarse con abrirme las puertas de la perdida Carcosa?
- No – admitió Harry -. Probablemente ya esté en sus planes invadirla.
- Por eso te contacté.
Harry volvió a sentarse.
- Teníamos gente del otro lado metiendo fichas para implementar el bloqueo. Nuestra idea era usar eso para llevarlo a una mesa de negociación.
- ¿Y cuál es el golpe de gracia?
Harry sonrió.
- Un escape en masa de los prisioneros políticos que tiene en Azkaban y en los otros centros.
- Ah, qué oportuno es todo esto entonces – respondió el muchacho-. Podría colaborar con eso. ¿Cuánto apoyo necesitan?
- Ya están entrando, ¿no?
Harry alzó la mirada para recibir a Draco, quien entró a las zancadas en la habitación. En la reinante penumbra, el joven parecía casi una aparición: su pelo rubio brillaba con cierta iridiscencia, sus ojos grises estaban encendidos con fuego interno. El moreno asintió y le hizo un gesto para que se acercara. La única luz que iluminaba la habitación flotaba encima del escritorio, completamente desnudo excepto por un enorme pergamino que cubría toda su superficie.
- Un trabajo increíble. ¿Lo hizo tu madre? –preguntó el rubio, señalando al mapa que Harry observaba atentamente.
- Sí, tiene un par de años. Lo usaban con la Orden para poder seguir los movimientos de cada uno durante los ataques contra los Mortífagos.
- Es sinceramente impresionante – murmuró Draco, sus ojos revisando con atención cada detalle sobre el pergamino. Pequeñas figuras en colores brillantes avanzaban lentamente entre las líneas que marcaban el camino de entrada a Azkaban.
- Los puntos dorados son la Orden, los rojos son los franceses, y ¿y los plateados?
- Unos amigos rusos que me hice hace unos días.
Draco lo miró con una ceja alzada.
- ¿Cuántos van a ir contigo a Bedlam?
Harry señaló un pergamino un tanto más pequeño que se hallaba tirado sobre el suelo, escondido bajo la sombra del escritorio. Draco se agachó y lo recogió.
- Tres rusos, - comentó-. Bueno, yo diría que necesitas dos personas más pero hace poco relevaron a los viejos guardias y pusieron a unos recién graduados del curso. En teoría no debería ser demasiado difícil, sobre todo si movilizan todos los guardias a Azkaban.
- Si, además lo único que van a tener que hacer es darme apoyo. El problema de Azkaban y los otros dos centros de detención era que necesitábamos mayor cantidad de magos para echar abajo las guardas.
- ¿Quién lo va a sacar a Lupin? ¿Longbottom? – Harry asintió.
Observaron unos minutos en silencio mientras unos puntos negros aparecían en el mapa grande; eran los aurores que custodiaban Azkaban, y los pocos dementores que habían quedado.
- Bien, ya entraron en contacto – dijo Harry con cierto nerviosismo-. Debería irme.
- ¿Estás seguro que no quieres que te acompañe?
Harry apoyó una mano sobre el hombro de su amigo.
- Necesito alguien aquí, por si hay que hacer un escape a último momento.
Draco abrió la boca para protestar, pero algo en la mirada de su amigo lo detuvo. Le dirigió una mirada consternada, pero terminó por asentir.
- Buena suerte, Harry.
El muchacho sonrió, y aprestó su varita. Con una última mirada a su amigo, se apareció.
Bedlam se imponía en el paisaje campestre, una gran masa de granito y piedra caliza que se erguía en el páramo como una posta neoclasista. Unas antorchas brillaban con múltiples colores sobre las columnas que llevaban a la entrada, y aunque eran apenas unas pequeñas luminarias en la amplia expansión de la noche, lograban iluminar la entrada en su completitud.
Harry sabía que no sentiría la magia de su madre hasta que no hubiese desmantelado las guardas, pero su anhelo era tan grande que podía jurar que sentía apenas un indicio de ella, detrás de la opresión invasiva de las barreras.
Cerró los ojos por un instante, y expandió sus sentidos. Detrás de él podía sentir a los magos rusos. Les hizo una seña para que se acercaran. Enfrente de él podía percibir tres guardias desperezándose, sin duda conscientes de alguna alarma que se había activado con su llegada. Decidió que lo mejor sería tomarlos por sorpresa y obligarlos a avanzar. Abrió las puertas con un movimiento brusco de su varita, y esperó a que los guardias se agolparan para defender. Sin oportunidad para defenderse, cayeron inconscientes cuando su escolta los bañó con los conocidos rayos del desmaius.
Libre la entrada, Harry se introdujo con rapidez dentro del recinto. Sus sentidos le indicaban que el resto de los guardias comenzaban a movilizarse, pero estimaba que se encontrarían con los rusos antes que con él, una vez que, según lo planeado, se dividieran. Le pareció sospechoso que el ala derecha fuese la que contase con la mayor densidad de guardias, cuando era la izquierda la que alojaba a los prisioneros más valiosos, entre ellos su madre. Se mantuvo alerta, reconociendo los primeros signos de lo que parecía ser una emboscada. Revisó cuidadosamente las celdas por las que pasaba, a medida que recorría los pasillos, buscando tanto prisioneros como guardias escondidos; sin embargo hubiera dado lo mismo que hubiera seguido de largo, pues se encontraba solo en aquél sector.
Al llegar a la última, y tercera planta, al final de la cual encontraría a su madre, entendió cómo era la jugada.
- Nott – dijo, cubriendo el último tramo de la escalera con la varita en alto. Podía ver cómo se desvanecía rápidamente la barrera con la que se había protegido de ser detectado por el sensor. Harry notó con algo de molestia que las noticias de su peculiar sensibilidad a la magia habían viajado con rapidez.
- Bueno, bueno, bueno. Si hay algo que adoro es que se demuestre una vez más que estoy en lo cierto. Finalmente muestras tus colores, Potter.
- Mis colores estaban expuestos a quien tuviera la suficiente inteligencia como para saber distinguir el rojo del carmesí. No me vengas a echar la culpa de tu idiotez.
- Me gustaría saber si vas a seguir teniendo esa actitud cuando estés enfrente de nuestro Lord, rogando clemencia.
Harry le dedicó una sonrisa fea.
- Incluso si eso pasa, lamento informarte que te lo vas a perder, milord.
El hombre le apuntó con la varita.
- No sabes cuánto deseaba poder hacer esto.
- Igualmente – murmuró el muchacho, y se echó a un lado cuando el otro le tiró una maldición. Ni lento ni perezoso, su brazo se movió casi automáticamente, y su boca comenzó a descargar vocablos intrincados, hechizos que podría haber sacado de un libro de la escuela como podrían haber sido parte de alguna lección que Tom le dio.
Esquivó un relámpago violáceo, un particular humo naranja, un fogonazo azul de algo que Harry estaba convencido hubiera sido doloroso si le hubiese dado. Tenía cuidado de mantener su estabilidad, pero a medida que el ataque se intensificaba se volvía cada vez más difícil equilibrarse y no trastabillar. Cansado de estar a la defensiva, llamó a levantarse el inerte suelo de granito, que respondió a su convocación y bloqueó el camino de dos maldiciones que se acercaban a él. El choque se hizo sentir, y una explosión lleno de polvo y piedra el pasillo, que se sacudió con la fuerza resultante. Harry no dejó que al otro recuperarse, y con una maldición particularmente viciosa lo dejó tirado sobre el suelo.
- ¿Algo más para agregar, milord? – preguntó Harry, acercándose al cuerpo tendido del otro mago. Nott se retorcía de un lado a otro; no había otra marca en su cuerpo que no fuese la de la escaramuza física de su batalla, pero su rostro mostraba un nivel de agonía comparable con el de quien sufre un cruciatus. Antes de que pudiera sufrir algún accidente, Harry convocó para sí la varita del otro hombre, e hizo un espectáculo lento de romperla frente a sus ojos.
- Sangresucia – escupió Nott a duras penas-, la… sangresucia de tu madre… vas a ver qué es bueno… escoria.
Harry sintió que algo frio se cerraba alrededor de su pecho, y automáticamente, casi sin pensarlo, escupió sobre el rostro del otro hombre.
- Te lo advertí, Nott. Te dije que si volvías a usar esa palabra para hablar de mi madre me la ibas a pagar.
Extendió una mano hacia él, buscando su magia; pero algo en el gesto lo detuvo, un retazo de su consciencia saliendo a la luz. Dudó por un instante; la maldición que retenía al agonizante mago en el suelo se quebró, producto de su distracción, y sintió que el otro le pegaba un manotazo a su pierna, intentando agarrarse de él. Harry reaccionó de reflejo, echándose hacia atrás. Sin embargo el agarre era muy fuerte y trastabilló, cayendo al piso.
Vio el rostro de Nott distorsionado por la furia, y vio su cuerpo luchando contra el suyo. Había soltado su varita en el momento en el que se había tropezado, por lo que sabía que las cosas se reducirían a una lucha física, en las que el hombre corpulento tenía todas las de ganar. Fue en aquél momento en el que cualquier vestigio de su consciencia se calló, y con una frialdad que cada día parecía más suya que de Tom, tomó a Nott por la garganta y jaló de su magia.
El efecto fue instantáneo; el hombre se paralizó, los ojos abiertos de par en par, fijos en la mirada furiosa del muchacho. Debajo de sus dedos sentía la piel transpirada del hombre, el pulso que se aceleraba, la respiración entrecortada que se hacía cada vez más frenética y suplicante a medida que el hombre comenzaba a hiperventilar. Harry podía ver como una corriente de todos los colores fluía debajo de sus dedos, brotando como un manantial de lo más profundo de su enemigo y desparramándose a su alrededor. Era como querer sacar agua de un aljibe, quizás, y con cada movimiento se sentía más y más cansado. Casi inconscientemente tomó un sorbo de aquella agua que se derrochaba, pero se controló para no hacerlo adrede, pues repudiaba la idea de que cualquier parte de ese idiota pasara a formar parte suya.
Con un gemido lo soltó, y se echó hacia atrás, cayendo sobre su espalda. El pozo se había secado, y la próxima vez que Nott abriera los ojos se encontraría con el desafío de tener que vivir como un squib. Ahora yacía desparramado, inconsciente, drenado de magia y de energía.
Harry alcanzó a tomar su varita antes de relajarse contra el piso. Grandes gotas de sudor se agolpaban en su frente, en su cuello, tambaleándose de un lado a otro con el ritmo frenético del subir y bajar de su pecho, de su boca que pedía a gritos bocanadas de aire. El aire a su alrededor estaba cargado con lo que había sido hasta hace poco la magia de Nott, y que ahora buscaba lugar nuevo donde asentarse. Harry se sentía como un hombre sediento echado en el desierto, con el rebelde rocío de la mañana tratando de metérsele por la garganta.
- Todos los días se descubre algo nuevo – susurró una voz, y Harry temió por un instante que fuese Voldemort. Pero la figura que se hizo paso entre los escombros de la batalla no era nada más y nada menos que Derya, que llevaba su varita a un lado, y una sonrisa misteriosa en el rostro.
El muchacho se agachó junto a Nott, y con una mano le tomó el pulso. Luego revisó sus pupilas, y finalmente con su varita lo recubrió con un resplandor celeste que Harry reconocía como el hechizo estándar que usaban los medimagos para revisar el estado de sus pacientes.
- Agotamiento mágico – sentenció-. Lo suficientemente grave como para que no pueda volver a usar una varita nunca más.
Volvió su rostro hacia él y le dedicó una sonrisa perezosa.
- Y solo con el simple toque de un sensor. Imagina las posibilidades – dijo-. Si estuvieras lo suficientemente entrenado… ahora entiendo porque Voldemort te tiene tan cerca.
- Supongo que nunca habló de lo que podía hacer – comentó Harry a duras penas, cerrando los ojos por unos momentos. Estaba exhausto.
- No, no creo que sea algo que a alguien como a él le gustaría publicitar – el muchacho volvió a ponerse de pie y con su varita apuntó al cuerpo inerte de Nott-. Será mejor que atemos este cabo suelto entonces. Avada Kedavra.
Harry alcanzó apenas a abrir los ojos para ver la expresión fría en el rostro de Derya antes de que su visión fuera consumida por la terrible luz verde. Supo entonces que había sido traicionado.
- Puta madre – murmuró el sensor, volviendo su rostro hacia el techo-. Jugué mal.
- ¿No te imaginabas que pudiera hacer un doble agente?
Harry echó una carcajada al vacío.
- Por favor, Derya, conozco a Voldemort. Que misteriosamente aparezca un noble ruso dispuesto a ayudarme en el momento justo en el que necesito gente para liberar a sus prisioneros políticos… no es muy sutil. Mi apuesta no era acerca de si eras un doble agente o no, mi apuesta era cuándo ibas a revelarte como tal. Simplemente pensé que lo dejarías para más tarde.
El otro muchacho se acercó hasta donde Harry estaba tirado, y le sonrió.
- Voldemort me habló muy bien de tu astucia, Harry. Me previno que serías un oponente difícil y meticuloso. Pero se olvidó de decirme algo.
- ¿Qué?
Derya se arrodilló junto a él.
- Malchik, estás tan enamorado de él que piensas que es omnisciente. Él no me mandó a hacer nada.
Harry clavó su mirada en la del muchacho de cabellos rubios.
- ¿Entonces qué quieres lograr con todo esto?
Derya se rió por lo bajo, tomó una de las manos del moreno, y la acercó a su mejilla.
- Toma un poco. Mi magia cuenta historias.
Harry dudó por un instante, pero algo en la mirada oscura y segura del otro lo convenció. Bebió apenas unos sorbos, sintiendo como aquella magia verde y espiralada llenaba de energía sus venas. Era el primer respiro de aire puro después de salir de una habitación en llamas; era el agua que empapaba su garganta craquelada y la llenaba de vida. Sintió como el mundo volvía a colorearse; como la definición de las formas en su visión se enfocaba, como los sonidos se volvían más claros. Cerró los ojos por un instante, y vió algo familiar. Una serpiente negra, ojos escarlatas.
Harry se incorporó de golpe. Derya todavía sujetaba su mano contra su mejilla.
- ¿Sabes cuál es la única debilidad de Voldemort, Harry? – Susurró el muchacho con cierta malicia-. Muchachos como nosotros, poderosos, astutos, con algo que nos hace especiales. Tú eres su sensor, y yo soy su fae.
- ¿Voldemort…? ¿Tú…? – murmuró el moreno, confundido por lo que había visto tanto como por lo que estaba sintiendo en el momento. Había sentido el aura de Voldemort enterrada en lo más profundo de la magia de Derya; pero era una presencia rara, no como Harry sabía era la de un horrocrux o el de su resonancia con el mago oscuro. Le daba la impresión de algún tipo de ritual, y si las insinuaciones del muchacho eran indicio de algo, era que habían realizado algún tipo de magia ceremonial sexual entre ellos.
Algo en su estómago se retorcía, y era negro, y sentía como si le quemara las entrañas. ¿Sentía envidia, acaso?
En los ojos oscuros del otro muchacho algo floreció, y acercó su rostro hasta que Harry pudo sentir la respiración del otro sobre sus labios.
- ¿Nunca has presenciado un solsticio? – le preguntó.
- No – respondió Harry, sintiendo un nudo en la garganta. Su cabeza estaba llena de imágenes de aquellos dos envueltos en los brazos del otro, bañados en sangre e iluminados por la luz perversa de las hogueras de Betanzos-. Pero me han hablado maravillas de lo que hacen en España.
Derya se rió.
- Harry, ¿estás celoso?
El muchacho intentó clavar su mirada en el otro, pero la distancia entre sus rostros era tan corta que apenas podía enfocarse en sus ojos. Los cerró, y suspiró.
- Dorogoy malchik – susurro apenas el otro, encantado-, realmente lo quieres. Tanto que intentas convencerte que esto no te duele.
- ¿Y qué te importa a ti lo que yo sienta por él? – Harry se echó hacia atrás, tratando de poner algo de distancia entre los dos, pero Derya tenía otros planes, y el sensor terminó boca arriba, mirando al doble agente a los ojos.
- Tú no eres el único que siente algo por él – su voz sonaba peligrosa, como si le estuviera retando a cuestionarlo-. Y nos guste o no, nos ha elegido a los dos. Somos sus manos, malchik, y como tales tenemos que responderle de la forma adecuada.
Harry lo miró con los ojos entrecerrados, y con algo de disgusto en su expresión.
- No entiendes realmente de qué se trata todo esto, ¿verdad?
- ¿No entiendo qué? – Con el puño cerrado, golpeó el suelo a un lado de la cabeza de Harry-. Entiendo perfectamente que tienes esta idea de que puedes ir más allá de él. Entiendo perfectamente que lo estás traicionando, y que estás feliz de hacerlo. Lo que no entiendo es cómo puede ser que hagas todo esto cuando lo amas tanto.
- Es tan sencillo – respondió Harry sin inmutarse- como entender que amar a una persona no significa bendecir el piso sobre el que caminan. Que puedes aceptar que es un cabron, que lo único que puedes esperar de él es que te joda. Que puedes disfrutar del tiempo que compartes con él y que mereces alejarte cuando te lastima.
Harry sabía que el otro mago no lo entendía. Su rostro dejaba eso en claro. Le sonrió, sintiendo algo de lástima por él. Derya le quitó la vista de encima, y se incorporó, comenzando a caminar lentamente hacia el final del pasillo, en silencio. Harry siguió su ejemplo, aunque con algo más de urgencia y con cierta preocupación que comenzaba a brotar en su interior.
- Derya… - susurró, pero el muchacho no le hizo caso. Levantó su varita, y con un gesto sencillo las puertas que custodiaban la celda de su madre se aplastaron contra el marco. Lo primero que Harry notó es que no había magia alguna recubriendo las paredes de la habitación. Y si no había guardas, no había campos supresores que le hicieran imposible sensar la magia de su madre.
Y si no podía sentir la magia de su madre…
- No – susurró, y se hizo paso entre los restos de la entrada hasta el interior de la celda-. No, nononono… no, por favor que no sea…
Se echó sobre el cuerpo de su madre, y lo acunó cuidadosamente contra su pecho. Los ojos esmeraldas, vacíos, miraban el techo desprovistos de toda expresión. El pelo rojo se escapaba rebelde de su tranza, regando de mechones los brazos de su hijo. Su cuerpo estaba frío; su corazón descansaba en el silencio absoluto. Lily Potter había sido asesinada.
Harry gritó. Su voz hizo eco en la celda vacía, en el pasillo en el que otro cadáver descansaba y un asesino lo miraba impasivo; hizo eco en aquella institución de horrores, en el paraje desierto que lo esperaba afuera. Dentro de él podía sentir como algo horrendo nacía; un remolino de emociones confusas, de deseos de venganza, de estrategias y planes viciosos que prometían un horrible final a aquél que lo esperaba más allá de la entrada. Su magia respondía, y a su alrededor las sombras perdían profundidad y las luces se apagaban.
Derya tomó unos pasos hasta pararse bajo la entrada. Sus ojos miraban hacia abajo, y Harry sintió cómo su ira aumentaba ante la cobardía del gesto. Pero aún así, alguna minúscula parte dentro de la mente del moreno le decía que podría perdonarlo. Eso fue hasta que abrió la boca y firmó su sentencia de muerte.
- Pensé que si me deshacía de ella, y luego de tu hermana, perderías todas estas distracciones que te alejan de tu destino – dijo, y finalmente levantó la mirada. Y cuando lo hizo, Harry supo que el otro se dio cuenta de lo que estaba por pasar. Sus ojos negros, hasta ese entonces perdidos detrás de una neblina de malicia e intriga, de interés y frialdad, se abrieron de par en par. En ellos podía leer un terror absoluto.
La magia de Harry Potter es como la de un río; fluye a su lado, a través de él, imperturbable e incansable. Inscribe, inquieta, pequeñas historias en cada centímetro de los espacios que ocupan su piel. Es la frescura de una tarde de otoño, de color clara y brillante como el reflejo de un diamante. En aquél momento, sin embargo, aquello era un mero recuerdo.
Se alzaban en llamas aquellas corrientes sedientes de sangre; rodeaban a su dueño celosas como Cerberos del infierno, y se expandían a lo largo de la habitación, llenando cada rincón en búsqueda de su víctima deseada. El diamante se había quebrado, y de su interior nacían torres de carbón, manchándolo todo cuanto estuviera al alcance.
Derya no podía ver nada de esto, pero la presión que sentía era más que suficiente como para hacerle entender qué era lo que estaba pasando. Los ojos del muchacho que se ponía de pie refulgían con un color espectral, cargados de odio y venganza; el ruso temblaba al saberse responsable y único blanco de aquella ira.
- ¿Sabes lo qué pienso, muchacho? – habló finalmente Harry con voz grave y despectiva-. Que te has obsesionado tanto con encontrar un lugar adonde pertenecer, que cuando Carcosa te rechazó te inventaste un lugar junto a Voldemort. ¿Y sabes lo que voy a hacer? Voy a mostrarte realmente el lugar donde perteneces.
Con un movimiento fugaz de su varita, lanzó al muchacho contra una pared. Caminó hacia él, recogiendo su varita en el proceso. Con otro movimiento, dejó que cayeran violentamente un puñado de bloques de cemento del malogrado techo justo sobre las piernas del joven asesino, haciéndolas trizas. Un grito desgarrado emergió de los confines de la garganta del rubio. Harry se echó a reir.
- Ah, vamos, ¡son solo tus piernas! No es como si un pendejo te hubiera quitado a tu madre.
Observó por unos momentos con sádica satisfacción como el ruso sollozaba; la presión de su magia aumentaba, y Harry sabía que parte de sus lágrimas provenían del puro terror que le causaba la situación. Por un momento pensó que debería sentir algo de compasión por el patético espectáculo, pero la verdad era que tan solo sentía repulsión.
- Esto – susurró, acercándose al otro-, esto es lo que realmente significa ocupar un lugar junto a Voldemort. Y esto es contra lo que me estoy rebelando.
Se agachó hasta estar cara a cara con Derya.
- No perteneces aquí, pendejo – escupió.
Con una mano lo tomó del cogote, y lo levantó hasta que sus pies, o lo que quedaban de ellos, colgaron varios centímetros por encima del suelo. Sin ni siquiera planteárselo, su magia se movió en sentido contrario, y en vez de absorber, comenzó a invadir cada centímetro del cuerpo del otro. A los ojos sensibles de Harry había poco para entender y mucho con lo que distraerse, pues entre ellos dos explotaron pequeñas batallas lumínicas; tendriles negros invadiendo y destruyendo uno por uno aquellos remolinos verdes que ahora temblaban de miedo. Entre sus dedos podía sentir como el cuerpo del muchacho convulsionaba violentamente, y si lo podía sostener era por arte y gracia de su magia que se encargaba de mantenerlo en su lugar. No fue sino hasta que sintió algo húmedo salpicándole la cara que reaccionó, y casi por instinto lo soltó, trastabillando unos pasos hacia atrás.
Cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir, tuvo que quitarle la mirada de encima al cadáver de Derya. Echó la cabeza a un lado y vomitó.
Pasó unos minutos en silencio tratando de comprender todo lo que había pasado, de encontrarle una explicación a todo. A su alrededor, su magia volvía a la normalidad, y sentía como el cansancio comenzaba a hacer mella en su cuerpo y en su alma. Escuchó unos pasos, y supo a quién le pertenecían, pero ya no tenía la fuerza como para enfrentarse a nadie. Cuando le llegó la oscuridad, le dio la bienvenida con los brazos abiertos.
A wild authoress has appeared!
Bueno si, no piensen que fue gratuita la muerte de Lily. La cambié a último momento pero la cosa iba a ser peor. Soy una buena persona. Quería avisarles que ya estamos llegando al final, y que probablemente el capítulo que viene sea el último. Y de paso agradecer reviews, favoritos, y cualquier muestra de aliento de su parte. Realmente me halaga que lean las forradas que escribo, jaja. En fin, idealmente en un mundo perfecto donde no tengo que dar parciales podría estar posteando el ultimo capitulo esta semana o la siguiente. Espero que este capitulo les haya gustado, y agradecería cualquier review que quieran tirar en mi dirección, incluso si es para putearme.
