¡Hola de nuevo!

Aquí traigo ya el capítulo uno, remasterizado. Los sucesos son prácticamente los mismos, pero como ya dije, la narración está prácticamente cambiada. El punto de vista sigue siendo, principalmente, el de Katerina Fleischer, pero está contado en tercera persona. Espero que os guste, aunque hay pocos diálogos y puede que se os haga pesado.

Un besazo enorme :))

-o-

La jornada escolar en Crenno empezaba con una asignatura muy particular: Historia de Calypso. Dos horas al comienzo del día para recordar, una vez más, la grandeza de un país que muchos dudaban con sus bocas silenciadas por la alarmante y continua presencia de la autoridad. En los últimos años de formación académica de los jóvenes que acudían a cualquiera de los tres institutos de Crenno lo más normal era profundizar en la tarea encomendada a la isla, la investigación biológica y médica, con asignaturas como Biología, Química, Física o Matemáticas.

Pero el motivo de aquel cambio de horario era tan simple como macabro: la semana siguiente comenzaría la cosecha. En ella, un chico y una chica de entre doce y dieciocho años de cada isla serían elegidos al azar para competir en los Juegos del Hambre, un desafío cuya única norma es matar o morir. Dieciséis muchachos quedan abandonados en una porción de tierra, la Arena, y simplemente habría de ganar el mejor. Pero no sólo se presenta la dificultad de cuán buenos sean tus adversarios, sino que cada año la Arena es un paraje diferente y desconocido para que siempre halla distintos desafíos. No hay segundas oportunidades, ni compasión, ni perdón, ni nada que se le pudiera parecer.

Una vez un nombre es pronunciado en la cosecha, y contra todo impulso por parte del desdichado de acabar con su vida ahí mismo para ahorrarse la humillación de las cámaras, ha de estar un mes entero entregándose al público, ganando fama mediante todos los medios posibles, lo que a ojos del sentido común otorga más humillación. Sesiones de fotos, entrevistas, o cualquier otra alternativa que vea necesario el mentor, pues de cuanta más gente se reciba apoyo, es supuesto que más fácil será ganar los Juegos. Esta creencia deriva en que, cuando se gana el favor del público, vienen los patrocinadores, que se dedican a gastar sus desproporcionadas sumas de dinero en cualquier bien que sea estrictamente necesario en la Arena para garantizar la supervivencia, como una sopa caliente en la nieve o un poco de agua en un desierto. Y es preferible que sus carteras estén al borde de la explosión, porque en esos días los precios se disparan exclusivamente por ellos.

Quien gana los Juegos es obsequiado con una vida llena de lujo para él y su familia, así como una beneficiosa prosperidad para la isla de origen del tributo durante un año, pero la tensión no termina una vez sales de la Arena. Es desgraciadamente normal que los patrocinadores traten de sacar provecho de cómo el tributo se ha presentado en el tiempo previo a los juegos, ya sea por sus habilidades o por incluso su actitud. Así, puede explotarse el talento de un tributo para convertirse en toda una celebrity de Aventio. En otras palabras: la supervivencia del tributo adecuado engrosa su cuenta bancaria. De este modo, el tributo es una inversión segura, a no ser que logre quitarse de encima a las cámaras, a los periodistas y todo lo que provenga de Aventio pagando el precio de poseer una pésima reputación, ya sea convirtiéndose en drogadicto, alcohólico, o simplemente fingir cualquier cosa de las dos –lo cual a pocos tributos ganadores les importaría-.

Los Juegos del Hambre son un puro negocio que trae montañas de dinero, pero lógicamente, no para los ciudadanos de Calypso. Aunque Katerina estaba segura de que las drogas no eran simplemente un método para hacer olvidar a los ganadores los recuerdos de la Arena. Incluso aquellos días ella misma no dejaba de tener pesadillas con las imágenes de los anteriores Juegos del Hambre.

Realmente, Crenno no era la población con mayores problemas de Calypso. Dedicándose a los medicamentos y los avances médicos, era extraño que alguien pasara hambre, a no ser que perteneciera al Barrio Negro. Unos pocos kilometros cuadrados profundamente segregados del buen estado de la isla, donde la pobreza llegaba a ser más alarmante incluso de lo que lo es en la Colonia Oriental de Neptos. Normalmente cada isla tenía su Barrio Negro, que distaba en cierto modo de las características generales de la isla, pero en Crenno la diferencia era extrañamente abismal, cuando el nivel de vida en general no llegaba ni a rozar los de Festum o Hêres. Esta última si que podría presumir de hallarse en condiciones muy parecidas a Aventio, dedicándose por entero a la tecnología. Y, todo hay que decirlo, en la capital adoran los cachivaches.

Algo golpeó el brazo de Katerina, una bolita de papel que rebotó hasta ir a parar al suelo. Recorriendo la mirada de las aburridas caras de sus compañeros, hartos de escuchar la misma cantinela desde los doce años, adivinó el remitente del mensaje, que contenía la risa como un crío dos pupitres atrás con la cabeza gacha.

''¿Has hecho el problema ese de genética para Biología?'' -rezaba el papelito.

Markus siempre había tenido problemas con todo lo relacionado con esa asignatura, algo que no le convenía viviendo en una isla dedicada a las ciencias médicas. Desde la más tierna infancia, se investiga a todos y cada uno de los niños y niñas de Crenno, escogiendo a los mejores para ejercer en el futuro cualquier profesión relacionada con la salud. Aquellos que no pasen el visto bueno o sencillamente tengan dinero para permitírselo, pueden elegir otra opción profesional que sea básica para el buen funcionamiento de la isla, como bombero o profesor, pero eso no garantiza el éxito. Mark había pasado la prueba por su increíble capacidad para la Física y las Matemáticas, y con cierto amiguismo por parte de su padre, y si continuaba en su empeño por ejercer alguna profesión médica era por la cabezonería de hacer que su familia estuviera orgullosa. Katerina estaba convencida de que si Mark hubiera nacido en Hêres podría haber conseguido llegar hasta la universidad de Aventio. A él sólo le interesa la electricidad, los mecanismos, y todos esas máquinas y planos incomprensibles. Sin duda, ella le conocía bien.

Katerina procedió a responder la misiva en cuanto pudo notar que el profesor Blau no la miraba:

''Luego te ayudo, pero no seas idiota y finge que atiendes. Te recuerdo que esta clase es OBLIGATORIA, y por dos horas de Historia de Calypso no te va a dar un...''.

Su bolígrafo seguía deslizandose para escribir ''colapso cerebral'' hasta que la fuerte voz del señor Blau le hizo dar un respingo.

-Señorita Fleischer, ¿le importaría atender? –el profesor apuntaba acusadoramente a Katerina con el lápiz que solía sostener cuando explicaba-. Este es un tema que seguro que le interesa.

Asintió, hundiéndose en la silla y sintiendo como veinte cabezas la miraban con cautela, como si quisieran advertirle de que no podía llamar la atención en momentos como ese. En aquellos tiempos nadie quería ganarse una advertencia de los agentes de la paz, que nadie sabe en qué consiste exactamente, pero a Katerina no le sonaba bien.

Cuando el profesor volvió a su explicación, la chica tiró disimuladamente el papelito hacia atrás, y cuando vio la oportunidad, miró hacia Mark con una cara de circunstancias a la que él respondió asintiendo con una sonrisa burlona.

Solo quedaban siete días para el desastre. Crenno tenía una población aproximada de seis mil habitantes, y teniendo en cuenta que cerca de un tercio de ellos eran los que participaban en Los Juegos del Hambre, Katerina solo podía desear que dos mil chicos y chicas fueran suficientes para ocultar sus papeletas en la urna de la cosecha. No podía evitar desear que otra persona muriera para no hacerlo ella, pero al fin y al cabo, era lo que todo el mundo pensaba. Todos eran ya capaces de soportar ver morir a un vecino, a un compañero de clase, o a un amigo con tal de que su muerte no se televisara para la nación. Triste, egoísta, rastrero, pero cierto. A Katerina le quedaban solo dos cosechas, incluyendo la próxima que venía. ''Ya me queda menos para ser libre, dentro de lo que en Calypso puede considerarse la libertad''.

Niklaus Fleischer, el padre de Katerina, llevaba entrenándola desde que ella tenía uno se de razón en todos y cada uno de los aspectos para estar preparada para los Juegos. La Arena no era solo el manejo de armas o la competencia física, sino a la capacidad de mentir ante imprevistos, al desarrollo de un talento convincente para Aventio, la inteligencia, etcétera. Incluso sus actividades extraescolares, las clases de teatro y de música, eran una excusa para desarrollar alguna capacidad que tal vez permitiera ganarse al público en el caso de que fuera elegida tributo. Realmente, y visto desde fuera, Katerina al principio veía muy extraño que un médico forense fuera capaz de dar ese tipo de entrenamientos a su hija. De todas formas, ella agradecía poder recibir tal adiestramiento, pero ella intuía desde pequeña que aquello iba más allá que una preparación preventiva para los Juegos, y hace poco supo que no se equivocaba. Todo ello no resultaba tan extraño si resultaba que su padre es un Mercenario de Perseo.

Una chica levantó entonces la mano. Erika, la rubia más rubia de todas las rubias de la isla, que no son pocas, con los ojos azules más azules que las aguas de Crenno, que tampoco es que esa característica fuera algo excepcional en la isla. Las gentes de Crenno solían tener el pelo rubio y los ojos claros, si bien en el Barrio Negro los rubios se apagaban hasta parecer castaños. Katerina era de las pocas chicas fuera de la zona pobre con el pelo castaño, si bien sus ojos verdes si encajaban con el canon. Ella solía creer que el motivo por el que su cabello había salido más oscurecido de lo normal allí era por pensar que el cabello negro de su padre habría sido contrarrestado por el rubio de su madre. Pero ella sólo podía suponer, porque Niklaus nunca le había hablado de nada de sí mismo o de su fallecida esposa.

El profesor le dio la palabra a Erika mientras jugueteaba con su bolígrafo:

-Señor Blau, ¿es posible que pese a la magnitud de la bomba atómica algún resto de tierra sin explorar todavía quedara al otro lado del planeta?

No se oyó ni una sola respiración durante varios segundos. Ni un movimiento, ni un parpadeo, nada. El silencio sólo lo quebró el bolígrafo de plástico del profesor rompiéndose por la mitad, bajo un gesto de rabia contenida manifestada en la tensión de su mandíbula. Todos los alumnos miraban a Erika con los ojos desorbitados y las caras más blancas de lo que ya eran sus pieles. Miraban a aquella chica conocida por un pensamiento siempre reinvindicativo contra las injusticias de Calypso, y aunque muchos habían evitado que sus creencias divergente con las normas le pasaran factura, el colmo del absurdo que suponía la Historia de Calypso unido a la proximidad de la cosecha le había hecho lanzar esa pregunta con su particular todo increpatorio con el que nunca antes se había atrevido a dirigirse a nadie excepto a su familia o sus amigos, que la silenciaban para protegerla. Todos se habían silenciado unos a otros alguna vez, pues todos habian sentido la rabia que en ese momento había sentido Erika. Nunca nadie pudo entender el capricho injusto de no poder mencionar la existencia de otra tierra, pese a que es algo realmente posible.

Pero la bravura de la chica se había antepuesto a la racionalidad. ¿Acaso Erika creía que los contactos de su padre y de sus amigos iban a protegerla ahora? Esa clase de preguntas ponen en entredicho la historia aparentemente cierta de Calypso, y ponerlas en duda se cataloga de rebelión, un término que ni siquiera Katerina debía estar pensando.

''Además'',pensó Katerina ''otra tierra desconocida supondría la libertad en ella''.

Lo que más preocupó a la joven Fleischer fue que al día siguiente no vió la cabellera rubia de Erika por los pasillos del instituto.