07.
Esta vez, sabe que va a ocurrir antes de que el fallo se produzca, porque las mariposas doradas han comenzado a concentrarse en el mismo lugar y están emitiendo destellos de luz como si intentasen llamar su atención a como diese lugar.
Lo consiguen, por supuesto. Harry sabe que las mariposas saben ser persuasivas cuando quieren. Incluso divertidas.
Está tan ocupado observando la danza de luces, que se percata de la presencia del lobo blanco de repente y su corazón se dispara por el susto, la impresión o la simple visión del animal.
El lobo sonríe. Y se supone que los lobos no sonríen o al menos eso parece tener sentido para él.
Es confuso saber que es o que no es y como deben o no ser las cosas.
Casi tanto como pararse a pensar en ello. Harry ya nunca suele pensar, pero esos temblores de su mundo prácticamente lo obligan a hacerlo.
Mira como el lobo estira la pata y las mariposas se amontonan en ese punto y parecen danzar a su alrededor.
Sonríe casi sin querer y se acerca, tratando de tocarlas también, sin importarle tocar la pata del animal o que este pueda enfurecerse (el solo concepto suena extraño, porque aunque los lobos son feroces, sabe que ese lobo nunca lo será).
Y el contacto es tan diferente al que espera, porque de pronto lo que sostiene su mano es otra mano y los ojos rasgados del animal ya no lo son y solo hay dorado y castaño y él conoce a esa criatura aunque no recuerde conocerla.
—Remus —dice, sin saber hablar. Y es imposible la forma en que él le sonríe y como el mundo parece desenfocarse otra vez y Harry tiene que concentrarse mucho, concentrarse muchísimo para poder mantenerlo en ese estado.
Ni siquiera sabe porque debe mantenerlo, pero lo hace.
—Hola, Harry —dice él y su voz suena dulce y vieja, rota y cargada de esperanza—. Te he echado de menos.
Quiere decirle algo. Hablarle, hacerle entender que él siente lo mismo.
Pero no sabe hablar, ni sentir. Y lo que ha estado sosteniendo se derrumba y vuelve a no ver más allá de su jaula de mariposas.
