Yagane Hioti notaba constantemente como las chicas lo miraban con propósitos amorosos y deseo en ellas, sin embargo, a el no le interesaban. No le interesaban ninguna de ellas, y nunca lo harían. El tenía una persona en la mente, con la cual, aunque quisiera, las cosas resultaban imposibles. Lee.

Ambos habían actuado normal después del beso que Lee le plantó a Yagane, puesto que Lee estaba tan ebrio que probablemente no recordaba nada, o por lo menos así le parecía a Yagane, el cual se sentía demasiado avergonzado al hablar el tema.

Demasiado enamorado. Demasiado obsesionado. ¿Como había llegado a ese punto? Ni el mismo lo comprendía, sabiendo perfectamente lo que sucedía. Y ni siquiera se atrevía a detener sus sentimientos.

Sabía al punto en que todo esto llegaría, y realmente le asustaba pensar en volver a ese abismo que antes había tenido que llevar como vida. Esa oscuridad de la cual con más que trates no logras salir, no logras encontrar la luz.


—¡Yagane!—gritaba la persona que más amaba en la vida mientras dejaba caer lagrimas por su mejilla, las cuales luego se mezclaban con su sangre. El castaño solo lo observaba, mientras el rogaba por su vida.—¡Por favor!¡Detente!

—Akira...—susurro Yagane, pronunciando el nombre del chico que más amaba. Su mejor amigo, con el cual luego había desarrollado sentimientos que iban seriamente más allá de una amistad. Akira conocía perfectamente esos sentimientos, y no tuvo mejor idea que jugar con ellos. Tentando a Yagane, insinuándole una oportunidad. Una falsa oportunidad. Yagane, totalmente enamorado, había aceptado esa oportunidad, y al máximo había intentado enamorar a su mejor amigo. Su amor se transformo en locura al momento de ver a Akira interesado e incluso enamorándose de otra persona. Otra persona que no era el. Todo el tiempo habían jugado con su frágil e ilusa alma, la cual, en ese instante se encontraba totalmente rota.

Entonces en Yagane creció un odio radicalmente atormentador, doloroso y poco bueno para la salud mental. El empezó a alejarse de todos, incluso de su propia personalidad, volviéndose alguien tan poco cuerdo como presente.

—¿...Es que jamás me has amado?—le pregunto el castaño, antes de matarlo. Akira solo había bajado la cabeza, en silencio. Los gritos de una dolorosa sensación volvieron en el momento en que un cuchillo traspaso su corazón. Yagane jamás volvió a ser el mismo.

Una sensación de vacío entró en su ser. Y es que nadie lo notaba, puesto que actuaba indiferente ante sus sentimientos con todo el mundo.

—¿...Es que realmente alguna vez alguien lo podrá ver?"—se preguntaba mentalmente el, sintiéndose totalmente ignorado. Sintiéndose como la persona más infeliz del mundo, sin saberlo realmente bien.

Hasta que un día, Akira volvió. En un sueño, más bien una pesadilla, porque en eso se transformo la vida de Yagane. El sueño trataba de ambos chicos riendo juntos, abrazados y besándose con un bello paisaje rodeándolos a ambos. La total felicidad con la persona que más quería.

Y pensar en la felicidad cuando en este mundo cruel resulta imposible, duele. Duele. Duele. Duele y siempre dolerá. Yagane no sabía que tanto más iba a poder ocultar esto, hasta que un día mientras se bañaba la sonrisa de Akira apareció en su mente, destruyendo toda esa fortaleza que parecía mantener tan firme y duradera. Yagane no logró parar de llorar hasta días después, extrañando el pasado.

La felicidad.

El amor.

La eterna incondicional.

...Una simple y basta sonrisa.

Ya nada de eso estaba en su vida. Y entonces el chico reacciono. Como si hubiera estado durmiendo por 1000 años, abrió los ojos a su trágica realidad. Y entonces comprendió como era la verdad.

—Akira...¡vete a la mierda!—grito el chico, rompiendo el vidrio de su baño con una roca y dejando caer todos los pedazos en su espalda. Esa sensación lo volvía a contar como un ser humano, como un ser que estuvo mucho tiempo muerto.

Ese mismo día Yagane escapo de su hogar, abandonando todo el pasado que lo atormentaba. Dejando atrás una de las peores épocas de su vida para buscar la esperanza.

La esperanza que Lee tenía. La esperanza que Yagane vio en sus ojos al verlo directamente, el sentimiento que nació en el.

Y la pronta felicidad que Yagane sentiría.


Yagane caminaba neutralmente hasta encontrarse con esa persona que tanto quería.

—¡Yagane, mi amigo heterosexual!grito Lee en una tonta broma mientras tomaba al chico de la cintura y lo movía por los aires. Lee era notablemente más alto que Yagane. Y eso al castaño le divertía y despreocupaba. Junto a Lee se podía sentir bien sin importar su apariencia. Sin importar nada.

—¡Y tu, mi amigo Homosexual!—le contesto Yagane, sonriente. Con el tiempo ambos se habían logrado llevar tan bien, eran tan felices el uno junto al otro que a veces a Yagane le daba miedo romper esa amistad por unos sentimientos...y perderle como a Akira...sería como volver a la muerte en vida.

Yagane apenas logró resucitar de su propio destino, y caer otra vez en ello...no. No se lo permitiría otra vez. Yagane amaría al máximo a Lee, pero no perdería a su mejor amigo por unos sentimientos, que aunque fueran fuertes...no iban a destruir algo como Lee y el.

Algo que lograba un silencio eterno y deseado, esa paz interior que tanto curaba su corazón de las heridas. Del dolor, de la maldad, del pecado.

Porque aunque nadie lo viera Yagane era la maldad luchando por el título. Alguien tan retorcido y enfermo como Lee, que lo único que busco en la vida fue amor, y termino manchando sus manos con sangre. Con algo de lo cual ya no podía huir. Con algo de lo cual ya estaba completamente condenado a vividlo, a cargar con ello y a sobrevivir de ello.

Y aunque a veces pensarlo fuera algo aterrador y misterioso, para Yagane solo resultaba la escalofriante conexión que mantenía con Lee: la sangre y el enfermizo amor que ambos vivían. Porque ambos amaban todo lo sádico, todo lo masoquista y soñador. Y no podían evitarlo.

Eran asesinos. La sangre se adhería a su piel y el pecado a su alma. Todo por un enfermizo amor. Un amor, quizás, solo quizás...algo mortal. Algo peligroso.