Dos personas contemplaban plácidamente la nieve en la cima de una montaña mientras conversaban tranquila y agradablemente sobre la vida.

—Linda Vista.—comento una de las personas, desinteresada.

—¿Linda? ¡Esto es la más grande belleza que pueda existir!—exclamo la otra persona, exaltada. Y al parecer, bastante.

—Créeme, no lo es.—le contradijo la otra persona con calma.

—Y si no lo es, ¿que lo es?—cuestiono la otra persona, curiosa. De hecho, bastante.

—...Thoru Shion.


Yuuki caminaba normalmente conversando junto a Kaito sobre tonterías, como siempre.

—Pero Vi es más genial que Jinx—alego el pelinegro, insistente. Yuuki coloco los ojos en blanco.

—Si, obvio.—dijo este. Kaito se irrito. Yuuki comenzó a reír. Para el, era un pasatiempo bastante agradable molestar a Kaito, en especial contradecirlo. Sin embargo, Yuuki noto como Kaito realmente empezaba a enojarse.—¿Kaito?

El pelinegro no respondió.

Yuuki suspiro. El pelinegro tenía bastante carácter como personalidad.

—Lo siento.—dijo Yuuki, arrepentido. Kaito no respondió. Yuuki se colgó tiernamente del brazo de su amigo, logrando hacer sonrojar levemente a Kaito.—¡Lo siento!

Kaito miro a Yuuki severamente. Luego instantáneamente beso la frente de su bonito amigo.

—Como si me pudiera enojar con alguien como tú...—admitió el pelinegro, sonriente. Yuuki solo lo escuchaba quieto o estático y con un pequeño sonrojo.—Alguien tan lindo. Tan adorable...tan...pequeño.

Yuuki perdió todo ese sonrojo. ¿...Pequeño?

—¿¡Que me quieres decir!?¡¿Que soy un enano?!¿¡Que-Que parezco un duende?!—le exclamo Yuuki de una manera demasiado histérica. Kaito solo rió.—¡Que yo...!

Yuuki iba a seguir hablando, pero fue callado por unos dulces y suaves labios venidos de la persona que más amo en el pasado. En un tortuoso pasado en el cual casi termina muerto.

Yuuki se separo de Kaito y miro hacia atrás, encontrándose a rosados ojos vigilando. Cuando quiso ver más quien era el observador, la persona había desaparecido.

—Yuuki...—murmuro Kaito, en el oído del rubio.—yo...

—Alguien nos vio.—sentencio el rubio, serio e ignorando la impactante declaración que había dicho Kaito.—¿Comprendes eso, verdad?

Kaito asintió.

—Debería ser más cuidadoso...—murmuro, para luego sonreír y mirar al pequeño. Su cara de irritado la fascinaba.—En el fondo, te gustó.

Yuuki se volvió a sonrojar, solo que esta vez en una totalidad.

—Cá-Cállate—le ordeno débilmente. Luego Yuuki logró hablar con claridad.—¿Crees que no amo a Ymr?—le cuestiono. Kaito lo miro extrañado. Jamás se había detenido a pensar si los sentimientos de Yuuki a Ymr eran sinceros, y le daba mucha curiosidad.—¿Por que siempre llegas y destruyes todo lo que tengo?—entonces el pelinegro observo sorprendido como del rubio caían lagrimas.—¿Por que no permites avanzar mi vida?¡¿a caso siempre tengo que detener todo por ti?!

—Porque soy un egoísta.—dijo Kaito con sequedad. Yuuki lo miro sorprendido.—Se lo que quiero, Yuuki. Y te guste o no, tu estas ahí.—el rubio no evito sonrojarse, otra vez. ¿Como cuantas veces se había sonrojado ya?—Y te conseguiré, y ne importa una mierda tus sentimientos, ¿entendiste?

Yuuki solo lo miro con rencor.

—No soy tu objeto.—le contesto, resentido. Kaito lo miro con una traviesa mirada.

—No te sobrevalores.—le dijo, dejándolo con una gran duda al irse.


Era oficial. Thoru había peleado otra vez con Kaede. Todos lo murmuraban y comentaban mientras el descarado y hermoso pelirrojo se paseaba por los pasillos con total serenidad.

—Toda una noticia, ¿no es así?—cuestiono Lee, colocándose al lado del pelirrojo.

—Los juguetes se devuelven a la juguetería.—dijo Thoru, con una segura sonrisa.

—Siempre jugando Thoru, ¿cuando dejaras de ser un niño?—le cuestiono Lee con una sádica sonrisa, la cual usualmente siempre llevaba.

—Cuando a mi me de la gana.—dijo Thoru, observando a todos los chicos y chicas conversar.Soy el rey, y todos estos son mis peones en un ajedrez. Un juego. Puedo moverlos, puedo matarlos, puedo utilizarlos. Ellos son todos míos.

Lee lo miro algo impactado.

—Eres un ambicioso sin limites.—le dijo, mirándolo analíticamente. Thoru paso su lengua por su labio inferior lentamente, tentando a probar sus labios.

—Ambicioso. Egoísta. Mentiroso...—dijo, mientras su perfecta voz resonaba en los oídos del resto.—Puedo ser todo eso. Y no me importa. Quizás porque siempre conseguiré lo que quiero.

—No asegures cosas que ni tu mismo sabes.—respondió el asesino de forma seca.—No puedes predecir el destino.

Thoru sonrió, pero de una forma más provocativa. Lee lo noto y desvió la mirada, incomodo.

—¿Estas totalmente seguro de eso?—susurro en su oído, provocando una inseguridad en Lee.

—No.—dijo Lee de forma frívola.

Thoru rió levemente.

—Como desees—dijo, para luego dejar a Lee solo. Totalmente solo. Y una cosa que odiaba el asesino era estar solo, por lo cual, pensaba vengarse de Thoru. Y una venganza bastante dolorosa para el.


—¿Ciel?—pregunto Nagato, mientras entraba a la sala de clases casi totalmente vacía. Excepto por una persona, la cual era exactamente el pequeño al cual buscaba.

Lo encontró sentado en el rincón del salón mirando a la pared mientras dibujaba en su cuaderno de dibujos. Nagato e le acerco con una sonrisa. Ciel estaba demasiado concentrado como para notar la presencia de Nagato, así que solo reacciono cuando Nagato le quito de broma el cuaderno.

—Detente—dijo el rubio más pequeño con debilidad, sin excito alguno.

Entonces Nagato vio los dibujos.

El primero, Vincent mirando una ventana mientras se veía el reflejo de el en el vidrio. El segundo Dos hombres mirándose fijamente, como enamorados. El tercero, un par de manos con los dedos entrelazados. El cuarto, mostraba claramente a Vincent besando el cuello de una persona que Nagato dedució al instante: Ciel. Los siguientes dibujos solo eran intentos fallidos de Ciel y Vincent besándose en los labios.

Nagato dejo caer el cuaderno, totalmente impactado.

Ciel lo miro con una sonrisa enferma.

—No e como dibujar besos.—admitió el rubio con una aterrorizadora inocencia. Nagato asintió.

—Pero sabes perfectamente romper corazones—susurro para si mismo, mientras una lagrima caía débilmente de su ojo.