Kyoki y Hatori prefirieron ignorar la discusión de antes y simplemente seguir con lo que tenían que hacer. Ambos, infiltrados en la gran mansión Logishi&Shibune buscando su gran objetivo: Masao Shibune. Porque ambos sabían que dentro de poco le iban a quitar la vida a un ser humano, y ni siquiera se estremecían por ello. Es que les resultaba fácil y poco doloroso, puesto que ninguno iba a sentir dolor alguno por aquello. Eran dos asesinos sin siquiera un poco de piedad.
Finalmente ambos invadieron una habitación, en la cual se encontraba su victima. Masao.
Un chico que ni con el dinero lograba ser bello. Es que simplemente era una irónica y mala combinación de padres extremadamente guapos. Sin embargo a nadie le importaba menos a el. Porque probablemente a todo el mundo le parecía que el dinero era la belleza máxima, menos a Masao. El veía lo feo que era, y sin embargo lo único que quedaba hacer era resignarse y tener seguridad de que pensar en el físico era algo superficial. Y lo era, pero a todo el mundo le importaba.
En fin, Kyoki noto como el chico, Masao, se encontraba en un rincón observando las estrellas. Ya era de noche.
—Sabía que vendrían.—dice el, serio. Luego los mira con un notorio cansancio. Tenía horrendas ojeras negras que contrastaban con su pálido tono de piel y su rostro se veía demacrado. Como si lo hubieran golpeado.—Lo sabía tan perfectamente...y no hice nada para detenerlo.
Hatori quiso atacar al instante, pero entonces Masao volvió a hablar.
—¿No me dejaras terminar mi discurso?—le cuestiono con un tono bromista.—Que descortés eres.
—Sigue, al parecer esto se coloca interesante.—dice Kyoki, apoyándose contra la pared y mordiendo su labio inferior con una maliciosa sonrisa. Claro, para los asesinos las sonrisas siempre eran así, demostrando entre malicia y locura al mismo tiempo.
—Oh, lo es.—coincidió Masao.—Podría gritar y su resultado sería la eminente muerte, pero por alguna razón no lo haré. Y no se ilusionen, no es piedad. Tampoco es porque me agrades, Kyoki.—dicho eso, la peliceleste empezó a reír de la única forma en que reía. Desquiciadamente ella.
—No esperaba algo tan bueno.—admitió esta, levantándose.—Después de todo, tu eres el enemigo.
—Vaya que eres ignorante—le insulto Masao, serio.—Tan miserable...tan enferma.
—¿Podrías seguir hablando tu basura de discurso?—dijo Hatori con hostilidad. Kyoki lo miro con los ojos salientes, como si estuviera sorprendida. El comprendió al instante.—No es que te quiera defender, tonta. Solamente me gusta utilizar de buena forma mi tiempo. Y ahora, más bien se esta desperdiciando.
—Obviamente, soldado.—le contesto ella con alegría. ¡Hatori-kun la había ayudado!
—Como decía, no he gritado por motivos específicos y que realmente no son ustedes.—dijo, para colocarse más serio. Se acomodo más en el suelo y se abrazo a si mismo con sus huesudos y pálidos brazos. Kyoki y Hatori solo observaban sus movimientos, decidiendo en que momento deberían atacar.—El motivo es Él.
—¿"El"?—interrogó Hatori, curioso. Masao ignoro su pregunta y siguió relatando.
—Tan egoísta, tan repulsivo, tan cruel...el es así. El es como solamente el puede ser.—hubo un momento de silencio y luego siguió relatando.—A el no le preocupa el resto, solo piensa en el. En el poder. Utiliza todo lo que pueda para avanzar y avanzar. Luego deja que sus objetos se pudran, o incluso luego se deshace de ellos.—Masao tragó un poco de aire y entrecerró los ojos delicadamente. Kyoki y Hatori, como se había dicho antes, seguían atentos a los movimientos de su enemigo.—Esta obsesionado con la victoria. El no acepta la derrota, ni nunca lo hará. El es una mente enfermiza y manipuladora.
—¿Podrías decirnos de quien se trata?—dijo Hatori, al parecer algo impaciente. Masao dudo un momento. Hatori se irrito más de la cuenta.—Me estas haciendo perder el tiempo...
—Quizás decir el nombre sería muy frontal, ¿no?—dijo Kyoki, calmando el momento. Sin embargo, Hatori ya había logrado colocar todo tan tenso como siempre. Es que el castaño resultaba así siempre. Un tipo con el cual la gente no quería comunicarse. Y todo por su malhumorada y corrupta actitud.
—...El esta más cerca de lo que ustedes creen.—soltó de repente Masao. Kyoki y Hatori intercambiaron miradas por un momento, sorprendidos. ¿Cerca? ¿Es que a caso ellos estuvieron equivocados todo este tiempo con sus teorías y sospechosos? ¿Es que a caso todo este tiempo han estado creyendo una mentira?De lo único que podían estar seguros era que la verdad estaba cerca, y necesitaban como sea conseguirla. Porque saber la verdadera identidad del letal enemigo no era una opción. Era una obligación.—Esta tan cerca y no lo distinguen.—Masao hablaba con tanta seguridad, y Kyoki junto a Hatori estaban tan desesperados que lo oían como si se tratara de un Dios.—Esta tan cerca, encantando a todos con sus dotes. Con esa falsa sonrisa capaz de conquistar a todo el mundo.—entonces hubo un momento de silencio. En la mente de Kyoki entraron tantos nombres, tantas posibilidades. ¿Thoru?¿Lee?¿Sasori?¿Nagato?¿Makoto?¿Yagane?¿Quien era el enemigo?.—Tan cerca, dando esas mentiras que todo el mundo parece creer con tanta facilidad.
Hatori de un momento a otro se acerco a Masao y lo sujeto del cuello comprometedoramente, jalándolo con crueldad. Se aburría de la bonita narración de Masao, porque esas lindas palabras, aunque resultaban mágicas, solo eran un estorbo más. Un estorbo ante la verdad.
—¿Quien es el verdadero enemigo?—cuestiono, otra vez, con un tono hostil. Entrecerró los ojos y miro con rencor y bastante odio a Masao. No le agradaba. Era de esos tipos que solo alardeaban, y realmente no hacían nada. Y Hatori no soportaba a ese tipo de personas.
—El verdadero enemigo es...—dijo. Hubo un silencio. Entonces Masao sonrió con maldad, le dedico una rápida mirada a Hatori y Kyoki, y luego, sin más mordió su lengua. Pero no como una simple mordida. Una mordida tan fuerte que empezó a salir mares de la boca de el. Hatori y Kyoki se preocuparon y le abrieron la boca. Entonces vieron la maldita verdad.
El maldito se había arrancado la lengua. Kyoki, histérica, tomo su ametralladora y comenzó a disparar contra la cabeza de Masao, deformándola y así logrando hacer salir más y más sangre.
—¡Eres un maldito!—le grito tan fuerte que probablemente se había oído por todo el lugar. Sin embargo no le importa. Ya nada le importaba. Lo único que valía ahora era la venganza y el odio. Y por supuesto, la sangre.
Porque la sangre resultaba ser la única forma de venganza en alguien tan desquiciada como Kyoki, y realmente no importaba. Mientras la enferma mental se sintiera feliz observando la grotesca escena de sangre y cadáveres, nada importaba.
