Había pasado exactamente una semana desde que Yuuki y sus amigos fueron rescatados por Konan Mizaki. O secuestrados, como decía Kaede Yukina. El punto era que estaban allí. Gracias a las radios y medios de comunicación ya habían podido oír sobre la crisis que vive Tokio al estar dividido, y la guerra que se aproximaba. En Tokio todo resultaba más un futuro cementerio, y eso todos lo sabían. Por eso todos se ocultaban, soñando que todo podía resultar de una manera más dulce. Quizás no tan dolorosa. Algo rápido y...eso sería todo. Porque todos estaban al tanto de su eminente muerte, y simplemente preferían esperarla con calma antes que desesperarse.
Y Yuuki no puede evitar sentirse culpable al ver cuantas vidas se pierden en un instante. Pero el rubio simplemente tenía que aguantar las ganas de llorar y sonreír de una manera falsa para que nadie sospechara.
—Bien—hablo Konan, cuando tenía a sus amigos, Kaede y muchas personas más reunidas en el gimnasio del lugar.—Como saben, esto es una revolución.—hubo un momento de silencio. Konan sonrió maliciosamente.—Osea, lo más cercano a sus miserables muertes.—otro momento de silencio.—Pero claro, no lo comprendían. No lo comprenderían. Por eso...necesitan tanta ayuda. Tanta ayuda para alcanzar la felicidad, lo que es el paraíso en estos tiempos. Por eso estoy yo aquí, para ayudarlos.
—O llevarnos a un fatal destino.—le interrumpió Kaede con mala actitud. Konan colocó los ojos en blanco.
—Obviamente si piensas así, terminaras así.—le contesto Konan, en un tono poco expresivo. Luego la miro directo a los ojos con severidad.—Si quieres morir, hazlo. No necesitamos malcriadas aquí.
—¿Yo la malcriada?¡Tu quieres todo a tu manera!—le contesta Kaede, enojándose más.—Tu eres la maldita aquí que condeno a todos.
Konan arqueó una ceja y sonrió arrogantemente.
—¿Oh, en serio?—dijo, casi sin mostrar sentimientos.—Lo siento. Ahora puedes volver a llorar a ese mundo falso en el cual vives, cariño.
Kaede, furiosa, tomo una espada colgada en la pared e intento atacar a Konan. Esta lo esquivo.
—¿Matarme?¿Intentas matarme?¡No puedes matarme!—le grito, comenzando a reír como una lunática. Al parecer, Kyoki no era la única persona así.—Thoru, llévate a esta maldita.
—Me asqueas.—sentenció la pelinegra.
—Llevátela...—reitero Konan, con calma. Sus celestes ojos empezaban a mostrar algo de furia y la hacían ver algo aterradora. Thoru asintió.
—Deja de hacer problemas.—susurro Thoru en el oído de Kaede, calmando un poco a la pelinegra.—Ahora vamos a la jaula.
Kaede asintió débilmente y junto a Thoru se fue.
—Mizaki—hablo Hatori, aburrido.—¿Sigues?
—¿Sabes que? Se me quito el humor—dijo esta, cabizbaja.—Tu y Kyoki pueden hacerlo mucho mejor, ¿si?
—Claro—dijo Kyoki, con una sonrisa.
Entonces el resto quedo a cargo de una maniática psicópata y un asesino amador del silencio.
—Y...¿como conociste a Konan?—pregunto Nagato la noche pasada mientras llevaban a una inconsciente Kaede al pabellón.
—Gracias a esto.—dice Hatori, bastante cortante. Sin embargo, Nagato no se iba a rendir tan fácil. Iba a sacar toda la información posible.
—¿Y como llegaste a esto?—pregunto Nagato, ganándose una hostil mirada de Hatori. No le importo ni un poco.
—...Eso es un secreto.—dijo, con voz monótona. Nagato insistiría mucho más, eso era obvio.
—Soy bueno con los secretos. Puedo guardarlos perfectamente.—dijo el rubio, guiñándole un ojo. Hatori suspiro, aburrido.
—...Kyoki Chimamire.—dijo el castaño, mientras el otro lo miraba y escuchaba atentamente.—Esa maldita loca me condeno.
—¿Por que hizo eso?—cuestiono este, sin entender. No veía ni pensaba en que Kyoki se podía relacionar ante la historia de Hatori, aunque ya había notado la mala relación de compañerismo que tenía ese par, no pensaba que la peliceleste pudiera ser capaz de arruinar a alguien.
—Porque es una desquiciada.—sentenció. Hubo un momento de silencio.—Y esa desquiciada lo arruino todo.
—...¿Como?—pregunto Nagato, ya muy interesado en el tema. Hatori lo notó y prefirió comportarse más hostil que antes.
—Yo no relato mis secretos a cualquiera.—dijo, mirándolo fríamente. Nagato suspiro.
—Yo no soy un cualquiera.—dijo, para luego extenderle la mano amigablemente.—Nagato Sonozaki, mucho gusto.
—Hatori Nioki.—contesto este otro con un aire de seguridad. Estrecho la mano del otro rápidamente.—No es un gusto...es un placer.
Nagato sintió ganas de sonrojarse. Por alguna extraña razón, había algo que al pervertido le gustaba de esa hostil y poco sociable personalidad del castaño. Algo que le atraía y obligaba a acercarse más a Hatori.
—¿En que se relaciona Kyoki-chan contigo?—dijo, ya más seguro y no con esa sensación de vulnerabilidad y debilidad que tenía hace un momento.
—Es una historia bastante enredada y sin un final feliz, ¿realmente estas dispuesto a escucharla?—le interrogó el castaño, curioso. Nagato asintió con todas sus fuerzas. Se estaba empezando a emocionar.
—¡Por supuesto!—exclamo el de ojos verdes. El de ojos ámbar suspiro y gruño levemente. Al parecer, ya había descubierto la llamativa personalidad de Nagato, y precisamente no le gustaba mucho, pero bueno...tenía que resignarse.
Mi vida era la de un típico chico acomodado. Era inteligente, buenazo, agradable. En definitivamente tenía todos los valores que un ser humano debía tener. Tenía toda la educación, tenía todo el poder. El dinero. Todo. Pero claro, algo tenía que desarrollarse mal en mí. Es que simplemente no podía haber un ser humano perfecto, y yo no era una excepción ante esa regla. Descubrí a los 14 que era homosexual. Y claro, ¿cual era el problema? El rechazo. Eso maldito detalle se impedía mi felicidad. Mis padres, y todo ese gigante convento o "Club" en el cual estaban envueltos me rechazaron terriblemente. Dejaron de preocuparse por mi. Por un tiempo fui bastante infeliz, hasta que una persona me presto su apoyo. El estuvo a mi lado...y no evite enamorarme. El me robó mi primer beso, como también corrompió mi cuerpo. Con el había probado todas las experiencias, y con el había sido feliz. Mis padres volvieron a hablarme, volvieron a entregarme su amor y apoyo. Todo iba bien. Estaba tan unido a mi familia...hasta que...
Esa maldita desquiciada apareció. En una elegante fiesta, ella llegó y destrozó el lugar. Hirió gente a la cual quiero, mato algunos hombres de poder, pero lo peor...me capturo. Luche y luche, esa maldita me tenía ante su poder. Cuando logre volver a ver a mi familia...ellos ya no estaban para mi. Ellos ya no me querían. Y desde ese instante "ellos" son el enemigo. El verdadero enemigo.
Perdí todo lo que amo por esa enferma loca, y por eso la odio.
Porque Kyoki Chimamire me arrebato todo lo que ame, yo jure ese día quitarle a ella todo lo que ame. Y estoy listo para destrozarla y cumplir mi ansiada venganza. Venga lo que venga. Pase lo que pase. Ella las pagara.
