Nagato sabía perfectamente que Hatori no era una persona de buenos sentimientos ni intenciones.

El sabía perfectamente que Hatori solo buscaba venganza, y que se iba a aferrar a cualquier cosa para conseguirla.

El sabía perfectamente que Hatori utilizaría a cualquiera para llegar a su objetivo, sin importarle si daña a otro o no.

El había notado al instante lo egoísta que el castaño era en cuanto a la felicidad. Lo cínico, cruel y hostil que era frente al resto. Como si no le importara nada. Porque al parecer era así. Hatori no tenía la suficiente alma y sentimientos como para preocuparse de algo que no fuera el mismo. Porque Hatori es egoísta.

El solo pensaba en una sola cosa: la destrucción de Kyoki Chimamire. Nagato estaba consciente, quizás demasiado, del odio de Hatori a Kyoki. Y el rubio observaba sorprendido esos y muchos más anti-valores que poseía el castaño.

El comprendía que una persona normal se alejaría de Hatori al instante. Sin embargo el no quería. El no deseaba y no lo haría. Definitivamente no lo haría.

Por alguna extraña razón, no lo haría. Porque quizás Nagato ya no era una persona normal, ni cuerda. Quizás sea culpa de Hatori.

Y aunque no entendiera muy bien el porque, simplemente iba a estar seguro de sus acciones. Y algo, que tampoco comprendía, lo mantenía aferrado a Hatori.

Algo que el sabía que no iba a pasar. Algo que no era temporal ni nómada.

O por lo menos no por el momento. Este momento.


—¿Ni siquiera te importa esto?—cuestiono Nagato descaradamente. El rubio ya había entrado en confianza para cuestionar de semejante manera al castaño, y no podía evitar hacerlo.

—Admito haber tomado algo de "interés" en esto.—dijo el de ojos ámbar con un tono suave. Estaba calmado, y sinceramente, no le importaba como se comportara Nagato. El se sentía de una manera, e iba a actuar así.—Después de todo, esto defiende lo que quiero.

—Sí, lo hace.—a Nagato no se le ocurrió otra cosa más estúpida que decir. Hatori era tan interesante que simplemente lo dejaba sin palabras.

—Además, no me gustaría abandonar a nadie en un momento así.—admitió el, serio. Nagato arqueó una ceja.—Estamos en medio de una revolución tonto.

—Ah, cierto.—dijo el rubio, distraído.—Lo que Konan nos condenó.

Hatori rió con sarcasmo. Nagato odiaba eso. Odiaba esos anti-valores que al mismo tiempo lo atraían y provocaban de una manera tan irresistible. De una manera que solo el podía hacer.

—¿Condenar?—pregunto el, sin realmente poder comprender la mente de Nagato.—Ella los esta liberando.

Nagato sintió furia. Furia de que lo contradiga. Furia de que lo siguiera provocando. Furia de casi no lograr contenerse. Furia de que alguien como Hatori lo tuviera delirando de esta manera. Furia que lo hiciera sentir tan débil cuando el quería ser tan fuerte. Furia de que en este momento se vea totalmente controlado por sus sentimientos. Esos sentimientos que Hatori creo para el.

—¿A ti te libero?—le pregunto de mala gana. Hatori abrió excesivamente los ojos. Nagato estaba tomando bastante actitud como para contestar de esa manera tan atrevida. Insolente. Como si fuera el. Y nadie podía ser el más que el. Porque Hatori Nioki era único.

—No. Ella me curo.—admitió este, sorprendiendo a Nagato.—Con ella por primera vez pude decir gracias.

—Quizás estabas muy malcriado—murmuro Nagato, decepcionado por la respuesta de el castaño. El esperaba, y solo lo hacía, que Hatori dijera la verdad.—Konan solo te hizo ver la realidad.

—...Eso podría ser una posibilidad.—admitió Hatori. El sonríe de una manera sincera. Quizás miente. Después de todo, mentir es un arte para una persona tan anti-valorica como Hatori.

Nagato considera que es lo más probable. Porque en el fondo, quiere creer eso. Quiere creer que es una mentira.

Nagato considera, sin embargo, que la sonrisa es hermosa. No puede dejar de pensarlo.

Nagato considera que Hatori es hermoso. Nagato se ha obsesionado.

—¿Para ti siempre todo fue fácil?—Nagato, desesperado, solo busca una razón para odiar a Hatori. Y convocándolo a enojarse es una gran idea.

—Sí, casi—dijo este, relajado. Había algo que hacia que pudiera sentirse cómodo conversando junto a Nagato. Era agradable.—Creo que ya te relate mi historia. ¿No?

—Supongo—dijo Nagato, ya desinteresado. Hatori suspiro, agotado.

Nagato a veces resultaba ser complicado. Hatori a veces no lo comprende. Sin embargo, sin entender porque, le quiere.

Llevan tan poco hablando y le quiere.


Nagato le ha besado.

Hatori le ha golpeado.

Nagato a insistido.

Hatori se ha fortalecido.


Nagato a visto a Ciel llorar. Por alguna razón ya no quiere consolarlo. Ciel se lo ha pedido. Nagato se ha negado.

El comprende perfectamente que es la segunda opción. Y no le gusta ser la segunda opción.

—"Otro te puede consolar mejor que yo"—le había dicho, sintiendo como si todos los momentos vividos con su pequeño e inocente rubio ya no fueran reales. Como si nunca hubieran existido. Porque esos momentos estaban muertos, pero ¿a caso no podía recordarlos?. Su recuerdo tenía que ser enterrado junto al momento en la tumba de lo destruido. En la tumba de lo que ya no fue y jamás sera.—"Otro que quizás tu quieras más".

—"Yo no querré a nadie más que a ti"—le había dicho el pequeño entre desesperados sollozos que podían a cualquiera angustiar.—"Eso jamás pasara, Nagato. ¡Yo solo te amare a ti!"

—"Dices eso ahora, pero sabes que me superaras"—le había dicho el pervertido con calma. Y de cierta forma, con sinceridad.—"No importa si lo aceptas o lo niegas, es la verdad. Aunque no quieras verla, aunque cierres los ojos, siempre estará ahí."

Ciel sigue sin querer ver la verdad.

Ciel se esta desesperando.

Ciel perdió todo lo que podía amar. Todo lo que amaba. Vincent y Nagato.

Vincent le mintió y lo único que hizo fue robarle la virginidad y el corazón.

Nagato encontró una nueva persona a quien amar.

Ciel esta solo. Muy solo.

Ciel siente como ya nada tiene valor.


Ciel observa esa larga espada colocada en una mesa frente a el. Se levanta. La toma. La observa. Esa espada es tan bonita. Quizás esa espada sea la solución.

Con una hermosa sonrisa, Ciel desliza esa espada por su cuello, haciéndole cosquillas. Finalmente, coloca la espada de forma horizontal con el filo apuntando a su cuerpo. Le da un hermoso abrazo a la espada, así la espada atravesando todo su estomago.

Solucionando todo. Arrebatandole todo. La consciencia, la vista, la sangre. Porque en el fondo debía perder algo para obtener la solución, y en este caso, la vida era un buen objeto a sacrificar.