Sakura, Sasori y Makoto se encontraban entrenando mientras Hatori los dirigía. Ellos junto a un montón de personas se encontraban aprendiendo el hermoso arte de la pelea. Ese hermoso arte, el cual, obligatoriamente debían aprender según las ordenes de la psicótica Chimamire Kyoki.
—Escuchen bien, perdedores.—dijo el mientras miraba a todos neutralmente. Hatori era de esas personas que no les importaba el favoritismo ni las buenas actitudes, así que realizaba todas estas clases con un vocabulario insolente y con una actitud recta, hostil y poco amigable, como siempre.—Sí, son perdedores.—le dedica una amenazante sonrisa a Makoto y Sasori, los cuales mostraron una ofendida cara al decirse esa palabra.—Lo son hasta no demostrar lo contrarío.—todos asienten. Hubo un momento de silencio.—Bien, como decía antes, escuchen, porque no pienso repetir esto otra vez. Les enseñare como luchar. Primero la original técnica bruta que tanto amo, sin armas.
—Les enseñaremos, Hatori.—dijo una voz bastante conocida mientras entraba al gran gimnasio tono gris. Konan Mizaki, la señorita revolución. Tomó la mano del castaño y levemente lo empujo hacia la otra esquina. Luego sonrió a sus aprendices.—Esto soñara muy dramático quizás, algo abrumador y nervioso, pero planeamos atacar en un mes.
Todos empezaron a murmurar un montón de cosas, notablemente preocupados. Después de todo, que te digan que en un mes vas a ir a una guerra en la cual probablemente morirás, era algo que bastantes querrían comentar. O quizás escribir un testamento por adelantado.
—Y como ustedes son los mejores, demostremos ser ganadores.—le dijo esta, sellando la frase con una hermosa sonrisa.—Hatori, estamos listos.
El castaño asiente, y ambos como por arte de magia empiezan a pelear mientras todos observan su fugaz combate.
—La verdad...sería lo único que calmaría mi interior. O eso pensaba...hasta que el volvió. No es como si se haya ido, pero no estaba presente. Porque el en ese instante ya no estuvo en mi vida, como si hubiera desaparecido. Porque no lo quise tener presente en mi vida. O por lo menos no de esa manera...pero ahora el esta de nuevo junto a mi...haciéndome sentir cosas que nunca sentí, ni espere sentir. Torturándome con esa hermosa sonrisa la cual me implica a caer en el pecado...en el pecado que soy ahora. Destruyendo todo lo que quiero amar, o por lo menos todo lo que deseo amar. porque todo lo hace por su egoísmo, por su enferma ambición de conseguir todo lo que quiera. Es un maldito egoísta acabando con mi vida, y ni siquiera eso le importa. El no tiene compasión ni piedad, simplemente va destruyendo todo. Simplemente me va consiguiendo a su lado por capricho, sin saber todo lo que implica eso en mi...—pensaba Yuuki mientras se sentía más y más culpable. Culpable de amar a la persona equivocada en el momento equivocado.
—Hola—dijo esta, sentándose junto al rubio. Este le tomó la mano, le acarició el rostro y luego la beso dulcemente. Yuuki e Ymr intentaban mantenerse unidos durante todo este tiempo, durante toda la guerra. Sobrevivir el uno al lado del otro. Pero no todos los sueños se cumplen, ¿no, Ymr?
—Eres la chica más linda, Ymr—susurro este en el oído de la chica, causando un sonrojo en ella. Las palabras de Yuuki eran tan suaves, tan lindas, tan perfectas.
—Te amo, Yuuki...—susurro esta, sonriendole al rubio. Este también sonrió. Sonrió de una manera extraña, estirando la sonrisa de una manera más amplia y quizás, solo quizás, algo enfermiza. Se veía extraño. Su piel resplandecía por tener un tono mucho más pálido del natural, como si estuviera enfermo. Tenía leves ojeras, y los ojos sobresalían como si estuvieran saltones, además de que el tono era mucho más claro que el normal. Como un celeste muy claro, llegando casi al blanco.
—Y yo a ti...—susurro este otro, para luego tomar una almohada y empezar a ahogarla. Ymr pestañeó un par de veces, confusa. Podía parecer una broma algo brusca y sin duda muy pesada, pero algo le decía que iba a más allá. Quizás la fuerza con que presionaba la almohada contra su cráneo, esos ojos que la miraban de una manera frívola, malvada y muerta o la sádica y desquiciada sonrisa que solo era propiedad de Kyoki Chimamire. O simplemente, las notables intenciones del chico a cometer un asesinato.
—¡No!—grito esta, asustada. Intento dar golpes, patadas, pero esa almohada se clavaba más y más en su rostro. Matándola cada vez más y más rápido. Siendo tan cruel que ni siquiera le permitía ver la realidad.—¡De-Detente!
El aire se volvía cada vez menos y la angustia de estar perdiéndolo le provocaba a la chica un gran trauma. Lo intento contener, pero simplemente se estaba acabando. Sus latidos se volvían más rápidos y sentía como un turbio frío invadía todo su cuerpo empezando a recorrer desde sus venas. Un frío y agudo dolor sin consolación.
Abrió los ojos excesivamente. Sa observo el placer que se reflejaban en los ojos de Yuuki al torturarla de aquella manera. Derrumbando. Derrumbando todo. Las ilusiones, las esperanzas, el potencial futuro. Todo.
Todo pasando ante sus ojos.
Todo lo que alguna vez pudo conseguir.
Todo lo que alguna vez soñó conseguir.
Todo lo que nunca podrá conseguir.
Todos los sueños que se quebraron frente a sus ojos. Llueven de el. Como sí fueran lágrimas. Pero no pueden caer lágrimas.
El sonríe de esa manera tan cruel, rompiendo ilusiones. Rompiendo lo que alguna vez pudo ser un cuento de hadas. Lo que era tan dulce, ahora era tan agrio. Tan doloroso. Tan cruel. Cruel como el. Pero no puede ser el.
No puede llover, como si fueran lágrimas. Porque no pueden caer lágrimas. Porque no es real.
No puede doler, no puede sufrir. Porque esos serían sentimientos, y no puede tener sentimientos. Porque no es real.
Es tan sólo un sueño. Una pesadilla.
—¡Ymr!—grito Sasori, así logrando que la chica despertara. Ella lo vio con los ojos entreabiertos mientras respiraba con dificultad y sus latidos iban a un ritmo más rápido de lo normal.
—Sasori.—dice ella, recostando su cabeza en el pecho del chico y abrazándose al abdomen del chico.—He tenido una pesadilla. una pesadilla bien extraña. Como sí la persona que amarás...
—Te intentara dañar.—completo el. Ella lo miro confusa, y asintió con lentitud. Sasori sonrió protectoramente.—Créeme, no eres la única.
