—Es el día—cantó Kyoki, mientras abría los ojos. Entonces observo la cama que se encontraba frente suyo, vacía, y no pudo evitar derramar una lagrima. Entonces sonrió tristemente, se levanto y se acerco a esa cama, tomo la almohada y la beso en la parte superior, como si fuera la suave frente de Kaede. Sí, dolía pensar en que ella ya no estaba, pero en algún punto de su dolor nació la fuerza, y de la fuerza la locura. Algo que no le permitiría caer ni ser dañada otra vez, como si fuera su ángel guardián.
Oh, un ángel...
Sonrió más todavía, sintiendo como otras lagrimas caían de sus ojos. Kaede siendo su ángel guardián, era un concepto y fantasía simplemente perfecto y hermoso.
Cierto pelirrojo se encontraba tirado en el suelo, mientras respiraba pesadamente y observaba el techo transparente, el cual permitía apreciar el celeste tono que mantenía. Se encontraba mejor, notablemente mejor. Aunque el vacío reemplazo al dolor del abandono, el podía notar la fuerza que nacía. Después de todo, el tiempo se había ido frente a sus ojos, lo cual significaba que llevaba un buen tiempo cayendo ante el desaparecido Kaito.
Planeó...que el se vaya de mi mente...que escuche mi silencio. Y se sienta culpable. Tan culpable...como para volver. Y comprobar su culpabilidad. Para siempre. Juntos...como la maldad y su victima...la perfección.
Se levanto, se vistió y lavó, notando la ansiedad que sentía al pensar en salir de su habitación y volver a comunicarse. Salió de su habitación, sintiendo como las manos le temblaban. Tragó saliva, y sin titubeos camino al casino en el cual siempre desayunaban. Cuando llegó, no pudo evitar sentir como sus piernas también temblaban. Se quedo en la pared, escuchando.
—Quizás deberíamos abandonar...—dijo Sasori, frío.—Digo, sería lo más conveniente. Nadie se encuentra bien. Todos seguimos dañados, y débiles.
—Esa es solo otra escusa a tus miedos—dijo Sakura, con una sonrisa.—Tiemblas, Sasori.
Lee pudo comprobar eso al oír el sonido del choque de los dientes del peliazul. Suspiro, cansado.
—Esto en algún momento sucederá—dijo el pelirrojo, entrando al casino y sorprendiendo a todos. Konan le sonrió levemente, mientras el resto le seguía observando.—Y retrasarlo simplemente te llevara a perder, Sasori.
—Lo se, pero...—el peliazul ya no tenía escusas, por lo que prefirió quedarse callado. Luego miro a Lee.—Me alegra que estés mejor.
—Un rey nunca cae—dijo Konan, sonriéndole a Lee. Este le devolvió una segura sonrisa. Por alguna razón, pensar en Kaito se volvió una fortaleza en vez de una debilidad.—Bien, siéntate con nosotros.
Lee lo hizo al instante.
—Es hoy...—murmuro Sakura, con una mueca.—Se siente extraño pensar que las cosas cambiaran.
—Por supuesto—dijo Konan, para luego mirar al techo.—Esto será por Kaede.
Hubo un silencio grande. A todos les costaba pensar en ella, y que la nombraran en un momento así era algo impactante.
Entonces todos miraron la puerta, con un hermoso pelirrojo estático en la entrada del casino. Thoru Shion.
—No se lo dediquen.—dijo el, caminando con seguridad hacia todos.—Los muertos no les regresaran el favor.
Todos subiendo a la camioneta negra que alguna vez les salvo la vida y los llevo a esta realidad, de la cual ya no escapaban. Porque ya no eran los niños con miedo y desconfianza del mundo. Ya no eran las víctimas de la crueldad de Vincent, ya no más.
Todos vestidos de negro, y prácticamente luciendo las bellezas que eran. Hombres y mujeres, todos.
—Esto será rápido—dijo Kyoki, bajando de la camioneta y absorbiendo el frío aire que había. Últimamente todo el clima era un invierno con un celeste cielo y falta de lluvia. Exquisito.
—¿Que planeas hacer?—cuestiono Yuuki, bajando del auto también. Kyoki lo miro por un segundo, como si pensara detenidamente en su respuesta.
—Descripción Gráfica—dijo, para luego abrir el maletero de la camioneta y sacar varias armas. Finalmente se podía observar como la loca peliceleste cargaba más y más armas, apuntando hacia algo que nadie podía ver, salvo ella.—En 3...2...¡1!
Entonces todos observaron maravillados como miles de balas y y bombas volaban contra algo que ni siquiera lograban ver. Entonces, lo sintieron.
El gran impacto fue mucho más de lo que cualquiera esperaría. De algo que no parecía real.
Millones y millones de vidrios saltaban por los aires, como si lloviera brutalmente, y un fuego iracundo quemaba lo que parecía una mansión 100 veces más grande en la cual Yuuki y los otros vivían, y 100 veces más deteriorada. Lo quemaba, lo destrozaba. Y cada vez se volvía más grande, empezando a consumir los arboles cercanos y todo el ambiente. Todo se volvía un rojo, el cual ya se podía respirar en el aire por la densidad y esos deseos de ahogarse.
Kyoki observaba esto con una retorcida sonrisa, mientras el vivo fuego brillaba con esencia en sus ojos, plasmando la realidad que se desataba en estos momentos.
—Esto es perfecto...—murmuro la peliceleste, al parecer hablando sola. Hatori bajo del auto, tomando una pistola que habían dejado.
—¿Que haces?—le pregunto Nagato a su novio.
—Me preparo—dijo Hatori, con neutralidad. Sin embargo, sus ojos mostraban cierta intensidad al ver a su amado Nagato, aunque intentaba disimularlo. Nagato arqueo una ceja.
—¿A caso...?—pregunto el, pero fue interrumpido por Hatori.
—Sí, Nagato -niño bonito de mis ojos- volveremos a atacar.—dijo el castaño, ahora bastante cortante.
—Destruir es amar—dijo Yagane, así logrando que todos lo miraran de una forma extraña.—¿Que? es cierto. Amar es ser destruido.
Luego miro de reojo a Lee, el cual lo miraba fijamente a los ojos sin expresividad alguna, lo que era algo escalofriante.
—Pero nosotros no vamos a destruirlos.—dijo Hatori, volviendo a llamar a la atención. Sus palabras siempre eran interesantes y fascinantes según todos, sobretodo por Nagato.—Vamos a extinguirlos.
Extinguirlos, deteniendo toda la mierda de dolor que he tenido que vivir por esa loca. Recuperarlos, y por fin volver todo a como era antes-
