El fuego es tan bello...lastima que este lejos de el.

Lo sabía. Nos habían invadido, destruyendo con su bruta fuerza y bestialidad nuestros campos de fuerza. Realmente no me preocupaba, solo me inquietaba que no los llegara a ver. Porque, para ser sinceros, quería verlos.

Sus caras de miserias, su terror, su miedo, su sufrimiento. Su alma en sí. Quería colocarme frente a ellos y sentirme superior, ver el nivel de diferencia entre ellos y yo. Que reconozcan quien es el verdadero enemigo.

—¿Que hacemos?—llego Sasuke, cuestionando con desesperación. Un chico bastante lindo, quizás demasiado bueno, pero al fin y al cabo lindo.—Están invadiendo el edificio.

—Ya esta invadido.—contesta Mikuo, sacando una espada. Mikuo, esa pelinegra de ojos grises que me desespera de una manera horripilante. Es alguien que se encuentra aquí más por obligación, y aunque sea una gran mente trabajando en la destrucción del resto...es una maldita. No congeniamos. Ella solo se lleva con Sasuke porque son primos. Es silenciosa y solo se preocuparía en su ego si algo llegara a suceder. Bueno, yo también haría lo mismo.—Y ya sabes que hacer.

Coloque los ojos en blanco. No pensaba seguir escuchando a alguien que creía tener el control sobre todo. ¿El porque? Fácil, yo controlo todo.

Salí del pabellón en el cual nos encontrábamos, mientras caminaba a mi habitación. Por supuesto, había fuego rodeando todos los caminos, y a mi no me importaba. No podían dañarme, ni siquiera tocarme. Mientras caminaba la vi. Esa señorita con rostro de ángel, a excepción de las gotas de sangre que manchaban su rostro, las cuales me hacían darme cuenta que era una pecadora. Como yo.

—Konan Mizaki—salude, mirándola mientras caminaba al frente mío con una fría expresión. Ella levanto sus celestes e indiferentes ojos, encontrándose con los míos.

—Vincent Logishi—contesto ella, luego torciendo una sonrisa un tanto intensa, quizás algo hostil. Le guiñé un ojo, seductor. Ella no intentaba seducirme ni intentaba enamorarse, pero en fondo esta consciente de que no lo puede evitar.

Ella siguió caminando, como si fuera una Diosa recorriendo una pasarela hacia el cielo. Aunque dudo realmente que ella este en el cielo. Se que es una asesina desalmada, siguiendo el imprudente instinto de ayudar a sus amigos. Es la mente detrás de todo esto, así que podría ser como otra Mikuo, quizás no tan insoportable.

—¿Ya nos invadieron en una totalidad?—cuestione, sabiendo perfectamente que ella me estaba oyendo.

—Sí.—contesta ella, casi en un murmuro. Sonrió, triunfador. Estaba completamente seguro de que todos estarían aquí. Luego mira hacia atrás. Se que va a sonreír, porque cualquier persona que me ve no puede evitarlo. Nadie. La observo, curvando ligeramente las comisuras de mis labios. Finalmente ella sonríe. De una forma bastante seductora, podría decir.—Nos vemos otro día.

—Por supuesto—digo, guiñando de nuevo mi ojo. Por supuesto que nos veremos, porque tengo cosas planeadas. Cosas que un menor de edad no podría oír y temblar al ver a esa Diosa con la cara manchada de sangre. Sigo caminando hasta llegar a mi habitación. Todo quemaba, mientras todos luchaban a muerte entre sí. Y yo hacía trampa, como siempre.

Llegue a mi habitación, prendida en fuego. No me importo. Entre y me dirigí directamente a mi velador, para sacar un cigarrillo y claro, prenderlo. Me recosté en mi cama, para oír esos maravillosos gritos de desesperación y locura sin fin.

Unos morían, otros sobrevivían. Era la típica lógica que cualquiera podría ver. El problema era que ellos no podían decidir en que grupo estar.

Observe mi rota ventana, con manchas de sangre. De seguro me buscó. No, esto era una total afirmación.

El es todo un rencoroso.

—Pero yo tengo algo que tú no—susurre, sabiendo que el se encontraba detrás mío.—Yo tengo felicidad, Hatori.

Oí su gruñido. No pude evitar sonreír complacientemente. Luego oigo su pequeña risa.

—¿Crees que eso será para siempre?—cuestiono el. Eso me irrito levemente. ¿A caso pensaba desafiarme?. Hatori era un tonto, pero era divertido jugar con su corazoncillo, tan fácil de enamorar, y destrozar.

—Puedo conseguir la eternidad.—le respondí, seguro. Vi que el arqueo una ceja con un burlón rostro. Eso me inquieto, pero lo oculte. Yo no era alguien que mostraba debilidad, porque simplemente no la tenía.—Puedo conseguir todo lo que deseé. Como por ejemplo, tú no.

—Conseguirás todo, pero desgraciadamente, lo perderás todo.—entonces el se acerco a la puerta, con la intención de salir. Sinceramente lo ignore, hasta que volvió a hablar.—Tú padre era muy agradable, lo siento.

...


Sí intentan dañarme, ellos saldrán muertos. Porque simplemente no pueden dañarme, y yo a ellos sí.

Los veo correr, volver a su estúpida camioneta y creer que van victoriosos de vuelta a casa. Me agobia tanta felicidad ajena. Salen de mi destruido lugar, sin siquiera ninguna herida grave.

Ese vacío que siente alguien cuando ya se ha entregado frente al pecado, yo lo siento. Son 3 etapas, el vacío, el deseo, la satisfacción.

Veo a esas dos amigas correr tomadas de las manos, Kitty e Ymr, y siento que una venganza no estaría nada mal.

Quizás eso llene los pulmones de mi padre ya sin aire. Quizás eso haga correr su sangre ya detenida y expandida en el suelo. Quizás eso haga latir su ya muerto corazón. ¡QUIZÁS ESO ME LO DEVUELVA!

Escondido, jalo fuertemente los cabellos de Kitty. Ymr y ella se golpean. No me importa. No me importara.

—¡Ymr!—grita Yuuki, mientras yo deslizo mi suave mano por su rostro, y con la otra apegó a Kitty a la pared. Ellos lo ven todo, ya desde lejos. Al parecer este par de lindas amigas eran las más lentas. Que lastima.—¡Ymr!—grita Yuuki, cada vez más desesperado. Sonrió maliciosamente, no puedo evitarlo. Ver su tristeza me reconforta por la perdida.

La miro directamente a los ojos, y puedo sentir el miedo en su mirada, además de los temblores que emite su cuerpo. Kitty jadea, intentando escapar.

—Eres muy bonita—digo, clavando mi uña en su frente. Ella solo comienza a llorar. Es la hora. Pateó fuertemente a Kitty al suelo, mientras rápidamente saco una pistola y la colocó en la boca de Ymr. Sus lagrimas se vuelven más y más, mientras oigo sus gritos ahogados.

—¡YMR!—grita Yuuki, mientras intenta bajar de la camioneta, pero todos lo sujetan. Kitty intenta levantarse del suelo, mientras también grita.

—¡Suéltala!—repite, ya siendo insoportable. Suspiro, y miro a Ymr. Sus lagrimas caen hasta mis manos, mientras sus bellisimos ojos morados. Le sonrió, quizás dulce.

—Lo siento, no hay tiempo para un adiós.—dije, para luego apretar el gatillo. Suelto su cuerpo inmediatamente, junto con la pistola. Me dirijo a Kitty, la cual llora desesperadamente, como puedo ver a Yuuki desde lejos.

—¡Déjame ir!—le grita Yuuki al resto, que lo sostienen dominantemente. Colocó los ojos en blanco, puesto que detesto a los dramáticos.

—¡Eres un animal!¡Te odi-!—antes de que termine su aburrida frase, le clavo el cuchillo en el corazón a esta perra, o mejor dicho gata. Sus azules ojos quedan abiertos, mostrando como su luz se apaga y su cuerpo cae golpeado junto al de Ymr.

Luego observo a mis enemigos, notablemente devastados.

—¿¡A CASO ES DIVERTIDO QUE TE QUITEN ALGO!?—les grite, molesto, y rencoroso.—¡Pues ahora creé lo que quieras, pero en el fondo te dolerá! ¡Y seguirá doliendo el resto de tu infierno!—luego, sonrió, sintiendo como la vena del cuello se me marcaba.—Y por eso, nos vemos pronto.

Tome el muerto cuerpo de Ymr mientras depositaba un beso en su frente, alterándolos. Porque esta venganza les iba a doler, y mucho.