—Hola bonito, ¿como te sientes?—pregunto Konan, mientras entraba a la habitación de Ciel. El se encontraba recostado, sin abrir sus ya muertos ojos.
—Como siempre—contesto Ciel, sin ningún animo en su tono. Konan dejo la bandeja de comida que traía en una mesa, y se coloco al lado de Ciel. Cada vez que oía como se sentía el, ella quería llorar. ¿Como habían llegado a este limite?
—¿No hay ninguna luz?—susurro ella, mientras acariciaba con delicadeza el rostro, aun hermoso, de su rubio. El negó.
—Sigo esperando que llegue, pero todo aquí es negro.—contesto el, mientras abría los parpados.
—Algún día esa luz llegará, lo prometo.
—¿Como esta?—pregunto Nagato, en un susurro.
—Devastado. Como siempre—responde Konan, mientras camina por los pasillos. Nagato la siguió.
—¿Puedo ir a verlo?—cuestiono Nagato, sin siquiera haberlo pensado. Cuando lo noto quiso arrepentirse, pero ya era demasiado tarde.
—¿No crees que a Hatori le molestará?—cuestiono ella, interrogante. Nagato la miro, molesto.
—Te están volviendo a salir cabellos rubios, mejor ve a teñirlos.—dijo el, apático. Konan rodó los ojos. A veces Nagato era algo molesto.
—Quizás pueda volver a ser rubia, inútil.—le contesta ella. Luego ve como Nagato da vuelta adorablemente su labio inferior.—Puedo distraer a Hatori, tu solo promete que no le harás daño a Ciel.
—Por supuesto que no—contesto Nagato, sincero, para luego correr a la habitación de Ciel. Camino silenciosamente, hasta finalmente llegar a la habitación de su "marinero" si es que aun podía llamarlo así. Exactamente, Ciel era un "marinero" que había pasado a ser nombrado como "Capitán", y Nagato era el "pirata" que quería el tesoro de Ciel. Su corazón.
Lo observo, sorprendido. Hatori le prohibió verlo, y aun no entendía si era por dolor o celos. Y ahora que lo sentía tan a piel, reconocía que era el dolor. Y el rencor, de pensar que Kyoki no lo salvo y podía hacerlo. Podía devolverle a su hermoso Capitán/marinero de vuelta. Pero no lo hizo.
Sus ojos eran verdes claros, y sin embargo solo se veía el verde. El brillo, lo negro, no había nada.
—Nagato—susurro el observado—siempre podría reconocer tu aroma.
—¿Por que has echo esto?—cuestiono Nagato, ignorando lo anterior. Ver así a Ciel hacía que el deseara morir. Morir y nunca más volver.
—Solo quería sentir algo...que no fuera tan bueno.—respondió el ciego, con la "mirada" fija a sus sabanas, aunque Ciel no estuviera consciente de eso.—Siempre me han protegido tanto, que en un momento deje de sentir. Era horrible vivir en la nada, y lo más cercano a sentir algo era el tacto. Mi madre jamás permitió que un dedo se cortara, o mis rodillas se rasparan. Nunca pude sentir algo así, y yo solo quería sentirlo.
—¿Y te colocaste en una cruz y te quemaste?—dijo Nagato, molesto. Ciel no hizo nada.—Te dañaste, ¿a caso estás tonto?
—Quizás muy solo—dijo Ciel en tono triste.—Porque desde que te perdí nada ha vuelto a ser igual.
—Ciel...—Nagato se sentía mal ya por tan solo mentirle a Hatori, y que el pequeño le dijera eso ya lo hería bastante más. Con Ciel tenía una historia, y alejarse así sin más iba a lastimar a ambos, como sucedió. Aunque el pequeño rubio fue el más lastimado.—Tú te lo buscaste.
—¿Me culpas?—cuestiono el pequeño, con molestia. Nagato se había girado de mentalidad, dejando lo sentimental para otro momento, o simplemente para alguien que lo valiera.
—Yo no fui el estúpido que se revolcó con Vincent.—le dijo Nagato, hostil. Ciel lo hubiera mirado con fastidio. Lo único que hizo fue estirar su boca, como si fuera a responder algo. Sin embargo, luego la cerró.—Y tampoco fui el imbécil que se prendió fuego a si mismo, casi matándose.
—¡Tú me abandonaste!—le reclamo Ciel, sin ya más que decir. Nagato frunció el ceño y simplemente suspiro.
—Cree lo que quieras.—aseguro este, cortante. Entonces entró Kyoki a la pieza, con una almohada de funda azul en sus manos. Nagato le miro extrañado, y Ciel simplemente arqueó una ceja, porque pudo sentir los pasos.
—Oí gritos—dijo esta, mirando directamente a Nagato, y luego a Ciel. Ninguno contesto.—Hatori me envió a cumplir algo.
Nagato se sintió extrañado de oír eso. Sabía perfectamente que Hatori jamás le hablaría a Kyoki para una misión. El no confiaba en semejante loca como ella.
—Bien, es hora de hacer el trabajo sucio—dijo ella, mientras con una retorcida sonrisa se acercaba a Ciel. Nagato se encontraba estático, incapaz de pensar que Kyoki le quisiera hacer daño a su ex-Capitán.
Con lentitud, Kyoki fue presionando la almohada contra la cara de Ciel, escuchando los quejidos del pequeño rubio ante el acto. Kyoki, con más seguridad comenzó a presionar con más fuerza, ignorando los ya casi gritos de Ciel. Entonces Nagato decidió hacer algo.
—¡Detente!—grito, intentando jalearla de la espalda. Esta lo ignoró. Esto lo enfureció.—¡Detente!¡Lo vas a matar!—grito, desesperado. Intento tomarla de la cintura y votarla, pero esta, cansada, le dio una patada en el rostro, botándolo al suelo. Finalmente, Kyoki presiona con una voluntad más la almohada, al parecer lográndolo. Los brazos de Ciel se dejan de mover, y cuando saca la almohada ve sangre escupida por la parte en la cual tenía su boca. Entonces Nagato la toma del cuello.—¡Lo mataste!—el rubio tiene los ojos brillantes, y el odio se puede sentir perfectamente.—Lo mataste...—la ahorca, intentando quitar el odio que siente en ese instante, cuando realmente lo único que consigue es que se incremente.
Y seguía y seguía, ahogando su odio en la brutalidad, y en que Kyoki ya no respiraba. Entonces lo noto, quizás al ver sus manos manchadas de sangre o al ver el cuello de ella, totalmente dañado, y claro, su cuerpo inmóvil y su rostro más pálido e inexpresivo que nunca. La definición a eso sería muerta, y Nagato era el culpable.
