—¡Oh Dios mío!—grito Sakura al ver el cadáver de Kaede sobre una mesa. Era demasiado chocante ver a una chica que conociste, muerta. Y pues, Sakura sabía perfectamente que estaba muerta, pero verla muerta...era distinto. La peliazul retrocedió instintivamente dos pasos. Pero algo la detuvo. Kyoki.
—Tú me ayudarás a curarla.—dijo la peliceleste neutralmente, observando a la muerta. Sakura tragó en seco, y luego asintió. Aunque por supuesto, no le gustaba del todo la idea. Entró alguien a la habitación.
—Nagato y Ciel han escapado—hablo Konan, con seriedad. Kyoki y Sakura la miraron impresionadas directo a sus ojos. Esa mirada de lobo, inquebrantable, decía que todo era verdad. Una cruda y cobarde verdad.
—Los hijo de puta se han ido con el enemigo—Mikuo entró en acción -a la habitación- sin el deseo de nadie.—La preciosidad de la mansión Logishi ha sido quemada. Totalmente destruida. Y no hemos sido nosotros.
—¿Entonces, Vincent quemo su propio hogar?—cuestiono Sakura, insegura. No era algo muy obvio, ni creíble. Por supuesto, ni siquiera faltaba decir lógico, pero con alguien como Vincent, había siempre otro punto del cual mirar.
—Yo pensaría más que nada en Hatori.—dijo Konan, mordiendo su labio inferior. Luego miro hacia la mesa, encontrándose con el cadáver de Kaede.—¡Jesús llora! ¿Tan mal estaba?
—Creo que fui un poco brusca al apuñalarla. Ups.—agrego Mikuo, con una traviesa sonrisa. Kyoki la fulmino con la mirada, mientras que Sakura y Konan se sintieron bastantes incomodas.
—Cállate.—la peliceleste simplemente reconstruía todo lo que había perdido, pero ya no quería a Mikuo. No la quería, y aunque le doliera borrarla, lo haría.—Bien, Sakura, ayúdame.
—Por supuesto—la peliazul se acerco e inspecciono el cuerpo con cuidado, para luego suspirar. Esto era extraño.
—Bien, yo y Mikuo las dejaremos trabajar—dijo Konan, jalando del brazo a la pelinegra fuera de la habitación. Esta solo soltó un gruñido, y cuando quiso observar a Konan y decirle algo, la chica ya no estaba.
—Cuando Kaito vuelva, ¿qué pasara?—pregunto Yuuki, mirando con neutralidad, y un deseo contenido -quizás demasiado- a los ojos de Lee. Esos ojos que lo devoraban, duros y fuertes.
—Pues, recibiré a mi amado Kaito de vuelta—dijo Lee, con una increíble indiferencia. Yuuki se sintió como un estúpido. Además de que era un hecho obvio el ser el juguete de Lee, el ser tirado cuando el real Kaito volviera lo era aun más.
Y quiso ser esa persona fuerte e independiente que no necesitaba a nadie. Quiso levantarse, salir por esa puerta y dejar atrás toda la humillación que sentía en ese momento. Quiso insultarlo y tener razón, pero no pudo. Pues esos labios lo aprisionaron contra sí y lo colocaron debajo de él, para luego provocarle sensaciones que lo enloquecían. Sensaciones que lo llevaban al otro mundo. Tan prohibidas, pero tan deseadas y esperadas. Aunque no fuera precisamente con esa persona...
—Nuestras peleas han sido estupideces.—dijo Sasori, mirando con una pequeña sonrisa a Makoto. El pelinegro asintió, un tanto reservado.—¿Qué pasa? ¿estás tímido ahora?—le cuestiono, con una pícara sonrisa. Digamos que su reconciliación fue un poco salvaje, mayormente por Makoto.
—Sasori, cállate un momento y disfruta esto.—Makoto lo apegó a él en un protector abrazo, para luego oler con relajación los cabellos azules de su amante.—Sasori...jamás volveré a hacerte daño.—Makoto depositó un beso en la frente del peliazul, que se mantenía callado y expectante a las acciones de su amado, amado Makoto.
—Y yo jamás volveré a creer que tú me puedes dañar, Makoto.—los ojos del pelinegro brillaron de una forma especial, romántica, única ante la persona más preciada para él.
—Sasori, sonríeme.—le pidió Makoto, dedicándole, como pedía, una hermosa y dulce sonrisa.—Sonríe. Sonríe como nunca lo has hecho, como si tu vida fuera por ello. Como si tu alma alcanzará un orgasmo, Sasori. Nuestro orgasmo, nuestra felicidad. Sonríeme como si fuera la última vez que lo hicieses, como si todo esto se fuera acabar instantes después. Sonríe, seguro, fuerte, hermoso. Perfecto, Sasori. Sonríeme siendo lo perfecto que eres para mí.
Sasori, emocionado y un tanto afectado -positivamente- por las palabras de Makoto, lo besó. Lo besó de una manera carnal, como si quisiera consumir toda la esencia de Makoto y luego cargar con ella para siempre. Lo beso, disfrutando sus labios con toda la intensidad posible. Con todos los sentimientos retenidos anteriormente, de correr y abrazarlo, de respirarlo, de vivirlo. De estar junto a él, durase lo que durase.
Se separaron, para luego Sasori acariciarle el labio inferior y sonreírle tierno, con un brillo en sus ojos. No, no era un brillo. Era un lagrimeo, eran lagrimas.
—Makoto, te necesito. Cada instante, mi oxígeno sabe vacío si no se mezcla con el tuyo.—Una lagrima se deslizaba por la mejilla del peliazul, mientras que este solo miraba a los ojos a Makoto, sin titubear ni sentir vergüenza. Solo amor y decisión.—Mi corazón cae si no se activa por los rápidos latidos que tú causas. Que tú eres la razón por la cual sigo aquí. Tú eres la razón por la cual no siento miedo de esta guerra. Tú eres la razón para levantarse cada día, sabiendo que la muerte está más cerca de lo que debería estar. Te amo Makoto, te amo y te necesito.
