DISCLAIMER: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

RANCHO MASEN

CAPITULO 15

Era bastante tarde cuando finalmente desmontaron en el establo.

Después de desensillar y cepillar sus caballos salieron de las caballerizas para volver a la casa. Iban en un cómodo silencio, pero sus pensamientos recorrían similares derroteros.

Aún no habían hablado sobre el beso del día anterior y no podían seguir ignorándolo, aunque a ambos les resultaba muy difícil saber qué decir.

Finalmente Edward se decidió.

—Bella —le llamó por fin

—¿Sí? —preguntó levemente estremecida

—Tenemos que hablar —sentenció

—¿Sobre qué? —respondió nerviosa

—Ya sabes. Sobre lo que sucedió ayer, en el corral.

—¿Ayer? —murmuró sin saber exactamente lo que quería decir

—Sí, ya sabes, que nos besáramos…

El beso del día anterior con Edward, le había resultado demasiado confuso.

Lo había deseado, había querido que la besara, pero no sabía cuáles eran sus sentimientos por Edward.

Se había resistido a analizarlos. Había pasado los últimos tres años sin pensar siquiera en un hombre, menos aún en tener algún tipo de relación sentimental con alguien.

Pero desde que había llegado al rancho, había conocido a Edward más profundamente, y era imposible no encariñarse con él.

Detrás del hombre rudo y arrogante que había conocido en los primeros días de su vida allí, había un hombre amable, justo y cariñoso.

Un tipo herido que utilizaba su arrogancia para protegerse de la gente que pudiera hacerle daño.

Pero, desde que se había dado la oportunidad de conocerla y había visto que ella no buscaba hacerle daño, se había mostrado relajado y distendido con ella, y había dejado salir al hombre bueno y amable que era.

Había sido muy difícil para Bella no sentirse cómoda y confiada con él, y el día anterior, después de la tensión vivida los últimos días por la actitud de la yegua Isis, se había relajado y se había dejado llevar.

Pero aquel beso no significaba para ella más que eso, y eso era lo que debía aclararle a Edward.

—Ah, oh, sí, el beso —titubeó sonrojándose —No te preocupes, no tienes por qué, sé que no significó nada…

Edward se sobresaltó ante las palabras de Bella.

Para él había significado algo, aunque todavía no estaba muy seguro de qué en realidad.

Él era un hombre y siempre había sido sexualmente activo. En ese momento llevaba un par de meses sin relacionarse con nadie, y Bella era una mujer exquisita.

Era guapa y atractiva, pero más que eso era dulce, sensible. No era extraño que se sintiera atraído por ella.

No podía decir que ese beso no había significado nada.

—No significó nada… —repitió meditabundo

—No, ya sabes —explicó —Fue… ya sabes… supongo que relajar la tensión de la semana… simplemente nos entusiasmamos con lo que sucedió con Isis… ya sabes…

—¿Eso es lo que fue para ti? —inquirió incómodo

—Sí, no tienes que preocuparte, no es que pensara que había algo más. No tienes que preocuparte porque hubiera podido confundirme… sé que simplemente estabas emocionado de ver los animales juntos después de todo lo que sucedió esta semana… —continuó

—Sí, ya —la cortó, intentando acabar con la justificación de la chica que le estaba desgarrando el alma —bueno, me alegra que ambos lo tengamos claro…

—No te preocupes, no hay problema

Sam se acercó entonces a Edward alterado.

—Edward —le llamó frenético —Arish se ha puesto de parto y el potrillo viene del revés.

—Mierda —gruñó Edward dirigiéndose a las caballerizas detrás de su empleado —¿Bella, puedes llamar al veterinario, por favor?

—En seguida —aseguró la chica corriendo hasta la casa.

Cuando volvió a las caballerizas, después de llamar al veterinario, Edward y Sam se afanaban sobre la yegua que giraba y coceaba con relinchos desgarradores. Harry estaba también con ellos.

—¿Cómo está? —preguntó nerviosa —¿Qué puedo hacer?

—El potrillo viene de espaldas —explicó Edward nervioso cuando la yegua se tumbó sobre su costado y Edward se hincó junto a ella.

La yegua se removía nerviosa y adolorido.

—Ven, Bella —pidió estirando la mano hacia ella. Bella se acercó a él con celeridad. —Intenta tranquilizarla —susurró.

Bella se arrodilló contra la yegua y comenzó a hablarle con su voz suave mientras acariciaba su vientre y su hocico.

El Doctor Varner no tardó en llegar, pero para entonces la yegua se sentía exhausta y adolorida.

Pasaron un par de horas, que se convirtieron en las más duras que Bella vivía en mucho tiempo.

La yegua se removía nerviosa, se agitaba, coceaba, saltaba y se retorcía relinchando y gimiendo de manera desgarradora.

—Mierda —gruñó Edward cuando la yegua se levantó con dificultad.

De su vulva sobresalían las dos patas del animal, rodeadas de sangre.

—Hay que voltear al potrillo —ordenó el veterinario mientras los hombres intentaban mantener inmóvil a la bestia.

La yegua se estremeció cuando el veterinario metió la mano en su cuerpo para mover al animal.

Cuando finalmente lo giró, el animal salió ayudado por los hombres que había allí.

La yegua se tumbó exhausta, mientras Bella la acariciaba hablándole suavemente con palabras tranquilizadoras.

Varios minutos después el potrillo se movió rompiendo el cordón umbilical que aún lo unía a su madre.

La yegua expulsó la placenta y el veterinario la extendió verificando que hubiera sido expulsada completamente.

Cuando el potrillo se levantó para mamar ávido el calostro de su madre, todos respiraron con tranquilidad.

Finalmente el potrillo y su madre estaban allí, ilesos. Sanos y salvos.

Sam y el Dr. Varner, el veterinario, se dieron un apretón de manos satisfechos.

Edward suspiró feliz volteándose a ver a Bella que sonreía con los ojos brillantes.

Entusiasmado y feliz la rodeó con sus brazos y la estrechó contra él.

Cuando la separó vio lo sucios y manchados que ambos estaban, y le regocijó una vez más ver que la chica no era una muñequita que fuera a asustarse por las manchas de sangre que ensuciaban sus ropas y sus brazos.

—Venga, vamos a limpiarnos un poco —dijo tirando de ella hasta la bomba de agua.

Edward bombeó un poco de agua cuando levantó la mirada para ver a Bella.

Silenciosas lágrimas rodaban por el rostro de la chica.

—¡Hey, Bella! —le llamó extrañado —¿Qué sucede?

Bella sonrió tranquila mientras secaba sus mejillas.

—Lo siento, tuve tanto miedo —confesó sintiéndose una tonta.

—Hey —sonrió acercándose a ella para rodearla con su brazo y estrecharla contra su pecho —Tranquila, pequeña, todo está bien.

—Sí, lo sé —reconoció contra su pecho —Es sólo que creí que les perderíamos.

—No llores, tontita —dijo separándola de él —No les perdimos.

—Lo sé, sólo estoy liberando la tensión.

Edward cogió su mentón entre sus dedos y levantó su rostro hacia él.

—Sabes que algún día podríamos perder alguno, ¿verdad?

—Lo sé, no soy una niña. Pero siempre me sentiré nerviosa en una situación como la de hoy.

—Debo confesar que yo también tuve mucho miedo —susurró

—¡Qué va! —se separó de él nerviosa por la intimidad que se había desarrollado entre ellos —Tú sabías lo que hacías, estabas tan seguro y tan decidido. Se te veía tan confiado —gimoteó —y yo tenía tanto miedo.

—¿Crees que no tuve miedo? Claro que lo tuve —confesó —Tenía pánico pero en ese momento no podía permitírmelo. Estoy seguro de que podrías haberme visto temblar. Soy humano aunque a veces no lo parezca —sonrió.

—Pero sabías qué hacer, yo me sentía paralizada, no tenía ni idea de cómo podía ayudar. No podía hacer nada. Si no hubieses estado allí, si no me hubieras dicho lo que tenía que hacer… No tenía idea, no hubiera podido hacer nada y la hubiera perdido. ¡Dios!

—No, Bella —discutió con ternura —Yo tampoco hubiera podido hacerlo solo. Ninguno podríamos haberlo hecho. Tu ayuda fue imprescindible. Tú la calmaste y la tranquilizaste como nunca antes vi a nadie hacerlo. No sabías qué hacer, pero no hubiese sido igual sin ti.

—Gracias —murmuró sonrojada

—¿Nunca lo habías hecho antes?

—No. He presenciado partos pero nunca había tenido que asistir en uno. Y nunca había vivido uno así.

—Pues ha sido una nueva experiencia. Y sin dudas ha acabado de la mejor forma imaginable. La yegua y su bebé están perfectamente, así que, ahora mismo tú y yo, vamos a meternos en la casa, nos ducharemos y nos tomaremos una cena de celebración, que ahora mismo le pediré a Sue que la prepare para nosotros, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —sonrió antes de voltearse hacia la casa —Gracias, Edward

—Gracias a ti —respondió Edward observándola marchar con las emociones trastocadas.


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Adelanto del capítulo que viene:

—¿Y qué tal va todo en el rancho? —le preguntó Rachel a Bella, un lunes que se habían citado para comer juntas en The Lodge, el restaurante de Spearman, que había junto al hospital.

—Bien, muy bien —reconoció dando un bocado a su filete

—¿Estás contenta?

—Mucho —confesó sonriendo —No creí que pudiese estar tan bien.

—¿Edward tiene algo que ver? —inquirió la mujer intentando ocultar su sonrisa divertida

Bella levantó la vista de su plato para fijarla en la hermana de quien fuera su prometido.

—¿A qué te refieres? —inquirió recelosa

—Ya sabes —sonrió Rachel —Edward puede ser un poco tosco o rudo a veces… quizás un poco bruto…

—No es un bruto —le defendió vehemente

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