DISCLAIMER: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

RANCHO MASEN

CAPITULO 19

Bella aún seguía temblando en la cocina veinte minutos después cuando escuchó la voz de Cynthia desde la habitación de la planta alta.

Corrió escaleras arriba para encontrar a la niña sentada en el medio de la cama de Edward.

Nunca había entrado a la habitación de Edward, pero ese no era el momento para remilgos.

—Hola, Cynthia —susurró acercándose hasta la cama

—¿Mamá?

—Tú mamá ha ido a buscar a tu hermanito, ¿recuerdas? —explicó sentándose junto a ella.

—¿Y el tío Edward?

—El tío Edward vendrá en cualquier momento. Tuvo que salir un momento, pero me pidió que me quedara a hacerte compañía. ¿Tienes hambre? ¿O sed?

—Quiero agua.

—De acuerdo, te la traeré enseguida —dijo y corrió escaleras abajo para volver a subir tan velozmente como le fue posible.

La niña bebió su vaso de agua y se lo entregó vacío.

—¿Quieres volver a dormir?

—Sí. ¿Te quedas a dormir conmigo?

—Claro que sí, cielo —respondió después de dudar un momento.

Se sentó junto a la niña pero Cynthia le pidió que se tumbara y no lo dudó.

Se recostó al lado de la niña que se acurrucó junto a ella.

—¿Sabes un cuento?

—Sé algunos —reconoció —¿Cuál te gustaría escuchar?

—El de los tres cerditos.

—El de los tres cerditos —repitió antes de lanzarse a hablar sobre casas de paja, maderas o ladrillos.

Cynthia se durmió cuando apenas el lobo derribaba la segunda vivienda.

Bella sabía que debería marcharse, pero se estaba demasiado cómoda allí.

Además de que el olor personal de Edward, impregnado en las almohadas, tiraba de ella reteniéndola allí.

Aún no había decidido si debía esperar a que Edward volviese o no cuando se durmió.

Edward estaba de pie junto a la caballeriza, esperando que el parto de Tinta acabara.

El proceso se desarrollaba naturalmente, y la yegua se manejaba perfectamente sola sin requerir su ayuda.

Su colaboración era tan innecesaria que su cabeza no hacía más que volver al encuentro con su entrenadora en la cocina de la casa.

¿Qué iba a hacer con esa mujer?

No lograba comprenderla y por ende no sabía cómo actuar.

Bella había dicho que sería un error que él la besara, pero él estaba seguro de que ella le hubiera respondido de haberlo hecho.

Él la sintió estremecerse entre sus brazos, de la misma forma que lo había hecho cuando la había besado junto al corral, aquella tarde que ya resultaba tan lejana que algunas veces creía que la había imaginado.

También recordaba muy claramente el día que Bella le había asegurado que aún amaba a Jacob y que no dejaría de amarle nunca.

¿Cómo competir con eso? ¿Cómo se compite con un fantasma? ¿Con un hombre que fue un dechado de virtudes?

Pero él tenía que hacer algo. Él quería y necesitaba que Bella fuese suya.

Tenía que enamorarla, aunque no sabía cómo hacerlo.

Pero tenía que lograrlo, tenía que enamorarla porque no podía ignorar sus propios sentimientos, que, debía reconocer, se parecían demasiado al amor.

Y él quería todo. Y lo quería con Bella. E iba a lograrlo. Porque era Edward Cullen y lo habían educado para lograr todo lo que quisiera.

Finalmente la yegua expulsó la placenta y entre él y Sam verificaron que estuviera entera, antes de sentir que podían dejarla a solas con su cría, que ya mamaba afanosamente.

—Supongo que a Cynthia le gustará elegir el nombre para el animal —sugirió Sam cuando abandonaban la caballeriza

—Sí, seguramente. Mañana cuando despierte le presentaremos al animal y estará encantada. Hasta puede que olvide que deberá compartir a sus padres con su pequeño hermanito.

—No estaba muy feliz por ello, ¿no?

—No mucho —reconoció sonriendo —Hasta mañana, Sam —se despidió cuando alcanzaron la puerta trasera de la casa.

La casa estaba vacía y le sorprendió no encontrar a Bella en la cocina o el salón.

Pensó que tal vez se hubiese ido ya a la cama, por lo que decidió hacer lo mismo y subió a su habitación.

Abrió la puerta lentamente para no despertar a su sobrina, y la visión que encontró allí le sobresaltó.

Bella dormía en su cama junto a la niña que se acurrucaba pegada a ella.

No pudo evitar que su corazón se saltara un latido antes de retomar su marcha de forma acelerada.

Había soñado con esa escena durante años, con la única diferencia que quienes dormirían en su cama serían su mujer y su hija.

Eso era lo que toda su vida había anhelado, hasta que a los veintisiete se había casado con Jessica Stanley, y supo que nunca podría tenerlo con ella.

Siempre había deseado una mujer con la cual compartir su vida hasta el mismo día de su muerte.

Una mujer con la que tendría al menos media docena de hijos.

Niños que llenarían el rancho de vida, de risas y gritos infantiles.

Niños que dejarían marcas de barro con las formas de sus pequeños pies, a lo largo de la alfombra del salón y la escalera.

Pequeños niñitos desgreñados, con briznas de paja en el pelo, las uñas sucias por haber estado haciendo tortitas de barro, y los ojos brillantes de felicidad y las mejillas sonrosadas por el sol.

Cuando había conocido a Jessica le había parecido la mujer con la que lo lograría.

Sus hijos serían, además, guapísimos.

Pero después de un año de matrimonio, tuvo que reconocer que no tendría hijos con Jessica. La chica era una delicia para los ojos, y era desinhibida, atrevida y audaz en la cama, pero no tenía madera de madre.

Y en algún momento, durante los primeros años de su matrimonio, Edward reconoció que no sólo no podría tener hijos con Jessica, sino también que en algún momento había dejado de desearlos.

Durante los seis años de su matrimonio se dio cuenta de que no quería niños.

Pero ahora, veía a Bella, y todos sus sueños de juventud resurgían.

Ver a la chica en su cama, con esa pequeña niña entre sus brazos, le hizo desearlo, por sobre todas las cosas.

Esa mujer. Ésa era la mujer que quería para él. Y con quien quería formar la familia que siempre había creído que se merecía.

Una profunda inspiración de Bella le hizo volver de sus pensamientos y se dio cuenta que llevaba varios minutos allí, de pie junto a la puerta mirando a la mujer que quería mantener allí para siempre.

Bella en su cama.

Esa era una imagen con la que quería dormir y despertar cada día.

Bella en su cama.

Tenía que hacer todo por lograr que esa noche no fuese la única, sino que se tornara permanente.

Inspiró profundamente antes de acercarse al arcón que había a los pies de la cama y sacó una gruesa manta.

Se acercó a Bella y con sumo cuidado para no despertarla, le quitó las botas, antes de cubrirla.

Bella se arrebujó bajo la manta suspirando satisfecha.

Se inclinó sobre ella para absorber el perfume de su cabello antes de besarlo suavemente.

Dio media vuelta y aunque su mayor deseo le llamara hacia esa cama donde dormían dos mujeres muy especiales, se dirigió a una de las habitaciones de invitados y tras varias horas dando vueltas en la cama, se durmió.

Bella despertó sintiéndose confundida al encontrarse en una habitación que no reconoció, pero el pequeño cuerpito de Cynthia junto a ella la hizo recordar.

Se sonrojó al instante.

Edward no estaba allí pero ella había dormido en su cama y en su habitación.

Sintiéndose incómoda, se levantó lentamente.

Acomodó a Cynthia en el medio de la cama rodeándola con enormes cojines, y sigilosamente abandonó la habitación.

Sólo había dado unos pocos pasos por la galería rumbo a su habitación cuando se encontró a Edward que hacía el camino inverso.

—Buenos días —saludó sintiéndose vergonzosa

—Buenos días, Bella —sonrió él dulcemente —¿Cómo has dormido?

—Bien, muy bien. Lo siento, Edward, no quise quedarme dormida en tu cama. Debiste despertarme y me hubiera ido a mi habitación.

—No podía despertarte. Eras una visión exquisita en mi cama.

—Lo lamento. Te ruego me disculpes.

—Qué va. No hay nada que disculpar. Seguramente te habrá tocado soportar los constantes puntapiés de mi sobrina.

—Es una niña encantadora

—Sí, pero duerme como si estuviera bailando claqué.

—Tú, ¿dónde has dormido? —inquirió sintiéndose vergonzosa.

—Reconozco haberme visto tentado a dormir en tu cama —confesó y la vio ruborizarse —Pero no era una idea tan atractiva sin ti allí —el sonrojo de Bella se volvió escarlata.

—¿Cómo están Tinta y el potrillo? —cambió de tema haciendo sonreír a Edward

—Muy bien. Fue un parto muy sencillo y ambos están perfectamente. ¿Quieres que vayamos a conocerlo?

—Sin dudas. Iré a ducharme antes.

—¿Necesitas ayuda? —ofreció risueño.

—No, gracias —denegó nerviosa antes de seguir su camino a su habitación.

No le reconocía. Edward nunca se había comportado de esa forma tan lanzada y seductora y ella no sabía seguirle el juego.

Pero tampoco podía esconderse de su jefe.

Para cuando bajó a desayunar, Edward ya estaba allí acompañado de la pequeña Cynthia, quien se veía obligada a acabar su desayuno antes de poder ir a ver al nuevo habitante del rancho.

—Buenos días —saludó sentándose frente a la niña

—Ha nacido un caballito —le informó la niña con orgullo —y mi tío Edward dijo que puedo elegir el nombre.

—¿Ah, sí? ¿y ya sabes cómo le llamarás?

—Pinkie Pie —dijo la niña con seguridad y Bella rió al ver el rostro de Edward y su mueca de disgusto.

—Vaya, qué buen nombre.

—Sí, como My Little Pony.

—Oh, sí, me encanta.

—¿No vas a contarle a Bella qué otra cosa sucedió hoy? —preguntó su tío intentando que olvidara el, a su juicio, ridículo nombre que había elegido para quien tal vez se convirtiera en su mejor semental, y se viera obligado a cargar con el nombre de un pony rosa, con crines rosa y globos de colores tatuados en su flanco trasero.

—Ah, sí —dijo la niña con desinterés —Nació mi hermano.

—¿Ah, sí? ¡Eso es maravilloso, Cynthia!

—Sí —aceptó la pequeña sin que nadie creyera que fuese su real sentimiento al respecto.

—Ya sabes que si no lo quieres me lo puedes regalar.

—Le preguntaré a mi mamá.

—Bien.

Después de llevarles a conocer al pequeño animal, Edward se llevó a su sobrina al hospital para ver a sus padres y conocer a su hermano.

Bella declinó la invitación a acompañarles, alegando tener trabajo pero le aseguró que iría al hospital tan pronto como le fuera posible.

Después de conocer a su pequeño sobrino y dejar a la hermana mayor con sus padres, y antes de volver al rancho decidió ir en busca de su amiga Rachel.

—Edward, cariño, ¿cómo estás? —le saludó la chica con cariño

—Hola, Rache, ¿tienes un minuto?

—Sí, claro, ven, te invito un café.

Rachel le dijo a una de las enfermeras que se tomaría uno descanso antes de guiar a Edward hasta la cafetería del hospital.

Después de hablar sobre el pequeño Peter y su pequeña y celosa hermana, sobre los Black y el rancho, Edward se sintió vergonzoso de enfrentar el tema que realmente quería tratar.

—Hay algo que quería hablar contigo.

—Sí, claro. Dime.

—Es sobre Bella —dijo por fin sintiéndose un adolescente.

—¿Sobre Bella? —indagó extrañada la mujer

—Sí. Necesitaré tu ayuda.

—¿Mi ayuda? ¿para qué?

—Quiero que me ayudes a lograr que se enamore de mí. —soltó avergonzado pero ansioso.


Gracias a todos por los reviews, alertas y favoritos y por leer.

Adelanto del próximo capítulo:

Pero no podía demorarse más, decidió. En poco más de una semana, el contingente de trabajadores que llegaban al rancho para trabajar en el marcaje, y la desparasitación del ganado estaría allí.

Una veintena de peones deseosos de encontrar chicas guapas estarían alojándose en su rancho casi un mes.

Él no podía arriesgarse. Dudaba que Bella fuese a mostrar interés por ninguno de ellos pero él no se iba a arriesgar.

Decidido abandonó su tarea, intentó quitarse un poco del sudor que le cubría en la bomba de agua y por primera vez en su vida, pensó que tal vez debería oler a colonia o perfume francés.

En el grupo de Facebook, Las Sex Tensas de Kiki, hay encuestas, fotos, etc, sobre éste y mis otros fics.

Y en mi perfil de FF están los links de los tráilers de esta historia.

Besitos y nos leemos!

Calendario de Actualizaciones:

Lunes - RANCHO MASEN, Miércoles - DETRÁS DEL OBJETIVO, Viernes - PERVERSAMENTE PROHIBIDO.