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Cuando Sam llegó a su apartamento aún tenía una sonrisa en los labios. Esa llamada a lo Freddie Benson había sido una de las cosas más sexys que le habían ocurrido en la vida. Aunque a decir verdad tal vez fuera la única. Y qué más daba, se dijo a sí misma. Tampoco era para tanto, se recordó. Pero no, no había nada que pudiera borrarle la sonrisa o apaciguar el latido de su corazón. Freddie tenía ya de por sí una voz muy profunda, de esas que son como si unos dedos te recorrieran la espalda muy, muy despacio. Pero por teléfono, y en plan enigmático, era como si todo su cuerpo se hubiera hundido en una bañera de agua caliente llena de espuma. Fue a su habitación para colgar el abrigo y dejar los trastos y después entró en la cocina. Era una lástima que él no se hubiera animado a ir a cenar, pero seguro que se lo pasaría muy bien con sus amigos.

Hacía semanas que tenían organizada esa cena; una especie de venganza contra Cupido por mantenerlos solteros y desparejados el fin de semana de san Valentín. Preparó la mesa y se aseguró de tener todos los ingredientes necesarios para que Lola, una de sus amigas, preparara su famosa tortilla de patatas. A la cena también iban a asistir, Adam, Chase, Vanesa y Laura. Los seis se habían conocido en la residencia de estudiantes en la que habían estado alojados durante el primer año de sus respetivas carreras. Se hicieron amigos en seguida, y, por desgracia, como solía decir Adam, no se sentían atraídos los unos por los otros ni por casualidad. Adam tenía la teoría de que en una vida pasada había sido, como mínimo, un dictador, porque el destino no podía ser tan cruel como para hacerle tener tan buenas amigas y no enamorarse de ninguna. La verdad era que su grupo era de lo más peculiar, todos estudiaban carreras distintas y todos tenían a su vez amigos en sus correspondientes facultades, pero sus cenas eran sagradas y Sam sabía que siempre podía contar con ellos. Pensó en Freddie y lamentó que no fuera a estar allí. A lo largo de los años, ella nunca había presentado a ningún «novio» a sus amigos; tenía la sensación de que hacerlo lo convertiría en oficial, y ella nunca había tenido una relación que se mereciera tal calificativo.

Al llegar a su piso, Freddie, que se prohibió a sí mismo analizar los motivos de esa llamada, se sentó en el escritorio y se puso a estudiar. O mejor dicho, a ver cómo desfilaban las letras delante de sus narices. Pasadas un par de horas llamó a su abuelo, quien le contó que él y la abuela estaban ansiosos por irse de crucero.

Celebraban un montón de años de casados y ése era el regalo que ambos habían decidido hacerse. Charlar con sus abuelos siempre le ponía de buen humor, así que cuando colgó estaba ya menos tenso, pero aun así, le fue imposible concentrarse. En un intento por solucionar la situación, Freddie pensó que podría ducharse; el agua caliente solía fallar mucho en su edificio, y ducharse con agua fría, o helada, seguro que le espabilaría. Puso el plan en marcha, y bajo el chorro de agua no pudo evitar tatarear la canción de Titanic. Decididamente iba a matar al que había elegido la música del centro comercial. Cerró el grifo y cuando se giró en busca de la toalla resbaló y perdió el mundo de vista. La caída debió de durar apenas unos segundos, pero para Freddie sucedió a cámara lenta y lo primero que sintió al abrir los ojos fue un indescriptible dolor en el hombro. Trató de moverlo pero la punzada que sintió casi consiguió dejarlo inconsciente, así que se levantó como pudo del suelo del baño, apoyándose sólo en una mano. Hacía meses que pensaba que tenía que cambiar esas baldosas, y que se repetía que la alfombra que estaba junto a la ducha no absorbía el agua, pero nunca tenía tiempo y ahora estaba pagando las consecuencias. Fue a su habitación y se puso con torpeza unos calzoncillos y unos pantalones de chándal, pero fue incapaz de levantar el brazo y ponerse también una camiseta. No hacía falta ser médico para saber que se había roto algo o, como mínimo, dislocado el hombro. Tenía que ir al hospital, pero antes necesitaba que alguien lo ayudara a terminar de vestirse y que lo acompañara hasta allí. Llamar a sus abuelos sólo serviría para preocuparlos, ellos estaban en Seattle y desde allí no podían hacer nada, así que armándose de valor llamó a la única persona que se veía capaz de pedirle ayuda, a pesar de que sólo hacía un día que la conocía.

Cuando Sam oyó sonar su teléfono móvil se sorprendió, nadie llamaba a esas horas, pero cuando vio el nombre que salía por la pantalla creyó estar alucinando. Tardó unos segundos en reaccionar, de hecho, si no hubiera sido por Lola, que le preguntaba si pensaba responder, tal vez no lo habría hecho.

-¿Si? -dijo ella al deslizar la tapa.

-¿Sam? Soy Freddie. -Apretó los dientes del dolor que sentía y debió de hacer algún ruido porque ella en seguida preguntó:

-¿Estás bien?

-No. -Le contó lo que le había sucedido-. Sé que es mucho pedir, pero ¿podrías venir a mi piso y acompañarme al hospital?

-Claro. -Sam se puso de pie y caminó hacia la cocina para coger un papel y un bolígrafo-. Dame tu dirección. En veinte minutos estoy allí.

-Gracias. -Volvió a cerrar los ojos de dolor y colgó.

Sam les contó a sus atónitos amigos lo sucedido y Adam se ofreció a acompañarla, así que pronto los dos, abrigados hasta las cejas, abandonaron la partida de cartas que estaban jugando y fueron a auxiliar a Freddie. El que Adam hubiera decidido acompañar a Sam se debía a varios motivos; uno, no quería que fuera sola a esas horas por la ciudad, dos, ¿qué sabían de ese tal Freddie, tal vez fuera un maníaco?, y tres, si de verdad se había hecho daño quizá él podría ayudarlo y evitarle la visita al hospital. Adam estaba en el último año de medicina y algo sabía sobre huesos rotos. Tal y como había prometido Sam, veinte minutos después de la llamada estaban frente a la puerta de su piso. Llamaron y segundos más tarde un Freddie con el pelo húmedo, sin camiseta, y con cara de estar pasándolo muy mal les abrió la puerta.

-Gracias por venir -fue lo primero que dijo al ver a Sam y a su acompañante.

Freddie no es ningun tonto llamando a Sam para que lo auxilie ehhhh. jajajaa

Espero que les guste!