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La visión de ese torso desnudo le dejó claro a Sam que Freddie hacía algo más que estudiar, pero al ver el dolor que se reflejaba en sus ojos se olvidó de frivolidades, por deliciosas que fueran, y se centró en lo importante.
-Ese hombro tiene muy mal aspecto. -Le colocó un dedo encima y en ese mismo instante Freddie se apartó de la puerta para dejarlos entrar-. Éste es Adam.
-Hola. -Freddie se ruborizó al pensar que tal vez había mal interpretado lo sucedido esa tarde.
-Soy amigo de Sam -soltó Adam al intuir lo que pensaba el otro hombre-. Estudio medicina, ¿por qué no te sientas allí y dejas que te examine elhombro?
Freddie se sentó en el sofá y echó la cabeza hacia atrás, pero tan pronto como Adam le tocó la clavícula se tensó de dolor.
-Me temo que te has roto la clavícula y la muñeca -confirmó al apartarse-. Será mejor que te vistas y te llevemos al hospital. Voy a llamar a un taxi. Sam—se dirigió a su amiga, que se había sentado al lado de Freddie y le apretaba la mano que tenía ilesa sin él darse cuenta-, ¿por qué no le ayudas a ponerse una camiseta?
-Claro. Vamos, Freddie. -Tiró de la mano para ayudarlo a levantarse-.¿Dónde está tu habitación?
-Es esa de allí. -Vio que ella no le soltaba la mano y eso le reconfortó mucho más que cualquier otra cosa-. Siento haberte metido en esto.
-No digas tonterías. Creía que me costaría mucho más verte desnudo. -Al ver que había conseguido hacerle sonreír añadió-. Además, luego tendrás que compensarme por todo, seguro que se me ocurrirá algo con lo que torturarte, no sé, tal vez incluso te obligue a acompañarme al cine a ver una reposición de Love Story.
-Eso sí que no. -Freddie se sentó en la cama y le sonrió-. Gracias, de verdad.
-Vamos, déjalo ya, o tu reputación de tío duro se irá por los suelos.
-¿Aún no lo está?
-No, tranquilo. ¿Dónde tienes las camisetas? -preguntó ella para cambiar de conversación y ver si así se le pasaban las ganas de recorrerle ese torso con las manos.
-En el primer cajón.
Sam lo abrió y vio que estaban perfectamente ordenadas y alineadas las unas con las otras.
-Vaya, si mi madre viera este cajón se pondría a llorar de emoción —dijo cogiendo una camiseta.
Se acercó a él y se colocó entre sus rodillas. Freddie estaba en silencio, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo, le toco los hombros y le dio un beso en la cabeza. Ese gesto consiguió que él levantara el rostro y Sam vio que él estaba tan perdido como ella. Sólo hacía un día que se habían conocido, apenas habían hablado, pero los dos sabían que iban a ser muy importantes el uno para el otro. Sin abandonar ese pensamiento, Sam le deslizó la camiseta por la cabeza y le colocó primero el brazo ileso y, luego, con muchísimo cuidado el otro. Después se aseguró de que la camiseta le cubriera el torso y el estómago y no pudo evitar darse cuenta de que él tenía la respiración acelerada y que los pantalones de deporte le apretaban más que antes. Levantó la vista y le acarició el pómulo con los nudillos.
-El taxi ya está aquí -gritó Adam desde el pasillo.
Sam se apartó y cogió el anorak que Freddie había dejado antes en el respaldo de la silla de su habitación. Lo ayudó a ponérselo, y, entrelazando los dedos con los de él, y sin decir ni una palabra, lo acompañó hacia fuera.
Media hora más tarde llegaban a urgencias, y una hora y cuarenta minutos después seguían allí sentados.
-Gracias a Dios que no estoy desangrándome, o a estas alturas ya estaría muerto —se quejó Freddie.
Sam estaba sentada a su lado dándole la mano, y trataba de distraerlo contándole tonterías. En ese instante por fin apareció Adam que había ido a ver si encontraba a alguien que pudiera atenderlos.
-Vendrán en seguida. Al parecer es una noche muy concurrida, pero por uno de los pasillos me he cruzado con un compañero de clase y me ha dicho que ahora manda a alguien.
Y como si con esa frase hubiera conjurado a los enfermeros, dos chicos con uniforme entraron en la sala de urgencias y se acercaron a Freddie. Tras las preguntas pertinentes se lo llevaron a hacer una radiografía que por desgracia confirmó el diagnóstico de Adam. Freddie se había roto la clavícula y se había dislocado la muñeca. El doctor, un hombre con cara de agotamiento, le vendó el hombro y le inmovilizó el brazo. Al terminar, lo acompañó hasta donde Sam y Adam estaban esperándolo.
-Freddie tiene que hacer reposo -le explicó el doctor a Sam, dando por hecho que era su novia-. Cuanto menos mueva el hombro y el brazo antes se curará. Voy a recetarle unas pastillas para el dolor, y venid a verme dentro de tres semanas. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -contestaron Sam y Freddie a la vez, pero fue ella la que cogió la receta del médico.
-Vamos -dijo Adam-. De camino a tu piso podemos pararnos en una farmacia -le explicó a Freddie, ayudándolo a ponerse el abrigo por encima del cabestrillo.
Los tres se subieron en un taxi y, como era de madrugada, pudieron ver despertar la ciudad. Llegaron al piso de Freddie, y Sam le dijo a Adam que podía irse; sabía que su amigo tenía previsto pasarse el domingo trabajando en un nuevo proyecto y no quería entretenerlo más. Freddie le dio las gracias a Adam por su ayuda y después de que Sam le prometiera que lo llamaría si sucedía algo, el estudiante de medicina se fue a dormir un rato. Las pastillas le tenían un poco atontado, y el dolor y el cansancio no contribuían demasiado a su agudeza mental, pero Freddie sabía que tenía que dejar que Sam se fuera. El problema era que no quería estar sin ella, tal vez fuera por lo que había sucedido antes de ir hacia el hospital, o por el modo en que ella le había dado la mano en urgencias, pero fuera lo que fuese, Freddie quería que ella siguiera allí con él. Sam abrió la puerta del piso y lo ayudó a quitarse el abrigo.
-Deberías irte -dijo él, a pesar de que en realidad deseaba todo lo contrario-. Es muy tarde.
-No te preocupes -respondió ella, esforzándose por no bostezar.
-Si te estás durmiendo de pie. Vete tranquila, ya has hecho más de lo que era necesario. – rasco la nuca con la mano que no tenía muchísimo haberte llamado. -Levantó la mitad superior del labio en una sonrisa burlona-. Seguro que ahora te arrepientes de haberme dado tu número, la verdad es que no sabía a quién llamar. -Freddie optó por callarse. Esas pastillas le estaban soltando la lengua y a este paso seguro que terminaría por contarle lo de su familia. Algo que él nunca compartía con nadie.
-No digas tonterías. -Volvió a cogerlo por la mano y tiró de él hacia su habitación-. Vamos, será mejor que te acuestes un rato. El doctor ha dicho que tenías que hacer reposo.
Freddie se dejó llevar, ver a Sam guiándolo por el pequeño pasillo era de lo más erótico que le había sucedido en la vida. Vaya, esas pastillas eran en verdad un peligro. Respiró hondo y sacudió la cabeza. Al llegar a la habitación, ella le soltó la mano y se acercó a la cama para colocar bien los cojines y apartar la colcha. Freddie estaba tan hipnotizado con los movimientos de Sam que apenas se dio cuenta de que ella volvía a enlazar los dedos con los de él y lo llevaba hasta la cama.
-Duerme un poco -le susurró, pasándole una mano por el pelo.
Freddie se echó hacia atrás y se tumbó despacio.
-No te vayas -dijo con los ojos cerrados.
Ella no respondió, sino que se agachó y le dio un cariñoso beso en los labios. Fue un susurro, un suspiro, pero al apartarse vio que él, completamente dormido, sonreía.
