Sam dejó a Freddie durmiendo y salió de la habitación. Lamentaba tener que curiosear por el apartamento, pero si quería saber qué le hacía falta no tenía más remedio que investigar un poco. Limitó su inspección a la cocina y vio que Freddie, además de no salir con amigos, tampoco visitaba el supermercado con demasiada frecuencia. Faltaban pocas horas para las diez de la mañana, y aunque era domingo un par de establecimientos abrían para abastecer a los rezagados y despistados como Freddie. Ella también estaba cansada, pero se conocía lo suficiente como para saber que le sería imposible dormir. No con todo lo que le estaba pasando por la cabeza y el corazón. Ella jamás había tenido tantas ganas de abrazar a nadie como cuando vio a Freddie sentado en la cama esperando a que ella lo ayudara a vestirse, y tampoco había querido tanto cuidar de nadie como de él.
Debían de ser sus ojos, pensó, esos ojos tristes y asustadizos. Sonrió para sí misma, si él supiera lo que estaba pensando seguro que levantaría esa ceja y le diría que no dijera tonterías. Él y sus frases monosilábicas. Decidida a no seguir dándole más vueltas al tema, y fiel a su convicción de que la vida hay que vivirla, Sam cogió un papel y un bolígrafo y le escribió una nota: «He ido a comprar. Regresaré en seguida. Sam.»Iba a ponerle algo más pero se abstuvo. Al fin y al cabo, Freddie era un hombre de pocas palabras.
Dos horas más tarde, y cargada con comida y su mochila llena de libros, Sam regresó al piso de Freddie. Abrió la puerta despacio para hacer el menor ruido posible pero le bastó con dar un solo paso para ver que él seguía durmiendo. Se acercó a la mesa y cogió la nota que había resultado ser del todo innecesaria, y después se dirigió a la diminuta cocina para guardar las cosas. Finalizadas las tareas domésticas, optó por sentarse en el sofá y empezar a leer el libro que el viernes había sacado de la biblioteca.
Freddie se despertó y al tratar de incorporarse el dolor que le atenazó el hombro le recordó todo lo sucedido. Se levantó y se puso las gafas, el cabestrillo le pesaba y la cabeza aún le daba vueltas por la medicación, pero de entre todos los pensamientos que cruzaban por su mente en ese instante había uno que destacaba por encima del esto. ¿Sam le había dado un beso? ¿O esas drogas eran mejores de lo que los propios médicos creían? Salió de su habitación decidido a llamar a Sam para darle de nuevo las gracias por todo, aunque pronto descubrió que no iba a necesitar el teléfono para hacerlo. Allí, dormida en el sofá estaba su precioso ángel. Se acercó a ella y con cuidado apartó el libro que aún tenía en las manos. La tapó como pudo con una manta que siempre tenía allí por si a caso y antes de apartarse inclinó la cabeza y le dio un beso en los labios. Se dijo a sí mismo que sólo lo hacía para saber si de verdad había estado soñando antes, se repitió que no tenía importancia, pero al sentir los labios de Sam bajo los suyos descubrió que ni lo de antes había sido un sueño y que sin duda era la caricia con más significado de toda su vida. Con el corazón en un puño, se sentó junto a ella y le acarició el pelo con la mano que tenía libre. Una hora más tarde Sam entreabrió los ojos y con una sonrisa en los labios dijo:
-Hola.
-Hola -respondió él ensimismado-. Aún estás aquí -añadió, como si quisiera asegurarse de que no estaba imaginándosela. Aunque si eso fuera un sueño no tendría que enfrentarse a los sentimientos que esa chica le estaba despertando ni tampoco tendría que hacer frente a sus miedos.
-Claro. -Sam se desperezó y se incorporó para sentarse junto a Freddie-.¿Cómo tienes el hombro?
-Roto.
Ella sonrió.
-Espero que no te moleste -dijo ella al levantarse-. Pero antes he salido un momento y he ido a comprar cuatro cosas. Tenías la nevera más triste que he visto nunca.
-Gracias -respondió él un poco incómodo-. No deberías preocuparte tanto.
-Tranquilo, ya encontraré el modo de que me compenses, ¿te apetece desayunar?
Freddie iba a decir algo pero su estómago se le adelantó.
-Ya veo que sí. Vamos -Sam le tendió la mano-, ven a la cocina conmigo y cuéntame algo más sobre ti mientras yo preparo el café.
Él obedeció pero no le contó nada, sino que se limitó a escucharla hablar acerca de su trabajo en la escuela infantil y de lo mucho que le gustaba hacer esas prácticas allí.
Pasaron toda la mañana y parte de la tarde juntos. El único momento un poco tenso fue cuando ella lo ayudó a cambiarse de camiseta. Ese par de minutos fueron aún más sensuales que los de la noche anterior, no dejaron de mirarse a los ojos ni un segundo, ella fingió que le acariciaba los brazos sin querer, y él hizo ver que su nariz había rozado la oreja de ella por casualidad. Freddie no llevaba nada bien lo de no mover el brazo y se ponía de muy mal humor cada vez que intentaba hacer algo y el cabestrillo se interponía en su camino. Pero cuando eso sucedía, Sam estaba allí para ayudarlo y hacerle alguna broma al respecto. De hecho, después de comer empezó a llamarlo Capitán Garfio, y le dijo que si no se portaba bien le pondría el compact de Kenny G, a lo que él respondió poniendo cara de terror.
